19 septiembre, 2007

La Ciudad y la Plaza Prohibidas

Dos de los lugares que uno no puede dejar de visitar en Beijing se encuentran, afortunadamente en una urbe de gigantescas proporciones que cuenta con mas de 14 millones de habitantes, muy cerca el uno del otro. Se trata de la Plaza de Tiananamen y de la Ciudad Prohibida.

La segunda, es un refugio de exclusividad imperial, con un acceso vedado durante siglos a los extranjeros y a la mayor parte de los chinos. En esta jaula dorada residieron los sucesivos monarcas que decidían (o eran utilizados para decidir) el destino del país. Emperadores de las dinastías Quing y Ming no abandonaban el gigantesco recinto salvo que no tuvieran más remedio y eso no ocurría demasiado a menudo, pues la Imperial Voluntad era casi todopoderosa.

El acceso a través de las dos primeras puertas es gratuito pero no hay nada que ver aparte de puestos de venta de recuerdos y bebidas. Traspasar la tercera, y entrar en el grueso del conjunto que alberga el mayor y mejor preservado grupo de edificios antiguos en China, tiene un precio claro, 60 yuanes. Si queréis contar con una audio-guía, su alquiler son 40 yuanes, dejando 100 de deposito.


Ni una hora, ni una mañana. Explorar la Ciudad Prohibida puede ser cosa de un día completo o, según el nivel de resistencia física y de soporte de desgaste intelectual (porque incluso la belleza, cuando es monótona, abundante y repetida puede llegar a aburrir), de varias jornadas. Una vez comprada la entrada y franqueado el paso a través de la Puerta del Meridiano, cruzamos el Arroyo Dorado (un canal de agua con forma de arco mongol y sobre el que se proyectan cinco puentes de mármol) y nos dirigimos a la Puerta de la Suprema Armonía. Al otro lado se nos presenta una enorme explanada que llegaba a albergar a decenas de miles de personas durante las audiencias imperiales. Si continuamos el recorrido linealmente, atravesando las distintas puertas, habremos visto las salas más importantes pero éstas solo representan un tercio del volúmen de las construcciones del recinto.

.

A ambos lados de nuestra ruta principal, encontraremos un laberíntico complejo de edificios de proporciones más modestas que en su día albergaron bibliotecas, templos, residencias, teatros, jardines e incluso la pista de tenis de Pu Yi, El Último Emperador. Hoy en día albergan exposiciones, permanentes unas, temporales otras, que muestran desde armaduras hasta restos de piezas de cerámica. Yo he encontrado estas zonas, alejadas del grueso de la horda de turistas pero no por ello completamente solitarias, más placentera de recorrer y con más rincones que invitaban a sentarse en un banco y disfrutar de un merecido descanso. Dejando aparte un larguísimo muro interior que las separa de la zona principal, a mí me ha recordado al Monasterio de Santa Catalina, en Arequipa (Perú), por el trazado interior de sus callejuelas y que en cada recoveco puedas encontrar un rincón en el que disfrutar contemplando la belleza sencilla de un juego de luces y sombras o admirar su simplicidad estructural (en lo que no se parecen es que el Monasterio es un conjunto policromático - con unas viviendas de paredes azules, otras residencias verdes o rojas y plantas con flores de múltiples colores - mientras que la Ciudad Prohibida es monocromática, con el color rojo como el único presente en techos y paredes, punteado sólo por dorados detalles en sus puertas y dejando un pequeño respiro de azules y dorados en forma de decoración en algunas vigas y cerca de los techos).



Desandando mi sinuoso camino, abandono la Ciudad Prohibida saliendo por el acceso que está bajo el enorme retrato que todos conocéis y voy paseando, por un acceso peatonal subterraneo, los pocos metros que me separan de la Plaza de Tiananmen. Mao concibió la estructura actual de la misma como un medio para proyectar la enormidad del Partido Comunista, en un estilo grandioso y con reminiscencias imperiales, para darle un toque de tradicional sumisión y obediencia. Durante la Revolución Cultural, desfiles de hasta un millón de camaradas tuvieron lugar aquí, a los pies del Gran Timonel, con su conocido uniforme verde y un brazalete de la Guardia Roja. Otras tantas personas se congregaron en el mismo sitio, en 1976, para rendirle homenaje tras su muerte. Y en 1989 las brutales imágenes de lo que aquí ocurrió fueron portada de los periódicos en todo el mundo. Una manifestación pacífica de estudiantes fue reprimida por el Ejército usando, entre otros medios, carros de combate. No se sabe con certeza cuantos pagaron con sangre la osadía de querer ser libres, pero la represión consiguiente costó miles de vidas.

En un extremo de Tiananmen se encuentra la entrada a la Ciudad Prohibida, con el retrato de Mao colgando sobre la principal arcada, la que era uso exclusivo del emperador y por donde yo he salido del recinto. En medio de la plaza, el Monumento a los Héroes del Pueblo, un obelisco de estilo también grandioso y soviético, detrás el mausoleo de Mao (que durante mi estancia en Beijing se encontraba en obras y el camarada no recibiría más visitas hasta el 20 de Septiembre) y detrás de este, en linea y separadas ambas por una carretera, dos reconstruidas y altas puertas de una ya desaparecida muralla. El kilómetro 0 de las autopistas chinas e
stá precisamente a los pies de una de ellas.

Acabo de fotografiarlo y pasar bajo el arco (donde la gente se refugia masivamente del sol, sin distinción entre pequineses, turistas y policías) cuando hay un tumulto. Un hombre con un traje blanco se ha subido al muro, a unos treinta metros de altura. Grita algo en chino, extiende el brazo derecho y empiezan a revolotear ociosamente un puñado de octavillas. En unos segundos, la policía hace acto de presencia, las recoge y solo un par de ellas no caen en sus manos. Un centenar de turistas, con media docena de extranjeros, nos congregamos a los pies del desconocido. Naturalmente, le hago fotos.


Como en una escena de película o sacada del día a día de rodar en zonas conflictivas del mundo, se me acerca un policía uniformado de verde y me tapa el objetivo con la mano sin miramientos. Yo bajo la cámara y él se da la vuelta. Aprovecho que se aleja y vuelvo a hacer fotos pero no me ha quitado el ojo de encima así que vuelve a acercarse al ver que hago caso omiso de su no pronunciada orden. Yo retrocedo unos pasos dócilmente, pongo buena cara pero sin sonreír y extiendo los brazos paralelos al cuerpo, con la cámara apuntando al suelo, en un gesto del que no tiene nada que esconder. Parece que se da por satisfecho y se vuelve a marchar. Es el momento de apagar la cámara, apartarse un poco de la acción (como me aconseja con gestos una vendedora de botellas de agua) y dejar que la policía haga lo que previsiblemente va a hacer, detener al ¿infractor?.

Algo ha estallado dentro de mi cerebro. No se quien es el hombre de blanco ni que es lo que reclama (¿democracia? ¿libertad de expresión? ¿que el Ejercito Chino y el Partido Comunista abandonen el Tibet y cese la política de genocidio cultural?) pero quiero volver a fotografiarlo, quiero captar la imagen de quien se atreve a desafiar un sistema cruel y corrupto, viviendo rodeado de su hediondez. El título oficial de las fuerzas armadas chinas es ''Ejercito de Liberación del Pueblo'' pero a los chinos solo los liberan de la carga de pensar por si mismos y de tomar decisiones en libertad. Hipócrita y criminalmente, una minoría asentada en el trono dorado, amparados por Marx y Lenin, usando la figura de Mao y el nacionalismo, tiene a sus pies a mil millones de esclavos. Eso no es justo. En esta vida hay muchos tonos de gris y pocas cosas que sean solo blancas o negras. Pero el gobierno de China y su doble rasero son color ala de cuervo.

Como si yo no me hubiera enterado de nada, levanto la cámara para una foto más. El policía vuelve, acompañado de una colega de azul uniforme, y ella, con cara
de pocos amigos, me dice ''No pictures''.

Y entonces por fin me asalta la cordura y el razonamiento de que yo no soy ningún periodista ni tengo inmunidad diplomática y que esto, como Cuba o Corea del Norte, es un País Comunista, que si rascas la superficie (como yo estaba haciendo) encuentras la paranoia y actitudes fascistas que imperan desde que Lenin empezó a leer y que no tengo ganas de que mi cámara acabe en una comisaría china. Sobre todo, conmigo al otro lado de la correa. Así que me retiro para sacar fotos desde mas lejos.


Nunca sabré contra qué protestaba el hombre de blanco porque no habrá ningún articulo en los periódicos o mención en los programas de noticias. La ultima vez que le veo es cuando nueve uniformes del miedo le conducen a un coche de policía.



Nota: Recientemente los medios de comunicación se hicieron eco masivo de la retirada de juguetes, fabricados en China, de los mercados de varios países porque su pintura contenía plomo. No es un caso aislado. Varias personas me han comentado ya otros escándalos que reflejan la falta de escrúpulos, la corrupción, el favoritismo y el culto al dinero (bajo el paraguas de Marx para los dirigentes del Partido) que son endémicos en el país. Una dictadura con un barniz de ideología que justifica y ampara desigualdades como las que no hay en ningún país del criticado y demonizado Occidente.


Una serie de muertes por malnutrición llevo a descubrir que una fabrica de comida para bebes estaba distribuyendo un producto que carecía de valor nutricional alguno. Los pequeños eran alimentados con diligencia y regularidad por sus madres pero ellos, literalmente, se morían de hambre.


En el afán por dar cobijo a una población siempre creciente, la carrera por construir viviendas e infraestructuras tiene un perdedor claro, la seguridad. A veces los constructores usan cemento de baja calidad que convierten la probabilidad de un derrumbamiento en una certeza, siendo la única duda el número de años que tardará en producirse. Hace unas semanas, un puente nuevo se derrumbaba unos días antes de su inauguración mientras se retiraban los correspondientes andamios.

Lo peor del capitalismo y lo peor del comunismo imperan aquí, soportados por la tradicional estoicidad y vida sencilla de mucha gente, auqnue el descontento es patente en los campos.

He visto gente tocando la guitarra en el interior del metro. Hay pobres mendigando en las estaciones y los vagones. En todas partes verás a alguien apostado cerca de una papelera dispuesto a coger la botella de plástico que tú vas a tirar. La juntará con otras y las venderá después, ganando así un magro dinero. En los pasadizos peatonales subterráneos, hay gente que pasa la noche tumbada sobre unos cartones en el suelo por carecer de vivienda. Si estás enfermo y no tienes dinero, estás condenado a muerte, pero rodar una película propagandística (que no un documental) sobre esa tragedia no hace crecer aún más la cuenta corriente, el ego ni el diámetro de la barriga a nadie.


(Escrito por el desde Beijing, China, el 29 de agosto de 2007)