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28 febrero, 2007

Últimos días en Malasia

Afuera lucía el sol y la temperatura era agradable. Dentro del barco, el aire acondicionado hubiera hecho estornudar a un pingüino. Pero sólo si el pobre animal hubiera conseguido sobrevivir al tremendo ruido que nos acompañó durante todo el viaje desde Georgetown, no cesando hasta que por fin atracamos en el puerto de Langkawi.
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Estamos tan al Norte de Malasia que esto casi es Tailandia. Como en cualquier isla que se precie, todo es más caro que en el continente (internet se dispara a 5 RM la hora, casi el doble que en Malacca o Kuala Lumpur), el cambio es peor, en las playas florecen los biquinis y el pescado es delicioso. Nos instalamos en Cenang donde disfrutamos, si no para nosotros sí con muy pocos bañistas y adoradores del sol, de 2 km de playa con una arena tan fina que parecía harina. El primer día nos lo tomamos con tranquilidad, alternando el tumbarse en la arena con los baños en el cálido mar (contrariamente a lo que ocurre en otras islas tropicales donde por mucho que camines no consigues que el agua suba de la cintura, aquí, afortunadamente a 100 m de la orilla ya cubre hasta el cuello y se puede nadar) y lo finalizamos con una cena en la playa, a pocos metros de donde unas mansas olas se quebraban sin violencia alguna.

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Entre las bebidas de la carta no se encontraba la cerveza, algo que se podía relacionar con que todas las empleadas ocultaran su pelo y cuello bajo un pañuelo, conforme a la costumbre musulmana. Cuando pregunto, el dueño me anima a que me compre una en el supermercado y me la traiga a la mesa, que eso no es ningún problema. Lo hago en el segundo establecimiento en el que entro (el primero también es musulmán y tampoco tienen alcohol a la venta) donde me compro una lata de 500 ml de Heineken por 4 RM, menos de un euro. Es lo que tiene la cerveza importada, un precio prohibitivo.
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Al día siguiente decidimos alquilar un ciclomotor para recorrer la isla. La decisión de quien conduciría no fue fácil pues ambos queríamos que lo hiciera el otro. Para solventar el empate técnico se recurrió, como en las oposiciones y los fallos de los concursos, al apartado de méritos. Yo aduje que, mientras no tengo inconveniente y hasta me gusta conducir coches, sólo había estado a los mandos de un ciclomotor en una ocasión, durante menos de tres minutos, cuando corría el año 92 y yo casi corro en dirección a un coche (obviamente la dueña de la vespino decidió que un susto era bastante y quedé relegado a mero acompañante, pero así eran de sorprendentes los locos años noventa, con una Expo al calor de Sevilla, Juegos Olímpicos en Barcelona, financiados por Madrid, y mujeres que toman decisiones).
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Isa adujo que la única vez que condujo un ciclomotor se cayó del mismo, así que acabó ganando ella y fue mi nombre el que figuró como conductor del que alquilamos en Cenang.
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La verdad es que nos lo pasamos genial y conforme hacíamos kilómetros aumentaban mi destreza y mi confianza en mis dotes al volante o más bien al manillar. Ante nosotros se ofrecían extensiones de campo cuyo único cultivo es el arroz. Búfalos de agua refrescándose del tremendo calor gracias a la inmersión casi completa en charcas. Hileras de altas palmeras bordeando los arrozales. ¿Vietnam? No, Malasia, Pulau Langkawi.
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Las carreteras resultan ser estupendas y con un tráfico más ordenado, nada que ver con el caos que vimos en Georgetown. Con 10 RM llenamos el depósito de nuestra moto (a 1.92 RM el litro de gasolina, eso es menos de 50 céntimos) y tenemos 500 Km2 que descubrir por delante. Observo que muchos de los motoristas con los que nos cruzamos conducen con la chaqueta puesta del revés, con la parte de la espalda por delante, al estilo de aquellos protectores que se veían en las motos de España hasta entrados los años 70, abiertos por detrás.

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La primera parada la hacemos para subir a "Seven Wells", un conjunto de cascada y pozas que se pueden recorrer deslizándose entre una y otra. Para llegar a ellas se sube una escalera con la friolera de 648 escalones. Lo de "friolera" obviamente no es literal porque tras los primeros diez pasos ya estamos ambos sudando. Pero llegar arriba merece la pena y uno se perdería en la jungla encantado. De hecho, eso es lo que hace Isa. Después de un rato, bajo a donde está aparcada la moto y, mientras la espero, me hacen compañía un grupo de monos perfectamente acostumbrados a la presencia humana.
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Recuperada la novia y dado que se nos echa el tiempo encima, nos vamos a buscar el punto más alto de la isla, pero no podemos hacerlo sin volver a pararnos en un pueblecito de pescadores y sin que Isa, llevada por su pasión por hablar con los nativos, vuelva a desaparecer una vez más.

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Cuando encontramos el pico en cuestión, después de una laboriosa subida digna de un puerto de montaña, nos encontramos que unas instalaciones aparentemente de seguimiento de satélites obstruyen la vista. Por doquier se multiplican los carteles de advertencia "Alto", "Prohibido el paso", "Sólo personal autorizado", "Solicite identificación en el puesto de control". No hay barrera que no se franquee con un poco de voluntad, buena suerte y valor. Y, en este caso, por ser del Real Madrid. Efectivamente, uno de los guardias de seguridad es seguidor de ese equipo y después de una charla sobre el gordo Ronaldo, el Beckham que se nos va y cómo buenos jugadores en el Farsa resultan ser mediocres en el Madrid, nos encontramos sonrientemente invitados a subir a la terraza, el único punto exterior desde el que se atisba algo de la isla (aunque no mucho).
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Ha anochecido cuando comenzamos a descender y entonces compruebo, entre divertido y asustado, que las luces en los vehículos sirven sólo para avisar a los que vienen de frente, no para iluminar (y, por otro lado, no hago más que parpadear rápidamente para evitar que algún mosquito me ciegue temporalmente).
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Tras devolver la moto y volver al motel, compruebo que he cogido color (rojo), a parches, donde el sol me ha dado mientras conducía la moto. Donde es más evidente es en los pies, pues cuando me quito las sandalias parece que sigo con ellas puestas, pero de color blanco. A la mañana siguiente vamos a abandonar Langkawi y Malasia para ir a Koh Lipe y Tailandia, pero esa noche no dormiré mucho. Los chinos de la 107 resultan ser unos ruidosos de mucho cuidado. Hablan en voz alta y tienen la televisión a un volumen acorde hasta la una de la mañana, que salen.
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A las cuatro de la mañana nos despiertan al volver a su habitación y vuelven a hacer lo mismo, hasta que nosotros golpeamos la pared (casi de cartón) y los de la habitación del otro lado, la 106, les dan también la bienvenida. Yo estoy desvelado y pese al madrugón que nos espera no consigo conciliar el sueño, así que salgo a dar un paseo por la playa y allí descubro a cuatro medusas muertas. Esas frágiles criaturas se quedaron varadas en la arena al bajar la marea y el agua se retiró llevándose con ella su belleza. Ahora son poco menos que masas gelatinosas que serán devoradas por los pájaros cuando amanezca.
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El amanecer me sorprende a mí leyendo un libro tranquilamente ("Message in a bottle", de la que Kevin Costner hizo una película bastante mejor que el libro) mientras desde varias mezquitas de las inmediaciones, el sonido hipnótico de los muecines llama a los fieles a la oración.
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Cuando suena la alarma del móvil anunciando que hace tres horas que llegaron los chinos y que es hora de levantarse, vuelvo a la habitación para despertar a Isa. Apoyo mi móvil en la pared que compartimos con la 107 y programo la alarma, con vibración, para que suene dentro de 10 minutos. Suena y al cabo de un rato la detengo pero no la apago, porque aún no abandonamos la 108, y así volverá a sonar a los 10 minutos…


(Escrito por el desde Kanchanaburi, Tailandia, el 23 de febrero de 2007)

Palau Penang: nada que declarar

Después de KL y tras Taman Negara, continuamos nuestro viaje hacia el Norte en dirección a la frontera con Tailandia, que aún no sabíamos por dónde íbamos a cruzar. Sí sabíamos por dónde no íbamos a cruzar, por el Sureste, pues las provincias tailandesas de ese lado del país son objeto frecuente de ataques terroristas musulmanes.
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Decidimos irnos a una isla, Penang (el nombre completo es Palau Penang, pero Palau significa isla en malayo, como Koh lo es en tailandés), para, ya que íbamos a pasar calor, al menos tener la opción de disiparlo dentro del agua. En realidad lo anterior era secundario, es para quedar bien. El verdadero objetivo era hacer un viaje corto en ferri desde B´worth (Butterworth), la principal ciudad peninsular de ese estado hasta Georgetown, la principal ciudad de la isla y pasar al lado del puente que une ciudad y continente. Sus 13 Km de longitud lo convierten en un hito arquitectónico y en uno de los más largos del mundo.
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Cuando dije "corto" no me imaginaba que lo iba a ser tanto. En menos de 10 minutos (el tiempo justo para tomarse unas mini pizzas y unos riquísimos y dulces bollos de “kaya”) nos dejó en el embarcadero a nosotros y a la veintena de coches que viajaban en la planta inferior del barco.
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Antes de dar nuestra opinión de la isla he de advertir que, al contrario de lo que haríamos después en Langkawi, no salimos de Georgetown y no le dedicamos tiempo a explorar el resto de la zona. Tal vez eso influyó en nuestra opinión y es cierto que no cometimos el mismo error en nuestro siguiente destino.
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Nos las vemos y nos las deseamos para encontrar algo que fotografiar. Damos vueltas por la ciudad y el barrio indio y Chinatown son iguales que en cualquier otra pequeña ciudad asiática. Además, el calor es horrible, especialmente en nuestra habitación del 54 Love Lane Inn, un hostal regentado por Rafael Alberti. Nos ofrece un tour por la isla en coche particular con guía pero lo rechazamos, porque no creemos que nos quedemos allí suficiente tiempo (conocimos a una pareja holandesa que sí lo hicieron y que les gustó y nos dijeron que el viaje se hace en el coche particular del dueño del hostal y que él es el propio guía). Un inglés afincado en Ibiza desde hace años y que en temporada baja viaja por el mundo ("por países baratos" según sus descriptivas palabras) me comentó dos destinos que deberíamos visitar: Palau Langkawi, con kilómetros de playas e ideal para recorrer en scooter, y Koh Lipeh, una isla tailandesa que se puede descubrir cómodamente a pie y que, pese a que se está desarrollando, aún no está demasiado castigada por el turismo. Cuando decidimos irnos a probar suerte en Langkawi, nos cuesta 8 Rm el viaje en taxi desde la pensión hasta el puerto pero, como compartimos el vehículo con otra pareja que hará el mismo recorrido, nos devuelven la mitad del dinero, es decir, 3 RM (no, no he restado mal, son las cuentas curiosas que nos hacen en recepción). A la mañana siguiente quién conduce es el propio Rafael Alberti y el taxi es su coche. Otra cosa no, pero ingeniosos para conseguir dinero sí que son, ¿por qué meternos a los cuatro en un taxi sin ganancia alguna cuando lo puede hacer el mismo y llevarse 10 RM?
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No todo es negativo en Georgetown. Descubrimos el Stardust, un hostal con restaurante que unánimemente decidimos calificar como "el sitio en el que nos hubiera gustado estar alojados" y nos convertimos en encantados degustadores habituales de las maravillas culinarias de su sencilla cocina. Además, está regentado por Kelvin y, la primera vez que lo vimos, cuando trajo la carta a nuestra mesa, Isa y yo nos miramos y al unísono le adjudicamos el parentesco con un amigo. "Jaime", dijimos sin pensarlo mucho. Efectivamente, Ferrán, tu papá tiene un hermano gemelo en una isla malaya al sur del Mar de Andamán. Y es que, además, el tío camina con la misma parsimonia y tiene el mismo estilo que su "otro yo" afincado en Asturias. Dile a mamá, María, que intente averiguar si esta coincidencia tiene alguna explicación.
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Paseando llegamos hasta Fort Cornwallis, pero fijaos qué inapetente estaba yo que ni siquiera insistí en entrar y me contenté con tomar algunas fotografías del exterior. Donde sí entramos y también tomamos solamente fotografías del exterior (no estaban permitidas en el interior y la Montserrat Caballé que nos sirvió de animada guía insistía en que el grupo permaneciera junto en todo momento y no hubo ocasión de rezagarse: se las sabia todas la china esa) fue en la conocida como la mansión azul, una de las casas de un poderoso y rico emigrante chino, Cheong Fatt Tze, que, partiendo de la nada y la humildad más absoluta llegó a amasar una considerable fortuna económica y un gran prestigio social, siendo comparado con Rockefeller con ocasión de una visita a Nueva York en los años 30. De hecho, a su muerte las banderas británicas y holandesas de esta parte del mundo ondearon a media asta, tal fue su influencia política y económica en las colonias.
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Fue precisamente a la salida de esta visita cuando un señor aparentemente indio que se ganaba la vida con su “trickshaw” (vehículo a pedales en que los pasajeros van sentados paralelamente en la parte delantera y el conductor se sitúa tras ellos) nos ofreció sus servicios para una visita guiada de una hora por la ciudad, a cambio de una tarifa bastante razonable de 30 RM. Aceptamos porque Isa tenía ganas de recorrer la ciudad en ese medio de transporte y porque, de la manera que pegaba el sol, poder estar a cubierto y disfrutar de la brisa eran opciones más que deseadas.

Nuestro amigo se paró en un puesto hindú y nos ofreció dos dulces que probamos y resultaron ser exquisitos (aunque el tío, sospechosamente, no se sabía el nombre de los mismos), Luego nos llevó a visitar una mansión china en la que no se hacían visitas guiadas salvo previo acuerdo y no sólo nos convenció a nosotros de que entráramos a verla sino que, además, consiguió que, a regañadientes, uno de los guías nos hiciera un recorrido por la casa. Admitámoslo, el guía se pasó más tiempo callado que hablando y no parecía estar muy contento de aquella repentina obligación impuesta, pero nuestro conductor de trickshaw ya se había ganado nuestra simpatía con esa obra.

Dos visitas más nos esperaban aún, la primera a un templo hindú y la segunda a un poblado de pescadores. Si os imagináis Luanco o Cudillero no podéis estar más desencaminados. Casas de madera elevadas sobre el mar, estrechos pasillos de tablones de madera, olor a mar, a pescado, a suciedad también. Un microcosmos de pobreza, por lo menos a mis ojos. A sólo pocos metros, devorados por su imparable crecimiento, de una de las carreteras principales de Georgetown. Nada que ver con el moderno puerto en el que atracan los barcos que trasladan a nativos y foráneos. Un extraño espectáculo para ojos occidentales que, tal vez equivocadamente, podrían estar viendo miseria donde sólo hay humildad. Aunque no lo creo.

Después de esto, nuestro enrollado guía nos lleva de vuelta al hostal y cuando iba a pagarle 35, porque queríamos incluir una pequeña propina, nos dice que no son 30 sino 60, porque hemos estado dos horas. Para demostrarlo saca un reloj y nos enseña la hora. Yo no dudo de que hayan pasado dos horas (pero por si acaso compruebo en mi cámara cuando hice la última foto en la mansión azul y cuando he hecho la última foto del poblado de pescadores). Nos quejamos de que no sólo no nos avisó de que había pasado el tiempo, sino de que además nos animaba a entrar en sitios… y el reloj seguía haciendo tic tac mientras él esperaba afuera. Estoy enfadado y no me parece justo. Aún así le doy 40 RM porque hasta ese momento el tío nos había dado un buen viaje.

Lástima que ahora nos quede un sabor amargo y tengamos que advertiros de que tengáis cuidado, incluso cuando fijáis el precio por adelantado. Nosotros esperamos no volver a cometer ese error.

(Escrito por él en Kanchanaburi, Tailandia, el 22 de Febrero de 2007)

23 febrero, 2007

Poniéndome al día (IV): La Jungla de Taman Negara

Una de las cosas más sensatas que se pueden hacer después de un par de días en Kuala Lumpur es irse de la ciudad. El caos, los gritos, la polución, las motocicletas que se cuelan por todos los rincones, el desorden, esa humanidad que pulula por las calles de una manera descontrolada pueden llegar a resultar abrumadoramente insoportables al cabo de un tiempo.

Taman Negara se nos antojaba suficientemente exótico, alejado y agreste como para ser una buena apuesta a la hora de encontrar la antítesis de KL. Se trata de un parque nacional (literalmente ésa es la traducción de su nombre malayo), el primero y más antiguo del país. Sus 4373 kilómetros cuadrados se encuentran repartidos en tres estados y se da la particularidad de que, pese a que animales y plantas dentro de sus confines se encuentran protegidos por ley, se permite la caza a los pocos centenares de pobladores indígenas, los Orang Asli (ese nombre significa "gente original") que mantienen su forma de vida ancestral con unas mínimas concesiones en lo que respecta a su ropa y utensilios de cocina.
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El viaje desde Kuala Lumpur lo hacemos en un cómodo y moderno autobús, con aire acondicionado (dada la temperatura media en esta zona del mundo, ése es un detalle que no me cansaré de repetir, o de criticar, si está ausente). Ante unas obras en la carretera, el conductor decide que los conos de plástico naranja son para pasarles por encima, a juzgar por lo que le pasa a uno de ellos. Imperturbable y, sin un solo comentario, él sigue a lo suyo (que afortunadamente es conducir y no leer un libro).
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Como en cualquier otro viaje, al cabo de unos 90 minutos, nuestras piernas disfrutan de una parada en una zona de descanso donde nos aprovisionamos para el resto del trayecto, comprando patatas fritas con sabor a alitas de pollo asadas (estilo chino) y tiras de plátano desecado y salado. La primera escala la hacemos en Kuala Tembeling, cuatro restaurantes, una tienda y varias casas que preceden al embarcadero fluvial y punto de acceso más común al parque. Allí comemos y después el “Jetty” (una canoa a motor de madera de unos diez metros de eslora y metro y medio de ancho en el centro, que acomodó por parejas o sentados solos a una decena de viajeros) nos lleva durante tres horas por los 68 kilómetros del río Tembeling que acaban en el poblado.
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El viaje, río arriba, es una experiencia exquisita en sí misma. La canoa está dotada de una cubierta para protegernos del sol, sólo los imprescindibles postes para la sujeción de la misma obstruyen mínimamente nuestra visión, pues los laterales están completamente abiertos. La exuberante y verde jungla desborda las riberas. El curso de este río es un machetazo en la selva que pugna por recuperar su forma original pero, si la intervención siempre ominosa del hombre no inclina la balanza, la batalla parece perdida para la vegetación.

No hay fotografía que pueda hacer justicia a la belleza que nos rodea durante horas, pero los disparadores de mi Samsung y la Canon de Isa son testigos de que nos esforzamos en intentarlo a sabiendas de que no lo lograremos. No hay una imagen ni mil palabras que puedan atinar a emular nuestras sensaciones durante ese tiempo en que invadíamos una escenografía que parecía especialmente dibujada por la mano de un Dios que quisiera recrear el Edén.

Como en su viaje en busca del Coronel Kurtz, nosotros emulamos a Martin Sheen subiendo en bote por un río desconocido de un país extraño. En lugar de un M16 nosotros vamos armados con cámaras fotográficas. Al final no nos encontraremos a Dennis Hopper ni a Brando pero nuestro viaje, lo tengo por seguro, ha sido muchísimo más placentero.

En el pueblo (que parecía sacado de una postal del Amazonas, con jungla bordeando casas flotantes y un constante tráfico de canoas por el río), mientras algunos viajeros se quedan en el restaurante flotante para ser acompañados a sus respectivos alojamientos, nosotros cruzamos en lancha al resort, que está al otro lado para disfrutar del “upgrade” que por RM 370 nos pone al lado de los ricos que se gastan 600 (aunque ellos duermen en chalets individuales con porche). Sorpresa agradable, estamos solos en la habitación de 8 literas, cada una con su mosquitera y, esto si que es un lujo, enorme taquilla y varios cajones individuales. Fuera, el sonido de grillos y saltamontes, además de pájaros y animales no identificados serán el telón de fondo de nuestras noches en el parque.
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Las actividades parten desde nuestro lado del río pero el desayuno, comida y cena se hacen en el opuesto, así que hay que usar los servicios de uno de los botes que transportan viajeros y mercancías desde una ribera a la otra (el precio es de 1 RM por persona, unos 18 céntimos, pero aseguraos de que está incluido en el coste del tour porque aunque la cantidad sea ridícula se trata de evitar molestias y malentendidos).
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Por carecer de tiempo, no nos apuntamos a ninguna de las actividades adicionales a lo contratado. Lo que nosotros habíamos acordado hacer fue:

Night Trekking and Hide. Un Trekking-Safari nocturno en el que, provistos de linternas, nuestro guía nos hizo un recorrido por la fauna que se agazapaba a pocos metros de nuestro resort. He de decir que el tío demostró tener un ojo de lince porque encontraba algo que enseñarnos hasta debajo de las piedras. Vimos insectos palo, escorpiones, saltamontes que triplican el tamaño de los que yo conocía, y atisbamos un "mouse deer", el ciervo más pequeño que se conoce. Además pasamos un rato en un "hide" o refugio que es una construcción de madera a una cierta altura y emplazada a la vista de una zona por la que circulan animales, ya sea una senda, un prado en el que pastan o la ribera de un río. Nosotros fuimos a uno enfrente del penúltimo escenario y pudimos ver, una vez debidamente iluminados por la potente linterna del guía, no menos de una docena de ciervos. He intentado usar un programa para aclarar/iluminar las fotos de esa noche pero hace falta un equipo del C.S.I. para sacar algo en claro.


Daylight Trekking. Sin necesidad de linternas, pero con las botellas de agua convertidas en elementos imprescindibles del equipo, recorrimos durante varias horas de escarpada subida los kilómetros que nos separaban de Bukit Terisek, un monte a unos (nadie lo diría, a juzgar por lo que había costado la ascensión) miserables 344 m de altitud que ofrecía unas buenas vistas de las inmediaciones.

Canopy Walk. Lo más divertido para mí, sin duda alguna. Inexplicablemente, la idea de recorrer 250 m a 40 m de altura sobre la jungla no le hizo ninguna gracia a Isa. Una estrecha plataforma (que se recorre individualmente pues no hay espacio a lo ancho para que se haga de otra manera) compuesta por una unión de tablones alargados se sostiene como un puente colgante y ofrece una experiencia no apta para los que sufren de vértigo ni los aquejados de enfermedades coronarias. He de aclarar que no es el Golden Gate y que "aquello" se mueve en todas direcciones. Desafortunadamente para mí (que no para Isa) había otros 250 m a los que no pudimos acceder pues se estaban realizando tareas de mantenimiento y ampliación.

Rápidos. "Os vais a mojar, todo el mundo se moja. Si lleváis cámaras, metedlas en bolsas de plástico para protegerlas" nos advirtió el guía. Bien, esto promete, pensé yo. A cambiarse de ropa. Un gorro de ala ancha para protegerme del sol, una camiseta, mi bolso bandolera "gay" para meter la cámara (en su funda y dentro de una bolsa de plástico), un bañador (porque ir con unos pantalones que se iban a mojar era absurdo), y unas sandalias…un momento, ¿dónde están mis sandalias? Sí, hombre, las que te compraste en Singapur. Maldita sea, me las había dejado junto con el 80% de mis cosas dentro de la mochila grande que esperaba pacientemente mi regreso en KL. ¿Y qué me pongo? Porque sólo me he traído las botas de trekking, porque a eso hemos venido a la jungla, ¿no? Pues como no hay otra cosa, tendrán que ser las botas, que ya que son de GoreTex aguantaran las salpicaduras sin problemas. La necesidad se impuso a la estética y de tal guisa cómica fui yo ataviado, a sabiendas de que Isa no es que me mirara de reojo, sino que hablaba conmigo con la cabeza girada en dirección opuesta o sin quitar su mirada de mis ojos. Como si me hubiera llevado los zapatos de claqué. Los rápidos, únicamente tres, fueron una decepción. Ni duraban más de unos pocos segundos, ni la canoa encontraba resistencia, ni fue emocionante, ni nada de nada. Incluso Isa, de naturaleza poco dada a experiencias arriesgadas, estuvo de acuerdo conmigo en que aquello había sido ridículo.

Orang Asli. Los nativos que viven en el parque son una atracción más del mismo. Yo esperaba que visitáramos uno de sus poblados, ellos hicieran algún baile típico y después hubiera una voluntaria donación de papel moneda de curso legal. Afortunadamente, las cosas no ocurrieron así. Nuestro grupo paseó entre sus tradicionales cabañas (aunque han incorporado el plástico en sus tejados como elemento protector frente a la lluvia), observó la timidez de sus niños y uno de los adultos nos hizo una doble exhibición de sus habilidades. Primero usó su arma tradicional, dos metros de cerbatana compuesta por la unión de dos cañas de bambú, para lanzar un estilizado dardo (que en su punta estaba impregnado de veneno lo suficientemente potente para matar un mono o pequeños mamíferos pero no a un ser humano, aunque mejor no probar). A instancias de nuestro guía, todos lo imitamos por turnos y he de decir que mis habilidades con la cerbatana consistieron en acertar la diana, un indefenso y atemorizado pingüino de peluche, sin mayor dificultad (pese a que admito que no tenía ni puñetera idea de a dónde estaba apuntando). Después de eso, el mismo Orang Asli nos presentó una demostración práctica de cómo hacer fuego en 30 segundos sin mechero, cerilla, ni lupa, sólo mediante la fricción de hojas de palmera dobladas y enrolladas contra un tronco de madera desprovisto de corteza. Esta vez nadie intentó repetir la hazaña.
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Una cosa bastante graciosa de nuestro resort de alto “standing” (lo de pagar 25,50 RM por una lata de cerveza Tiger y una lata de 7Up no es nada gracioso, pero las vistas y la tranquilidad desde la terraza del restaurante merecían la pena, aunque Isa me ganara al “Scrabble”) es que tenían un cartel en el que informaban a qué horas y en qué zonas de las instalaciones se podían ver determinados animales salvajes (o más o menos salvajes). Dado que están protegidos, campan a sus anchas sabedores de que nadie les va a hacer el menor daño y que los disparos, de haberlos, serán fotográficos (salvo que se acerquen a un poblado Orang Asli, claro está).

Así pudimos ver monos (haciendo un jaleo inmenso) enfrente de nuestro alojamiento y también, mientras permitía graciosamente que Isa sumara y sumara puntos al Scrabble, a pocos centímetros de nuestra mesa. Incluso llegamos a ver jabalíes salvajes, pero eran bastante confiados, la verdad sea dicha.

Cuando llegó el momento de irnos de Taman Negara ambos estábamos convencidos de que se merecía uno o dos días más para hacer algún trekking por la jungla más profunda, pero nuestro leve desánimo se compensaba con la satisfacción que nos daba pensar que teníamos por delante casi setenta kilómetros en canoa y que pensábamos disfrutar cada minuto del trayecto de vuelta.


(Escrito por él en Bangkok, Tailandia, el 21 de Febrero de 2007)

20 febrero, 2007

Taman Negara

Ayer nos dimos un buen tute visitando Bangkok, así que hoy me apetece tomarme el día con calma, disfrutar de la piscina (últimamente viajamos en plan VIP, pero pronto se nos va a terminar la buena vida), y cumplir con mi primera resolución del año nuevo chino.

Con este texto cierro el capítulo de Malasia, por la que viajamos del 26 de enero al 8 de Febrero, visitando Melaka, Kuala Lumpur, Taman Negara, Penang y Langkawi.
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Poco os contaré de KL, puesto que José ya se hizo cargo de esa ingrata labor. Digo ingrata, porque mi relación con la capital fue de odio a primera vista. Afortunadamente, con el paso de las horas y a medida que iban cayendo la noche y las altas temperaturas, me fui relajando e incluso llegué a apreciar el encanto de una ciudad esquizofrénica.
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Me limitaré a daros tres consejillos de nada, por si algún día os animáis a pisar suelo malayo:

  1. Incluid Kuala Lumpur en vuestro itinerario, pues ninguna opinión se merece más crédito que la vuestra.

  2. Dedicadle un par de días, cuestión de visitar las torres Petronas sin prisas.

  3. Ofreceos un alojamiento de categoría medio-alta, alejada de los barrios chinos/indios, que os permita olvidar momentáneamente la mediocridad que es vivir en una ciudad ruidosa, sucia y caótica.

Amén de subir a las torres gemelas, lo mejor que hicimos en KL fue contratar una excursión para Taman Negara, el parque nacional más grande de Malasia, cuyos 4343 kilómetros cuadrados de superficie se extienden mayormente sobre el estado de Pahang. La excursión era de tres días y dos noches, con el primer y último día dedicados a desplazarnos. La verdad, un día más en el parque no hubiese sobrado.

Mientras en Dublín sonaban cientos y miles de despertadores, nuestra barca se abría camino por la jungla, remontando el río Tembeling. Así de sutil es la línea que separa el sentimiento de estrés del de libertad. Las sensaciones que vivimos durante esas dos horas y media de viaje fluvial no se nos olvidarán nunca.

Cómodamente sentados en el suelo, la cabeza reclinada sobre el respaldo de madera, los pies descalzos y asomados fuera de la barca para recibir las salpicaduras del agua, los ojos intermitentemente cerrados, alternando entre la relajación más total y la visión hechizante de un horizonte de vegetación, y en la mente, no más de tres palabras: ¡esto es vida!

Nuestro destino, Kuala Tahan, era un pueblo de cabañas de madera, con cuatro o cinco restaurantes flotantes. Nosotros estábamos alojados en la ribera opuesta, en la zona pobre de un lujoso resort.

No habíamos contratado bungaló, sino un dormitorio en teoría compartido con otras seis personas. Encontramos el ala de dormitorios frente a la zona de lavandería del resort y, para nuestra gran sorpresa, sólo la compartimos con las decenas de monos que pululaban por esa zona. Lo mejor del dormitorio: cerrar los ojos y quedarte dormido mientras escuchas concentrado la sinfonía nocturna de grillos, geckos y demás residentes de la jungla.

Como cualquier tour organizado, el nuestro estuvo repleto de actividades:


  1. Paseo nocturno por la jungla. Impresionante la capacidad de nuestro guía para divisar animalitos que incluso de día son difíciles de encontrar, como el escorpión o el insecto palo.


  2. Paseo matutino por la jungla. El sendero está perfectamente señalizado, con lo que este paseo puede hacerse por libre. Sin embargo, merece la pena tener guía para aprender sobre las propiedades y usos de las plantas.


  3. "Canopy Walkway". Un puente de 530 metros de longitud, construido con madera y cuerda, y suspendido a 40 metros de altitud. No sé qué temblaba más, si el puente o mis piernas.


  4. Rafting por los rápidos. Lo único rápido de la actividad fue su duración, pues la diversión se acabó justo cuando pensábamos que lo "bueno" estaba empezando. Y para que yo lo diga…


  5. Visita de un poblado "Orang Asli". Fue la parte más interesante de la excursión, aunque el sentimiento de intrusión me resultó violento. Me sentí algo avergonzada de formar parte de esa horda de turistas que, armados con cámaras, de pronto irrumpieron en la intimidad de sus vidas, rompiendo el ritmo de una tarde apacible.

De los Orang Asli, aprendimos muchas cosas, como su habilidad para producir fuego, sus técnicas de caza, sus costumbres, creencias y ritos funerarios.

No practican ningún tipo de religión organizada, ni veneran a un Dios, pero sí creen en los espíritus. Cuando un miembro de la tribu muere, consideran que un espíritu maligno le ha quitado la vida y, rápidamente, migran a otro lugar para evitar que otros corran la misma suerte. Antes de marcharse, colocan al difunto en lo alto de un árbol, de manera a facilitar la ascensión de su espíritu al cielo. Esta costumbre también tiene una finalidad práctica: darle al muerto una oportunidad de volver a la vida, de la que carecería si fuese enterrado o incinerado.

En cuanto a las técnicas de caza, consisten en disparar dardos envenenados con la ayuda de una caña de bambú de unos tres metros de longitud. Se nos dio la oportunidad de practicar, apuntando a unos peluches. El Junior, como si llevase toda la vida ejerciendo de hombre primitivo, cogió el arma, apuntó, sopló y zas, ¡premio! Bueno es saber que, de haber sido Orang Asli, esa noche se hubiese cenado pingüino en mi casa.


Si bien mi hombre para la caza tiene puntería, para el vestir no siempre da en diana de mis deseos. Menudas pintas las del Junior cuando se cambió para la excursión a los rápidos. De pronto me lo vi llegar con sus botazas de trekking, sus calcetas de la mili, su bañador, su camiseta, su bolsito gay y su infame "bunny hat" (lean nota aclarativa a pie de página): un sombrero militar de colores kaki, marrón y negro, usado por las fuerzas armadas americanas para camuflarse en la jungla (porque de todos es sabido que uno de los objetivos principales de las excursiones organizadas por la jungla, es volverse invisible para el guía y el resto de excursionistas, por obra de las virtudes miméticas de un sombrero).

Cuando el amor no es ciego, a veces tiene que cerrar los ojos. Y mira que yo lo intenté, haciendo de todo para desterrar de mi mente esa visión del Junior en su "honey butt" (vuelvan a la nota aclarativa), tratando de focalizar mi atención sobre otras cosas: Isa, concéntrate, admira la vegetación, no dejes de mirar al río, fíjate en los rápidos, en la barca, en el guía… hasta que llegó él y, con una sola frase, echó por el suelo mis esfuerzos y vanas esperanzas de olvido:

"Isa, ¿me haces una foto?".


Nota aclarativa: ya sé que es "bonnie hat", pero la gracia está en vacilar al Junior.


(Escrito por ella desde Bangkok, Tailandia, 20/02/07)

19 febrero, 2007

Poniéndome al día (III): Kuala Lumpur

De KL (como la llaman abreviadamente los lugareños) no estábamos muy seguros de qué podíamos esperar. Singapur había dejado el listón muy alto como ciudad, superando a muchas occidentales, aunque cuando miro los países que nos quedan por recorrer se confirma mi impresión de que este viaje no es sólo en círculos, abarcando un continente, sino también en línea temporal inversa, desde el siglo XXI vamos a ir retrocediendo en el tiempo: las carreteras serán senderos; los autobuses, camiones; los cuartos de baño, agujeros en el suelo; las hormigas en la habitación se convertirán en cucarachas; la suciedad en las calles crecerá conforme cambiemos de países. Ante nuestros ojos se abrirá la bella y atrasada, la salvaje y exótica, la verdadera y milenaria Asia, y será mucho antes de llegar a India y China.
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De Malacca salimos desde su moderna estación de autobuses para líneas de largo recorrido, y ni en función de sus servicios ni de su arquitectura tiene nada que envidiar a ninguna europea. Se diferencia, eso sí, en que tiene una zona de oración específica para musulmanes, no multiconfesional. Con la compañía "Transnational" pagamos 19,50 RM por nuestros dos billetes. El autobús, moderno y con aire acondicionado que funcionaba, iba lleno al 80% principalmente con viajeros de etnia china. Tenía un curioso sistema de altavoces en el que era imposible que los delanteros y los laterales funcionaran al mismo tiempo: se turnaban para emitir música.
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Desconozco dónde se habría sacado el carnet el conductor, pero estoy convencido de que las lecciones prácticas las hizo con Dublín Bus, a juzgar por su forma de frenar. Afortunadamente, los asientos (de los que sólo había tres en cada fila, uno individual al lado izquierdo, a continuación el pasillo y después, los otros dos) eran cómodos y perfectamente reclinables, con lo que las dos horas de viaje no fueron nada molestas.
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Cuando llegamos a KL, el autobús no nos deja en la estación sino que se detiene en plena Jalan Puduraya, unos metros antes de la rampa de bajada a los andenes subterráneos, y ésa parece ser una práctica común en otras empresas, y luego, vacío ya, baja a la estación. Nos rodea un caos de vehículos y ruido, mucho ruido. Esquivando a docenas de taxistas que nos ofrecen sus servicios, buscamos respiro en la acera para consultar nuestro destino. Según habíamos visto en la Lonely, el Hostal "Pudu" estaba justo frente a la estación y era barato y bueno. Nos asaltan dos jóvenes que nos ofrecen alojamiento, cada uno en un sitio distinto y uno de ellos en el que estábamos decididos a probar suerte. Isa y yo hablamos en español sopesando ambas opciones, mientras ellos charlan sonriendo y luego descubro porqué. Nos atenemos a nuestra decisión original y uno de ellos nos acompaña, mientras el otro nos dice que si no nos gusta el Pudu nos vayamos luego al suyo, como segunda opción, que está allí al lado (al día siguiente pasamos por delante y resulta que "allí al lado" son diez minutos de paseo y el estado de la fachada es pésimo).
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Nuestra primera impresión de la ciudad, alrededor de nuestro hostal, en Puduraya, en Masjid Jamek, Dataran Merdaka, es que esta ciudad es un "quiero y no puedo". Parece que intenta huir de los estigmas de una urbe asiática sin perder su espíritu mientras se moderniza, pero aún se parece más a lo que uno se imagina como es Delhi o Calcuta que lo que ha visto en Singapur. Tal vez sea que hemos llegado demasiado pronto. Nos cuesta encontrar motivos que fotografiar, estamos cerca de Chinatown y rodeados de calles de hindúes, tal vez sea por eso. Salimos del paso con perspectivas de monorraíles y rascacielos. Veremos en la zona de las Petronas. Aquí nos quedamos con calles sucias, gente fumando, polución y ruido, mucho ruido. Caos, caos, caos.
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La primera impresión del Pudu, su recepción, fue buena. Sofás amplios, gente viendo una película en una pantalla gigante, varias mesas donde se sirven desayunos, comidas y cenas, todo está limpio y recogido. Sin embargo, resulta ser un edificio práctico y sin encanto, con varios pisos de filas de habitaciones en corredores, al principio los baños y duchas. Allí tendré mi primera experiencia "light" con un baño a lo asiático, es decir, con manguera para limpiarse aunque por ser un hostal para turistas extranjeros, acostumbrados a otras comodidades y prácticas, se han instalado tazas en los baños y también hay papel (que nunca se debe tirar por el desagüe).
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Dormir se presenta como una actividad complicada por varias circunstancias. Entre el cubre colchón y el somier hay una funda de plástico con lo que prevemos chorros de sudor por la espalda, ya que además el aire acondicionado es un mini chorro testimonial justo encima de la puerta y a suficiente distancia de las dos camas como para resultar prácticamente inútil. Por lo menos tenemos ventana y estamos al lado de los baños (lo cual es también un inconveniente porque todo el que tenga una urgencia, a cualquier hora, pasará por delante de nuestra puerta, y con lo ligero que tengo yo el sueño…). Vistas las fachadas de otros sitios, esto es de lujo.
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Isa se ha adjudicado rápidamente la cama que no está al pie de la ventana, así que a mí me toca el ruido. No hay armarios y ésa parece la tónica habitual desde que hemos llegado a Asia. En Singapur había una cómoda larga con cuatro cajones. En Malacca, un cajón en un escritorio/tocador de tamaño infantil. Aquí no ha crecido aún.
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En nuestra habitación ninguno de los tres enchufes funciona. La batería del portátil tiene para ocho horas, lo que no es problema pero ¿y las cámaras?. En recepción dicen que pasa en muchas habitaciones, porque los huéspedes trastean con ellos y los estropean. Si quieren que carguemos algo, se lo llevamos y ellos lo enchufan al otro lado del mostrador.
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En Malacca la hora de Internet nos costaba 1 RM, en el mismo edificio en que nos alojamos hay un Ciber del mismo dueño en el que cuesta 3 RM la hora de Internet, por ser huéspedes (si no, serían 4). Son ya precios de capital. En recepción veo que ofrecen información sobre viajes a Taman Negara, el Parque Natural por antonomasia de Malasia (anda, ¡una rima!), así que lo discutimos y ya tenemos nuestro siguiente destino (y, además, el tiempo que le vamos a dedicar a Kuala Lumpur: la tarde del lunes en que llegamos, el martes completo, la tarde del día que volvamos de Taman Negara y la mañana siguiente: dos días y medio, que van a resultar más que suficientes).
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La mañana siguiente, martes ya, nos dedicamos al cambio de dinero (1 euro = 4.48 RM) y las compras, dos camisas de manga larga en preparación de las caminatas por una jungla que se prevé atestada de mosquitos. No encuentro nada de mi talla, la "M" me viene enana, algo llamado "L-72", también. Si los asiáticos son más bajitos y menos corpulentos es obvio que eso también se tenía que reflejar en las tallas. En la sección de lo que parece ser ropa de trabajo encuentro una camisa azul (¡cómo no!) con un "AMANO" bordado en hilo dorado sobre el bolsillo izquierdo del pecho. La talla y las instrucciones de lavado y mantenimiento están en chino. La que más me gustaba, de conductor de autobús del "Nippon Express" dejaba el puño de la camisa a la altura de mi codo. Isa encuentra una camisa que no sólo le queda bien y le favorece, sino que además hace juego con sus pantalones "de paracaidista" (yo los llamo así por la cantidad de bolsillos, tiras y cierres que tienen). Pagamos los RM 5 que nos cuesta cada camisa y con 2 eur osmenos en el bolsillo, volvemos al hostal y cambiamos de habitación, a una con cama doble que ya no da a la parte de atrás del hostal, sino a la fachada principal de la estación de autobuses de Puduraya y sobre Jalan Puduraya (Calle Puduraya). Ahora sí que vamos a saber lo que es el ruido.
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Buena noticia: aquí los enchufes sí funcionan. Aparentemente, ningún inquilino ha trasteado con la toma de tierra de los enchufes para meter una clavija de 2 puntas redondas europea en un tres puntas rectangulares y verticales malayo. El portátil ("Federico") y las cámaras baten palmas de alegría.
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Pasamos la tarde buscando las Petronas. Dado que son enormes y se ven desde casi cualquier parte de KL parece una tarea fácil. Sin embargo, no es así. En cualquier parte la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta, pero aquí han decidido que eso es demasiado fácil, así que resulta prácticamente imposible llegar a un punto que tienes justo enfrente (como es el caso, de camino a las Petronas, de la altísima torre de televisión). O bien hay un paso elevado, o una carretera que no se puede cruzar, o está cerrado el acceso a peatones, o el tren pasa justo delante… el caso es que en Kuala Lumpur la única manera de llegar a un sitio es dando un rodeo.
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Nos acercamos al distrito financiero y la perspectiva cambia. Rascacielos en construcción, gente mejor vestida, incluso el tráfico parece más ordenado. Vemos la parte superior de las Petronas y, obviamente, descubrimos que tenemos que dar un rodeo para llegar a ellas. La tarde se ha ido disolviendo lentamente y, para cuando llegamos a una distancia que nos permite fotografiarlas en toda su magnitud, ya las envuelve el manto de la noche. Pero ellas refulgen como adornadas con diamantes. La vista es espectacular.
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Enfrente de las torres, ubicadas en el KLCC (Kuala Lumpur Convention Centre) se ha construido un bonito parque y, bajo ellas, como no podía ser menos en un país que se precia de su rápido avance tecnológico y crecimiento económico, un gran centro comercial, aunque la mitad de sus seis plantas son subterráneas para no quitarle protagonismo a las torres. Esto ya no parece subdesarrollo y polución, las vistas desde el parque son edificios modernos y rascacielos por todos lados, como en un pequeño Central Park.
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Descubrimos un lago con una cortina de agua que cae desde una elevación y que se puede pasar por detrás de la misma. Lo hago. Descubrimos también que eso no está permitido en cuanto oímos el fastidioso silbato de un guardia. Nos dirigimos hacia él para excusarnos ("que no me corten la mano, que no me corten la mano") y nos despide con gesto de pocos amigos y un explícito "Go! Go! Go!".

Nos queda pendiente subir a las Petronas o, más precisamente, a esa característica arquitectónica suya que es el "Skybridge", el pasillo que une ambas torres a una altura de 170 m sobre el suelo (bastante lejos de los casi 452 m de altura de cada torre), en los pisos 41 y 42 (como los autobuses de dos pisos, este puente también lo es). Eso será cuando volvamos de Taman Negara, pero me tomo la licencia de contarlo ahora, pues para eso soy yo el que decide cuando hablo de qué ¿verdad?

La visita es gratuita pero se dan un número limitado de pases al día, 1200, así que es conveniente llegar temprano, a eso de las ocho y media, para que el grupo que te corresponda no sea uno demasiado tardío (aunque con el centro comercial al lado seguro que se os ocurre como entretener la espera). Como allí mismo hay una estación de tren LRT, nosotros caminamos los 10 minutos que separaban el hostal de la más cercana y nos fuimos cómodamente hasta allí. Cuando llegamos ya había unas doscientas personas haciendo cola ante la aún cerrada oficina y varios centenares más fueron llegando. Europeos blancos, hindúes, chinos, japoneses, malayos… un crisol de razas provisto de paciencia para esperar a conseguir su ticket.

Eva, hemos visto a tu hermana gemela en esa cola. Obviamente es hindú, algo más bajita que tú pero con los mismos ojazos enormes y el pelo también negro como ala de cuervo (y antes de que Isa me de una colleja, con algo más de pecho… ¡ay!).
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A nosotros nos tocó en el grupo de las 09.30, y nos dieron un pase de color rojo para identificarnos. Con el ticket accedimos a una pequeña sala de exposiciones en la que se mostraban datos y cifras sobre la construcción de los edificios (como que la planta de los mismos representa los cinco pilares del Islam) y un curioso sensor que medía tu estatura y decía cuántas veces equivalían las torres a la misma (hay 263 veces mi altura y 281 Isas, me recuerda ella). Después, para crear más expectación, te llaman… para que pases a una sala en la que se proyecta un documental sobre cómo se fueron construyendo. Cuando por fin llega la hora, unas 16 personas nos apelotonamos en un ascensor que tarda 41 segundos en llevarnos al piso 41, ¿adivináis a qué velocidad íbamos?
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El Skybridge tiene básicamente tres usos:

  • En caso de emergencia en una de las torres, para ayudar a la evacuación a la otra torre
  • Como atajo si se necesita ir a la otra torre, para no bajar 88 pisos, ir a otro ascensor y subir otra vez…
  • Para enseñar a los turistas lo moderna que se ve Kuala Lumpur desde lo alto, sin contaminación, caos, ni ruido.


Como ya he comentado antes, hay un número limitado de visitas diarias así que podéis permanecer en el Skybridge unos 10 minutos haciendo fotografías antes de que los guías introduzcan al siguiente grupo. Aprovechadlos.

Antes de que se me olvide, ¿sabéis porqué sonreían y se llevaban tan bien los dos que nos ofrecían alojamientos distintos cuando llegamos a KL? Al segundo, del otro sitio, lo volvimos a ver…en el Pudu, con un manojo de folletos en la mano. Aparentemente ambos hostales son del mismo dueño así que, elijas lo que elijas, tu dinero siempre va al mismo bolsillo.


(Escrito por él en Koh Lipeh, Tailandia, el jueves 15 de febrero de 2007)

Poniéndome al día (II): Singapur y Melaka

"Buenos días, damas y caballeros, les habla el capitán Panengsijhasta. Vamos a proceder a salir del puerto de Georgetown para dirigirnos a la isla de Langkawi. La travesía durará aproximadamente dos horas y media y, durante la misma, les proyectaremos una película. Asimismo, la tripulación les ofrecerá un económico servicio de cabina con el que podrán adquirir refrescos y agua mineral. La temperatura en nuestro destino es de 32 grados centígrados, los cielos están despejados y la humedad relativa es del 87 %. A continuación se les ofrecerá una demostración del uso de los chalecos salvavidas que, para su uso en caso de emergencia, se encuentran situados sobre sus cabezas. Espero que tengan un buen viaje y gracias por elegir a nuestra compañía para su traslado a Langkawi".

Todo lo anterior es pura ficción. Esas cosas no pasan en los ferris que yo he cogido hasta ahora y el de esta mañana no iba a ser una excepción. Pero no entiendo lo del uso de los chalecos salvavidas, si lo explican en los aviones (vamos a ver, ¿quién recuerda algún caso, aunque sea sólo uno, de un amerizaje con éxito? Yo no, sólo recuerdo aviones que se estrellan contra el mar y no sobrevive nadie, con o sin chaleco salvavidas), ¿por qué no lo explican en los barcos? Igual sólo pasa en Malasia, como cuando fuimos en bote a motor a la excursión por los rápidos en Taman Negara (que se supone podría ser peligroso) y los chalecos sólo eran el cojín para hacer más confortable el viaje a nuestras espaldas. Claro que nos cruzamos con botes de otras empresas que hacían el mismo recorrido y éstos sí llevaban turistas con chaleco puesto, no apoyados en él.
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A lo mejor en Singapur hubiera sido distinto y hasta nos los hubiéramos puesto en vez de tenerlos sólo de adorno. De todos modos, después de Sentosa, sólo estuvimos un par de días en esa limpia ciudad. Uno más para que Isa pudiera hacer su curso de cocina (y no preparará los platos que aprendió hasta las Navidades, con la excusa de que estamos de viaje) y para que yo, por fin, me comprara una cámara digital. Y no fue fácil con tanta oferta y sin tener una idea preconcebida de que modelo o fabricante prefería. No me extenderé más que para decir que, al final, ha sido una Samsung NV10, con óptica alemana Schneider-Kreuznach (creo que miraré lo que pone para escribirlo correctamente), de un tamaño apenas mayor que mi estropeada Pentax Optio y más compacta que la Canon de Isa. Además, una batería adicional, una tarjeta de 1 Gb que venía como promoción de la tienda, una funda, una segunda tarjeta de 1Gb como promoción del centro comercial y un vale de S$50 para gastarme en Marks & Spencer (de Singapur, eso sí).

No tiene nada que ver con lo anterior, pero olvidé comentar que los carteles en los transportes públicos están en cuatro idiomas: inglés (la nueva lingua franca mundial ante la pasividad del español), malayo (la que hablan los emigrantes procedentes de ese país, única frontera terrestre con Singapur), mandarín (la de los emigrantes chinos) y tamil (la de los hindúes que residen aquí).
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Al día siguiente de mi compra redonda salimos en dirección a Malasia, donde nuestra primera parada iba a ser Melacca o Malaka, pues la he visto escrita con ambas grafías. A unos cientos de metros de nuestro hostal se encontraba la estación de autobús del que partía el que nos llevaría, cruzando la frontera, a nuestro siguiente destino. El autobús era bastante moderno, los asientos se reclinaban adecuadamente y sólo había tres en cada fila (uno en el lado izquierdo, a continuación el pasillo, y después dos asientos juntos). A mitad del viaje fui a comprobar que junto al pasaporte tuviera el papel que me dieron al entrar en Singapur. Cara de sorpresa: no estaba.

He de aclarar que se trata de una práctica común en Sudamérica, y acabo de descubrir que también en Asia, que además de sellarte el pasaporte rellenes un papel en el que consta el número del mismo, nacionalidad, nombre completo y, según el país, declaración de la cantidad de divisas que introduces o similar. Sellado por duplicado, una parte se la queda la aduana por la que entras en el territorio y la otra has de conservarla durante toda tu estancia y entregarla en el puesto fronterizo por el que abandones el país. Volviendo a entrar en Perú desde Bolivia fui testigo de los problemas que tenía una pareja para cruzar la frontera porque no encontraban el susodicho documento. En los casos más leves se negocia y se paga una multa de (para nosotros) relativamente pequeño importe (hasta USD 50) y se puede cruzar sin más dilación. En otros casos se puede estar tirado varias horas en esa tierra de nadie hasta que el correspondiente ministerio confirme la entrada que no se puede justificar. Y como sea festivo, hora de cerrar o similar, a lo mejor la salida del país se retrasa no horas sino días.

Yo me imaginaba que con lo moderno que era Singapur ("¿he dicho ya lo mucho que me ha gustado su país, señor guardia?") hubiera sido cuestión de unos minutos pero por si acaso, y con los nervios de punta, busqué y rebusqué el susodicho papelito, despertando a una malhumorada Isa varias veces durante el proceso. Piensa, José, piensa, ¿dónde lo habías guardado? Dentro del pasaporte. ¿Y está allí? No. Bien, ¿dónde más puede estar? Ni puñetera idea, coño, ¿no me estás oyendo que no lo encuentro? Además de sordo, idiota. ¿Cuándo fue la última vez que saqué el pasaporte? Pues… ¡en el Centro Comercial! Claro, para que me dieran el vale y la segunda tarjeta de 1 Gb. El dependiente me pidió el pasaporte y lo fotografió. Bien, rebusquemos, factura de la cámara, garantía de la cámara…¡papelito de la aduana de Singapur! Falta una hora para llegar, entregarlo en la aduana de Singapur y que los de la aduana de Malasia me den otro de su país. A dormir un rato.

El autobús para en la frontera pero (recordad esto si vais a hacer este viaje) tenéis que bajar todas las bolsas y pasar vosotros con ellas. No dejéis nada en el autobús. Se han dado casos de turistas que han subido, en el lado malayo, a un autobús de la misma compañía pero que es otro que estaba allí esperando y aquél en el que ellos venían, y que tenía sus maletas, ha vuelto a Singapur. El conductor nos lo advirtió para evitar despistes y, que yo sepa, no se perdió nada.

Por eso me alegré cuando volví a subir al autobús al cruzar la frontera y comprobé que la bolsa de plástico en la que llevaba un par de camisetas de recuerdo y que me había dejado debajo del asiento seguía en el mismo sitio en que la había olvidado.
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Sin más incidencias, entramos en un país que se declara abiertamente musulmán. Si en Europa en cada pueblo hay (o había, porque con esto de querer ser más laicos que un ateo, se reniega alegremente de nuestro pasado y se borran de un plumazo acontecimientos históricos que le hacen perder sentido a la construcción de un continente y una identidad común…José, vuelve al tronco y deja las ramas quietas, por favor), en cada pueblo de Europa, decía, hay una o dos iglesias, aquí, sin complejos, hay una o varias mezquitas, las mujeres llevan (pese al calor) el pelo y el cuello cubiertos con bonitos y coloridos pañuelos y los hombres musulmanes, su tradicional gorrito. El país está compuesto por distintos estados, siguiendo el modelo de USA o Suiza, y cada uno tiene un elevado grado de independencia legislativa, por eso hay zonas en que rigen musulmanes conservadores y otras menos estrictas. Eso sí, en todas partes rige la libertad de culto y chinos, hindúes y malayos conviven cada uno asistiendo a sus respectivos ritos religiosos.
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Desafortunadamente, hay individuos que anteponen la sinrazón y el fanatismo a los valores de la vida humana y elementos terroristas no han faltado entre la población musulmana malaya. Además, tal y como he dicho antes, hay Estados gobernados por partidos musulmanes estrictamente conservadores que aspiran a llegar al poder y convertir a Malasia en un país regido por la ley musulmana, la Sharia, con las nefastas consecuencias que eso tendría para las mujeres, los homosexuales, y los demócratas del país, tal y como se vio en el Afganistán de los talibanes o el actual Irán de los ayatolás.
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Algunas cosas curiosas, relacionadas con la fe musulmana, que se notarán durante el resto del viaje por Malasia: los uniformes de las empleadas musulmanas están adaptados a su religión, con un pañuelo que les cubre pelo y cuello, ya sean taquilleras en un peaje de la autopista, militares, o trabajadoras en el sector de la restauración. En las zonas de descanso de las autopistas aparece una construcción peculiar, la Sura o lugar de oración, para que los creyentes, aun cuando estén en pleno viaje, puedan parar y realizar este acto las seis veces diarias que dicta el Corán. Si la comida de los judíos ha de ser kosher, la de los musulmanes ha de ser conforme al rito halal (la carne ha de proceder de animales que hayan sido completamente desangrados) y este sello lo vamos a encontrar presente desde puestos callejeros hasta en franquicias de restaurantes occidentales de comida rápida, como KFC o McDonalds.

Nuestro destino, Melaka (capital del estado del mismo nombre), está situada al Sur del país, en su costa occidental y ha sido propiedad, por conquistas o por cesión del Sultán, de portugueses, holandeses, británicos y japoneses (durante la II Guerra Mundial), y otra vez británicos, hasta la constitución de la Federación Malaya como país independiente, en 1957. Recordamos la ciudad por dos cosas: los edificios de la plaza son más rojos en las fotografías que en la realidad y allí fue donde contrajimos nuestras primeras enfermedades leves del viaje.

Respecto a lo primero, hay una torre del reloj, la iglesia de Christchurch (originalmente holandesa católica pero más tarde británica protestante) y el impresionante edificio del Stadthuys, antigua residencia del gobernador y ayuntamiento, y que hoy alberga el Museo de Etnografía e Historia (bastante interesante el tour guiado, sobre todo porque era exclusivo para nosotros; además la entrada permitía el acceso a otros museos pero sólo visitamos el del Gobernador del Estado donde disfrutamos a nuestras anchas del aire acondicionado y de ser los únicos visitantes de un edificio en el que no vimos a un solo guía o conserje). En posters turísticos y en guías de viaje los hemos visto con un color rojo chillón, pero en la realidad, el inmisericorde sol lo ha desvaído ligeramente y continuara haciéndolo inexorablemente.

Respecto a lo segundo, ese sol que he mencionado antes junto con el inevitable exceso de sudoración me han provocado una leve dermatitis en la cara superior del antebrazo, en forma de pequeños y molestos (por el picor) puntitos rojos. Isa me ha dicho que eso es relativamente frecuente por estas latitudes y que lo más habitual sea que aparezca en las ingles, donde no hay suficiente ventilación y el sudor no se evapora con facilidad. A ella, lo que le ha afectado es también bastante frecuente, especialmente los primeros días después de aterrizar en Asia y si se sigue una dieta con abundancia de productos locales, con bacterias nunca antes vistas en nuestro organismo: una leve diarrea, incómoda, pero no peligrosa.
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A la hora de escribir esto ya han desaparecido ambas molestias que, sin duda, serán las primeras pero no las últimas. No deja de ser normal que algo no funcione correctamente en nuestros organismos teniendo en cuenta que estamos afrontando un cambio radical en las condiciones de temperatura, humedad ambiente, luminosidad, dieta e ingredientes a los que no estábamos acostumbrados allá en Irlanda.

Por lo demás, recomendable el hostal en que nos alojamos durante tres noches (a 27 RM la habitación, baño y ducha compartidos), el “Eastern Heritage”, a veinte minutos del centro histórico (ya mencionado) y también del bullicioso Chinatown que está presente en cualquier ciudad asiática. Su fachada estaba plagada de motivos chinos aunque el encargado, Mohammed, era musulmán, pero todo en esta ciudad en particular y en Malasia en general, tiene un aire de mezcla de culturas. Como anécdota contaré que pese a haber hecho una reserva “on line” y haber pagado un mínimo depósito, cuando llegamos al hostal a última hora de la tarde, no teníamos habitación (con cama doble) para esa noche y nos metieron, temporalmente, en un pequeño dormitorio con dos camas en la planta de abajo. Al día siguiente nos mudamos a la primera planta a una habitación con amplio techo y espaciosa…y descubrimos que la anterior era la del propio Mohammed. En Asia, la gente intenta sacar dinero hasta debajo de las piedras.
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La ciudad se puede visitar cómodamente en dos días completos, especialmente si la resistencia al calor del viajero, es alta. Se pueden hacer tours por la costa pero hace falta un mínimo de personas para que salga el barco y cuando nosotros estuvimos allí no se dio esa circunstancia. Algo que merece la pena ver es Villa Sentosa, una casa malaya en la que un miembro de la familia ofrece una visita guiada y podemos disfrutar de primera mano de la realidad de la vida para un habitante, de clase media alta, de la costa. También hay una réplica de una Nao portuguesa (en tierra firme) que en su interior ha sido habilitada como museo. Por el precio de la entrada disfrutamos además de acceso al Museo Marítimo (muy interesante), que se encuentra enfrente, y al Museo de la Armada Malaya, al otro lado de la calle. Si no te interesa la marina de guerra, siempre te puedes llevar como recuerdo una fotografía en la cubierta de la patrullera que han anclado permanentemente en el jardín del recinto.
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Después de la tranquilidad de un pequeño pueblo costero que vivió su mayor esplendor hace varios siglos con el comercio de especias con Siam, China e India y que es hoy parte de una ciudad de mediano tamaño, salimos con destino hacia lo que esperábamos una bulliciosa y cosmopolita urbe, la capital del país, Kuala Lumpur.

(Escrito por él en Palau Langkawi, Malasia, el 6 de febrero de 2007)

07 febrero, 2007

Poniéndome al día (I)

A mi izquierda un grupo de jóvenes novicios budistas sonreía afablemente y me miraba con curiosidad. A mi derecha, varios travestís indios apoyados en un coche a la espera de algún cliente me miraban calculando una tarifa. Detrás de mí, apoyadas en la pared, dos enormes mochilas de 80 litros y otras dos más pequeñas de 10 confiaban en mi habilidad para protegerlas a ellas y su contenido de cualquier amenaza real o imaginaria a la que tuvieran que enfrentarse. El taxista había cogido sus ocho “ringgits” y en vista de que no nos interesaba el sitio “bueno, bonito y barato” que nos había mencionado durante el trayecto desde el puerto, se había marchado. Isabel había ido a comprobar el precio y las condiciones de habitabilidad de las habitaciones en un hostal cercano. De noche, recién descendidos del ferri que nos había trasladado a Palau Penang, en medio de un callejón con el ominoso (a la vista de lo que tenía a mi derecha) nombre de Love Lane sólo quería pensar en que de una vez por todas tenía que actualizar el blog.

Así que cuando el calor aprieta afuera y antes de una temprana cena, me pongo manos a la obra…que, probablemente, deje a medias porque Isabel se queja de que en todo el día sólo ha comido cinco rollitos de primavera y dos pasteles indios a medias conmigo. Me mata. Y su madre también. En fin, a las ocho de la mañana cogeremos el ferri para Palau Langkawi y quiero dejar terminado lo de Singapur por lo menos.

En Singapur aterrizamos el lunes de tarde y apenas vimos nada ese día porque para cuando llegamos a nuestro alojamiento, “The Hive Backpackers Hostel”, ya era de noche y todo estaba cerrado (menos, como descubrimos poco después, los puestos de comida y el centro comercial Mustafá, que abre las 24 horas). Sin embargo, una vez desparramado el contenido de nuestras mochilas en la habitación que iba a ser nuestro cobijo del calor (al ingeniero que inventó el aire acondicionado deberían darle, si no lo han hecho ya, el Nobel por lo mucho que ha beneficiado a la Humanidad en general y a los residentes en Asia en particular) decidimos dar una vuelta por las inmediaciones para explorar el vecindario. Descubrimos así que nos encontrábamos en una zona llamada Little India pero que no era exclusiva de esa raza pues también nos encontramos con comercios, calles y habitantes chinos.

Ésa es precisamente una de las cosas que llaman la atención en Singapur, la diversidad de razas que pasean por la calle, unas veces con atuendos occidentales pero muchas más con el traje típico de su etnia. Saris, turbantes, sarongs, vaqueros, faldas de escándalo, pañuelos que tapan pelo y cuello, todos conviven en aparente harmonía en un país en el que sería un tremendo escándalo e impensable una discriminación por razones de raza. Por cierto que según Isa yo estoy adelgazando por el calor, la comida sana y el ejercicio (pasear varias horas al día bajo un sol de justicia) pero, según los sastres de Singapur, yo ya no puedo vestirme en grandes almacenes porque no hacían más que gesticular y animarme a entrar en sus establecimientos con el objetivo de que me hiciera un traje a medida. Lo cual, de necesitarlo para el trabajo y de poder enviarlo a Europa, no sería una tontería, porque tienen unos precios y una calidad que dejan en ridículo las mejores ofertas de El Corte Inglés.

Una cosa que olvidé comentar del MRT es que en las pantallas de las estaciones y andenes, además de los típicos vídeos sobre ceder el asiento a ancianas y demás, también emitían advertencias sobre como reaccionar ante paquetes y actitudes sospechosas. Aparecían imágenes de los tres últimos atentados terroristas que han tenido como objetivo ensañarse con civiles que viajaban en transportes públicos: las bombas de Madrid, las de Londres y las más recientes en India. Insisten mucho en la seguridad, en que no ocurra aquí, y es que no se puede bajar la guardia ni un solo momento, ni en Europa ni en Singapur.

De sus calles impolutas, vibrantes centros comerciales e imponentes rascacielos ya he hablado en un anterior post. Ahora le toca el turno a lo que hicimos, como cualquier “singapurense” que se precie: visitar Sentosa. Es ésta una isla unida a la ciudad-estado-isla principal por un servicio de ferri, de autobús, de teleférico (el sistema que utilizamos nosotros) y de monorraíl. ¿A qué se va de una isla a otra? Bueno, Sentosa es un gigantesco parque temático, con un acuario, varias playas, varios museos, restaurantes de todo tipo, un zoo, atracciones interactivas…no, no es como Port Aventura en estilo asiático, no me hagáis esa comparación.

El principal objetivo para mí en esa isla era lo que la publicidad del acuario alegremente llamaba “Dive with Sharks” y que yo me imaginaba de una manera menos agresiva. Se trataba, en resumen, de media hora de inmersión en un tanque rodeado de habitantes, pacíficos, de las profundidades. Intenté convencer a Isa de que participara de esa experiencia pero pretextando una extraña alergia a la despresurización súbita, se excusó de esa actividad. Cuando llegamos al acuario descubrimos que las instalaciones contaban con una especie de pasillo submarino de cristal de unos 30 metros de largo, en el cual los visitantes paseaban a escasos centímetros de los animales, vivos, que en ellos tenían su hábitat.
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Desde allí Isa podría fotografiarme pues, para mi sorpresa, todo el mundo podría ver como me desenvolvía en el interior del tanque. Antes de eso hubo el pequeño trámite de rellenar un par de documentos, uno en el que constaba mi condición médica y física (“pon a todo que no” me dijo tranquilizadoramente el monitor que me iba a acompañar “o si no, no podrás sumergirte”) y otro, algo más formal, en el que eximía al Acuario de responsabilidad por cualquier lesión, herida, accidente leve o mortal que yo pudiera sufrir.

El monitor me da un traje de neopreno, unos escarpines, me pone el chaleco, las pesas, la bombona, me enseña como controlar el regulador de oxígeno y, caminando torpemente bajo aquellos kilos de artefactos nada familiares para mí, me acompaña al tanque, a una zona de pre entrada donde me da los últimos consejos. Yo aún no me he puesto la máscara y estoy nervioso ante mi primera experiencia “seria” de submarinismo. He pasado de bucear con mi tubito en las frías playas del cantábrico a convertirme brevemente en una atracción turística en Singapur.

Lo básico es que me tranquilice y respire con normalidad pero con las gafas puestas, la boquilla de oxígeno en la boca y mi cabeza ya bajo la superficie, eso es más fácil de decir que de hacer. Le hago la señal con las manos de que todo está ok y caminamos un par de metros hasta encontrar una escalera que baja al recreado fondo marino. Mi respiración atruena en mis oídos, las burbujas suben cuando exhalo, las gafas me aprietan y no entra agua por ellas, lo cual era uno de mis temores. El monitor me vigila atentamente y seguirá haciéndolo hasta que al cabo de un rato me vea desenvolverme con soltura. Pero ese rato está plagado de problemas con los pesos que deberían mantenerme en el fondo pero sólo consiguen que me doble hacia atrás y parezca que quiero tumbarme a descansar. Miro a mi derecha y a través del cristal veo a Isa y a un montón de turistas señalando con la mano y haciendo fotos. Haciendo acopio de valor me giro hacia ellos y saludo para ser inmortalizado en cámaras propiedad de japoneses, chinos, hindúes y una guapa española.
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A partir de ese momento, el tiempo pasó volando, me tranquilicé (por fin) y pude disfrutar de mi primera experiencia como submarinista (Sergi, objetivo para Tailandia es sacarme el PADI). Acaricié una raya, varios tipos de peces e incluso un tiburón… pacífico, vegetariano y bastante tranquilito, afortunadamente. Cuando llegó el momento de subir los dos metros (creedme, parecían más) que me separaban de un mundo en que no tenía que medir al milímetro mis movimientos, que la respiración no se producía de manera artificial a través de un trozo de plástico que tenía que apretar con firmeza dentro de la boca, para entonces estaba mucho más suelto y realmente lamenté que la experiencia hubiera terminado.

Con el pecho dolorido por la respiración forzada, las manos algo frías por la temperatura del agua, un sabor a plástico en la boca, el rostro hinchado y una enorme sonrisa en el rostro, salí del tanque.

Es casi media noche en Palau Penang y mañana madrugamos, así que con este agridulce sabor de una estimulante experiencia que quiero repetir, me voy a acostar ya.


(Escrito por él en Palau Penang, Malasia, el 5 de febrero de 2007)

02 febrero, 2007

Apellidos Ilustres

Después de una semana, todavía no se me ha pasado el jet lag. Llevamos durmiendo una media de cuatro horas por noche y hoy me he levantado a las 4:45. Llevaba cosa de una hora en la cama, dando más vueltas que el ventilador. En fin, al mal tiempo buena cara. Aprovechando que estoy desvelada, que José está dormido (o por lo menos, intentándolo) y que la noche es plácida y fresquita, me he salido al tresillo que tenemos fuera de la habitación para escribiros mis cuentos malayos.

En los dos días que llevamos en Melaka, hemos visitado cinco museos. Por la friolera de 8 "ringgits" por cabeza (1.78 euros), teníamos acceso a seis: Réplica de Nao, Museo Marítimo, Museo Naval, Museo de Historia y Etnografía, Museo del Gobernador y Museo de la Democracia (a este último, para mi gran sorpresa, no entramos). Mientras José disparaba más fotos que balas una kalashnikov, yo disfruté mucho del aire acondicionado. Y de la tranquilidad, que nunca he visto yo museos menos frecuentados: ¡en algunos no vimos ni al celador!

El museo que sí nos gustó mucho a los dos fue el de Historia y Etnografía. Además, tuvimos la suerte de unirnos a una visita guiada en la que sólo éramos, a ver que me acuerde... estaba José, estaba yo, uno más uno... pues eso, que éramos aproximadamente dos personas. Tres, si contamos a nuestro guía, Sin Long.
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Un hombre majísimo, por cierto. Le hicimos muchas preguntas y él también se interesó por conocernos un poco, ya que éramos sus primeros turistas españoles (todavía no estoy segura de que esto sea motivo de orgullo). De hecho, al final del tour, el hombre sacó su cámara para hacerse unas fotos con nosotros y nos pidió que firmásemos el libro de visitas.
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El Junior firmó en mayúsculas, con sus dos nombres, sus dos apellidos y sus cuatro acentos. JOSÉ RAMÓN PÉREZ FERNÁNDEZ. Eso dio pie a una simpática conversación sobre apellidos y costumbres. Le explicamos a Sin Long lo de los dos apellidos y él nos contó otra de sus idiosincrasias: en Asia, el apellido va siempre por delante. Eso da lugar a mucha confusión, ya que los occidentales (naturalmente inclinados a meter la pata, con que aquí más todavía) solemos llamarles por el apellido creyendo usar el nombre de pila, así como de buen rollete. Así pues, por tomar un ejemplo conocido, para interpelar educadamente a nuestro taxista singapurense, lo cortés y correcto sería llamarlo Mr. Fock. Primera lección de protocolo.

Ahora que lo pienso, eso me recuerda que al chef del cursillo de cocina que hice en Singapur (por cierto, tengo pendiente el contaros lo del cursillo, pero mejor me reservo esa historia para otros insomnios), no paramos de llamarlo por el apellido. Y es que al pobre Fulano se lo habían bordado así en el delantal: McDonald Eng, ¡menudo nombre para un “cordon bleu”!


Para terminar con la saga de los apellidos, me he dejado el mejor para el final. Los españoles presumimos mucho de apellidos (lo digo sin pensar en nadie en particular, señorita Irina García de la Nava Vaquero), pero para chulos los malayos.

Aprovechando la visita al Museo del Gobernador, anoté el nombre del actual Gobernador de Melaka. Me lo apunté al dorso de un recibo, porque no tenía más papel que ese y porque no confiaba en mi memoria para luego contároslo: Su Excelencia Don Tuan Yang Terutama Tun Datuk Seri Utama Mohd Khalil Bin Yaacob Jacob. Toma ya. Y como era el tercero de siete hermanos, imaginaos a su pobre madre llamándolos para comer... para cuando termina de llamar al último, ¡ya se les han enfriado los fideos!
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Hablando de fideos, aún me queda un mínimo de hora y media para el desayuno. Son las 6:36, voy a echarle un vistazo a mi bello durmiente.

(Escrito por ella desde Malaca/Melaka, Malasia, 29/01/07)

Primeras Impresiones

Hay que ver lo que cuesta ponerse a escribir las primeras líneas de un blog. Y no es por falta de ilusión ni por pereza (bueno, de lo segundo tal vez haya un poquito, pero ojo, que está plenamente justificada: que si el calor, la falta de sueño, los interminables pateos bajo el sol... esto de tomarse un año sabático para viajar es muy, pero que muuuuuy duro), sino más bien porque una no sabe por dónde empezar. Y es que todavía no hemos terminado de asimilar los cien mil estímulos que continuamente ametrallan a nuestros sentidos.

Nuestra primera semana de viaje ha sido intensa, llena de primicias. Algunas, nada extraordinarias: primeras picaduras de mosquito (para mi exclusivo disfrute, porque a José ni probarlo siquiera... desde luego que mientras viajemos juntos, él no va a necesitar protección contra la malaria, ¡para eso estoy yo, la novia “Killpaf”!), primeros retortijones de barriga (vaya, para mí también), primeros desacuerdos (¡ah, eso ya es cosa de dos!) y primeras reconciliaciones. Nada, lo que estaba programado.

Mejor os cuento las primicias imprevistas, que son algo más interesantes. Eso sí, voy a tener que ser muy selectiva, porque tengo a mi lado a un José “rebufante” (véase “respirando fuerte”, como él dice), ya sea porque escribo demasiado, o demasiado lento, o ambas cosas.

Bueno, al grano. Mis primeras impresiones.

Singapur. En algunos aspectos, la ciudad no se merece su reputación. Por ejemplo, eso de que en Singapur nadie cruza la calle si no es por un paso peatonal y que jamás de los jamases se atreverían a hacerlo con un semáforo en rojo, ¡JA! Puro mito. Allí, los únicos que respetábamos el código éramos los turistas y no por nuestra altísima integridad cívica (venga ya, que nos conocemos todos) sino porque todos cargamos con la última edición del Lonely Planet, que nos ha metido el miedo en el cuerpo con lo de las multas.

Aunque las más elevadas no son por cruzar de cualquier manera, sino por ensuciar: tira un papel al suelo y te cae una multa de 1.000 SGD (unos 500 eurelios), como para pensárselo dos veces. De hecho, pocas ciudades hay tan inmaculadas como Singapur. Aunque he de decir que descubrí un par de colillas en el suelo (sí, sí, así como suena, yo también me quedé horrorizada) en la zona de Little India... si es que estos indios, ¡siempre dándole al puchito!

Por lo demás, la ciudad es tal y como os la imagináis, pero elevada al cuadrado: modernidad, tecnología punta, diseño vanguardista... en fin, que uno se siente muy pequeño caminando por sus anchas avenidas. La ciudad es tan perfecta, que a veces tienes la sensación de pasear por el interior de una maqueta hecha a escala de gigantes.


Por cierto, eso me recuerda que antes de despedirnos de Singapur, el Junior* y yo nos dimos tal pedazo de paseo nocturno que ni vimos pasar el tiempo. Íbamos cogidos de la mano y con la cabeza para arriba (todavía nos duelen las cervicales de tanto fotografiar rascacielos), calladitos, asombrados por nuestra repentina soledad dentro de esa gran urbe. Y es que a lo tonto a lo tonto, se nos hicieron las cinco de la madrugada.

Puntazo simpático que remató la noche: el taxista que nos llevó al hostal se llamaba "Mr. Fock Yew Weng". Os animo a que leáis esto último en voz alta.


Melaka, nuestra primera escala en Malasia. Destacaré un par de cosillas nomás, porque se nos hace hora de salir a dar una vuelta por el mercadillo de noche chino y todavía me tengo que duchar. El Junior me mata.

Nuestro primer contacto con los nativos. Ya que el tiempo apremia, me ceñiré a hablaros de Rose Li. Entramos en su tienda para comprar una camiseta y un par de postales, y terminamos hablando de todo un poco. Rose nos dejó muy impresionados con la historia de su vida.
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La típica empresaria china, trabajadora, ambiciosa, inteligente. Empezó a trabajar con siete años, vendiendo galletas y limpiando las aulas de su colegio. Nunca tuvo tiempo para jugar. Viniendo de una familia muy humilde, tuvo que trabajar duro para granjearse un futuro, conseguir unos estudios, un buen puesto de trabajo. Obtuvo un empleo como secretaria de dirección para una empresa americana. Después de casarse, decidió montar su propio negocio. Ahora tiene una tienda de suvenires en la plaza mayor, un salón de belleza, y muchas ganas de jubilarse. Su mayor gozo es viajar.
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Todos los años, en el mes de enero, cierra la tienda por dos semanas (sus únicas vacaciones) y se las pira a Europa. Un viaje de dos semanas, con su marido y sus dos hijos, le sale por más de 6000 euros, ¡nuestro presupuesto para seis meses! Muy fuerte. No sé de qué nos quejamos tanto...

Última anécdota y ya termino por hoy. Esta mañana fui a mi primera misa en Asia, en la Christ Church malaya. Me llamó la atención una lápida de mármol con una inscripción dedicada al Reverendo William Milne, un misionero protestante que murió en Melaka a los 37 años. Entre sus logros más destacados está el completar la traducción de la Biblia al chino. Isabel, chúpate esa mandarina. O sea, que con dos años más que yo, este hombre tradujo la Biblia ni más ni menos que al chino... y yo, que llevo varios años con el firme propósito de leerla, se me atraganta siempre el Antiguo Testamento y no paso del Pentateuco. En fin, corramos un tupido velo.

Por cierto, hablando de propósitos y despropósitos, José ya ha cumplido su primera resolución para el año 2007: ¡nadar con tiburones! Pero bueno, eso mejor que os lo cuente él. Yo me voy a dar esa ducha.


*Junior, nombre de guerra Sith de José

(Escrito por ella desde Malaca/Melaka, Malasia, 28/01/07)