09 noviembre, 2007

Caminando entre gigantes (I)

Everest. Himalaya. Annapurna. Thorung La. De estos cuatro nombres, seguro que la mayoría de vosotros reconocéis los tres primeros inmediatamente y os evocan otros como Herzog, Hillary o Tenzing. Pero, ¿Thorung La?. Ese cuarto nombre a mí tampoco me decía nada hasta que el día 1 de Noviembre se convirtió en sinónimo de agotamiento, congelación y muerte pero también de esfuerzo, voluntad y, finalmente, triunfo.

Nepal en los tiempos modernos tiene una historia tan tumultuosa como gigantescas y escarpadas son sus montañas. Mientras escribo estas líneas en el portátil, el país atraviesa un nuevo periodo de inestabilidad: los comunistas/maoistas abandonan el gobierno y vuelven al robo y la extorsión para financiar sus asesinatos y bombas, el Rey ha anunciado públicamente su abdicación, la Monarquía se puede convertir en República en cualquier momento, las elecciones parece que están a la vuelta de la esquina.


Y pese a todos los peligros que nos creamos los humanos, de todos los rincones del globo seguimos viniendo los turistas y viajeros, jóvenes y pensionistas, con el nada secreto objetivo de caminar, subir, escalar, tocar y contemplar la inigualable belleza de sus cumbres nevadas, pese a que el peligro natural sea por lo menos tan mortal y cercano como el de la Mafia comunista.

"Quiero hacer trekking en Nepal" le dije con seriedad a mi amigo y trekker Enric "Aryu" Cardona, en una fiesta en casa de Mel, en el lejano Dublín en algún momento del 200
6. El me sonrió con el orgullo de quien ha estado allí en repetidas ocasiones y se ha dejado algo de piel y sangre y más de un suspiro por los senderos del Muktinath Himal. "¿Annapurna o Everest?" me ofreció él a modo de respuesta gallega de este internacional catalán.

Y cuando llegué a Nepal a mediados de Octubre de 2007, procedente del Tíbet bajo invasión China, tomé mi decisión: Annapurna y, concretamente, el "Annapurna Circuit", la opción más larga y más dura de la zona. Había sopesado hacer el recorrido al "Everest Base Camp" pero aparentemente está más orientado a montañeros y escaladores que a senderistas (¿es ese el termino correcto en castellano como traducción de "trekkers" - no, "trekkies" no, que esos son los de Mr. Spock y "Beam me up, Scottie" - y es "senderismo" el equivalente de "trekking"?), hay menos posibilidades de alojamiento y manutención en la zona (hay que llevarse comida y tienda de campaña para varias semanas, ergo es necesario contratar un sin número de porteadores) y casi no se ve a nepalís viviendo por allí. Además, ya había visto el Everest desde el lado tibetano, de pie frente a una veintena de tumbas vacías de expedicionarios que murieron intentando escalarlo o bajando, trágicamente con la miel del triunfo en su boca.


Con una mochila de 12 kilos a la espalda, que al día siguiente subieron a más de 14 por el añadido de un par de litros de agua y algo de bollería indonepalí, salí en compañía de mi francófono amigo Vincent, de Katmandú en dirección a Besisahar, donde hicimos noche. Al día siguiente nos subíamos en el autobús (y yo hacía el viaje en el techo, como tantos nativos) que dos horas después nos dejaba en Bhulbhule el punto en que apretamos las correas, desplegamos nuestros bastones y empezamos a caminar.


Diez minutos después yo me paraba presa del pánico. ¿Lo llevo todo? No, me falta algo relativamente importante: mi cinturón-monedero con 1400 dólares, 800 euros, 60 libras esterlinas, una tarjeta de crédito, mi DNI, mi libro de vacunas de la OMS y, sobre todo, mi tarjeta Iberia Plus. Una milésima de segundo basta para ubicarlo, debajo de mi almohada, en mi habitación del hotel de Besisahar. Así que a las 9 me subo en el mismo lento autobús para emprender, a la inversa, el sinuoso viaje que acabo de realizar. Cuando llego al hotel la cama está hecha, la habitación limpia y no hay nada debajo de la almohada.

Unos seg
undos de contenida respiración después compruebo que no he dormido sobre un finísimo colchón sino sobre dos y que entre ellos está el precioso contenedor de tan valiosos objetos. Aparentemente, porque me debió molestar durante el sueño, lo metí allí debajo y al levantarme, como no asomaba por debajo de la almohada, no lo eché en falta. Así que por tercera vez, ahora a las once de la mañana, vuelvo a coger el mismo autobús y a hacer la misma ruta. Y es por eso que el primer día no empecé a caminar realmente hasta la una de la tarde.

Vincent me había dicho que me esperaría en Chame (a dond
e él debería llegar pasado mañana), aunque tuviera que quedarse un día más, pero yo no estaba dispuesto a ello. Por primera y no última vez durante el trekking, mi voluntad iba a arrastrar a mi cuerpo más allá de sus límites naturales. Para su sorpresa aparecí seis horas y media después, a las siete y media de la tarde en su "Guesthouse" de Jagat, tras recorrer en solitario unos 16 km, subiendo desde los 840 hasta los 1300 metros de altitud y, lo más asombroso, caminando con la única luz de mi linterna durante la última hora y media del recorrido. Había cruzado riachuelos, subido laderas por senderos en ziz zag, peleado por mi derecho de paso con mulos cargados de mercancía, me había sentado varias veces en la oscuridad, preguntándome cuanto faltaría aún para llegar, con un creciente dolor en mi hombro derecho, donde la correa de mi mochila rozaba mi piel a través de la camiseta, pero había conseguido llegar y en mi primer día había superado todas mis expectativas.

Al día siguiente al mediodía nos topamos, después de una espectacular y sufrida subida por la ladera de una montaña, con tres ladrones mafiosos(=comunistas) que se amparaban en la bandera de la hoz y el martillo para robar impunemente ("solicitar una voluntaria donación" debería decir) a los turistas. Este episodio con esos hijos de Marx y Al Capone lo comentaré en un post aparte, no aquí.


Castigados por el sol y sudando el agua que repetidamente bebíamos, Vincent y yo llegamos a Tal donde mi amigo (que es un par de años más joven, me saca una cabeza y dos hombros) dijo "No aguanto más". La ruta era más dura de lo que él había esperado, no quería pasar sus vacaciones con dolor de espalda y este trazado infernal no era para él. La única solución que se le ofrecía (aparte de darse la vuelta) era obvia: contratar un porteador para que le llevara la mochila. De haberlo hecho con antelación, gestionándolo en Katmandú, le hubiera salido algo más barato, pero ya iniciada la ruta, fueron 700 rupias nepalís diarias el precio de su comodidad. Con eso se aseguraba que un simpático, atento y educado, Ming Rasi "Gurung" (el nombre de la etnia) cargara sobre sus espaldas con los 14 kilos de ropa y equipo de Vincent.

Por mi parte, yo seguí siendo mi propio portador y guía y me mantuve fiel a mi pensamiento original: si no eres demasiado viejo, débil o enfermo, lleva tu propia mochila.

¡Y lo que pesaba la condenada!



Hasta que llegamos a Manang (3540m), el quinto día, cada jornada era un madrugón, un desayuno rápido y una lenta caminata de 16 Km o más, ascendiendo lenta y trabajosamente por montañas pobladas de arboles, bosques en los que las agujas de pino crujían bajo mis pies y atravesando corrientes de agua, riachuelos unas veces (que obligaban a mojarse las botas y saltar de piedra en piedra), el poderoso río otras (para
esas ocasiones se contaba con puentes metálicos de algo más de metro y medio de anchura y hasta noventa de longitud). Acercándonos a este pueblo dejamos atrás la vida vegetal para atisbar que, después de aquel pueblo, las montañas sólo tendrían el color ocre de la tierra suelta o la roca, o bien el blanco de la nieve. Por prescripción facultativa (recomendada a TODOS los que hacen este circuito) nos quedamos un día adicional, aclimatándonos a la altura (lo que incluyó una subida - y bajada - adicionales de 500 verticales metros para visitar a un monje budista en su monasterio, colgado en la montaña, con espectaculares vistas sobre Manang, debajo, y enfrente los nevados Tarke Kang, 7202m, Singu Chuli, 6501m, Gangapurna, 7454m, Annapurna III, 7555m, Annapurna IV, 7525m y Annapurna II,7939m).

Al día siguiente me separo de Vincent, aunque salimos a la misma hora. Él quiere hacer noche en Letdar (4200m) y al día siguiente en Thorang Phedi (4450m) o High Camp (4850m) para acometer luego la subida al paso. Yo no tengo ningún síntoma del peligroso Mal de Altura (Acute Mountain Sickness o AMS en inglés) y después de estar un día sin avanzar, aunque no sin caminar, he decidido que si en Letdar me encuentro bien, intentaré llegar hasta Thorang Phedi, acortando de este modo en un día el recorrido. El trayecto hasta Letdar es básicamente una lenta e inclinada subida, sin mayores dificultades (dos días antes, entre Pisang y Manang, los continuados desprendimientos de tierra habían añadido una dificultad adicional al polvoriento sendero: había tramos en los que desaparecía bajo la avalancha de rocas) y cuando salgo del pueblo me detengo en una pequeña "teahouse" (pequeña construcción de piedra muy frecuente en la ruta y en la que se sirven bebidas frías y calientes y a veces algo de básica comida, como arroz y "dhal", una especie de sopa de lentejas) para saborear tranquilamente un te negro. La adolescente que me lo sirve sube a diario desde Letdar para atender el negocio. Me encuentro bien, aunque algo cansado, pero no parece que haya ingresado en ese Club del 60% de personas a las que les afecta en mayor o menor medida el AMS. Decido seguir adelante.



Google Maps de la zona

(Basado en lo escrito por él en su block de notas entre el 24 de Octubre y el de 7 Noviembre de 2007, entre Bhulbhule y Pokhara, Nepal)