03 agosto, 2007

Carreteras Australes

¡Ya estamos en Brisbane! Desgraciadamente, nuestras vacaciones australes están tocando a su fin. Con mucho gusto nos quedaríamos aquí un par de meses más, pero creo que nuestro bolsillo no lo iba a aguantar.

Ayer, por poco nos toca pasar la noche en el aeropuerto. Acostumbrados a besar el santo en casi todas partes, no pensábamos tenerlo tan difícil para encontrar alojamiento en Brisbane. Claro que, ahora que estamos aquí, me resulta evidente el porqué: esto es una maravilla, nada de temporada baja por invierno. Hace un tiempo cojonudo, ideal para irse de picnic a la playa. Nadie diría que estamos en agosto (os recuerdo que esto es el hemisferio sur y que el agosto de aquí equivale al febrero europeo).
.
Aprovechando el wifi gratuito del aeropuerto de Adelaida, y dado que teníamos cuatro horas de espera para embarcar en nuestro siguiente vuelo, nos pusimos a buscar alojamiento. Bueno, qué desesperación más total. Todo estaba lleno o costaba de 100 dólares para arriba. Ya nos estábamos haciendo a la idea de dormir en el aeropuerto, cuando por fin encontramos este hotel desde el que os escribo. Por 75 dólares la noche, tenemos habitación doble con baño privado, televisión y nevera en el “Brisbane Manor Hotel”. Pero lo mejor es su terracita con plantas tropicales, con su sofacito rojo y su conexión a internet, inalámbrica y… ¡GRATUITA! Mucho peligro tiene esto, porque el sofacito éste me está resultando demasiado cómodo y casi se me olvida que sólo tenemos dos días y medio para gozarnos el solecito de Brisbane…

Bueno, pues voy a tener que ejercitar mi capacidad de síntesis (visto que éste es mi cuarto párrafo y aún no he abordado el tema de nuestras aventuras por carreteras australes, creo que empezamos mal) para resumiros nuestras dos últimas semanas de viaje.
No satisfechos con haber conducido por las carreteras de Nueva Zelanda, Tasmania, Victoria y South Australia, volvimos a alquilar vehículo para recorrer las de la Isla de los Canguros, las de los valles de Barossa y Clare, y las del desértico “Outback”.

.
Kangaroo Island

La isla de los canguros me pareció mágica. Desde siempre me había atraído la idea de visitarla, sin saber muy bien porqué. Supongo que por el nombre. Hay sitios así, a los que uno tiene ganas de ir aún sabiendo poco o nada sobre ellos, tan sólo por la fascinación que produce el sonido de sus nombres, como Katmandú, Ulán Bator, Machu Picchu, Titicaca, Tierra de Fuego, Zanzíbar y Uagadugú. Kangaroo Island también formaba parte de esa lista.

Bueno, ahora ya sé porqué merece la pena visitar Kangaroo Island. Es un sitio ideal para relajarse, especialmente para familias. Si algún día tengo hijos, éste es un sitio al que me encantaría traerlos de veraneo. Malo, ya estoy divagando. Síntesis habíamos dicho, así que no perdamos el enfoque. Tres cosas, quisiera destacar.

1. “Emu Bay Holiday Home”. Nuestra pequeña “deluxe cabin”, la número cuatro, nos pareció una cucada. Como además tuvimos la suerte extraordinaria de gozar de un clima veraniego en pleno invierno, incluso disfrutamos de su terracita para el desayuno. La única pena fue tener la vista a la bahía parcialmente tapada por la cabaña número tres, que a su vez la tenía parcialmente tapada por la número dos. Para vuestro viaje, reservad expresamente la cabaña número uno, pero no lo dejéis para última hora…

2. “Remarkable Rocks”. A su lado, los Doce Apóstoles palidecen de envidia. Un paisaje tan surrealista que parece obra de Dalí. Aquí fue dónde más me alegré de visitar la isla por mi cuenta y no con un tour. El autobús se para unos quince minutos, durante los cuales una horda de veinte a treinta turistas se hacinan sobre las rocas, vociferando y ametrallando fotos en busca de un efecto imposible. Pasado ese fatídico cuarto de hora, el lugar vuelve a ser otro. Las rocas se quedan de nuevo a solas (casi), sin más ruido que el romper de las olas. Perderse ese momento es no haber visto nada.


3. “Paul´s Place”, el santuario de los animales. Por 12 dólares cada uno (al Junior también le cobraron la tarifa adulto, qué error de discernimiento), disfrutamos de una visita de dos horas por esta granja. Su particularidad es que en ella, no sólo te enseñan a los animales, sino que se te permite alimentarlos (incluso le di el biberón a un canguro, bastante crecidito por cierto, ¡que me pusieron en brazos!), tocarlos y hasta abrazarlos. ¡Ah, y por fin pudimos tener a un koala entre los brazos! ¡Otro capricho cumplido!



Aparte de canguros y koalas, tuvimos contacto directo con muchos más animales: ovejas (ok, después de vivir nueve años en Irlanda, no es que la visión de un borrego me resulte demasiado novedosa, pero sí es la primera vez que le he dado el biberón a un corderillo), emús (hay que ver lo grandes que son esos pajarracos), un “possum” (nos dejaron coger en brazos a Hash, igual de tierno que una cría, pero que en realidad era un viejito de 20 años), una serpiente (que nos pusieron de collar), una langosta (vivita y coleando, me la pusieron en la mano) y hasta una alpaca (a algún ganadero se le ocurrió la idea de importar alpacas a esta isla, dándole un toque peruano al paisaje).

¡Ah, casi se me olvida! También volví a encontrarme con mi vieja amiga, la “echidna”. Siempre me gusta contar cosas sobre animales, así que en esta ocasión os contaré una particularidad graciosa sobre estos bichos. No es un animal muy prolífico que digamos, la hembra poniendo un solo huevo cada cuatro años. Siendo tan precaria la oportunidad de reproducirse, para perpetuar sus genes, los machos de esta especie cortejan a su hembra persiguiéndola tenazmente… ¡durante cuatro semanas seguidas! Y no sólo eso, sino que además, ¡haciendo cola para conseguirla! Imaginaos un trenecito de erizos caminando lentamente en fila india: a la cabeza, su locomotora (hembra), tirando de siete u ocho vagones (machos). Tierno, ¿a que sí?
.
.
No sólo en cautividad puedes encontrar animales, sino también en su estado salvaje. Amén de canguros, la isla cuenta con lobos marinos (aquí llamados leones, “sea lions”), pingüinos (aunque nosotros no los vimos), albatros (de estos sí pudimos acercarnos) y cacatúas rosas (Cacatua Roseicappilus). Que os cuente José cómo un escuadrón de cacatúas kamikazes, volando en picado sobre nuestro coche, nos pegó un susto de muerte...


Barossa y Clare

Está visto que cuando me pongo a hablar de animales, me paso el espíritu de síntesis por el forro. Intentaré ser más escueta en este apartado.

Una de mis resoluciones para el 2007 era hacer un viaje en auto caravana, algo totalmente nuevo tanto para mí como para José. Cuando ya parecíamos tener descartada mi idea (que si es mucho dinero, que si no se pueden alquilar por menos de una semana, que si es invierno y nos vamos a pelar de frío por la noche, y que si un sinfín de buenas razones), al final logré salirme con la mía, ¡hip, hip, hip, hurra!
.
Cierto, ha sido una pasta. El alquiler por ocho días, con seguro todo riesgo, nos salió por aproximadamente 1200 dólares (incluido el alquiler de una estufilla eléctrica que, al final, resultó prácticamente obsoleta). A eso hay que añadir la gasolina (cómo chupa la camper, nos gastamos unos 430 dólares en gasolina sin plomo, lo que nos dio para recorrer unos 3000 kilómetros sin forzar la marcha ni tirar de aire acondicionado), los gastos de camping (146,84 dólares, descontando una noche de camping libre) y de comida (unos 170 dólares, pero hay que decir que cargamos con una cantidad de agua, leche, galletas, cereales, pasta, verduras y conservas, que más bien parecía que nos embarcábamos para una travesía magallánica).

Sin embargo, la sensación de autonomía y libertad que dan el viajar y vivir en una auto caravana, el poder detenernos a comer o tomar el café en nuestro saloncito móvil al tiempo que disfrutamos de una panorámica impresionante, el transformar ese mismo habitáculo en una comodísima cama, para dormir escuchando los sonidos de la noche en el desierto, todo ello y mucho más, no tiene precio.

Pasamos el primer par de días recorriendo valles y viñedos por la región de South Australia, al norte de Adelaida.
.
Por 99 dólares, habíamos comprado un pase “Cellar Door” que nos daba derecho a degustaciones y tours gratuitos por las vinerías de la región. Además, nos podíamos llevar una botella gratis por bodega, hasta un máximo de seis y por un valor máximo de 20 a 25 dólares por unidad. Una oferta que, por supuesto, aprovechamos “hasta la última gota”, en una auténtica maratón de vinerías.




Nos gustaron todas, pero os recomiendo particularmente dos:

1. La casa “Seppelt”, en Barossa Valley, viene produciendo vino desde 1851. Su personal está orgulloso de trabajar para esta empresa familiar con solera histórica, y esta pasión es algo que realmente logra transmitirnos la guía durante el tour de 45 minutos (no os lo perdáis, de verdad merece la pena hacer la visita guiada).

2. Los celares “Sevenhill”
, en Clare Valley, también cuenta con una larga tradición vinícola. Fundada en 1848 por hermanos jesuitas austríacos, esta bodega produce, entre otros, un vinito fortificado para misa, que sólo se me ocurre describir como divino. Nunca más ferviente fue mi devoción al bueno de San Ignacio.
.
Nota: alargamos un poco nuestro viaje por la región vinícola, debido a un percance del sistema eléctrico de la auto caravana. Nos la entregaron con un cable defectuoso que chisporroteaba al enchufarlo y sólo funcionaba a condición de quedarse el Junior sujetándolo. Una solución que a él no acababa de convencer (si es que los hombres de hoy por cualquier cosa se quejan y de hacer pequeños sacrificios ya no quieren saber nada), así que tuvimos que perder tiempo para encontrar un cable de recambio (por cierto, Apollo, la compañía de alquiler, nos reembolsó el gasto del cable, pero para compensarnos por las molestias se contentó con ofrecernos sus disculpas, que yo acepto, pero que no por ello voy a dejar de hacerles mala publicidad).


Outback

Lo mejor para el final, la travesía del desierto. Impresionante. Kilómetros y kilómetros de llanura ocre y roja, en la que se las ingenian para sobrevivir plantas, animales y hombres. Una carretera recta infinita, en la que apenas te cruzas con nadie, salvo de vez en cuando un “road train” o tren de carretera (son unos camiones enormes, de hasta tres tráileres y unos 50 metros de largo).

Cuatro días y cuatro noches en el desierto.
.
Sábado noche, en Coober Pedy. Capital australiana del ópalo, su nombre proviene de un lenguaje aborigen y se traduce como “agujero del hombre blanco”. Realmente, los aborígenes no podían haber elegido un nombre más descriptivo para esta pequeña población minera de buscadores de fortuna, cuya peculiaridad consiste en haber sido construida bajo el suelo. Y es que en el desierto, hace mucho, pero que mucho calor (sí, sí, de verdad, incluso en invierno), de modo que se está mejor viviendo en galerías subterráneas que en el exterior, dónde en verano la temperatura alcanza los 50 grados centígrados. Tanta gente intentando hacerse rico con el ópalo, cuando el verdadero negocio estaba en el aire acondicionado, ¡mira que no pensarlo!


Antes de despedirnos de Coober Pedy, asistimos a misa en su iglesia “underground”, tomamos un par de chocolates calientes (hay que ver las cosas más raras que te pide el cuerpo en medio del desierto) en el “Didgeridoo Bar” del pueblo, también “underground”, y salimos de la carretera principal para adentrarnos en el desierto, disfrutar de unos miradores, y fotografiar la famosa “dog fence” (5600 kilómetros de valla alambrada, para cortar el paso a los dingos y otros perros salvajes).



Domingo noche, en Yumara. Aquí aprovechamos la oportunidad de pernoctar gratis en el camping (sin disfrute de electricidad, claro). Simpático lugar, concurrido tanto por mochileros como por emús.



Lunes noche, en Ulurú. Fue buena idea hacer uso de la gratuidad de Yumara, porque el camping de Ulurú, estando a una quincena de kilómetros de Ayers Rock, era bastante carillo (34 dólares). La entrada al parque nacional de Uluru cuesta 25 dólares y es válida para tres días, de los que nosotros aprovechamos uno y medio.

Nos dimos un pequeño paseo junto a la roca, con mucho respeto a las tradiciones y creencias aborígenes. Nada de hacerle fotos a la cueva “Mala Puta” (insisto, nosotros somos respetuosos y no le faltamos a la cueva sagrada, que realmente se llama así y que constituye la representación espiritual del marsupio de la hembra wallaby), ni de hacer alpinismo por la roca (como hicieron muchos y muchas, turistas menos respetuosos que nosotros, que se merecen que los llamen por el nombre del marsupio). Por supuesto, no nos perdimos ni el atardecer, ni el amanecer sobre la roca, ni ninguno de sus sutilezas y matices luminosos, como dan fe las tropecientas mil fotografías tomadas por el Junior (Siths, ya podéis ir preparando las palomitas y mullendo las almohadas para la sesión de proyección fotográfica).
.
Lo único que sentimos fue no haber tenido tiempo de acercarnos a las “Olgas”, otras rocas imponentes, que sólo vimos en lejanía y en postal. Y es que se nos fue la mañana enterita visitando el centro cultural aborigen, donde caímos en la tentación de comprar unos lienzos.

Como sólo llevaba gastados 998 dólares en esta semana de viaje por auto caravana, me pareció oportuno redondear la cifra añadiéndole 510 más. Claro que ahora que lo pienso, todavía me tengo que gastar unos cientos más para que de verdad la cifra sea redonda (estoy segura de que aquí en Brisbane, esto es algo que puedo conseguir). Bueno, podría haber sido peor. El otro lienzo que me gustaba costaba 9000 dólares (claro que con el 10% de tasas que recuperas en el aeropuerto, se me hubiese quedado en 8100… pero no, ¡me gustaba más el mío!).

Última noche, martes en Alice Springs. De Alice no visitamos nada más que la gasolinera y el camping, cosa que a Denis, nuestro taxista, le pareció una lástima. La carrera, desde la oficina de Apollo hasta el aeropuerto tardó unos cinco minutos, sin embargo, a juzgar por la cantidad de información que Denis nos impartió durante ese breve tiempo, yo juraría que duró más de media hora.
.
Nos relató innumerables historias de Alice Springs, salpicadas de anécdotas personales, e incluso compartió con nosotros el “secreto” de la vida. Algunos regalos merecen ser guardados celosamente como tesoros, mientras otros deben de ser compartidos con el resto del mundo. Éste es de los segundos.

El secreto de la vida, según Denis, es muy sencillo. Consiste en no abandonar tus sueños.
.
Las claves del éxito son tres.
.
1. Formular tu sueño en voz alta. Si no tienes por lo menos uno, es que no te conoces. Apaga inmediatamente la tele, desconecta el video juego, y sal a dar un paseo contigo mismo.

2. Creer en ti mismo. Confiar en que Dios (o el Universo) te ayudarán a realizar ese sueño. No dudar de que estás capacitado para alcanzarlo y de que, además, te lo mereces.

3. Ser capaz de recibirlo. Liberarse de las culpas del pasado, de las aprensiones del futuro y de todo aquello que te impida apreciar el momento presente. Vive tu sueño ahora.

35 dólares, la carrera. La lección de filosofía, gratis.


(Escrito por ella desde Brisbane, Australia, 02/08/07)