Mostrando entradas con la etiqueta Isla Sur NZ. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Isla Sur NZ. Mostrar todas las entradas

19 julio, 2007

El Pequeño Gigante

Esta historia no ocurrió hace tanto tiempo, aunque por el reloj de los Hombres se hayan encendido y apagado varios soles desde entonces. Para los Gigantes fue sólo ayer, aunque ellos no se molestaran en recordar cosas tan diminutas para esa especie que hoy se esconde en los confines de una galaxia más allá del cinturón de Orión. No le tienen miedo a este pálido bípedo. Si se han ido tan lejos es porque les apetecía. La verdad es que nuestros asuntos, de interesarse por ellos, les parecerían mundanos. Ellos se entretienen con cosas de Gigantes, llenando el vacio cósmico y vaciando sistemas solares, lo que podríamos denominar ingeniería planetaria (aunque a ellos les haría gracia la arrogancia oculta tras el nombre y seguro que dirían que el término correcto es “Cosas de Gigantes Que Los Hombres No Entienden”).

Ha pasado en todas las familias, y en todas las épocas. Esta raza y tiempo no iban a ser una excepción. Al Pequeño gigante sus hermanos mayores no le permitían jugar con ellos. Mediano y Grande no estaban de acuerdo, como pretendía Mamá, con que los tres compartieran lo que entonces no era más que una bola de barro que giraba, acompañada por una bola de piedra más pequeña, en torno a una bola en llamas más grande. Que Pequeño se fuera con sus juegos infantiles a otro sitio, ellos no iban a compartir juguetes con él. Pero claro, Pequeño llamó a Mamá y ella llamó a Papá y alguien levantó la voz y alguien bajó la cabeza y alguien recibió un beso y alguien se fue a regañadientes acompañado de alguien que iba contento y sonriente.

Pero como ocurre siempre, una vez los mayores (y éstos lo eran más de lo que os podéis imaginar) se perdieron de vista, las cosas se torcieron levemente. “Las normas, que te quede claro, son tres”, le dijo el Mayor al Pequeño, “la primera es que no juegas con nosotros, así que no vengas a donde estemos. La segunda es que nosotros no jugamos contigo, así que no nos llames o hables con nosotros, ¿lo has entendido?”. El pequeño asintió mientras sus hermanos le daban la espalda y se alejaban. “Esperad, ¿cual es la tercera norma?”, les preguntó mientras aún podían oírlo. Sin girarse para contestar, el Mediano replicó “Tú te quedas aquí y no te mueves hasta que vengamos a buscarte. Y si Mamá te pregunta, te lo has pasado estupendamente con nosotros”. Soltando una carcajada, sus dos hermanos se alejaron con grandes zancadas.

Pequeño se quedó solo y miró a su alrededor, al gulag al que le habían desterrado. Al Norte divisaba una gran superficie de agua. Al Sur sus hermanos habían amontonado rocas y piedras hasta una altura que le impedía ver lo que había detrás. Esa cordillera se iba curvando y acercando paulatinamente por sus extremos hasta convertirse en una semi-elipse que le cercaba en la distancia. Agachó la cabeza y le dio una patada a una piedra, enfadado. ¿Qué podía hacer él? Suspirando, se arrodilló y sus manos cavaron varios agujeros donde había una llanura en las montañas y los llenó de agua. Parecían lagos, y le gustaron, aunque el vital líquido estaba casi helado. Decidió seguir jugando. Se mantuvo ocupado durante un buen rato mientras cambiaba para siempre la geografía de aquella área, Cuando terminó contempló el resultado de su obra: donde el mar (fértil con todo tipo de deliciosos habitantes de las profundidades) luchaba contra la tierra, había furiosos acantilados, donde la acariciaba, surgían preciosas playas. Las montañas estaban ahora cubiertas de nieve y las verdes colinas, pobladas de frondosos bosques con multitud de árboles de los que colgaban verdes manzanas, cubrían el resto del paisaje. Era Natural. Era un Paraíso.

Pero se le había quedado pequeño así que, contraviniendo las órdenes explícitas de sus hermanos se levantó y caminó un rato hasta encontrar otro sitio mas grande donde jugar y poder repetir esa belleza pero a mayor escala, con grandes volcanes, espectaculares glaciares, intrincados fiordos, bellísimas playas y bosques recorridos por animales peculiares no vistos en ningún otro lugar de ese joven mundo.

Cuando estaba terminando su obra, un rugido le sobresaltó y una conocida voz le hizo temblar “¿Qué haces aquí? ¿Por qué te has movido de la esquina en la que te dejamos?” Mediano y Grande le contemplaron cejijuntos y se acercaron furiosos al Pequeño que ahora amenazaba con romper a llorar por miedo a las represalias de sus hermanos. Cuando parecía que era inminente una pelea en la que volvería a perder el más débil, una sombra se cernió sobre ellos. Los tres miraron hacia arriba y vieron a Papá cruzado de brazos. “¿Qué está pasando aquí?”, les preguntó con voz suave pero cargada de autoridad.

Grande se aclaró la garganta y con temor le dijo que Mamá les había obligado a jugar con Pequeño así que decidieron, para que éste no se hiciera daño, protegerle detrás de un pequeño muro y dejarle con suficiente espacio para que se entretuviera mientras ellos…ellos…ummm…daban una vuelta explorando aquel mundo. Ahora ellos habían vuelto a buscarle y no le encontraron donde le habían dejado así que estaban preocupados por él, ya que no querían que le pasara nada. Papá les contempló con esa mirada que ponen los adultos y que los niños entienden como “esa es tu versión de la historia pero sé perfectamente que no lo estás contando todo”.

Papá miró lo que Pequeño había hecho y sonrió. “Bueno”, les preguntó a los otros, “¿Qué habéis hecho vosotros mientras vuestro hermano estaba tan ocupado?”. Ellos le guiaron hacia la zona en la que habían pasado el rato: los volcanes vomitaban lava, negras nubes cubrían el cielo y un olor a azufre lo impregnaba todo. No había vegetación más allá de arbustos de aspecto tan triste como la tierra en la que intentaban medrar. Los repugnantes animales que reptaban o se arrastraban entre las rocas no podrían nunca hacer reír a un niño ni mucho menos inspirar en él los deseos de abrazarlos. Nadie dijo nada y los dos hermanos no sabían como salir del apuro. Y no era la primera vez que su conducta con respecto a Pequeño dejaba mucho que desear aunque él, casi siempre alegre y saltarín, nunca hubiera osado comentarle nada a Papá y Mamá.

“Nos vamos de aquí”, les dijo Papá a los tres, “así que venid conmigo a recoger a Mamá. Pero id pensando en esto: lo que cada uno hace en el exterior sólo refleja lo que lleva en su interior. Vosotros dos aún estáis a tiempo de cambiar y en el siguiente sitio al que vayamos espero que Mediano y Grande crezcan no sólo por fuera sino también por dentro. Reflexionad sobre eso y tened en cuenta que incluso un Gigante puede aprender algo valioso de un Pequeño”. Y diciendo esto, cogió al Pequeño entre sus brazos y, seguido de Mediano y Grande, se fueron a buscar a Mamá.

A sus espaldas dejaron un mundo en formación en el que dos de sus zonas iban a seguir transformándose, mejorando lo que Pequeño había comenzado. Al mar que era frontera natural de la más pequeña de ellas lo iban a llamar Cantábrico y a sus altas montañas, los Picos de Europa. A la otra, compuesta de dos islas, la conocerían como Nueva Zelanda pero para el más joven de los gigantes era simplemente, su mejor zona de juegos.

.

(Escrito por él - porque le apetecía intentar explicar torpe y humildemente que la belleza de Nueva Zelanda es más que humana, más que mágica - entre el Valle de Barossa y ese poblado minero mitad subterráneo en medio de la nada que es Coober Pedy, del 25 al 28 de julio de 2007)

Hay que venir al Sur (para disfrutar bien de Nueva Zelanda)

Me niego a sufrir tamaño atropello en silencio, le pese a quien le pese. Vamos, hombre, ¡que me acusen a mí abierta e injustificadamente de demasiado detallista en mis textos del blog! ¡David, Manu, Mel, Diego, Sergi! Vosotros, que sabéis la verdad, defendedme a capa y espada desde Dublín. Bueno, no, mejor no os esforcéis demasiado, seguid, seguid con vuestros emails sobre fútbol y lo mal que lo hace la selección nacional… Sí, es cierto, a veces (algunas) escribo contándolo todo con pelos y señales pero es la forma de satisfacer el lado “reportero” del escritor, y la vertiente “diario” esa la selecciono un poco más. Pero no mucho más, a juzgar por todo lo que se publica. En fin, esta era la introducción para un resumen de la Isla Sur, al estilo de mi aventajada compañera de viaje que ya se ha ventilado de un plumazo las experiencias vividas durante varias (pocas) semanas recorriendo esa parte del país. Ahora es mi turno de contaros lo que no os podéis perder y lo que nosotros no dejamos pasar, para bien y para mal.




Los pueblos de carretera. ¿Habéis visto algún episodio de “Northern Exposure” (“Dr. En Alaska”)? Si os acordáis del aspecto de las casas y calles de la pequeña Cicely entonces tendréis una permanente sensación de “déjà vu” cuando recorráis muchos de los parajes neozelandeses. Atravesareis pueblos que constan de una calle principal, que es la carretera nacional por la que circulas en ese momento, un hotel, una tienda de ultramarinos, una iglesia y doscientos metros de casas. Eso en los sitios grandes, porque en muchos otros la iglesia, la tienda y el hotel están en el pueblo de al lado. Hay 60, 80 o 120 habitantes según aparece en la Guía de Viaje bajo el nombre de la población. Y sus casas se esparcen entre los límites de uno y otro pueblo. Antes de verlas, las adivinas por los blancos penachos de humo, enroscados como una serpiente en su madriguera, que se elevan entre los arboles. Porque es invierno y la madera cortada laboriosamente durante el verano se transmuta ahora en luz, calor y vida.



Los paisajes. Lake Rotoiri, los pancakes de punakiki, el Lago Mattheson (desde donde hay una perspectiva de postal con el Monte Cook al fondo)… Si no conocéis nada de Nueva Zelanda os encontrareis en cada recodo de la carretera con imágenes que se grabaran en vuestras retina como si se tratara de una película o un documental de la 2: una carretera por la falda de una montaña, un rio con extensas orillas pedregosas, montañas que contemplan el sinuoso paso del agua y cucuruchos blanquecinos que se niegan a derretirse en lo alto de los pétreos gigantes. A veces, la atmosfera nos presentaba tal claridad del aire que recuerdo especialmente una puesta de sol en la que parecía que líneas de pintura anaranjada caían del cielo y se derramaban sobre el horizonte.



Los museos. Para todos los gustos, colores y sabores: “NZ Fighter Pilots Museum” (con efectos personales de pilotos de la I y II Guerra Mundiales, centenares de maquetas, aviones Hawker Hurricane, Polikarpov Il, Tiger Moth, De Havilland Vampire y un segundo edificio para mantenimiento de estas y otras aeronaves), “Puzzling World” (no solo por el gigantesco y complicado laberinto al aire libre sino por la variedad de sus hologramas, lo curioso del efecto de las caras – una habitación enorme en la que te sentirás no solo observado sino seguido por la mirada de decenas de Einsteins, Churchills… - , el cuarto en que puedes ser gigante o enano según por que puerta entres o la curiosa habitación donde la gravedad funciona al revés) , “Transport and Toy Museum” (con miles de juguetes de todas las épocas – incluyendo, por supuesto, un apartado especial dedicado a Star Wars con ¡algunas figuras de 1977 aún en sus cajas! – y centenares de turismos, coches de bomberos, vehículos militares, carros de combate y varios aviones, incluyendo un MiG), “Shantytown” (la reconstrucción de un pueblecito minero australiano de mediados del siglo XIX con su tren de vapor – en el que obviamente nos dimos una vuelta – y todo), “Canterbury Museum” (donde a las tres y media tenemos el tour con una embarazadísima Rachel que espera el segundo hijo para Octubre), “Willowbank Wildlife and Maori Experience” (decidimos tirar la casa por la ventana y cogemos el paquete completo: espectáculo maorí, cena y visita a la reserva de vida salvaje. La cena nos hincha, el espectáculo no nos parece muy bueno a ambos y la buena noticia es que vemos hasta media docena de gordos kiwis. La nota surrealista y graciosa es que cuando volvemos en el taxi se recibe una llamada desde el centro y tenemos que dar la vuelta pues parece que nos hemos dejado a otros dos pasajeros atrás. Al llegar comprobamos que éramos nosotros…

Los glaciares. Hace dos años en el Sur de Chile, Renato, Mercedes, Sabine y yo pasamos cerca de uno, pero la traicionera niebla lo envolvió rápidamente con su gris manto y nos quedamos con las ganas de verlo. Esta vez no ocurrió lo mismo y pude disfrutar no de uno sino de dos glaciares que están bastante cerca el uno del otro, al principio de lo que se conoce como Southern Alps (Alpes del Sur). Al segundo, el Fox Glacier, nos pudimos acercar hasta unos cien metros. El primero lo vimos bastante más de cerca, Isabel optó por la vía CC (cómoda y cara) haciendo HeliTrekking y yo por la –CC (menos cómoda y menos cara), haciendo trekking hasta el principio del glaciar y sobre este para después hacer Ice Climbing
(escalada en hielo).

Un pequeño grupo compuesto por Beth, Tadhg, dos chinas quejicas y dos guias (Mickey y Ray) disfrutamos de un madrugador día de cielo azul paseando primero y escalando luego, por este viejo gigante. Hacia el final de la jornada, subir los verticales veinticinco metros de la última pared fue especialmente cansado y cada vez que se levantaba un brazo para clavar el pico en el costado del coloso, el esfuerzo era acompañado por un pequeño gruñido. A continuación, hacer fuerza para quitar el crampón de donde lo habíamos clavado, levantar el pie y volverlo a clavar más arriba, y repetir la operación con el otro pie sobre la milenaria blancura. Impulsar el cuerpo hacia la cima a regañadientes y volver a usar los brazos, uno primero y después el otro, para clavar más arriba aún los dos picos. Robarle segundos a la maniobra para girar la cabeza y mirar hacia abajo, sonriendo. Y en lo alto una merecida pausa para contemplar, a mis espaldas, una lengua blanca que se asomaba entre verdes montañas buscando un valle del que se alejaba lenta pero inexorablemente.


El clima. En las mismas fechas, invierno en Nueva Zelanda, verano en Europa, se puede tomar el sol en el Norte o esquiar en el Sur. Surf y bañadores en Raglan, guantes y gorros en Queenstown, donde en esas fechas comenzaban a celebrar el Winterfest y en el escenario coros y cantante estaban perfectamente arropados. Eso significa que, si te descuidas, viajando por el sur el frio se convierte en helada, la lluvia en nieve y el traicionero hielo cubre el asfalto. Llegas a un pueblo bajo un cielo despejado de nubes y con el sol relajándose en lo alto. Al día siguiente, hay varios centímetros de nieve en las calles, el blanco hielo cubre las cortadas carreteras. En Wanaka el 22 de junio entramos en un museo a las once de la mañana y cuando salimos una repentina nevada ha dejado blancos los campos y las carreteras, con lo que camiones y coches tienen problemas para recorrer los 9 km de vuelta al pueblo (nosotros, para no ser menos, nos vamos a la cuneta). Al día siguiente, Wanaka se despierta aislada con las carreteras cortadas y durante unos días la única manera de abandonar el pueblo será por alguna de las vías por las que se puede circular con cadenas. No llega el correo y se acaba el pan en los supermercados…




Si creéis que todas nuestras experiencias han sido maravillosas y perfectas, siempre hay pequeños tropiezos y complicaciones. A Haast: llegamos de noche, cerrado el único supermercado, la única gasolinera, y nos tenemos que alojar en la más barata de las más caras opciones. Incluso la gente que estaba allí cenando tenía aspecto de estar pasando los primeros días de una condena de 10 años en una penitenciaría del círculo polar. De hecho, tras abandonar el privilegio de esa compañía nos encontramos con la temperatura más baja de todo el viaje. Haast Pass ostenta el record de tener, con un cielo despejado y un sol maravilloso, dos grados bajo cero fuera del coche. Y os recuerdo que en Wanaka (población 3500 habitantes) nos quedamos forzosamente durante tres días.





Se hace raro mirar un mapa del mundo en que a la derecha está el continente americano y Europa (y bajo ella, África) no se encuentra en el centro, sino a la izquierda. Es básicamente el azul claro del Pacífico lo que ocupa la posición predominante y, muy debajo, Nueva Zelanda.

Otra peculiaridad. Las condiciones geográficas de aislamiento de este país y de Australia provocan restricciones en los productos que se pueden introducir y sacar del país, así que un par de días antes de irnos de Nueva Zelanda empezamos la operación “Sin Comida”, El objetivo es comernos todo lo que tenemos y vaciar nuestra despensa móvil. Hemos acabado con demasiados gramos de espagueti que he cocinado con una salsa con ajo, cebolla, atún, nata, y huevo revuelto pero una tortilla de una patata y ocho cebollas se descarta.

Dos cosas sobre autobuses y autobuseros. En NZ he visto que los vehículos fuera de servicio no solo tienen eso en el letrero de su frontal sino que, maravilla nunca vista, añaden una sorprendente palabra y lo que se puede leer es “Sorry, Out of Service””, ¡se disculpan!

En el viaje de Queenstown a Christchurch tanto John, el conductor del primer autobús, como Tofi, el del segundo no paran de coger el micrófono para contar cosas de los sitios por los que pasamos. Imaginaos si hicieran eso los del ALSA…estáis en el autobús que os lleva de Oviedo a Madrid, acabáis de salir de la capital asturiana y el conductor coge el micrófono y os dice “Buenos días, mi nombre es Mariano, y voy a llevarles hasta Madrid. Conforme pasemos cerca de algún monumento o paisaje singular les iré narrando alguna historia sobre ellos. Sin ir más lejos, a nuestra derecha se encuentra el monumento prerrománico de San Julián de los Prados…”







Nota: Nueva Zelanda es un país barato. La comida y el transporte están a niveles similares a los europeos, así que para los que vivimos en Irlanda no debería resultarnos excesivamente oneroso el día a día. Nueva Zelanda es un país caro. Sí, lo es para el alojamiento y las actividades pero ¿quién dijo que fuera barato hacer submarinismo, paracaidismo, descenso de ríos, escalada en glaciares o viajar en helicóptero?

Y cuando lleguéis al país aseguraos de tener un billete de salida del mismo para evitar que os hagan dar la vuelta en el mismo Aeropuerto.

(Escrito por él entre Adelaide y Emu Bay, Australia, 19 – 21 de julio de 2007)

12 julio, 2007

Lo encontramos

Son solo 100 metros y tú puedes hacerlo, José. No es ni tan difícil ni durará tanto tiempo como para justificar que te eches atrás a estas alturas. No hay que llevar una capa, máscara o los calzoncillos por encima de los pantalones para superar ese obstáculo. Otra gente, aparentemente normal, ha sido capaz de hacerlo antes que tú y, peor todavía, hay otra gente haciéndolo mientras tú corrías en dirección contraria. Si otros antes que tú y otras (¡otras, José, otras!) son suficientemente hábiles como para encontrar la manera de vencer ese pánico, ¿cómo vas a poder mirarte al espejo si tú no lo logras? Además, no puedes echarte atrás porque sabes que no hay alternativa y cualquiera que te haya estado viendo se habrá reído a gusto así que, maldita sea, ¡vuelve a meterte en el agua!

Pero ¿por qué nuestra barca no se podía arrimar más a la orilla, como por ejemplo la de Caterina? Claro, ya os imagino a vosotros, mirando de refilón por la ventana de la oficina o de casa y viendo lucir el sol en España. Y miráis el calendario y comprobáis que, al igual que ayer y que mañana, seguimos en Junio, así que ¿dónde está el problema de este asturiano (que debería estar acostumbrado a las aguas del Cantábrico)?

El problema es que este asturiano emigrado a Irlanda se encuentra ahora en Nueva Zelanda, en las frías aguas de la Bahía de Tasman y Junio aquí es como Octubre en los canales de Estocolmo. Y la barca (que además está pagada, como aquella grúa de Belfast, ¿eh, Mel?) es la única manera de salir del Parque Nacional Abel Tasman, salvo que se quiera realizar una caminata de cuatro horas, una hora antes de que empiece a anochecer. Reuniendo todo mi valor, volví a meterme en el agua con los pantalones remangados hasta medio muslo y procedí a contar los pasos que daba, como forma de distraer mi cerebro de la baja temperatura del mar. Noventa pasos después, y adelantando a Isabel y Mariana, unos pies casi en el punto de congelación me proyectaban sobre la borda y me dejaban, por fin, sentado en la barca que nos devolvería a Marahau, nuestro punto de partida y lugar donde descansaba nuestro coche.

En Nelson habíamos aprovechado que el check out en invierno era a las once de la mañana, en lugar de a las habituales diez, para robarle unos minutos más al sueño, ese amigo al que los viajeros tratamos con tanto desdén. Y después fuimos a un aparentemente humilde local, en el centro de la ciudad a ver El Anillo.

Parecía a la vez insignificante y enorme. ¿Cómo algo tan pequeño y de diseño tan sencillo había podido levantar tantas pasiones, tumbar a gigantes y hacer crecer desmesuradamente a gente pequeña? Pero allí estaba, en una humilde caja de madera sin inscripción alguna que pudiera delatar el contenido. Con temor casi reverencial lo cogí en mi mano y un repentino impulso me llevó a introducir mi dedo en él. ¿Acaso no brillaba ahora de una manera especial? Ese refulgir del oro parecía mágico, como si hubiera estado esperando a que yo llegara a él. Después de todo, ¿por qué no iba a ser mío? ¿Es que yo no tenía derecho a llevarlo en mi mano? ¿Quién podía negármelo? ¡Pobre de quien osara! ¡Nada podía interponerse entre él y yo! ¡My precious! ¡Mi Tesoro!

“José, tenemos que irnos ya¨, me dijo Isa con un tono de preocupación en su voz. Y además estás saliendo en las fotos con una cara extraña, me das escalofríos… ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?


.
.
.
El matrimonio de Arte y Moda sólo puede dar a luz hijos de efímera vida y la siguiente parada de nuestra ruta era un lugar en el que se preservaban estas creaciones, el WOW, “World of Wearable Arts & Classic Cars Museum” www.wowcars.co.nz, situado a las afueras de Nelson. Una de las exhibiciones es relativamente convencional, con coches clásicos desde los principios del automóvil. Pero junto a piezas obvias como un Ford T u otras que han salido de los talleres de Mercedes (y se cuenta como se añadió ese nombre a los de Daimler y Benz), Porsche o Cadillac, aparecen otras menos comunes, como un Cord Westchester Sedan de 1937, un Pierce Arrow, un Locomobile, un Stearms Knight…Yo me confieso un desconocedor del mundo del automóvil clásico (y de la mecánica del moderno) pero aún así lo encontré muy interesante. Si Fernando De La Hoz, al que conocí compartiendo sede social en la Calle Covadonga, que organiza el Certamen del Automóvil Clásico “Ciudad de Oviedo” hubiera estado aquí, habría disfrutado como un niño observando estos más de cincuenta vehículos allí expuestos.


La otra exhibición, la verdadera esencia del museo, es una serie de modelos presentados al festival anual WoW. Este evento que se gestó en Nelson en 1987, fue obra de la artista Suzie Moncrieff que quiso crear un concepto en el que no solo se diseñara una prenda o vestido sino que ésta fuera además, simple y llanamente arte. Tras sucesivos festivales, la idea fue tomando tales dimensiones que en 2005 el show, rebautizado “Montana World of Wearable Art Award Show” (Montana, el nuevo patrocinador, es uno de los mayores viñedos de Nueva Zelanda) fue trasladado a Wellington, donde la próxima edición se celebrara en Septiembre de 2007. En el museo de Nelson se han habilitado tres zonas, una audiovisual donde uno asiste asombrado y admirado (¡la imaginación y la creatividad al poder!) a la presentación en video de las obras que desfilaron en anteriores ediciones, otra para las creaciones de un apartado especial, las que cuentan con elementos fosforescentes o luminiscencias, solo apreciables en su totalidad a oscuras, con la ayuda de “luz negra”. En la última parte, o primera si seguimos el orden correcto para una mejor experiencia, nos encontramos una sala en la que se exponen estáticamente diferentes modelos que participaron en el festival y, en una pasarela por la que se desplazan una veintena de maniquíes con no menos majestuosidad que cuando lo hicieron vistiendo a modelos humanos, luciendo una serie de premiadas creaciones acompañados de una música propia de cualquier evento de moda.


Uno, que admite abiertamente que no entiende de moda más allá de unas simples reglas sobre como combinar colores y prendas de manera que uno no parezca un payaso de corbata en la oficina, se ha quedado asombrado ante la capacidad creadora de los diseñadores de todo el mundo que presentaron, y presentan, obras a este festival. Contrariamente a mis deseos, no hay fotos de los modelos por la presencia de cámaras de seguridad y la prohibición explícita de las mismas (sólo se autorizan en la zona de exposición de los coches, por eso he publicado varias de los vehículos acompañando el texto).



Después de tanta fascinación cinematográfica y cultura artística, en Rabbit Island descansamos de cultura y conocimiento y estuvimos un buen rato disfrutando de un sencillo paseo por la playa. La isla es una reserva forestal y no se puede pernoctar en ella (de hecho a la puesta de sol se cierra el único acceso por carretera) y está poblada por arboles que crecen sin intromisión o limitación humana alguna. Y lo hacen hasta el borde de una enorme y tranquila playa desde la que se observa una limpia perspectiva de la tranquila Nelson. El ruido del mar, las gaviotas y alguna ave que no acertábamos a identificar (la mejor descripción la hizo Isa, “Parece un pingüino con alas”) fueron prácticamente nuestra única compañía. De haber sido verano, seguro que neozelandeses y foráneos hubieran hecho masivo acto de presencia.




Motueka, donde estaría nuestro alojamiento en el Laughing Kiwi durante un par de noches, iba a ser nuestra base para descubrir el Parque Nacional Abel Tasman, así llamado en honor del explorador holandés (que también ha sido honrado con el bautizo de esa isla al Sur de Australia a la que se conoce como Tasmania), Pese a ser el parque más pequeño de Nueva Zelanda, conjuga dos hábitats muy peculiares, montaña y costa, con bosques que descienden hacia las playas, pues cuenta con numerosas calas de arena, y algunas de ellas son parte del recorrido de varios trekkings. Por cierto, lo que en español se conoce (creo) como senderismo, y en el mundo anglosajón como “trekking”, en Nueva Zelanda se llama “tramping” (y básicamente es todo lo mismo, caminar y caminar, por colinas y baja y alta montaña, disfrutando de los paisajes y la naturaleza).



Carlos y Mariana, una pareja de argentinos que también al dia siguiente planeaban esa excursión, pensaban madrugar para estar en Marahau (la base de la mayor parte de empresas) antes de las nueve y allí ver las opciones. Nosotros decidimos que también madrugaríamos y que levantarse a las siete y media, no era tanto sacrificio. Así que preparamos unos sándwiches y temprano, casi a la una de la mañana, nos acostamos, Cuando sonó el despertador, no le hicimos caso hasta las pasadas las ocho asi que al llegar a Marahau, descubrimos que la siguiente excursión de Abel Tasman Aquataxi no empezaba hasta las diez y media así que disfrutamos de unos cafés con leche para entretener la espera. Lo que contratamos fue un viaje en barco a lo largo de toda la costa del Parque que, a la vuelta, nos dejaría en Bark Bay, donde desembarcaríamos y haríamos un trek de unas horas hasta Anchorage, donde a las tres y media nos recogería otro barco.




Las vistas desde el barco eran espectaculares y el paseo por tierra fue también muy bonito pero ambos tenemos como queja que lo frondoso del bosque impedía ver, salvo en tramos puntuales, la zona de la costa y el mar. Es que había que quejarse de algo…




(Arriba) Senderos y caminos del Parque

Y después de la forzada inmersión en las gélidas aguas de Anchorage, la recompensa iba a estar muy cerca, a solo cien metros de nuestra habitación, porque hemos descubierto que en Nueva Zelanda la mayoría de los “Hostels” tienen SPA gratis…y el agua cálida y las burbujas eran una tentación en la que había que caer.

Son solo 100 metros y tú puedes hacerlo, José. No es ni tan difícil ni durará tanto tiempo como para justificar que te eches atrás a estas alturas. No hay que llevar una capa, máscara o los calzoncillos por encima de los pantalones para superar ese obstáculo. Otra gente, aparentemente normal, ha sido capaz de hacerlo antes que tú. Si otras antes que tú (¡otras, José, otras!, recuerda a las dos chicas chinas ayer por la noche) son suficientemente hábiles como para encontrar la manera de vencer ese pánico, ¿cómo vas a poder mirarte al espejo si tú no lo logras? Además, no puedes echarte atrás porque sabes que no hay alternativa y cualquiera que te haya estado viendo se habrá reído a gusto así que, maldita sea, aunque estés en bañador y cazadora ¡vuelve a salir al porche y camina esos cien metros por el patio hasta llegar al SPA al aire libre!.



(Arriba) Dentro del Parque Natural, esta es la isla en la que habitualmente podemos encontrar una apacible colonia de focas


(Debajo) La dura vida de las focas en el “Abel Tasman National Park
”


Nota: En Marzo de 1999 el equipo artístico del neozelandés director Peter Jackson se dirigió al joyero Jens Hansen para que creara algunos diseños para El Anillo Único, la pieza central de su trilogía sobre la obra homónima de Tolkien, “El Señor de Los Anillos”. El anillo para la película fue elegido entre los 15 diseños presentados y aunque, por definición, Anillo sólo puede haber uno, se crearon hasta cuarenta versiones a diferentes escalas para adaptarse a determinadas escenas de la película, tan pequeños como para que incluso un hobbit pudiera ponerlo en su dedo, o tan grande como uno de ocho pulgadas (20,32 cm) de diámetro, que es el que se ve en el prologo de la primera película, girando y dando vueltas en el aire (que, obviamente no se podía hacer de oro, así que fue la ligeramente más humilde plata su materia prima) .

El prototipo original y el de ocho pulgadas de diámetro se exhiben en el estudio del joyero, en Nelson. Verlos no cuesta nada…y no tiene precio.


(Escrito por él desde Westport, Isla Sur, Nueva Zelanda, el jueves 14 de junio de 2007, intentando a la vez ver un episodio de “The Sopranos” en la televisión mientras a sus espaldas dos pesados franceses no han dejado de hablar la última hora, entre el final de un episodio de “Without a trace” y la mitad de la serie de mafiosos)

Al revés

Gafas de sol. Bikinis. Gorras. Protección solar. Bañadores. Toallas de playa. Sandalias. Colchonetas hinchables. Casi a mediados de Junio y eso es lo que se compra normalmente la gente por estas fechas. Unos guantes para la nieve y un gorro (“beenie”) térmico para el frio. Eso es lo que me compro yo (e Isa acapara jerséis y cazadoras). Si estamos en las antípodas, es lógico y normal que aquí se hagan las cosas al revés que en Europa. Porque a las cinco de la tarde llueve y hay 6 grados centígrados de temperatura en Picton, Malborough Sounds (¿fiordos?), el pueblo de la Isla Sur donde atraca el ferri de Interislander procedente de Wellington, en la Isla Norte. Y que ferri (acostumbrado a escribir esta palabra en inglés, “ferry”, más de una vez se me va a colar la “y” a lo largo de mis textos; además, ¡no me acostumbro a esa “i latina” al final!). Dos niveles para pasajeros, dos salas VIP, una tienda de regalos y prensa, una sala de máquinas (bueno, dos, la normal para el desplazamiento del barco…y una para que los pasajeros se entretengan con máquinas recreativas), una zona infantil, un restaurante-cafetería, un bar, una zona de trabajo en la que poder enchufar el portátil (y, más adelante, conectarlo a Internet), un buzón de correos…zonas de observación en cubierta, al aire libre y bajo techo, para los días con mal tiempo.


.
.
.
Como este domingo, que nos ha pasado como en nuestro tour a Halong Bay, en Vietnam: tendremos que ver fotos de revistas para descubrir por donde habíamos pasado. En un viaje tan largo y por geografías tan variadas como el nuestro, nunca se puede ir a todas partes en las condiciones ideales. O, dicho de otro modo, habrá veces en que estaremos en el paisaje acertado con el tiempo equivocado. En nuestro trayecto en barco, fue la lluvia, el viento y los cielos nublados los culpables de que no disfrutáramos al cien por cien lo que, de haberlo hecho en verano, hubiera sido casi una hora (de las tres de duración del viaje) pasando por entre los recovecos de los Malborough Sounds, una preciosa zona de fiordos en la que la costa no es recta sino que, al igual que el muelle de un acordeón, una sucesión de entrantes y salientes la ha poblado de preciosas bahías y pequeñas calas.

En Picton no pensábamos demorarnos mucho, solo hacer compras por la tarde y alquilar un coche para recorrer la Isla Sur. El ferri no llegaba hasta las 13.35 (por cierto, la entrega y recogida del equipaje facturado fue como en un aeropuerto, con resguardos y cinta transportadora y todo, ¡que modernos ellos….y que de pueblo debo parecer yo cuando destaco estas cosas!), y nosotros no acabamos de instalarnos en el “Hostel” hasta las dos…y a las cinco cierra todo y se echa la noche encima. Tiempo para pasear bajo el orvallo en el puerto, hurgar encantados en una tienda de artículos de segunda mano y antigüedades (si no fuera por el peso, el bulto, y lo que me queda aún de viaje, me hubiera llevado un par de preciosas cámaras antiguas y una botella de cerámica que hace varias décadas contuvo whisky; Isa, menos escrupulosa, se llevó un detalle que ya os contará ella), picar algo (el café y los nuggets del ferri dejaron con razón a mi delgada acompañante con hambre) en un “fish and chips” como los de antaño en Irlanda y darle un meneo a la American Express en el Supervalue local donde nos aprovisionamos de comida para un par de días, así como de mi par de guantes y un gorro cada uno.

.
.
.
.
Una noche de descanso y esta mañana nos decantábamos por un azul (mi color), pequeño (facilidad de aparcamiento para la conductora) y automático (novedad para ambos) Suzuki Swift, como el cuarto integrante (nosotros dos más Fede somos los tres restantes) de esta expedición por Nueva Zelanda. Y gracias a él y a la libertad de desplazamiento que nos otorga, en el trayecto de hoy entre Picton y Nelson, lo que más se ha oído en el habitáculo han sido los “¡oh!” y “¡ah!” que, sin connotaciones sexuales, proferíamos Isa y yo:


“Suspension bridge” (puente colgante) que nos encontramos en la zona de Pelorus mientras recorríamos un sendero por el bosque.



a) Entre Linkwater y Te Mahia, al recorrer una preciosa carretera costera, con el mar a un lado y las escarpadas montañas pobladas de bosques al otro.


b) En Havelock, cuando desde el mirador a las afueras se puede apreciar este pueblo y su pequeño puerto, a la entrada del Pelorus Sound.

c) En Pelorus Bridge, un idílico puente sobre un rio de montaña entre densos bosques con helechos que parecían haberse congelado en el tiempo, desde un remoto pasado en que los dinosaurios poblaban la Tierra.

d) Entre Rai Valley y Nelson, cuando la carretera nos ha dejado boquiabiertos al presentar a la salida de cada curva colores otoñales que convivían con los verdes oscuros en frondosos macizos donde los altos pinos se disputaban unos a otros el cotizado espacio.

e) A la entrada de Nelson, cuando tuvimos que detenernos a fotografiar (sin que el resultado haga otra cosa que palidecer ante la realidad que observamos) lo que era un auténtico y perfecto cielo al atardecer, con sus colores en un degradado sublime hasta acabar rozando el azul del agua de la Tasman Bay.




Nota: Alojamiento en Picton en Atlantis Backpackers, haciendo caso a Lonely Planet (una bonita y grande habitación doble por 50 AUD con desayuno gratis) y alquiler del Suzuki Swift en Thrifty por 29 + 6 AUD (insurance waiver) al dia durante diez días. Alojamiento en el Tasman Bay Backpackers en Nelson, habitación (preciosa) doble por 58 AUD con desayuno gratis (y película, “Babel”, con palomitas a las ocho de la tarde)

(Escrito por él desde Nelson, Nueva Zelanda, aprovechando que Isa ha dejado momentáneamente descuidado a Fede, el lunes 11 de Junio de 2007)

30 junio, 2007

Nievan las palabras

Cuando uno lleva una temporada en estado de inanición, voluntaria o no, darse lo que vulgarmente se conoce como un atracón le lleva casi con toda seguridad a un sitio en el que ya no se siente ni hambre, ni sed, ni frio, ni calor…

Después del tiempo transcurrido desde mi último texto, aparezco de repente con SIETE relatos (que, además, aparecen de una manera estupenda en mi Word e incluso en la vista preliminar del Blogger pero luego, por lo que veo, las fotos se dan un paseo por el texto). A Dios le pido que ninguno de mis (¿dos, tres?) lectores sufra el terrible destino que menciono en el primer párrafo.

¿Por qué tanto tiempo sin escribir? Por un lado al separarme de Isabel también lo hice de Federico y entonces tuve que recurrir a escribir las cosas dos veces. La primera, a mano, en una pequeña agenda. La segunda en cualquier Cyber Café, a modo de borrador al que unir fotografías que dieran vida a las palabras. Eso consume tiempo y dinero. Por otro lado, me he recorrido toda la Isla Norte haciendo una actividad tras otra, lo que deja poco tiempo para escribir. Además, en Nueva Zelanda y Australia el acceso público a Internet es relativamente caro, desde los 3 NZD (un euro y medio) la hora hasta los 2 NZD (un euro) los veinte minutos, según como esté de aislado el pueblo en el que pernoctas. Y, lo creáis o no, invierto también tiempo en leer y contestar emails :)

Cuando vino Isabel, obviamente, es ella la que compartía el ordenador conmigo así que siempre he dependido de su generosidad…y esta última semana he abusado por completo de ella. El resultado, aparte de un nada traumático divorcio en el que se establece que la custodia de Fede es compartida pero con preferencia materna, es que por fin me he podido dedicar a contar mis idas y venidas por el Norte. El problema es que aún me queda el Sur…pero me consta que no soy el único


Al respetable, sólo le pido paciencia


Y si esta me la ha de negar


Suplico, humildemente, clemencia


Que por mucho abarcar


No se acaban los cabos de atar


Y sin más desvaríos,


Me despido


Para seguir mi camino


Y narrar mis destinos



(Escrito por él desde Christchurch, Nueva Zelanda, el 30 de junio de 2007, mientras en la cocina un irlandés me recuerda con su impenetrable acento barriobajero en una charla con un escocés, una de las cosas que no echo de menos de Dublín)

23 junio, 2007

Viven

Confirmado, nos quedamos en Nueva Zelanda. Es más, a este paso, nos compramos una casa en Wanaka...

Ayer cancelamos nuestro vuelo a Christchurch, pues estaba cada vez más claro que ni de milagro íbamos a llegar al aeropuerto para las 7:00 am de mañana. Las carreteras siguen cortadas y, aunque algunos tramos van siendo despejados e intermitentemente abiertos, nos han recomendado no ir a ninguna parte “durante un par de días” (esperamos que un par de días sean dos días y no una forma de hablar).

Bueno, al mal tiempo, buena cara. Para subirnos un poco la moral después de una pésima noche (los mochileros con los que compartíamos pasillo, baño y cocina optaron por subirse la moral a base de cervezas, con lo que la noche fue ruidosa y meona… y nosotros, por supuesto, en la habitación número uno, ésa que se encuentra pegada a los servicios y que no está insonorizada), decidimos ofrecernos un pequeño lujo. Dejamos el albergue de mochileros por el motelito de enfrente, tan cerquita que ahora mismo, desde donde estoy sentada, alcanzo a ver las juveniles espinillas de sus caras resacosas (juventud, juventud, divino incordio).

Por cinco euros más cada uno, estamos como reyes. Habitación con tele, nevera y cuarto de baño privado (detalle importante, porque en el hostal mochilero teníamos que salir a la calle para llegar a las duchas, cosa que por supuesto no hicimos… creo que si llegamos a quedarnos allí un día más, la dirección hubiese tenido que llamar a los bomberos por aquello del dudoso tufillo que empezaba a irradiar la habitación número uno, ya sabéis, ésa que se encuentra pegada a los servicios y que no está insonorizada). ¿Por dónde iba? Ah sí, baño privado, inmensa cocina prácticamente para nosotros solos y, lo mejor, una “sunroom” (sala con amplios ventanales en tres laterales) transformada en acogedora salita. José está ahora mismo tumbado en el sofá, junto a la estufita, mirando la tele. Como Perico por su casa.

Así que no nos vamos a quejar, peor podríamos estar. Claro que como no abran pronto las carreteras, la cosa puede ponerse fea. Hoy en el súper, vimos cómo los artículos de primera necesidad empezaban a agotarse. Se nos han acabado el pan y las cebollas. Bueno, mientras haya carne, todo va bien… pero como empiece a escasear, no sé yo qué va a pasar aquí… que yo soy muy carnívora y, según palabras textuales del Junior, tengo “la boca llena de dientes”. Creo que sospecha, dice que le miro raro, así como con deseo, la mirada ardiente, los colmillos largos y afilados…

..

PD: José está aprovechando nuestra desesperada coyuntura para “ponerse al día”, como a él gusta decir. Creo que ya lleva algo así como cinco textos escritos sobre Nueva Zelanda, con el habitual lujo de detalles. Los subirá al blog próximamente, todos juntos y de golpe. Con que estad preparados, que de repente os va a caer encima una avalancha de texto.

(Escrito por ella desde Wanaka, Nueva Zelanda, 23/06/07)

22 junio, 2007

Atrapados

Mucho cuidado, hay que tener mucho cuidado con lo que uno desea, no vaya a ser que se te cumpla el deseo y luego ¿qué? A ver con qué cara de tonto le dices al de arriba que no lo decías en serio, ¿eh?

Y tras haberos dicho la moraleja, aquí viene la historia. Llevando yo un par de semanas en Nueva Zelanda y estando ya a punto de regresar a Australia, me lamentaba por no haber visto la nieve. Me hubiese hecho tanta ilusión hacer un angelito y ¡qué bien me lo hubiese pasado tirándole bolas de nieve al Junior! Mi gozo en un pozo. Dejamos los glaciares atrás y fuimos bajando hacia el Sur en dirección a los resorts de esquí, pero de nieve ni un copo. La veíamos siempre de lejos, prístina e inalcanzable, allá en lo alto de las cimas.

Mientras yo conducía y suspiraba, José también se lamentaba. Que si el tiempo pasa volando. Que si dos semanas no bastan para ver la Isla Sur. Que si esto es una pasada de bonito y aquí habrá que volver con tiempo y en verano. Que ojalá no tuviésemos que volar a Australia desde Christchurch el 24 de junio…

Pues sí señor, aquí estamos ahora en Wanaka, un pueblo de 3700 habitantes, a dos días de perder el avión y con todas las carreteras cortadas por la nieve. ¿Quién nos mandaría a nosotros abrir ese par de bocazas?

Llegamos a Wanaka anteayer por la tarde, con cielo azul y sol esplendoroso. Aunque eso sí, hacía bastante más frío que en los glaciares de dónde veníamos. Pasado Haast, la temperatura cayó a dos grados bajo cero. Mark, un amigo mío canadiense, me cuenta que en su provincia, Manitoba, pasan larguísimos inviernos a menos treinta grados centígrados (intento imaginármelo, pero no puedo, la mera idea me deja helada).

Ayer amaneció el día cubierto y blanquecino. José, que la víspera había programado una jornada intensiva de museos (empezando por el museo de los pilotos de caza neozelandeses, de las dos guerras mundiales… ¡genial!), no podía ser más feliz con el favorable giro de circunstancias: “Mira, Isa, qué tiempo más cojonudo para ir de museos”.

Tras pelarnos de frío en los hangares del museo de los pilotos, fuimos a terminar de pelarnos de frío en los hangares del museo del transporte y del juguete. Mientras José flipaba ante el descomunal despliegue de muñecos y maquetas de la Guerra de las Galaxias (que yo ni vi por perderme en el maravilloso mundo de Barbie y su colección de accesorios), logré escaquearme y esconderme delante de la única estufa del museo, sentada entre el celador, Truman y Roosevelt (sus dos perros labradores). No sé cómo lo hizo, pero el Junior tardó menos de quince minutos en localizarme. “Sabía que te encontraría aquí” (lince, que eres un lince), “venga, Isa, ven conmigo afuera, que nos quedan por ver tres hangares llenos de coches, aviones y artillería, y de paso me haces unas fotos con los tanques” (pero ¿por qué, por qué yo?), “y por cierto, no te asustes, pero está todo nevado” (¡hip, hip, hurraaaa!).

Qué espectáculo. En cuestión de minutos, todo quedó sepultado bajo un manto de finísima nieve polvo. El mundo, como una novia, se vistió de blanco. Cielo blanco, suelo blanco, árboles blancos, casas blancas, carreteras blancas. Qué bonito. Qué romántico. Tálamo virginal, divina quietud, níveo silencio. “¡Iiiiiisa, miiiiiira, un Centurión MK ciiiiiincoooooo!” (ya voy, ya voy).

..


La felicidad me duró lo que tardé en arrancar el coche. Apenas cogimos la carretera en dirección al pueblo, me percaté de la magnitud del problema. Incluso a 20 km/h, mis ruedas patinaron descontroladas, rebeldes a las órdenes del volante. Intenté recordar lejanas teorías de autoescuela. A ver, ¿qué decía el código para situaciones de conducción sobre nieve y hielo? Una, que viene de la huerta y de la Costa del Azahar, obviamente le prestó mucha atención a aquella lección. Me pareció recordar algo acerca de reducir marchas y no pisar el freno. Pero, ¿eso cómo se hace en un coche de marchas automáticas?

Al final, pasando de teorías, hice lo que el cuerpo me pedía. Podría haber sido peor. Podría haber pisado el acelerador en lugar del freno. Vale que termináramos en la cuneta, pero podríamos habérnosla pegado contra el poste. Conste.

Afortunadamente, fuimos remolcados fuera de la cuneta y, circulando a una velocidad que oscilaba entre los 5 y 10 km/h, logramos llegar sanos y salvos al hostal. En cuanto a lo de conducir hasta Christchurch (a más de seis horas de Wanaka en tiempo soleado), subiendo por un puerto de montaña, con la carretera helada, por la noche y sin cadenas, creo que va a ser que no.

A José le daba pena despedirse de Nueva Zelanda, pues que por mí no sea. Yo, si hace falta, espero aquí a la primavera.

PD: por cierto, con tanto jaleo, todavía no he hecho el angelito en la nieve. Pero eso sí, estoy rifando una bola de nieve y me sé de uno que tiene todos los números…

(Escrito por ella desde Wanaka, Nueva Zelanda, 22/06/07)