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21 enero, 2008

El último Sling

El último mes de mi viaje ha sido como una cuenta atrás, cada segundo acompañado de un recuerdo y una despedida. En un breve peregrinaje por mis rincones preferidos de Asia, he vuelto a recorrer, en orden inverso, los lugares que hace ya casi un año descubriera junto a Él.

Primero, Bangkok; luego, Chiang Mai, con una breve escala en Sukhothai; Luang Prabang, donde dimos la bienvenida al año nuevo laosiano; Siem Reap, donde esperamos un amanecer delante del milenario templo de Angkor; Koh Lipe, donde José se sumergió en el mar y yo en mí misma. Mi pequeña trayectoria circular concluye en Bangkok, donde hace cinco días, me reuní nuevamente con mi compañero de aventuras, recién regresado de Birmania.

Ayer, en Singapur, nos tomamos el último Sling. Nada menos que en el Raffles (el “Ruffles”, como lo llamamos nosotros), uno de los más prestigiosos y legendarios hoteles del sudeste asiático. Un año antes, nos habíamos conformado con tomarnos unas fotos en el patio, mientras turistas más adinerados se tomaban sus cócteles sentados en la barra del atrio. Esta vez, en cambio, veníamos decididos a brindar también nosotros, como diría el Junior, “throwing the house out of the window!” (21 dólares singapurenses por sling, 32 si te quieres quedar el vaso de recuerdo, más un 7% de recargo y un 10% de propina obligatoria, total: un auténtico atraco – por supuesto que nosotros, como recuerdo, con un par de posavasos ya nos dimos por sobrados).

Y ahora, exactamente un año después del comienzo de nuestro viaje, henos aquí, a más de 11.000 metros de altitud, encapsulados en un Boeing 747 de la British Airways. A mi izquierda, una rubia despampanante mira “Cuatro bodas y un funeral”. A mi derecha, el hombre del antifaz duerme para no pensar. Y ante mí, en mi pantallita individual, leo que ya sólo nos quedan dos horas para aterrizar en Londres, donde José y yo volveremos a separarnos. Él saldrá disparado para no perder su conexión a Dublín, mientras yo me quedaré matando horas en la Terminal 2 de Heathrow, a la espera de mi vuelo a Valencia.

Llevamos un par de días repitiéndonos como discos rallados: qué rápido se nos ha pasado el año, parece que fue ayer, no quiero que termine el viaje, qué duro es volver, quién iba a decirnos que esto nos iba a costar tanto... Hace cosa de seis meses, en un ataque de nostalgia, nos pusimos a hacer elenco de todas las pequeñas cosas con las que íbamos a regocijarnos de vuelta a casa. He de confesar que el órgano de la morriña no es el corazón, sino el estómago, por lo que en los primeros puestos de nuestra lista figuraban la fabada (para él) y la paella (para mí). Sin embargo, ahora que ya se nos acerca la hora de ponernos las botas con las delicias culinarias de nuestras respectivas mamás, ni poniéndonos delante una tortilla de patata lograríamos sacudirnos estas caras de sepultureros.

Como le decía ayer a José, me siento como el hombre de la cueva platónica que, temporalmente liberado de sus ataduras, ha salido a respirar el aire exterior y a mirar el mundo bajo la luz del Sol. Y ahora, después de un año de libertad, se le pide que regrese a la penumbra de su cueva, donde sólo podrá ver las sombras de objetos proyectadas en la pared. Así como él, durante un año entero, nosotros hemos probado la miel de una vida sin obligaciones y sin apenas restricciones, y ahora, muy a pesar nuestro, hemos de volver a una realidad hecha de horarios forzados, de términos impuestos, de objetivos ajenos y de mínimos momentos de libertad condicionada.

Por supuesto, soy consciente de que no tengo ningún derecho a quejarme. Al contrario, he de estar muy agradecida por la suerte extraordinaria que ha sido el poder realizar este sueño. Como dijera el multimillonario Warren Buffett, dirigiéndose a un aula de estudiantes de la Universidad de Nebraska: “We´ve had a lucky ticket” (nos ha tocado un billete afortunado) y continuaba diciendo, “Our ticket says White” (nuestro billete dice Blanco), “our ticket says Intelligent” (nuestro billete dice Inteligente).

Me atrevo a decir que, aunque más humildemente, a nosotros también nos ha tocado un billete afortunado. Hemos tenido el privilegio de nacer en países desarrollados, de recibir una educación, de conseguir buenos trabajos, de gozar de un buen nivel de vida, de prosperar y ahorrar sin excesivas privaciones, de permitirnos renunciar a nuestros empleos por un tiempo, de tener unos pasaportes y de que nadie nos impidiera usarlos.

Para muchos, lo que hemos vivido es una utopía, un sueño inasequible. Ahora mismo, no estoy ni tan siquiera pensando en el campesino birmano, el mendigo tibetano o la niña camboyana que se gana la vida en un vertedero de basuras, sino en el aburguesado taxista singapurense que anteayer nos conducía del aeropuerto a nuestro hotel. Nos comentaba que aunque a él también le encantaría viajar como nosotros, durante todo un año, eso es algo completamente inimaginable para él. Todos los días, salvo domingos, tiene que conducir su taxi desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde: “This is the asian life” (ésta es la vida asiática), nos decía con un tono mixto de aceptación resignada.

Así que tendremos que hacernos al ánimo nosotros también y aceptar nuestros destinos con alegría, sacando partido de los placeres más simples y sutiles de esta vida, sin dar nada por descontado y apreciando todo lo que tenemos.

Brindemos por un feliz regreso a nuestra “european life” y… ¡por nuevos comienzos!

José y yo, brindando en el bar terraza del Raffles Hotel. Más que un último sling, quiero pensar que éste será el primero de muchos (en esto estoy segura de que el Juni discrepará conmigo, ¡sobre todo si ha de ser él quien pague de nuevo la cuenta!).

(Escrito por ella desde el cielo, en algún punto entre Moscú y Londres, 21/01/08)

28 febrero, 2007

McDonald

¿Os acordáis de McDonald? No Ronald, sino Eng. Mi profesor de cocina de Singapur, hace ya un mes.

Parece mentira cómo pasa el tiempo. Ayer, en el autobús que nos traía desde Bangkok hasta Kanchanaburi, le hacía esta pregunta a José: "José, ¿te puedo hacer una pregunta?" (Pregunta preámbulo, que durante unos segundos tiene al Junior desubicado y en estado de alarma, como niño que presiente no tener pie en la piscina y busca desesperadamente algo a lo que asirse) "Llevamos viajando un mes, ¿cómo se te ha pasado el tiempo?" (Uf, falsa alarma, mi niño vuelve a sentirse a salvo) Contesta como el rayo: "Volando".

Pues sí, como se nos pasen los diez meses restantes así de rápidos, dentro de nada ya estamos en casa… aunque, la verdad, yo firmaría para que esos diez meses sean tan buenos como el que acaba de escapársenos. En un mes que llevamos trajinando, todavía no hemos tenido una intoxicación alimenticia, todavía no nos hemos puesto realmente malitos (no nos ha picado el mosquito tse-tsé, ni hemos pillado la dengue), el Junior todavía no se ha mareado en el autobús (ni en el ferri, ni en el barco, ni en el taxi), todavía no nos hemos tirado los trastos a la cabeza, todavía no hemos perdido nada, todavía no nos han robado y, si nos han timado, todavía no nos hemos dado cuenta. Como diría Borat, "great success".

Bueno, volvamos al McDonald, a ver si al menos puedo cumplir una de mis dos promesas. La primera, os la hice desde Melaka, y consistía en contaros mis experiencias culinarias en Singapur. La segunda, desde Koh Lipeh, en que este texto sería corto. Pues venga, a cortar el rollo.

A las ocho de la mañana empezaba el cursillo en la academia "Sun-Rice", en el Fort Canning Centre. Este sitio no me quedaba precisamente cerca del hostal, así que me pillé un autobús y sólo llegué un par de minutos tarde. Ya estaban todos mis compañeros esperándome: dos señoras muy británicas (amantes del té y de la botánica), un matrimonio de abogados americanos afincados en Micronesia y Alison, una chica del Bronx que ahora vive en Corea y que fue mi pareja durante las prácticas.

McDonald Eng nos ofreció unos paraguas para que le siguiésemos por el jardín de especias. La lluvia me resulta familiar y refrescante, con lo que el pequeño paseo se me hizo aún más grato. Las británicas también estaban encantadísimas, todo les parecía "requetelovely" e hicieron muchas fotos del jardín. Eng nos deleitó con sus conocimientos sobre plantas y especias. ¿Sabéis de qué color es la planta del curry? Si vuestra respuesta ha sido amarilla, roja o azul, por favor leed la respuesta correcta a pie de página.

Después del paseo y de un pequeño tentempié, nos sentamos a observar las demostraciones del chef. En poco más de media hora consiguió cocinar cinco platos, a la par que dar explicaciones y contestar a nuestras muchas preguntas, todo ello sin perder la sonrisa. Qué ejemplo de autocontrol.

"McDonald", se lanza una inglesa, "en mi país no es fácil encontrar hojas de bananero, ¿qué podríamos utilizar instead?".

"Bueno, si no tenel hoja de bananelo, puede usal papel de cocina".

Arremete dos segundos más tarde, "McDonald, ¿podemos usar jengibre en lugar del galangal? En mi país, no tenemos galangal".

"Sí, jengible está bien, no como galangal, pelo palecido".

"McDonald, creo que tampoco encontraremos esta clase de nueces en nuestro país…"

"Bien, nueces no muy impoltantes, puede usal almendlas y no se nota nada".

"McDonald, ¿y qué podemos usar para reemplazar las hojas de laksa?".

"Señola", suspiró, "si usted no tiene hojas de laksa, no podel cocinal Laksa".
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Ya no le hicimos más preguntas al bueno de Eng. Aunque el hombre seguía sonriendo, intuimos que nos habíamos pasado de la raya. Lo de las hojitas de laksa equivaldría a preguntarle al Arguiñano que cómo se pueden hacer los pimientos del piquillo sin pimientos.

Después de las demostraciones, nos tocó el turno de echar manos a la masa. En pocos minutos, realizamos un menú completo: entrada, plato principal y postre. El señor McDonald hacía lo posible por supervisarnos, pero esta tarea se le iba un poco de las manos. Y es que el abogado, único varón de la clase, dio mucha guerra: no sólo logró echarle sal al postre (y eso que teníamos todos los ingredientes ya preparados en su justa medida y envueltos en bolsitas individuales), sino que también se las ingenió para incendiar su hornillo. Sospecho que, de manera más o menos inconsciente, pretendía enviar un mensaje subliminal a su esposa. La abogada no dio muestras de asombro.

Tras apagar el incendio y acompañarnos durante la comida (sí, sí, el americano se tuvo que comer su postre salado), McDonald Eng nos entregó nuestros diplomas y se despidió de nosotros con su imborrable sonrisa. Ésta debía de ser genuina, de puro alivio al deshacerse de nosotros...

Colorín colorado, este cuento se ha acabado.


Solución: ¿Quién dijo azul? No hombre, no. La planta del curry, como todas las plantas, ¡es verde! El curry en polvo es amarillo, porque está mezclado con otras especias. De hecho, lo que menos lleva es curry.


(Escrito por ella desde Kanchanaburi, Tailandia, 22/02/07)

19 febrero, 2007

Poniéndome al día (II): Singapur y Melaka

"Buenos días, damas y caballeros, les habla el capitán Panengsijhasta. Vamos a proceder a salir del puerto de Georgetown para dirigirnos a la isla de Langkawi. La travesía durará aproximadamente dos horas y media y, durante la misma, les proyectaremos una película. Asimismo, la tripulación les ofrecerá un económico servicio de cabina con el que podrán adquirir refrescos y agua mineral. La temperatura en nuestro destino es de 32 grados centígrados, los cielos están despejados y la humedad relativa es del 87 %. A continuación se les ofrecerá una demostración del uso de los chalecos salvavidas que, para su uso en caso de emergencia, se encuentran situados sobre sus cabezas. Espero que tengan un buen viaje y gracias por elegir a nuestra compañía para su traslado a Langkawi".

Todo lo anterior es pura ficción. Esas cosas no pasan en los ferris que yo he cogido hasta ahora y el de esta mañana no iba a ser una excepción. Pero no entiendo lo del uso de los chalecos salvavidas, si lo explican en los aviones (vamos a ver, ¿quién recuerda algún caso, aunque sea sólo uno, de un amerizaje con éxito? Yo no, sólo recuerdo aviones que se estrellan contra el mar y no sobrevive nadie, con o sin chaleco salvavidas), ¿por qué no lo explican en los barcos? Igual sólo pasa en Malasia, como cuando fuimos en bote a motor a la excursión por los rápidos en Taman Negara (que se supone podría ser peligroso) y los chalecos sólo eran el cojín para hacer más confortable el viaje a nuestras espaldas. Claro que nos cruzamos con botes de otras empresas que hacían el mismo recorrido y éstos sí llevaban turistas con chaleco puesto, no apoyados en él.
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A lo mejor en Singapur hubiera sido distinto y hasta nos los hubiéramos puesto en vez de tenerlos sólo de adorno. De todos modos, después de Sentosa, sólo estuvimos un par de días en esa limpia ciudad. Uno más para que Isa pudiera hacer su curso de cocina (y no preparará los platos que aprendió hasta las Navidades, con la excusa de que estamos de viaje) y para que yo, por fin, me comprara una cámara digital. Y no fue fácil con tanta oferta y sin tener una idea preconcebida de que modelo o fabricante prefería. No me extenderé más que para decir que, al final, ha sido una Samsung NV10, con óptica alemana Schneider-Kreuznach (creo que miraré lo que pone para escribirlo correctamente), de un tamaño apenas mayor que mi estropeada Pentax Optio y más compacta que la Canon de Isa. Además, una batería adicional, una tarjeta de 1 Gb que venía como promoción de la tienda, una funda, una segunda tarjeta de 1Gb como promoción del centro comercial y un vale de S$50 para gastarme en Marks & Spencer (de Singapur, eso sí).

No tiene nada que ver con lo anterior, pero olvidé comentar que los carteles en los transportes públicos están en cuatro idiomas: inglés (la nueva lingua franca mundial ante la pasividad del español), malayo (la que hablan los emigrantes procedentes de ese país, única frontera terrestre con Singapur), mandarín (la de los emigrantes chinos) y tamil (la de los hindúes que residen aquí).
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Al día siguiente de mi compra redonda salimos en dirección a Malasia, donde nuestra primera parada iba a ser Melacca o Malaka, pues la he visto escrita con ambas grafías. A unos cientos de metros de nuestro hostal se encontraba la estación de autobús del que partía el que nos llevaría, cruzando la frontera, a nuestro siguiente destino. El autobús era bastante moderno, los asientos se reclinaban adecuadamente y sólo había tres en cada fila (uno en el lado izquierdo, a continuación el pasillo, y después dos asientos juntos). A mitad del viaje fui a comprobar que junto al pasaporte tuviera el papel que me dieron al entrar en Singapur. Cara de sorpresa: no estaba.

He de aclarar que se trata de una práctica común en Sudamérica, y acabo de descubrir que también en Asia, que además de sellarte el pasaporte rellenes un papel en el que consta el número del mismo, nacionalidad, nombre completo y, según el país, declaración de la cantidad de divisas que introduces o similar. Sellado por duplicado, una parte se la queda la aduana por la que entras en el territorio y la otra has de conservarla durante toda tu estancia y entregarla en el puesto fronterizo por el que abandones el país. Volviendo a entrar en Perú desde Bolivia fui testigo de los problemas que tenía una pareja para cruzar la frontera porque no encontraban el susodicho documento. En los casos más leves se negocia y se paga una multa de (para nosotros) relativamente pequeño importe (hasta USD 50) y se puede cruzar sin más dilación. En otros casos se puede estar tirado varias horas en esa tierra de nadie hasta que el correspondiente ministerio confirme la entrada que no se puede justificar. Y como sea festivo, hora de cerrar o similar, a lo mejor la salida del país se retrasa no horas sino días.

Yo me imaginaba que con lo moderno que era Singapur ("¿he dicho ya lo mucho que me ha gustado su país, señor guardia?") hubiera sido cuestión de unos minutos pero por si acaso, y con los nervios de punta, busqué y rebusqué el susodicho papelito, despertando a una malhumorada Isa varias veces durante el proceso. Piensa, José, piensa, ¿dónde lo habías guardado? Dentro del pasaporte. ¿Y está allí? No. Bien, ¿dónde más puede estar? Ni puñetera idea, coño, ¿no me estás oyendo que no lo encuentro? Además de sordo, idiota. ¿Cuándo fue la última vez que saqué el pasaporte? Pues… ¡en el Centro Comercial! Claro, para que me dieran el vale y la segunda tarjeta de 1 Gb. El dependiente me pidió el pasaporte y lo fotografió. Bien, rebusquemos, factura de la cámara, garantía de la cámara…¡papelito de la aduana de Singapur! Falta una hora para llegar, entregarlo en la aduana de Singapur y que los de la aduana de Malasia me den otro de su país. A dormir un rato.

El autobús para en la frontera pero (recordad esto si vais a hacer este viaje) tenéis que bajar todas las bolsas y pasar vosotros con ellas. No dejéis nada en el autobús. Se han dado casos de turistas que han subido, en el lado malayo, a un autobús de la misma compañía pero que es otro que estaba allí esperando y aquél en el que ellos venían, y que tenía sus maletas, ha vuelto a Singapur. El conductor nos lo advirtió para evitar despistes y, que yo sepa, no se perdió nada.

Por eso me alegré cuando volví a subir al autobús al cruzar la frontera y comprobé que la bolsa de plástico en la que llevaba un par de camisetas de recuerdo y que me había dejado debajo del asiento seguía en el mismo sitio en que la había olvidado.
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Sin más incidencias, entramos en un país que se declara abiertamente musulmán. Si en Europa en cada pueblo hay (o había, porque con esto de querer ser más laicos que un ateo, se reniega alegremente de nuestro pasado y se borran de un plumazo acontecimientos históricos que le hacen perder sentido a la construcción de un continente y una identidad común…José, vuelve al tronco y deja las ramas quietas, por favor), en cada pueblo de Europa, decía, hay una o dos iglesias, aquí, sin complejos, hay una o varias mezquitas, las mujeres llevan (pese al calor) el pelo y el cuello cubiertos con bonitos y coloridos pañuelos y los hombres musulmanes, su tradicional gorrito. El país está compuesto por distintos estados, siguiendo el modelo de USA o Suiza, y cada uno tiene un elevado grado de independencia legislativa, por eso hay zonas en que rigen musulmanes conservadores y otras menos estrictas. Eso sí, en todas partes rige la libertad de culto y chinos, hindúes y malayos conviven cada uno asistiendo a sus respectivos ritos religiosos.
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Desafortunadamente, hay individuos que anteponen la sinrazón y el fanatismo a los valores de la vida humana y elementos terroristas no han faltado entre la población musulmana malaya. Además, tal y como he dicho antes, hay Estados gobernados por partidos musulmanes estrictamente conservadores que aspiran a llegar al poder y convertir a Malasia en un país regido por la ley musulmana, la Sharia, con las nefastas consecuencias que eso tendría para las mujeres, los homosexuales, y los demócratas del país, tal y como se vio en el Afganistán de los talibanes o el actual Irán de los ayatolás.
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Algunas cosas curiosas, relacionadas con la fe musulmana, que se notarán durante el resto del viaje por Malasia: los uniformes de las empleadas musulmanas están adaptados a su religión, con un pañuelo que les cubre pelo y cuello, ya sean taquilleras en un peaje de la autopista, militares, o trabajadoras en el sector de la restauración. En las zonas de descanso de las autopistas aparece una construcción peculiar, la Sura o lugar de oración, para que los creyentes, aun cuando estén en pleno viaje, puedan parar y realizar este acto las seis veces diarias que dicta el Corán. Si la comida de los judíos ha de ser kosher, la de los musulmanes ha de ser conforme al rito halal (la carne ha de proceder de animales que hayan sido completamente desangrados) y este sello lo vamos a encontrar presente desde puestos callejeros hasta en franquicias de restaurantes occidentales de comida rápida, como KFC o McDonalds.

Nuestro destino, Melaka (capital del estado del mismo nombre), está situada al Sur del país, en su costa occidental y ha sido propiedad, por conquistas o por cesión del Sultán, de portugueses, holandeses, británicos y japoneses (durante la II Guerra Mundial), y otra vez británicos, hasta la constitución de la Federación Malaya como país independiente, en 1957. Recordamos la ciudad por dos cosas: los edificios de la plaza son más rojos en las fotografías que en la realidad y allí fue donde contrajimos nuestras primeras enfermedades leves del viaje.

Respecto a lo primero, hay una torre del reloj, la iglesia de Christchurch (originalmente holandesa católica pero más tarde británica protestante) y el impresionante edificio del Stadthuys, antigua residencia del gobernador y ayuntamiento, y que hoy alberga el Museo de Etnografía e Historia (bastante interesante el tour guiado, sobre todo porque era exclusivo para nosotros; además la entrada permitía el acceso a otros museos pero sólo visitamos el del Gobernador del Estado donde disfrutamos a nuestras anchas del aire acondicionado y de ser los únicos visitantes de un edificio en el que no vimos a un solo guía o conserje). En posters turísticos y en guías de viaje los hemos visto con un color rojo chillón, pero en la realidad, el inmisericorde sol lo ha desvaído ligeramente y continuara haciéndolo inexorablemente.

Respecto a lo segundo, ese sol que he mencionado antes junto con el inevitable exceso de sudoración me han provocado una leve dermatitis en la cara superior del antebrazo, en forma de pequeños y molestos (por el picor) puntitos rojos. Isa me ha dicho que eso es relativamente frecuente por estas latitudes y que lo más habitual sea que aparezca en las ingles, donde no hay suficiente ventilación y el sudor no se evapora con facilidad. A ella, lo que le ha afectado es también bastante frecuente, especialmente los primeros días después de aterrizar en Asia y si se sigue una dieta con abundancia de productos locales, con bacterias nunca antes vistas en nuestro organismo: una leve diarrea, incómoda, pero no peligrosa.
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A la hora de escribir esto ya han desaparecido ambas molestias que, sin duda, serán las primeras pero no las últimas. No deja de ser normal que algo no funcione correctamente en nuestros organismos teniendo en cuenta que estamos afrontando un cambio radical en las condiciones de temperatura, humedad ambiente, luminosidad, dieta e ingredientes a los que no estábamos acostumbrados allá en Irlanda.

Por lo demás, recomendable el hostal en que nos alojamos durante tres noches (a 27 RM la habitación, baño y ducha compartidos), el “Eastern Heritage”, a veinte minutos del centro histórico (ya mencionado) y también del bullicioso Chinatown que está presente en cualquier ciudad asiática. Su fachada estaba plagada de motivos chinos aunque el encargado, Mohammed, era musulmán, pero todo en esta ciudad en particular y en Malasia en general, tiene un aire de mezcla de culturas. Como anécdota contaré que pese a haber hecho una reserva “on line” y haber pagado un mínimo depósito, cuando llegamos al hostal a última hora de la tarde, no teníamos habitación (con cama doble) para esa noche y nos metieron, temporalmente, en un pequeño dormitorio con dos camas en la planta de abajo. Al día siguiente nos mudamos a la primera planta a una habitación con amplio techo y espaciosa…y descubrimos que la anterior era la del propio Mohammed. En Asia, la gente intenta sacar dinero hasta debajo de las piedras.
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La ciudad se puede visitar cómodamente en dos días completos, especialmente si la resistencia al calor del viajero, es alta. Se pueden hacer tours por la costa pero hace falta un mínimo de personas para que salga el barco y cuando nosotros estuvimos allí no se dio esa circunstancia. Algo que merece la pena ver es Villa Sentosa, una casa malaya en la que un miembro de la familia ofrece una visita guiada y podemos disfrutar de primera mano de la realidad de la vida para un habitante, de clase media alta, de la costa. También hay una réplica de una Nao portuguesa (en tierra firme) que en su interior ha sido habilitada como museo. Por el precio de la entrada disfrutamos además de acceso al Museo Marítimo (muy interesante), que se encuentra enfrente, y al Museo de la Armada Malaya, al otro lado de la calle. Si no te interesa la marina de guerra, siempre te puedes llevar como recuerdo una fotografía en la cubierta de la patrullera que han anclado permanentemente en el jardín del recinto.
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Después de la tranquilidad de un pequeño pueblo costero que vivió su mayor esplendor hace varios siglos con el comercio de especias con Siam, China e India y que es hoy parte de una ciudad de mediano tamaño, salimos con destino hacia lo que esperábamos una bulliciosa y cosmopolita urbe, la capital del país, Kuala Lumpur.

(Escrito por él en Palau Langkawi, Malasia, el 6 de febrero de 2007)

07 febrero, 2007

Poniéndome al día (I)

A mi izquierda un grupo de jóvenes novicios budistas sonreía afablemente y me miraba con curiosidad. A mi derecha, varios travestís indios apoyados en un coche a la espera de algún cliente me miraban calculando una tarifa. Detrás de mí, apoyadas en la pared, dos enormes mochilas de 80 litros y otras dos más pequeñas de 10 confiaban en mi habilidad para protegerlas a ellas y su contenido de cualquier amenaza real o imaginaria a la que tuvieran que enfrentarse. El taxista había cogido sus ocho “ringgits” y en vista de que no nos interesaba el sitio “bueno, bonito y barato” que nos había mencionado durante el trayecto desde el puerto, se había marchado. Isabel había ido a comprobar el precio y las condiciones de habitabilidad de las habitaciones en un hostal cercano. De noche, recién descendidos del ferri que nos había trasladado a Palau Penang, en medio de un callejón con el ominoso (a la vista de lo que tenía a mi derecha) nombre de Love Lane sólo quería pensar en que de una vez por todas tenía que actualizar el blog.

Así que cuando el calor aprieta afuera y antes de una temprana cena, me pongo manos a la obra…que, probablemente, deje a medias porque Isabel se queja de que en todo el día sólo ha comido cinco rollitos de primavera y dos pasteles indios a medias conmigo. Me mata. Y su madre también. En fin, a las ocho de la mañana cogeremos el ferri para Palau Langkawi y quiero dejar terminado lo de Singapur por lo menos.

En Singapur aterrizamos el lunes de tarde y apenas vimos nada ese día porque para cuando llegamos a nuestro alojamiento, “The Hive Backpackers Hostel”, ya era de noche y todo estaba cerrado (menos, como descubrimos poco después, los puestos de comida y el centro comercial Mustafá, que abre las 24 horas). Sin embargo, una vez desparramado el contenido de nuestras mochilas en la habitación que iba a ser nuestro cobijo del calor (al ingeniero que inventó el aire acondicionado deberían darle, si no lo han hecho ya, el Nobel por lo mucho que ha beneficiado a la Humanidad en general y a los residentes en Asia en particular) decidimos dar una vuelta por las inmediaciones para explorar el vecindario. Descubrimos así que nos encontrábamos en una zona llamada Little India pero que no era exclusiva de esa raza pues también nos encontramos con comercios, calles y habitantes chinos.

Ésa es precisamente una de las cosas que llaman la atención en Singapur, la diversidad de razas que pasean por la calle, unas veces con atuendos occidentales pero muchas más con el traje típico de su etnia. Saris, turbantes, sarongs, vaqueros, faldas de escándalo, pañuelos que tapan pelo y cuello, todos conviven en aparente harmonía en un país en el que sería un tremendo escándalo e impensable una discriminación por razones de raza. Por cierto que según Isa yo estoy adelgazando por el calor, la comida sana y el ejercicio (pasear varias horas al día bajo un sol de justicia) pero, según los sastres de Singapur, yo ya no puedo vestirme en grandes almacenes porque no hacían más que gesticular y animarme a entrar en sus establecimientos con el objetivo de que me hiciera un traje a medida. Lo cual, de necesitarlo para el trabajo y de poder enviarlo a Europa, no sería una tontería, porque tienen unos precios y una calidad que dejan en ridículo las mejores ofertas de El Corte Inglés.

Una cosa que olvidé comentar del MRT es que en las pantallas de las estaciones y andenes, además de los típicos vídeos sobre ceder el asiento a ancianas y demás, también emitían advertencias sobre como reaccionar ante paquetes y actitudes sospechosas. Aparecían imágenes de los tres últimos atentados terroristas que han tenido como objetivo ensañarse con civiles que viajaban en transportes públicos: las bombas de Madrid, las de Londres y las más recientes en India. Insisten mucho en la seguridad, en que no ocurra aquí, y es que no se puede bajar la guardia ni un solo momento, ni en Europa ni en Singapur.

De sus calles impolutas, vibrantes centros comerciales e imponentes rascacielos ya he hablado en un anterior post. Ahora le toca el turno a lo que hicimos, como cualquier “singapurense” que se precie: visitar Sentosa. Es ésta una isla unida a la ciudad-estado-isla principal por un servicio de ferri, de autobús, de teleférico (el sistema que utilizamos nosotros) y de monorraíl. ¿A qué se va de una isla a otra? Bueno, Sentosa es un gigantesco parque temático, con un acuario, varias playas, varios museos, restaurantes de todo tipo, un zoo, atracciones interactivas…no, no es como Port Aventura en estilo asiático, no me hagáis esa comparación.

El principal objetivo para mí en esa isla era lo que la publicidad del acuario alegremente llamaba “Dive with Sharks” y que yo me imaginaba de una manera menos agresiva. Se trataba, en resumen, de media hora de inmersión en un tanque rodeado de habitantes, pacíficos, de las profundidades. Intenté convencer a Isa de que participara de esa experiencia pero pretextando una extraña alergia a la despresurización súbita, se excusó de esa actividad. Cuando llegamos al acuario descubrimos que las instalaciones contaban con una especie de pasillo submarino de cristal de unos 30 metros de largo, en el cual los visitantes paseaban a escasos centímetros de los animales, vivos, que en ellos tenían su hábitat.
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Desde allí Isa podría fotografiarme pues, para mi sorpresa, todo el mundo podría ver como me desenvolvía en el interior del tanque. Antes de eso hubo el pequeño trámite de rellenar un par de documentos, uno en el que constaba mi condición médica y física (“pon a todo que no” me dijo tranquilizadoramente el monitor que me iba a acompañar “o si no, no podrás sumergirte”) y otro, algo más formal, en el que eximía al Acuario de responsabilidad por cualquier lesión, herida, accidente leve o mortal que yo pudiera sufrir.

El monitor me da un traje de neopreno, unos escarpines, me pone el chaleco, las pesas, la bombona, me enseña como controlar el regulador de oxígeno y, caminando torpemente bajo aquellos kilos de artefactos nada familiares para mí, me acompaña al tanque, a una zona de pre entrada donde me da los últimos consejos. Yo aún no me he puesto la máscara y estoy nervioso ante mi primera experiencia “seria” de submarinismo. He pasado de bucear con mi tubito en las frías playas del cantábrico a convertirme brevemente en una atracción turística en Singapur.

Lo básico es que me tranquilice y respire con normalidad pero con las gafas puestas, la boquilla de oxígeno en la boca y mi cabeza ya bajo la superficie, eso es más fácil de decir que de hacer. Le hago la señal con las manos de que todo está ok y caminamos un par de metros hasta encontrar una escalera que baja al recreado fondo marino. Mi respiración atruena en mis oídos, las burbujas suben cuando exhalo, las gafas me aprietan y no entra agua por ellas, lo cual era uno de mis temores. El monitor me vigila atentamente y seguirá haciéndolo hasta que al cabo de un rato me vea desenvolverme con soltura. Pero ese rato está plagado de problemas con los pesos que deberían mantenerme en el fondo pero sólo consiguen que me doble hacia atrás y parezca que quiero tumbarme a descansar. Miro a mi derecha y a través del cristal veo a Isa y a un montón de turistas señalando con la mano y haciendo fotos. Haciendo acopio de valor me giro hacia ellos y saludo para ser inmortalizado en cámaras propiedad de japoneses, chinos, hindúes y una guapa española.
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A partir de ese momento, el tiempo pasó volando, me tranquilicé (por fin) y pude disfrutar de mi primera experiencia como submarinista (Sergi, objetivo para Tailandia es sacarme el PADI). Acaricié una raya, varios tipos de peces e incluso un tiburón… pacífico, vegetariano y bastante tranquilito, afortunadamente. Cuando llegó el momento de subir los dos metros (creedme, parecían más) que me separaban de un mundo en que no tenía que medir al milímetro mis movimientos, que la respiración no se producía de manera artificial a través de un trozo de plástico que tenía que apretar con firmeza dentro de la boca, para entonces estaba mucho más suelto y realmente lamenté que la experiencia hubiera terminado.

Con el pecho dolorido por la respiración forzada, las manos algo frías por la temperatura del agua, un sabor a plástico en la boca, el rostro hinchado y una enorme sonrisa en el rostro, salí del tanque.

Es casi media noche en Palau Penang y mañana madrugamos, así que con este agridulce sabor de una estimulante experiencia que quiero repetir, me voy a acostar ya.


(Escrito por él en Palau Penang, Malasia, el 5 de febrero de 2007)

02 febrero, 2007

Primeras Impresiones

Hay que ver lo que cuesta ponerse a escribir las primeras líneas de un blog. Y no es por falta de ilusión ni por pereza (bueno, de lo segundo tal vez haya un poquito, pero ojo, que está plenamente justificada: que si el calor, la falta de sueño, los interminables pateos bajo el sol... esto de tomarse un año sabático para viajar es muy, pero que muuuuuy duro), sino más bien porque una no sabe por dónde empezar. Y es que todavía no hemos terminado de asimilar los cien mil estímulos que continuamente ametrallan a nuestros sentidos.

Nuestra primera semana de viaje ha sido intensa, llena de primicias. Algunas, nada extraordinarias: primeras picaduras de mosquito (para mi exclusivo disfrute, porque a José ni probarlo siquiera... desde luego que mientras viajemos juntos, él no va a necesitar protección contra la malaria, ¡para eso estoy yo, la novia “Killpaf”!), primeros retortijones de barriga (vaya, para mí también), primeros desacuerdos (¡ah, eso ya es cosa de dos!) y primeras reconciliaciones. Nada, lo que estaba programado.

Mejor os cuento las primicias imprevistas, que son algo más interesantes. Eso sí, voy a tener que ser muy selectiva, porque tengo a mi lado a un José “rebufante” (véase “respirando fuerte”, como él dice), ya sea porque escribo demasiado, o demasiado lento, o ambas cosas.

Bueno, al grano. Mis primeras impresiones.

Singapur. En algunos aspectos, la ciudad no se merece su reputación. Por ejemplo, eso de que en Singapur nadie cruza la calle si no es por un paso peatonal y que jamás de los jamases se atreverían a hacerlo con un semáforo en rojo, ¡JA! Puro mito. Allí, los únicos que respetábamos el código éramos los turistas y no por nuestra altísima integridad cívica (venga ya, que nos conocemos todos) sino porque todos cargamos con la última edición del Lonely Planet, que nos ha metido el miedo en el cuerpo con lo de las multas.

Aunque las más elevadas no son por cruzar de cualquier manera, sino por ensuciar: tira un papel al suelo y te cae una multa de 1.000 SGD (unos 500 eurelios), como para pensárselo dos veces. De hecho, pocas ciudades hay tan inmaculadas como Singapur. Aunque he de decir que descubrí un par de colillas en el suelo (sí, sí, así como suena, yo también me quedé horrorizada) en la zona de Little India... si es que estos indios, ¡siempre dándole al puchito!

Por lo demás, la ciudad es tal y como os la imagináis, pero elevada al cuadrado: modernidad, tecnología punta, diseño vanguardista... en fin, que uno se siente muy pequeño caminando por sus anchas avenidas. La ciudad es tan perfecta, que a veces tienes la sensación de pasear por el interior de una maqueta hecha a escala de gigantes.


Por cierto, eso me recuerda que antes de despedirnos de Singapur, el Junior* y yo nos dimos tal pedazo de paseo nocturno que ni vimos pasar el tiempo. Íbamos cogidos de la mano y con la cabeza para arriba (todavía nos duelen las cervicales de tanto fotografiar rascacielos), calladitos, asombrados por nuestra repentina soledad dentro de esa gran urbe. Y es que a lo tonto a lo tonto, se nos hicieron las cinco de la madrugada.

Puntazo simpático que remató la noche: el taxista que nos llevó al hostal se llamaba "Mr. Fock Yew Weng". Os animo a que leáis esto último en voz alta.


Melaka, nuestra primera escala en Malasia. Destacaré un par de cosillas nomás, porque se nos hace hora de salir a dar una vuelta por el mercadillo de noche chino y todavía me tengo que duchar. El Junior me mata.

Nuestro primer contacto con los nativos. Ya que el tiempo apremia, me ceñiré a hablaros de Rose Li. Entramos en su tienda para comprar una camiseta y un par de postales, y terminamos hablando de todo un poco. Rose nos dejó muy impresionados con la historia de su vida.
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La típica empresaria china, trabajadora, ambiciosa, inteligente. Empezó a trabajar con siete años, vendiendo galletas y limpiando las aulas de su colegio. Nunca tuvo tiempo para jugar. Viniendo de una familia muy humilde, tuvo que trabajar duro para granjearse un futuro, conseguir unos estudios, un buen puesto de trabajo. Obtuvo un empleo como secretaria de dirección para una empresa americana. Después de casarse, decidió montar su propio negocio. Ahora tiene una tienda de suvenires en la plaza mayor, un salón de belleza, y muchas ganas de jubilarse. Su mayor gozo es viajar.
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Todos los años, en el mes de enero, cierra la tienda por dos semanas (sus únicas vacaciones) y se las pira a Europa. Un viaje de dos semanas, con su marido y sus dos hijos, le sale por más de 6000 euros, ¡nuestro presupuesto para seis meses! Muy fuerte. No sé de qué nos quejamos tanto...

Última anécdota y ya termino por hoy. Esta mañana fui a mi primera misa en Asia, en la Christ Church malaya. Me llamó la atención una lápida de mármol con una inscripción dedicada al Reverendo William Milne, un misionero protestante que murió en Melaka a los 37 años. Entre sus logros más destacados está el completar la traducción de la Biblia al chino. Isabel, chúpate esa mandarina. O sea, que con dos años más que yo, este hombre tradujo la Biblia ni más ni menos que al chino... y yo, que llevo varios años con el firme propósito de leerla, se me atraganta siempre el Antiguo Testamento y no paso del Pentateuco. En fin, corramos un tupido velo.

Por cierto, hablando de propósitos y despropósitos, José ya ha cumplido su primera resolución para el año 2007: ¡nadar con tiburones! Pero bueno, eso mejor que os lo cuente él. Yo me voy a dar esa ducha.


*Junior, nombre de guerra Sith de José

(Escrito por ella desde Malaca/Melaka, Malasia, 28/01/07)

Desde Malacca/Malaka

Esta mañana me he dado mi primera ducha malaya y ha resultado mejor de lo que esperaba. En esta zona del mundo que el agua esté caliente les parece a los locales un absurdo y un gasto superfluo e innecesario. También que el retrete tenga una taza, pero eso es otra historia. Mi experiencia ha sido menos desagradable de lo que me temía, con un comienzo lento y frío pero que al poco rato era bastante más que tolerable (sigo hablando de la temperatura del agua, lo de los servicios y en particular la temperamental cisterna de nuestro hostal ya lo comentaré en otra ocasión). Aseguro sin temor a equivocarme que más fría era el agua de las duchas en la piscina de Hospital de Órbigo.

Si el calor sigue apretando conforme viajemos por Asia, creo que podría llegar a acostumbrarme (nota mental: revisar este párrafo dentro de un par de meses a ver cuan equivocado estoy). Pero de día el calor es un problema entre las diez y las seis aproximadamente. Isa (que ahora duerme apaciblemente a mi lado mientras yo aporreo el teclado lo más silenciosamente posible) y yo iniciamos una rutina en Singapur para intentar que nos afectara lo menos posible: siesta al atardecer. El merecido descanso tras un día de paseos, caminares y visitas y antes de volver a salir del hostal. A eso de las nueve solemos buscar un sitio para cenar, al aire libre como no podía ser menos por el clima y las costumbres locales, y luego paseamos hasta tarde.

Al principio la culpa era del Jet Lag. Aterrizamos en Singapur el lunes a las seis y cuarto de la tarde y llegamos al hostal casi hora y media después, sin haber salido al exterior más que cinco minutos antes de llamar al timbre (todo el trayecto se realizó dentro del Aeropuerto, con el Skytrain que comunica las terminales y luego, con varios transbordos, en el MRT, el maravilloso Mass Rapid Transport que sería la envidia de cualquier sistema de Metro o tren urbano de Europa o USA). El caso es que esa noche no conseguimos, literalmente, dormir. Los siguientes días dormíamos siestas de tarde, salíamos a dar una vuelta y no volvíamos al hostal antes de las tres de la mañana.

Dado que la diferencia con España es de 8 horas, a las 03.00 son en la Península las 19.00 y es una hora tan buena como otra cualquiera para llamar a casa y dar una sorpresa harto agradable tanto a los padres de Isa como a mi madre. Aunque, como queda claro, la idea principal era disfrutar de la ciudad cuando la temperatura, aunque alta, resultaba soportable. Hemos tenido 30 grados de día y sospecho que ha habido momentos en los que llegábamos a los 32. De noche la temperatura baja cinco o seis grados, y, creedme, el cambio se agradece.

No os imaginéis que los cielos están despejados y el sol brilla constantemente. Sí, hay sol, pero alternando con nubes puesto que la humedad ambiente está entre el 70 y 80%. Casi todos los días ha llovido, pero eso es una bienvenida novedad. Además, las lluvias (excepto esta tarde) no han sido ni intensas ni durante largo tiempo. El calabobos, chirimiri o nuestro asturiano orvallo son más molestos que la fina capa de gotas que por aquí llaman lluvia. Excepto en esos momentos en que el cielo abre sus puertas y la jungla y la ciudad reciben en unos pocos minutos lo que en algunas partes del mundo cae en un mes.

Previsoramente, en Singapur todos los centros comerciales y tiendas de mediano tamaño colocan a la entrada de los establecimientos unas fundas de plástico para que los clientes puedan introducir en ellas sus mojados paraguas y, continuando con ellos en la mano en vez de utilizar algún paragüero de manufactura local, realizar sus compras. Y vaya si compran. Y vaya si aquí se vende. Fue en Orchard Road donde me compré las imprescindibles sandalias y ésa, amigos, es una kilométrica calle flanqueada a ambos lados por una sucesión de centros comerciales de respetable tamaño que, a modo de gigantescos y grises árboles, jalonan las aceras hasta más allá de donde alcanza la mirada. Y siguen construyéndolos.

Sí, el crecimiento de Singapur no se detiene y por todas partes se veían grúas construyendo específicamente edificios de oficinas y más, mejores y más bonitos templos al consumismo. Desconozco si los arquitectos son locales o europeos pero sus obras son más que admirables. Pasear entre los rascacielos de Suntec City o del distrito financiero no tiene nada que envidiar a la misma sensación reproducida en Manhattan. Pero el diseño de los edificios es increíble.

Algo de lo que tendrían que tomar nota los ingenieros de otros países: en Europa se construye el Metro con las vías en medio y los andenes a los lados. Consecuencia: si te equivocas al bajar unas escaleras, tienes que dar un rodeo, desandar el camino y perder cinco o diez preciosos minutos. Aquí el andén está en medio y en uno de los lados pasa el MRT en una dirección mientras que en el otro lo hace en dirección opuesta. Sencillo, ingenioso y eficaz.

¿Billetes de Metro tirados por el suelo? Aquí eso no existe pues el papel ha dejado paso al plástico. Puedes optar por una tarjeta EzLink que es recargable y sirve para MRT, LRT y bus o, si la frecuencia de uso de esos medios de transporte no lo justifica, te puedes comprar un ticket de un solo uso…que es una tarjeta de plástico que añade al importe del trayecto la cantidad de S$ 1 en concepto de depósito. Antes de abandonar la estación de destino te acercas a la misma máquina, introduces la tarjeta y te devuelve el importe del depósito. El viajero no pierde dinero, se abaratan costes, el sistema es más ecológico y las estaciones ganan en limpieza.

Tonterías en las que uno piensa cuando da vueltas en la cama a las cinco de la mañana: he visitado cinco países en siete días y las últimas tres veces que me he afeitado lo he hecho en tres países distintos. No, no ha sido una maratón. El viernes pasado volaba, afeitado, de Madrid (España) a Dublín (Irlanda), El domingo, afeitado, de Dublín (Irlanda) a Frankfurt (Alemania), donde cogíamos un vuelo de Qantas a Singapur. Ayer me subía, afeitado, a un autobús que nos llevaba de Singapur a Melacca/Malaka (Malasia). Y, eventualmente, aquí también me afeitaré o Isa me dará más collejas de las que ya me da.

En el siguiente post escribiré algo más de nuestra estancia en Singapur (creedme están mucho más avanzados que en Europa y me imagino que sólo por debajo de Corea del Sur y Japón) y continuaré hablando de Malasia, el país en el que ahora nos encontramos.

(Escrito por él desde Melacca/Malaka, Malasia, 27/01/07)