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06 agosto, 2007

Adiós Oceanía

Después de tres días del más absoluto relax (por culpa del sofacito rojo), nuestra breve visita a Brisbane culminó ayer con una suculenta barbacoa al más híbrido estilo austro-australiano, gracias a Uwe y Monika, que nos recibieron en su casa a cuerpo de rey. Vielen Danke! Qué rico el pescado barramunda, el canguro asado en su punto, el postre de Monika y esos vinitos del país con los que nos agasajasteis, casi tan exquisitos como vuestra compañía.
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Lo único malo de la velada fue volver al hotel a media noche, con el cuerpo cansado y el alma risueña, para enfrentarnos a la misión imposible de hacer que toda nuestra ropa y suvenires vuelvan a caber en las mochilas…



Hay que ver lo rápido que pasa el tiempo. Ya hemos pasado el ecuador de nuestro viaje y estamos cerrando el capítulo de Oceanía. Después de un par de meses a caballo entre Australia y Nueva Zelanda, no sabría decir cuál de estas islas me ha gustado más. Las comparaciones son odiosas pero, en este caso, es muy difícil no hacerlas con dos países que no sólo tienen similares banderas, divisas e historia, sino que además comparten el mismo aislamiento geográfico, el mismo idioma y hasta la misma reina.

En cuanto a ciudades y fauna, para mí, gana la mano Australia. Sin embargo, en la categoría de hostales y paisajes, no logra rivalizar con Nueva Zelanda. En lo demás (simpatía de la gente, calidad de transportes, gastronomía, etc.), yo diría que se marcan un empate. Claro que ésta es una opinión subjetiva y algo infundada, pues no podemos presumir de haber ahondado en todas las facetas de su oferta turística. Por ejemplo, con nuestro presupuesto ratilla, nuestras experiencias gastronómicas han sido más que limitadas y mi evaluación de empate está basada en un estudio comparativo de los restaurantes McDonalds a lo largo y ancho de ambas islas…

Por otro lado, hemos tenido que hacer muchas renuncias por falta de tiempo. No hemos subido a Darwin, ni hemos visto la Gran Barrera de Coral. Y en cuanto a mi respecta, dejando aparte su capital, no he visto nada de la isla norte de Nueva Zelanda. Para otra vez será y es que está claro que hemos de volver, aunque no sea en un futuro muy cercano.

Última consideración de mi pequeño balance final. Algo que realmente he agradecido durante este par de meses ha sido la sensación de normalidad que da el viajar en un país culturalmente occidental, en el que hemos disfrutado de gestos tan familiares y triviales como hacer la compra en un supermercado, preparar la cena y hacer la colada. En cierto modo, ha sido un pequeño paréntesis dentro de nuestra odisea asiática, que nos ha permitido recobrar fuerzas para la segunda mitad del viaje.
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Dentro de unas horas, estaremos de vuelta al calor pegajoso, a las picaduras de mosquito, a las cucarachas como animales de compañía, a los perros como animales de consumo, a los carteles ilegibles, a la mímica de los diálogos para besugo, a los eternos regateos, a los retorcijones de barriga en letrinas inhóspitas…

Se terminaron las vacaciones.


(Escrito por ella desde el Boeing 767-300, vuelo 97 de Qantas, que hace un par de horas despegó de Brisbane con destino a Hong Kong, 05/08/07)

04 agosto, 2007

Liru Tjukurpa


Liru Tjukurpa, Junio 2007, Yvonne Yiparti - Acrílico sobre lienzo (600 x 900 mm)
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Yvonne Yiparti, nacida en 1941, vive en la comunidad de Kaltukutjara o Docker River. Viaja frecuentemente a la comunidad de Mutitjulu, en el parque nacional de Uluru-Kata Tjuta, donde trabaja como consultora tradicional. Junto con su marido, Jim Nyukuti, es miembro fundador de la galería "Maruku Arts".
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El lienzo representa un "Tjukurpa" o Ley de los Antepasados. Los "Anangu", pueblo original del desierto central y occidental, tienen bajo su responsabilidad la custodia y transmisión de su tradición, siguiendo normas estrictas de protocolo a la hora de revelar el conocimiento de sus Tjukurpa.
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Este Tjukurpa pertenece a la tradición de Kaltukutjara, de cuya comunidad es nativa la artista. Representa a Liru, la peligrosa serpiente, una de las legendarias figuras a las que se atribuye el moldeamiento de numerosas formaciones topográficas del desierto.
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(Escrito por ella desde Brisbane, Australia, 04/08/2007)

03 agosto, 2007

Carreteras Australes

¡Ya estamos en Brisbane! Desgraciadamente, nuestras vacaciones australes están tocando a su fin. Con mucho gusto nos quedaríamos aquí un par de meses más, pero creo que nuestro bolsillo no lo iba a aguantar.

Ayer, por poco nos toca pasar la noche en el aeropuerto. Acostumbrados a besar el santo en casi todas partes, no pensábamos tenerlo tan difícil para encontrar alojamiento en Brisbane. Claro que, ahora que estamos aquí, me resulta evidente el porqué: esto es una maravilla, nada de temporada baja por invierno. Hace un tiempo cojonudo, ideal para irse de picnic a la playa. Nadie diría que estamos en agosto (os recuerdo que esto es el hemisferio sur y que el agosto de aquí equivale al febrero europeo).
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Aprovechando el wifi gratuito del aeropuerto de Adelaida, y dado que teníamos cuatro horas de espera para embarcar en nuestro siguiente vuelo, nos pusimos a buscar alojamiento. Bueno, qué desesperación más total. Todo estaba lleno o costaba de 100 dólares para arriba. Ya nos estábamos haciendo a la idea de dormir en el aeropuerto, cuando por fin encontramos este hotel desde el que os escribo. Por 75 dólares la noche, tenemos habitación doble con baño privado, televisión y nevera en el “Brisbane Manor Hotel”. Pero lo mejor es su terracita con plantas tropicales, con su sofacito rojo y su conexión a internet, inalámbrica y… ¡GRATUITA! Mucho peligro tiene esto, porque el sofacito éste me está resultando demasiado cómodo y casi se me olvida que sólo tenemos dos días y medio para gozarnos el solecito de Brisbane…

Bueno, pues voy a tener que ejercitar mi capacidad de síntesis (visto que éste es mi cuarto párrafo y aún no he abordado el tema de nuestras aventuras por carreteras australes, creo que empezamos mal) para resumiros nuestras dos últimas semanas de viaje.
No satisfechos con haber conducido por las carreteras de Nueva Zelanda, Tasmania, Victoria y South Australia, volvimos a alquilar vehículo para recorrer las de la Isla de los Canguros, las de los valles de Barossa y Clare, y las del desértico “Outback”.

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Kangaroo Island

La isla de los canguros me pareció mágica. Desde siempre me había atraído la idea de visitarla, sin saber muy bien porqué. Supongo que por el nombre. Hay sitios así, a los que uno tiene ganas de ir aún sabiendo poco o nada sobre ellos, tan sólo por la fascinación que produce el sonido de sus nombres, como Katmandú, Ulán Bator, Machu Picchu, Titicaca, Tierra de Fuego, Zanzíbar y Uagadugú. Kangaroo Island también formaba parte de esa lista.

Bueno, ahora ya sé porqué merece la pena visitar Kangaroo Island. Es un sitio ideal para relajarse, especialmente para familias. Si algún día tengo hijos, éste es un sitio al que me encantaría traerlos de veraneo. Malo, ya estoy divagando. Síntesis habíamos dicho, así que no perdamos el enfoque. Tres cosas, quisiera destacar.

1. “Emu Bay Holiday Home”. Nuestra pequeña “deluxe cabin”, la número cuatro, nos pareció una cucada. Como además tuvimos la suerte extraordinaria de gozar de un clima veraniego en pleno invierno, incluso disfrutamos de su terracita para el desayuno. La única pena fue tener la vista a la bahía parcialmente tapada por la cabaña número tres, que a su vez la tenía parcialmente tapada por la número dos. Para vuestro viaje, reservad expresamente la cabaña número uno, pero no lo dejéis para última hora…

2. “Remarkable Rocks”. A su lado, los Doce Apóstoles palidecen de envidia. Un paisaje tan surrealista que parece obra de Dalí. Aquí fue dónde más me alegré de visitar la isla por mi cuenta y no con un tour. El autobús se para unos quince minutos, durante los cuales una horda de veinte a treinta turistas se hacinan sobre las rocas, vociferando y ametrallando fotos en busca de un efecto imposible. Pasado ese fatídico cuarto de hora, el lugar vuelve a ser otro. Las rocas se quedan de nuevo a solas (casi), sin más ruido que el romper de las olas. Perderse ese momento es no haber visto nada.


3. “Paul´s Place”, el santuario de los animales. Por 12 dólares cada uno (al Junior también le cobraron la tarifa adulto, qué error de discernimiento), disfrutamos de una visita de dos horas por esta granja. Su particularidad es que en ella, no sólo te enseñan a los animales, sino que se te permite alimentarlos (incluso le di el biberón a un canguro, bastante crecidito por cierto, ¡que me pusieron en brazos!), tocarlos y hasta abrazarlos. ¡Ah, y por fin pudimos tener a un koala entre los brazos! ¡Otro capricho cumplido!



Aparte de canguros y koalas, tuvimos contacto directo con muchos más animales: ovejas (ok, después de vivir nueve años en Irlanda, no es que la visión de un borrego me resulte demasiado novedosa, pero sí es la primera vez que le he dado el biberón a un corderillo), emús (hay que ver lo grandes que son esos pajarracos), un “possum” (nos dejaron coger en brazos a Hash, igual de tierno que una cría, pero que en realidad era un viejito de 20 años), una serpiente (que nos pusieron de collar), una langosta (vivita y coleando, me la pusieron en la mano) y hasta una alpaca (a algún ganadero se le ocurrió la idea de importar alpacas a esta isla, dándole un toque peruano al paisaje).

¡Ah, casi se me olvida! También volví a encontrarme con mi vieja amiga, la “echidna”. Siempre me gusta contar cosas sobre animales, así que en esta ocasión os contaré una particularidad graciosa sobre estos bichos. No es un animal muy prolífico que digamos, la hembra poniendo un solo huevo cada cuatro años. Siendo tan precaria la oportunidad de reproducirse, para perpetuar sus genes, los machos de esta especie cortejan a su hembra persiguiéndola tenazmente… ¡durante cuatro semanas seguidas! Y no sólo eso, sino que además, ¡haciendo cola para conseguirla! Imaginaos un trenecito de erizos caminando lentamente en fila india: a la cabeza, su locomotora (hembra), tirando de siete u ocho vagones (machos). Tierno, ¿a que sí?
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No sólo en cautividad puedes encontrar animales, sino también en su estado salvaje. Amén de canguros, la isla cuenta con lobos marinos (aquí llamados leones, “sea lions”), pingüinos (aunque nosotros no los vimos), albatros (de estos sí pudimos acercarnos) y cacatúas rosas (Cacatua Roseicappilus). Que os cuente José cómo un escuadrón de cacatúas kamikazes, volando en picado sobre nuestro coche, nos pegó un susto de muerte...


Barossa y Clare

Está visto que cuando me pongo a hablar de animales, me paso el espíritu de síntesis por el forro. Intentaré ser más escueta en este apartado.

Una de mis resoluciones para el 2007 era hacer un viaje en auto caravana, algo totalmente nuevo tanto para mí como para José. Cuando ya parecíamos tener descartada mi idea (que si es mucho dinero, que si no se pueden alquilar por menos de una semana, que si es invierno y nos vamos a pelar de frío por la noche, y que si un sinfín de buenas razones), al final logré salirme con la mía, ¡hip, hip, hip, hurra!
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Cierto, ha sido una pasta. El alquiler por ocho días, con seguro todo riesgo, nos salió por aproximadamente 1200 dólares (incluido el alquiler de una estufilla eléctrica que, al final, resultó prácticamente obsoleta). A eso hay que añadir la gasolina (cómo chupa la camper, nos gastamos unos 430 dólares en gasolina sin plomo, lo que nos dio para recorrer unos 3000 kilómetros sin forzar la marcha ni tirar de aire acondicionado), los gastos de camping (146,84 dólares, descontando una noche de camping libre) y de comida (unos 170 dólares, pero hay que decir que cargamos con una cantidad de agua, leche, galletas, cereales, pasta, verduras y conservas, que más bien parecía que nos embarcábamos para una travesía magallánica).

Sin embargo, la sensación de autonomía y libertad que dan el viajar y vivir en una auto caravana, el poder detenernos a comer o tomar el café en nuestro saloncito móvil al tiempo que disfrutamos de una panorámica impresionante, el transformar ese mismo habitáculo en una comodísima cama, para dormir escuchando los sonidos de la noche en el desierto, todo ello y mucho más, no tiene precio.

Pasamos el primer par de días recorriendo valles y viñedos por la región de South Australia, al norte de Adelaida.
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Por 99 dólares, habíamos comprado un pase “Cellar Door” que nos daba derecho a degustaciones y tours gratuitos por las vinerías de la región. Además, nos podíamos llevar una botella gratis por bodega, hasta un máximo de seis y por un valor máximo de 20 a 25 dólares por unidad. Una oferta que, por supuesto, aprovechamos “hasta la última gota”, en una auténtica maratón de vinerías.




Nos gustaron todas, pero os recomiendo particularmente dos:

1. La casa “Seppelt”, en Barossa Valley, viene produciendo vino desde 1851. Su personal está orgulloso de trabajar para esta empresa familiar con solera histórica, y esta pasión es algo que realmente logra transmitirnos la guía durante el tour de 45 minutos (no os lo perdáis, de verdad merece la pena hacer la visita guiada).

2. Los celares “Sevenhill”
, en Clare Valley, también cuenta con una larga tradición vinícola. Fundada en 1848 por hermanos jesuitas austríacos, esta bodega produce, entre otros, un vinito fortificado para misa, que sólo se me ocurre describir como divino. Nunca más ferviente fue mi devoción al bueno de San Ignacio.
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Nota: alargamos un poco nuestro viaje por la región vinícola, debido a un percance del sistema eléctrico de la auto caravana. Nos la entregaron con un cable defectuoso que chisporroteaba al enchufarlo y sólo funcionaba a condición de quedarse el Junior sujetándolo. Una solución que a él no acababa de convencer (si es que los hombres de hoy por cualquier cosa se quejan y de hacer pequeños sacrificios ya no quieren saber nada), así que tuvimos que perder tiempo para encontrar un cable de recambio (por cierto, Apollo, la compañía de alquiler, nos reembolsó el gasto del cable, pero para compensarnos por las molestias se contentó con ofrecernos sus disculpas, que yo acepto, pero que no por ello voy a dejar de hacerles mala publicidad).


Outback

Lo mejor para el final, la travesía del desierto. Impresionante. Kilómetros y kilómetros de llanura ocre y roja, en la que se las ingenian para sobrevivir plantas, animales y hombres. Una carretera recta infinita, en la que apenas te cruzas con nadie, salvo de vez en cuando un “road train” o tren de carretera (son unos camiones enormes, de hasta tres tráileres y unos 50 metros de largo).

Cuatro días y cuatro noches en el desierto.
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Sábado noche, en Coober Pedy. Capital australiana del ópalo, su nombre proviene de un lenguaje aborigen y se traduce como “agujero del hombre blanco”. Realmente, los aborígenes no podían haber elegido un nombre más descriptivo para esta pequeña población minera de buscadores de fortuna, cuya peculiaridad consiste en haber sido construida bajo el suelo. Y es que en el desierto, hace mucho, pero que mucho calor (sí, sí, de verdad, incluso en invierno), de modo que se está mejor viviendo en galerías subterráneas que en el exterior, dónde en verano la temperatura alcanza los 50 grados centígrados. Tanta gente intentando hacerse rico con el ópalo, cuando el verdadero negocio estaba en el aire acondicionado, ¡mira que no pensarlo!


Antes de despedirnos de Coober Pedy, asistimos a misa en su iglesia “underground”, tomamos un par de chocolates calientes (hay que ver las cosas más raras que te pide el cuerpo en medio del desierto) en el “Didgeridoo Bar” del pueblo, también “underground”, y salimos de la carretera principal para adentrarnos en el desierto, disfrutar de unos miradores, y fotografiar la famosa “dog fence” (5600 kilómetros de valla alambrada, para cortar el paso a los dingos y otros perros salvajes).



Domingo noche, en Yumara. Aquí aprovechamos la oportunidad de pernoctar gratis en el camping (sin disfrute de electricidad, claro). Simpático lugar, concurrido tanto por mochileros como por emús.



Lunes noche, en Ulurú. Fue buena idea hacer uso de la gratuidad de Yumara, porque el camping de Ulurú, estando a una quincena de kilómetros de Ayers Rock, era bastante carillo (34 dólares). La entrada al parque nacional de Uluru cuesta 25 dólares y es válida para tres días, de los que nosotros aprovechamos uno y medio.

Nos dimos un pequeño paseo junto a la roca, con mucho respeto a las tradiciones y creencias aborígenes. Nada de hacerle fotos a la cueva “Mala Puta” (insisto, nosotros somos respetuosos y no le faltamos a la cueva sagrada, que realmente se llama así y que constituye la representación espiritual del marsupio de la hembra wallaby), ni de hacer alpinismo por la roca (como hicieron muchos y muchas, turistas menos respetuosos que nosotros, que se merecen que los llamen por el nombre del marsupio). Por supuesto, no nos perdimos ni el atardecer, ni el amanecer sobre la roca, ni ninguno de sus sutilezas y matices luminosos, como dan fe las tropecientas mil fotografías tomadas por el Junior (Siths, ya podéis ir preparando las palomitas y mullendo las almohadas para la sesión de proyección fotográfica).
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Lo único que sentimos fue no haber tenido tiempo de acercarnos a las “Olgas”, otras rocas imponentes, que sólo vimos en lejanía y en postal. Y es que se nos fue la mañana enterita visitando el centro cultural aborigen, donde caímos en la tentación de comprar unos lienzos.

Como sólo llevaba gastados 998 dólares en esta semana de viaje por auto caravana, me pareció oportuno redondear la cifra añadiéndole 510 más. Claro que ahora que lo pienso, todavía me tengo que gastar unos cientos más para que de verdad la cifra sea redonda (estoy segura de que aquí en Brisbane, esto es algo que puedo conseguir). Bueno, podría haber sido peor. El otro lienzo que me gustaba costaba 9000 dólares (claro que con el 10% de tasas que recuperas en el aeropuerto, se me hubiese quedado en 8100… pero no, ¡me gustaba más el mío!).

Última noche, martes en Alice Springs. De Alice no visitamos nada más que la gasolinera y el camping, cosa que a Denis, nuestro taxista, le pareció una lástima. La carrera, desde la oficina de Apollo hasta el aeropuerto tardó unos cinco minutos, sin embargo, a juzgar por la cantidad de información que Denis nos impartió durante ese breve tiempo, yo juraría que duró más de media hora.
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Nos relató innumerables historias de Alice Springs, salpicadas de anécdotas personales, e incluso compartió con nosotros el “secreto” de la vida. Algunos regalos merecen ser guardados celosamente como tesoros, mientras otros deben de ser compartidos con el resto del mundo. Éste es de los segundos.

El secreto de la vida, según Denis, es muy sencillo. Consiste en no abandonar tus sueños.
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Las claves del éxito son tres.
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1. Formular tu sueño en voz alta. Si no tienes por lo menos uno, es que no te conoces. Apaga inmediatamente la tele, desconecta el video juego, y sal a dar un paseo contigo mismo.

2. Creer en ti mismo. Confiar en que Dios (o el Universo) te ayudarán a realizar ese sueño. No dudar de que estás capacitado para alcanzarlo y de que, además, te lo mereces.

3. Ser capaz de recibirlo. Liberarse de las culpas del pasado, de las aprensiones del futuro y de todo aquello que te impida apreciar el momento presente. Vive tu sueño ahora.

35 dólares, la carrera. La lección de filosofía, gratis.


(Escrito por ella desde Brisbane, Australia, 02/08/07)

24 julio, 2007

Carretera y Océano

Creemos fervientemente que Australia no es ciudades sino campo (con más desierto que hierba, eso sí), de modo que después de unos días en Melbourne a la vuelta de Tasmania, decidimos alquilar un coche para hacer por nuestra cuenta el trayecto a Adelaide, recorriendo la ¨Great Ocean Road¨. Aunque oficialmente son unos 400 Km, es desde Torquay a Warranambool donde hay unos 150 Km de carretera que se pueden calificar de espectaculares. Por un lado el océano, con playas y acantilados. Al otro lado del arcén, boscosas montañas. Conducir esta ruta es una desgracia porque el acompañante no dejará de exclamar “¡oh!”, “’¡ah!” y “¿has visto eso?” y a uno le tocará sujetar firmemente el volante y responder, con mala leche apenas contenida, “Pues claro que no, ¿no ves que estoy conduciendo?”. Para evitar esa situación, Isabel y yo nos fuimos turnando a la hora de manejar el Mitsubishi Lancer (habíamos alquilado un pequeño y gris Hyundai Getz pero nos entregaron este sedán blanco y seguí la máxima de “Nunca preguntes porqué te dan algo mejor de lo que has contratado, si no te va a costar nada”).

El primer día de viaje por la Great Ocean Road batimos un record: salimos de Melbourne y la primera noche la hacemos…a una hora de allí, en Geelong. Por una cosa u otra, hemos salido tarde, al principio nos diluvió y no pude acelerar mucho y nos encontramos con que se ha va a hacer de noche pronto así que dormimos en la mejor opción (la mas barata, 55 AUD la habitación doble), el Inta National Hotel. Debajo hay un pub y actuaciones.. Porque me quedo despierto (mientras Isa intenta conectarse a Internet) leyendo folletos y preparando nuestra ruta hasta Adelaide – conforme a la costumbre que hemos adquirido desde Enero, esperamos hasta la víspera o al mismo día para informarnos sobre lo que vamos a hacer…cuando ya lo estamos haciendo - que si no igual me hubiera molestado el ruido de la música en directo que llegaba a través del suelo. O de las paredes, cada vez que alguien abría la puerta del segundo piso (no quiero imaginar lo que hubiera sido querer acostarse pronto y estar alojado en el primer piso). A Isa lo que le molesta es el olor del pub, una mezcla de cebada fermentada y humo y sudor viejo (más reciente es el humo, porque hasta hace unas semanas no entró en vigor la Ley que nos protege a los no fumadores de la agresión irrespetuosa de los adictos a la nicotina, impidiéndoles a ellos fumar en bares y restaurantes).
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Un pequeño madrugón al día siguiente. A las 9 salimos pitando de nuestra caliente camita para evitar que el eficiente servicio de la ciudad nos obligue a introducir unas monedas en el parquímetro electrónico (y para aprovechar el día mejor que la víspera, claro). Antes de escapar un peculiar personaje me entretiene en la cocina y me ameniza mi café. Un metro ochenta, sombrero encajado hasta las cejas, barba y largo peno canos, abrigo abrochado hasta el cuello. En un inglés apenas inteligible me habla del Islam, los conquistadores españoles, una novia española que tuvo y los vascos. Menciona la Leyenda Negra y habla de las matanzas que los conquistadores hispanos cometieron con los indios en centro y Sudamérica. Yo le comento, sin querer entrar en polémicas pero harto de esa exageración alimentada por nuestros enemigos británicos de la época, que algo así hicieron los ingleses con los aborígenes australianos ¿verdad? (y los americanos con sus indios, y los franceses en Indochina, y los japoneses en Corea, y todas las potencias europeas en África…pero, pobre de ti, es España a la que todo el mundo recuerda).

En Anglesea desayunamos y nos acercamos al campo de golf local, no para practicar este deporte sino para observar como los jugadores comparten la hierba pacientemente con una colonia de canguros que allí habita. No es la única de las interrupciones del viaje. Hacemos paradas en la carretera, muchas paradas, maldecimos nada en silencio cada mirador que ha construido con una total falta de escrúpulos el Gobierno para que los turistas podamos disfrutar del paisaje. .Bajamos a una playa, vemos unas cascadas, nos acercamos a un faro, nos detenemos a ver el memorial a los constructores de la carretera (soldados retornados de la I Guerra Mundial que se encontraban sin empleo y para los que se decidió esta obra, y otras, de tal manera que pudieran tener un sueldo digno y una oportunidad laboral).


Y no somos los únicos incapaces de hacer el trayecto sin interrupción. En un recodo de la carretera empezamos a ver coches detenidos y conductores mirando hacia arriba. ¿Un meteorito? ¿Una invasión alienígena? ¿Una lluvia de cometas? Ni fenómeno astronómico ni bélico sino una adorable criatura. Koalas, subidos a eucaliptos, comiendo sus hojas unos, dormitando aferrados a sus troncos, otros. A tres o cuatro metros de distancia, casi ajenos al revuelo que despertaban más abajo, un peludo marsupial estiraba sus bracitos para alcanzar una suculenta hoja y más de una deseaba que se cayera al suelo en esta acción para poder acariciarlo a placer.


La noche la hacemos en Port Campbell, una enorme población de 300 habitantes, en el "Ocean House Backpackers". Llegamos apenas a las siete y ya estaba cerrando la oficina (y todos los negocios del pueblo, creo yo). Para el alojamiento se nos ofrecen dos posibilidades: cabina en el camping park (de los mismos dueños, aparentemente) por 45 AUD por persona o la habitual litera en un dormitorio de mochileros por solo 25 AUD. Yo pregunto de cuanta gente es la habitación y cuanta gente hay y la respuesta es que está vacio. Ni una milésima de segundo para decantarnos por esa opción. Y resulta que el precio final son 22,5 AUD por un motivo que ni se nos ocurre preguntar (ver mi comentario sobre el Lancer en vez del Getz). Así que dormimos en una casita en frente del mar con dos cocinas, tres cuartos de baño, una terraza, un living room, 5 habitaciones con 26 camas…y todo para nosotros solos.

Al día siguiente vemos los "Doce Apóstoles", que resultan no ser tan espectaculares (como ya decía Dani) pero aún así merece la pena pasar a ver estas formaciones rocosas a las que el mar ha aislado de la costa y que acabará engullendo (cada vez van quedando menos conforme a la fuerza del océano erosiona y debilita su base y hace pocos años uno de ellos acabo derrumbándose y ahora reposa, junto a varios de sus condiscípulos, en las profundidades). Parece que trae mala suerte pensar o decir que no es para tanto el monumento natural. Unos kilómetros más allá, en el camino a Gibsons Steps damos un mal paso y al girar para salir de la carretera principal al coche le revienta un neumático sin mayores consecuencias que las habituales: un hombre ensuciándose las manos para cambiar la rueda mientras una mujer contempla la escena, maravillada por la destreza, ingenio y efectividad de cada uno de sus masculinos movimientos. Nos resarcimos esa misma tarde, parando en Timboon para pecar: degustación de quesos y compra de dos deliciosos (un fuerte azul y un cremoso brie) acompañados de una botella de vino local.


Esa noche nos quedamos en Portland, pero no en la habitación de un hotel. Dormiremos en una caravana, gentileza de Olivia y Harold, que tienen varias habilitadas como habitaciones para sus huéspedes. En los alrededores de la ciudad queremos ver Cape Nelson (otro bello faro), Blowholes (pensaba que eran como los Bufones de Llanes), el Bosque Petrificado (más arboles que bosque, aunque es llamativo) y la Yellow Rock (lo mejor de todo…y mi cámara se niega a funcionar). Antojo de Isabel con discusión de 0,5 segundos: sea una amiga, hermana, mujer o madre, ellas siempre ganan. Nos quedaremos otra noche porque ella tenía ganas de viajar en caravana pero el invierno se lo negó así que ahora se va a resarcir. Hago una llamada a Thrifty para extender el alquiler del coche un día mas. Al cabo de cinco minutos, hago una segunda llamada porque en la primera les di mal el numero de matricula (no me la sabia ni la tenia apuntada, así que salí de la cabina, mire y…me fije en el coche incorrecto). De todos modos, la empleada de la oficina de Melbourne no debía tener ni el ordenador encendido porque me dijo que si a todo, incluyendo el número de matricula, y no me comentó nada del pago. Es como Isabel, cuando hacemos las compras de comida para los viajes nunca me comenta nada del pago o de la cantidad que nos hemos gastado.


Y luego me pilla desprevenido y me da el susto.



Nota: Nosotros optamos por alquilar un coche y recorrer a nuestro, lento, paso la Great Ocean Road pero si no disponéis de mucho tiempo existen operadores turísticos que os llevaran a los 12 Apóstoles en un viaje de un solo día. Preparaos para madrugar mucho. He dicho mucho. En el momento en que sois dos o más personas merece la pena alquilar un coche…o comprárselo de segunda mano si vais a estar recorriendo Australia más de cuatro o cinco semanas.


(Escrito por él desde Uluru, Northern Territory, Australia, después de haber disfrutado de la puesta de sol enfrente de Ayers Rock, - la víspera de darse un madrugón para, desde otro punto, ver amanecer y luego turnarse para conducir unos 441 Kilómetros hasta Alice Springs – el 30 de julio de 2007)

La Isla del Diablo

He dormido en turismos (asientos traseros, delanteros reclinables y delanteros incómodos), en todo terrenos (sin reclinar asientos y también tumbado en la parte de atrás), en aviones, en trenes (tanto en asientos como en coches cama), pero nunca había dormido en un barco (que no estuviera fondeado)…y menos en un asiento. Pero la Clase Business del ferri “Spirit of Tasmania I” que nos llevó de Melbourne a Devonport tiene unas butacas tan cómodas como las de Primera Clase de una aerolínea, incluso cuentan con una lámpara de lectura, pero no con pantalla de TV. Y no hay azafatas que te traigan el periódico y la comida. Si lo quieres, tienes que ir a buscarlo tú. Y pagarlo. Y además lo que ostentosamente llaman la Clase Business resulta que es la de los mochileros, los pobres, los sin fondos. Los cutres, vamos, que no tienen 100 dólares más para dormir en una litera, en una cabina (aunque si quieren “ojo de buey” tienen que pagar una cantidad adicional). Eso sí, hay dos restaurantes, dos bares, una sala de juegos y una sala de cine (¿de verdad “Eragon” no era una película para niños?) en la que proyectan dos películas durante la travesía. Y en el piso superior hay otros dos bares (ahora cerrados) y una zona cubierta pero aparentemente no climatizada para contemplar el mar durante el viaje. En verano, claro, que hay un servicio diurno porque en invierno a las cinco de la tarde es de noche y no se ve nada. Y además ¿con este frio quien va a querer estar hay arriba?. Por lo menos los pasajes nos han salido con un descuento de casi el 50%, ¡viva la temporada baja y vivan las ofertas!

Después de enamorarme de la Isla Sur de Nueva Zelanda era difícil pensar que podían aparecer paisajes que llegaran a gustarme tanto como aquellos. Sin embargo el mundo está lleno de maravillas y a este asturiano nunca le ha cansado ver montañas, praderas y ríos. Y Tasmania no fue una decepción a ese respecto. Limitadas las comparaciones por la menor extensión y la ausencia de glaciares, aquí volvimos a encontrar la belleza salvaje de las antípodas.

Lo primero que hicimos (en realidad lo segundo, antes alquilamos el coche, un automático Hyundai Accent) fue comprar un pase que nos permitiría visitar todos los parques nacionales de Tasmania, que no son pocos pues el 21% de la superficie de la isla (es decir, uno de cada cinco kilómetros cuadrados) está protegido y mimado con esa categoría. No solo está cuidada la riqueza vegetal sino también la animal. A todos os sonaran (de películas, publicidad y suvenires australianos) esos carteles romboidales que sobre un fondo amarillo presentan la figura de, por ejemplo, un koala y avisan de su proximidad los próximos kilómetros ¿verdad? Pues en Tasmania comprobamos que la fauna está presente, y muy presente, fuera y dentro de sus bosques. Hubo encuentros con wombats, uno a cada lado de la carretera y sin que uno de ellos se decidiera a cruzarla. Aparecieron los “pademelons” (marsupiales de tamaño algo menor que el wallaby, una especie de primo pequeño del canguro aunque todos pertenezcan a la misma familia) a nuestro lado cuando, entrada la noche, llegábamos a visitar las Cataratas Russell. Y no solo ellos, sino también los nocturnos possums, hicieron acto de tranquila y lenta presencia. A mi, que admito abiertamente que me gustan los animales, me pareció una experiencia que no tiene precio el verlos en su hábitat, tan cerca de uno, y además especialmente tratándose de especies únicas, existentes sólo en esta parte del mundo.

¿Conocéis a ¨”Taz”? Si, hombre, El Diablo de Tasmania, el personaje de cómic. Bueno pues nosotros vimos en vivo y en directo, en carne, garras y pelo, al auténtico Diablo de Tasmania. Un oscuro marsupial del tamaño de un perro pequeño y con tanta hambre como este (o como mi amigo David).aunque solo le den de comer dos veces al día (al animal, no a mi amigo) y al que pudimos observar en cautividad en el extenso “Tasmanian Devil Conservation Park”
, al Sur de la Isla, camino de Port Arthur. La docena de ejemplares que se encuentran aquí gozan de todo tipo de cuidados, especialmente médicos pues a sus hermanos en libertad los está diezmando un terrible cáncer que les mata en muy poco tiempo.


T y T, Tontos y Torpes, así son los jóvenes animales que vimos (tres hembras y un macho) en el recinto. Eran tan rápidos como una gallina, y tan listos como ésta. Cuando les dieron la comida ellos se lanzaron ávidamente sobre el suelo….donde no había nada. Tardaron unos divertidos segundos en encontrar, a un metro de distancia, el primer trozo de comida. Eso sí, sus mandíbulas tienen cuatro veces la fuerza de un perro de similar tamaño y daba miedo el ruido que hacían cuando cortaban rápida y metódicamente los huesos, devorando todo lo que se les ponía por delante. Ver a los cuatro aferrando con sus dientes, cada uno en una esquina, el trozo de carne, mientras se intercambiaban gruñidos y tiraban con fuerza de su presa daba escalofríos (imaginaros si fuera una pobre gallina). De todos modos, como he dicho antes, son bastante torpes y esa escena es más que improbable.

Y como sólo comen dos veces al día, el resto del tiempo lo dedican a dormitar, pasear y a…a…a…ejem…bueno…a copular. Delante de nosotros (y de los niños de una familia que también visitaba las instalaciones), el macho requería las atenciones de una de las hembras. Ella se negaba con gruñidos y gestos amenazantes. Él se retiraba, pero al cabo de unos minutos volvía a insistir. Ella volvía a negarse. El se retiraba otra vez…y así hasta que, como os podéis imaginar, venció la resistencia de la hembra y , tumbado a sus espaldas, procedió a…a…a…ejem…bueno, a copular….y a detenerse….y a volver a la acción….y a detenerse….y a volver….y a detenerse….y a volver…. Con ánimos científicos y dado que se trataba de una especie en peligro de extinción, yo grabé la escena para la posteridad y prometo subirla a YouTube
en cuanto tenga ocasión.

Nos fuimos de allí al cabo de un rato para, en otra zona donde la acción era distinta, ver a los canguros de cerca. Tan de cerca que les pudimos dar de comer en la mano y allí se acercaron estos marsupiales permitiendo que también les acariciáramos. Había alguna hembra que aún tenia en su bolsa a un pequeño (“joey” llaman aquí a las crías) y otras con retoños más mayores pero que todavía se acercaban a ellas para mamar, con la cabeza dentro del marsupio.



Como es fácil deducir, Tasmania no es una isla para ver ciudades, sino campo. Edificios, sino bosques. Gente, sino animales.

De las maravillas de la Naturaleza nos dirigimos a ver las obras del Hombre. En Port Arthur visitamos los restos de su famosa y extensa colonia penal e hicimos un pequeño crucero alrededor de "Dead Island" (“La Isla de los Muertos”, como su nombre indica, se usaba como cementerio) y de la que es reconocida mundialmente como el primer Centro Penitenciario para Menores, "Puer Island" (en esa época el Código Penal permitía el ahorcamiento de niños de 8 años y los menores que cometían un delito compartían instalaciones con los presos mayores de edad). Para los que no lo sepan, la colonización de Australia se produjo como consecuencia de convertirla en Colonia Penal a la que deportar a los presos británicos. Ladrones, asesinos, rebeldes irlandeses y prostitutas acabaron en barcos que les llevaron a estas lejanas tierras (el viaje duraba varios meses y no todos los buques llegaban pues la costa está llena de restos de naufragios en las traicioneras aguas) y aquí cumplían su condena. La dureza de la ley era extrema pero también existían las oportunidades para la reinserción y la libertad, dependiendo de la conducta de cada reo. Unos frecuentaban las celdas de castigo donde se practicaba la privación sensorial: se les mantenía completamente a oscuras y en silencio. Otros, mejor dispuestos, podían obtener la ansiada libertad condicional. En el museo de Port Arthur se pueden leer las historias de muchos convictos y comprobar que la cadena “delito-condena-libertad-delito-condena…” no es exclusiva de estos tiempos.




También hay un pequeño jardín que recuerda acontecimientos más recientes pero emotivos y tristes. En 1996 un hombre armado cometió una masacre en la zona y entre las 35 victimas mortales se encontraban algunos trabajadores del enclave. La sangre derramada hace 100 años se encontró con un nuevo caudal a finales del siglo XX.

No puedo terminar mi post de una manera tan triste así que aquí va una anécdota “verdadera y verídica”. Seguro que conocéis este viejo chiste:

Entra un tipo en una librería y le pregunta al vendedor “¿Tiene usted el libro ´Cómo hacer amigos´, calvo de mierda?

Pues bien, la tarde que nosotros embarcábamos en el ferri de vuelta a Melbourne nos paramos en la pequeña ciudad de Latrobe, pocos kilómetros all Sur de Devonport, haciendo tiempo hasta que fuera la hora de devolver el coche y subir al barco. Decidimos visitar la Oficina de Información Turística para que nos dieran información sobre museos o actividades en la zona. Allí dispondrían de información fiable proporcionada por las atracciones turísticas locales y daba por sentado que alguna de ellas sería ciertamente famosa y se nos presentarían varias alternativas para amenizar la espera, y eso era lo que yo quería preguntar. Pero Isabel, que caminaba delante, se acercó al mostrador y le preguntó con nulo tacto a la sonriente morena:


“Bueno, y aquí ¿hay algo que ver?”




Nota: Pasamos unos días en Melbourne al llegar de Nueva Zelanda y después a la vuelta de Tasmania. A ambos nos pareció una ciudad bonita y disfrutamos de muy buen tiempo (y eso que era invierno). He de destacar que las autoridades del transporte metropolitano han dispuesto dos servicios gratuitos por el CBD (Central Business District), un tranvía que hace un recorrido circular y un autobús que lo hace transversalmente. Australianos y turistas por igual los aprovechan para sus desplazamientos por el centro. ¿Qué podéis hacer en Melbourne? Visitad el Queen Victoria Market, un mercado de estilo europeo y hasta algo pijo (tal vez no os lo parezca a vosotros pero es ya medio año viendo mercados asiáticos y se agradece la diferencia que te recuerda el Mercado de El Fontán, por ejemplo). Usad el tranvía gratuito para acercaros hasta los Docklands (me encanta el mar, por si aún no lo había dicho). Aprovechad que hay un tour guiado gratuito del Parlamento. Acercaros a Federation Square e informaros de actividades en la ciudad (en el cercano ACMI – Australian Centre for the Moving Image –nosotros fuimos a una exposición, no gratuita, sobre los 20 años de Pixar, los reyes de la animación, con películas como “Toy Story”, “Monsters, Inc”, “Finding Nemo” y “Cars”).Y no os olvideis de disfrutar de Internet gratis en la State Library, por supuesto.

(Escrito por él entre los exquisitos vinos de los valles de Barossa y Clare y la noche en mitad del Outback en Coober Pedy, South Australia, Australia, los días 25 – 28 de julio de 2007)

30 junio, 2007

No te vayas de Australia, por favor

Tres horas antes de que despegara el avión, había que presentarse en el aeropuerto, y eso que era solo un vuelo Sidney-Auckland, algo casi domestico. Luego me entere de que la ciudad neozelandesa que muchos creen su capital, era solo una escala de una hora y de que el destino final de muchos de los pasajeros era Santiago de Chile. Pero eso no lo sabia aun cuando, con apenas cuatro horas de sueño (claro, era mi ultima noche en Sídney, no iba a decirles que no a Sasha y Stefan) luchaba por levantarme de la cama para colgarme a la espalda una mochila que, según la báscula del mostrador de facturación de LAN, pesaba ya sus buenos 19,5 Kg, apenas 500 gr menos de lo estipulado por la aerolínea como peso máximo. Y eso que no contenía el cargador del móvil que iba a quedarse en Sídney, con su enchufe de tres tomas irlandesas - incompatible con las tres tomas australianas-, mi segundo olvido del viaje (preguntadle a Isa donde se quedo su pinza del pelo, "en una cortina en Dalat" os responderá ella).

"¿Tiene usted billete de salida de Nueva Zelanda?" me pregunto el australiano empleado de facturación. "No", le explique, "aun no se en que fecha voy a salir de la isla ni si volare desde Wellington o Christchurch". El hombre no se tomó la respuesta como una muestra de chulería, pero me devolvió el pasaporte y, con la paciencia que da el no ser la primera vez que se encuentra con un caso similar, me explico que “…las autoridades neozelandesas no le van a pedir un visado, pero nosotros no le podemos dejar embarcar sin tener un billete de salida de la isla, porque eso es algo que ellos sí que le van a exigir". Me quedé de piedra. O sea, que tengo que coger un avión a las 11.10, son las ocho y veinte y r¿esulta que tengo que comprarme un billete de salida de Nueva Zelanda? Pero, coño, ¿como hago yo eso?. "¿En el aeropuerto hay Internet?" le pregunte yo, buscando la opción mas barata, sin darme cuenta de que los habituales kioscos que ofrecen servicio de conexión a la Red no disponen de facilidades para imprimir. "Lo que yo haría", dijo tras contestar negativamente y sin ganas de entrar en detalles, "seria irme al mostrador de reservas de Quantas, que esta a 50 metros a su espalda, y comprar un billete reembolsable. Después ya podría usted con mas calma decidir en que fecha y desde donde quiere volar y así cambiar el billete".

Así que treinta minutos después volvía a estar delante del mismo empleado, pero esta vez me presentaba con dos billetes de avión. Uno, el original, de Sídney a Auckland con LAN Chile y en el bolsillo un billete de Quantas, de Auckland a Sídney para el 18/06/07 que me había costado 633 AUD, con una inmisericorde penalización de 55 AUD si decidía cancelar (¡cómo no!, en cuanto tenga en mis manos uno más barato) mi vuelo. Sin duda, el billete no intercontinental más caro que he comprado nunca.

Por lo menos conseguí embarcar conforme a lo inicialmente previsto y aterricé en Auckland a las cuatro y cuarto de la tarde, hora local (o sea que ahora me encuentro a diez horas de diferencia con España y once con Irlanda...y a pocos kilómetros de la Línea Internacional de Cambio de Fecha que, toco madera, no me toca cruzar en este viaje).


¿Cual es la capital de Nueva Zelanda? Vamos, vamos, ¿donde están esos conocimientos de Geografía aprendidos con tanto esfuerzo en la E.G.B.? Os daré una pista, esta en la Isla Norte. Los segundos pasan y el público murmura posibles respuestas. El gong suena y es el momento de responder. Para los que habéis contestado Queenstown, Christchurch o New Zealand Capital, un suspenso y castigados a buscarlo en la wikipedia. Y también para los que habéis dicho Auckland porque en realidad la respuesta correcta es...Wellington. Aparentemente el error es bastante común por mucho que les pese a los Wellingtonianos (ocurre lo mismo con Australia, ¿cual es su capital? Sídney? Como que Sídney? Si es que...). Por cierto que Auckland parece una reproducción a pequeña escala de Sídney pero con muchísimo menos encanto: las dos ciudades cuentan con un puente sobre la correspondiente bahía (desde el que se puede hacer bungee jumping), con una torre de telecomunicaciones (que funciona también como visitable atracción turística), con vocación marítima, con puertos comerciales y deportivos...aunque solo una de ellas tiene un teatro de la Opera mundialmente reconocido y reconocible.

Por cierto, he recorrido 12000 millas desde Dublín para descubrir que no me he movido del sitio: la Isla Norte es como Irlanda, con sus verdes praderas, sus vacas rumiando, sus hermosos paisajes costeros... (un momento, en realidad ¡estoy en Asturias! ¿dónde está la fabada y la sidra?). Nueva Zelanda, como Irlanda tiene algo mas de cuatro millones de habitantes, y aproximadamente el veinticinco por ciento de la población se concentra en una zona determinada, Dublín en el caso del país de la Guinness y Auckland en el del país de las ovejas y el vino (hay casi 40.000.000 de esos peludos animales, casi diez por cada habitante, y unos 500 empresas vitivinícolas en un país apenas mayor que el Reino Unido. Después de este modesto despliegue de cifras que demuestra una vez más mi habilidad para recordar datos curiosos (o eso o que tengo la Lonely Planet abierta al lado del bloc de notas), vayamos a la parte personal, mi experiencia en Auckland.

Todo el mundo me había dicho que a esta ciudad le dedicara dos días a lo sumo, basándose en que lo que hay que hacer en Nueva Zelanda no es ver sus ciudades sino admirar sus paisajes y realizar actividades en el exterior (no puedo traducir “outdoor activities” como actividades de puertas afuera”). Al final le dediqué tres días a mi llegada, pero uno de ellos no fue por gusto sino para solventar un problema de transporte o más bien de falta del mismo. El sábado y el domingo los dediqué a pasear por el puerto (bajo un frio que me ha hecho borrar de un plumazo el record de pasar cuatro meses seguidos vistiendo ropa de verano) , subir a la Sky Tower (ahí si, Linda, que lo hice a la hora adecuada), realizar una visita por las salas de los dos edificios que albergan el Museo de Arte (y constatar que el Arte Moderno o me lo explican o no lo entiendo – por eso tanto aquí como en Sídney me apunté a la visita guiada). El resto del tiempo, en mi cabeza seguía sopesando las diferentes opciones que se me ofrecían para viajar por la Isla Norte, a la espera de la llegada de Isa y con ella recorrer la Isla Sur:

a) El transporte público (autobús)
b) Alquilar un coche
c) Alquilar una auto caravana (una campervan o camper como aquí las llaman)
d) Un servicio de autobús orientado a backpackers

Mi primera opción era buscar una compañía local y alquilar un vehículo, Gracias a los buenos oficios de los chicos de la recepción del Surf´n´Snow
(la canadiense Jen, el japonés Kazu, el mexicano Carlos) me encontraron una oferta de 25 NZD por día…que no pude disfrutar por la última pregunta de la chica de la agencia, “¿tiene usted el correspondiente permiso de conducción en inglés?”. Ummm, vamos a ver, lo había renovado en el 2002…pues va a ser que no. Pues va a ser que no vamos a poder alquilarle un coche.

Como era domingo, no se podía hacer nada más que esperar hasta que el lunes abriera sus puertas la oficina de la AA (Automobile Association) y consultar allí las dos únicas soluciones posibles para solventar el inconveniente, la expedición in situ de un permiso de conducir internacional o la traducción al inglés de mi permiso español. La primera opción resultó ser inviable pues ellos sólo lo tramitaban para los poseedores de un carnet de conducir neozelandés (el hecho de que este españolito lo hubiera tramitado sin problemas hace dos años en Irlanda con ocasión de un viaje a Chile y Argentina, se explica aparentemente por la pertenencia del país de expedición, España, y del país de residencia, Irlanda, a la UE). La segunda opción, la traducción del documento del idioma de Cervantes al de Shakespeare, presentaba el inconveniente de unos costes exhorbitados, 100 NZD por una traducción en 24 horas o morirme de aburrimiento durante 4 días y esperar a una traducción más lenta que solo me costaría 46 AUD.

Como Auckland estaba agotado para mí como destino turístico y tampoco quería gastarme el equivalente a 4 días de alquiler del coche (más cuatro noches de alojamiento) decidí ponerme en manos de los chicos de Stray
para, como test, ver como funcionaba el viaje a Northlands y Bay of Islands, el Norte de la Isla Norte.

Para los que no los sepáis, existen aquí una serie de empresas de transporte que se dedican a hacer rutas por ambas islas y que incluyen actividades gratuitas o alternativas de pago, con descuento. El conductor ejerce a la vez de guía (más bien el guía-monitor ejerce de conductor), realizando paradas para que los pasajeros puedan hacer una visita o realizar una actividad. Uno puede apuntarse a una ruta que recomiendan se haga en un mínimo de 6 días y, si lo desea, permanecer en cualquier punto varios días mas, subiéndose al cabo de ese tiempo a otro autobús de la misma empresa que hace la misma ruta y así ir viajando hasta el destino. En la cantidad que se paga por una determinada ruta o pase no está incluido el alojamiento (unos 25 NZD por noche) o la comida (de cada uno depende si cocina – la opción mayoritaria - o come fuera) Es lo que los que vivimos en países anglosajones conocemos tan bien, el concepto ¨hop on, hop off¨. En Nueva Zelanda son tres las principales empresas del ramo, ¨Kiwi Experience¨,
¨Stray¨ y “Magic”.



Sentado con Jen, discutimos cada una de las tres y, dado que yo quería realizar bastantes actividades al aire libre y que ya no soy un adolescente, la mejor opción era Stray (que, por cierto, fue fundada hace unos pocos años por un ex socio de Kiwi Experience) así que me decanté por ellos, Pagué mis 180 NZD y el martes por la mañana empezaba el recorrido que partía de Auckland, a través de Paihia en Bay of Islands, en dirección a Cape Reinga (Cabo Reinga), el faro situado en el punto más septentrional de Nueva Zelanda. Se recomendaba hacer este trayecto y sus correspondientes actividades en un mínimo de 3 días pero yo lo hice en 4, dejando un día de descanso, y en vez del jueves, volvería el viernes.

Y entonces no lo sabía, pero iba a disfrutar mi bautismo como paracaidista.



Nota: Creo que no he coincidido con ningún viajero de Magic pero los que he visto de Kiwi confirmaron la opinión original, son gente entre 18 y veintipocos años en un 99,99% con una mentalidad, y no es una acusación, perfectamente acorde con esa edad. En Stray, había más gente de más de 25 años por lo menos aunque, y tampoco es una acusación, a veces las diferencias entre un grupo y otro eran bastante más que sutiles. C´est la vie!


(Escrito por el en Rotorua, Nueva Zelanda, en el best hostel ever, el Treks
, el 31 de mayo de 2007)

De bailes y museos

Cuando Sasha intenta moverse, sus brazos lo hacen espasmódicamente y sus piernas siguen un ritmo propio, independiente del tipo de música que suene en ese momento. Para el espectador casual, excepto por el hecho de que no hay temblores incontrolados de la cabeza, parecería un ataque epiléptico, pero como se mantiene tranquilamente en pie (no se sabe si con o sin esfuerzo) desaparecen las ganas de llamar a una ambulancia. O a la policía, porque en otras ocasiones lanza los puños hacia adelante y parece que amagara golpes, como si estuviera boxeando contra el resto de los bailarines. Además, el hierático gesto de su cara, que él quiere que parezca decir "la música fluye por mis venas", el resto lo podríamos interpretar como un "te voy a romper la cara, chaval".
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Stefan, en cambio, con su gorra ladeada y sus ademanes controlados, parece un príncipe del hip hop o como quiera que llamen a esa música que empieza con un ritmo, se detiene bruscamente, vuelve a repetirlo, vuelve a detenerse y luego continua como si aquí no hubiera pasado nada.
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Ya sabemos como bailan el ruso y el alemán, pero ¿como lo hace el español? Para los que no le hayan visto en acción, utilizando la fraseología de un bondadoso critico podríamos decir que "...intenta paliar con buena voluntad una patente ausencia de sentido del ritmo y un osado desconocimiento de las mas elementales técnicas de baile. Francamente, somos de la nada exagerada opinión de que un mapache moribundo, borracho, cojo y ciego seria un mejor remedo de Fred Astaire".
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En fin, a estas alturas de la vida uno no puede esperar milagros danzarines. No solo una, sino dos noches salí por Sídney con estos dos chicos que, junto con otros cinco, compartían conmigo las literas de la habitación 202 del "Hostel" (creo que la mejor forma de traducirlo al español es "Albergue" - una palabra que me recuerda a montañeros barbudos rodeados por la nieve en un refugio - mas que "Hostal" - termino que me hace imaginar pequeñas habitaciones individuales, un cuarto de baño al fondo del pasillo y una señora sesenteañera viuda de un maquinista de RENFE, que cocina con dedicación maternal para los siempre demasiado delgados solteros inquilinos).
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Eso era para que veáis que no todo lo que hice en Sydney fueron visitas a monumentos y museos: la Sydney Tower, el Museo de Arte Contemporáneo, la exposición World Press Photo 2007, la Galería de Arte de Nueva Gales del Sur, la visita guiada a la Opera House, la visita al Museo Marítimo Nacional, las visitas-paseos por el puente sobre la bahía y las continuadas incursiones por el delicioso Jardín Botánico. ¡Estoy agotado…pero encantado! Como he dicho en un post anterior, me ha gustado mucho Sídney y me gustaría volver aquí algún día.
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Así que si vais a Sídney y pasáis por "Kings Cross", si eso es lo que os gusta, meteos tranquilamente en "The World" (sobre todo si sois estudiantes veinteañeros) o daos una vuelta por "Showgirls" (para apreciar lo que jovencitas con poca ropa son capaces de hacer con una barra vertical, del techo al suelo del escenario). De hecho allí podréis encontrar trabajando (como camareras!) a dos inquilinas a largo plazo del albergue, una escocesa y una inglesa, que pretenden prolongar su estancia en tierras australianas todo lo posible (y para eso hace falta dinero).
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¿Más cosas sobre la que todo el mundo cree que es la capital de Australia? A título no turístico, después de unos dos años, volví a ver a Christine, que había trabajado unas semanas en Contracts & Rebates y que lo dejo para volverse a su Sídney natal. Con ella salí una tarde, que casi acaba en madrugada, y quedamos con su amiga Bernie, el novio de esta y su jefa, que estaban tomando unas copas después del trabajo. El ambiente en aquel pub del CBD (Central Business District, el distrito financiero) no era ajeno al de cualquier miércoles en Dublín, en el centro y rodeados de los trajes uniformados aunque sin corbata ya. Pasamos todos un rato muy agradable, acompañados de vinos del país y de unas estupendas pizzas, de elaboración artesanal en el local.
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Pero mi tiempo en Sydney se acababa y el viernes a las ocho de la mañana me presentaba en el aeropuerto, dispuesto a volar a Nueva Zelanda. Y entonces descubría que no iba a poder entrar en el país, pero eso es otra historia para otro post.

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(Escrito por el en Auckland, Nueva Zelanda, el 21 de mayo de 2007)

15 junio, 2007

“Daddy, I want another poney!”

¿Habéis visto la película protagonizada por Johnny Deep, “The chocolate factory”? Tal vez recordéis entonces al personaje de la niña rica y repipi, que le reclama un nuevo poni a su papi, “Daddy, I want another poney!” (José la imita a la perfección, con su repelente acento de Kensington y todo, me desternillo de la risa cada vez que me suelta la frase). Pues me acordé de ella el otro día, en el Taronga Zoo de Sídney, y es que llegué a identificarme con su personaje. Durante las tres horas que duró mi visita al zoo, fui toda una niña princesa. Hacía tiempo que no me sentía tan mimada.

Existen varias maneras de visitar el Taronga Zoo. La opción más económica consiste en descubrirlo por tu cuenta. Con 39 dólares australianos, compras un billete de ferri con pase para el zoo incluido. Por unos cuantos dólares más, puedes disfrutar de una visita guiada. En la página web del zoo, se detallan los distintos tours ofrecidos. Yo elegí el tour “Gold VIP” que, como podéis adivinar, no era el más barato. El precio es de 77 dólares, pero con presentar uno de los bonos ofrecidos en la guía gratuita de Sídney, te sale por 61,60 dólares (20% de descuento).
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Organizan dos Gold tours al día, el de la mañana empieza a las 9:15 y, el de la tarde, a las 13:15. Normalmente, el tour dura unas dos horas, y el número máximo de personas por grupo es de seis. Yo tuve la suerte y privilegio de hacer la visita con dos guías encantadoras para mí solita, que además me ofrecieron su grata compañía durante una hora extra (tal vez porque no consiguieran que me despegase de los bichos).
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Si os decidís a visitar el zoo de Sídney, de verdad que vale la pena aflojar un poco la cartera y regalarse este pequeño lujo. Por cinco razones.
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1. ¿Conocéis algún otro zoo que os ofrezca la posibilidad de colarse entre sus bastidores?

Me permitieron visitar la cocina del zoo, en la que se preparan las comidas para todos los animales. En unos tablones estaba apuntada la dieta diaria para cada especie, con un menú distinto para cada día de la semana. En el frigorífico esperaban preparados los platos de la cena, “verduras de primera calidad” me precisó Lynn. También había allí unas bolsas con pollitos y ratones congelados. Me explicaron que el zoo tenía su propio criadero de roedores y otros animalitos destinados a la dieta de los reptiles. Dado que no es ético para un zoo el hacer sufrir a un animal, ni el usar animales vertebrados vivos como alimento (más que nada, los niños podrían quedar traumatizados ante el espectáculo de una serpiente engulléndose a un pollito asustado), duermen a estos desafortunados antes de matarlos por congelación. Llegada la hora de la cena, se descongela al animal y se sirve atado a un palo, para que agitándolo parezca vivo y así aproveche mejor al buen apetito del señor pitón.

2. Puestos a elegir, ¿qué preferís? ¿pararos a leer todos los carteles informativos del zoo o que un experto os cuente sobre la marcha las idiosincrasias de cada animal, mientras vosotros disfrutáis observándolos?

Debido a su aislamiento geográfico, Australia goza de una fauna original única en el mundo. Gracias a Lynn y Karen, logré familiarizarme con un buen número de especies autóctonas, en especial dentro de la gran familia de los marsupiales.

Hagamos un experimento. Así a bote pronto y sin teclear “marsupial” en el buscador de google o en la wikipedia, veamos ¿cuántos marsupiales seríais capaces de nombrar? El canguro y el koala, muy bien, ya tenemos dos. ¿Quién da tres? Oigo por ahí al fondo un ornitorrinco, muy bien, muy bien, ¿alguien da más?

La verdad, antes de visitar el zoo, yo no hubiese sido capaz de nombrar ni esos tres. Ahora, apenas soy capaz de recordar unos pocos más, aunque sólo me sepa sus nombre en inglés, como el “wombat”, la “echidna”, el “quokka”, los “wallabies”, el “tasman devil” y el “possum”.

He aquí un par de marsupiales que me cayeron especialmente simpáticos.

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Para el primero, seguro que no hacen falta presentaciones. A este pobrecito koala le costaba despegar los párpados, en parte porque sufría de conjuntivitis en el ojo derecho y en parte porque acabábamos de despertarlo de su siesta. ¿Sabéis cuantas horas duerme al día un koala? Pues nada más ni nada menos que veinte. Lynn me explicó que esto se debe a su alimentación, ya que las hojas de eucalipto son muy bajas en carbohidratos (lo dijo tan convencida que no quise objetar, pero entre nosotros, me parece científicamente incorrecto basar conclusiones en un factor aislado y creo que determinados comportamientos no son atribuibles a una sola causa; la prueba está, sin ir más lejos, en que a mi padre le pasa tres cuartos de lo mismo aún disfrutando de una riquísima dieta mediterránea). Algunos se preguntarán porqué no optará por una dieta más energética. La respuesta es que el koala (y en esto también coincide con mi padre), para el comer es un sibarita. De las más de 600 especies de eucalipto, sólo gusta comer de cuatro variedades. Y si por desgracia se topase un día con una hoja que no cumpliese con su estándar de calidad, no sólo la rechazaría de inmediato sino que nunca más volvería a catar las hojas de esa rama (por lo visto, los koalas no conocen el sabio dicho popular de “nunca digas: eucalipto, de tu rama no comeré”).

El animal junto al que aparezco retratada en la segunda foto, y que se parece a un espinete, es una “echidna”. El pobre bicho también andaba pachucho, con un resfriado. Le costaba mucho respirar, cada inhalación venía acompañada de un silbido tristón y, con cada exhalación, soltaba mucosidades blancas y espumosas, como burbujas de jabón. Tal vez por encontrarse tan vulnerable ese día, estaba especialmente mimosón. En todo el rato que estuve encerrada en el recinto de las echidnas, me estuvo siguiendo, tratando de trepar por mi pantalón y escondiéndose entre mis piernas. Tal vez me tuviese confundida con su madre, claro que, ahora que lo pienso, un aire de familia sí que tenemos. Puede que no se aprecie muy bien en la foto, pero fijaos bien en mi napia e imaginadme con un corte de pelo estilo Julia Otero, ¿a que ahora sí que nos encontráis el parecido? (espero que nadie aproveche mi foto para apoyar teorías evolutivas y probar que todos venimos del mismo caldo biológico).

3. ¿Cuándo fue la última vez que estuvisteis tan cerca de un canguro?


4. Aparte de observar a los animales, ¿os gustaría tocarlos, jugar con ellos, conocerlos por su nombre de pila?

Os presento a unos cuantos amiguitos.

“Miss Daisy”. Este pequeño roedor, con carita de vieja y pelo suavísimo, es un “ringtail possum”. Para hacernos perdonar por su brutal despertar a media tarde, le regalamos una flor.

Los possum son una verdadera plaga para los agricultores, puesto que se alimentan de flores y plantas. En Nueva Zelanda, que consta de unos 4,5 millones de habitantes y 40 millones de ovejas, el número de possum asciende a unos 80 millones (muchos acaban atropellados al cruzar las carreteras).


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¿A ver si sois capaces de adivinar qué animal que se esconde entre mis piernas?

Los primeros colonizadores holandeses lo confundieron con una rata gigante. En realidad, se trata de un “quokka”, el más pequeño de la familia de los “wallabies”.


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Este quokka en particular se llama “Autumn” (otoño) y fue traída al zoo siendo una cría. Su madre murió atropellada. Afortunadamente, el conductor se detuvo para comprobar si el animal llevaba una cría en la bolsa… y ahí se escondía Autumn, una bolita de pelo agazapada en el cálido vientre de su madre.

Habiéndose criado entre mimos de sus cuidadores, Autumn está totalmente domesticada y es especialmente cariñosa (a mí casi me consume la mano a lametazos).

Es una auténtica estrella de las visitas y le encanta ser el centro de la atención.





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Por último os presento a “Kouga”, la canguro más anciana del Zoo. A esta modosa viejita, lo que más le gusta es que le masajeen sus artríticas patas.

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Por cierto, a Autumn no le hizo ni pizca de gracia que le dedicásemos tanto tiempo a la abuelita. Unos segundos después de tomar la última foto, pegó un brinco con el que consiguió ahuyentarla y acaparar de nuevo mis caricias. Nos reímos con su travesura.

La verdad, si me hubiesen dejado, me traía conmigo a Autumn en la mochila.

5. Última razón y más importante. ¿Quién yendo al zoo no se siente como un niño grande? ¿Porqué no mimar un poco a ese niño que llevas dentro?

Os he hablado mucho de los animales, pero no quisiera pasar por alto una mención especial para mis guías. Su trabajo en el zoo es voluntario y altruista. Karen le dedica al zoo su único día libre, todos los martes. Los demás días, trabaja a tiempo pleno en una tienda y, por las noches, en un restaurante italiano. Le pregunté cómo se le ocurrió lo de hacer voluntariado en el Zoo, a lo que me contestó que sentía auténtica pasión por los reptiles y anfibios (y luego hay quien piensa que yo soy rarita), así que se le ocurrió llamar al zoo y proponer su ayuda para cualquier labor ingrata, como limpiar las jaulas por ejemplo. Le explicaron que existía una organización de voluntarios y que podía acceder a ella haciéndose miembro del zoo. Después de una formación de diez semanas, empezó a trabajar como guía una vez por semana.

Nota: el Taronga Zoo cuenta hoy en día con una red de 400 voluntarios. Así que si os animáis a hacer el tour pero no habláis inglés, “pas de problème”: entre tanto voluntario, seguro que os encuentran a un guía que chapurree el castellano.

(Escrito por ella desde Nelson, Nueva Zelanda, 11/06/07)