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13 enero, 2008

Por el amor de una mujer

Por el amor de una mujer, un hombre es capaz de las mayores vilezas y los mayores sacrificios.

Puede robar a un mendigo, matar a un hombre santo, golpear a quien le dio la vida. Puede mentir y traicionar, engañar y chantajear. Puede escupir en la cara a su mejor amigo si este osa decir algo en contra de su amor.

Puede también dejar de beber si ella se lo pide, cambiar hábitos nocivos por otros más saludables, incluso puede cambiar las malas compañías por otras menos dañinas. Puede encaminarse por el recto camino del que se había apartado y abrazar una vida que antes rechazaba.

Porque al enamorarse uno pierde la noción del Bien y del Mal, o, mejor dicho, ya no se basan en la moralidad o las leyes, sino en lo que favorezca o perjudique a la mujer amada. La pasión nos arrastra como un caballo desbocado al que montamos mientras nos reímos a carcajadas.

Un hombre enamorado es un hombre invencible, no hay batalla grande o pequeña a la que no acuda confiado en la fortaleza de sus armas. No hay enemigo que le pueda hacer frente si cuenta con el respaldo de su amada.

Un hombre enamorado es también un loco, que desafía a la lógica y la cordura, a la seguridad de lo establecido y respetable. En su mente no hay convencionalismos ni reglas, escritas o no, que le repriman.

Por Ella se hace cualquier cosa. Y por su pérdida se llora de manera inconsolable.

Cuando uno tiene a su alcance todos los recursos de un Mahraja, un hombre enamorado es capaz de construir algo tan hermoso como es el Taj Mahal. Ha sido descrito como "Una lágrima en el rostro de la eternidad" (Rabindranath Tagore) o "La forma corporal de todas las cosas puras" (Rudyard Kypling)

El Taj fue construido por el Emperador Shah Jahan como un monumento funerario en memoria de su segunda esposa, Mumtaz Mahal, que murió al dar a luz a su catorceavo hijo, en 1631. Su muerte la partió el corazón de tal manera al emperador que se dice que su pelo se volvió gris de la noche a la mañana. Nada se dice de noches de insomnio o de llorar amargamente a escondidas, pero no hace falta que eso se escriba en los libros para saber que el monarca sufrió una pena infinita.

La construcción del monumento comenzó en ese mismo año de 1631 y no se completó hasta, aproximadamente, 22 años después. En total, unas 20.000 personas de India y Asia Central trabajaron en el edificio. Se trajeron especialistas, incluso de la lejana y exótica Europa, para trabajar en el mármol y los millares de piedras semi preciosas que se emplearon en la obra.

Pero el coste de tamaña declaración de amor fue tan excesivo que, poco tiempo después de terminado, Shah Jahan fue derrocado por su propio hijo Aurangzb, que le hizo encerrar en el Fuerte de Agra donde, por el resto de sus días, sólo podía atisbar su creación a través de una ventana.

Al morir en 1666, Shah Jahan fue enterrado aquí, al lado de Mumtaz, y sus cuerpos reposan juntos, para siempre, como, tal vez, ambos se encuentren juntos en el Paraíso del Profeta.



(Visitado el 15/12/2007; texto escrito por él en Bagan, Myanmar, el 03/01/2008)

Una hindú atípica

Ser mujer no es fácil o sencillo en ningún país del mundo, tal vez con la excepción del Norte de Europa. No estar casada a una edad en que la mayoría de tus compatriotas ya les han dado nietos a sus madres, ya te convierte en una excepción. Maldecir, fumar y beber como cualquier hombre y vestir de una manera occidental tampoco ayuda. Trabajar en una profesión como el periodismo, no es lo que se espera de una fémina en la India.

Esa es mi amiga Padmaparma Gosh, una hindú atípica.

Padma trabaja para el periódico económico "The Mint", en su sede de Delhi, muy cerca de Connaught Place. Todas las mañanas conduce al trabajo su propio coche, como hace cualquier hombre (frase con doble sentido que quien haya ido de copiloto o sentado en un taxi por cualquier ciudad asiática comprenderá perfectamente). Afortunadamente, atrás quedaron los tiempos en que tenía que desplazarse usando el transporte público metropolitano, siendo sometida casi a diario, como cualquier otra mujer, a tocamientos y roces nada accidentales. Alguna que otra vez tuvo que avergonzar en público, en voz alta, al acosador. Y alguna vez la mano que tocó carne fue la suya, en forma de sonora bofetada en la mejilla del sinvergüenza. Si en el avanzado Japón el Metro tiene vagones exclusivamente femeninos para evitar estas situaciones, aquí en los autobuses públicos las mujeres tienen reservados asientos, no por educación o deferencia, sino para agruparlas en una zona segura y protegerlas del acoso.

Desgraciadamente, en la India predomina la idea de la subordinación de la mujer frente al hombre, ya sea padre o, especialmente, marido. Es una sociedad mayoritariamente conservadora y machista, y una de las sorpresas más desagradables que se lleva uno es comprobar como los hombres miran lascivamente a las mujeres extranjeras, incluso a las que visten de manera más recatada y acorde a la moral del país. En unos pocos segundos les recorren el cuerpo con la mirada de una manera sencillamente asquerosa.

La situación de las mujeres en la capital, Delhi, es casi similar al de las europeas o estadounidenses, pero en el resto del país, ese gigantesco 99% del territorio y población, las cosas siguen como hace cien o doscientos años, sin ningún tipo de evolución hacia la igualdad, pese a las políticas de los sucesivos Gobiernos. Hay cosas que no han cambiado, sólo se han modernizado, desde antes de los tiempos en que la India era la perla de la corona.

Por ejemplo, en los periódicos hay una sección dedicada a buscar matrimonio. No es el típico "Divorciado, 40 años, sin hijos etc." sino que entre los datos que se proporcionan está la casta del novio o novia, y los anuncios los pone su familia. Porque una boda es una cosa muy seria que no se puede dejar al azar, y eso incluye la fecha de la celebración de la misma y la dote. Lo primero, que en Occidente depende de los meses más cálidos, aquí lo eligen las estrellas, pues es la conjunción de determinados planetas y la astrología las que dictan los días y semanas más propicios. Este año 2007 ha sido en Noviembre y desde que se supo, ha habido una carrera para conseguir restaurantes, pues llegan a haber cientos de bodas a diario, apurando los días más propicios del calendario.

Lo segundo, la dote, es causa de endeudamientos e incluso suicidios y asesinatos, en caso de que no se pueda conseguir una cantidad suficiente para el prestigio o nivel de la familia. El honor, como en una España profunda que aún repta bajo la superficie del talante, provoca derramamientos de sangre.

Donde no llega la sangre al río, y la picaresca es más latina que la de los latinos, es a la hora de conseguir una vivienda digna. El apartamento alquilado en que mi amiga vive con su madre (otra mujer atípica, pues es una divorciada en un país que se horroriza ante tal idea; y que, por cierto, cocina divinamente riquísimos platos bengalíes y me ha mimado con esmero durante mi estancia en su casa) es absolutamente ilegal. La licencia municipal para este edificio sólo permite una construcción de pisos determinada pero los del, teórico, último piso, los caseros que viven debajo de ella, han construido un piso en lo que debería ser, de acuerdo a planos y permisos, una terraza.

¿Cómo llega la electricidad? Pues es una derivación del cableado y consumo del piso de abajo, incorporando un contador para calcular y pagar correctamente los consumos.

¿Línea telefónica? No es ningún problema, sólo hay que pagarles una pequeña suma a los operarios, que no se llama nunca soborno, ni aunque se trate de un policía que nos vaya a "perdonar" una sanción de tráfico.

La situación no es nada excepcional en India, más bien al contrario y está relacionada con la discrepancia entre lo que calculan las autoridades como crecimiento de la población y el que realmente ocurre, consecuencia de inmigración interior y de la más que evidente superpoblación. Cuando los planificadores de una ciudad calculan las infraestructuras (por ejemplo electricidad o alcantarillado) de una determinada zona, lo hacen conforme a una determinada población. Pero ésta crece, generalmente sin control, y entonces se desbordan las previsiones y surge esa picaresca que sería envidiada por los italianos, maestros en las lides del timo al Estado.

Algún día, tal vez no muy lejano, Padma se casará pero estoy seguro de que por mucho tiempo seguirá fumando como un carretero, bebiendo como un cosaco, conduciendo como un hombre y, sobre todo, riéndose de los convencionalismos con los que la vida le quiere encorsetar.

Bien por tí, Padma.




(Escrito por él desde Myitkyina, Myanmar, el miércoles 9 de Enero de 2008)

Los tesoros de Rajastán

Al caer la noche sobre la ciudad, en torno a las luces de las farolas se forma una aureola difusa provocada por las partículas de arena en suspensión. Esta fantasmal esfera permanece, pese al viento, como el halo de los santos cristianos en una tierra poblada por infieles. Las calles se vacían pronto de paseantes e incluso se hace infrecuente ver circular uno de los negros y amarillos "autorickshaws", omnipresentes el resto del tiempo. Para cuando vuelvo a mi hotel, después de haber estado conectado a Internet en un establecimiento cercano, toda mi ropa está cubierta de un finísimo polvillo levemente dorado. El Oceano y el Desierto siempre encuentran la manera de atravesar las puertas y los muros que les pone el hombre. Estoy en Bikaner, una ciudad al Noroeste del Estado indio de Rajastán (con una población superior a la de Francia sobre una menor extensión de terreno), y en medio del Gran Desierto Thar.

Las tres formas de transporte urbano más comunes en Rajastán: ciclomotor, trickshaw motorizado y el carro de tracción animal, camello en el caso de las poblaciones del desierto.

En Delhi, la tremenda contaminación y suciedad ambiental provocaban que las mucosidades nasales se volvieran tan negras como la capa de porquería que crecía bajo mis uñas. No importaba cuantas veces al día te lavaras o te sonaras, en la gigantesca capital la contaminación se podía, literalmente, tocar con las manos. Creo que es el sitio en el que más sucio me he sentido, pese a contar (y usar a diario) con una estupenda ducha de agua caliente en mi habitación. Ni siquiera en Mongolia, recorriendo el Desierto del Gobi durante siete días en los que no había posibilidad de ducharse (el agua era allí más que un lujo y una necesidad juntos), había sentido la roña tan enquistada en mi cuerpo.

En Bikaner, como antes en Jaisalmer o en Jaipur, es la arena la que se convierte en una segunda piel, acompañándote desde que sales a la calle hasta que vuelves, cansado, a tu habitación. Pero merece la pena porque Rajastán está llena de tesoros, deslumbrantes y coloridos unos, ocultos y sutiles otros.

En Jodhpur os espera una colosal visión: sobre una colina de 125 metros de altura, desde el siglo XV vigila la Ciudad Azul el espectacular Fuerte Meherangarh. No es sólo un monstruo decorativo, pues ha sufrido asedios y ataques y en sus murallas se ha derramado más de una vez la sangre de los defensores Rajputs.

A sus pies, en el lado Sur, hay un laberinto de callejuelas en las que habitan casi un millón de personas. Mientras que, probablemente surgido como atracción turística, el color azul está presente en todo tipo de edificios, es en el lado Norte, en la zona original de los Brahmanes, donde tiene su sabor más auténtico y su origen más étnico.

Como un gigantesco Lego de casas de una sola planta, se desparraman las construcciones, cruzadas por callejuelas en las que transitamos pocos turistas, muchas motocicletas y alguna somnolienta vaca. Mujeres con coloridos y vistosos saris y hombres de turbante se acercan a hacer sus compras al "Mercado Sardat", que circunda la Torre del Reloj. Verduras y frutos secos, ropa y calzado, pero sobre todo especias, son los productos que más destacan en los puestos callejeros.

Daos el paseo cuesta arriba hasta el Fuerte, pagad las 250 rupias (poco más de 4 Eur) de la entrada (incluye el permiso para hacer fotografías y una increíblemente práctica y bien realizada "audio-guía") y dejad que la voz del Maharaja, entre otros, os guíe por las distintas estancias y, también, por distintas épocas de esplendor, gloria y caballerosidad, cuando se elegía "Muerte antes que deshonor".

El fuerte Meherangarh

A treinta kilómetros al Sur del ya mencionado Bikaner (donde deberéis haber visitado el Fuerte-Palacio), encuentro una curiosidad de esas que sólo ocurren en países dominados por la religión de Vishnu o la de Buda: un templo que acoge a centenares de ratas, sagrado objeto de devoción por parte de los fieles.Cuenta la leyenda hindú que Karni Mata, una encarnación del siglo XIV de Durga, le pidió al Dios de la Muerte, Yama, que le devolviera la vida al hijo de un apenado narrador de historias. Cuando Yama se negó, Karni Mata reencarnó a todos los narradores en ratas, dejando a Yama sin sus humanas almas.

Un grupo de ratas sagradas disfruta de un plato de leche


Las ratas sagradas (kabas) campan a sus anchas por el suelo del recinto, pero resultan ser más tímidas de lo que uno esperaba. Comparten la comida con palomas, que han descubierto en el templo un lugar donde alimentarse, y si uno se les acerca demasiado, se apartan. Aunque si uno se está quieto y se encuentra en su camino, notará como los roedores pasan corriendo, casi indiferentes, por encima de sus pies (como en cualquier templo, descalzarse a la entrada es de rigueur). Por cierto, si veis una rata blanca, como me ocurrió a mi, dicen que es un signo de buena suerte hindú (claro que como yo soy cristiano, no creo que me toque la Primitiva y no me ha llegado ningún email de Asturias diciendo que el Sorteo del Niño nos haya sonreído). Algo curioso es que, pese a no faltarles la comida, muchas de las ratas presentaban en sus cuerpos señales inequívocas de haber participado en peleas (desconozco si es algo endémico en esos animales o se trataba de un fenómeno puntual).

En los tiempos, y culturas, en que las mujeres eran objetos propiedad del marido (ni unos ni otras tan lejanos ni extintos) el Maharaja de Jaipur Sawaj Pratap Singh construyó, en 1799 el Hawa Mahal o Palacio de los Vientos, para dar a las mujeres de la corte la oportunidad de observar la vida en las calles de la ciudad. De aquel edificio, hoy sólo permanece en pie poca cosa visitable más que una fachada de cinco pisos de altura, de color rosáceo (en 1876, otro Maharaja, Ram Singh, pintó la ciudad de rosa, color asociado con la hospitalidad, para dar la bienvenida al Príncipe de Gales y futuro Eduardo VII).

En la misma ciudad, Jaipur, no podéis dejar de visitar su Palacio, un complejo de patios, jardines y edificios en los que aún reside el actual Maharajá, aunque es dudoso que coincidaís con él, pese a su campechanía. Las zonas visitables incluyen, entre otras, el Mubarak Mahal (un centro de recepción para las visitas de dignatarios) y la Armería (en los antiguos apartamentos de las maharanis, las esposas de los maharajas) está llena de armas bellamente decoradas.

Demostrando que las vacas sagradas pueden ser tan mansas como las demás, Isabel confraterniza con una habitante de la localidad


¿Queréis ver otro Fuerte sobre una montaña que se proyecta, a la vez amenazador y protector, sobre una ciudad? Entonces, tomad el tren nocturno y encaminad vuestros pasos hacia Jaisalmer. Podreis penetrar en la ciudadela-fuerte erigida en la colina de Trikuta, con 99 enormes bastiones (o havelis) en los que el paso de tiempo ha destinado que su uso se convierta en algo tan pacífico como hostales, restaurantes, o talleres de artesanía y costura.

Despojado de su epicentro comercial en rutas que llevaban hasta Pakistán, las guerras de India con el vecino del Oeste en 1965 y 1971 le han vuelto a otorgar una gran importancia estratégica. En mi viaje en tren no pude dejar de observar gran cantidad de carros de combate y vehículos acorazados de transporte, siempre a relativa cercanía del ferrocarril. Además, todos los días sobrevolaba la ciudad algún helicóptero militar, de transporte Mil Mi-8 o de ataque, Mil Mi-24 (el aeropuerto situado en las inmediaciones lleva años cerrado al tráfico civil, pero no al militar). Estamos en una zona sensible, no sólo para la Historia antigua, sino también para la de los siglos XX y XXI, pero el turismo mueve montañas y, a veces, pacifica a los guerreros.

Para que veáis que ser "Bond...James Bond" está casi al alcance de cualquiera, no tenéis más que alojaros en la Isla de Jagniwas, en medio del Lago Pichola, en Udaipur. Allí se encuentra el "Lake Palace Hotel" donde se rodó parte una de las películas de la saga de 007, "Octopussy", allá por los años 80, con Roger Moore encarnando al mujeriego agente al servicio de Su Graciosa Majestad (tengo que enterarme de cual es la frase original en inglés, porque nadie les presume a los monarcas británicos tanto sentido del humor). El palacio cubre por completo la isla y fue construido por el Mahraja Jagat Singh II en 1754 y es hoy un hotel de superlujo. Si no os podéis permitir alojaros allí, tal vez os podáis permitir el visitarlo para comer o cenar, la única otra forma de acceder a él. ¿El precio del buffet? Europeo, lo que en India se traduce como "una barbaridad" (o un no muy caro capricho).

En la orilla Este del lago, se alza el Palacio de la Ciudad, el mayor de Rajastán, con una fachada de 244 metros de longitud y 30 de altura. Es curioso que, como podéis ver en la fotografía, retiene una cierta uniformidad en su construcción pese a que en realidad se trata de un conglomerado de edificios creado por distintos Maharajas. A los pies del palacio y continuando por la orilla del lago en dirección norte, merece la pena acercarse a los gaths donde los hindúes se bañan y lavan la ropa, como se hacía en la España rural de otros tiempos.

Tomaros un descanso de Palacios, Fuertes y Maharajas, visitando Pushkar. Dice la leyenda que Brahma dejó caer una flor de loto sobre la superficie de un lago y allí surgió la ciudad. Como objeto de peregrinación, su carácter sagrado prohibe que en ella se consuman drogas (aunque el bhang - marihuana - puede aparecer incluso en un batido), alcohol (pero si se pide discretamente...), huevos, carne...o las parejas se besen en público (esto último es cosa corriente en toda Asia, aunque demasiados extranjeros lo incumplen, trayéndose aquí sus costumbres e ignorando las de los locales). En torno al lago se agrupan 52 gaths (en uno de ellos se esparcieron las cenizas de ese apóstol de la no violencia, el asesinado Ghandi) y es en ellos donde los peregrinos acuden a bañarse en sus sagradas aguas.


Hay muchos turistas que pierden el sentido entre sus callejuelas, rodeados de olores a especias, puestos de venta de tikka, los sadhus que pasean por el pueblo o meditan junto al lago, y acaban pasando aquí más días que los originalmente planeados. Los reconoceréis por sus largos pelos con trenzas rastas (como si llevaran "un pulpo en la cabeza", que dice mi amigo Vincent), pantalones amplios, bolsos de tela en bandolera (en general, ropa supuestamente local que un indio no se pondría ni en pleno subidón de bhang y que provoca la risa entre los locales cuando les preguntas su opinión a ellos, que prefieren unos pantalones vaqueros y una camisa de algodón blanca). Son los nuevos hippies, con los bolsillos llenos de valiosos Euros que aquí pueden estirar y estirar como si se tratara de goma de mascar.

Se pueden recorrer miles de kilómetros con el objeto de encontrarse uno mismo, ya que todos llegamos a la India perdidos y sin saber que esperar de éste país tan extraño, milenario, misterioso, poblado por timadores y santos, mendigos y lisiados, caras infantiles de grandes ojos que te persiguen buscando limosna, ruidoso, sucio, lleno de contrastes, con bombas atómicas y vacas comiendo basura en las calles.

Pero, sobre todo, fascinante.


Marionetas de fabricación artesanal apoyadas en un muro, a la entrada del castillo de Jaisalmer. A veces nos parece que eso es lo que somos nosotros, y que los hilos se mueven sin un sentido claro por obra y gracia de fuerzas que no comprendemos. Para unos Dios, para otros el Destino, pero desde las Parcas de la mitología helena, el hombre ha intentado, en vano, buscarle el sentido a esas acciones suyas que, para todos los demás, no tienen explicación. Por eso, una vez que en Occidente matamos al Dios cristiano, muchos son los que viajan a los países budistas e hinduistas buscando un sentido a sus vidas, buscándose a sí mismos. Porque ¿quién no ha perdido alguna vez el Norte?


(Escrito por él desde Myiktyina, Myanmar, el miércoles 9 de Enero de 2008)

31 diciembre, 2007

La Factoría de los Sueños

En estas fechas de trajín y festejos, en las que todos andamos algo frenéticos, haciendo y deshaciendo planes, despidiendo el año viejo y acogiendo el nuevo con resaca de ilusiones, tengo la suerte de poder tomarme un respiro. Es hora de la siesta en Luang Prabang. La vida fluye como un río tranquilo, con tal sosiego que hasta el tiempo parece detenerse.

Aprovecho la calma para acercarme a vosotros y contaros un sueño. No el mío, sino el de Sabriye.

Sabriye Tenberken nació en Alemania el 19 de septiembre de 1970. Una enfermedad degenerativa de la retícula fue mermando su vista gradualmente, hasta dejarla en la oscuridad total con tan sólo doce años.

Mientras tú y yo entrábamos en la pubertad afrontando crisis existenciales tales como un desastroso corte de pelo, una inoportuna erupción de espinillas y ese primer amor platónico para nada correspondido, Sabriye aprendía a mirar con la yema de sus dedos, a comer a tientas, a visualizar con la memoria, a desplazarse a oscuras, a ubicarse dentro de un espacio sin referencias visuales.

Desde muy joven, su vida ha consistido en la superación de obstáculos. Físicos, obviamente, pero también psicológicos y sociales. Cuando, tras licenciarse en la carrera de estudios asiáticos, solicitó una beca para realizar un proyecto en el extranjero, se topó con un muro. Acudió a varias instituciones, pero en todas ellas la respuesta fue unánime: “No podemos enviar a una persona ciega sobre el terreno, ¿porqué no se conforma usted con trabajar en su proyecto desde Alemania, atendiendo llamadas telefónicas, por ejemplo?”.

¿Conformarse? Ella nunca lo había hecho. Cuando se matriculó en la carrera, eligió estudiar chino, mongol y tibetano, pese a la oposición del profesorado. Le desaconsejaron fuertemente el tomar esta última asignatura, no sólo por la extrema complejidad del idioma tibetano, sino sobre todo por la total ausencia de material pedagógico para no videntes en este campo. Sabriye no cejó ante este primer problema. Había decidido aprender tibetano y su determinación le llevó a crear, partiendo de cero, un código de escritura braille aplicado a este idioma. Para apoyar su estudio, trabajó en el diseño de un programa que permitiese la impresión de textos tibetanos en braille. También produjo el primer diccionario braille alemán-tibetano.

El sueño de Sabriye consistía en viajar al Tíbet y crear allí una escuela en la que enseñar su sistema braille. Todos la escuchaban con interés, pero nadie se atrevía a avalar su proyecto. Después de recibir innumerables negativas, Sabriye comprendió que su sueño estaba completa y exclusivamente en sus manos, que no debía esperar el apoyo de nadie para realizarlo. En 1996, preparó su equipaje y, sola, se echó a volar.

Lhasa, para cualquier viajero, es una de esas ciudades que te ponen a prueba en más de un sentido: altitud, idioma, caos callejero, contraste cultural, corrupción… Para una persona ciega, es además un nido de trampas, con aceras plagadas de agujeros, desniveles, porquería y obstáculos. Todos los días, Sabriye volvía a su habitación con el bastón cubierto de mierda. Pero lo peor no era esto, sino los insultos que recibía en la calle: “¡Eh, mirad a esa blanca estúpida y torpe! ¡Qué risa! ¡A ver cómo se la pega!”.

En cualquier lugar del mundo, sufrir una discapacidad, ya sea física o mental, es una prueba difícil. En el Tíbet, es aún peor. Debido a una concepción mal entendida del karma, despojada de la primordial virtud budista, que es la compasión, el ser ciego, tetrapléjico o tullido es un castigo merecido. Estás en esta vida para saldar una deuda, para limpiar un karma sucio, has de pagar por el mal que has perpetrado en otras vidas, y nadie se detiene a ayudarte.

Para colmo de males, la proporción de ciegos en el Tíbet es diez veces superior a la media en occidente. Debido a las austeras condiciones de vida, a la dureza del sol, al viento, a la suciedad y al uso de carbón para calentarse, muchos niños pierden totalmente la vista a una edad temprana.

Sabriye, que iba recorriendo pueblos y aldeas a caballo, en busca de niños ciegos para su escuela, se encontró con situaciones auténticamente desesperadas.

Un niño había permanecido atado a su cama, para que no se hiciese daño, con lo que no sólo no había aprendido a desplazarse autónomamente, sino que tampoco sabía caminar.

Una niña de cuatro años sufría abusos físicos por parte de su padre, mientras su madre la insultaba llamándola “bruja”.

Otro niño había sido vendido por sus padres a una familia de Lhasa, con el fin de explotarlo para la mendicidad. Cuando no traía suficiente dinero a casa, era brutalmente castigado, a golpes y latigazos.

La primera clase de Sabriye contaba con tan sólo seis alumnos. Usaban un aula prestada, fuera de las horas de colegio. Más adelante, logró comprar un terreno para edificar una escuela permanente.

La construcción de esa primera escuela fue una continua pesadilla, topándose con trabas administrativas, una orden de expulsión por parte del gobierno chino, un pleito sobre la propiedad del terreno comprado, oposición de vecinos, corrupción y robo de fondos. Una importante donación que le había sido enviada desde Alemania fue a terminar en los bolsillos de una organización tibetana sin escrúpulos.

En más de una ocasión, Sabriye se sintió a punto de tirar la toalla. Afortunadamente, en esos momentos, contó con el apoyo de su pareja, Paul Kronenberg, un atractivo viajero holandés que conoció en Lhasa, y que se unió definitivamente a ella en 1998.

Durante los tres primeros años de su convivencia, Sabriye y Paul compartieron una minúscula e insalubre habitación, en la que apenas tenían espacio para moverse alrededor de la cama. Aquello, más que habitación, era una celda infestada de ratas, pero no podían permitirse nada mejor.

Hoy en día, se acuerdan de esos sacrificios y tribulaciones con orgullo. Fue un camino largo y angosto, pero mereció la pena. La satisfacción de ver la felicidad impresa en el rostro de sus niños, a los que se negaba incluso el derecho de existencia, no tiene precio.

Una mañana, llegando al colegio, se encuentran a un pequeño sentado solo en el patio, mirando hacia el sol, con una sonrisa de oreja a oreja. Se acercan a preguntarle porqué se le ve tan contento. ¿Imagináis cuál fue su respuesta?

“Soy feliz porque soy ciego”.

Para este niño, la escuela supuso una transformación radical. Aprendió a leer, a escribir, geografía, tibetano, chino e inglés. Incluso aprendió a usar ordenadores. Nadie en su pueblo sabe hablar inglés. Nadie ha visto jamás un ordenador. De no haber sido ciego, él tampoco hubiese tenido acceso a todas estas cosas.

La niña “bruja” pasó dos años enteros en la escuela, sin volver a su pueblo. Cumplidos los seis años, quiso visitar a sus padres. Ella sola se fue a su casa, volviendo al cole una semana más tarde, de la mano de un padre y una madre orgullosos de su pequeña.

El niño vendido escapó de la familia que lo tiranizaba y también de una vida destinada a la mendicidad. Gracias a Sabriye, aprendió el oficio de masajista y es ahora empresario.

En la escuela, los niños son estimulados a soñar, a deshacerse de sus trabas, complejos y baja autoestima. Una de las actividades a la que se les invita a jugar es la “factoría de los sueños”. En este juego los niños deben pensar qué quieren ser de mayores. La única regla es no darse límites, no pensar en lo que pueden o no pueden hacer, sino en lo que realmente quieren.

Uno de los primeros sueños de la factoría fue el de este niño ciego que, poniéndose en pie, proclamó a gritos: “YO, de mayor, ¡quiero ser taxista!”. Su sueño fue respetado, nadie intentó disuadirlo o convencerlo de que eso era imposible. Dos años más tarde, le preguntaron si todavía quería ser taxista. El niño contestó que no, que había cambiado de idea: ya no quería ser taxista, ¡sino empresario de una compañía de taxis! ¿Quién se atreve a decir que los ciegos no tienen visión?

Al final, ni taxista, ni dueño de una empresa de taxis. Siendo mayor, decidió que su vocación no estaba en los automóviles, sino en la producción quesera. Fue el primer tibetano con pasaporte, viajando a los Países Bajos para aprender el oficio de quesero. De vuelta a su país, es ahora responsable de transmitir su conocimiento a aprendices ciegos, en la granja orgánica de Shigatse (otro sueño cumplido de Paul y Sabriye).

Ahora mismo, Sabriye y Paul están trabajando en la construcción de una nueva escuela, cerca de Trivandrum, la capital de Kerala, en el sur de la India. Junto a un lago y rodeada de cocoteros, esta escuela especial tiene por aspiración convertirse en un auténtico caldo de cultivo para sueños.


El “Instituto Internacional para Empresarios Sociales” abrirá sus puertas en enero del 2009, acogiendo alumnos de todo el mundo, con una motivación común, que es darlo todo por la realización de sus sueños, y bajo una sola condición: tener a la sociedad por beneficiaria.

La mayoría de estos alumnos tendrán otro punto común: ser total o parcialmente ciegos. En esta escuela, ser ciego no es considerado una discapacidad, sino un valor añadido. Los ciegos, por la fuerza de sus circunstancias, han tenido que desarrollar valor, perseverancia, autoconfianza, espíritu de superación, destreza para resolver problemas y superar obstáculos. Todas las capacidades necesarias para realizar sus sueños.

Conocer a Sabriye y Paul fue, sin lugar a dudas, uno de los momentos más emocionantes de mi viaje. Su testimonio es para mí un tesoro, que he querido compartir con vosotros para que os pueda servir de inspiración.


Mi deseo para todos, en el umbral de este nuevo año, es que demos crédito a nuestras ilusiones y seamos capaces de apostar por nuestros sueños.

No permitamos que nadie, ni nada, se interponga en nuestro camino. Seamos conscientes de que muchas veces somos nosotros mismos los primeros en ponernos la zancadilla, escondiendo nuestros miedos e incertidumbres tras el refugio de la excusa, de trabas reales o imaginarias.

No escuchemos esa pequeña voz que, sin duda con afán de protegernos, nos recomienda que no intentemos ningún cambio, que no probemos nada nuevo, que tal o tal idea es una locura o disparate, que pensar de manera diferente es peligroso, que dejarlo todo es suicida, que lo que anhelamos es imposible, que ya es demasiado tarde, que eso es para otros, para los más jóvenes, más fuertes, más valientes o menos condicionados.

Que no tengamos que ser ciegos para abrir los ojos.

Nota: Para saber más acerca de los proyectos sociales de Paul y Sabriye, podéis consultar la página web de su fundación – www.braillewithoutborders.org


(Escrito por ella desde Luang Prabang, Laos, 31/12/07)

28 diciembre, 2007

Varanasi

Conocida también como Benarés y como “Kashi”, ciudad de la luz o iluminación, Varanasi debe su nombre a su demarcación hidrográfica. La ciudad, construida a orillas del Ganges, está enmarcada por sus dos afluentes: el río Varana, por su flanco norte, y el Asi, por el sur.

Cito a José que, pese a nunca haber estado en esta ciudad, atinó a describirla mejor de lo que podría yo: “Varanasi, crucial y definitiva, símbolo de tantas cosas, lugar en el que vienen a confluir lo sagrado y lo mundano”.

Varanasi es la ciudad sagrada de los hindúes. Se cuenta que en ella residió el mismísimo Shiva, con su mujer Parvati y su hijo Ganesha. Desde tiempos inmemoriales, la ciudad recibe diariamente centenares de peregrinos. Vienen aquí a purificar sus almas, a morir o a despedirse de sus seres amados.

A orillas del Ganges gruye un meollo de hombres, mujeres, niños y bestias, cada uno absorto e imperturbable en su propio quehacer. Lo sagrado y lo mundano, lo divino y lo profano, conviven aquí en lo que, a ojos occidentales, es una perpleja yuxtaposición, pero que para los autóctonos es harmonía natural y cotidiana.

Así pues, lavanderas enjabonan, frotan y enjuagan sus ropas en las aguas sagradas, codo a codo con un grupo de penitentes, afanados en la purificación de sus almas, mediante baños, gárgaras y abluciones en las mismas aguas.

Durante todo el día y toda la noche, arden los restos mortales de hombres y mujeres, divididos por casta y condición económica. Unas doscientas cremaciones tienen lugar diariamente en Varanasi, en sus dos enclaves funerarios. Los más pudientes son incinerados en el ghats principal, junto al templo dedicado a Shiva y Parvati. Sus cuerpos, transfigurados en ceniza tras haber quemado lentamente sobre un tálamo de leña, son arrojados al río, mientras sus almas ya han ascendido al cielo en una nube de humo e incienso. Los más pobres, son asados en camillas de fogón eléctrico, en el otro ghats funerario.

Las cremaciones son un espectáculo silencioso y sereno, donde no se escuchan llantos ni lamentaciones (éstas impedirían el ascenso del alma difunta al cielo). Al contrario que en Pashupatinath (Nepal), aquí los muertos son acompañados en su último viaje por un cortejo exclusivamente masculino, pues se teme que las mujeres no sean capaces de reprimir su dolor. Dentro de este cortejo, los turistas son aceptados e incluso bienvenidos (los hindúes comprenden nuestra curiosidad e interés por sus ritos funerarios y se sienten halagados de que hayamos recorrido tantos kilómetros para presenciarlos), pero sus cámaras no son toleradas (una pareja obcecada de turistas japoneses está actualmente cumpliendo una condena de seis meses de encarcelamiento en Varanasi, por haberse tomado a la ligera las advertencias de los locales).
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A pocos metros del callado corro mortuorio, se oyen ecos de alegría y celebración. Amigos y familiares se reúnen entorno a una pareja de recién casados, que acaba de desembarcar de su pequeño crucero ritual por el Ganges. Al vocerío del festejo nupcial, se une el de un grupo de adolescentes jugando al criquet.
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En medio de esta marabunta, vendedores de polvos de tica y abalorios avasallan a los turistas. Algunos se ofrecen para guiarte por el laberíntico entramado de callejuelas, aprovechando el paseo para hacerte descubrir la mejor fábrica de seda o la tienda de su tío. Son los pequeños picarillos de la comisión, hijos de la astucia.
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Otros, menos simpáticos y mucho más pegajosos, se dedican al timo organizado. Presa de la drogadicción, financian su vicio a costa de turistas desinformados. Te abordan con explicaciones interesantes e instructivas acerca de los ritos funerarios hinduistas.
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Así aprendes que el hombre de cabeza rapada y cubierto con una especie de túnica o taparrabos blanco, que se encarga de prender fuego a la hoguera mortuoria y de rociar la boca del difunto con agua sagrada, es su hijo primogénito. Antes de proceder al rito de la cremación, deberá purificarse mediante abluciones en el río. También el cuerpo del difunto ha de ser lavado en el Ganges.
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Aprendes que no todos los muertos están destinados a la hoguera. Los cadáveres de mujeres embarazadas, niños y jóvenes menores de 21 años, sados, y de aquellos que hayan fallecido a causa del veneno letal de una mordedura de serpiente, se consideran de una pureza tal que el rito de la cremación no es necesario antes de entregarlos a las aguas del Ganges.

Aprendes que las mujeres no son despojadas de sus joyas antes de ser quemadas, de ahí que todos los días, al amanecer, se vean grupos de hombres y mujeres desfavorecidos, rastreando las cenizas para encontrar un pendiente, una pulsera o un amuleto de oro.
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Aprendes también que morir en Varanasi es considerado una bendición, liberando al alma del ciclo de las reencarnaciones. De ahí que muchos enfermos vengan a terminar sus vidas aquí… y ahora es cuando empiezan a metértela doblada.
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Te cuentan, y es mentira, que en la ciudad hay tres hospicios en los que estos pobres enfermos esperan abnegadamente la muerte. Pero no todos fallecen con la conveniente diligencia, por lo que hay que ocuparse de ellos, alimentarlos, etc. Te señalan dos grandes edificios, cercanos al ghats, donde supuestamente viven hacinados estos moribundos. Por supuesto, se necesita dinero para mantener estas estructuras y, como bien sabemos todos, la India es un país infestado de pobreza y, la pobreza, por definición, consiste en la carencia de dinero… y ahí es donde entras tú, cuya generosa donación contribuirá al sufragio de esta obra pía, y que no te preocupes si no tienes rupias, porque tus dólares y tus euros también son bienvenidos.
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Por si esto no cuela, te meten el cuento número dos. Los pobres no tienen dinero para comprar madera con la que incinerar a sus muertos (verdad), por lo que tu donación será muy agradecida (verdad) y enteramente destinada al auxilio de estas pobres ánimas (mentira).
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Como te hayas negado por segunda vez a aflojar el bolsillo, prueban con una tercera estrategia. A la vista está tu falta de fe y desprendimiento, prueba irrefutable de que tu karma está muy necesitado de una bendición. Ellos te conducirán benévolamente a casa de su “mama” que, a cambio de una contribución voluntaria y en la medida de lo posible generosa (que ya hemos convenido que los euros también valen), te concederá la precisada y benéfica bendición.
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Como también pases de la bendición y les mandes a que se ocupen de su propio karma y te dejen en paz con el tuyo, ahí es donde las cosas pasan del claro al oscuro y empieza a brotar la tensión agresiva. Mientras tú te fraguas camino para alejarte del lugar en el que te tienen arrinconado, te lanzan enfurecidos vituperios y acusaciones. Que les des “SU” dinero, que ellos te han dado “SU” tiempo, que el tiempo es dinero y que a ti el dinero te sobra y que porqué no les das tu dinero que, de hecho, es ya “SU” dinero, etc.
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Afortunadamente, los truhanes son minoría y muchos indios se acercan a ti para protegerte y avisarte sobre tales patrañas y timos.
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(Escrito por ella desde Chiang Mai, Tailandia, 26/12/07)





22 diciembre, 2007

Veo, veo...

"Veo, veo… ¿Qué ves? Una cosita, dime qué cosita es…”

Veo verdes montes y cascadas. Carreteras serpentinas, autocares abarrotados. Mujeres y niños en busca de aire. Sobre el techo, hombres, bultos y cabras.


Veo mercadillos y mercaderes. Especias y polvos de colores. Sedas y abalorios dorados. Trajín humano incesante, intercambio de rupias, negociaciones en torno a tacitas de té. “Namaste, namaste”.


Veo mujeres ataviadas como reinas. Saris, “dupattas” y “salwar kamiz”. Rojo escarlata. Fucsia buganvilla. Verde pistacho. Azul turquesa. Amarillo limón. Bordados y lentejuelas. Pendientes, pulseras y cascabeles. Largas y espesas trenzas de ébano. Tica carmesí donde la raya parte el pelo. Entre dos cejas, una estrella. Piel morena. Sonrisas blancas.

Veo vacas sagradas. Búfalos degollados. Guirnaldas de flores naranja. Santos sados. Funerales de fuego y agua.

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Veo un país. ¿Sabéis ya qué país es?

Me apuesto un café a que la India fue el primer país que se os vino a la mente. Por poco acertáis: la respuesta correcta se halla un poquito más al norte. Un pequeño país atrapado entre dos gigantes vecinos.

El Nepal nos pilló por sorpresa. Viniendo del Tíbet, no nos esperábamos a un cambio cultural tan brusco y radical. Apenas cruzada la frontera, el desierto dejó paso a una vegetación exuberante; el olor rancio de la mantequilla de yak, al aroma agridulce del curry, canela y clavo; las fachadas sobrias y plantas rectangulares, a líneas curvas y decoración profusa; los monjes de cabeza rapada, a sados de pelo rasta; las prendas recias, a velos vaporosos y femeninos; la austeridad, a la sensualidad…

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Turista desinformada, mi idea especulativa del Nepal correspondía a un híbrido entre el Tíbet y la India, más cercano de aquél, pero sin la influencia china. No podía estar más equivocada. El Nepal es tan diametralmente opuesto al Tíbet cuanto parecido a la India. Tanto es así, que las comparaciones (por obvias, no menos odiosas) entre ambas naciones son tema recurrente de sobremesa entre mochileros.

La mayoría de viajeros hacen ruta inversa a la mía, llegando al Nepal con las aprensiones domadas y el estómago curtido por la India. Cuando les pregunto acerca de sus impresiones, el consenso parece general.

“¡Ni color con la India! El Nepal es un remanso de paz, un oasis de sosiego en el que reponer fuerzas. Aquí todo es más limpio, más higiénico, más relajado, más amable. Nada que ver con el estrés constante de más de mil millones de habitantes trepándote a la chepa, taladrándote el oído o vendiéndote la moto para arrancarte unas rupias. Esto es gloria… ¿Cómo? ¿Que nunca has estado en la India? ¿Que te vas para allá después de tirarte un mes en Neeeepal? - Oh, poor thing! Good luck, good luck, good luck…”.

La madre que los hizo.

Veo, veo… otro país. Templos de mármol, parques y fuentes. Fuertes de color rojo. Fuertes de color ocre. Versos coránicos esculpidos en la piedra.

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Veo mujeres de rostro velado, discretas, fraguándose paso en un mar de hombres. Hombres cogidos de la mano. Vacas, cerdos, cuervos, cabras, caballos, camellos y ratas. Perros y mendigos, durmiendo en medio de la calle, cubiertos de polvo. Basura, mierda y escombros. Camiones, autobuses, taxis, ciclomotores, bicicletas. Atascos y bocinazos.
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Veo mezquitas y minaretes. Una puesta de sol, bálsamo de rayos dorados. El canto lánguido de un muecín atrayendo a sus fieles a la oración. “Inshallah”.

Para quien aún no lo tenga claro, he aquí de regalo la pista del cincuenta por ciento: ¿India o Pakistán?

¡Vaya por Dios! Nadie ha caído en mi trampa y acabo de perderme el café recién ganado. Pues sí, pues sí… efectivamente, esta vez sí que se trata de la India.

La influencia Mogol en el norte del país es tan patente que, de Delhi a Jaisalmer, pasando por Agra y Jaipur, la India me habla más de Mahoma que de Mahatma. La arquitectura y cultura islámicas se encuentran a la vuelta de cada esquina y echo de menos las fachadas multicolores, recargadas e infantiles como un decorado de feria, de los templos indios que habíamos descubierto en Singapur y Malasia, con su panteón de divinidades: Visnú, Shiva, Parvati, Ganesha, Lakshmi, Cali… Paradójicamente, la India me ha parecido menos india que el Nepal.

Afortunadamente, también me ha parecido menos “violenta” de lo que me habían vaticinado. Si bien uno se topa inevitablemente con mendigos, truhancillos y tenaces comerciantes, no es cierto que éstos se conviertan en un séquito perpetuo, persiguiéndote, suplicándote, atosigándote, agarrándote de la ropa y sin soltar presa durante más de veinte metros.

Tampoco es cierto que las calles de Delhi sean un escaparate del horror. No he visto, como atestiguan otros viajeros, escenas en las que mutilados sin piernas se arrastren hasta el lugar en el que una turista acaba de vomitar, para llevarse a la boca pedacitos de comida regurgitada. Tampoco he visto cadáveres humanos pudriéndose en las aceras, bajo la mirada indiferente de viandantes. Ni brazos desposeídos, tirados en el suelo, miembros residuales y abandonados de cuerpos descuartizados en accidentes de tráfico. Ni víctimas de brutalidades domésticas, mujeres calcinadas por sus maridos, rostros derretidos como la cera de un cirio consumado.

Tampoco he sido víctima de envenenamientos fortuitos o provocados, intoxicaciones alimenticias, robos, timos, tocamientos íntimos no deseados…

Puede que haya tenido una dosis increíble de “good luck”, tal y como me deseaban mis ocasionales contertulios de viaje. Tal vez mi experiencia haya sido la excepción.

Mi verdad sea dicha. La India me ha tratado bien y me ha gustado infinitamente más de lo que esperaba.


(Escrito por ella desde Delhi, matando el tiempo en el aeropuerto internacional Indira Gandhi, India, 18/12/07)