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02 octubre, 2007

Del país de los Emperadores al de los Khanes

Algo que en Europa parece tan sencillo desde que la UE y el acuerdo Schengen suprimieron las fronteras interiores, es bastante más complicado cuando se trata de pasar de un país asiático a otro. Para poder visitar determinados países es necesario presentar una solicitud por adelantado en la que detallaremos nuestros principales datos vitales (he encontrado formularios que solicitan sin rubor la raza y el credo del interesado), en algún caso hemos de especificar la fecha exacta y lugar de entrada, entregaremos nuestro pasaporte, pagaremos una tasa relativamente alta (dado el coste de la vida en el país al que pretendemos dirigirnos) y esperaremos entre tres y cinco días laborables por la correspondiente autorización gubernamental. El preciado documento, con fecha de caducidad, se llama visado o visa y estará grapado o pegado a una de las hojas de nuestro pasaporte.

Para mi viaje a Mongolia me acerqué hasta su embajada en Beijing. Se encuentra al lado de la de Cuba y detrás de la de EEUU, en un laberíntico y vallado complejo de alta seguridad que alberga a esas y otras legaciones extranjeras, así como las viviendas de diplomáticos, funcionarios y periodistas foráneos. Por si no lo sabíais, era costumbre en los países comunistas que los occidentales solo pudieran residir o dentro de sus respectivas embajadas o en bloques de edificios habilitados por el Gobierno solamente para ellos, con un riguroso control de entradas y salidas (y los omnipresentes micrófonos ocultos) evitando de esta manera su contacto con la población civil (y viceversa). Hasta hace unos pocos años, esa era la moneda corriente en la capital china y son muchos los que aun viven en pisos de aquella época.

La sección de visas del país de Chinggis Khan sólo abre de 9 a 11 de la mañana, de lunes a viernes, así que como he llegado al mediodía, tendré que dejarlo para mañana. Por lo menos se soluciona lo de mi AMEX. Cuando llego a American Express (que tiene unas oficinas relativamente cerca del complejo diplomático) mi tarjeta de emergencia, con una caducidad de tres meses, me estaba esperando (llegó por servicio de mensajería desde Hong Kong).

Al día siguiente, vuelvo a pasar delante de los mismos jovencísimos centinelas. El tema del visado es sencillo y sin complicaciones. Rellenas un formulario (con instrucciones en inglés y chino), le pegas una fotografía y, junto con tu pasaporte, se lo entregas al funcionario en una ventanilla. El proceso normal dura 5 días y cuesta 270 RMB (más 10 RMB que se lleva de comisión por no hacer nada la sucursal del Banco de China). En la ventanilla de al lado te darán el resguardo y las instrucciones para llegar a la sucursal (no os creeríais que iba a estar puerta con puerta con la Embajada, ¿verdad?). En caso de que sea urgente, se puede tramitar el visado en un solo día pero el precio se multiplica por dos. Así que ahora solo me quedaba esperar hasta el día 28 por la mañana para recuperar mi precioso pasaporte con un nuevo visado.

La siguiente tarea para viajar a Mongolia era conseguir información y/o billete para el Trans-Mongolia, que hace el recorrido Beijing (China) – Ulaan Baatar (Mongolia) en 33 horas, atravesando el Desierto del Gobi. La lógica me llevó a la caótica y abarrotada estación de tren de Beijing. En medio de un calor propio del averno, la gente hacía cola delante de las ventanillas para comprar sus billetes. Mucha gente estaba tumbada durmiendo en los soportales, aunque la sombra protegía mas bien poco del calor. Había leído en la Lonely Pedante que se podía disfrutar de una zona exclusiva de venta de billetes para extranjeros, con unos cómodos sillones. Una vez mas, se equivocaba.

En el extremo derecho de la estación, en la planta baja, hay una ventanilla que tiene un cartel ''Billetes para extranjeros'' pero que eso no os engañe. Cuando intenté pronunciar ''Ulaan Bataar'' a la funcionaria de canino rostro, ella, con un gesto asqueado, me señaló hacia las alturas. No, no era cosa de que el camarada Mao bajara a interceder por mí sino que me despachaba hacia el primer piso. Busco un acceso desde el interior y no lo encuentro, así que salgo y veo a través de los cristales una escalera. Vuelvo a entrar y un mostrador situado perpendicularmente a unas taquillas es el único obstáculo a salvar. Como si supiera perfectamente a donde voy (pese a que no tengo ni idea) sonrío a las dos empleadas, paso por la puerta a sus espaldas y le interrumpo la comida (pollo del KFC) a un aburrido funcionario de ferrocarril.



En la primera planta hay una sala enorme y fresca, casi completamente despejada de mobiliario. Solo cuatro mesas, con cuatro sillas cada una, interrumpen la idea de una decoración inexistente. Unas 16 ventanillas (con azules cortinas bajadas en las que se lee VIP) se reparten simétricamente ambos lados de la estancia. Todos los letreros están en mandarín, pero veo que hasta la una no volverán a abrir, así que he de esperar, acompañado por media docena de chinos que parecen compradores-revendedores de billetes. Curioseando a traves de las persianas, veo que unos funcionarios trabajan en su ordenador, otros en pilas de papeles y no falta el que se ha desplomado sobre el teclado y duerme incomodamente.

Cuando llega la hora, la cara de susto de la funcionaria al acercarme a la ventanilla hubiera merecido una fotografía (''No, un extranjero a hacerme preguntas no, por la memoria del Gran Timonel, que se vaya a preguntarle a la de al lado, que es una bruja de mucho cuidado''). ''Ulaan Bataar'' y ''Beijing – Erehon/Erlian''. Ni mi mandarín va mas allá del ''ni hao'' (hola) y ''xie xie'' (gracias) ni su inglés supera lo que me dice repetidas veces, ''Hotel Intercontinental''. No consigo arrancarle mas información o detalles aparte de la impresión de que en los hoteles se venden billetes de tren.

Esto no se queda así, voy a esperar a que abran otra ventanilla para contrastar la desinformación. Un rato después hago cola y un chino me pregunta en inglés si me puede ayudar. Yo le digo que tengo el capricho de comprarme un billete para ir a Ulaan Bataar, en Mongolia. El me dice que allí no lo venden pero a través de una ventana me señala el blanco rascacielos del Hotel Intercontinental y me dice que allí puedo comprarlo. Moraleja: si queréis compraros un billete de tren en Beijing, no vayáis a la estación de ferrocarril porque allí no venden algo tan raro. Si es internacional, claro. Al cabo de un rato llego al Beijing International Hotel y en su primera planta encuentro las oficinas de CITS (China International Travel Services) donde me dicen que solo hay conexiones ferroviarias con la capital de Mongolia los lunes y martes a las 7.45 am. Y mi visado no estaría hasta las 9 am del martes. Algo no va a cuadrar.

Me siento en el vestíbulo, saco la LP y miro a ver si hay opciones de bus o tren local. A mi lado se sienta una señora china que hace algún tiempo que dejó atrás los treinta años. Me pregunta de donde soy, cuando llegué a Beijing, cuanto me voy a quedar en la ciudad, etc. Sin un cambio aparente en el tono de su voz, abre la boca, se la señala con el dedo índice de la mano derecha y me pregunta algo mas, ''Do you want a cock massage?''

No, no puedo deciros cuál es la tarifa habitual de una felación en Beijing porque decliné su oferta.

Como parece que no voy a poder hacerlo por la vía fácil, me preparo para iniciar el proceso de llegar a Ulaan Bataar por mi cuenta, usando una combinación de distintos medios locales. Después de investigar en Internet y en la estación de Dongzhimen (donde nadie habla o entiende nada de inglés pero se esfuerzan, sin gritarme, en ofrecerme su ayuda) averiguo que Muongshimen es la estación correcta (de entre la decena con que cuenta Beijing) para coger el autobús de largo recorrido a Erlian. Intento reservar allí billete para dos días después pero es inútil, no venden nada con antelación, así que tendré que madrugar y llegar temprano (para no arriesgarme a quedarme sin plaza) el mismo día en que inicio el viaje. Como de costumbre, en la taquilla no se habla otro idioma que no sea el chino, pero en el mostrador de información (su existencia y que sirva para algo es una novedad) una chica habla algo del idioma de Shakespeare y me ayuda a comprar el billete (y eso que una compañera de Stefi me había escrito en mandarín ''Erlian'' y ''billete de ida''). He llegado con varias horas de adelanto respecto a la salida del transporte pero finalmente tengo mi billete en el bolsillo. Con tiempo para derrochar, observo lo que sucede a mi alrededor, como viajero por tierras extranjeras que soy.


A mi las estaciones me parecen un microcosmos de un universo paralelo. Encuentras escenas de la vida que pertenecen al pasado o al surrealismo. Tengo una amiga a la que las estaciones de autobús le parecen tristes pero yo creo que es porque ella piensa en despedidas y lágrimas de tristeza mezcladas con el orbayo, no en reencuentros y cálidos abrazos. Aquí hay los habituales puestos de comida (de noodles a fruta) y bebida, así como una cesta con huevos duros de verdoso aspecto. Un militar, acompañado de su esposa e hijos, lleva en la mano una máquina de coser manual marca Singer que bien podía haber sido la que usaba mi madre cuando yo era pequeño. Tres hombres que ya no son jóvenes, cargan con pesados fardos sobre sus dobladas espaldas. A un niño inquieto le tranquilizan con el regalo de una fresca rodaja de sandía servida a modo de pincho moruno. Una joven no pierde de vista su maleta a lado de la cual ha depositado un ventilador que también forma parte de su equipaje. Los he visto transportados a mano, en bicicleta y en moto y siempre me ha parecido un paradigma del objeto funcional que, aislado de la vital electricidad, es tan inútil como una comba para un manco.

La pesada diarrea que me asaltó días atrás, y que ahora se viene conmigo a Mongolia junto con parte de mi equipaje, reclama mi atención y me acerco despacio al baño. En su interior, los compartimentos adecuados, una decena, están distribuidos en dos filas pegados a paredes opuestas, unos enfrente de los otros. Sin puertas. Algunos están ocupados y sus usuarios, frente a frente, están agachados, realizando aquello que les ha llevado allí. Creo que me voy a aguantar las ganas.


Busco mi autobús y me llevo una sorpresa. Nada de asientos reclinables, sino tres filas de literas dobles (la distribución seria litera, pasillo, litera, pasillo, litera). Es una novedad para mi. Me descalzo para entrar y me encuentro con que mi ''asiento'' es el último del todo, junto a la ventanilla del lado derecho. Mis 173 cm de estatura no me convirtieron en el tipo mas alto del barrio pero en esta cama no puedo estirarme por completo salvo que me ponga ligeramente en diagonal. Podría ser mucho peor. El autobús, medio vacío, sale con bastante puntualidad, a las cinco de la tarde, para detenerse al cabo de 500 metros en otro estacionamiento y quedarse allí hasta casi las seis. Por fin hemos emprendido la marcha y la carretera es bastante buena, con su asfalto y todo. A las diez de la noche se encienden las luces y se para en el patio trasero de un edificio bajo para cenar.

Hay dos establecimientos, probablemente del mismo dueño, a nuestra disposición para surtirnos de comida. Por un lado, fideos en sus recipientes de plástico (a los que solo hace falta echar agua caliente) y por otro un buffet para comidas ya cocinadas por el personal del restaurante, listas para ser servidas. A los veinte minutos, cumplido el rito de la cena, los ocupantes de mi autobús se unen a los que han llegado en otro vehículo y, todos juntos, pasean por la explanada (cubierta de botellas y bolsas de plástico que nadie recoge y se multiplican cada vez que llega un nuevo transporte de pasajeros) fumando obsesivamente y, lo que es casi peor, escupiendo ruidosa y profusamente. Casi se diría que lo hacen con coordinación, hombres y mujeres por igual. Se me revuelve el estomago.

También lo hacen mis intestinos, que llevan quejándose desde Beijing. El baño lo encuentro al fondo, es la ultima construcción en una línea en el que lo preceden corrales que albergan cerdos y ovejas que dormitan tranquilamente. El olor es espantoso y además no hay luz. No me quiero ni imaginar lo que podría pisar ahí dentro. Me alejo y busco un rincón solitario. Por unos minutos , vuelvo a un pueblo de Zamora (y a mis primeros años de correrías por este mundo), cuando allí no había retretes en las casas y la única opción para aliviarse era agacharse en el corral de las gallinas. La vida da muchas vueltas para acabar en el mismo sitio.

Después de que se cierre la veda de los escupitajos, retomamos la marcha pero las carreteras, a poco más de 300 km de la capital, ya no presentan tan buen estado. Obras de acondicionamiento vial y reparaciones provocan desvíos que nos llevan a caminos con baches. Me despierto varias veces por culpa de estos últimos y lo que veo por la ventanilla es un ojo que ilumina, pálido, campos y arboles en medio de ninguna parte. A las seis de la mañana, cuando hace una hora que ha amanecido, llegamos a Erlian, el pueblo fronterizo en el lado chino. Subo en furgoneta hasta la frontera, pero ésta no abre hasta las nueve así que me toca esperar. Saco de la mochila mi forro polar porque hace bastante frío. Llegan camiones y hacen cola. Llegan jeeps chinos cargados de mercancías y hacen cola.



Un guardia fronterizo (policía armada) chino que habla buen inglés me confirma que no esta permitido pasar la frontera a pie. Así que lo que procede es regatear con el conductor de algún vehículo, a sabiendas de que no hay forma de ganar y hacerlo después de pagar la tasa de 5 yuan por abandonar el país que el Gobierno Chino se ha sacado de la manga para conseguir un dinero extra. El precio oficial son 80 CNY por cruzar algo mas de 4 km de tierra de nadie entre Erlian (China) y Zamin Uud (Mongolia). Le dedico 20 minutos a intentar que un chino me rebaje la tarifa a 50 CNY pero él no cede y sabe perfectamente que tendré que aceptar su cifra, pues ningún conductor quiere romper el precio de mercado. Al final me subo en la parte de atrás de un todoterreno y soy uno de los dos pasajeros. El otro, sentado delante, se llama Edouard y me cambia de motu propio el sitio. Presumo que es mongol pero me equivoco, su país esta aún más al norte. Hablo con él en una mezcla de rudimentario inglés por su parte y ruso por el mio (tantos años de lectura de novelas de espías no fueron en vano, gracias Le Carre, Clancy, Wallace, Forsyth por proveerme de un limitado vocabulario bolchevique).

Las formalidades en el lado chino son bastante rápidas, aunque el funcionario de aduanas y sus compañeras de la policía armada me miran con curiosidad (yo creía que se verían mas extranjeros por aquí, pero me equivocaba y aquel día no vi a un solo occidental realizando los mismos trámites). Un funcionario me pregunta si mi nombre completo es José Ramón Pérez Fernández, tal y como pone en el pasaporte que le he entregado. Yo no hago ninguna broma y se lo confirmo educadamente. Un nuevo sello en una vieja página y solucionado. Edouard me ha estado esperando y juntos volvemos a subir al jeep en el que han aparecido por arte de magia dos nuevos pasajeros, chinos, y nos dirigimos al puesto fronterizo de Mongolia.

Una nueva cola, una nueva espera, un nuevo funcionario que necesita la presencia de una colega más experimentada para entenderse con esa máquina infernal que es el negro ordenador en el que ha de comprobar mi pasaporte. Solucionados los rígidos golpes contra el teclado, en mi visado de Mongolia ya me han puesto el sello, garantizando mi entrada legal en el país. Ahora toca esperar que se repita el mismo procedimiento con la mercancía de nuestro transportista y su sudorosa persona. Nos sentamos a la sombra, porque el sol no distingue de nacionalidades a la hora de castigar con sus rayos. Llegan vehículos (civiles y de procedencia ex-militar rusa) cargados de tal manera que las ruedas traseras van casi planas. Todos han de pasar una inspección, meramente visual en unos casos, algo mas profunda en otros. La gente fuma y no duda en tirar envoltorios y basuras al suelo. Es la tónica habitual de quien no ha sido educado de otra manera.

Por fin sale nuestro conductor, mete primera, segunda...y antes de que el vehículo salga por la puerta, nos paran en una caseta que debe ser el último punto de control. Mi chino no ha mejorado mucho desde que llegue a Erlian pero las caras del funcionario y del conductor eran reveladoras, alguien ha olvidado un papel o alguien necesita un sello adicional en el papel que está presentando. Una vez más, a esperar. Hace mas de tres horas que iniciamos todos los tramites en China, tenemos Zamin Uud a la vista y otra vez toca refugiarse del implacable que se ríe de nosotros desde las alturas. Al final, nos habrá llevado la friolera (es una irónica forma de hablar) de cuatro horas el cruzar la frontera y no llegaré a Ulaan Bataar hasta la mañana del día siguiente.

Nota: En Zamin Uud acompañaré a Edouard a dejar las maletas en una consigna de un hotel, a encargarse de que facturen correctamente la mercancía que traía
consigo (con la que compartíamos espacio en el Jeep) y después nos vamos a comprar mi billete de tren (sale por 18900 tugrish, unos 12 Eur) a Ulaan Bataar, la capital de Mongolia. El tren no saldrá hasta las seis menos diez de la tarde así que tenemos tiempo de sobra para ir a comer. Como dice el refran, ''De bien nacidos...'' así que le invito para agradecerle su ayuda y compañia. Elige el restaurante y entramos. Acabo probando la versión local del húngaro ghoulash y una cerveza también local porque ''Entradas'', ''Platos principales'' y ''Postres'' son las únicas palabras que aparecen en ingles en el menu...

Después, un paseo por la ciudad fronteriza donde la gente soporta estoicamente el calor y es capaz de pasar un rato jugando al billar en la plaza, al aire libre.




(Escrito por él, en su inseparable block de notas, en el interior de un ger en Gana's Guesthouse, Ulaan Bataar, Mongolia, el 31 de agosto de 2007)

La Gran Muralla

Beijing puede visitarse, o por lo menos sus principales atracciones, en cuatro o cinco días. Vueltecilla por la inmensa plaza de Tiananmén (veinte minutos a paso marcial), seguido por una visita guiada al Palacio Imperial de la Ciudad Prohibida (un par de horas); visitas al Templo del Cielo (una hora para pasear por el parque), al Templo del Lama (media hora, más el tiempo de llegar hasta allí en metro) y al Palacio del Verano (un día completo y cuidadito con llegar a media tarde, que el parque es grande y el palacio cierra sus puertas a las cinco); un par de cervezas en la terracita de un café a orillas del lago Beihai, preferentemente de noche (tiempo ilimitado).

Facultativa, la visita al Mausoleo de Mao (cuando yo fui estaba cerrado por obras, pero hubiese pasado de todos modos). Obligatoria, la excursión a la Gran Muralla (uno o dos días, según cómo os planteéis la visita).
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Para llegar hasta la Gran Muralla, la diversidad de ofertas es amplia. Está bien comparar precios, pero no os lancéis a por el tour más barato. De 170 yuanes para abajo, podéis empezar a sospechar que hay gato encerrado. Algunos turistas me comentaron que su tour incluía varias paradas en establecimientos comerciales para la compra de jade, joyas, artesanía, productos medicinales, etc. No recomendable. El precio “normal” de una excursión, incluido el precio de las entradas, debería de rondar los 250 yuanes.

Uno de los tours más concurridos es el que lleva a la sección de Badaling, donde por lo visto se consiguen las panorámicas más serpenteantes de la muralla. Eso sí, no os esperéis a estar solos. El tramo de Badaling probablemente sea el más frecuentado de la muralla, no sólo por las hordas de turistas, sino también por los vendedores de refrescos, comida, postales, camisetas y demás suvenires. Sin embargo, la opción puede ser interesante en invierno, cuando Beijing recibe menos visitantes y la muralla se viste de un manto de nieve.

Otro tour muy popular es el que ofrece la posibilidad de hacer senderismo desde Jinshanling hasta Simatai, una caminata de aproximadamente cuatro horas. Junior, que se pegó la paliza, os lo podrá contar con lujo de detalles.

También es posible ir a la muralla por cuenta propia. No os saldrá mucho más barato (incluso puede que os salga más caro que el tour: yo fui en la agradable compañía de una parejita de franceses que conocí en el hostal y, dividiendo los gastos entre tres, la excursión me costó 266 yuanes, todo incluido), pero ganaréis en cuanto a libertad, sensación de aventura y personalización de la experiencia.

....................................................................................................................................Timothée y Marie Victoire

Para llegar hasta allí, fuimos en metro a la estación de autobuses Dongzhimén y allí cogimos el autobús que llevaba a Chengdé (ya no recuerdo el número del autobús), indicando al conductor que queríamos apearnos en Simatai. Llegados a nuestra parada, nos esperaba allí una furgoneta para llevarnos a la muralla (ahí fue donde se encareció nuestra pequeña aventura, pues pagamos 70 yuanes por cabeza sin negociar: fallo de novatos).

La señora conductora (que, por cierto, estaba hecha una “Fitipaldi” del adelantamiento temerario) nos dijo repetidamente: “no sleepo, no sleepo” (los chinos no consiguen pronunciar las palabras que se terminan en consonante oclusiva, así que dicen “sleepo” para dormir y “cheapo” para barato, me hacen un montón de gracia), indicándonos que estaba prohibido acampar en la muralla. Nosotros venga a decirle que no, que no pensábamos pasar la noche en la muralla, y ella venga a reiterar que “no sleepo”. No sé qué le haría sospechar que íbamos con intención de dormir en la muralla. Tal vez fuesen los sacos de dormir, tal vez la esterilla que Timothée llevaba atada a su mochila, o puede que nos delatase nuestra llegada a la hora de cierre (sí, otro fallo de pardillos, y es que salimos de Beijing después de comer, tras habernos pasado la mañana calibrando las probabilidades de un chaparrón sobre la muralla).


Efectivamente, íbamos con intención de pasar la noche de centinelas en una de las torres de guardia (conste que estábamos dispuestos a hacerlo desinteresadamente, por el bien de nuestros amigos de la República Popular China, que nunca son demasiadas las precauciones contra los temibles mongoles y la penetración de sus peligrosas ideas democráticas), pero al final tuvimos que conformarnos con hacer “sleepo” en un acogedor hostalito familiar, a pocos metros de la entrada.

Eso sí, a las seis de la mañana, ya estábamos en pie de guerra, ¡llegamos a la entrada incluso antes que los taquilleros! Afortunadamente, el guardián nos dejó pasar a cambio de 40 yuanes por cabeza (el precio estándar de la entrada, sin soborno ni prevaricación).
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Los vendedores y grupos de turistas no aparecieron hasta las diez de la mañana, así que tuvimos la muralla para nosotros solos durante cosa de cuatro horas. De haber tenido un cielo despejado y un amanecer de postal, hubiese sido el colmo de la suerte. Por supuesto, eso sólo les pasa a los fotógrafos del “National Geographic”. Nosotros tuvimos una niebla tan espesa que la muralla se perdía en ella a menos de cien metros de distancia. Lástima de fotos, pero podría haber sido peor. Gracias a Dios que no se nos puso a llover, que entonces seguro que nos hubiésemos descalabrado en una de esas bajadas súper deslizantes y escarpadas.

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Fuimos caminando sin prisa y haciendo muchas pausas (o sea, a mi ritmo, que una ya tiene 36 años y le falta entrenamiento para tantos trotes), así que sólo llegamos hasta la torre número doce. La verdad es que todas nos resultaban un poco iguales, con lo que llegados hasta allí, nos pareció que ya teníamos suficientes fotos como para hacernos un calendario y decidimos dar media vuelta.
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Otra posibilidad atractiva, probablemente la más económica, consiste en llegar a la muralla por Huanghuá (traducido como la “fortaleza de la flor amarilla”). Este tramo no restaurado de la muralla, se encuentra a tan sólo 60 kilómetros al norte de Beijing. El autobús (número 961) sale de la misma estación de Dongzhimén y, por 8 yuanes, os dejará cerca de la muralla en un par de horas (de acuerdo con la información del Lonely Planet). El último autobús de vuelta a Beijing sale de Huanghuá a las 2:30 de la tarde, con lo que os conviene, por si acaso, ir bien equipados de agua, comida y saco de dormir (ojo, porque el gobierno está empezando a poner controles contra la libre acampada, así que puede que os salga al encuentro un oficial con reluctancias a vuestro derecho de “sleepo”).

Según un viajero australiano que me crucé en Güillín, hace un año se podía acceder gratuitamente a la muralla a través de una escalerilla rústica, fabricada con ramas por los campesinos de la zona. Es posible que algún Lazarillo os pida que aflojéis un precio simbólico de peaje (mi guía comenta que te piden 1 yuan, o sea, 10 céntimos de euro, por los que, en esto estaremos todos de acuerdo, no vale la pena ponerse a malas con el paisano).

Con la debida autorización oficial, nada os impide pasar unos cuantos días y noches en la muralla. Me sé de dos que llevan ya tres años en ella, recorriéndola de punta a punta (total, unos 3000 kilómetros de nada). Podéis echarle un vistazo a su página web.

Desde luego, los hay que no saben cómo matar el tiempo…


Nota: por cierto, eso de que la Gran Muralla China se puede observar desde el espacio, sin material telescópico, es un gran mito propagandístico. Fue desmentido por Yang Liwei, el primer astronauta chino, en el año 2003 (el Juni, que no es astronauta, pero que se pasa la vida en la luna, también os lo podrá confirmar).

(Escrito por ella desde Wuhan, provincia de Hubei, China, 30/09/07)

La Gran Muralla (versión masculina)

´´Aquél que no ha escalado la Gran Muralla no es un hombre´´.
Mao Zedong


Tras un milenio de abandono y pillaje, los restos de la Gran Muralla se reducen a una fracción de lo que en otros tiempos fue una enorme, pero permeable, barrera que pretendía poner freno a las constantes invasiones de las tribus mongolas. Hoy es un tributo a la férrea voluntad de los emperadores que la construyeron, mantuvieron y ampliaron y a los centenares de miles de esclavos que dieron su esfuerzo, sudor y vida, trabajando bajo el sol más abrasador y el frío más mordiente. Actualmente, hay tramos en mejor o peor estado de conservación aún visibles o visitables desde Jiayuguan (Gansu) a Badaling, a sólo 70 km al noroeste de Beijing. Periódicamente, mediante la revisión de antiguos textos o el uso de modernas técnicas, como las imágenes obtenidas por satélites, los arqueólogos descubren nuevos tramos que habían permanecido sepultados bajo la arena, cubiertos por la vegetación o, simplemente, olvidados. El Gobierno Comunista ha ''restaurado'' (es decir, sustituido materiales viejos por nuevos) importantes tramos de la Gran Muralla, adecuándolos al enorme flujo de visitantes que soporta casi impertérrita esta colosal obra de manufactura humana. Tramos tan lisos como una autopista, y con tanto tráfico (humano en este caso) son los preferidos de las multitudes y, por ende, de los insistentes vendedores de bebida, postales y recuerdos. Para intentar proteger el ecosistema que la rodea, esta prohibido fumar y encender fuego. Por si alguien lo dudaba, el olor a cigarrillo nuncá esta ausente en ningún tramo.

Para visitar esta maravilla, Patrimonio de la Humanidad, decidí formar
parte de un pequeño tour (una veintena de turistas no chinos en un minibús) semi independiente. Es decir, los de la agencia se encargan de llevarte al sitio, te dan unas instrucciones y/o explicaciones y luego tú te haces el recorrido por tu cuenta, limitándote a llegar a la hora acordada al sitio en que te recogerá el autobús para ir de vuelta a Beijing. Contratado a través de un hostal, 150 yuanes incluían el transporte hasta un punto a unos 140 km al norte de la capital, un guía de habla inglesa, y una comida al final del recorrido. No se incluyen las entradas para las dos secciones que visitaremos en Simatai (una ''reconstruida'' y la otra original, un precio total de 90 CNY) ni para un puente colgante (5 CNY) que salva un río al final de nuestro recorrido.La zona a la que nos dirigíamos es mucho menos popular que la masificada Badaling, pero también más cansada y agotadora, y consta de dos tramos , uno parcialmente restaurado y el otro casi completamente respetado en su paulatino decaimiento, y son Jinshanling y Simatai.






Una peculiaridad que me encuentro al principio de la ruta, es este tramo en el que, dentro de la muralla, hay murallas perpendiculares interiores. Su finalidad es ofrecer un refugio a los defensores en el caso de que los atacantes hubieran conseguido acceder a la parte superior de la muralla. Como podéis observar en la fotografía adjunta, hay aspilleras para el lanzamiento de proyectiles y el disparo de armas de fuego. Como nota adicional, se encuentran cuesta arriba, para dificultar aun más el ataque.






A las siete empiezan a recoger gente de sus distintos hoteles y hostales, pero a mí, esperando cerca de casa de Stefi, a las puertas del Sheraton, no me llega el turno hasta las ocho de la mañana. Y no será hasta casi mediodía, con un cielo sin nubes y un sol digno de Sevilla en agosto, que empecemos a caminar. A los pocos minutos se presenta la opción de subir un tramo en teleférico para acortar la distancia y algunos deciden tomarlo (ma
riquitas, deberían haberse ido a Badaling).


Para los que queremos disfrutar de la experiencia como mandan los cánones (no sé quién los habrá e
scrito pero, ¡menudo sádico!), tenemos por delante cuatro horas de pronunciadas subidas y escasas pero empinadas bajadas que, combinadas con una temperatura que ronda los 35 grados centígrados, provocan un constante flujo de sudor en mi espalda. En casi cada recodo del camino alguien ofrece agua (a 4 yuanes la botella de 600 ml, el doble del precio en la Plaza de Tiananmen), coca cola, cerveza, gorras y camisetas. Y postales, claro.






En una parada del autobús, me había aprovisionado de una botella de 1,5 l de agua y galletas de chocolate para reponer energías durante la caminata, aunque ya en los primeros tramos me desaparece el apetito. Cuando leáis que ''la Gran Muralla sube y baja montañas'' no os podéis imaginar lo que eso significa. Tenéis que venir aquí para verlo, entenderlo y sufrirlo. En estas escarpadas cordilleras no hay un tramo recto, ya sea cuesta abajo o cuesta arriba, el camino no se nivela horizontalmente ni por un par de metros. Excepto, claro está, cuando llegamos a las torres que, a tramos regulares, son el único refugio que ofrece sombra y una agradecida pausa. Y donde os esperan los vendedores de bebidas, recuerdos y postales.









Durante cuatro interminables horas, todo lo que veo delante de mí es...más muralla, más camino, más recorrido por hacer. A veces lo que tengo enfrente parece una pared, pero no lo es, sólo es otro de esos tramos cuesta arriba, con unos casi verticales
70 grados de inclinación, que algunos no pueden salvar sin utilizar ocasionalmente las manos. Hay 16 torres en el recorrido y a partir de la número 12, el ascenso es, cuanto menos, precario.














Por fin, el tramo final del recorrido. A la derecha y abajo, el puente colgante que salva un río (la
muralla ha perdido ese tramo), otra subida pronunciada y a la derecha, la bajada al restaurante y el aparcamiento.










La botella de agua ha llegado vacía y por primera vez desde que llegamos a Simatai, he de ir al baño. El litro y medio lo he sudado por el camino, pero ha merecido la pena porque los paisajes han sido espectaculares. Es como cabalgar por el borde de las montañas, casi tocando las nubes.. .


Nota: El año pasado, Mongolia celebraba el 800 aniversario del Gran Estado Mongol, aquel que se extendía desde China hasta Europa. Como la venganza es un plato que se sirve frío, los chinos esperaron varios siglos pero finalmente les despojaron de una parte de su territorio que hoy conforma la provincia china de Mongolia Interior. Allí han aplicado un genocidio cultural similar al que llevan a cabo en el Tíbet desde los años 50, con el agravante de que es una zona menos conocida y menos visitada por los extranjeros.






Estatua de Chinggis Khan en la Plaza Sukhbaatar, Ulaan Bataar, Mongolia













(Escrito por él en Beijing, el 22 de agosto de 2007, después de llegar cansado del trekking, y corregido y ampliado en su litera del tren T22 Chengdu-Lhasa, el 3 de Octubre de 2007 - nunca es tarde...)

El Palacio de Verano

A las afueras de Beijing, en dirección noroeste, se encuentra el Palacio de Verano, enmarcado por 290 hectáreas de jardines y lago.
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El parque y su palacio fueron incendiados en 1850, a manos de las fuerzas aliadas anglo-francesas. En 1888, la emperatriz Cixi ordenó su restauración con fondos de la Marina Imperial, estableciendo allí su residencia secundaria un año más tarde.
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Los fondos de la Marina fueron usados para la reconstrucción del Palacio, en 1888, pretextando el uso del lago Kunming para fines de entrenamiento naval. Un barco militar fue atracado en dicho lago, en el corazón del parque. La visión del mismo molestó a su Excelencia, la emperatriz Cixi, quien lo hizo retirar inmendiatamente. Este barco de mármol fue construido y colocado en lugar de aquél.
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Durante los años de su reinado, el palacio conoció su época de mayor fasto. Se cuenta que cientos de cocineros se afanaban día y noche por crear los más exquisitos y sofisticados manjares para su Alteza. Nunca se apagaban los fogones ni descansaba la servidumbre, pues en cualquier momento podía antojársele un plato a la emperatriz. Por supuesto, éste debía ser cocinado en su punto y servido dentro del minuto siguiente al encargo. En un solo banquete, se servían hasta 150 platos distintos. La mayoría eran rechazados por la emperatriz con un gesto de desdén y, del resto, apenas probaba uno o dos bocados.

En 1900, las fuerzas aliadas occidentales volvieron a atacar Pekín, destrozando de nuevo el palacio. La emperatriz se encontraba en el Palacio Imperial de la Ciudad Prohibida, cuando empezaron a tronar los disparos. Sin perder un segundo, se organizó un plan para su huída. Disfrazada de campesina y a bordo de un humilde carro tirado por mulas, salió de la ciudad imperial en dirección a Xi’an, pero no sin antes dar un desvío hasta el Palacio de Verano para recuperar sus joyas. Tiempo perdido en vano, pues el estruendo cada vez más cercano de la pólvora disuadió a la emperatriz nada más alcanzar su palacio veraniego. En su precipitación, ni siquiera tuvo tiempo de coger víveres para la ruta.

Viajó sin pausa durante todo el día, bambaleada por los baches de la carretera y a merced del frío y de la lluvia. Llegados a la provincia de Shanxi, divisó una cabaña humeante al pie de la montaña y allí mandó detener el carro. Con piernas trémulas por el frío, la fatiga y el desmayo, Cixi entró en la casa.

Estaba humildemente amueblada. La cama estaba hecha de ladrillos, cubiertos por una esterilla. Sobre ella se encontraba un cesto de costura y una almohada forrada de paja. Al pie de la cama, sentada en el suelo, una anciana avivaba el fuego de su hoguera. Mirando hacia arriba vio a la emperatriz tiritando de frío y, confundiéndola con una vieja vagabunda, la invitó a acercarse.

“Es duro recorrer carreteras con esta lluvia y este viento. Ven, acércate y toma asiento en esta cama de cálidos ladrillos”. Apenas hubo terminado de hablar, le ofreció unos bollos recién hechos. “Come mientras aún están calientes”.

La emperatriz se llevó un bollo a la boca. Estaba tierno y esponjoso. Sintió su reconfortante calor llenarle el estómago. Nunca había probado nada tan delicioso. Se sirvió un segundo bollo. Y un tercero. Aún deseaba más.

“Señora, qué ricos están estos bollos dorados, ¿con qué están hechos?”

“Una pobre anciana como yo no tiene mucho con que cocinar. Estos bollos no son más que maicena amasada con agua. Es todo lo que tengo para comer, tanto en invierno como en verano”.

“Vaya”, dijo la emperatriz para sus adentros, “estos pobres sí saben lo que es vivir, todo el año gozan de estos exquisitos bollos y yo, la emperatriz, ¡sin haberlos probado hasta ahora! En cuanto vuelva a palacio, me van a oír los inútiles de mis cocineros”.

Antes de marchar, la emperatriz quiso donar una recompensa a la anciana, pero recordó que no llevaba consigo dinero ni joyas. Pasándose la mano por el pelo, encontró una horquilla de oro.

“Tenga señora, acepte este pequeño regalo en agradecimiento por su hospitalidad”.

Sorprendida ante el inesperado y generoso pago, la anciana correspondió al gesto de la emperatriz con una sonrisa emaciada y agradecidas palabras: “Gracias querida, pero no puedo aceptar un obsequio tan valioso. Mejor quédatelo. Nosotros, los pobres, no somos avariciosos. Aunque me falte para mi sustento, yo nunca le negaría un bocado a un transeúnte en apuros. No me pagues con oro ni con plata, pero si confías en mí, dime quién eres”.

“¿Cómo?” pensó Cixi, “Pese a su miseria, esta vieja prefiere la verdad al oro. ¿Por qué querrá saber quién soy? No puedo arriesgarme a desvelarle mi identidad”.

“Soy sólo una mujer en apuros”. Sin más explicaciones ni moratorias, se despidió de la anciana y desapareció con su secreto en el silencio de la noche.

Mientras esto sucedía, las fuerzas aliadas habían tomado Pekín y sofocado la rebelión de los boxeadores. El tratado de Shimonoseki puso fin a las hostilidades, a cambio de numerosas concesiones por parte de los conservadores manchús. La misma emperatriz Cixi, tras su regreso a la corte, se vio forzada a doblegar su voluntad y ejecutar reformas de espíritu capitalista, contra las que tan virulentamente se había opuesto en el pasado.

Si bien la emperatriz perdió poder en la esfera pública, no así en la privada. Más que nunca, los cocineros palaciegos se afanaban por complacer los deseos de su Majestad. Pero todos sus esfuerzos eran vanos. La emperatriz, cada día más exigente, devolvía los platos a cocina sin apenas dignarse a mirarlos. Nada le parecía comparable a aquellos bollos dorados que había probado durante su fuga, y se lamentaba de la incompetencia de sus cocineros para reproducirlos.

Tras numerosos fracasos, por fin uno de los cocineros dio con el ingrediente secreto de los bollos dorados: “Claro, ¿cómo no nos dimos cuenta antes? ¡La clave de los bollos está en el hambre! El empachado come con desgana y nada le está bueno. Sin embargo, al que tiene hambre, un mendrugo seco le sabe a miel”.
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Así pues, el cocinero avispado mandó dar el siguiente recado a la emperatriz: “Alteza, este humilde súbdito posee la receta de los bollos dorados, que le ha sido transmitida por un sabio monje de las montañas. Estos bollos tienen poderes mágicos, pues aumentan la longevidad del que los prueba. Sin embargo, para que sus poderes surtan efecto, es preciso prepararse para recibirlos, meditando en ayunas durante todo un día”.
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Entusiasmada ante la prometedora noticia, la emperatriz ordenó a sus eunucos que dispusieran un lugar tranquilo en el jardín donde meditar sin ser molestada, mientras el cocinero preparaba sus bollos.


.........................................................................................El famoso puente de los 17 arcos, en el Lago Kunming

Así pues, desde los primeros rayos del amanecer hasta los de la puesta de sol, la emperatriz permaneció en ayunas. Cada hora transcurrida era un suplicio, pronto los gruñidos de su estómago vacío se transformaron en rugidos que le impedían meditar. Se le hacía la boca agua imaginando el dulce aroma de los bollos humeantes, tan vívido era su recuerdo que casi podía saborearlos.

Con los últimos rayos del atardecer, la emperatriz fue servida su ansiada bandeja de aromáticos bollitos dorados, de forma cónica y del tamaño de una almendra. La emperatriz mordió un primer bollo, suave, esponjoso y fragrante. Acto seguido, cogió un puñado y se los llevó a la boca, devorándolos con gula, mientras exclamaba:

“¡Éstos, sí, éstos son los bollos que probé mientras huía del peligro! ¡Por fin he vuelto a degustar el exquisito manjar de los pobres, que durante tantos años se me había ocultado! ¿Quién dice que el populacho vive en penuria? ¡Los bollos de la anciana eran mucho más grandes que los míos!”.


Nota: el restaurante Fangshan, en el parque Beihai, durante décadas sirvió de cocina imperial a la dinastía Chin. Los bollitos dorados de la emperatriz, llamados “wowotou”, todavía hoy pueden comprarse allí.

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La emperatriz Cixi, durante sus últimos años en el poder, se vio obligada a realizar reformas sociales que marcarían el fin de la era imperial. Esta foto de la emperatriz fue tomada en 1903, cinco años antes de su fallecimiento.

(Escrito por ella desde las Tres Gargantas del río Yangtzé, provincia de Hubei, China, 29/09/07)

19 septiembre, 2007

La Ciudad y la Plaza Prohibidas

Dos de los lugares que uno no puede dejar de visitar en Beijing se encuentran, afortunadamente en una urbe de gigantescas proporciones que cuenta con mas de 14 millones de habitantes, muy cerca el uno del otro. Se trata de la Plaza de Tiananamen y de la Ciudad Prohibida.

La segunda, es un refugio de exclusividad imperial, con un acceso vedado durante siglos a los extranjeros y a la mayor parte de los chinos. En esta jaula dorada residieron los sucesivos monarcas que decidían (o eran utilizados para decidir) el destino del país. Emperadores de las dinastías Quing y Ming no abandonaban el gigantesco recinto salvo que no tuvieran más remedio y eso no ocurría demasiado a menudo, pues la Imperial Voluntad era casi todopoderosa.

El acceso a través de las dos primeras puertas es gratuito pero no hay nada que ver aparte de puestos de venta de recuerdos y bebidas. Traspasar la tercera, y entrar en el grueso del conjunto que alberga el mayor y mejor preservado grupo de edificios antiguos en China, tiene un precio claro, 60 yuanes. Si queréis contar con una audio-guía, su alquiler son 40 yuanes, dejando 100 de deposito.


Ni una hora, ni una mañana. Explorar la Ciudad Prohibida puede ser cosa de un día completo o, según el nivel de resistencia física y de soporte de desgaste intelectual (porque incluso la belleza, cuando es monótona, abundante y repetida puede llegar a aburrir), de varias jornadas. Una vez comprada la entrada y franqueado el paso a través de la Puerta del Meridiano, cruzamos el Arroyo Dorado (un canal de agua con forma de arco mongol y sobre el que se proyectan cinco puentes de mármol) y nos dirigimos a la Puerta de la Suprema Armonía. Al otro lado se nos presenta una enorme explanada que llegaba a albergar a decenas de miles de personas durante las audiencias imperiales. Si continuamos el recorrido linealmente, atravesando las distintas puertas, habremos visto las salas más importantes pero éstas solo representan un tercio del volúmen de las construcciones del recinto.

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A ambos lados de nuestra ruta principal, encontraremos un laberíntico complejo de edificios de proporciones más modestas que en su día albergaron bibliotecas, templos, residencias, teatros, jardines e incluso la pista de tenis de Pu Yi, El Último Emperador. Hoy en día albergan exposiciones, permanentes unas, temporales otras, que muestran desde armaduras hasta restos de piezas de cerámica. Yo he encontrado estas zonas, alejadas del grueso de la horda de turistas pero no por ello completamente solitarias, más placentera de recorrer y con más rincones que invitaban a sentarse en un banco y disfrutar de un merecido descanso. Dejando aparte un larguísimo muro interior que las separa de la zona principal, a mí me ha recordado al Monasterio de Santa Catalina, en Arequipa (Perú), por el trazado interior de sus callejuelas y que en cada recoveco puedas encontrar un rincón en el que disfrutar contemplando la belleza sencilla de un juego de luces y sombras o admirar su simplicidad estructural (en lo que no se parecen es que el Monasterio es un conjunto policromático - con unas viviendas de paredes azules, otras residencias verdes o rojas y plantas con flores de múltiples colores - mientras que la Ciudad Prohibida es monocromática, con el color rojo como el único presente en techos y paredes, punteado sólo por dorados detalles en sus puertas y dejando un pequeño respiro de azules y dorados en forma de decoración en algunas vigas y cerca de los techos).



Desandando mi sinuoso camino, abandono la Ciudad Prohibida saliendo por el acceso que está bajo el enorme retrato que todos conocéis y voy paseando, por un acceso peatonal subterraneo, los pocos metros que me separan de la Plaza de Tiananmen. Mao concibió la estructura actual de la misma como un medio para proyectar la enormidad del Partido Comunista, en un estilo grandioso y con reminiscencias imperiales, para darle un toque de tradicional sumisión y obediencia. Durante la Revolución Cultural, desfiles de hasta un millón de camaradas tuvieron lugar aquí, a los pies del Gran Timonel, con su conocido uniforme verde y un brazalete de la Guardia Roja. Otras tantas personas se congregaron en el mismo sitio, en 1976, para rendirle homenaje tras su muerte. Y en 1989 las brutales imágenes de lo que aquí ocurrió fueron portada de los periódicos en todo el mundo. Una manifestación pacífica de estudiantes fue reprimida por el Ejército usando, entre otros medios, carros de combate. No se sabe con certeza cuantos pagaron con sangre la osadía de querer ser libres, pero la represión consiguiente costó miles de vidas.

En un extremo de Tiananmen se encuentra la entrada a la Ciudad Prohibida, con el retrato de Mao colgando sobre la principal arcada, la que era uso exclusivo del emperador y por donde yo he salido del recinto. En medio de la plaza, el Monumento a los Héroes del Pueblo, un obelisco de estilo también grandioso y soviético, detrás el mausoleo de Mao (que durante mi estancia en Beijing se encontraba en obras y el camarada no recibiría más visitas hasta el 20 de Septiembre) y detrás de este, en linea y separadas ambas por una carretera, dos reconstruidas y altas puertas de una ya desaparecida muralla. El kilómetro 0 de las autopistas chinas e
stá precisamente a los pies de una de ellas.

Acabo de fotografiarlo y pasar bajo el arco (donde la gente se refugia masivamente del sol, sin distinción entre pequineses, turistas y policías) cuando hay un tumulto. Un hombre con un traje blanco se ha subido al muro, a unos treinta metros de altura. Grita algo en chino, extiende el brazo derecho y empiezan a revolotear ociosamente un puñado de octavillas. En unos segundos, la policía hace acto de presencia, las recoge y solo un par de ellas no caen en sus manos. Un centenar de turistas, con media docena de extranjeros, nos congregamos a los pies del desconocido. Naturalmente, le hago fotos.


Como en una escena de película o sacada del día a día de rodar en zonas conflictivas del mundo, se me acerca un policía uniformado de verde y me tapa el objetivo con la mano sin miramientos. Yo bajo la cámara y él se da la vuelta. Aprovecho que se aleja y vuelvo a hacer fotos pero no me ha quitado el ojo de encima así que vuelve a acercarse al ver que hago caso omiso de su no pronunciada orden. Yo retrocedo unos pasos dócilmente, pongo buena cara pero sin sonreír y extiendo los brazos paralelos al cuerpo, con la cámara apuntando al suelo, en un gesto del que no tiene nada que esconder. Parece que se da por satisfecho y se vuelve a marchar. Es el momento de apagar la cámara, apartarse un poco de la acción (como me aconseja con gestos una vendedora de botellas de agua) y dejar que la policía haga lo que previsiblemente va a hacer, detener al ¿infractor?.

Algo ha estallado dentro de mi cerebro. No se quien es el hombre de blanco ni que es lo que reclama (¿democracia? ¿libertad de expresión? ¿que el Ejercito Chino y el Partido Comunista abandonen el Tibet y cese la política de genocidio cultural?) pero quiero volver a fotografiarlo, quiero captar la imagen de quien se atreve a desafiar un sistema cruel y corrupto, viviendo rodeado de su hediondez. El título oficial de las fuerzas armadas chinas es ''Ejercito de Liberación del Pueblo'' pero a los chinos solo los liberan de la carga de pensar por si mismos y de tomar decisiones en libertad. Hipócrita y criminalmente, una minoría asentada en el trono dorado, amparados por Marx y Lenin, usando la figura de Mao y el nacionalismo, tiene a sus pies a mil millones de esclavos. Eso no es justo. En esta vida hay muchos tonos de gris y pocas cosas que sean solo blancas o negras. Pero el gobierno de China y su doble rasero son color ala de cuervo.

Como si yo no me hubiera enterado de nada, levanto la cámara para una foto más. El policía vuelve, acompañado de una colega de azul uniforme, y ella, con cara
de pocos amigos, me dice ''No pictures''.

Y entonces por fin me asalta la cordura y el razonamiento de que yo no soy ningún periodista ni tengo inmunidad diplomática y que esto, como Cuba o Corea del Norte, es un País Comunista, que si rascas la superficie (como yo estaba haciendo) encuentras la paranoia y actitudes fascistas que imperan desde que Lenin empezó a leer y que no tengo ganas de que mi cámara acabe en una comisaría china. Sobre todo, conmigo al otro lado de la correa. Así que me retiro para sacar fotos desde mas lejos.


Nunca sabré contra qué protestaba el hombre de blanco porque no habrá ningún articulo en los periódicos o mención en los programas de noticias. La ultima vez que le veo es cuando nueve uniformes del miedo le conducen a un coche de policía.



Nota: Recientemente los medios de comunicación se hicieron eco masivo de la retirada de juguetes, fabricados en China, de los mercados de varios países porque su pintura contenía plomo. No es un caso aislado. Varias personas me han comentado ya otros escándalos que reflejan la falta de escrúpulos, la corrupción, el favoritismo y el culto al dinero (bajo el paraguas de Marx para los dirigentes del Partido) que son endémicos en el país. Una dictadura con un barniz de ideología que justifica y ampara desigualdades como las que no hay en ningún país del criticado y demonizado Occidente.


Una serie de muertes por malnutrición llevo a descubrir que una fabrica de comida para bebes estaba distribuyendo un producto que carecía de valor nutricional alguno. Los pequeños eran alimentados con diligencia y regularidad por sus madres pero ellos, literalmente, se morían de hambre.


En el afán por dar cobijo a una población siempre creciente, la carrera por construir viviendas e infraestructuras tiene un perdedor claro, la seguridad. A veces los constructores usan cemento de baja calidad que convierten la probabilidad de un derrumbamiento en una certeza, siendo la única duda el número de años que tardará en producirse. Hace unas semanas, un puente nuevo se derrumbaba unos días antes de su inauguración mientras se retiraban los correspondientes andamios.

Lo peor del capitalismo y lo peor del comunismo imperan aquí, soportados por la tradicional estoicidad y vida sencilla de mucha gente, auqnue el descontento es patente en los campos.

He visto gente tocando la guitarra en el interior del metro. Hay pobres mendigando en las estaciones y los vagones. En todas partes verás a alguien apostado cerca de una papelera dispuesto a coger la botella de plástico que tú vas a tirar. La juntará con otras y las venderá después, ganando así un magro dinero. En los pasadizos peatonales subterráneos, hay gente que pasa la noche tumbada sobre unos cartones en el suelo por carecer de vivienda. Si estás enfermo y no tienes dinero, estás condenado a muerte, pero rodar una película propagandística (que no un documental) sobre esa tragedia no hace crecer aún más la cuenta corriente, el ego ni el diámetro de la barriga a nadie.


(Escrito por el desde Beijing, China, el 29 de agosto de 2007)

La cabeza que todo lo ve

El tren llega a Beijing y yo soy de los últimos en salir, para poder maniobrar con tranquilidad mi abultada mochila. Me lo dijo otro pasajero y me lo recuerda la azafata de mi vagón: no he de olvidar mi billete, pues me lo pedirán para poder salir de la estación, que me parece un caos de gente. La plaza enfrente de la misma es incluso peor pues pese a que aún no han dado las siete y media de la mañana, el calor ya es pegajoso y las multitudes que vagan a mi alrededor se me antojan agobiantes. Puede ser la primera y llena de prejuicios opinión sobre esta ciudad de quien se ha pasado las ultimas doce horas con solo otras tres personas y ahora comparte un metro cuadrado con el doble de gente.

Esquivando a los que combaten el calor subiéndose la camiseta hasta el pecho (y no son precisamente culturistas), busco el símbolo blanco sobre fondo azul y al cabo de unos segundos lo diviso al otro lado de la calle, y bajo él veo la parada del metro, enfrente de – pero sin comunicación directa con – la mas populosa, frecuentada y activa estación de tren del país. Para acceder al sistema de metro de solo tres lineas (y otras tantas en construcción) los billetes son de papel (aunque ahora están introduciendo un sistema de tarjeta plástica recargable, como la Optus de Hong Kong) y el precio es de 3 yuanes, independientemente del destino. Hay algunos carteles en inglés (para las taquillas, las entradas y salidas, la prohibición de fumar o de introducir explosivos...) y en cada andén se indica cuál es la siguiente parada en ese sentido, además de un cartel con la ruta completa. Parece que se están esforzando en prepararse para los JJOO y eso incluye que, contraviniendo milenarias tradiciones, empiezan a educar a sus compatriotas sobre como han de dejar salir a la gente del vagón del metro antes de que entren ellos (el mensaje se refuerza con la presencia de guardias de seguridad que con su boina y uniforme azul marino aseguran el orden frente a las puertas). En el exterior hay ya en algunas zonas carpas ambulantes de voluntarios para traducciones in situ. Lo que me sigue chocando, aquí como en Shanghai y en todo el país, es que haya señores con pantalón corto (de lo que sea, eso incluye ropa deportiva) y zapatos. Y calcetines blancos. Porque el calzado importa y da ese toque de seriedad y clase que todos buscamos, incluso con un polo Lacoste (falso) y unos pantalones de deporte Adidas.

Sólo cuatro paradas mas tarde me bajo en Dongzhimen, donde tengo una mejor perspectiva del cielo blanco de la ciudad, y allí (tras comprar una tarjeta telefónica para llamar a Stefi y confirmarle que estoy de camino) paro un taxi a cuyo conductor (encerrado en una cabina blindada) dejo estupefacto cuando, para mostrarle la dirección a la que deseo ir, le enseño en mi cámara una foto que le tome al plano enviado por Stefi. Reíros, reíros, pero intentad pronunciar San Yuan Da Sha, San Yuan Quiao, Guo Zhan Lu Kou You Guai, UHN Guo Ji Chun, Shu Guang Li...teniendo en cuenta que la entonación es la clave del mandarín y la misma palabra pronunciada de manera distinta tiene significados dispares. ‭¿‬Cómo le pediríais al camarero una botella de cerveza ''Tsing Tao'', si es lo que os apetece para acompañar vuestra comida? Pues el pobre hombre no os va a entender si lo que sale de vuestros labios no es algo similar a ''Chin Daou''. El conductor no habla ni una palabra de inglés, y eso será una constante en mis diarias experiencias con los de su gremio. A los taxistas les falta mucho por aprender, porque sin hablar inglés esta ciudad será un caos dentro de 353 días. Como más tarde me diría Stefi, ''los estadios estarán listos pero nadie podrá llegar a ellos''.

Por si acaso, al cabo de un rato de viaje, pongo en marcha el Plan B. Otra vez mi anonadado amigo tendrá una historia original que contar a sus compañeros mientras se echan un cigarrillo y comparten una taza de te de sus termos (con una tapa en la que juegan con las imágenes como en los brillantes cromos de mi infancia: según el ángulo con que la mires puedes ver las torres gemelas o una mezquita, la Ópera de Sidney o el Taj Mahal). Les podrá contar la anécdota del turista que saco su portátil y como fondo de pantalla tenía unas instrucciones, en chino e inglés, con un detallado plano a mano alzada para llegar a su destino.

Pero funciona. Al cabo de unos quince minutos llego a un vallado conjunto de edificios con cuatro guardias de seguridad en la puerta principal, en un puesto de control y enfrente del mismo, que me dirigen al bloque correspondiente. En cada portal hay una chica joven que franquea el paso a los inquilinos. Excepto a mí, claro, a quien no conoce. Llamo al portero automático pero no funciona y Stefi baja a abrirme. Ahora que la chica que ejerce de portera nos ha visto juntos, en lo sucesivo cada vez que me acerque al portal sera ella quien me abra sin que yo tenga que hacer ni siquiera el gesto de sacar la tarjeta que realiza la apertura automática.

Como no quiero caerme dormido y perder el día (son solo las...nueve y media de la mañana!), Stefi va a llevarme de paseo por Beijing. Compramos varios billetes de metro pues no caducan y son validos en cualquier trayecto así que te evitas las colas en la taquilla en hora punta. La primera parada es una calle peatonal en la que los nombres de los comercios inducirían a confusión al nada benigno Mao si este levantara la momificada cabeza en su pétreo mausoleo. KFC, McDonalds, Adidas, Nike, Rolex, Benetton...lo único que le queda de comunista a este país (como a Vietnam o Laos) es el nombre, el Partido aferrado al poder, y el control sobre sus ciudadanos, a los que privan de libertad de movimiento y expresión entre otras muchas y nada banales cosas. Cerca de esa calle hay un pequeño mercado nocturno que en realidad es frecuentado por turistas a todas horas. Si quieres un pincho de escorpiones o caballitos de mar, este es el lugar adecuado.


Me prometí a mi mismo que no me compraría nada en China hasta pocos días antes de abandonar el país, así que ya me he comprado algo. Si para los nazis su Libro Sagrado era ''Mein Kampf'', para los chinos es el pequeño Libro Rojo que tengo en mi bolsillo con citas de mensajes de Mao. Y en español. Me pedían originalmente 85 yuanes pero la regla aproximada (porque depende del producto y de la ubicación) es conseguir 1/3 del precio de salida y de esa manera, ni se tima al comprador ni se sangra al vendedor. Dos minutos y tres intentos por mi parte de abandonar el puesto callejero mas tarde, el precio que ambos acordábamos eran unos razonables 30 yuanes (aunque sospecho que pagué el doble de lo que deberia). Después Stefi me lleva (siempre en Metro, ésta es una gigantesca metrópolis donde no se puede ir andando a ningún sitio porque nada esta cerca) a la Plaza de Tiananmen, y, enfrente de ésta, el acceso a la imperial Ciudad Prohibida. Como una anacrónica reliquia de otros tiempos, un retrato del fallecido dictador despide sonriente a los que salen por la Puerta Norte. Me hago la inevitable foto con Mao a mis espaldas, compartiendo ese gesto con algunos turistas y muchos, muchísimos, chinos. Después cruzamos el paso subterráneo y salimos a un triste y maquillado símbolo de la libertad oprimida, la Plaza de Tiananmen.



Nota: El viaje desde Shanghai a la capital del Imperio es más cómodo que el tramo anterior, desde Hong Kong. Son cuatro las literas en lugar de seis en cada compartimento. Y la de arriba está a una altura que sería negociable incluso para un enano pequeño. Hay dos almohadas en lugar de una. Hay puerta corredera, con espejo en el lado interior. Las luces de lectura pueden encenderse en cualquier momento, sin que haya que esperar a que se apaguen las del techo. A la altura de la cabeza, encontramos una redecilla para depositar objetos y una percha(!) forrada de tela. Hay zapatillas gratis. Y cepillo de dientes. La jarra de agua caliente me parece más elegante. Y, desde esta altura, la mesita debe tener el doble de tamaño que en los vagones de esos que viajan con mochila y sin recursos. El uniforme de las azafatas es también distinto, aunque no sean más guapas. Se sustituye el pantalón azul marino y la camisa azul claro de revisor de RENFE por una falda gris, blusa blanca y chaleco granate, como camareras de cafetería. No hay minúsculas mesas en el pasillo y los asientos plegables son menos en número y más grandes en tamano. La temperatura en el interior del compartimento y el volumen de los altavoces (menos mal que ahora están poniendo música pop china en lugar de las noticias con fondo de marcha militar de antes) son ajustables por el usuario.

En los vagones de ricos también se fuma. Y el humo también llega a todas partes. Hay que joderse con el respeto a los demás. Con la inestimable
ayuda del ocupante de la litera de al lado (menos mal que ha ejercido de traductor) la camarera acaba de venderme un desayuno chino para mañana (me encontraré con que es una especie de sopa de arroz, un huevo duro, una mezcla de judías, guisantes y verdura, dos bollos dulces blancos, uno de ellos relleno, todo por 10 CNY). Hay que ser osado para desayunar como un chino, porque lo que he contado que traía la bandeja no lo he sabido hasta la mañana siguiente) que me traerá a las seis y media de la mañana, como un señor. Si no fuera por la hora, claro. El vagón restaurante estaba lleno de gente así que volví al compartimento y me venció el sueño a eso de las nueve. Si en el Hong Kong – Shanghai hubo una pareja que se levantó varias veces por la noche a mirar por la ventanilla del pasillo (!), aquí me ha tocado un señor aparentemente sexagenario que se ha levantado no menos de tres veces para ir al baño (por cierto, este si era de estilo occidental, pues tenia taza) y a prepararse un te. Debía estar acostumbrado a levantarse con el sol, porque se puso a desayunar a las cinco y media de la mañana.


Panorámica del vagón restaurante antes de que se me acercara la camarera y me impidiera, eso sí, con sonrisas, hacer una segunda foto.

(Escrito por él desde Beijing, China, el 28 de agosto de 2007 porque con un ataque de diarrea que me durará una semana, aquí no hay quien duerma)