08 febrero, 2008

Cuando lo bueno se acaba

Carritos para llevar las maletas sucios y viejos. Lavabos con tomas de corriente bañadas en óxido. Las puertas de embarque de la Terminal 1 del aeropuerto de Heathrow, de la 80 a la 90, alojadas en una alargada y claustrofóbica semicircunferencia que parece un túnel con techo de plancha de acero corrugado, como si de un hangar de la II Guerra Mundial se tratase. El vuelo de Aer Lingus de las 06.50 am a Dublín, cancelado. El de las 10.00, en que me reubican, aparece en la pantalla como retrasado hasta las 10.30 y no despegará hasta pasadas las 11:00. Después de 14 horas de vuelo, he llegado a Europa, la cuna de la civilización occidental y abanderada de todo tipo de ideas liberales y progresistas. ¡Y como estoy echando de menos incluso los limpios y modernos aeropuertos de Bangkok y Singapur! (y, en ambos casos, su Internet gratuito, no como aquí que no solo es de pago - a 6 Libras la hora - sino que, además, no funcionan los enchufes de la colorida y publicitada zona de conexión, con lo que la batería de mi portátil fallecerá bastante antes de que las ruedas de mi avión pierdan el contacto con la pista).

En mi adoptivo Dublín me esperan vientos racheados, 12 grados centígrados y nubes que amenazan lluvia, la antítesis de la temperatura y climas que me despidieron en Singapur hacía sólo 16 horas.

¿Qué se siente cuando uno vuelve a Europa, después de 12 meses de viaje por Asia?

La sensación dominante es que se abate sobre ti la tristeza. No se puede negar que un viaje como el que yo he disfrutado tiene un indudable atractivo: sin horarios, sin estar permanentemente desviando la mirada hacia el aviso de nuevo mensaje en Outlook y las manos tecleando en Excel, sin reuniones continuas, con un teléfono que rebosa de mensajes y llamadas perdidas cuando vuelvo a mi cubículo, sin presentar informes a diario, sin tener que justificar el ocasional error de alguien de mi equipo, sin entrevistar a candidatos para cubrir un puesto vacante, sin horas extras no pagadas, sin tutelar, escuchar, guiar y enseñar y mimar a mi equipo, sin reuniones periódicas con managers de mi empresa y del cliente, sin una necesaria adicción a la gratuita cafeina y una auto impuesta dieta de sandwiches y bocadillos frente a la pantalla del ordenador.

Sin trabajar durante un año.

¿Cómo no va uno a estar triste cuando ha de decirle adiós a un año sin ninguna atadura laboral o académica? Pero no es sólo lo que NO he tenido que hacer, sino también lo que he PODIDO hacer. No he pasado un año sin hacer nada. Al contrario, he hecho muchas cosas y la mayoría de ellas no se me habían pasado por la imaginación tan solo un par de años atrás. Y cada una de ellas ha sido una experiencia mágica o irrepetible, mundana o extraordinaria, cotidiana o asombrosa y, sobre todo, nueva.

Y eso te llena de alegría que se transmuta en tristeza cuando te das cuenta de que lo dejas atrás y no sabes cuando podrás volver a disfrutar de eso tan sencillo y complicado que es vivir al ritmo que tú le marcas a la vida, cuando ella se deja mimar.


Nota: Pero la tristeza no puede ganar la partida, no hay tiempo ni lugar para derrotismos. Al volver, tienes que reconstruir tu vida y yo me he permitido el lujo (otro más) de tomarme un paréntesis, en forma de seis semanas de aclimatación al invierno y a Occidente. Primero, una semana que ya ha acabado, visitando a mis amigos en Dublín y Madrid, después, este mes en Asturias, con mi madre y más amigos. Luego, una última semana en Londres, visitando a una amiga. Sólo después, con lo que espero sea una mejor predisposición y un ánimo más alto, la vuelta a Irlanda, a un nuevo trabajo, a una nueva casa.

Y, repartidos entre ella, Avilés y mi corazón, los recuerdos de un año inolvidable que pasó volando...

(Escrito por él desde Singapur, Heathrow, Dublín y Madrid entre el 19 y el 26 de Enero de 2007)