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22 diciembre, 2007

Veo, veo...

"Veo, veo… ¿Qué ves? Una cosita, dime qué cosita es…”

Veo verdes montes y cascadas. Carreteras serpentinas, autocares abarrotados. Mujeres y niños en busca de aire. Sobre el techo, hombres, bultos y cabras.


Veo mercadillos y mercaderes. Especias y polvos de colores. Sedas y abalorios dorados. Trajín humano incesante, intercambio de rupias, negociaciones en torno a tacitas de té. “Namaste, namaste”.


Veo mujeres ataviadas como reinas. Saris, “dupattas” y “salwar kamiz”. Rojo escarlata. Fucsia buganvilla. Verde pistacho. Azul turquesa. Amarillo limón. Bordados y lentejuelas. Pendientes, pulseras y cascabeles. Largas y espesas trenzas de ébano. Tica carmesí donde la raya parte el pelo. Entre dos cejas, una estrella. Piel morena. Sonrisas blancas.

Veo vacas sagradas. Búfalos degollados. Guirnaldas de flores naranja. Santos sados. Funerales de fuego y agua.

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Veo un país. ¿Sabéis ya qué país es?

Me apuesto un café a que la India fue el primer país que se os vino a la mente. Por poco acertáis: la respuesta correcta se halla un poquito más al norte. Un pequeño país atrapado entre dos gigantes vecinos.

El Nepal nos pilló por sorpresa. Viniendo del Tíbet, no nos esperábamos a un cambio cultural tan brusco y radical. Apenas cruzada la frontera, el desierto dejó paso a una vegetación exuberante; el olor rancio de la mantequilla de yak, al aroma agridulce del curry, canela y clavo; las fachadas sobrias y plantas rectangulares, a líneas curvas y decoración profusa; los monjes de cabeza rapada, a sados de pelo rasta; las prendas recias, a velos vaporosos y femeninos; la austeridad, a la sensualidad…

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Turista desinformada, mi idea especulativa del Nepal correspondía a un híbrido entre el Tíbet y la India, más cercano de aquél, pero sin la influencia china. No podía estar más equivocada. El Nepal es tan diametralmente opuesto al Tíbet cuanto parecido a la India. Tanto es así, que las comparaciones (por obvias, no menos odiosas) entre ambas naciones son tema recurrente de sobremesa entre mochileros.

La mayoría de viajeros hacen ruta inversa a la mía, llegando al Nepal con las aprensiones domadas y el estómago curtido por la India. Cuando les pregunto acerca de sus impresiones, el consenso parece general.

“¡Ni color con la India! El Nepal es un remanso de paz, un oasis de sosiego en el que reponer fuerzas. Aquí todo es más limpio, más higiénico, más relajado, más amable. Nada que ver con el estrés constante de más de mil millones de habitantes trepándote a la chepa, taladrándote el oído o vendiéndote la moto para arrancarte unas rupias. Esto es gloria… ¿Cómo? ¿Que nunca has estado en la India? ¿Que te vas para allá después de tirarte un mes en Neeeepal? - Oh, poor thing! Good luck, good luck, good luck…”.

La madre que los hizo.

Veo, veo… otro país. Templos de mármol, parques y fuentes. Fuertes de color rojo. Fuertes de color ocre. Versos coránicos esculpidos en la piedra.

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Veo mujeres de rostro velado, discretas, fraguándose paso en un mar de hombres. Hombres cogidos de la mano. Vacas, cerdos, cuervos, cabras, caballos, camellos y ratas. Perros y mendigos, durmiendo en medio de la calle, cubiertos de polvo. Basura, mierda y escombros. Camiones, autobuses, taxis, ciclomotores, bicicletas. Atascos y bocinazos.
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Veo mezquitas y minaretes. Una puesta de sol, bálsamo de rayos dorados. El canto lánguido de un muecín atrayendo a sus fieles a la oración. “Inshallah”.

Para quien aún no lo tenga claro, he aquí de regalo la pista del cincuenta por ciento: ¿India o Pakistán?

¡Vaya por Dios! Nadie ha caído en mi trampa y acabo de perderme el café recién ganado. Pues sí, pues sí… efectivamente, esta vez sí que se trata de la India.

La influencia Mogol en el norte del país es tan patente que, de Delhi a Jaisalmer, pasando por Agra y Jaipur, la India me habla más de Mahoma que de Mahatma. La arquitectura y cultura islámicas se encuentran a la vuelta de cada esquina y echo de menos las fachadas multicolores, recargadas e infantiles como un decorado de feria, de los templos indios que habíamos descubierto en Singapur y Malasia, con su panteón de divinidades: Visnú, Shiva, Parvati, Ganesha, Lakshmi, Cali… Paradójicamente, la India me ha parecido menos india que el Nepal.

Afortunadamente, también me ha parecido menos “violenta” de lo que me habían vaticinado. Si bien uno se topa inevitablemente con mendigos, truhancillos y tenaces comerciantes, no es cierto que éstos se conviertan en un séquito perpetuo, persiguiéndote, suplicándote, atosigándote, agarrándote de la ropa y sin soltar presa durante más de veinte metros.

Tampoco es cierto que las calles de Delhi sean un escaparate del horror. No he visto, como atestiguan otros viajeros, escenas en las que mutilados sin piernas se arrastren hasta el lugar en el que una turista acaba de vomitar, para llevarse a la boca pedacitos de comida regurgitada. Tampoco he visto cadáveres humanos pudriéndose en las aceras, bajo la mirada indiferente de viandantes. Ni brazos desposeídos, tirados en el suelo, miembros residuales y abandonados de cuerpos descuartizados en accidentes de tráfico. Ni víctimas de brutalidades domésticas, mujeres calcinadas por sus maridos, rostros derretidos como la cera de un cirio consumado.

Tampoco he sido víctima de envenenamientos fortuitos o provocados, intoxicaciones alimenticias, robos, timos, tocamientos íntimos no deseados…

Puede que haya tenido una dosis increíble de “good luck”, tal y como me deseaban mis ocasionales contertulios de viaje. Tal vez mi experiencia haya sido la excepción.

Mi verdad sea dicha. La India me ha tratado bien y me ha gustado infinitamente más de lo que esperaba.


(Escrito por ella desde Delhi, matando el tiempo en el aeropuerto internacional Indira Gandhi, India, 18/12/07)

10 diciembre, 2007

Nada es imposible

El lunes 15 de octubre, llegábamos al campamento base del Everest, por su vertiente tibetana, tras dos días de ruta en todoterreno.
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De derecha a izquierda: José, Isa , Clara y Nial, dando saltos de alegría ante nuestra primera visión del Himalaya.

Esperaba quedarme sin aliento y con dolor de cervicales, al pie de este gigante pétreo (8844 metros, según las últimas mediciones), desafío supremo de tantos alpinistas profesionales y aficionados. Sin embargo, el Everest no me causó mayor impresión.

"La verdad, me hizo más efecto el Mont Blanc" – le comenté desdeñosamente a José, mientras éste ametrallaba la nívea cima con mi cámara. Claro que en aquellas vacaciones de esquí en los Alpes, yo tendría a lo sumo siete u ocho años (unos cuantos menos que ahora), una edad mucho más impresionable.

La imagen colosal que yo me había creado del "techo del mundo" era puro producto de mi ingenuidad. Obviamente, el campamento base no está precisamente al nivel del mar, con lo que del Everest sólo percibimos los últimos 3000 y pico metros que llevan a su cima, trazando un perfil de ascendente verticalidad.

Si bien la visión del Everest no llegó a marcarme, no así la historia de estos tres alpinistas, cuyos nombres – Grania, Erik y Sabriye – quedarán para siempre inscritos en los anales montañeros del Himalaya. En común a todos ellos, un mismo lema: "nada es imposible".
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Tuve la suerte de escuchar en directo a Grania Willis en el 2005, elocuente y entretenida oradora, durante una conferencia celebrada en la sede dublinesa de Microsoft. Acababa de regresar de su increíble expedición por el Himalaya. En Junio de ese mismo año, Grania logró superar su desafío personal, demostrando ser la primera mujer irlandesa capaz de alcanzar la cima del Everest por su vertiente norte, técnicamente la más dura.

Imagino que estaréis pensando a santo de qué os vengo a contar la historia de la primera mujer irlandesa en escalar el Everest por su vertiente norte, ¿acaso no sería mejor narrar la hazaña de la primera mujer (la surafricana, Cathy O’Dowd) en alcanzar esa misma meta?

Cierto. Pero si he elegido hablaros de Grania, es por la peculiaridad de sus circunstancias personales, que hacen su desafío y proeza aún más espectaculares.

A saber:
- Grania W. cumplió su objetivo a la edad de 49 años
- Sufría graves secuelas físicas en la espalda, tras dos caídas a caballo que por poco le costaron la vida y…
- ¡Nunca había practicado alpinismo antes de proponerse escalar el Everest!

Como podréis suponer, muchos intentaron desanimarla de su despropósito. Pero Grania, fiel a su lema, no quiso darse por vencida antes de darlo todo en el intento.

Deja su trabajo como corresponsal ecuestre del Irish Times en septiembre del 2003 y, cinco meses más tarde, empieza su entrenamiento intensivo. En septiembre del 2004, se estrena como alpinista en el Himalaya, escalando Cho Oyu (8189 metros), la sexta cima más elevada del mundo.

Avalada por este primer éxito, Grania se siente preparada para el gran desafío. Empieza a ascender el Everest a principios de junio, algo tarde, pues acaba de terminarse la temporada de escalada. Pese a los fuertes vientos y otras inclemencias del tiempo, Grania alcanza la cumbre el domingo seis de junio del 2005, a las ocho de la mañana (hora nepalesa).

Nota: Tal vez os estéis preguntando qué reto puede quedarle a uno tras haber escalado el pico más alto del mundo. Tras lograr su objetivo, Grania ha puesto por escrito todos los detalles de su epopeya, en un libro publicado bajo el título de "Total High: my Everest challenge" (bastante difícil de conseguir en su versión original, dudo mucho que exista su traducción al castellano). Grania sigue escalando. En marzo de este año, haciendo equipo con otro irlandés, Ian McKeever, se ha convertido en la primera mujer irlandesa en alcanzar la cima de las pirámides Carstensz (4884 metros), en Indonesia. Una hazaña nada despreciable, aunque esta vez no haya hecho portada en la prensa celta.

Erik Weihenmayer, de nacionalidad norteamericana, perdió la vista a la edad de doce años. La desgracia a veces se ensaña injustamente sobre un mismo individuo. Al poco tiempo de quedarse ciego, Erik perdió a su madre en un trágico accidente de carretera. En un esfuerzo por levantar la moral de su reducida familia, el padre de Erik llevó a sus tres hijos adolescentes en expediciones montañeras por Suramérica, India y Nepal. Fue gracias a estos viajes que la autoestima, autoconfianza y espíritu de superación crecieron en Erik, empezando a retomar gusto por la vida.

Pese a su discapacidad, Erik logró superar dificultades y obstáculos, hasta convertirse en uno de los más afianzados atletas de nuestros días. Entusiasta y experto practicante de paracaidismo acrobático, delta plano, esquí, ciclismo y carrera de fondo, sus logros más extraordinarios se adscriben sin embargo a los grandes hitos de la escalada.

El 25 de mayo del 2001, Erik alcanzó la cima del Everest, siendo el primer hombre no vidente en lograr este reto.

El 5 de septiembre del 2002, al erguirse sobre la cumbre de Kosciusko, en Australia, Erik se unió a los 150 alpinistas cuyo record consiste en haber escalado la montaña más alta de cada continente, en total siete.

Mientras escribo esto, pese a que nos separen más de 600 kilómetros de distancia, me parece estar oyendo las quejas del Junior: "¿Cómo que siete continentes?". Aún recuerdo una discusión en el que él sostenía que los continentes, de toda la vida, habían sido sólo cinco, mientras yo me emperraba en que fuesen seis. Pues ya ves, Juni, "ni pa tí, ni pa mí", resulta que son siete.

Ahí van:
1. Asia (su cima más alta, con sus 8844 metros, como bien sabemos todos, es el Everest)
2. Suramérica (Aconcagua, 6961 metros)
3. Norteamérica (McKinley, 6193 metros)
4. África (Kilimanjaro, 5894 metros)
5. Europa (Elbrus, 5641 metros)
6. Antártica (Macizo Vinson, 4897 metros)
7. Oceanía (Kosciusko, 2230 metros)

La trayectoria de Sabriye Tenberken, de nacionalidad alemana, estaba destinada a convergir con la de Erik. Al igual que éste, Sabriye había perdido totalmente la vista con 12 años, a consecuencia de una enfermedad reticular, degenerativa e implacable.

Tras leer un artículo sobre las hazañas montañeras de Erik, Sabriye compartió el inspirador relato con sus alumnos de la escuela para ciegos, en Lhasa. Los niños quedaron tan impresionados que, durante semanas, no dejaron de hablar de su nuevo súper héroe.

Animada por el efecto que Erik producía en la autoestima de sus alumnos, Sabriye le escribió una larga carta, invitándole a visitar su escuela. Una invitación que no sólo fue inmediatamente aceptada, sino correspondida con otra más osada: ¿por qué no acompañarle en una de sus expediciones?

Así pues, Sabriye, guiada por Erik y acompañada por seis adolescentes, cuatro chicos (Gyenshen, Dachung, Tenzin y Tashi Pasang) y dos chicas (Sonam Bhumtso y Kyila), ciegos todos ellos, se aventuró a ascender, no el Everest, sino otro pico himalayo, Lhakpa-Ri, cuyo nombre traducido del tibetano significa "Montaña Tempestuosa". Con sus 7010 metros de altitud, la montaña tempestuosa es más elevada que cualquier otra cima fuera del Himalaya.

Nota 1: Para quién quiera ser testigo de esta increíble aventura, permaneced al acecho del estreno de la película "Blindsight", un galardonado documental que a pesar de haber sido rodado en el 2004, todavía no se ha estrenado en la gran pantalla española.

Nota 2: El ascenso de Sabriye por el monte Lharkpa-Ri, en la vertiente norte del Everest, no es ni de lejos su mayor logro. Dentro de unos días y en un texto aparte, os contaré la increíble odisea de esta mujer excepcional, tras haber tenido el placer y honor de entrevistarme personalmente con ella en Kerala.

Nota 3: Nada es imposible. Tampoco lo es morir en el intento de tocar nuestros sueños. El éxito de estos valientes aventureros, si bien debe inspirarnos a ensanchar nuestros límites, no debe hacernos olvidar los peligros que conlleva el ascenso a vertiginosas altitudes. La densidad de oxígeno en la cima del mundo es de 7,7% (al nivel del mar, 23% aproximadamente). El 20% de alpinistas que han intentado alcanzar dicha cumbre, han perecido en el camino, como atestiguan las lápidas encontradas en su campamento base.

Tal vez no tengáis en mente escalar el Everest, pero sí hacer senderismo en Nepal, como lo hicimos nosotros. Tampoco aquí os confiéis demasiado. Durante el breve periodo de tiempo en el que José se encaminaba hacia el paso de Thorung-La y yo llegaba a Jomsom, tres personas se dejaron la vida en el Anapurna. Un sherpa nepalés y dos turistas franceses.

Un hombre mayor, entre 70 y 78 años (según dos versiones distintas), empezó a manifestar síntomas del mal de altitud, en el ascenso que lleva de Manang a Thorung-La. Haciendo caso omiso a estos síntomas, siguió ascendiendo hasta desplomarse. Intentaron en vano organizar una operación de rescate por helicóptero. Tras tres horas de espera, el hombre expiró su último aliento.

Una mujer joven, de 28 años, viajaba con su pareja, curtido senderista. Se llamaba Olivia y se parecía a Cameron Díaz. Había superado el paso de Thorung-La y alcanzado Muktinath. No había manifestado ningún síntoma, ningún malestar. Sin embargo, por la mañana, su novio se despertó con el ruido de una respiración ahogada. Olivia estaba ya inconsciente, pero aún debatiéndose por arrancarle al aire una última bocanada de oxígeno. Ni siquiera con la intervención de un médico japonés, que la providencia había enviado a la habitación contigua, lograron reanimarla.

Sed valientes, pero nunca temerarios.



(Escrito por ella desde Delhi, India, 06/12/07)





04 diciembre, 2007

La vuelta al mundo de Theo

“Yo quiero viajar, porque viajando se conoce a gente que uno nunca hubiese conocido de haberse quedado en casa” – con estas palabras resumía mis ganas de viajar hace ya casi un año, tres semanas antes de embarcar en nuestro maravilloso periplo por tierras asiáticas y australes.

Más profunda que el recuerdo de los paisajes, monumentos, colores y aromas que han impregnado nuestro viaje durante estos últimos diez meses “on the trail”, es la huella de otros pasos que nos acompañaron durante mágicos tramos del camino.

Conocí a Theo en una sala de espera, frente a la puerta de embarque del diminuto aeropuerto de Pokhara. En Nepal, hasta el más impaciente aprende a tomarse la vida con calma. Tu comida, por ejemplo, nunca llega a tu mesa con menos de 30 ó 40 minutos de espera (el record lo vivió mi amigo Vincent en Bhulbule: una hora y media, para un simple pedido de pan con queso). No es pues de extrañar que uno tenga tiempo de echarse amigos mientras espera su turno de embarque. En mi caso, el pequeñísimo aeroplano de propulsión a hélice, destinado a despegar a las seis y media de la mañana, no me llevó a Jomsom hasta pasadas las nueve.

Con más de tres horas de retraso, Theo y yo emprendimos juntos nuestra ruta por el Anapurna. Nuestro pequeño itinerario tenía como meta para el primer día Muktinath, una aldea agarrada a las rocas, a 3710 metros de altitud, pero no la alcanzaríamos hasta el día siguiente. Entre el retraso y un ritmo marcado por más pausas que pasos, nos vimos “obligados” a hacer noche a medio camino, en el encantador pueblecito de Kagbeni.

Nuestros caminos se separaron en Muktinath para volver a encontrarse tres días más tarde, de pura chiripa, en Tatopani. Así pues, terminamos juntos nuestra ruta, llegando hasta Beni para, desde ahí, volver a Pokhara.

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Durante esos cuatro días de camino compartido, disfrutamos de un rico intercambio de vivencias, anécdotas, impresiones, proyectos e ideas. De aquellas conversaciones, quisiera rescatar una historia para vosotros: la vuelta al mundo de Theo.

Theodor M. Schlaghecken nació hace 40 años en Kleve, un pueblo alemán, limítrofe con los Países Bajos. Hijo de granjeros, disfrutó de una infancia feliz y sana, creciendo en el campo. Junto con su hermano menor, ayudaba a sus padres en el negocio familiar, limpiando pocilgas y alimentando a los más de 500 cerdos que criaban en su granja. Un trabajo “sucio”, que no satisfacía el espíritu romántico de Theo.

Tras graduarse en empresariales, Theo se mudó a la gran ciudad. Atrás quedaron los cerdos, el tractor y el mono sucio de mierda y fango, sustituidos por clientes, coche de empresa e impecable traje diplomático. Durante diez años, trabajó para una consultora, en Frankfurt, resolviendo problemas de gestión, maximizando rendimientos y asesorando a sus clientes por el “módico” precio de 2000 euros al día.

Fueron diez años monocromáticos, en los que cualquier día se parecía al siguiente. Un monótono desfile de hombres trajeados, teléfonos móviles, portátiles, presentaciones en PowerPoint, hojas de cálculo, vuelos en clase “business” y hoteles de cuatro o más estrellas. Un trabajo “noble”, pero al fin y al cabo vacío.

Theo buscaba “algo más”, pero sin saber exactamente el qué. Tal vez fuese la crisis existencial de los 40, tal vez el vacío sentimental dejado por una ruptura reciente, tal vez su sed espiritual nunca debidamente saciada, lo que le impulsó a romper con todo.

En una página web sobre motociclismo, su única pasión y pasatiempo fuera del trabajo, leyó un artículo firmado por Joachim von Loeben. Joachim, un abogado alemán, empleado por una compañía de seguros, había dejado su trabajo en el año 2004 para recorrer África en moto, y estaba dispuesto a repetir la experiencia este año, superando su anterior proeza con una odisea motera… ¡alrededor del mundo! El artículo ofrecía un email de contacto. Theo se puso a escribir de inmediato, ofreciéndose como compañero de carretera para esa gran aventura. Así pues, un pequeño clic en el botón de envío marcó el principio de una nueva vida para Theo.

Theo y Joachim empezaron su viaje el pasado mes de junio, atravesando Europa en dirección a Oriente Medio. Su trayectoria les llevará por cuatro continentes, Europa, Asia, América y África, libres de ataduras y lastres occidentales durante dos años.

Dar la vuelta al mundo está de moda. Durante este viaje, José y yo nos hemos encontrado con muchas parejas y viajeros solitarios, poseedores de un “Round the World ticket”, un producto turístico muy popular en países de influencia anglosajona. Se trata de un paquete de billetes aéreos, válido durante un año, que ofrece la posibilidad de circunvalar el planeta por un precio asequible, calculado en función del número de millas o de escalas.

Mucho menos ordinaria es la vuelta al mundo de Theo. No sólo porque se propone hacerla en moto, sino sobre todo por su carácter humanitario. He aquí la propuesta original de Theo: dar la vuelta al mundo, regalando a su paso sonrisas, bienestar y alegría.

Un solo hombre difícilmente puede erradicar la miseria, el hambre y la enfermedad de la faz de la Tierra. Pero sí puede aportar su pequeño grano de arena para que otro hombre se sienta menos pobre, menos triste o menos solo.

En sus primeros seis meses de viaje, Theo y Joachim han apoyado seis proyectos sociales, contribuyendo a mejorar las condiciones de vida de muchos niños.

En Tiblissi (Georgia), visitaron una escuela para discapacitados, en la que gastaron 500 euros para la compra de juguetes y de una maleta especial, que sirve para estimar el grado de discapacidad motriz.

En Amán (Jordania), se acercaron a una escuela para niños huérfanos. Su director mencionó la necesidad de platos para la cantina. Compraron 400 platos de plástico, gracias a los cuales los niños pueden ahora disfrutar adecuadamente de sus comidas y cenas.

En Sanaa (Yemen), compraron material pedagógico por un valor de 1000 euros, para una escuela en la que huérfanos, niños abandonados o procedentes de familias sin recursos reciben acceso a una educación básica.

En Lhasa (Tibet), Theo puso su mente consultora al servicio de Sabriye Tenberken, diseñando un modelo de recaudación de fondos para su escuela para ciegos.

En Kerala (India), visitaron un orfanato en el que los niños dormían sobre esterillas en el suelo. Compraron 20 colchones, almohadas y colchas, dibujando amplias sonrisas en los rostros de estos niños.


En Katmandú (Nepal), gastaron 500 euros en la compra de 50 jerséis, 100 pares de calcetines y 50 botes de crema hidratante, para ayudar a los 43 niños de un orfanato a sobrellevar las inclemencias del invierno.

Vosotros también podéis aportar vuestro granito de arena. Os animo a que visitéis la página web de Theo y Joachim, www.triparoundtheworld.de, donde los kilómetros recorridos por estos dos moteros están a la venta. Por diez céntimos de euro podéis comprar un kilómetro y estar seguros de que vuestro dinero llegará a buen puerto, sirviendo enteramente a una buena causa.


Nota: Theo se encuentra actualmente en Pokhara, esperando piezas de repuesto para su moto desde hace un par de semanas. Mientras conducía por el Parque Nacional de Chitwán (Nepal) en dirección a Darjeeling (India), un adelantador temerario le obligó a lanzarse por la cuneta. A juzgar por sus últimas noticias, recibidas hace un par de días, se encuentra mejor y está dispuesto a reemprender su viaje muy pronto. Que Dios esté contigo, Theo.


(Escrito por ella desde Jaisalmer, India, 04/12/07)

09 noviembre, 2007

Mulas humanas

En el 99% del recorrido no hay carreteras, sólo caminos y senderos. Pero todos los años llegan decenas de miles de turistas y además aquí vive gente, cuidando sus animales y cultivando los campos, que necesitan pilas y ropa, cerveza y arroz, papel higiénico y café, dentífrico y bombillas. así que ¿cómo hacerles llegar las mercancías?. Solo hay dos formas, una es con mulas de cuatro patas, la otra con mulas humanas.

Durante el Circuito os cruzareis continuamente con ambos. También estos porteadores transportarán las mochilas, tiendas de campaña y utensilios de cocina de los grupos de turistas o individuos que prefieren cargar en espaldas ajenas el sudor y esfuerzo de hacer trekking en Nepal. Como mudo homenaje a estos sufridos hombres, aquí os presento algunas fotos de ellos (no muy buenas, pero mi cámara nueva estaba estropeada y la vieja que me prestaron no reaccionó demasiado bien a la altitud y el frío).

No ha habido día en que no se me pasara por la cabeza que el peso que llevo
a mis espaldas es por elección propia y forma parte de algo que yo hago por ocio. Apenas visibles bajo sus cestos, bolsas o jaulas metálicas, ellos hacen lo mismo por pura y simple supervivencia.















Google Maps de la zona

(Escrito por él desde la Kiwi Guesthouse, Lakeside, Pokhara, Nepal, el 09 de Noviembre de 2007)

Consejos y sugerencias

¿Qué tipo de trek es el más adecuado para mí?
La edad, forma física y estado de salud son los indicadores personales a seguir a la hora de elegir el trek más adecuado. Los hay aptos para todas las edades y de duraciones desde los de un día hasta los de un mes, con distintos grados de dificultad. En mi caso, con 36 años recientemente cumplidos y pudiendo decir orgullosamente que baloncesto, tenis, fútbol, atletismo y paddle son deportes que no practico ni por asomo, me decanté por un recorrido que la Lonely Pedante dice que dura entre 16 y 18 días. Si un "tirillas" adicto a los ordenadores como yo, pudo hacerlo en 12 + 1 días... Pero que esto no anime a nadie a intentar algo que está por encima de sus posibilidades: esto no es una carrera ni se trata de demostrar lo "macho" que es uno, sino de disfrutar de la experiencia y los paisajes.

¿Cuanto cuesta hacer trekking en Nepal?
El primer gasto es el de llegar hasta aquí desde Europa. Después, el permiso. En el caso de la zona del "Annapurna Conservation Area Project", hay que solicitarlo en la oficina del ACAP, a la entrada de Thamel, por 2000 rupias y dos fotografías tamaño pasaporte. Durante la ruta, los gastos son básicamente dos: alojamiento y comida. Preparad un presupuesto de entre 700 y 1000 rupias al día, según vuestro paladar y nivel de comfort acostumbrado, pero adaptarlo a las condiciones locales. El único límite es el de vuestra VISA. Es broma, no la aceptan en ninguna parte. Llevaos efectivo y en billetes de 100 rupias preferiblemente, por mucho que abulten.

Mención aparte es el encontrarse con los maoistas (por ejemplo, el segundo día del circuito, 10 minutos antes de llegar al pueblo de Tal). Para financiar su lucha contra el Gobierno, los guerrilleros solicitan aportaciones voluntarias ("para los hijos y las esposas de los mártires" según su retórica, para comprar balas, fusiles y explosivos en realidad) a los turistas, y vosotros sois un billetero con piernas. La donación depende de cada uno pero te dirán que son 100 rupias por persona y día de trekking, así que la norma es pagar la barbaridad de entre 1000 y 1200 rupias a esa Mafia asesina. Vuestra Embajada y las Guías (Lonely Pedante, Rough Guide) de Nepal recomiendan pagar para evitarse problemas. Es un robo y una extorsión, es ilegal pero ocurre en mitad de las montañas, donde no hay protección policial alguna. Hay gente que no paga y a la que no le ocurre nada (un grupo de cuatro enormes polacos que los mandó a la m..., un grupo de nueve israelíes que les ignoraron). Hay gente que paga muy poco (dos chicas que se pusieron llorosas y les dejaron solo 200 rupias, este servidor que intentó discutir de política y democracia con el jefe con resultado negativo y acabó dejando, con asco, 490 rupias en sus sangrientas manos). Y hay gente que no paga y luego recibe una paliza y además les roban la mochila.

¿Cuando he de ir? Yo recomiendo entre Octubre y Noviembre. Se evitan los mosquitos, el cielo está despejado y los senderos están más frecuentados, lo que tiene sus ventajas (no te pierdes, es relativamente fácil pedir ayuda en caso de que se necesite) y sus inconvenientes (a veces no hay sensación de soledad, el silencio lo rompen conversaciones ajenas en francés u otros idiomas).

¿He de llevar porteador, guía, ambos o ninguno?
La primera regla del trekking, especialmente a grandes altitudes, es que nunca se debe hacer solo. Buscaros un compañero o uníos a un grupo. No se trata de pagar por apuntarse a un tour sino de hacer amistad o entablar conversación con quien os vayáis a encontrar por el camino, ya sea por delante de vosotros o siguiendo vuestros pasos. Nunca se sabe cuando vais a necesitar una tirita, pastillas potabilizadoras o un atisbo de charla civilizada. Y es fácil y agradable conocer gente interesante. ¿Guía? No lo considero necesario. Cuando me he encontrado alguna zona en la que no estaba seguro por donde continuar, le he preguntado a los campesinos o a otros viajeros (y en justa correspondencia en alguna ocasión me han preguntado a mí) y nunca me he encontrado en dificultades. ¿Porteador? Es una elección personal, basada en las circunstancias físicas de cada uno. Yo desde el principio me negué a contratar uno, pues hubiera sido como correr una maratón en motocicleta. No era eso lo que yo buscaba y en modo alguno hubiera podido comprobar satisfactoriamente mis límites y mi resistencia. Lo que ha sido una de las mejores experiencias de mi vida hubiera sido menos reconfortante de no tener 14 kilos a mi espalda, que me hablan de dolor, cansancio y esfuerzo, pero también de fuerza de voluntad y capacidad para superar los obstáculos. Si no estáis en buena forma física, la edad ya no lo permite o una o más enfermedades exigen medicación y prudencia, considerad no hacer el trekking o llevar porteadores, que no es ninguna deshonra. Conocí a un grupo de japoneses en Jomosom que habían hecho el recorrido desde Besisahar con guias y porteadores, y todos los nipones tenían en común que ninguno de ellos era menor de 65 años. ¡Olé!. También está el caso de los cuatro franceses que ví en Manang que llevaban guía, cocinero y catorce porteadores pero eso es...

¿Cómo llego al punto de partida?
Yo tomé un autobús desde Kathmandú, pero no a Pokhara pues hubiera perdido un día. Por 550 rupias me llevó a Besisahar, donde hice noche y a las siete de la mañana del día siguiente, 50 rupias me aseguraban un asiento (voluntariamente en el techo) en el autobús que me dejó en Bhulbule, donde empecé el recorrido. Por cierto que en la misma agencia de Thamel donde compré el ticket, se encargaron (sin coste alguno) de que mis 27 kilos de bolsa, con lo que NO iba a llevarme al trek, llegaran sanos y salvos a la Kiwi Guesthouse, en Pokhara, donde iba a alojarme y descansar tras las dos semanas por el monte.

¿Que tipo de transporte hay cuando acabe?
En el circuito clásico, la última noche se hace en Tatopani, donde hay gente que se queda descansando y disfrutando de sus aguas termales. Al día siguiente se pueden caminar 6 horas hasta Beni o bien 2,5 horas hasta Tiplyang, donde por 200 rupias una camioneta te deja en Beni (o desde Tiplyang se puede subir uno en un todoterreno, por unas 700 rupias, que te deja en Pokhara sobre las siete de la tarde). En Beni, por 146 rupias, un autobús local te lleva hasta Pokhara, a donde llegará cerca de las ocho. En la parada os asaltarán los conductores de taxis: entre 80 y 100 rupias os acercarán a vuestro alojamiento en Lakeside.

¿Cuanto se tarda en hacer el Circuito del Annapurna?
De 10 días a 40. El ritmo lo marcan las capacidades y posibilidades de cada persona, así que no os compareis con ese barbudo y fibroso veinteañero que en un bar de Pokhara se jacta de haberlo hecho en 9 días. Ya sabéis: "Hay gente pa toó". Unos 15 o 16 días es la media, pero esto no es ninguna carrera.

¿Qué tipo de comida me van a ofrecer?
Pizzas, hamburguesas y pasta, si quieres y puedes pagarlo. Los macarrones con verdura y queso están bastante ricos. Los menús más normales son arroz frito con vegetales, huevo o ambos. Tortillas de queso, espinacas, champiñones o patatas. Fideos. Sopas de pollo, minestrone o tomate. La carne, de yak o pollo, es un bien escaso conforme se asciende. Desayunos con leche y muesli o cereales o "porridge", sólo o con manzana. Y por supuesto café o té. Hay cerveza y licores locales, pero no recomiendo darse a ellos hasta que uno no haya comenzado el descenso desde Thorong La. Entre 120 y 250 rupias por comida es lo que os va a costar recuperar las fuerzas perdidas.

¿Cuanto me va a costar el alojamiento?
Una miseria. Depende de la población y el nivel del establecimiento, claro está, pero una habitación doble, sin baño, cuesta entre 75 y 150 rupias (nunca he pagado más de eso, excepto en High Camp, donde una triple costaba 285 rupias). No existen las habitaciones individuales, pero no se paga por ocupación sino por habitación (es decir, son 150 a dividir entre dos personas o entre tú y tu monedero). No es raro, especialmente según avanzamos, que baño y ducha estén fuera del edificio. Aseguraos de que la ducha sea eléctrica o, si es solar, de que ese día no haya llovido u os tocará esperar hasta el día siguiente para aseaos. Y tened en cuenta que no hay electricidad las 24 horas del día, sino sólo en determinadas franjas horarias (por ejemplo, de cinco de la tarde a diez de la noche y de seis de la mañana a mediodía). Y los apagones ocurren con frecuencia.

¿Hay agua mineral?
Y del grifo, pero no es recomendable. Sí, en cada aldea, villorrio o "teahouse" se puede comprar agua mineral pero dadas las circunstancias, no hay una manera medioambientalmente sana de deshacerse del envase. Hay dos soluciones para evitar la contaminación provocada por la acumulación del transparente plástico. Por un lado, usar pastillas potabilizadoras en agua del grifo o de riachuelos (una pastilla de yodo por cada litro de agua o dos pastillas entre Manang y Thorung La). Por otro lado, ACAP y la organización de ayuda al desarrollo exterior de Nueva Zelanda han establecido estaciones donde, por un precio ridículo, uno puede rellenar su cantimplora de agua potable que ha sido purificada con ozono. El coste en rupias por litro y las estaciones son: Tal, Bagarchhap y Chame (35), Pisang, Humde y Manang (40), ChuriLetdar (50), Thorang Phedi (60), Muktinath (40), Kagbeni, Jomsom, Marpha, Tukuche, Larjung, Lete y Ghasa (35).

¿Qué es el "Mal de Altura"?
Conforme ascendemos, el porcentaje de oxígeno en el aire que respiramos, decrece (por ejemplo, a 5500 metros es la mitad del que hay cuando estáis tumbados en una playa de Levante). Nuestro organismo, si se le deja un tiempo de aclimatación, es capaz de hacer frente a esta carencia mediante mecanismos complejos y no del todo bien estudiados, pero la rapidez y efectividad con que lo haga depende de nuestra constitución, estado de salud y otras variables que aún no se comprenden muy bien. Se calcula que lo van a padecer un 60% de las personas que intentan hacer trekking aquí. Los síntomas son dolores de cabeza, perdida de apetito, nausea, vómitos, cansancio, mareos, y sueño irregular. Diamox y el descenso a una altura inferior son los mejores tratamientos. NUNCA se debe dejar a un enfermo que siga ascendiendo, pues entonces el AMS puede empeorar y convertirse en HACE/HAPE y provocar la muerte. El mejor remedio, tal y como rezan los carteles que os encontrareis por el camino es "Descender, descender, descender".

¿Qué tipo de medicamentos he de llevar conmigo?
Obviando los que se puedan necesitar en función de las enfermedades que se padezcan, llevaros tiritas, aspirinas, pastillas potabilizadoras, medicación contra la diarrea y diamox para los problemas derivados de la altitud. Pero buscad consejo de un especialista antes de tomaros nada serio o con efectos secundarios que puedan afectaros durante el trekking.

¿Qué tenias en tu mochila para que pesara 14 kilos?
Yo creía que lo mínimo indispensable. Un juego de calcetines, ropa interior y camiseta para llevar durante el día, otro juego para dormir y un tercero para ponérmelo cuando hubiera lavado (a mano) cualquiera de los dos anteriores. Una cantimplora con un litro de agua, mineral u ozonizada. Una botella de agua mineral que iba rellenando con agua del grifo (a la que añadía una pastilla potabilizadora), Un saco de dormir. Unos pantalones, desmontables, largos. Unos pantalones cortos. Unos guantes. Un gorro. Un forro polar. Un corta vientos. Un juego de ¿protectores de botas y pantalones para la nieve?. Gafas de sol. Mi "krama" camboyano, que me ha servido de pañuelo, bufanda y toalla. Unos pantalones "wind stopper" que me compré en Manang y que nunca necesité. Una linterna frontal. Un mapa de la zona del "Annapurna Conservation Area" que me sirvió de mucho. Un libro, comprado en el mismo pueblo. Champú, jabón, dentífrico y cepillo de dientes. Brocha, maquinilla y espuma de afeitar. Aspirinas, paracetamol, tiritas, sobres contra la diarrea. Papel higiénico (dos rollos). Un block de notas. Tres bolígrafos. Una cámara nueva y mía que no funciona de día y tres baterías. Una cámara prestada y vieja que funciona cuando le da la gana y no hace frío y ocho pilas recargables. Su correspondiente cargador. Un adaptador. Cuatro (1 Gb, 1 Gb, 256 Mb, 128 Mb) tarjetas de memoria SD. Unas crackers que llevo paseando desde Hong Kong. Una pastilla de Toblerone que me prometí, y cumplí, no probar hasta que estuviera a 5416 m de altitud. Barras de cereales de una marca estupenda que descubrí en China y que no he vuelto a encontrar desde que salí del Tibet. Cerillas. Dos mecheros. Un abrelatas. Tres latas de atún "made in Thailand". Tenedor y cuchillo de plástico, gentileza de Quantas.

¿Qué ropa especial he de llevar?
A 5000 metros de altitud hace un frío polar, así que tenedlo en cuenta. Los primeros días caminareis en camiseta y manga corta. A mitad del recorrido dormiréis con bufanda, cazadora y dos pares de pantalones. Llevaos ropa ligera y un corta vientos con capucha, forro polar, guantes y gorro de lana porque a partir de los 3000 metros los vais a necesitar. Parece mentira como bajan las temperaturas en cuanto se pone el sol. Considerad ropa interior larga y cálida. Yo no encontré viento frío durante el día hasta el recorrido Manang - High Camp y pude cruzar el paso sin estrenar unos pantalones "wind stopper" que me había comprado en Manang, pero la resistencia al frío es algo completamente subjetivo y personal.Y no olvidéis el protector solar y la barra de cacao para los labios.



A continuación, el desglose de los 13 días que me llevó completar el circuito, las fechas, las distancias recorridas, altitud de los puntos de partida y destino y las horas de salida y llegada de/a los mismos. No incluyo el día de viaje de Katmandú hasta Besisahar por haberlo hecho en autobús pero sí el último día, pese a que sólo hice trekking durante unas dos horas y media, entre Tatopani y Tiplyang. También el obligado día de descanso en Manang e incluso (aunque esto supuso no hacer el recorrido en 12 días) el día que estuve esperando por Vincent e Isa en Jomosom. Tomad nota de que me he parado con frecuencia para descansar, tomar algún snack, beber agua, contemplar el paisaje, intentar hacer fotos con mi cámara prestada (tarea imposible desde el cuarto día por cómo afectaba el frío y la altitud a las pilas) e incluso homenajearme en alguna ocasión con una hora entera dedicada a la comida y al posterior descanso:

Día 1, 25/10/2007
Bhulbhule (840m) -Jagat (1300m)
Salida/llegada apx 13:00 a 19:30
Recorrido apx 16 Km

Día 2, 26/10/2007
Jagat (1300m) - Dharapani (1860m)
Salida/llegada apx. 07:15 a 16:15
Recorrido apx. 15 Km

Día 3, 27/10/2007
Dharapani (1860m) - Chame (2710m)
Salida/llegada apx. 07:45 a 14:15
Recorrido apx. 16 Km

Día 4, 28/10/2007
Chame (2710m) - Lower Pisang (3310m)
Salida/llegada apx. 08:10 a 13:10
Recorrido apx. 18 Km

Día 5, 29/10/2007
Lower Pisang (3310m) - Manang (3540m)
Salida/llegada apx. 08:30 a 15:10
Recorrido apx. 16 Km

Día 6, 30/10/2007
aclimatación en Manang, subida (500m) al monasterio Chaken Gumpa

Día 7, 31/10/2007
Manang (3540m) - High Camp (4850m)
Salida/llegada apx. 07:50 a 14:30
Recorrido apx. 17 Km

Día 8, 01/11/2007
High Camp (4850m) - Thorung La (5416m) - Muktinath (3800m)
Salida/llegada apx. 05:00 a 07:00 a 11:00
Recorrido apx. 14 Km

Día 9, 02/11/2007
Muktinath (3800m) - Jomsom (2720m)
Salida/llegada apx. 08:10 a 12:15
Recorrido apx. 21 Km

Día 10, 03/11/2007
Jomsom (2720m), esperando a Vincent e Isa

Día 11, 04/11/2007
Jomsom (2720m) - Lete (2535m)
Salida/llegada apx. 09:04 a 17:10
Recorrido apx. 24 Km

Día 12, 05/11/2007
Lete (2535m) - Tatopani (1200m)
Salida/llegada apx. 08:10 a 14:00
Recorrido apx. 20 Km

Día 13, 06/11/2007
Tatopani (1200m) - Tiplyang (1040), desde allí, a la una, todoterreno a Beni (830m) y a las tres autobús a Pokhara (820m)
Salida/llegada apx. 09:00 a 11:30, llegando a Pokhara a las 19:45
Recorrido apx. 2h 30m de trekking desde Tatopani a Tiplyang


Si tenéis alguna pregunta, dejad vuestro comentario o enviad un email...y probablemente os pueda contestar dentro de unos días, cuando llegue a Delhi.


Nota: La información de este post no pretende ser exhaustiva, definitiva o sentar cátedra. Sólo refleja mis opiniones, basadas en mi experiencia y mis circunstancias y no debe ser usada como única fuente a la hora de tomar decisiones sobre la idoneidad de rutas o equipamiento. Consultad siempre con otros viajeros y con profesionales (montañeros, guías, doctores) antes de afrontar un trekking en Nepal...o en cualquier otra parte.

Y recordad que el conocimiento de los locales no tiene precio y que la soberbia siempre recibe su castigo.

Google Maps de la zona

(Escrito por él desde la Kiwi Guesthouse, Pokhara, Nepal, el 08 de Noviembre de 2007)

Caminando entre gigantes (II)

Entonces el camino da uno de esos giros malditos y me encuentro bajando la colina, llegando a un minúsculo puente de madera y teniendo que subir todo lo bajado pero al otro lado del río. Cuesta menos de lo que esperaba pero en lo alto me encuentro a un señor mayor que lo está pasando mal para caminar, precariamente apoyado en dos bastones. No me responde cuando le hablo, tan sólo me mira pero de una manera vaga y automática, casi se diría que sin verme. Su pareja y dos porteadores se ocupan de él y yo sigo adelante, por un camino que bordea la ladera de una montaña a la que un río y menos de 100 metros en línea recta separan de la serie de montañas que tengo a mi derecha. Y al salir de una curva, veo una serie de construcciones bajas de piedra, como hileras de garajes. Es Thorang Phedi, ya estoy a 4450 m de altitud y apenas es la una y media de la tarde.


Sería absurdo detenerme aquí, tan cerca de la cima, así que relleno la cantimplora y me preparo mentalmente para afrontar la subida a lo que es la puerta de acceso a Thorong La. Con sus 5416 m ese es el nombre del paso de montaña a mayor altitud del mundo y ecuador de esta ruta. Ahora se trata de recorrer dos kilómetros casi en vertical, salvando 500 metros de desnivel, en un sendero que se mueve sinuosamente de un lado a otro de la falda de la montaña. La primera parte de la subida es al sol, pero el viento es tan frío que su castigo anula por completo el efecto que pudiera tener el humillado astro. Esta cuesta requiere de toda mi fuerza de voluntad, sería absurdo detenerse a mitad del recorrido. Cuando llego a una zona en sombras, noto mis manos y cara caer presa de los mordiscos del viento. No se como sigo adelante, tal vez porque me repito en murmullos "Tú puedes, José" y "Where there is a will...". La visión de los primeros edificios del hotel, iluminados por el sol, es espectacular, como si de un oasis en medio del desierto se tratara. Una promesa de comida, techo y, en este caso, calor.


95 rupias nepalíes me alojan en una habitación de tres camas que compartiré con dos majísimos ingleses, Kieran Cunningham y Aidan Cunningham (no, no es una coincidencia la similitud de apellidos). El medio centenar de extranjeros que aquí nos alojamos espera impaciente la madrugada. A las cuatro de la mañana, sin que nadie haya dormido por el frío y los nervios (estábamos completamente vestidos, guantes, chaqueta y gorro incluidos, dentro de nuestros sacos de dormir) , el guía de mis amigos golpea la puerta para despertarlos. A las cuatro y media el desayuno, a las cinco emprendemos la marcha.



No somos los únicos, pues algunos grupos han subido desde Thorong Phedi y ya están de camino, al igual que otros de los que aquí nos hemos alojado. Salir tan temprano tiene un objetivo poético y otro más prosaico. El primero, observar la salida del sol a 5000 metros de altura, rodeados de nieve y montañas que aventajan en sólo 2000 metros nuestra situación y el segundo, evitar los fuertes vientos que azotan el paso de montaña y que convierten en peligroso el posterior descenso hacia Muktinath.


Hasta que salga el sol no habrá posibilidad de pérdida, pues pequeños y oscilantes puntos de luz señalan el sendero. Y que sendero. Primero por una desnuda montaña, después atravesando una zona nevada, resbaladiza pues la capa superficial era ya hielo. La linterna iluminaba un inclinado y peligroso descenso para el que tropezara y no pudiera asirse a una mano salvadora. Luego el camino volvía a ser tierra y piedras. Después, trescientos metros más de hielo en el que su estrechez sólo permitía poner los pies delante uno del otro, hubiera sido imposible quedarse quieto. La noche es clara, la atmósfera limpia y no hay contaminación lumínica de ciudades y pueblos, pero el frío empieza a ser preocupante, muerde mis extremidades como un perro rabioso. A la baja temperatura se une la brisa que aumenta la sensación térmica de tal manera que, sumado al continuo caminar sobre la nieve, pese a las botas y los guantes no siento las puntas de los dedos. Son sólo 4 Km hasta llegar al paso, subiendo perceptiblemente algo más de 550 m y van a ser duros, muy duros.

Caminamos, la mayoría en grupo, algunos solos, como débiles nonagenarios que se agarran más a los bastones que a la vida. Parecemos un reumático desfile de fantasmas, con encorvadas espaldas y cabezas que buscan casi besar papalmente el suelo. Desesperadamente despacio, avanzamos a pesar de nuestros cuerpos y nuestros pies, que se niegan a levantarse del suelo o ni siquiera arrastrarse un metro más. He perdido la cuenta de las veces que me paro, aferrándome a los bastones, apoyando mis axilas en ellos, respirando entrecortadamente. Mis jadeos, en este aire tan ligero y tan vacuo, buscan arrancar las escasas moléculas de oxígeno, pero sólo encuentran la mitad de las que podéis disfrutar inconscientemente a nivel del mar.

La salida del sol me sorprende rodeado de cumbres nevadas y ondulantes colinas cubiertas por el blanco manto. Los monstruos que me rodean (Yakawakang, 6482m, Khatung Kang, 6484m, Shya Gang, 6032m, Purkhung, 6120m) brillan por unos minutos como si hubieran vertido oro líquido sobre ellos. El espectáculo es breve pero reconfortante. Hay luz, hay esperanza, pero¿cuanto falta? ¿cuantos recodos más he de doblar? Parece que lleve caminando todo el día, que nunca haya dejado de caminar.


La interminable última media hora acaba abruptamente al rodear por la derecha una colina y divisar la parte final de una línea de banderas de oración budistas sobre una alfombra de recientemente hollada nieve. Hacia la mitad, casi cubierta de multicolores telas con inscripciones religiosas, hay una placa con sus letras amarillas formando palabras de aliento tan cálidas como si estuvieran en medio de una tropical playa.


Thank you for visiting Manang
Thorong-La Pass
5416 m
Congratulations for the success!!!
Hope you enjoyed the trek in Manang
See you again!!!

No puedo brindar con agua, no para evitar la mala suerte, sino porque el contenido de mi cantimplora, que llevaba colgada en el exterior de mi mochila, se ha convertido en un trozo de hielo durante el ascenso. Todavía me quedan seis días de camino para terminar el Circuito del Annapurna pero no puedo dejar de sonreír.


Nota: Una vez cruzado el paso hay un peligroso descenso salvando más de 1600 m de desnivel durante 10 Km que realicé en 4 horas. El sendero es tan vertical al bajar como lo era la subida en el lado contrario y la mayor parte del tiempo se pisa grava y piedrecillas que invitan a un resbalón. Desde ese momento hasta el final del trek en Tatopani o Beni, hay un 80% de camino cuesta abajo y un 20% cuesta arriba, pero ya nada será tan agotador, física y mentalmente, como lo vivido en días anteriores. No todo el mundo llega sano y salvo al final de este circuito. La misma mañana que yo crucé el paso, allí murió un sexagenario francés. Al día siguiente lo hizo una joven belga y unos días antes había muerto un porteador nepalí. La AMS (Acute Mountain Sickness, Mal de Altura) y sus peligrosos derivados, HACE y HAPE, pueden acabar provocando el coma y la muerte en unas pocas horas. Nunca toméis riesgos innecesarios y recordad que a esa altitud y en el Nepal las posibilidades de evacuación a un centro hospitalario son mínimas y generalmente tardías. Las montañas son bellas, pero también pueden ser mortales.

Google Maps de la zona

(Basado en lo escrito por él en su block de notas entre el 24 de Octubre y el de 7 Noviembre de 2007, entre Bhulbhule y Pokhara, Nepal)

Caminando entre gigantes (I)

Everest. Himalaya. Annapurna. Thorung La. De estos cuatro nombres, seguro que la mayoría de vosotros reconocéis los tres primeros inmediatamente y os evocan otros como Herzog, Hillary o Tenzing. Pero, ¿Thorung La?. Ese cuarto nombre a mí tampoco me decía nada hasta que el día 1 de Noviembre se convirtió en sinónimo de agotamiento, congelación y muerte pero también de esfuerzo, voluntad y, finalmente, triunfo.

Nepal en los tiempos modernos tiene una historia tan tumultuosa como gigantescas y escarpadas son sus montañas. Mientras escribo estas líneas en el portátil, el país atraviesa un nuevo periodo de inestabilidad: los comunistas/maoistas abandonan el gobierno y vuelven al robo y la extorsión para financiar sus asesinatos y bombas, el Rey ha anunciado públicamente su abdicación, la Monarquía se puede convertir en República en cualquier momento, las elecciones parece que están a la vuelta de la esquina.


Y pese a todos los peligros que nos creamos los humanos, de todos los rincones del globo seguimos viniendo los turistas y viajeros, jóvenes y pensionistas, con el nada secreto objetivo de caminar, subir, escalar, tocar y contemplar la inigualable belleza de sus cumbres nevadas, pese a que el peligro natural sea por lo menos tan mortal y cercano como el de la Mafia comunista.

"Quiero hacer trekking en Nepal" le dije con seriedad a mi amigo y trekker Enric "Aryu" Cardona, en una fiesta en casa de Mel, en el lejano Dublín en algún momento del 200
6. El me sonrió con el orgullo de quien ha estado allí en repetidas ocasiones y se ha dejado algo de piel y sangre y más de un suspiro por los senderos del Muktinath Himal. "¿Annapurna o Everest?" me ofreció él a modo de respuesta gallega de este internacional catalán.

Y cuando llegué a Nepal a mediados de Octubre de 2007, procedente del Tíbet bajo invasión China, tomé mi decisión: Annapurna y, concretamente, el "Annapurna Circuit", la opción más larga y más dura de la zona. Había sopesado hacer el recorrido al "Everest Base Camp" pero aparentemente está más orientado a montañeros y escaladores que a senderistas (¿es ese el termino correcto en castellano como traducción de "trekkers" - no, "trekkies" no, que esos son los de Mr. Spock y "Beam me up, Scottie" - y es "senderismo" el equivalente de "trekking"?), hay menos posibilidades de alojamiento y manutención en la zona (hay que llevarse comida y tienda de campaña para varias semanas, ergo es necesario contratar un sin número de porteadores) y casi no se ve a nepalís viviendo por allí. Además, ya había visto el Everest desde el lado tibetano, de pie frente a una veintena de tumbas vacías de expedicionarios que murieron intentando escalarlo o bajando, trágicamente con la miel del triunfo en su boca.


Con una mochila de 12 kilos a la espalda, que al día siguiente subieron a más de 14 por el añadido de un par de litros de agua y algo de bollería indonepalí, salí en compañía de mi francófono amigo Vincent, de Katmandú en dirección a Besisahar, donde hicimos noche. Al día siguiente nos subíamos en el autobús (y yo hacía el viaje en el techo, como tantos nativos) que dos horas después nos dejaba en Bhulbhule el punto en que apretamos las correas, desplegamos nuestros bastones y empezamos a caminar.


Diez minutos después yo me paraba presa del pánico. ¿Lo llevo todo? No, me falta algo relativamente importante: mi cinturón-monedero con 1400 dólares, 800 euros, 60 libras esterlinas, una tarjeta de crédito, mi DNI, mi libro de vacunas de la OMS y, sobre todo, mi tarjeta Iberia Plus. Una milésima de segundo basta para ubicarlo, debajo de mi almohada, en mi habitación del hotel de Besisahar. Así que a las 9 me subo en el mismo lento autobús para emprender, a la inversa, el sinuoso viaje que acabo de realizar. Cuando llego al hotel la cama está hecha, la habitación limpia y no hay nada debajo de la almohada.

Unos seg
undos de contenida respiración después compruebo que no he dormido sobre un finísimo colchón sino sobre dos y que entre ellos está el precioso contenedor de tan valiosos objetos. Aparentemente, porque me debió molestar durante el sueño, lo metí allí debajo y al levantarme, como no asomaba por debajo de la almohada, no lo eché en falta. Así que por tercera vez, ahora a las once de la mañana, vuelvo a coger el mismo autobús y a hacer la misma ruta. Y es por eso que el primer día no empecé a caminar realmente hasta la una de la tarde.

Vincent me había dicho que me esperaría en Chame (a dond
e él debería llegar pasado mañana), aunque tuviera que quedarse un día más, pero yo no estaba dispuesto a ello. Por primera y no última vez durante el trekking, mi voluntad iba a arrastrar a mi cuerpo más allá de sus límites naturales. Para su sorpresa aparecí seis horas y media después, a las siete y media de la tarde en su "Guesthouse" de Jagat, tras recorrer en solitario unos 16 km, subiendo desde los 840 hasta los 1300 metros de altitud y, lo más asombroso, caminando con la única luz de mi linterna durante la última hora y media del recorrido. Había cruzado riachuelos, subido laderas por senderos en ziz zag, peleado por mi derecho de paso con mulos cargados de mercancía, me había sentado varias veces en la oscuridad, preguntándome cuanto faltaría aún para llegar, con un creciente dolor en mi hombro derecho, donde la correa de mi mochila rozaba mi piel a través de la camiseta, pero había conseguido llegar y en mi primer día había superado todas mis expectativas.

Al día siguiente al mediodía nos topamos, después de una espectacular y sufrida subida por la ladera de una montaña, con tres ladrones mafiosos(=comunistas) que se amparaban en la bandera de la hoz y el martillo para robar impunemente ("solicitar una voluntaria donación" debería decir) a los turistas. Este episodio con esos hijos de Marx y Al Capone lo comentaré en un post aparte, no aquí.


Castigados por el sol y sudando el agua que repetidamente bebíamos, Vincent y yo llegamos a Tal donde mi amigo (que es un par de años más joven, me saca una cabeza y dos hombros) dijo "No aguanto más". La ruta era más dura de lo que él había esperado, no quería pasar sus vacaciones con dolor de espalda y este trazado infernal no era para él. La única solución que se le ofrecía (aparte de darse la vuelta) era obvia: contratar un porteador para que le llevara la mochila. De haberlo hecho con antelación, gestionándolo en Katmandú, le hubiera salido algo más barato, pero ya iniciada la ruta, fueron 700 rupias nepalís diarias el precio de su comodidad. Con eso se aseguraba que un simpático, atento y educado, Ming Rasi "Gurung" (el nombre de la etnia) cargara sobre sus espaldas con los 14 kilos de ropa y equipo de Vincent.

Por mi parte, yo seguí siendo mi propio portador y guía y me mantuve fiel a mi pensamiento original: si no eres demasiado viejo, débil o enfermo, lleva tu propia mochila.

¡Y lo que pesaba la condenada!



Hasta que llegamos a Manang (3540m), el quinto día, cada jornada era un madrugón, un desayuno rápido y una lenta caminata de 16 Km o más, ascendiendo lenta y trabajosamente por montañas pobladas de arboles, bosques en los que las agujas de pino crujían bajo mis pies y atravesando corrientes de agua, riachuelos unas veces (que obligaban a mojarse las botas y saltar de piedra en piedra), el poderoso río otras (para
esas ocasiones se contaba con puentes metálicos de algo más de metro y medio de anchura y hasta noventa de longitud). Acercándonos a este pueblo dejamos atrás la vida vegetal para atisbar que, después de aquel pueblo, las montañas sólo tendrían el color ocre de la tierra suelta o la roca, o bien el blanco de la nieve. Por prescripción facultativa (recomendada a TODOS los que hacen este circuito) nos quedamos un día adicional, aclimatándonos a la altura (lo que incluyó una subida - y bajada - adicionales de 500 verticales metros para visitar a un monje budista en su monasterio, colgado en la montaña, con espectaculares vistas sobre Manang, debajo, y enfrente los nevados Tarke Kang, 7202m, Singu Chuli, 6501m, Gangapurna, 7454m, Annapurna III, 7555m, Annapurna IV, 7525m y Annapurna II,7939m).

Al día siguiente me separo de Vincent, aunque salimos a la misma hora. Él quiere hacer noche en Letdar (4200m) y al día siguiente en Thorang Phedi (4450m) o High Camp (4850m) para acometer luego la subida al paso. Yo no tengo ningún síntoma del peligroso Mal de Altura (Acute Mountain Sickness o AMS en inglés) y después de estar un día sin avanzar, aunque no sin caminar, he decidido que si en Letdar me encuentro bien, intentaré llegar hasta Thorang Phedi, acortando de este modo en un día el recorrido. El trayecto hasta Letdar es básicamente una lenta e inclinada subida, sin mayores dificultades (dos días antes, entre Pisang y Manang, los continuados desprendimientos de tierra habían añadido una dificultad adicional al polvoriento sendero: había tramos en los que desaparecía bajo la avalancha de rocas) y cuando salgo del pueblo me detengo en una pequeña "teahouse" (pequeña construcción de piedra muy frecuente en la ruta y en la que se sirven bebidas frías y calientes y a veces algo de básica comida, como arroz y "dhal", una especie de sopa de lentejas) para saborear tranquilamente un te negro. La adolescente que me lo sirve sube a diario desde Letdar para atender el negocio. Me encuentro bien, aunque algo cansado, pero no parece que haya ingresado en ese Club del 60% de personas a las que les afecta en mayor o menor medida el AMS. Decido seguir adelante.



Google Maps de la zona

(Basado en lo escrito por él en su block de notas entre el 24 de Octubre y el de 7 Noviembre de 2007, entre Bhulbhule y Pokhara, Nepal)

Katmandú y Nepal

Esta mañana hemos ido a la Embajada de India, a solicitar el visado para ese país, lo cual no deja de ser curioso porque no llevamos en Nepal ni 24 horas aún y nos quedaremos aquí entre tres y cuatro semanas. El procedimiento es absolutamente tedioso. Rellenas un pequeño formulario (importante que sea con un bolígrafo de tinta negra) y lo presentas, tras hacer cola, en una ventanilla. Allí lo recogen, rellenan un recibo que te entregan junto con un formulario más grande, y te vas a hacer cola a otra ventanilla. Le das el recibo al funcionario, pagas 300 rupias y te entrega una copia con una fecha y hora: el día 23 por la mañana tendremos que ir a otra ventanilla con nuestro pasaporte, el formulario grande rellenado y adherida su correspondiente fotografía reciente (en mi caso, eso de "reciente" es un decir) y pagaremos 3050 rupias. Y nos darán hora para, esa misma tarde, recoger la visa estampada en el pasaporte. Valida durante 6 meses que cuentan desde ese momento. Sólo tardamos una hora en iniciar los trámites, pero Vincent estuvo ayer dos horas haciendo cola. Llevaros un libro. O a un amigo.

Volvemos a nuestro hostal a dejar el nuevo formulario y el recibo del pago y Vincent (que se mueve con la seguridad y familiaridad que le da el llevar aquí más de una semana) nos lleva a dar un paseo para que veamos un mundo físicamente cercano al Thamal, el equivalente del bangkokiano Khao San Road, pero sin embargo muy alejado de éste reducto de mochileros, turistas y voraces vendedores de productos fabricados en masa. Cinco metros de lado a lado de la calle en la que se apiñan personas en filas de siete yendo en direcciones opuestas. Por entre ellas se cuelan las Bajaj, Honda Hero y Escort, como si de ágiles pero estridentes peatones se tratara. Y cuando parece que se han agotado todos los huecos, un compacto Maruti Suzuki 800 surge de la nada e invade solidariamente la calle, con su conductor aplicado a la tarea de hacer sonar el claxon mientras maniobra el volante esquivando a los peatones. Pero alguien ha visto un hueco y uno de esos enormes trickshaws hace sonar su peculiar bocina y consigue, inexplicablemente, formar parte de la fauna que avanzamos por la estrecha callejuela en Kathmandú. Mujeres con saris de vistosos colores, hombres de pelo y tez morenos, chiquillos correteando en busca de un nuevo sitio para jugar, vendedores que ofrecen amuletos y collares, navajas suizas fabricadas en China y Bálsamo de Tigre (que sirve tanto para los resfriados como para evitar el mareo en los autobuses), "sadhues", hombres santos, vestidos con túnicas naranjas, cabeza cubierta por un turbante, y portando un cesto con flores y polvos de color rojizo que intentan aplicarte en la frente ("trae buena suerte", te dicen sonrientes) para luego solicitarte un donativo. Mercados en la plaza, con gallinas, patos y gallos asustados en sus cajas. Hileras de cabras en las aceras, a la venta para ser sacrificadas y consumidas esta semana, cuando se celebra la fiesta de Dashain. La noche del viernes se producirá una matanza de estos ovinos en la plaza de Durbar. Como en cualquier celebración, cristiana o no, en el macrocosmos, el mundo de la muerte y el festejo de la vida están entrelazados y son tan dependientes como la espiral de ese ADN microcósmico que todos portamos

Kathmandú. Me encanta. Me atrae. Me descoloca. Me impresiona.

Rompiendo el mágico hechizo de una cultura que mis ojos ven por primera vez, aparece a un lado de la plaza una manifestación de maoistas, con una conciencia política del color de las negras banderas que enarbolan, mientras gritan sus estruendosos eslóganes. No funcionó en la propia China de Mao y quieren que un ineficaz, trágico y asesino sistema triunfe en esta tierra. Los comunistas se niegan a aceptar las verdades de la Historia, y, como los imbéciles, se niegan a si mismos. Como crueles y tristes comparsas de un drama literario de Orwell, se obstinan en repetir sus errores una y otra vez.a costa de la sangre de otros. Pasando desafiantes ante los observadores ojos de la policía y los antidisturbios, desaparecen por una callejuela, seguidos de una camioneta en la que dos banderas con la hoz y el martillo, cuelgan flácidas ante la ausencia de viento.

Por la noche, y en algunas zonas a cualquier hora del día, son otras las palabras que se murmuran al oído del extranjero. "¿Fumas?" o "¿Masaje?" son las que suelen salir de los labios de los nepalíes que se dedican a publicitar esas mercancías del abandono y la miseria. No importa en que ciudad del mundo se encuentre uno o cual sea el sistema político o la dictadura que rija un país, que las drogas y el sexo siempre encuentran su hueco en el que hacerse presente. Y Nepal no iba a ser distinto en eso.


Google Maps de la zona

(Escrito por él desde su hostal en el barrio de Thamel, Katmandú, Nepal, el 18 de Octubre de 2007)

Bienvenidos a Nepal

"¿Es este su equipaje?" preguntó el funcionario de aduanas chino, "Sí, esta mochila, esa bolsa y aquella mochila que sale ahora del escanner" contesté yo. "Abra esta mochila, por favor". Mierda, pensé yo, la puñetera máquina ha encontrado algo raro...que tenía que haber metido en un bolsillo de mi cazadora de no haber sido un objeto tan pesado y voluminoso, claro está.

Katmandú. Su nombre evoca imágenes de altos picos de laderas nevadas y estrechos valles que conducen a las montañas más altas del planeta. Allí nos dirigíamos esa mañana. La noche anterior habíamos contratado, por 200 CNY por persona, el transporte desde Zhangmu (pueblo fronterizo en el lado chino) hasta la capital nepalí, en el mismo sitio en el que estábamos alojados, el Hotel Sherpa. Uno de los recepcionistas, Orson (o algo que suena vagamente similar), nos acompañó hasta inmigración (que no abría hasta las diez) y en el otro lado cogimos una pequeña furgoneta de las dimensiones más reducidas que os podáis imaginar, para salvar los ocho kilómetros de tierra de nadie hasta entrar en Nepal. Conforme nos acercábamos a la frontera administrativa, cambiaban los rasgos y vestimenta de aquellos con los que nos cruzábamos, sobre todo conductores de camiones (que tenían en los parachoques de sus multicolores Tata indios pegatinas o textos como "Good Boy", "No time for love", "Speed limit" o "Horn please"). De los ojos rasgados y la piel amarilla pasábamos a pieles cobrizas y caras de aspecto hindú. Y las gorras y uniformes verdes de paseo de la Policía Armada china se convertían en cascos y ropa de camuflaje, acompañados de antiguos fusiles de asalto alemanes y subfusiles ingleses, de los centinelas nepalíes.

En el puesto de inmigración, después de rellenar el correspondiente formulario y adjuntar una fotografía (en mi caso, una de las blanquecinas que me sobraron cuando me hice el carnet de los cines UGC) pagamos los 30 USD por el visado y diez minutos después estábamos autorizados a permanecer en el país durante un máximo de dos meses. Orson fue nuestro guía hasta el todoterreno en que nos instalamos cómodamente los cuatro viajeros, a los que nos esperaban aún unas cinco o seis horas por delante. Y que horas. Si bien nuestros cuerpos continuaron siendo vapuleados por el inestable firme del camino por el que circulábamos, nuestras aturdidas mentes iban a ser sometidas a una serie de chocantes estímulos.


Por un lado, el paisaje se convertía de pronto en un continuado vergel donde montañas vestidas de frondosos bosques se inclinaban sobre violentos ríos. Merced a los caprichos de la Naturaleza, que marcó los límites para que los ingenieros construyeran esta carretera, disfrutábamos aleatoriamente por la izquierda o por la derecha de la vista de salvajes cauces fluviales y escarpadas laderas pobladas de arboles que comenzaban a vestirse con los colores del otoño. Por otro, la vida al lado de la carretera se nos ofrecía fugazmente como algo distinto de lo que habíamos estado observando desde que llegáramos al Tibet. El Hinduismo tomaba el relevo del Budismo como religión mayoritaria. Los autobuses con los que nos cruz abamos, y por escasos milímetros no colisionábamos con ellos, tenían habilitado para el transporte de pasajeros hasta el techo, donde se apiñaban apenas menos pasajeros que bajo él. La gente cultivaba verduras, se sentaba a la sombra a la entrada de sus casas, jugaba al billar, guiaba sus cabras o simplemente caminaba al lado de ese otro río de vida que es la cinta de asfalto.


No hemos dejado de hacer fotos casi ni por un minuto, de la gente, de los animales, de los edificios, de los campos, de las tiendas. Para mí es reencontrarme con la Asia que yo quería ver y que apareció en Camboya o Laos. Después de la occidental pausa de Australia y Nueva Zelanda y las aspiraciones chinas, el curry y el incienso son un aroma fresco y deseado.

En Kathmandú, en "Iceland Guesthouse" hemos vuelto a encontrarnos con Vincent, nuestro amigo francés que es posible que se convierta en mi compañero de trekking por el Circuito del Anapurna, pero eso lo discutiremos más adelante.

"¿Y esto que es?" parecía decirme esa mañana con su mirada el funcionario de aduanas. En una bolsa y envuelto en papeles hay un objeto. Le quito los papeles y se lo doy. Una piedra cuasi rectangular de unos veinte centímetros de longitud y diez de ancho. Pesa. Bastante. Le explico que es un recuerdo que me traje del Everest. La cara de póquer del chino no tiene desperdicio. Llama a una compañera, le pasa la piedra y se miran. "No tiene fósiles, ni valor alguno" aclaro, y a punto estoy de decirles que no está hueca y en su interior no se esconden secretos sobre la represión en el Tibet. Cuando ya tengo la boca seca, ella se la devuelve a su compañero y me permiten que me la lleve. Menos mal.

Por cierto, mamá, desde Kathmandú voy a mandar a casa otra caja con objetos varios entre los que se incluye un genuino pisapapeles del Everest. Y pesa. Bastante.



Google Maps de la zona

(Escrito por él desde Kathmandu, Nepal, el 17 de Octubre de 2007)