17 noviembre, 2007

La ciudad y los perros

Es difícil huir de los estereotipos cuando te miran desde cada carretera, se agarran a tu camiseta en cada esquina e intentan hablar contigo a cada instante. Apenas tres días en una ciudad de más de doce millones de habitantes y solo uno más en un país de mil trescientos millones no es tiempo suficiente para opinar y comentar, aunque sí para sorprenderse, otra vez, gracias a Dios, por la diversidad de eso que llamamos la “fauna humana” .

Algo que todos los turistas esperan ver por todos lados cuando llegan a la India, con curiosidad no exenta de soberbia y una nada disimulada dosis de prepotencia occidental, son vacas deambulando sin ser molestadas. Gozando de mayor libertad que los bípedos que las rodean, se las puede encontrar tumbadas en las aceras, cruzando con parsimonia congestionadas carreteras, paradas en las medianas de las mismas, o, simplemente, rumiando lentamente mientras, a paso de vaca sagrada recorren ciudades y pueblos que han hecho suyos. No son tan patentes en Delhi como en otras partes menos desarrolladas, urbanas o de negocios pero no hay viaje en autobús o paseo por el campo en que no nos tropecemos con ellas. En el trayecto desde la fronteriza Sunauli a Gorakhpur, a donde me llevo un matutino y nada turístico autobús, no ví muchas pero en cuanto llegué a destino, me las encontré incluso dentro de la estación de ferrocarril (de unas dimensiones acordes a la ciudad de seiscientos veinticinco mil habitantes en la que está emplazada) y paseando por las vías. No se si esta sería la causa de que cuatro de cada cinco trenes, incluido el mío a Delhi, llegaran con retraso, pero su estatus sagrado les priva de cualquier castigo o maltrato.

Tal y como cuentan en Wikipedia, el hinduismo, religión observada por más del 80% de la población del país, prohibe sacrificar y comer la carne de los bovinos. La vaca se considera como la representación divina de Prithivi Mata (la Madre Tierra). Para algunos hindúes una vaca es la reencarnación directa anterior antes de ser un humano, por lo que si se sacrifica a una vaca se retroceden 87 escalones de reencarnación. Se considera sagrada no sólo la vaca sino también la leche y cualquier producto del bovino. Eso sí, la veneración de los hindúes por las vacas difiere bastante según las regiones. Por ejemplo, en el norte de la India existe una relación religiosa y casi emocional con las vacas, pero sin embargo en el sur de Kerala se ofrecen para el sacrificio los ejemplares más viejos a carniceros cristianos o musulmanes; la ternera se come en ciertas cantidades en esta zona. Para la mayoría de los hindúes la ingesta de carne de ternera es sin embargo un tabú.

La otra cosa que todos los turistas esperan, pero con temor y previsto cansancio, es ser objeto de miradas y lastimeros asaltos verbales con el objeto de conseguir unas preciadas rupias. No hay manera de evitar el acoso y, si no vives aquí y eres capaz de sorprenderles con alguna frase en hindi, no hay escapatoria posible. Intentas negociar el precio de una botella de agua en un puesto callejero mientras a tu izquierda un vendedor de gafas te ofrece unas copias baratas de una conocida marca americana (la misma que ha fabricado el modelo, original, que tu llevas en ese momento) y a la derecha un niño, de un grupo de tres que te contemplan inmóviles, te extiende su mano de mendigo. Al final, acosado por todos lados y sediento, no pagas las 20 rupias que te pedían por el agua, pero tampoco las 10 o 12 que le cuestan a un local, sino 15, porque los ojos azules y la tez blanca (aunque ahora morena por el sol de las montañas de Nepal) aquí tienen recargo.

Connaught Place, Old Fort, India Gate…en todos los lugares donde se reunen los turistas aparecen también vendedores y mendigos. Sentado en una zona verde de Connaught, pasé un par de horas disfrutando del sol, la lectura de mi libro y rechazando las ofertas para que me limpiaran los oídos (9 veces), comprar plátanos (2 veces), que me limpiaran/arreglaran los zapatos (4/2 veces), comprar palomitas de maíz (3 veces), ofrecimientos para acompañarme a la Oficina de Información Turística (1 vez en la plaza y 1 vez paseando, y en ambos casos las direcciones no coincidían con la de la auténtica sino con “clones” gestionados por agencias de viajes), y, simple y llanamente para pedirme limosna (2 veces).

Y, pese a todo, me han dicho que Delhi es una ciudad más avanzada y menos problemática que, por ejemplo, la anárquica Calcuta…


Nota: Una de las cosas que no esperaba ver era la gran cantidad de perros, sueltos, abandonados, por las calles. Esqueléticos, asustadizos o simplemente pasivos, asumen su triste suerte dejándose caer donde buenamente pueden. No he observado que los aparten a patadas (lo cual no seria nada extraño en la civilizada Europa) sino que, al igual que ocurre con las vacas, gestos y voces bastan para quitarlos de en medio cuando estorban.

Los mendigos, no tantos como imagináis pero demasiados para una potencia que rivaliza con China, son, sin embargo, más difíciles de tratar. Soy un negado a la hora de hacer lo más recomendable: ignorarles. Siempre que consigo apartarme de ellos lo hago con mala conciencia pese a que sé que la mejor manera de ayudarlos no es darles dinero a ellos sino a cualquiera de las organizaciones que, sobre el terreno, intentan aliviar la mala fortuna de estos pobres seres. Los trabajadores en esos centros saben mejor que los que solo estamos “de paso” cuales son las necesidades más acuciantes y como beneficiar al mayor numero posible de indigentes.

Porque tú no puedes ayudar a todo el mundo ni aunque vacíes tu monedero una y mil veces.


Google Maps de la zona

(Escrito por él desde Delhi, India, el viernes 16 de Noviembre de 2007)