28 diciembre, 2007

Varanasi

Conocida también como Benarés y como “Kashi”, ciudad de la luz o iluminación, Varanasi debe su nombre a su demarcación hidrográfica. La ciudad, construida a orillas del Ganges, está enmarcada por sus dos afluentes: el río Varana, por su flanco norte, y el Asi, por el sur.

Cito a José que, pese a nunca haber estado en esta ciudad, atinó a describirla mejor de lo que podría yo: “Varanasi, crucial y definitiva, símbolo de tantas cosas, lugar en el que vienen a confluir lo sagrado y lo mundano”.

Varanasi es la ciudad sagrada de los hindúes. Se cuenta que en ella residió el mismísimo Shiva, con su mujer Parvati y su hijo Ganesha. Desde tiempos inmemoriales, la ciudad recibe diariamente centenares de peregrinos. Vienen aquí a purificar sus almas, a morir o a despedirse de sus seres amados.

A orillas del Ganges gruye un meollo de hombres, mujeres, niños y bestias, cada uno absorto e imperturbable en su propio quehacer. Lo sagrado y lo mundano, lo divino y lo profano, conviven aquí en lo que, a ojos occidentales, es una perpleja yuxtaposición, pero que para los autóctonos es harmonía natural y cotidiana.

Así pues, lavanderas enjabonan, frotan y enjuagan sus ropas en las aguas sagradas, codo a codo con un grupo de penitentes, afanados en la purificación de sus almas, mediante baños, gárgaras y abluciones en las mismas aguas.

Durante todo el día y toda la noche, arden los restos mortales de hombres y mujeres, divididos por casta y condición económica. Unas doscientas cremaciones tienen lugar diariamente en Varanasi, en sus dos enclaves funerarios. Los más pudientes son incinerados en el ghats principal, junto al templo dedicado a Shiva y Parvati. Sus cuerpos, transfigurados en ceniza tras haber quemado lentamente sobre un tálamo de leña, son arrojados al río, mientras sus almas ya han ascendido al cielo en una nube de humo e incienso. Los más pobres, son asados en camillas de fogón eléctrico, en el otro ghats funerario.

Las cremaciones son un espectáculo silencioso y sereno, donde no se escuchan llantos ni lamentaciones (éstas impedirían el ascenso del alma difunta al cielo). Al contrario que en Pashupatinath (Nepal), aquí los muertos son acompañados en su último viaje por un cortejo exclusivamente masculino, pues se teme que las mujeres no sean capaces de reprimir su dolor. Dentro de este cortejo, los turistas son aceptados e incluso bienvenidos (los hindúes comprenden nuestra curiosidad e interés por sus ritos funerarios y se sienten halagados de que hayamos recorrido tantos kilómetros para presenciarlos), pero sus cámaras no son toleradas (una pareja obcecada de turistas japoneses está actualmente cumpliendo una condena de seis meses de encarcelamiento en Varanasi, por haberse tomado a la ligera las advertencias de los locales).
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A pocos metros del callado corro mortuorio, se oyen ecos de alegría y celebración. Amigos y familiares se reúnen entorno a una pareja de recién casados, que acaba de desembarcar de su pequeño crucero ritual por el Ganges. Al vocerío del festejo nupcial, se une el de un grupo de adolescentes jugando al criquet.
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En medio de esta marabunta, vendedores de polvos de tica y abalorios avasallan a los turistas. Algunos se ofrecen para guiarte por el laberíntico entramado de callejuelas, aprovechando el paseo para hacerte descubrir la mejor fábrica de seda o la tienda de su tío. Son los pequeños picarillos de la comisión, hijos de la astucia.
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Otros, menos simpáticos y mucho más pegajosos, se dedican al timo organizado. Presa de la drogadicción, financian su vicio a costa de turistas desinformados. Te abordan con explicaciones interesantes e instructivas acerca de los ritos funerarios hinduistas.
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Así aprendes que el hombre de cabeza rapada y cubierto con una especie de túnica o taparrabos blanco, que se encarga de prender fuego a la hoguera mortuoria y de rociar la boca del difunto con agua sagrada, es su hijo primogénito. Antes de proceder al rito de la cremación, deberá purificarse mediante abluciones en el río. También el cuerpo del difunto ha de ser lavado en el Ganges.
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Aprendes que no todos los muertos están destinados a la hoguera. Los cadáveres de mujeres embarazadas, niños y jóvenes menores de 21 años, sados, y de aquellos que hayan fallecido a causa del veneno letal de una mordedura de serpiente, se consideran de una pureza tal que el rito de la cremación no es necesario antes de entregarlos a las aguas del Ganges.

Aprendes que las mujeres no son despojadas de sus joyas antes de ser quemadas, de ahí que todos los días, al amanecer, se vean grupos de hombres y mujeres desfavorecidos, rastreando las cenizas para encontrar un pendiente, una pulsera o un amuleto de oro.
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Aprendes también que morir en Varanasi es considerado una bendición, liberando al alma del ciclo de las reencarnaciones. De ahí que muchos enfermos vengan a terminar sus vidas aquí… y ahora es cuando empiezan a metértela doblada.
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Te cuentan, y es mentira, que en la ciudad hay tres hospicios en los que estos pobres enfermos esperan abnegadamente la muerte. Pero no todos fallecen con la conveniente diligencia, por lo que hay que ocuparse de ellos, alimentarlos, etc. Te señalan dos grandes edificios, cercanos al ghats, donde supuestamente viven hacinados estos moribundos. Por supuesto, se necesita dinero para mantener estas estructuras y, como bien sabemos todos, la India es un país infestado de pobreza y, la pobreza, por definición, consiste en la carencia de dinero… y ahí es donde entras tú, cuya generosa donación contribuirá al sufragio de esta obra pía, y que no te preocupes si no tienes rupias, porque tus dólares y tus euros también son bienvenidos.
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Por si esto no cuela, te meten el cuento número dos. Los pobres no tienen dinero para comprar madera con la que incinerar a sus muertos (verdad), por lo que tu donación será muy agradecida (verdad) y enteramente destinada al auxilio de estas pobres ánimas (mentira).
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Como te hayas negado por segunda vez a aflojar el bolsillo, prueban con una tercera estrategia. A la vista está tu falta de fe y desprendimiento, prueba irrefutable de que tu karma está muy necesitado de una bendición. Ellos te conducirán benévolamente a casa de su “mama” que, a cambio de una contribución voluntaria y en la medida de lo posible generosa (que ya hemos convenido que los euros también valen), te concederá la precisada y benéfica bendición.
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Como también pases de la bendición y les mandes a que se ocupen de su propio karma y te dejen en paz con el tuyo, ahí es donde las cosas pasan del claro al oscuro y empieza a brotar la tensión agresiva. Mientras tú te fraguas camino para alejarte del lugar en el que te tienen arrinconado, te lanzan enfurecidos vituperios y acusaciones. Que les des “SU” dinero, que ellos te han dado “SU” tiempo, que el tiempo es dinero y que a ti el dinero te sobra y que porqué no les das tu dinero que, de hecho, es ya “SU” dinero, etc.
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Afortunadamente, los truhanes son minoría y muchos indios se acercan a ti para protegerte y avisarte sobre tales patrañas y timos.
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(Escrito por ella desde Chiang Mai, Tailandia, 26/12/07)