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03 junio, 2007

Encuentros, reencuentros y despedidas…

A menudo, las cosas más simples son las que nos hacen más felices. Por esto mismo, uno de mis propósitos para el 2007 sencillamente consistía en volver a sentarme en la terraza de Sin y saborear mi cafecito con calma. Objetivo cumplido y mil veces superado. Tras infinitos cafés y 39 días más tarde (27 días más de los originalmente previstos), a duras penas he conseguido despedirme de Chiang Mai. Sin va a tener que contratar a un obrero para cerrar el boquete que he dejado abierto en el suelo de su terracita, donde mis pies habían empezado a echar raíces…

Dicen que los polos opuestos se atraen. Durante este tiempo en el que José y yo hemos viajado por separado, me ha hecho gracia constatar nuestra diametral diferencia. Si es que somos como Yin y Yang. José viaja sin freno, se siente vivo a través del movimiento, aceleración y adrenalina. Yo soy Yin. Para vivir, primero he de detener el tiempo, quedarme quieta, ¡que ni el aire se mueva! Estas semanas transcurridas en Chiang Mai eran justo lo que necesitaba para recargar mis pilas de ilusión.
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Ha sido un mes de reflexión, de descubrimientos, de nuevas intuiciones y horizontes. Un mes de “florecimiento”, en el que han empezado a perfilarse nuevas ideas y proyectos. Aún me quedan por lo menos ocho meses por delante para desenmarañar miedos y dudas, así que de momento mejor me abstengo de contar nada.

También ha sido un tiempo de encuentros, reencuentros y despedidas.

Cada día he aprendido algo. He cruzado y conocido tantas personas, cuyas historias me han dejado un poso de inspiración: Michel, Stéphanie, Serge, Joy, Giovanni, Andrea, Marta, Matthew, Kim, Bobby, Françoise, Marcos, Paulina, Felipe, Ann-Marie… la lista es larga, pero no exhaustiva. A ella se añaden tres nombres más, tres reencuentros que se merecen una mención especial.
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Mi ángel de la guarda, Wichan. Nos conocimos hace tres años, durante mi primera visita a Chiang Mai. Wichan trabajaba entonces para Sin y solíamos intercambiar algunas palabras en inglés, francés y español (es que mi dominio del idioma tailandés es tremendamente limitado) mientras yo sorbía mi café. Ahora trabaja en una joyería, pero viene a casa de Sin a diario (es que la terracita tira, tira, y eso que los moquitos te comen vivo en cuanto te quedas un rato sentado). Día tras día, nuestra amistad ha ido creciendo y hemos compartido momentos muy entrañables.
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Recuerdo en especial la tarde del 22 de mayo, en que fuimos juntos a escuchar al monje vietnamita Thich Nhat Hanh (famosísimo maestro del budismo zen, que vive exilado en Francia desde hace años), en el Wat Suan Dok.
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Wichan estaba muy emocionado al enseñarme este templo, pues fue su lugar de residencia durante sus últimos tres años de vida monástica (fue monje de los doce a los dieciocho). años).
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Adjunto una foto de Wichan, tomada ese mismo día, y aprovecho para desafiaros con una adivinanza. Wichan comparte fecha de cumpleaños con el Dalai Lama, el día 6 de julio…pero no el año de nacimiento, ¿seríais capaces de adivinarlo? (regalo una colcha laosiana como magnífico premio al primer acertante, hagan sus apuestas).

Wichan, ayer y hoy

Mis héroes, Roland y Sylvie. ¿Os acordáis de ellos? Los había mencionado en mi primer texto para el blog, “la pregunta del millón”. Os podéis imaginar mi alegría al volver a encontrarlos, tan joviales como siempre. Con 78 y 79 años respectivamente, todavía no han perdido las ganas de viajar.
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Desgraciadamente, creo que éste ya es su último viaje, debido a la fragilidad de Roland. Le han declarado un cáncer terminal, que lo está dejando físicamente sin fuerzas, aunque no así anímicamente. Me impresiona la serenidad y aplomo con que habla de su enfermedad, sin miedo ni lamentaciones. Tan sólo se le escapó una queja, dicha en tono nostálgico después de una cena.
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La transcribo textualmente, para que la belleza de sus palabras no se pierda en mi traducción: “La vie est un immense banquet que j´ai le regret de devoir quiter aux entrées” (la vida es un inmenso banquete que siento deber abandonar en los entrantes).
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Los recordaré siempre.

PD: Con tanto sentimiento, se me olvidaba deciros que… ¡ya soy poseedora de mi certificado de masaje tailandés! Voy a necesitar cobayas a mi regreso, pues ya se sabe que sólo la práctica hace maestros. A ver, ¿quién se presta voluntario para que le estire los músculos, presione los nervios y cruja los huesos? Creo que voy a regalar un masaje tailandés gratuito a todos aquellos que no atinen a adivinar la edad de Wichan. Qué buena idea, ¡premio para todos!

(Escrito por ella desde Sídney, Australia, 03/06/07)

12 mayo, 2007

Viaje al término de la noche

"Tren, camina, silba, humea, acarrea tu ejército de vagones, ajetrea maletas y corazones"… mi viaje de ayer no era por Campos de Castilla, sino por Junglas de Tailandia, pero me acompañaban las mismas sensaciones que en un día lejano viviera el poeta sevillano.

El tren nocturno que desde Bangkok me ha traído de nuevo a Chiang Mai no parece de este siglo. Con la salvedad del silbido, me parecía estar viajando en el tren de Machado. No corre, camina. Quince horas de viaje (cinco más que en autobús y por el doble de precio), mecida por su traqueteo rítmico, respirando el aire de la noche, asomando tímidamente la mano para cazar cuatro gotas de lluvia al vuelo.

Amantes de la ferrovía, os recomiendo vivamente que hagáis este viaje. Sobre todo si os encontráis en Tailandia durante la temporada baja (en mayo empieza el monzón y el tren viaja medio vacío), y a condición de comprar un billete de segunda (más económico que el de primera, en la que por "disfrutar" del aire acondicionado se condenan las ventanas y el romanticismo) y reservar la litera de abajo (más cara que la superior, por gozar del uso exclusivo de la ventana).

El diseño de los vagones tailandeses es totalmente distinto al de nuestros trenes, en los que un pasillo lateral ofrece acceso a compartimentos, con cuatro o seis literas transversales. Aquí no hay compartimentos, el pasillo es central, y las literas, longitudinalmente alineadas, ofrecen múltiples ventajas (viajar tumbado en el sentido de la marcha, ver desfilar el paisaje por la ventana abierta, dormirse con la caricia del viento) y un solo inconveniente (la cortina exterior que te permite gozar de privacidad en tu litera, no te aísla totalmente de la luz del pasillo).

Para terminar el viaje con estilo y por un pequeño suplemento de 120 bahts (dos euros y medio aproximadamente), un amable funcionario ferroviario te despertará entre las ocho y las nueve de la mañana, con su sonrisa cálida y tu desayuno caliente. Tostadas con mantequilla y mermelada, dos huevos fritos algo pasados, una salchicha y una lonchita simbólica de embutido. Un zumo de naranja artificial imbebible y, para compensar el mal trago, un café negro que me supo a gloria. El Chiang Mai Express no gozará del legendario glamur del Orient Express, pero para mis modestos estándares, el que me sirvan el desayuno en bandeja y en la cama ya me parece un lujo exquisito. Y si encima me permiten remolonear en la litera hasta pasadas las once, para qué contaros más…

Mientras yo viajaba al término de la noche, José se preparaba para un nuevo amanecer en tierras australes. Esta mañana de madrugada aterrizó en Sídney, una ciudad en la que no iremos juntos a la ópera, puesto que yo no llegaré allí hasta el uno de junio. Y es que he decidido prolongar mi estancia en Tailandia para continuar aprendiendo masaje tailandés. Ya os contaré qué tal me ha ido dentro de un par de semanas, cuando pase el examen del "Old Medicine Hospital".

Entre intensivos cursillos e intensa vida social, no estoy segura de encontrar muchos ratos perdidos para escribir y subir fotos al blog, pero prometo hacer todo lo posible. Sobre todo ahora que disfruto de conexión gratuita a la red inalámbrica de mi hostal, ¡sin salir de la cama! Por cierto, he conseguido una habitación doble de estilo tradicional, en una casa de madera, con baño compartido, por 180 bahts.
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No se le puede pedir mucho más a la vida sin pecar de avaricia.

(Escrito por ella desde Chiang Mai, Tailandia, 12/05/07)

11 mayo, 2007

"Tu-no-vé"

Unos metros mas abajo, los cuatro tailandeses se pusieron en pie y miraron hacia atrás de reojo. Nosotros también lo hicimos y constatamos que no eran los únicos así que nos levantamos y, como el resto del cine, escuchamos respetuosamente el Himno Nacional de Tailandia que se ofrecía acompañado de imagenes de sonrientes ciudadanos de múltiples etnias y, como no, de la Familia Real. Estábamos en el IMAX de los cines del centro comercial Siam Paragon y antes de ver "Spiderman 3" en una pantalla de cuatro pisos de altura eramos testigos, y participantes, en otra escena que a los españoles les parecería de ficción. Un martes de cine normal en Bangkok con una escena normal en Tailandia, que ocurre a diario. Efectivamente, aquí mas que educado respeto al Rey, la Reina y a los príncipes y princesas, lo que hay es un monarca amado y querido por su pueblo y un país unido en la fidelidad y la lealtad sin fisuras hacia la monarquía. Dentro de las limitaciones de cualquier rey sometido a un control parlamentario, y en un país no europeo la lista es bien corta, este hombre siempre ha ayudado y buscado el bienestar de su pueblo. Y este, dentro de su pobreza, ha sabido corresponderle.

De hecho, las injurias, blasfemas y ofensas al Rey o su imagen (oficial, en cada pueblo, oficiosa en cada taxi, tuk tuk, comercio o puesto callejero) se castigan con severidad. Tal es el caso que desde el 4 de Abril es imposible en Tailandia acceder al popular sitio de vídeos
www.youtube.com por una decisión del Gobierno ya que alguien subió un vídeo de contenido difamatorio sobre el monarca. El acceso a esa pagina fue inmediatamente bloqueado y he leído que se han emprendido acciones legales solicitando un control de contenidos previo (aunque lo tienen difícil, pero si Google, Microsoft y Yahoo han agachado las orejas frente a China a lo mejor...). No puedo dar mas detalles porque como estoy en Tailandia no puedo acceder a la web...

Por cierto, ayer, miércoles, por la tarde, nos volvimos a llevar a "Fede" a esos mismo cines porque en esa cómoda localizacion se detectaban no menos de ocho redes inalámbricas sin seguridad, de las que dos de ellas nos permitían navegar a una velocidad notable. Lo gracioso es que llegamos cuando todo estaba preparado para el lanzamiento, alli mismo, ante los medios de comunicacion de una pagina web tailandesa en la que los usuarios pueden subir y ver vídeos caseros... y su original nombre es ...
www.siamtube.com







Nota: A veces el refrán castellano no se cumple y la astilla ha salido díscola, dilapidadora y poco amante del protocolo. Su Majestad tiene ya 80 años y en el 2007 se cumple el 50 Aniversario de su subida al trono pero dentro de unos años el panorama tal vez sea menos halagüeño para la Monarquía, Tailandia y los tailandeses.


(Escrito por el desde un cibercafe en Bangkok, Tailandia, el viernes 11 de Mayo de 2007, apurando los últimos minutos de conexión mientras dos parejas de argentinos apuran la consulta en Internet con la llamada internacional para gestionar el pelotazo del siglo: comprar productos tailandeses a bajo precio y venderlos con buenos beneficios en Argentina)

10 mayo, 2007

Diplomacia

Ayer decidí que este día lo iba a dedicar a comprobar la eficacia de la diplomacia española en el extranjero, así que me invente una situación ficticia. El caso, que no se parece en nada a la realidad, iba a ser el siguiente: un joven (he dicho f-i-c-t-i-c-i-o) español residente en el extranjero (pongamos por caso, Dublin), solicito el verano pasado un visado para un país anglosajón al que llamaremos simplemente Australia. Ese visado se concede sin mayor problema a nombre del citado ciudadano con su correspondiente pasaporte. Pero en Diciembre el consternado españolito se ve obligado a cambiar el pasaporte puesto que el anterior estaba tan gastado que casi se le caía la foto. Y ese simpático personaje se encuentra meses, y miles de kilómetros, después en Bangkok, como paso previo a su viaje a Sydney y la noche anterior comprueba los detalles de su visado...y descubre que el numero de pasaporte no coincide con aquel de que es titular. Cuando la Embajada le expidió su nuevo y flamante pasaporte estandarizado europeo, le cambio el numero. Si el DNI era para toda la vida, a partir de ahora el numero de pasaporte solo durarara mientras queden hojas en las que estampar sellos.

Que hacer? Madrugar moderadamente y viajar en taxi hasta la Embajada de España donde seguro que pueden arreglar la situación. Efectivamente, explico mi caso a la señora de turno y ella llama a otra funcionaria que, con cara de pasmo, escucha la historia parapetada tras una ventanilla. Un pasaporte con un numero en una mano, un visado para Australia con un numero distinto de pasaporte, en la otra. Eso no esta en el libro, parece decir su boca entreabierta y su mirada de garza tras los cristales de sus gafas. Pero rápidamente se le ocurre la solución: consultar con otro funcionario. Con aspecto de haber encontrado la piedra filosofal, vuelve al cabo de unos minutos y entre ambos resumimos las opciones:

a) Mandar un fax a la Embajada de Dublin para que confirmen que el titular de ambos pasaportes es el mismo y, con dicho documento, presentarse en el Aeropuerto. Inconveniente: un fax no tiene firma y en Bangkok no estaban por la labor de ponerle un sello.

b) Informar a la Embajada de Dublin de lo ocurrido para que ellos rápidamente manden un documento oficial y original con la mencionada certificacion. Inconveniente: la valija diplomatica solo se recibe una vez a la semana y Dublin tendría que mandarlo a Madrid y desde allí a Bangkok. Tiempo medio estimado: 10 días hábiles.

c) Contactar yo con la Embajada de Australia y explicarles la situación. Inconveniente: aparte de mi sonrisa, iban a necesitar algún documento del Gobierno Español jurando por la salud de Castro que el numero de pasaporte 123456 y el 67890 correspondían al mismo y simpático ciudadano respetuoso y cumplidor con la ley (ver puntos a y b)

d) Solicitar una nueva visa. Inconveniente: los 20 dolares australianos de su coste.

Tenéis 1 minuto antes de seguir leyendo y averiguar como la eficaz diplomacia española cumplió con su función tal y como yo anticipaba.
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El consejo de la funcionaria fue bien claro: "Acuda usted a la Agencia de viajes en la que le tramitaron el visado". Ante el descomunal coste de ese viaje hasta Irlanda, me di un señor paseo hasta la sección consular de la Embajada de Australia donde me dieron una dirección de una web de internet en la que admitieron American Express como forma de pago y tras rellenar un formulario, me concedieron (suenen campanas, por favor), el codiciado visado, para un tiempo máximo de tres meses y con múltiples entradas en el país (lo que me permite llegar a Sydney, estar allí cuatro días, volar a Nueva Zelanda y no volver a aparecer por tierras de koalas, kanguros y kokodrilos en un mes)


Nota: Salgo mañana viernes, a las cinco y media de la tarde, y nueve horas y 7530 kilómetros volados después aterrizo, oh, magia de las zonas horarias, a las cinco y media de la mañana en Sydney. No olvido mi intención de ponerme al día con esas dos semanas en blanco, pero me lo tomo con tranquilidad laosiana.

(Escrito por el desde un cibercafe en Bangkok, Tailandia, el jueves 10 de mayo de 2007)

06 mayo, 2007

Son mis amigos

A estas alturas deben de estar ya en Doha, a mitad de camino de su adoptivo Dublin. Dos semanas han pasado fugaces como el rayo y los truenos que empaparon esporadicamente las fiestas en Samui y Pha Ngan, y les ha tocado irse de madrugada.porque Qatar Airways no iba a esperar por ellos, aunque se presentaran en el mostrador de facturacion con los ojos aun entrecerrados y cargados con mochilas, cansancio y muchas historias que contar.

Durante estos quince dias ejerciendo de humilde anfitrion, he estado separado de Isabel (que, a su vez, ha estado ocupada con un curso en Chiang Mai) y de Federico, asi que el blog ha sufrido una sequia de textos (aunque Isa ha subido, una obra de chinos, nuevas fotos).

Nosotros casi no hemos parado: trekking en Chiang Mai, montar a lomos de elefante, bajar los rapidos de un rio dentro y fuera de una barca, que nos llamen la atencion a bordo de un avion, viajar en ferry, intentar hundir una moto de agua, nadar bajo la lluvia, beber bajo los rayos, conocer los entresijos de la policia turistica, ducharnos vestidos en la calle, disfrutar de un jacuzzi durante horas, bailar subidos a una mesita en una playa al amanecer, que casi me pierdan la mochila, sufrir un mar enfadado en un oscilante barco, ser extranjeros en una discoteca tailandesa, buscar las huellas de Perry Mason...

Manu ("Sarumanu"), Diego ("Charrua"), Mel ("Melon"), una parte de mis amigos de Dublin a los que englobamos en el grupo de los Siths, me han traido locura y cordura, serenidad y excitacion. Ellos han sido una bendicion la mayor parte del tiempo y un adorable dolor de cabeza a ratos.

Son mis amigos.



Nota: En los proximos dias intentare contar con mas detalle lo vivido desde que abandone Luang Prabang pero no hay enchufes en nuestra habitacion y me veo obligado a escribir solo desde cybercafes con unos monitores que no destacan por su calidad.

(Escrito por el desde un cybercafe en Bangkok, Tailandia, el 6 de Mayo de 2007. Acentos omitidos deliberadamente)

04 marzo, 2007

Tres Tristes Tigres

Tres, los días que escapamos de Bangkok para visitar Kanchanaburi.
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Tristes, las huellas de la guerra. La ciudad de Kanchanaburi es famosa por el puente que los prisioneros de guerra construyeron en 1943, conocido como “puente sobre el río Kwai” por la película que se filmó allí. El puente forma parte de la línea de ferrocarril que los japoneses decidieron construir para crear una vía de acceso rápido entre Tailandia y Birmania. Esta línea, que se construyó en un solo año, era conocida como el “ferrocarril de la muerte” pues miles de prisioneros dejaron su vida en ella. La mayoría murieron de disentería durante los trabajos forzados, otros murieron durante los bombardeos (los japoneses colocaban a los prisioneros sobre el puente, para disuadir a las tropas aliadas de bombardear el puente).
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Las condiciones de vida en los campos de trabajo eran infrahumanas. Los hombres trabajaban de sol a sol, apenas recibían alimento (tres raciones diarias de arroz aguado) y ninguna atención médica. Caían como moscas.
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Les rendimos visita, en el cementerio aliado. El espectáculo de las tumbas era desgarrador y tuve que hacer esfuerzos para no llorar. Filas y filas de pequeñas lápidas, perfectamente alineadas, recordando los nombres, rangos militares, edades y fechas de fallecimiento de los que debajo yacen. Entre una lápida y la siguiente, apenas uno o dos días de intervalo. Principalmente británicos, holandeses y australianos. La mayoría tenían menos de treinta años, el más joven diecinueve.
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Tras el cementerio, visitamos el puente y el museo de la segunda guerra mundial, a pocos metros del mismo. Hacía un calor insoportable, demasiado calor para caminar por la calle. Después de comer, cogimos el tren, recorriendo palmo a palmo esos raíles de la muerte, desde Kanchanaburi hasta Bangkok.
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Tigres, los que acariciamos en el Wat Pa Luangta Bua, conocido como el “Tiger Temple”. A unos 30 kilómetros de Kanchanaburi, este monasterio es la antítesis de la guerra. Aquí se vive el espíritu de la compasión.
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En mayo de 1999, un pequeño tigre se quedó huérfano y fue recogido por unos campesinos. Buscaron un hogar para él, pero nadie se atrevía a hacerse cargo del cachorro hasta que se apiadó de él el monje Than Chan. El tigre fue acogido y criado por los monjes. Otros tigres huérfanos fueron llegando y, hasta esta fecha, dieciséis tigres son los que tienen refugio en el monasterio.
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Otros animales también han encontrado su morada aquí. Dos veces al día, los monjes esparcen comida por el suelo (pepinos, lechuga, grano, bellotas, algarrobas) atrayendo a toda clase de animales: jabalíes, búfalos, vacas, caballos salvajes, cabras, aves… Al principio, estos animales bajaban de su colina por la mañana y regresaban a su hábitat después de la pitanza. Poco a poco, algunos se fueron acostumbrando a los humanos y, tal vez por pereza o pragmatismo, se quedaron a vivir en el monasterio. Animales de especies tan distintas como el tigre y el cerdo, conviven aquí sin agredirse.
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En palabras del venerable Luangta Maha Bua Yannasampanno*: “gracias al poder de la compasión, los enemigos pueden volverse amigos”.
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*Para más información, podéis leer el sermón completo del monje en esta dirección: www.luangta.com (desgraciadamente, solo disponible en tailandés, inglés y alemán).
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(Escrito por ella desde Phnom Penh, Camboya, 04/03/07)

Tuk Tuk!

Son las 9:30 de la mañana en Phnom Penh. José decidió ayer que hoy no se madrugaba y le está echando auténtico empeño a su propósito. Hace ya más de una hora que no se puede pegar ojo aquí, con la luz que nos entra a raudales en la habitación, más la cacofonía de ruidos de la calle, trajín de gentes, tuk tuks, motos, bocinazos, martillazos, todo ello recubierto por la voz de los Beatles. Oh, yeah, yeah, yeah.

Aprovecho para escribir. No para hablaros de los tuk tuks de Phnom Penh, sino de los de Bangkok.

Muchas cosas se podrían decir de Bangkok y estoy segura de que José se encargará de daros una minuciosa y exhaustiva descripción de la ciudad. Así que me limitaré a contaros nuestras experiencias con sus taxis y tuk tuks.

En cualquier capital de occidente, uno para un taxi, le dice al taxista el sitio al que se desea llegar y, en la mayoría de los casos, el taxímetro se pone en marcha y el coche coge rumbo hasta alcanzar su destino, sin más paradas que las impuestas por semáforos y señales de stop.

En Bangkok es otra historia. Una mucho más divertida, a condición de no tener prisas por llegar. Para empezar, tú no paras al taxi, sino que por lo general, ellos (taxis y tuk tuks) te paran a ti: “Taxi, Sir? Tuk Tuk, Lady?”. Después se negocia un precio: tú intentas comunicar el sitio al que pretendes dirigirte (se lo dices, se lo repites más lento, se lo escribes en un papel, se lo enseñas en un mapa), el taxista te dice algo así como “two hundred baht” (los números en inglés sí que se los saben bien, el precio siempre se entiende clarito), tú le pones cara de Torrente (“¿pero qué me estás contando, chinito?”) y le dices que doscientos no, que ochenta. Por cien baht, terminas subiéndote al tuk tuk y ahí empieza la aventura.

A menos de dirigirse a un lugar turístico, tipo Khao San Road, Palacio Real o Wat Pho, en el 99% de los casos, el taxista no tiene ni pajarolera idea de cómo llegar al sitio. La primera parada la hace a los diez segundos de ponerse en marcha, para preguntarle a un colega (que en el 99% de los casos, tampoco sabe llegar al sitio) o a un transeúnte. Cuarenta minutos y diez paradas más tarde, por fin llega a su destino, ¡hurra!

Como nuestro hotel estaba en Thonburi, una de las antiguas capitales del reino y zona poco frecuentada por los turistas, la experiencia que acabo de describiros se repitió prácticamente a diario.

La palma al que más vueltas dio se la llevó nuestro primer chófer, un chino bastante entrado en años, conductor de taxi. Éste nos recogió en la estación de autobuses sobre las 4:30 de la madrugada y nos dejó en el hotel una hora más tarde (total, como sólo llevábamos trece horas de autobús, ¿qué nos supone una hora más de viaje?). El pobre hombre se hizo la picha un lío con las calles de sentido único y pasó por lo menos cuatro veces por los mismos sitios, ¡estaba más perdido que una gitana en un cuarto de baño!

El premio al mejor conductor, se la llevó un guajete tailandés, ¡el Fernando Alonso de los tuk tuks! Esto lo tengo que contar, porque estoy segura de que la nuestra fue una experiencia única, jamás vivida por ningún otro turista.

Acabábamos de decirle que no a un tuk tuk que nos pedía 300 baht y que no se bajaba del burro. Enseguida nos rodearon tres o cuatro conductores más que sí estaban dispuestos a negociar el precio. Uno de ellos nos cogió el mapa y dijo que por 100 nos llevaba, así que ya estábamos adjudicados y vendidos. Mientras el chino se estudiaba nuestro mapa con cara de gran concentración, llegó Alonso. Desbordando entusiasmo y excitación, exclamó: “¿World Residence Apartments? Me, I know! Me, I know!!!”. Le dijo al chino dos palabras, con tal poder de convicción que aquél inmediatamente nos soltó al mapa y a nosotros, y por 100 baht, sin perder ni un segundo en negociaciones, nos embarcó en su tuk tuk y salimos disparados.

A todo gas, 80 km/h por las grandes arterias de la ciudad, el Junior y yo desmelenados por el viento y aquél gritando: “¡qué guay!, ¡cómo mola!, ¡esto más que un transporte es una atracción!”.
Sin hacer ni una sola parada y en cosa de quince minutos, estábamos en la puerta de nuestro hotel. Fernando se embolsó el billete con una inmensa sonrisa, pero sé que no fue por la ganancia.

En el brillo de sus ojos, leí que acabábamos de presenciar el momento estelar de su carrera profesional. Lo recordaremos. Ad aeternum.

PD: se me olvidaba deciros que si los tuk tuks son una atracción, los taxis parecen de juguete. Los hay de todos los colores, pero los que más son como el coche de la Barbie, ¡rosa fucsia!

(Escrito por ella desde Phnom Penh, Camboya, 03/03/07)

El país de las sonrisas III : Hasta luego, Bangkok

Para ir de Bangkok hasta Kanchanaburi pagamos 99 Baht y fuimos en autobús con aire acondicionado. Para volver a la capital, decidimos hacerlo en tren, no desde la estación principal, sino desde la que está antes del puente para terminar así nuestra visita. Las única diferencias eran una hora más de viaje, la posibilidad de estirar las piernas cuantas veces quisiéramos, pagar 1 Baht más por cabeza y probar el ferrocarril de Tailandia, cosa que aún no habíamos hecho y no podíamos dejar escapar, pues a ambos nos gusta este medio de transporte.
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Los vagones de tercera clase tienen asientos de madera, como los que se veían en los años cuarenta y cincuenta en España, pero no son excesivamente incómodos, por lo menos para un viaje tan corto, de apenas tres horas. Para el beneficio de los pasajeros, había cinco ventiladores en el techo y las nueve ventanillas de cada lado estaban completamente bajadas. El tren se hallaba así convertido en un único pasillo que conectaba todo el convoy, desde la máquina a la cola. El calor de otro modo hubiera sido insoportable.
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No lo parecían notar los vendedores que aparecían con frecuencia ofreciendo latas de refresco y botellas de agua a precios exorbitantes o los que tentaban a los viajeros con comidas y postres de agradable aspecto. Un rato después, aparecían otras personas que iban recogiendo los envases vacíos para venderlos y sacarse así unos cuantos Bahts para el sustento diario. Como siempre, lo que uno desprecia, otro lo aprecia.
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Al llegar a Bangkok recuperamos nuestros pasaportes. Los habíamos dejado en la agencia de viajes para que ellos tramitaran con las correspondientes embajadas nuestros visados para Camboya, Vietnam y Laos, así que volvemos a estar perfectamente identificados (y las tres llamativas y coloridas visas ocupan cada una su correspondiente página). Para ir a Kanchanaburi sólo unos días nos llevamos con nosotros la ropa justa y una mochila pequeña. Las grandes las habíamos dejado en el “Tourist Information Centre”, dos locales regentados por israelíes en una calle perpendicular a Khao San y que son agencia de viajes, restaurante, ciber café, locutorio telefónico y almacén de equipaje (tres días gratis, el resto a 10 Baht el día).
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Así que lo siguiente que recuperamos fueron nuestras mochilas. Decidimos de mutuo acuerdo que íbamos a dejar con los israelíes parte del contenido de las mismas (y después de un mes en la carretera ya habíamos identificado lo que podíamos dejar y lo que necesitábamos llevar) y así aligerar el equipaje, hasta que empezáramos a hacer compras. Compramos una resistente bolsa de mediano tamaño, la llenamos todo lo que pudimos y la fui arrastrando hasta su destino para los próximos dos meses.
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A la mañana siguiente nos levantaríamos a las cuatro y veinte para volar a Camboya, a Siem Reap. Íbamos a dejar atrás el bien llamado “País de las sonrisas” con una gente encantadora y tremendamente amable, que adora a su rey con ferviente devoción y cuyo retrato se encuentra por doquier, con posters, carteles y monumentos en cada pueblo o ciudad. Fotos y retratos adornan bares y restaurantes, incluso los taxis y los tuk tus cuentan con alguna fotografía suya. Y no faltan las medallas al cuello de los tailandeses con su imagen.
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Es un “hasta luego” a Bangkok porque después de Laos volveremos a pasar por aquí, antes de emprender la marcha hacia Myanmar. Hemos ajustado nuestros planes de viaje para poder coincidir con David, Manu, Mel y Diego, “los niños” y “mis Siths”, que se vienen a Tailandia el 21 de Abril para pasar dos semanas de vacaciones y olvidarse por una temporada de Guinness, frio, acciones y fondos de inversión. Los van a cambiar por Singha, calor, atracciones y diversión.
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(Escrito por el en Siem Reap, Camboya, el lunes 26 de febrero de 2007)

El país de las sonrisas II : La ciudad sobre el rio

Tras la invasión del país por parte de soldados japoneses, Isa descubrió una manera en que podríamos engañarles para hacerles retirarse más allá de la frontera. La primera parte del plan consistió en proveernos de elaborados disfraces de extraterrestres. La segunda, de conseguir una abundante provisión de espuma de afeitar, lo que no fue difícil. La tercera parte requirió convencer al tonto del pueblo, de apellido Zapatones, y con su colaboración lanzar nuestro ataque.
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Nos colocamos, disfrazados, frente al enemigo y procedimos a rociar de espuma de afeitar a nuestro cómplice que, entre gritos agónicos de dolor, hizo creer a los japoneses que era ácido lo que le impregnábamos. Tan real fue su actuación que huyeron despavoridos para no ser los siguientes en sufrir la ira alienígena. Isa y yo celebramos nuestra victoria de una manera de la que no puedo dar detalles…
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Ese sueño lo tuvo ella al día siguiente de llegar a Kanchanaburi, pero si uno lee la historia de la que ese pueblo forma parte, no es de extrañar que le asalten las pesadillas.
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Kanchanaburi. Suena indio ¿verdad? Pero no, está en Tailandia, a unos 130 Km al oeste de Bangkok y fuimos allí de excursión durante tres días después de haber visto lo principal de la capital (el bullicio turístico de Khao San Road, la acumulación de tesoros arquitectónicos en el Palacio Real, los 46 dorados metros del Buda reclinado de Wat Pho, la intrincada sencillez de Wat Arun y un paseo por los canales de la ciudad).
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Como imagino que aún no habéis caído en qué es lo que hace especial a esta ciudad (que es más grande de lo que parece en el mapa, así que olvidaos de recorrerla andando “en quince o veinte minutos”) os daré una pista: hay un río y de su fama vive la ciudad. En realidad son dos, pero es uno solo el que cuenta, y su nombre es Kwae. Y, en realidad, la ciudad vive de la fama de un puente que ya no existe tal y como se construyó, pero que sigue uniendo las dos orillas.
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Donde hoy se levanta un puente de acero y hormigón construido por la empresa Yokogawa Bridge Works y financiado por el Gobierno japonés tras terminar la guerra, se asentaba otro casi idéntico que fue bombardeado en 1945 por la aviación aliada (pese a que los japoneses, despiadadamente, habían colocado a prisioneros de guerra como escudos humanos para prevenir ese evento), para destruir una de las principales vías logísticas del Imperio, el llamado Ferrocarril de la Muerte, que durante casi dos años atravesó Birmania (la actual Myanmar) hasta Tailandia, transportando soldados nipones, suministros y armas.
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Antes de ese puente, a unos trescientos metros corriente abajo de donde se ubica el actual, existió otro, de madera, que fue el que inspiró el libro de Pierre Bouille y la posterior película de Hollywood que todos recordamos. Las condiciones en las que los japoneses mantenían a los prisioneros de guerra aliados eran tremendas y lo que hemos visto en pantalla es sólo un pálido reflejo de la brutalidad real (merece la pena visitar alguno de los dos cementerios aliados de las inmediaciones y guardar silencioso respeto por las almas de los que allí reposan, setenta años después del fin de su agonía). Se podría decir que el desprecio de sus captores por aquellos pobres hombres no tiene parangón, pero desgraciadamente sucedía lo mismo en Europa con los Nazis hacia los judíos, y volvería a ocurrir en el mismo continente con las masacres de bosnios por parte de los serbios. En Asia, los comunistas se encargaron de demostrar que lo mejor que se puede hacer con la Historia es borrarla de un plumazo y se aplicaron diligentemente a exterminar a la mitad de la población de Camboya entre 1975 y 1979.
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En Kanchanaburi hay dos museos que muestran las condiciones inhumanas en las que vivían (y morían, por ejecuciones, inanición, agotamiento, disentería, diarrea, etc.) los prisioneros de guerra. Uno es el Jeath, que está en el centro de la ciudad pero al que no pudimos llegar. Sin embargo si lo hicimos al “World War II” que está situado a sólo 50 metros del puente sobre el rio Kwae. Pese a que el museo en general parece más bien una exhibición de cosas mezcladas (hay armas del Eje identificadas erróneamente como de los Aliados y otras que aparecen en reconstrucciones de escenas del periodo 1942-1945 que en realidad son de los años cincuenta y sesenta) y muchas de las traducciones del tailandés al ingleses resultan simpáticas, cuando no directamente grotescas, tiene una buena exposición de fotografías de la época que demuestran gráficamente que una imagen vale más que mil palabras, sobre todo para mostrar el horror que sufrieron esos pobres hombres.
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También la población civil vivió esas condiciones, aunque no de manera tan cruda como en Corea. Aquí los japoneses crearon dos Ejércitos para los nativos, el “Blood Army” (Ejército de la Sangre) y el “Sweat Army” (Ejército del Sudor). Para el primero, los varones en edad militar eran “reclutados” y servían como soldados a las órdenes niponas. Para el segundo, mujeres, adolescentes y viejos eran básicamente conducidos a realizar trabajos forzados, construyendo carreteras, zanjas, edificios, despejando la jungla, etc. Las mujeres, además de sufrir con todo lo anterior, eran objetos sexuales para el necio disfrute de sus amos imperiales.
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Hoy es posible viajar en tren desde Bangkok hasta Kanchanaburi y bajarse en la estación justo antes del famoso puente. Si queremos cruzarlo en ferrocarril, hay un servicio de tren turístico que tiene como destino Nam Tok, en el antiguo campo de prisioneros de Tarsau. El puente está abierto al público y se puede recorrer libremente, con las debidas precauciones, desde un extremo a otro. Resulta difícil de creer que algo que parece tan estrecho, tan pequeño, pero tan sólido cuando se camina por él, haya costado tantas vidas…
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¿Qué más se puede hacer en esa ciudad? Bueno, siempre se puede acariciar un tigre. A unos 30 Km existe un monasterio budista en cuyas instalaciones* se encuentran acogidos todo tipo de animales, desde gallinas hasta vacas pasando por jabalíes, búfalos de agua y ciervos. Y el rey de todos ellos, el tigre. Se pueden visitar los animales (el importe de la entrada contribuye a la construcción de un refugio más permanente y que facilite su vida en cautividad) y la atracción estrella es que se pueden tocar los tigres. Diariamente los sacan de sus jaulas y los llevan a un cercano cañón donde casi una docena de estos imponentes animales pueden ser contemplados de lejos, y de cerca. Haces fila, te dicen que te quites la gorra, mochila y botella de agua si las llevas. Le entregas tu cámara a uno de los voluntarios, pues él se encargará de hacerte fotos (si un tigre no está acostumbrado a tu presencia y te ve con un objeto en la mano puede pensar que es un juguete, con desastrosas consecuencias para el visitante) y te coges de la mano de otro voluntario que te acerca a donde una espectacular y bella masa de músculo, dientes y garras, resopla incómodamente por el calor. Te dicen donde sentarte, te extienden la mano y dejan que acaricies al animal. Mientras tanto, miras a tu cámara y te hacen fotos a la par que tú deseas que el voluntario esté apretando el botón correcto. El pelo del tigre es suave y notas como su cuerpo se mueve cada vez que respira. Debajo se percibe la fuerza de un animal depredador sin compasión por su victima. Poco después, te levantan y te acercan a otro tigre y así se repite varias veces el proceso durante unos minutos que parecen segundos.
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Cuando finalmente vuelves a la habitación, lo primero que haces es descargar las fotos en el ordenador para comprobar que, efectivamente, eso no era un sueño y ha quedado constancia de que, por unos instantes, tuviste a un tigre mansamente a tus pies.
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¿He dicho habitación? Debería haber dicho cabaña. Nos alojamos en Little Creek (“Hideaway and Retreat” reza su publicidad) un agradable descubrimiento pese a que éramos reticentes a alojarnos en un sitio que estaba tan a las afueras, a casi 10 minutos en coche, de Kanchanaburi (pero varias veces al día hay un servicio de taxi gratuito entre el alojamiento y la ciudad). Sin embargo estamos muy contentos con la elección (casi como todas, de último momento y no relacionada con ninguna crítica favorable en nuestra guía). Pagamos 400 Baht por una cabaña con techo de bambú, con una habitación enorme y un cuarto de baño separado que, otra vez, tiene el espacio de la ducha sin un techo que la cubra. Esto parece como la casa de los Picapiedra con estilo. Alabamos la presencia de pequeños detalles, como las piedras de río en los extremos del suelo de la ducha, dejando despejada la parte inmediatamente debajo de donde cae el agua.
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No le falta ni un porche para sentarse tranquilamente a leer o a disfrutar de la tranquilidad de que los únicos ruidos sean los de los grillos y los siempre simpáticos y bienvenidos geckos (es una especie de lagartija que emite un curioso ruido que le da su nombre ge-kooooo y además, miel sobre hojuelas, se alimenta de los mosquitos que tienen asediada a Isa).
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Por tener, tenemos hasta un restaurante (“The Lake”) a la orilla de un pequeño lago y en el que la mitad de las mesas están al aire libre, orientadas hacia el agua (y, dado el clima, las otras mesas, las que están bajo techo, no tienen la vista oculta por ninguna pared). Hemos descubierto que pidamos lo que pidamos siempre pagamos 300 Baht o menos, como si tuviéramos una “tarifa plana”. Incluso cuando decidimos pedir pizza calzone, tras indicarnos el camarero que el horno (que está a la vista de los comensales) es el único de la ciudad construido por un italiano, para garantizar la autenticidad y calidad de las pizzas.
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Cenábamos tranquilamente, delicioso y barato, bajo las luces de unas discretas lámparas, casi solos en el restaurante. Era casi perfecto, pero las buenas intenciones (con pésima voz) del cantante-guitarrista que tocaba en directo cada noche eran la única nota discordante, literalmente, de la puesta en escena.
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*Wat Pa Luangta Bua Yannasampanno Forest Monastery,
www.tigertemple.org

(Escrito por él en Siem Reap, Camboya, el domingo 25 de febrero de 2007)

El país de las sonrisas I : Taxi Driver

Larry detuvo el taxi y, sin apagar el motor, se bajó del coche. Isa y yo nos volvimos a mirar y confirmé en voz alta lo que veníamos sospechando desde hacía un rato “Se ha perdido”. Ya nos parecía a nosotros que el hotel no estaba tan lejos de la estación de autobuses como para necesitar media hora de taxi, que no de tuk tuk, y dos paradas para que nuestro conductor conferenciara con varios peatones buscando orientación. Pasar por el mismo puente dos veces y otras tres al lado de la misma estación de tren (dos de ellas en el mismo sentido y la restante en sentido contrario) habían sido indicios tempranos de que “World Residence” en Soi Krungthonburi 1 no era un destino con el que estuviera familiarizado. Al final, una hora después de que nos subiéramos a su taxi, llegábamos sin mayor incidencia a la puerta de nuestra nueva residencia para los próximos días.
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Aunque el sábado aún no había amanecido en Bangkok, para nosotros ya era el final de un día bastante largo. Tras sólo trece de las anticipadas catorce horas en el autobús desde el Sur, llegamos a la capital de Tailandia a las cuatro y media de la mañana, cansados y obviamente algo desorientados. El taxista que más insistió de los que se nos acercaron, en cuanto el olor fresco a turista se esparció por el andén con nuestra bajada del autobús, comenzó pidiendo 300 Baht por el transporte al hotel que finalmente se quedaron en 220. Era bastante dinero pero no sabíamos la distancia que nos separaba de nuestro alojamiento ni cual era el precio de referencia para ese viaje (el trayecto lo estamos pagando a 80 desde aquí al centro, 100 desde el centro -recuerdo el cachondo que nos pedía 200 - y un taxi 100 pero llevando dos mochilas cargadas). Y al final nos alegramos de que no llevara taxímetro porque los quince minutos que debió haber tardado se convirtieron en sesenta y no fue hasta las cinco y media de la mañana que pudimos por fin dejarnos caer, exhaustos, en la cama
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En cualquier ciudad del mundo los taxistas conocen las calles principales, las secundarias y todos los hoteles y bares imaginables. En Bangkok tú le das el nombre de un hotel al taxista o conductor del tuk tuk (una especie de motocicleta-triciclo en la que los pasajeros se sientan en la parte de atrás y el conductor en la de delante, con un parabrisas que se prolonga verticalmente y hacia atrás para unirse con el techo del vehículo), este te sonríe, acordáis un precio y se pone en marcha. Unos metros más adelante se para y le pregunta a otro conductor si sabe dónde está el hotel al que tú vas porque él no tiene ni idea.
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Y no es un problema de tu acento. Cuando salimos del hotel en dirección al centro tuve la previsión de acercarme a la recepción y llevarme uno de los impresos de propaganda, tamaño folio, con fotos y el listado de precios de habitaciones en el anverso y la dirección y número de teléfono y, en el reverso, un mapa detallado de la zona en que se encontraba el hotel, en que se veía claramente que puente cruzar y el nombre de no menos de dos avenidas principales que conocería cualquier habitante de la ciudad.
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Para volver, se lo enseñamos al conductor del tuk tuk, que dijo “no problem”, nos montamos en el vehículo, arrancó y lo paró diez metros más allá para consultar con el portero de un hotel. No sólo eso, sino que tuvo que volver a preguntar en un puesto de comidas y, ya entrando en la calle correcta, a dos transeúntes.
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No quiero ni pensar dónde hubiéramos acabado, ni a que hora, de no haber sido por el mapa que le enseñé al conductor.
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En todos los días que estuvimos en Bangkok, solo uno de los tuk tuk ha conseguido llevarnos al hotel sin pararse a preguntar ni una vez. Y además lo hizo, en un tiempo record, a una velocidad de vértigo. Una vez a salvo y ya bajados del bólido, con paciencia y hablando despacio, intenté averiguar cuál era el límite en ciudad a lo que él me contestó que una o dos horas era lo que podía conducir en un tour. Me negué a intentar buscar una relación entre su respuesta y mi pregunta e, insistiendo, lo único que logré averiguar es que el vehículo podía alcanzar una velocidad máxima de 80 Km/h. Os aseguro que desde la parte de atrás, viendo como esquivaba motos, coches, otros tuk tuks y la forma de frenar hubiera jurado que íbamos a doscientos por hora.
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(Escrito por el en Siem Reap, Camboya, el sábado 24 de febrero de 2007)