09 noviembre, 2007

Bienvenidos a Nepal

"¿Es este su equipaje?" preguntó el funcionario de aduanas chino, "Sí, esta mochila, esa bolsa y aquella mochila que sale ahora del escanner" contesté yo. "Abra esta mochila, por favor". Mierda, pensé yo, la puñetera máquina ha encontrado algo raro...que tenía que haber metido en un bolsillo de mi cazadora de no haber sido un objeto tan pesado y voluminoso, claro está.

Katmandú. Su nombre evoca imágenes de altos picos de laderas nevadas y estrechos valles que conducen a las montañas más altas del planeta. Allí nos dirigíamos esa mañana. La noche anterior habíamos contratado, por 200 CNY por persona, el transporte desde Zhangmu (pueblo fronterizo en el lado chino) hasta la capital nepalí, en el mismo sitio en el que estábamos alojados, el Hotel Sherpa. Uno de los recepcionistas, Orson (o algo que suena vagamente similar), nos acompañó hasta inmigración (que no abría hasta las diez) y en el otro lado cogimos una pequeña furgoneta de las dimensiones más reducidas que os podáis imaginar, para salvar los ocho kilómetros de tierra de nadie hasta entrar en Nepal. Conforme nos acercábamos a la frontera administrativa, cambiaban los rasgos y vestimenta de aquellos con los que nos cruzábamos, sobre todo conductores de camiones (que tenían en los parachoques de sus multicolores Tata indios pegatinas o textos como "Good Boy", "No time for love", "Speed limit" o "Horn please"). De los ojos rasgados y la piel amarilla pasábamos a pieles cobrizas y caras de aspecto hindú. Y las gorras y uniformes verdes de paseo de la Policía Armada china se convertían en cascos y ropa de camuflaje, acompañados de antiguos fusiles de asalto alemanes y subfusiles ingleses, de los centinelas nepalíes.

En el puesto de inmigración, después de rellenar el correspondiente formulario y adjuntar una fotografía (en mi caso, una de las blanquecinas que me sobraron cuando me hice el carnet de los cines UGC) pagamos los 30 USD por el visado y diez minutos después estábamos autorizados a permanecer en el país durante un máximo de dos meses. Orson fue nuestro guía hasta el todoterreno en que nos instalamos cómodamente los cuatro viajeros, a los que nos esperaban aún unas cinco o seis horas por delante. Y que horas. Si bien nuestros cuerpos continuaron siendo vapuleados por el inestable firme del camino por el que circulábamos, nuestras aturdidas mentes iban a ser sometidas a una serie de chocantes estímulos.


Por un lado, el paisaje se convertía de pronto en un continuado vergel donde montañas vestidas de frondosos bosques se inclinaban sobre violentos ríos. Merced a los caprichos de la Naturaleza, que marcó los límites para que los ingenieros construyeran esta carretera, disfrutábamos aleatoriamente por la izquierda o por la derecha de la vista de salvajes cauces fluviales y escarpadas laderas pobladas de arboles que comenzaban a vestirse con los colores del otoño. Por otro, la vida al lado de la carretera se nos ofrecía fugazmente como algo distinto de lo que habíamos estado observando desde que llegáramos al Tibet. El Hinduismo tomaba el relevo del Budismo como religión mayoritaria. Los autobuses con los que nos cruz abamos, y por escasos milímetros no colisionábamos con ellos, tenían habilitado para el transporte de pasajeros hasta el techo, donde se apiñaban apenas menos pasajeros que bajo él. La gente cultivaba verduras, se sentaba a la sombra a la entrada de sus casas, jugaba al billar, guiaba sus cabras o simplemente caminaba al lado de ese otro río de vida que es la cinta de asfalto.


No hemos dejado de hacer fotos casi ni por un minuto, de la gente, de los animales, de los edificios, de los campos, de las tiendas. Para mí es reencontrarme con la Asia que yo quería ver y que apareció en Camboya o Laos. Después de la occidental pausa de Australia y Nueva Zelanda y las aspiraciones chinas, el curry y el incienso son un aroma fresco y deseado.

En Kathmandú, en "Iceland Guesthouse" hemos vuelto a encontrarnos con Vincent, nuestro amigo francés que es posible que se convierta en mi compañero de trekking por el Circuito del Anapurna, pero eso lo discutiremos más adelante.

"¿Y esto que es?" parecía decirme esa mañana con su mirada el funcionario de aduanas. En una bolsa y envuelto en papeles hay un objeto. Le quito los papeles y se lo doy. Una piedra cuasi rectangular de unos veinte centímetros de longitud y diez de ancho. Pesa. Bastante. Le explico que es un recuerdo que me traje del Everest. La cara de póquer del chino no tiene desperdicio. Llama a una compañera, le pasa la piedra y se miran. "No tiene fósiles, ni valor alguno" aclaro, y a punto estoy de decirles que no está hueca y en su interior no se esconden secretos sobre la represión en el Tibet. Cuando ya tengo la boca seca, ella se la devuelve a su compañero y me permiten que me la lleve. Menos mal.

Por cierto, mamá, desde Kathmandú voy a mandar a casa otra caja con objetos varios entre los que se incluye un genuino pisapapeles del Everest. Y pesa. Bastante.



Google Maps de la zona

(Escrito por él desde Kathmandu, Nepal, el 17 de Octubre de 2007)