09 noviembre, 2007

Katmandú y Nepal

Esta mañana hemos ido a la Embajada de India, a solicitar el visado para ese país, lo cual no deja de ser curioso porque no llevamos en Nepal ni 24 horas aún y nos quedaremos aquí entre tres y cuatro semanas. El procedimiento es absolutamente tedioso. Rellenas un pequeño formulario (importante que sea con un bolígrafo de tinta negra) y lo presentas, tras hacer cola, en una ventanilla. Allí lo recogen, rellenan un recibo que te entregan junto con un formulario más grande, y te vas a hacer cola a otra ventanilla. Le das el recibo al funcionario, pagas 300 rupias y te entrega una copia con una fecha y hora: el día 23 por la mañana tendremos que ir a otra ventanilla con nuestro pasaporte, el formulario grande rellenado y adherida su correspondiente fotografía reciente (en mi caso, eso de "reciente" es un decir) y pagaremos 3050 rupias. Y nos darán hora para, esa misma tarde, recoger la visa estampada en el pasaporte. Valida durante 6 meses que cuentan desde ese momento. Sólo tardamos una hora en iniciar los trámites, pero Vincent estuvo ayer dos horas haciendo cola. Llevaros un libro. O a un amigo.

Volvemos a nuestro hostal a dejar el nuevo formulario y el recibo del pago y Vincent (que se mueve con la seguridad y familiaridad que le da el llevar aquí más de una semana) nos lleva a dar un paseo para que veamos un mundo físicamente cercano al Thamal, el equivalente del bangkokiano Khao San Road, pero sin embargo muy alejado de éste reducto de mochileros, turistas y voraces vendedores de productos fabricados en masa. Cinco metros de lado a lado de la calle en la que se apiñan personas en filas de siete yendo en direcciones opuestas. Por entre ellas se cuelan las Bajaj, Honda Hero y Escort, como si de ágiles pero estridentes peatones se tratara. Y cuando parece que se han agotado todos los huecos, un compacto Maruti Suzuki 800 surge de la nada e invade solidariamente la calle, con su conductor aplicado a la tarea de hacer sonar el claxon mientras maniobra el volante esquivando a los peatones. Pero alguien ha visto un hueco y uno de esos enormes trickshaws hace sonar su peculiar bocina y consigue, inexplicablemente, formar parte de la fauna que avanzamos por la estrecha callejuela en Kathmandú. Mujeres con saris de vistosos colores, hombres de pelo y tez morenos, chiquillos correteando en busca de un nuevo sitio para jugar, vendedores que ofrecen amuletos y collares, navajas suizas fabricadas en China y Bálsamo de Tigre (que sirve tanto para los resfriados como para evitar el mareo en los autobuses), "sadhues", hombres santos, vestidos con túnicas naranjas, cabeza cubierta por un turbante, y portando un cesto con flores y polvos de color rojizo que intentan aplicarte en la frente ("trae buena suerte", te dicen sonrientes) para luego solicitarte un donativo. Mercados en la plaza, con gallinas, patos y gallos asustados en sus cajas. Hileras de cabras en las aceras, a la venta para ser sacrificadas y consumidas esta semana, cuando se celebra la fiesta de Dashain. La noche del viernes se producirá una matanza de estos ovinos en la plaza de Durbar. Como en cualquier celebración, cristiana o no, en el macrocosmos, el mundo de la muerte y el festejo de la vida están entrelazados y son tan dependientes como la espiral de ese ADN microcósmico que todos portamos

Kathmandú. Me encanta. Me atrae. Me descoloca. Me impresiona.

Rompiendo el mágico hechizo de una cultura que mis ojos ven por primera vez, aparece a un lado de la plaza una manifestación de maoistas, con una conciencia política del color de las negras banderas que enarbolan, mientras gritan sus estruendosos eslóganes. No funcionó en la propia China de Mao y quieren que un ineficaz, trágico y asesino sistema triunfe en esta tierra. Los comunistas se niegan a aceptar las verdades de la Historia, y, como los imbéciles, se niegan a si mismos. Como crueles y tristes comparsas de un drama literario de Orwell, se obstinan en repetir sus errores una y otra vez.a costa de la sangre de otros. Pasando desafiantes ante los observadores ojos de la policía y los antidisturbios, desaparecen por una callejuela, seguidos de una camioneta en la que dos banderas con la hoz y el martillo, cuelgan flácidas ante la ausencia de viento.

Por la noche, y en algunas zonas a cualquier hora del día, son otras las palabras que se murmuran al oído del extranjero. "¿Fumas?" o "¿Masaje?" son las que suelen salir de los labios de los nepalíes que se dedican a publicitar esas mercancías del abandono y la miseria. No importa en que ciudad del mundo se encuentre uno o cual sea el sistema político o la dictadura que rija un país, que las drogas y el sexo siempre encuentran su hueco en el que hacerse presente. Y Nepal no iba a ser distinto en eso.


Google Maps de la zona

(Escrito por él desde su hostal en el barrio de Thamel, Katmandú, Nepal, el 18 de Octubre de 2007)