22 diciembre, 2007

Veo, veo...

"Veo, veo… ¿Qué ves? Una cosita, dime qué cosita es…”

Veo verdes montes y cascadas. Carreteras serpentinas, autocares abarrotados. Mujeres y niños en busca de aire. Sobre el techo, hombres, bultos y cabras.


Veo mercadillos y mercaderes. Especias y polvos de colores. Sedas y abalorios dorados. Trajín humano incesante, intercambio de rupias, negociaciones en torno a tacitas de té. “Namaste, namaste”.


Veo mujeres ataviadas como reinas. Saris, “dupattas” y “salwar kamiz”. Rojo escarlata. Fucsia buganvilla. Verde pistacho. Azul turquesa. Amarillo limón. Bordados y lentejuelas. Pendientes, pulseras y cascabeles. Largas y espesas trenzas de ébano. Tica carmesí donde la raya parte el pelo. Entre dos cejas, una estrella. Piel morena. Sonrisas blancas.

Veo vacas sagradas. Búfalos degollados. Guirnaldas de flores naranja. Santos sados. Funerales de fuego y agua.

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Veo un país. ¿Sabéis ya qué país es?

Me apuesto un café a que la India fue el primer país que se os vino a la mente. Por poco acertáis: la respuesta correcta se halla un poquito más al norte. Un pequeño país atrapado entre dos gigantes vecinos.

El Nepal nos pilló por sorpresa. Viniendo del Tíbet, no nos esperábamos a un cambio cultural tan brusco y radical. Apenas cruzada la frontera, el desierto dejó paso a una vegetación exuberante; el olor rancio de la mantequilla de yak, al aroma agridulce del curry, canela y clavo; las fachadas sobrias y plantas rectangulares, a líneas curvas y decoración profusa; los monjes de cabeza rapada, a sados de pelo rasta; las prendas recias, a velos vaporosos y femeninos; la austeridad, a la sensualidad…

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Turista desinformada, mi idea especulativa del Nepal correspondía a un híbrido entre el Tíbet y la India, más cercano de aquél, pero sin la influencia china. No podía estar más equivocada. El Nepal es tan diametralmente opuesto al Tíbet cuanto parecido a la India. Tanto es así, que las comparaciones (por obvias, no menos odiosas) entre ambas naciones son tema recurrente de sobremesa entre mochileros.

La mayoría de viajeros hacen ruta inversa a la mía, llegando al Nepal con las aprensiones domadas y el estómago curtido por la India. Cuando les pregunto acerca de sus impresiones, el consenso parece general.

“¡Ni color con la India! El Nepal es un remanso de paz, un oasis de sosiego en el que reponer fuerzas. Aquí todo es más limpio, más higiénico, más relajado, más amable. Nada que ver con el estrés constante de más de mil millones de habitantes trepándote a la chepa, taladrándote el oído o vendiéndote la moto para arrancarte unas rupias. Esto es gloria… ¿Cómo? ¿Que nunca has estado en la India? ¿Que te vas para allá después de tirarte un mes en Neeeepal? - Oh, poor thing! Good luck, good luck, good luck…”.

La madre que los hizo.

Veo, veo… otro país. Templos de mármol, parques y fuentes. Fuertes de color rojo. Fuertes de color ocre. Versos coránicos esculpidos en la piedra.

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Veo mujeres de rostro velado, discretas, fraguándose paso en un mar de hombres. Hombres cogidos de la mano. Vacas, cerdos, cuervos, cabras, caballos, camellos y ratas. Perros y mendigos, durmiendo en medio de la calle, cubiertos de polvo. Basura, mierda y escombros. Camiones, autobuses, taxis, ciclomotores, bicicletas. Atascos y bocinazos.
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Veo mezquitas y minaretes. Una puesta de sol, bálsamo de rayos dorados. El canto lánguido de un muecín atrayendo a sus fieles a la oración. “Inshallah”.

Para quien aún no lo tenga claro, he aquí de regalo la pista del cincuenta por ciento: ¿India o Pakistán?

¡Vaya por Dios! Nadie ha caído en mi trampa y acabo de perderme el café recién ganado. Pues sí, pues sí… efectivamente, esta vez sí que se trata de la India.

La influencia Mogol en el norte del país es tan patente que, de Delhi a Jaisalmer, pasando por Agra y Jaipur, la India me habla más de Mahoma que de Mahatma. La arquitectura y cultura islámicas se encuentran a la vuelta de cada esquina y echo de menos las fachadas multicolores, recargadas e infantiles como un decorado de feria, de los templos indios que habíamos descubierto en Singapur y Malasia, con su panteón de divinidades: Visnú, Shiva, Parvati, Ganesha, Lakshmi, Cali… Paradójicamente, la India me ha parecido menos india que el Nepal.

Afortunadamente, también me ha parecido menos “violenta” de lo que me habían vaticinado. Si bien uno se topa inevitablemente con mendigos, truhancillos y tenaces comerciantes, no es cierto que éstos se conviertan en un séquito perpetuo, persiguiéndote, suplicándote, atosigándote, agarrándote de la ropa y sin soltar presa durante más de veinte metros.

Tampoco es cierto que las calles de Delhi sean un escaparate del horror. No he visto, como atestiguan otros viajeros, escenas en las que mutilados sin piernas se arrastren hasta el lugar en el que una turista acaba de vomitar, para llevarse a la boca pedacitos de comida regurgitada. Tampoco he visto cadáveres humanos pudriéndose en las aceras, bajo la mirada indiferente de viandantes. Ni brazos desposeídos, tirados en el suelo, miembros residuales y abandonados de cuerpos descuartizados en accidentes de tráfico. Ni víctimas de brutalidades domésticas, mujeres calcinadas por sus maridos, rostros derretidos como la cera de un cirio consumado.

Tampoco he sido víctima de envenenamientos fortuitos o provocados, intoxicaciones alimenticias, robos, timos, tocamientos íntimos no deseados…

Puede que haya tenido una dosis increíble de “good luck”, tal y como me deseaban mis ocasionales contertulios de viaje. Tal vez mi experiencia haya sido la excepción.

Mi verdad sea dicha. La India me ha tratado bien y me ha gustado infinitamente más de lo que esperaba.


(Escrito por ella desde Delhi, matando el tiempo en el aeropuerto internacional Indira Gandhi, India, 18/12/07)