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02 octubre, 2007

Ulaan Bataar




Ulaan Bataar es una ciudad de contenedores y ''gers''. Los contenedores que un día viajaron en ferrocarril o barco, se usan como garajes, trasteros y almacenes. Se les encuentra formando parte del peculiar mobiliario urbano de este país, que durante medio siglo giró en la cerrada y compacta órbita soviética. De aquella época quedan los edificios, museos y plazas de estilo grandioso, popular y revolucionario. Alguna hoz y martillo permanecen en un monumento y, ajena al paso del tiempo, de la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de una ideología que quiso ser religión (se basaba en una fé ciega en unos postulados que fracasaban cada vez que intentaban aplicarse en la vida real), podemos encontrar, en un pequeño parque, una anacrónica estatua de Vladimir ''Ilich'' Lenin. También la primera y errónea impresión de que nos encontramos en una República de la extinta URSS a juzgar por el idioma que, en tiendas y oficinas, no podemos comprender y tiene una grafía similar a la del ruso, para un profano en lenguas eslavas. Los contenedores no son tan antiguos, y no gustan de edificios públicos, sino que suelen florecer en patios traseros y en los laterales de edificios de viviendas, que dan a calles nada principales. Nunca parecen nuevos y el óxido reciente y el salitre viejo cuentan historias de largas travesías por lejanos océanos o extrañas tierras.


Vista parcial de la ciudad desde la terraza de mi hostal. Desde la parte de abajo de la fotografía se aprecian ya los gers que pueblan esta zona y otros suburbios en el lado opuesto de Ulaan Bataar.

El ''ger'' e
s la tradicional tienda cónica mongola. Montada y desmontada en unas pocas horas, es el eje de la vida familiar de los nómadas. Sirve como comedor, dormitorio y lugar de reunión y celebraciones, al refugio del feroz invierno o de las altas temperaturas del verano. Como en cualquier otro país del mundo en que la gente del campo emigra a las ciudades, muchos nómadas han dejado atrás la estepa y la han cambiado por un desierto de hormigón y cemento, trayendo consigo sus enseres, entre los que no puede faltar el ger. Vallan una franja de tierra con listones de madera o troncos (me pregunto de donde los sacan, pues sólo en la mitad septentrional del país se encuentran bosques), plantan su tienda y, cuando han ganado suficiente dinero, se construyen una casa de madera o ladrillo, pero no se deshacen del ger pese a que su mantenimiento exige una constante dedicación. De esta manera, en los arrabales de Ulaan Bataar ha surgido un nuevo tipo de hongo, que no necesita de la humedad para medrar, cuyo número se cuenta por centenares y que alberga no solo vida sino también esperanza de una mejora en su calidad.

No es una zona que atraiga a los turistas, que se centran en compras en el State Department Store o en el más moderno pero más reducido Sky Shopping Center, alguno de los pocos lugares en los que aceptan VISA (Mastercard y American Express están relegadas a una situación minoritaria incluso por lo que respecta a su presencia en cajeros automáticos). Como visitas que no pueden faltar en ninguna lista, la Plaza Sukhbaatar (con su monumento a Chinggis Khan y sus soviéticas dimensiones, así como el estilo arquitectónico de los edificios que la circundan) y, sobre todo, el complejo del Monasterio de Gandantegchilen, con edificios bicentenarios y una estatua de Buda recubierta de oro y cuyas dimensiones se cuentan en decenas de metros.




A mis espaldas, el templo que alberga la dorada y enorme estatua de Buda asi como miles de figuras a las que los fieles realizan peticiones de fortuna, salud, etc.

Pero el viajero o turista que llega a Ulaan Bataar (procedente generalmente de Moscu o Beijing), no se detiene demasiado tiempo en la ciudad. El Desierto del Gobi, el Lago Khuvsgul o el Parque Gorkhi-Terelj han reclamado su atención desde que comenzó a soñar con la tierra de los Khanes. Ahora tiene la oportunidad de buscar la mejor opción para recorrer cualquiera de esos circuitos o combinar varios, pudiendo estar desde siete hasta catorce días alejado de la civilización, siguiendo las huellas que un día dejaron las hordas que llegaron hasta Europa y el Sur de China.

Nota: Ulaan Bataar es una ciudad de coste no demasiado elevado siempre que se eviten los lujos, tanto en el alojamiento como en la alimentación. Pero si uno solo está aquí un par de semanas y no es parte de un viaje en el que esté un año entero sin ningún ingreso (ejem, ejem), entonces por un precio bajo europeo tiene un servicio asiático de nivel alto. Como sabéis, ese no era mi caso pero pese a tener el presupuesto de un ''backpacker'' (mochilerus vulgaris) eso no supuso que renunciara a algunas comodidades. Alojarme en uno de los cinco gers que Gana Guesthouse tiene en su terraza sólo me costó 5 USD y en su interior no había literas sino cinco camas individuales (además, desayuno y acceso a Internet eran gratuitos). Comer en pequeños restaurantes, recurriendo a la mímica, señalar los platos de otros comensales o usar alguna de las palabras que sobre alimentación había memorizado (como buzz o ghoulash) suele suponer poco más de un euro por un buen plato de comida. No me he subido a ningún autobús sino que he caminado (muchísimo) y he cogido algún taxi pero su precio nunca superó el euro incluso en la distancia más larga recorrida.


Nota II: No puedo dejar de mencionar, porque los trenes me encantan (y más en tierras extranjeras) aunque por razones de espacio no sea en un post exclusivo, el viaje entre Zamiin Uud y Ulaan Bataar y mi primer contacto con la hospitalidad y carácter mongoles.


Cuando llega el tren a Zamiin Uud, con una hora de antelación, hay que esperar a que nos abran el vagón. Los porteadores, que se alquilan a aquellos viajeros que necesitan de sus servicios, corren sudorosos con sus pesadas cargas a la espalda. Todo el mundo aparece por la estación llevando no solo equipaje personal, sino también bolsas y cajas con mercancía adquirida en China. En mi designado compartimento hay una pequeña televisión, de pant
alla plana, sobre la mesa, y los compartimentos son una mezcla de hard sleeper (por la calidad de la cama y la estancia) y soft sleeper (porque hay cuatro personas únicamente). Las sabanas no están incluidas en el precio del billete, y su alquiler cuesta 60 céntimos. Me rasco el bolsillo. El vagón cumple todos los estereotípos de un producto de fabricación soviética: robusto, funcional, sin lujos ni detalles de diseño. El depósito del agua caliente, en uno de sus extremos, no es eléctrico sino que funciona con una pequeña hoguera alimentada por madera. Entablo conversación, mientras suben sus fardos al tren, con un mongol que sí habla ingles. Me invita más tarde a su compartimento. El tren lleva casi una veintena de vagones y, asomado a la ventana, cuando toma las curvas puedo ver a la vez la cabeza y la cola del convoy.

Esa noche me encuentro en un compartimento con cinco jugadores de póquer mongol, de los que sólo uno habla ingles, y dos espectadores. Veo como juegan y no se parece en nada al póquer que yo conozco. Ni se me ocurre pedir unas ca
rtas porque juegan con dinero y son buenos. Pese a que no me entero de nada de lo que dicen, sí comprendo gestos y tonos, así que pido la cena (aparece una de las azafatas con un carrito y bandejas de poliestireno con ghoulash) mientras saboreo también la situación. Por la mañana acompaño a mi nuevo amigo, Tsend, y sus bolsas de mercancía a coger un taxi (mientras se despide de su hermano que se lleva también varias bolsas) y nos vamos a su casa. En la parte de atrás de su bloque de edificios nos detenemos. Se acerca a uno de los enormes contenedores que, tan curiosamente, están allí puestos, saca un manojo de llaves, abre dos candados, empuja la puerta y entra. A continuación oigo el motor de un coche que se pone en marcha y el sale conduciendo un sedán Hiunday negro, como si fuera la cosa más natural del mundo. Después vamos a comer a su casa y me presenta a su esposa, Bolor, que en solo unos minutos nos prepara unos entremeses fríos y una sopa típica del país. No contento con eso, luego vamos a la oficina de información para coger folletos por si alguno me puede interesar y después me lleva a OTAM (una agencia que organiza viajes por Mongolia) pero no hay tours hasta el lunes o tal vez el miércoles así que solo puedo dejar mis datos. Volvemos a ponernos en marcha para ir a comer algo y después me lleva a los suburbios, donde su tío esta construyendo una casa. Como dije al principio, no ha prescindido de su ger que sigue siendo el alojamiento principal mientras toman forma las paredes de ladrillo. Conforme a las reglas de hospitalidad mongola, su esposa cocina rápidamente una sopa con carne y me sirven los mejores trozos (ahí es cuando uno recuerda eso que ha leído en los libros de viaje sobre no despreciar la comida que le ofrecen los ´´nativos´´, para no quedar como un mal educado, independientemente de que uno sea vegetariano o lo que tenga que llevarse a la boca tenga mas grasa y nervio que correosa carne). He de decir que cuando sacrifican un animal lo aprovechan todo, comiendo incluso el tuétano de los huesos. Cuando uno ha vivido rodeado de la desolación de la estepa y la ausencia de compañía humana en kilómetros a la redonda, no se puede desperdiciar ningún recurso. Despues de la visita, Tsend me acerca en su coche hasta Gana Guesthouse, donde me alojaré mientras busco información para mi objetivo en este país, recorrer el Desierto del Gobi.

Niños jugando junto a la fachada de un viejo edificio de viviendas, en una zona pobre de la capital


(Escrito por él primero en su inseparable block de notas, en el interior de un ger en Gana's Guesthouse, Ulaan Bataar, Mongolia, el 1 de Septiembre de 2007, transcrito al ordenador en Wuhan, China, el 30 de Septiembre de 2007 y corregido y ampliado desde el tren Xining - Lhasa, el 3 de Octubre de 2007 gracias a que nuestro compartimento cuenta con televisores individuales, tomas de oxigeno...¡y enchufes!)

Del país de los Emperadores al de los Khanes

Algo que en Europa parece tan sencillo desde que la UE y el acuerdo Schengen suprimieron las fronteras interiores, es bastante más complicado cuando se trata de pasar de un país asiático a otro. Para poder visitar determinados países es necesario presentar una solicitud por adelantado en la que detallaremos nuestros principales datos vitales (he encontrado formularios que solicitan sin rubor la raza y el credo del interesado), en algún caso hemos de especificar la fecha exacta y lugar de entrada, entregaremos nuestro pasaporte, pagaremos una tasa relativamente alta (dado el coste de la vida en el país al que pretendemos dirigirnos) y esperaremos entre tres y cinco días laborables por la correspondiente autorización gubernamental. El preciado documento, con fecha de caducidad, se llama visado o visa y estará grapado o pegado a una de las hojas de nuestro pasaporte.

Para mi viaje a Mongolia me acerqué hasta su embajada en Beijing. Se encuentra al lado de la de Cuba y detrás de la de EEUU, en un laberíntico y vallado complejo de alta seguridad que alberga a esas y otras legaciones extranjeras, así como las viviendas de diplomáticos, funcionarios y periodistas foráneos. Por si no lo sabíais, era costumbre en los países comunistas que los occidentales solo pudieran residir o dentro de sus respectivas embajadas o en bloques de edificios habilitados por el Gobierno solamente para ellos, con un riguroso control de entradas y salidas (y los omnipresentes micrófonos ocultos) evitando de esta manera su contacto con la población civil (y viceversa). Hasta hace unos pocos años, esa era la moneda corriente en la capital china y son muchos los que aun viven en pisos de aquella época.

La sección de visas del país de Chinggis Khan sólo abre de 9 a 11 de la mañana, de lunes a viernes, así que como he llegado al mediodía, tendré que dejarlo para mañana. Por lo menos se soluciona lo de mi AMEX. Cuando llego a American Express (que tiene unas oficinas relativamente cerca del complejo diplomático) mi tarjeta de emergencia, con una caducidad de tres meses, me estaba esperando (llegó por servicio de mensajería desde Hong Kong).

Al día siguiente, vuelvo a pasar delante de los mismos jovencísimos centinelas. El tema del visado es sencillo y sin complicaciones. Rellenas un formulario (con instrucciones en inglés y chino), le pegas una fotografía y, junto con tu pasaporte, se lo entregas al funcionario en una ventanilla. El proceso normal dura 5 días y cuesta 270 RMB (más 10 RMB que se lleva de comisión por no hacer nada la sucursal del Banco de China). En la ventanilla de al lado te darán el resguardo y las instrucciones para llegar a la sucursal (no os creeríais que iba a estar puerta con puerta con la Embajada, ¿verdad?). En caso de que sea urgente, se puede tramitar el visado en un solo día pero el precio se multiplica por dos. Así que ahora solo me quedaba esperar hasta el día 28 por la mañana para recuperar mi precioso pasaporte con un nuevo visado.

La siguiente tarea para viajar a Mongolia era conseguir información y/o billete para el Trans-Mongolia, que hace el recorrido Beijing (China) – Ulaan Baatar (Mongolia) en 33 horas, atravesando el Desierto del Gobi. La lógica me llevó a la caótica y abarrotada estación de tren de Beijing. En medio de un calor propio del averno, la gente hacía cola delante de las ventanillas para comprar sus billetes. Mucha gente estaba tumbada durmiendo en los soportales, aunque la sombra protegía mas bien poco del calor. Había leído en la Lonely Pedante que se podía disfrutar de una zona exclusiva de venta de billetes para extranjeros, con unos cómodos sillones. Una vez mas, se equivocaba.

En el extremo derecho de la estación, en la planta baja, hay una ventanilla que tiene un cartel ''Billetes para extranjeros'' pero que eso no os engañe. Cuando intenté pronunciar ''Ulaan Bataar'' a la funcionaria de canino rostro, ella, con un gesto asqueado, me señaló hacia las alturas. No, no era cosa de que el camarada Mao bajara a interceder por mí sino que me despachaba hacia el primer piso. Busco un acceso desde el interior y no lo encuentro, así que salgo y veo a través de los cristales una escalera. Vuelvo a entrar y un mostrador situado perpendicularmente a unas taquillas es el único obstáculo a salvar. Como si supiera perfectamente a donde voy (pese a que no tengo ni idea) sonrío a las dos empleadas, paso por la puerta a sus espaldas y le interrumpo la comida (pollo del KFC) a un aburrido funcionario de ferrocarril.



En la primera planta hay una sala enorme y fresca, casi completamente despejada de mobiliario. Solo cuatro mesas, con cuatro sillas cada una, interrumpen la idea de una decoración inexistente. Unas 16 ventanillas (con azules cortinas bajadas en las que se lee VIP) se reparten simétricamente ambos lados de la estancia. Todos los letreros están en mandarín, pero veo que hasta la una no volverán a abrir, así que he de esperar, acompañado por media docena de chinos que parecen compradores-revendedores de billetes. Curioseando a traves de las persianas, veo que unos funcionarios trabajan en su ordenador, otros en pilas de papeles y no falta el que se ha desplomado sobre el teclado y duerme incomodamente.

Cuando llega la hora, la cara de susto de la funcionaria al acercarme a la ventanilla hubiera merecido una fotografía (''No, un extranjero a hacerme preguntas no, por la memoria del Gran Timonel, que se vaya a preguntarle a la de al lado, que es una bruja de mucho cuidado''). ''Ulaan Bataar'' y ''Beijing – Erehon/Erlian''. Ni mi mandarín va mas allá del ''ni hao'' (hola) y ''xie xie'' (gracias) ni su inglés supera lo que me dice repetidas veces, ''Hotel Intercontinental''. No consigo arrancarle mas información o detalles aparte de la impresión de que en los hoteles se venden billetes de tren.

Esto no se queda así, voy a esperar a que abran otra ventanilla para contrastar la desinformación. Un rato después hago cola y un chino me pregunta en inglés si me puede ayudar. Yo le digo que tengo el capricho de comprarme un billete para ir a Ulaan Bataar, en Mongolia. El me dice que allí no lo venden pero a través de una ventana me señala el blanco rascacielos del Hotel Intercontinental y me dice que allí puedo comprarlo. Moraleja: si queréis compraros un billete de tren en Beijing, no vayáis a la estación de ferrocarril porque allí no venden algo tan raro. Si es internacional, claro. Al cabo de un rato llego al Beijing International Hotel y en su primera planta encuentro las oficinas de CITS (China International Travel Services) donde me dicen que solo hay conexiones ferroviarias con la capital de Mongolia los lunes y martes a las 7.45 am. Y mi visado no estaría hasta las 9 am del martes. Algo no va a cuadrar.

Me siento en el vestíbulo, saco la LP y miro a ver si hay opciones de bus o tren local. A mi lado se sienta una señora china que hace algún tiempo que dejó atrás los treinta años. Me pregunta de donde soy, cuando llegué a Beijing, cuanto me voy a quedar en la ciudad, etc. Sin un cambio aparente en el tono de su voz, abre la boca, se la señala con el dedo índice de la mano derecha y me pregunta algo mas, ''Do you want a cock massage?''

No, no puedo deciros cuál es la tarifa habitual de una felación en Beijing porque decliné su oferta.

Como parece que no voy a poder hacerlo por la vía fácil, me preparo para iniciar el proceso de llegar a Ulaan Bataar por mi cuenta, usando una combinación de distintos medios locales. Después de investigar en Internet y en la estación de Dongzhimen (donde nadie habla o entiende nada de inglés pero se esfuerzan, sin gritarme, en ofrecerme su ayuda) averiguo que Muongshimen es la estación correcta (de entre la decena con que cuenta Beijing) para coger el autobús de largo recorrido a Erlian. Intento reservar allí billete para dos días después pero es inútil, no venden nada con antelación, así que tendré que madrugar y llegar temprano (para no arriesgarme a quedarme sin plaza) el mismo día en que inicio el viaje. Como de costumbre, en la taquilla no se habla otro idioma que no sea el chino, pero en el mostrador de información (su existencia y que sirva para algo es una novedad) una chica habla algo del idioma de Shakespeare y me ayuda a comprar el billete (y eso que una compañera de Stefi me había escrito en mandarín ''Erlian'' y ''billete de ida''). He llegado con varias horas de adelanto respecto a la salida del transporte pero finalmente tengo mi billete en el bolsillo. Con tiempo para derrochar, observo lo que sucede a mi alrededor, como viajero por tierras extranjeras que soy.


A mi las estaciones me parecen un microcosmos de un universo paralelo. Encuentras escenas de la vida que pertenecen al pasado o al surrealismo. Tengo una amiga a la que las estaciones de autobús le parecen tristes pero yo creo que es porque ella piensa en despedidas y lágrimas de tristeza mezcladas con el orbayo, no en reencuentros y cálidos abrazos. Aquí hay los habituales puestos de comida (de noodles a fruta) y bebida, así como una cesta con huevos duros de verdoso aspecto. Un militar, acompañado de su esposa e hijos, lleva en la mano una máquina de coser manual marca Singer que bien podía haber sido la que usaba mi madre cuando yo era pequeño. Tres hombres que ya no son jóvenes, cargan con pesados fardos sobre sus dobladas espaldas. A un niño inquieto le tranquilizan con el regalo de una fresca rodaja de sandía servida a modo de pincho moruno. Una joven no pierde de vista su maleta a lado de la cual ha depositado un ventilador que también forma parte de su equipaje. Los he visto transportados a mano, en bicicleta y en moto y siempre me ha parecido un paradigma del objeto funcional que, aislado de la vital electricidad, es tan inútil como una comba para un manco.

La pesada diarrea que me asaltó días atrás, y que ahora se viene conmigo a Mongolia junto con parte de mi equipaje, reclama mi atención y me acerco despacio al baño. En su interior, los compartimentos adecuados, una decena, están distribuidos en dos filas pegados a paredes opuestas, unos enfrente de los otros. Sin puertas. Algunos están ocupados y sus usuarios, frente a frente, están agachados, realizando aquello que les ha llevado allí. Creo que me voy a aguantar las ganas.


Busco mi autobús y me llevo una sorpresa. Nada de asientos reclinables, sino tres filas de literas dobles (la distribución seria litera, pasillo, litera, pasillo, litera). Es una novedad para mi. Me descalzo para entrar y me encuentro con que mi ''asiento'' es el último del todo, junto a la ventanilla del lado derecho. Mis 173 cm de estatura no me convirtieron en el tipo mas alto del barrio pero en esta cama no puedo estirarme por completo salvo que me ponga ligeramente en diagonal. Podría ser mucho peor. El autobús, medio vacío, sale con bastante puntualidad, a las cinco de la tarde, para detenerse al cabo de 500 metros en otro estacionamiento y quedarse allí hasta casi las seis. Por fin hemos emprendido la marcha y la carretera es bastante buena, con su asfalto y todo. A las diez de la noche se encienden las luces y se para en el patio trasero de un edificio bajo para cenar.

Hay dos establecimientos, probablemente del mismo dueño, a nuestra disposición para surtirnos de comida. Por un lado, fideos en sus recipientes de plástico (a los que solo hace falta echar agua caliente) y por otro un buffet para comidas ya cocinadas por el personal del restaurante, listas para ser servidas. A los veinte minutos, cumplido el rito de la cena, los ocupantes de mi autobús se unen a los que han llegado en otro vehículo y, todos juntos, pasean por la explanada (cubierta de botellas y bolsas de plástico que nadie recoge y se multiplican cada vez que llega un nuevo transporte de pasajeros) fumando obsesivamente y, lo que es casi peor, escupiendo ruidosa y profusamente. Casi se diría que lo hacen con coordinación, hombres y mujeres por igual. Se me revuelve el estomago.

También lo hacen mis intestinos, que llevan quejándose desde Beijing. El baño lo encuentro al fondo, es la ultima construcción en una línea en el que lo preceden corrales que albergan cerdos y ovejas que dormitan tranquilamente. El olor es espantoso y además no hay luz. No me quiero ni imaginar lo que podría pisar ahí dentro. Me alejo y busco un rincón solitario. Por unos minutos , vuelvo a un pueblo de Zamora (y a mis primeros años de correrías por este mundo), cuando allí no había retretes en las casas y la única opción para aliviarse era agacharse en el corral de las gallinas. La vida da muchas vueltas para acabar en el mismo sitio.

Después de que se cierre la veda de los escupitajos, retomamos la marcha pero las carreteras, a poco más de 300 km de la capital, ya no presentan tan buen estado. Obras de acondicionamiento vial y reparaciones provocan desvíos que nos llevan a caminos con baches. Me despierto varias veces por culpa de estos últimos y lo que veo por la ventanilla es un ojo que ilumina, pálido, campos y arboles en medio de ninguna parte. A las seis de la mañana, cuando hace una hora que ha amanecido, llegamos a Erlian, el pueblo fronterizo en el lado chino. Subo en furgoneta hasta la frontera, pero ésta no abre hasta las nueve así que me toca esperar. Saco de la mochila mi forro polar porque hace bastante frío. Llegan camiones y hacen cola. Llegan jeeps chinos cargados de mercancías y hacen cola.



Un guardia fronterizo (policía armada) chino que habla buen inglés me confirma que no esta permitido pasar la frontera a pie. Así que lo que procede es regatear con el conductor de algún vehículo, a sabiendas de que no hay forma de ganar y hacerlo después de pagar la tasa de 5 yuan por abandonar el país que el Gobierno Chino se ha sacado de la manga para conseguir un dinero extra. El precio oficial son 80 CNY por cruzar algo mas de 4 km de tierra de nadie entre Erlian (China) y Zamin Uud (Mongolia). Le dedico 20 minutos a intentar que un chino me rebaje la tarifa a 50 CNY pero él no cede y sabe perfectamente que tendré que aceptar su cifra, pues ningún conductor quiere romper el precio de mercado. Al final me subo en la parte de atrás de un todoterreno y soy uno de los dos pasajeros. El otro, sentado delante, se llama Edouard y me cambia de motu propio el sitio. Presumo que es mongol pero me equivoco, su país esta aún más al norte. Hablo con él en una mezcla de rudimentario inglés por su parte y ruso por el mio (tantos años de lectura de novelas de espías no fueron en vano, gracias Le Carre, Clancy, Wallace, Forsyth por proveerme de un limitado vocabulario bolchevique).

Las formalidades en el lado chino son bastante rápidas, aunque el funcionario de aduanas y sus compañeras de la policía armada me miran con curiosidad (yo creía que se verían mas extranjeros por aquí, pero me equivocaba y aquel día no vi a un solo occidental realizando los mismos trámites). Un funcionario me pregunta si mi nombre completo es José Ramón Pérez Fernández, tal y como pone en el pasaporte que le he entregado. Yo no hago ninguna broma y se lo confirmo educadamente. Un nuevo sello en una vieja página y solucionado. Edouard me ha estado esperando y juntos volvemos a subir al jeep en el que han aparecido por arte de magia dos nuevos pasajeros, chinos, y nos dirigimos al puesto fronterizo de Mongolia.

Una nueva cola, una nueva espera, un nuevo funcionario que necesita la presencia de una colega más experimentada para entenderse con esa máquina infernal que es el negro ordenador en el que ha de comprobar mi pasaporte. Solucionados los rígidos golpes contra el teclado, en mi visado de Mongolia ya me han puesto el sello, garantizando mi entrada legal en el país. Ahora toca esperar que se repita el mismo procedimiento con la mercancía de nuestro transportista y su sudorosa persona. Nos sentamos a la sombra, porque el sol no distingue de nacionalidades a la hora de castigar con sus rayos. Llegan vehículos (civiles y de procedencia ex-militar rusa) cargados de tal manera que las ruedas traseras van casi planas. Todos han de pasar una inspección, meramente visual en unos casos, algo mas profunda en otros. La gente fuma y no duda en tirar envoltorios y basuras al suelo. Es la tónica habitual de quien no ha sido educado de otra manera.

Por fin sale nuestro conductor, mete primera, segunda...y antes de que el vehículo salga por la puerta, nos paran en una caseta que debe ser el último punto de control. Mi chino no ha mejorado mucho desde que llegue a Erlian pero las caras del funcionario y del conductor eran reveladoras, alguien ha olvidado un papel o alguien necesita un sello adicional en el papel que está presentando. Una vez más, a esperar. Hace mas de tres horas que iniciamos todos los tramites en China, tenemos Zamin Uud a la vista y otra vez toca refugiarse del implacable que se ríe de nosotros desde las alturas. Al final, nos habrá llevado la friolera (es una irónica forma de hablar) de cuatro horas el cruzar la frontera y no llegaré a Ulaan Bataar hasta la mañana del día siguiente.

Nota: En Zamin Uud acompañaré a Edouard a dejar las maletas en una consigna de un hotel, a encargarse de que facturen correctamente la mercancía que traía
consigo (con la que compartíamos espacio en el Jeep) y después nos vamos a comprar mi billete de tren (sale por 18900 tugrish, unos 12 Eur) a Ulaan Bataar, la capital de Mongolia. El tren no saldrá hasta las seis menos diez de la tarde así que tenemos tiempo de sobra para ir a comer. Como dice el refran, ''De bien nacidos...'' así que le invito para agradecerle su ayuda y compañia. Elige el restaurante y entramos. Acabo probando la versión local del húngaro ghoulash y una cerveza también local porque ''Entradas'', ''Platos principales'' y ''Postres'' son las únicas palabras que aparecen en ingles en el menu...

Después, un paseo por la ciudad fronteriza donde la gente soporta estoicamente el calor y es capaz de pasar un rato jugando al billar en la plaza, al aire libre.




(Escrito por él, en su inseparable block de notas, en el interior de un ger en Gana's Guesthouse, Ulaan Bataar, Mongolia, el 31 de agosto de 2007)

09 septiembre, 2007

¿Ya...? ¿Cómo que ya...?

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve. Diez. Once. Doce. Trece. Catorce. Quince. Dieciséis. Diecisiete. Dieciocho. Diecinueve. Veinte. Veintiuno. Veintidós. Veintitrés. Veinticuatro. Veinticinco. Veintiséis. Veintisiete. Veintiocho. Veintinueve. Treinta. Treinta y uno. Treinta y dos. Treinta y tres. Treinta y cuatro. Treinta y cinco. Treinta y seis.

¿Cómo que treinta y seis?




(Escrito por él desde Ulaan Baatar, Mongolia, el domingo 9 de Septiembre de 2007 - porque el jueves 6 estaba en Xongor, donde hay muchas dunas pero no ordenadores - después de que su trasero y huesos hayan sobrevivido a todos los baches imaginables en un desierto)

01 septiembre, 2007

Sin noticias de José

Un texto más bien cortito para dar un rápido parte de viaje y que toméis nota de un retraso (leve) por mi parte en publicar textos.

Si bien lo ultimo que publiqué era sobre Shanghai, después de esa ciudad visite Beijing, la Gran Muralla, la Ciudad Prohibida y la Plaza de Tiananmen (donde tuve un breve encuentro con la larga mano de la policía china).

La semana pasada, el miércoles, cogí un autobús nocturno a una ciudad fronteriza china (Erlian/Erenhot) a la que llegué a las 6 de la mañana. Tardé 4 horas en atravesar la frontera en un Jeep y, en el lado mongol, me tocó esperar en un pueblo hasta las seis de la tarde en que un tren nocturno me llevó a Ulaan Bataar, la capital de Mongolia, a donde llegué a las nueve de la mañana del viernes. Para que veais que lo del viaje complicado no era ninguna broma.

Mañana, domingo, madrugo para irme a recorrer, durante 7 dias/ 6 noches, el Desierto del Gobi. Obviamente no todo, claro, sino un circuito que (merced a una media de seis horas metido en un Jeep a diario) ofrece lo mejor de este paraje. E incluye cada noche dormir en un tradicional ger y disfrutar de una cena típica nómada (que ya me se los platos, porque los he probado en U.B. y no os imaginais lo que supone para un estomago delicado).

Pero todo es parte de la aventura...! Y eso incluye la diarrea que me atacó en Beijing y que sólo ahora empieza a remitir. O que mi cámara se haya estropeado. Otra vez.

Sergi, ya me dirás como hicisteis tu y Roisin para que no os pasara nada!!!! David, tu me dirás como hiciste para que en poco mas de cuatro meses te pasara de todo!!! Dani, ya me dirás como te lo estarás pasando en el veranito de España!!!

En fin, entre la ausencia de acceso a Internet a la sombra de las dunas, lo complicado de la vuelta a China (porque el Trans Mongolia no sale mas que los sábados), y lo cansado que voy a estar en Beijing, a lo mejor las siguientes noticias mías las escribo bajo la congelada mirada de los guerreros de terracota.

(escrito por él desde Ulaan Bataar - la capital mas fría del mundo -, Mongolia, el 1 de Septiembre de 2007...a 5 días de la fecha clave)