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Isa adujo que la única vez que condujo un ciclomotor se cayó del mismo, así que acabó ganando ella y fue mi nombre el que figuró como conductor del que alquilamos en Cenang.
Dos viajeros españoles recorriendo Asia y Oceanía sin prisa pero sin pausa durante 12 meses
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Fue precisamente a la salida de esta visita cuando un señor aparentemente indio que se ganaba la vida con su “trickshaw” (vehículo a pedales en que los pasajeros van sentados paralelamente en la parte delantera y el conductor se sitúa tras ellos) nos ofreció sus servicios para una visita guiada de una hora por la ciudad, a cambio de una tarifa bastante razonable de 30 RM. Aceptamos porque Isa tenía ganas de recorrer la ciudad en ese medio de transporte y porque, de la manera que pegaba el sol, poder estar a cubierto y disfrutar de la brisa eran opciones más que deseadas.
Nuestro amigo se paró en un puesto hindú y nos ofreció dos dulces que probamos y resultaron ser exquisitos (aunque el tío, sospechosamente, no se sabía el nombre de los mismos), Luego nos llevó a visitar una mansión china en la que no se hacían visitas guiadas salvo previo acuerdo y no sólo nos convenció a nosotros de que entráramos a verla sino que, además, consiguió que, a regañadientes, uno de los guías nos hiciera un recorrido por la casa. Admitámoslo, el guía se pasó más tiempo callado que hablando y no parecía estar muy contento de aquella repentina obligación impuesta, pero nuestro conductor de trickshaw ya se había ganado nuestra simpatía con esa obra.
Dos visitas más nos esperaban aún, la primera a un templo hindú y la segunda a un poblado de pescadores. Si os imagináis Luanco o Cudillero no podéis estar más desencaminados. Casas de madera elevadas sobre el mar, estrechos pasillos de tablones de madera, olor a mar, a pescado, a suciedad también. Un microcosmos de pobreza, por lo menos a mis ojos. A sólo pocos metros, devorados por su imparable crecimiento, de una de las carreteras principales de Georgetown. Nada que ver con el moderno puerto en el que atracan los barcos que trasladan a nativos y foráneos. Un extraño espectáculo para ojos occidentales que, tal vez equivocadamente, podrían estar viendo miseria donde sólo hay humildad. Aunque no lo creo.
Después de esto, nuestro enrollado guía nos lleva de vuelta al hostal y cuando iba a pagarle 35, porque queríamos incluir una pequeña propina, nos dice que no son 30 sino 60, porque hemos estado dos horas. Para demostrarlo saca un reloj y nos enseña la hora. Yo no dudo de que hayan pasado dos horas (pero por si acaso compruebo en mi cámara cuando hice la última foto en la mansión azul y cuando he hecho la última foto del poblado de pescadores). Nos quejamos de que no sólo no nos avisó de que había pasado el tiempo, sino de que además nos animaba a entrar en sitios… y el reloj seguía haciendo tic tac mientras él esperaba afuera. Estoy enfadado y no me parece justo. Aún así le doy 40 RM porque hasta ese momento el tío nos había dado un buen viaje.
Lástima que ahora nos quede un sabor amargo y tengamos que advertiros de que tengáis cuidado, incluso cuando fijáis el precio por adelantado. Nosotros esperamos no volver a cometer ese error.
No hay fotografía que pueda hacer justicia a la belleza que nos rodea durante horas, pero los disparadores de mi Samsung y la Canon de Isa son testigos de que nos esforzamos en intentarlo a sabiendas de que no lo lograremos. No hay una imagen ni mil palabras que puedan atinar a emular nuestras sensaciones durante ese tiempo en que invadíamos una escenografía que parecía especialmente dibujada por la mano de un Dios que quisiera recrear el Edén.
Como en su viaje en busca del Coronel Kurtz, nosotros emulamos a Martin Sheen subiendo en bote por un río desconocido de un país extraño. En lugar de un M16 nosotros vamos armados con cámaras fotográficas. Al final no nos encontraremos a Dennis Hopper ni a Brando pero nuestro viaje, lo tengo por seguro, ha sido muchísimo más placentero.
Amén de subir a las torres gemelas, lo mejor que hicimos en KL fue contratar una excursión para Taman Negara, el parque nacional más grande de Malasia, cuyos 4343 kilómetros cuadrados de superficie se extienden mayormente sobre el estado de Pahang. La excursión era de tres días y dos noches, con el primer y último día dedicados a desplazarnos. La verdad, un día más en el parque no hubiese sobrado.
Cómodamente sentados en el suelo, la cabeza reclinada sobre el respaldo de madera, los pies descalzos y asomados fuera de la barca para recibir las salpicaduras del agua, los ojos intermitentemente cerrados, alternando entre la relajación más total y la visión hechizante de un horizonte de vegetación, y en la mente, no más de tres palabras: ¡esto es vida!
Nuestro destino, Kuala Tahan, era un pueblo de cabañas de madera, con cuatro o cinco restaurantes flotantes. Nosotros estábamos alojados en la ribera opuesta, en la zona pobre de un lujoso resort.
No habíamos contratado bungaló, sino un dormitorio en teoría compartido con otras seis personas. Encontramos el ala de dormitorios frente a la zona de lavandería del resort y, para nuestra gran sorpresa, sólo la compartimos con las decenas de monos que pululaban por esa zona. Lo mejor del dormitorio: cerrar los ojos y quedarte dormido mientras escuchas concentrado la sinfonía nocturna de grillos, geckos y demás residentes de la jungla.
Como cualquier tour organizado, el nuestro estuvo repleto de actividades:De los Orang Asli, aprendimos muchas cosas, como su habilidad para producir fuego, sus técnicas de caza, sus costumbres, creencias y ritos funerarios.
No practican ningún tipo de religión organizada, ni veneran a un Dios, pero sí creen en los espíritus. Cuando un miembro de la tribu muere, consideran que un espíritu maligno le ha quitado la vida y, rápidamente, migran a otro lugar para evitar que otros corran la misma suerte. Antes de marcharse, colocan al difunto en lo alto de un árbol, de manera a facilitar la ascensión de su espíritu al cielo. Esta costumbre también tiene una finalidad práctica: darle al muerto una oportunidad de volver a la vida, de la que carecería si fuese enterrado o incinerado.
En cuanto a las técnicas de caza, consisten en disparar dardos envenenados con la ayuda de una caña de bambú de unos tres metros de longitud. Se nos dio la oportunidad de practicar, apuntando a unos peluches. El Junior, como si llevase toda la vida ejerciendo de hombre primitivo, cogió el arma, apuntó, sopló y zas, ¡premio! Bueno es saber que, de haber sido Orang Asli, esa noche se hubiese cenado pingüino en mi casa.
Si bien mi hombre para la caza tiene puntería, para el vestir no siempre da en diana de mis deseos. Menudas pintas las del Junior cuando se cambió para la excursión a los rápidos. De pronto me lo vi llegar con sus botazas de trekking, sus calcetas de la mili, su bañador, su camiseta, su bolsito gay y su infame "bunny hat" (lean nota aclarativa a pie de página): un sombrero militar de colores kaki, marrón y negro, usado por las fuerzas armadas americanas para camuflarse en la jungla (porque de todos es sabido que uno de los objetivos principales de las excursiones organizadas por la jungla, es volverse invisible para el guía y el resto de excursionistas, por obra de las virtudes miméticas de un sombrero).
Cuando el amor no es ciego, a veces tiene que cerrar los ojos. Y mira que yo lo intenté, haciendo de todo para desterrar de mi mente esa visión del Junior en su "honey butt" (vuelvan a la nota aclarativa), tratando de focalizar mi atención sobre otras cosas: Isa, concéntrate, admira la vegetación, no dejes de mirar al río, fíjate en los rápidos, en la barca, en el guía… hasta que llegó él y, con una sola frase, echó por el suelo mis esfuerzos y vanas esperanzas de olvido:
"Isa, ¿me haces una foto?".
Nos queda pendiente subir a las Petronas o, más precisamente, a esa característica arquitectónica suya que es el "Skybridge", el pasillo que une ambas torres a una altura de 170 m sobre el suelo (bastante lejos de los casi 452 m de altura de cada torre), en los pisos 41 y 42 (como los autobuses de dos pisos, este puente también lo es). Eso será cuando volvamos de Taman Negara, pero me tomo la licencia de contarlo ahora, pues para eso soy yo el que decide cuando hablo de qué ¿verdad?
La visita es gratuita pero se dan un número limitado de pases al día, 1200, así que es conveniente llegar temprano, a eso de las ocho y media, para que el grupo que te corresponda no sea uno demasiado tardío (aunque con el centro comercial al lado seguro que se os ocurre como entretener la espera). Como allí mismo hay una estación de tren LRT, nosotros caminamos los 10 minutos que separaban el hostal de la más cercana y nos fuimos cómodamente hasta allí. Cuando llegamos ya había unas doscientas personas haciendo cola ante la aún cerrada oficina y varios centenares más fueron llegando. Europeos blancos, hindúes, chinos, japoneses, malayos… un crisol de razas provisto de paciencia para esperar a conseguir su ticket.
El Skybridge tiene básicamente tres usos:
Como ya he comentado antes, hay un número limitado de visitas diarias así que podéis permanecer en el Skybridge unos 10 minutos haciendo fotografías antes de que los guías introduzcan al siguiente grupo. Aprovechadlos.
Antes de que se me olvide, ¿sabéis porqué sonreían y se llevaban tan bien los dos que nos ofrecían alojamientos distintos cuando llegamos a KL? Al segundo, del otro sitio, lo volvimos a ver…en el Pudu, con un manojo de folletos en la mano. Aparentemente ambos hostales son del mismo dueño así que, elijas lo que elijas, tu dinero siempre va al mismo bolsillo.
Ahora que lo pienso, eso me recuerda que al chef del cursillo de cocina que hice en Singapur (por cierto, tengo pendiente el contaros lo del cursillo, pero mejor me reservo esa historia para otros insomnios), no paramos de llamarlo por el apellido. Y es que al pobre Fulano se lo habían bordado así en el delantal: McDonald Eng, ¡menudo nombre para un “cordon bleu”!
Para terminar con la saga de los apellidos, me he dejado el mejor para el final. Los españoles presumimos mucho de apellidos (lo digo sin pensar en nadie en particular, señorita Irina García de la Nava Vaquero), pero para chulos los malayos.