19 septiembre, 2007

La cabeza que todo lo ve

El tren llega a Beijing y yo soy de los últimos en salir, para poder maniobrar con tranquilidad mi abultada mochila. Me lo dijo otro pasajero y me lo recuerda la azafata de mi vagón: no he de olvidar mi billete, pues me lo pedirán para poder salir de la estación, que me parece un caos de gente. La plaza enfrente de la misma es incluso peor pues pese a que aún no han dado las siete y media de la mañana, el calor ya es pegajoso y las multitudes que vagan a mi alrededor se me antojan agobiantes. Puede ser la primera y llena de prejuicios opinión sobre esta ciudad de quien se ha pasado las ultimas doce horas con solo otras tres personas y ahora comparte un metro cuadrado con el doble de gente.

Esquivando a los que combaten el calor subiéndose la camiseta hasta el pecho (y no son precisamente culturistas), busco el símbolo blanco sobre fondo azul y al cabo de unos segundos lo diviso al otro lado de la calle, y bajo él veo la parada del metro, enfrente de – pero sin comunicación directa con – la mas populosa, frecuentada y activa estación de tren del país. Para acceder al sistema de metro de solo tres lineas (y otras tantas en construcción) los billetes son de papel (aunque ahora están introduciendo un sistema de tarjeta plástica recargable, como la Optus de Hong Kong) y el precio es de 3 yuanes, independientemente del destino. Hay algunos carteles en inglés (para las taquillas, las entradas y salidas, la prohibición de fumar o de introducir explosivos...) y en cada andén se indica cuál es la siguiente parada en ese sentido, además de un cartel con la ruta completa. Parece que se están esforzando en prepararse para los JJOO y eso incluye que, contraviniendo milenarias tradiciones, empiezan a educar a sus compatriotas sobre como han de dejar salir a la gente del vagón del metro antes de que entren ellos (el mensaje se refuerza con la presencia de guardias de seguridad que con su boina y uniforme azul marino aseguran el orden frente a las puertas). En el exterior hay ya en algunas zonas carpas ambulantes de voluntarios para traducciones in situ. Lo que me sigue chocando, aquí como en Shanghai y en todo el país, es que haya señores con pantalón corto (de lo que sea, eso incluye ropa deportiva) y zapatos. Y calcetines blancos. Porque el calzado importa y da ese toque de seriedad y clase que todos buscamos, incluso con un polo Lacoste (falso) y unos pantalones de deporte Adidas.

Sólo cuatro paradas mas tarde me bajo en Dongzhimen, donde tengo una mejor perspectiva del cielo blanco de la ciudad, y allí (tras comprar una tarjeta telefónica para llamar a Stefi y confirmarle que estoy de camino) paro un taxi a cuyo conductor (encerrado en una cabina blindada) dejo estupefacto cuando, para mostrarle la dirección a la que deseo ir, le enseño en mi cámara una foto que le tome al plano enviado por Stefi. Reíros, reíros, pero intentad pronunciar San Yuan Da Sha, San Yuan Quiao, Guo Zhan Lu Kou You Guai, UHN Guo Ji Chun, Shu Guang Li...teniendo en cuenta que la entonación es la clave del mandarín y la misma palabra pronunciada de manera distinta tiene significados dispares. ‭¿‬Cómo le pediríais al camarero una botella de cerveza ''Tsing Tao'', si es lo que os apetece para acompañar vuestra comida? Pues el pobre hombre no os va a entender si lo que sale de vuestros labios no es algo similar a ''Chin Daou''. El conductor no habla ni una palabra de inglés, y eso será una constante en mis diarias experiencias con los de su gremio. A los taxistas les falta mucho por aprender, porque sin hablar inglés esta ciudad será un caos dentro de 353 días. Como más tarde me diría Stefi, ''los estadios estarán listos pero nadie podrá llegar a ellos''.

Por si acaso, al cabo de un rato de viaje, pongo en marcha el Plan B. Otra vez mi anonadado amigo tendrá una historia original que contar a sus compañeros mientras se echan un cigarrillo y comparten una taza de te de sus termos (con una tapa en la que juegan con las imágenes como en los brillantes cromos de mi infancia: según el ángulo con que la mires puedes ver las torres gemelas o una mezquita, la Ópera de Sidney o el Taj Mahal). Les podrá contar la anécdota del turista que saco su portátil y como fondo de pantalla tenía unas instrucciones, en chino e inglés, con un detallado plano a mano alzada para llegar a su destino.

Pero funciona. Al cabo de unos quince minutos llego a un vallado conjunto de edificios con cuatro guardias de seguridad en la puerta principal, en un puesto de control y enfrente del mismo, que me dirigen al bloque correspondiente. En cada portal hay una chica joven que franquea el paso a los inquilinos. Excepto a mí, claro, a quien no conoce. Llamo al portero automático pero no funciona y Stefi baja a abrirme. Ahora que la chica que ejerce de portera nos ha visto juntos, en lo sucesivo cada vez que me acerque al portal sera ella quien me abra sin que yo tenga que hacer ni siquiera el gesto de sacar la tarjeta que realiza la apertura automática.

Como no quiero caerme dormido y perder el día (son solo las...nueve y media de la mañana!), Stefi va a llevarme de paseo por Beijing. Compramos varios billetes de metro pues no caducan y son validos en cualquier trayecto así que te evitas las colas en la taquilla en hora punta. La primera parada es una calle peatonal en la que los nombres de los comercios inducirían a confusión al nada benigno Mao si este levantara la momificada cabeza en su pétreo mausoleo. KFC, McDonalds, Adidas, Nike, Rolex, Benetton...lo único que le queda de comunista a este país (como a Vietnam o Laos) es el nombre, el Partido aferrado al poder, y el control sobre sus ciudadanos, a los que privan de libertad de movimiento y expresión entre otras muchas y nada banales cosas. Cerca de esa calle hay un pequeño mercado nocturno que en realidad es frecuentado por turistas a todas horas. Si quieres un pincho de escorpiones o caballitos de mar, este es el lugar adecuado.


Me prometí a mi mismo que no me compraría nada en China hasta pocos días antes de abandonar el país, así que ya me he comprado algo. Si para los nazis su Libro Sagrado era ''Mein Kampf'', para los chinos es el pequeño Libro Rojo que tengo en mi bolsillo con citas de mensajes de Mao. Y en español. Me pedían originalmente 85 yuanes pero la regla aproximada (porque depende del producto y de la ubicación) es conseguir 1/3 del precio de salida y de esa manera, ni se tima al comprador ni se sangra al vendedor. Dos minutos y tres intentos por mi parte de abandonar el puesto callejero mas tarde, el precio que ambos acordábamos eran unos razonables 30 yuanes (aunque sospecho que pagué el doble de lo que deberia). Después Stefi me lleva (siempre en Metro, ésta es una gigantesca metrópolis donde no se puede ir andando a ningún sitio porque nada esta cerca) a la Plaza de Tiananmen, y, enfrente de ésta, el acceso a la imperial Ciudad Prohibida. Como una anacrónica reliquia de otros tiempos, un retrato del fallecido dictador despide sonriente a los que salen por la Puerta Norte. Me hago la inevitable foto con Mao a mis espaldas, compartiendo ese gesto con algunos turistas y muchos, muchísimos, chinos. Después cruzamos el paso subterráneo y salimos a un triste y maquillado símbolo de la libertad oprimida, la Plaza de Tiananmen.



Nota: El viaje desde Shanghai a la capital del Imperio es más cómodo que el tramo anterior, desde Hong Kong. Son cuatro las literas en lugar de seis en cada compartimento. Y la de arriba está a una altura que sería negociable incluso para un enano pequeño. Hay dos almohadas en lugar de una. Hay puerta corredera, con espejo en el lado interior. Las luces de lectura pueden encenderse en cualquier momento, sin que haya que esperar a que se apaguen las del techo. A la altura de la cabeza, encontramos una redecilla para depositar objetos y una percha(!) forrada de tela. Hay zapatillas gratis. Y cepillo de dientes. La jarra de agua caliente me parece más elegante. Y, desde esta altura, la mesita debe tener el doble de tamaño que en los vagones de esos que viajan con mochila y sin recursos. El uniforme de las azafatas es también distinto, aunque no sean más guapas. Se sustituye el pantalón azul marino y la camisa azul claro de revisor de RENFE por una falda gris, blusa blanca y chaleco granate, como camareras de cafetería. No hay minúsculas mesas en el pasillo y los asientos plegables son menos en número y más grandes en tamano. La temperatura en el interior del compartimento y el volumen de los altavoces (menos mal que ahora están poniendo música pop china en lugar de las noticias con fondo de marcha militar de antes) son ajustables por el usuario.

En los vagones de ricos también se fuma. Y el humo también llega a todas partes. Hay que joderse con el respeto a los demás. Con la inestimable
ayuda del ocupante de la litera de al lado (menos mal que ha ejercido de traductor) la camarera acaba de venderme un desayuno chino para mañana (me encontraré con que es una especie de sopa de arroz, un huevo duro, una mezcla de judías, guisantes y verdura, dos bollos dulces blancos, uno de ellos relleno, todo por 10 CNY). Hay que ser osado para desayunar como un chino, porque lo que he contado que traía la bandeja no lo he sabido hasta la mañana siguiente) que me traerá a las seis y media de la mañana, como un señor. Si no fuera por la hora, claro. El vagón restaurante estaba lleno de gente así que volví al compartimento y me venció el sueño a eso de las nueve. Si en el Hong Kong – Shanghai hubo una pareja que se levantó varias veces por la noche a mirar por la ventanilla del pasillo (!), aquí me ha tocado un señor aparentemente sexagenario que se ha levantado no menos de tres veces para ir al baño (por cierto, este si era de estilo occidental, pues tenia taza) y a prepararse un te. Debía estar acostumbrado a levantarse con el sol, porque se puso a desayunar a las cinco y media de la mañana.


Panorámica del vagón restaurante antes de que se me acercara la camarera y me impidiera, eso sí, con sonrisas, hacer una segunda foto.

(Escrito por él desde Beijing, China, el 28 de agosto de 2007 porque con un ataque de diarrea que me durará una semana, aquí no hay quien duerma)