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07 agosto, 2008

Comienzan los Juegos

Con pompa y esplendor, con la participación de miles de bailarines, actores y figurantes. Con la presencia de Jefes de Estado, de Gobierno, Altezas Reales, Diplomáticos, Millonarios, Empresarios y Ministros.

Cien mil efectivos del Ejército de Liberación Popular, 400.000 policías y voluntarios y vecinos que hacen las veces de "chivatos" están desplegados por la capital, sobrevolada por helicópteros que maniobran en círculo sobre el centro de Pekín.

Con un espectáculo de luz, color y sonido que hará empalidecer los de ediciones anteriores, mañana se celebrará la gala de apertura de los Juegos Olímpicos 2008 en Beijing.

Televisiones de todo el mundo conectarán en directo para ofrecer el espectáculo a millones de personas en Asia, Oceanía, África, América y Europa. A través de Internet, podrán verlo otros varios millones, en teléfonos y ordenadores, en casa y en el trabajo.

Pues bien, yo no seré uno de ellos. Yo no pienso ver la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos.

no veas los juegosNo estoy en contra de los Juegos Olímpicos, no estoy en contra de los deportistas, no estoy en contra del espíritu de los JJOO, y por eso, aunque puede que siga alguna de las competiciones, no voy a ver la inauguración.

¿Por qué? Razones no me faltan, y tienen nombres como Darfur, Tíbet, Tiananmen o Birmania.

El gobierno de China, y su régimen de dictadura comunista, ha encontrado en el consumismo el nuevo opio del pueblo y son ellos los que se lo proporcionan. Para mantenerse en el poder, con pan et circus, necesitan energía y materias primas. Y para conseguirlas no repara en nada, ni en aliarse con otros asesinos.

Apoya al gobierno de Sudán y sus milicias, empeñado en negar la importancia (y la ayuda para resolverla) de la crisis humanitaria de Darfur, con más de 300.000 fallecidos y 2,5 millones de refugiados. China tiene lazos importantes con el régimen africano por el oro negro, que supone el 75% de los ingresos del país, y ha realizado millonarias inversiones en su industria petrolífera. A cambio, hace la vista gorda sobre las violaciones de los derechos humanos.

En el año 2004, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas impuso un embargo de armas a todos los grupos combatientes en Darfur, y al año siguiente lo extendió al Gobierno. Sin embargo, China ha vendido en la zona alrededor de 150 millones de dólares en armas en la última década. Según la ONU, China ha sido la responsable de suministrar el 90% de las armas ligeras de Sudán entre 2004 y 2006.

El Tíbet vivió sus peores protestas contra China en dos décadas el pasado marzo, en las que según Pekín murieron una veintena de civiles, mientras que el gobierno tibetano en el exilio dice que fueron más de 200 los muertos por la represión militar china.

Desde 1951, año de la invasión del Tibet por parte de tropas chinas, las autoridades han incentivado la emigración "interior" a esa región montañosa. ¿El objetivo? Usar la demografía como arma contra los tibetanos. Hoy en día, Lhasa tiene un 80% de su extensión dominada por barrios y comercios no tibetanos.

En su propia casa, los chinos también tienen mucho de lo que avergonzarse.

plaza de tiananmenEn Junio de 1989, los estudiantes que pedían pacíficamente democracia en la Plaza de Tiananmen recibieron la respuesta comunista en forma de tanques y disparos. Se calculan en cientos los muertos y en miles los desaparecidos y torturados. El Gobierno chino niega esas cifras pero no permite investigar las suyas, muy inferiores en víctimas.

Según la ONG Centro sobre los Derechos de la Vivienda y los Desalojos, vinculada a la ONU, desde que Pekín ganó la candidatura olímpica en 2001, más de 1,5 millones de personas han sido desalojados para dejar paso a las obras olímpicas.

En China se censuran páginas de Internet de periódicos, foros, blogs, medios de comunicación y organizaciones pacifistas. La única noticia es la que emite, aprueba y supervisa el Gobierno.

En Birmania, en 1988, más de 3.000 personas murieron por los disparos de los soldados, a los que se ordenó abrir fuego contra los civiles desarmados que pedían reformas democráticas al Gobierno.

Desde entonces, China ha sido el principal suministrador de armamento a la dictadura del General Than Shwe con más de 2000 millones de dólares en carros de combate, vehículos acorazados, aviones, patrulleras, armas ligeras y equipo logístico y de transporte, así como consejeros militares.

Merced al apoyo chino, el régimen comunista birmano ha cuadruplicado el tamaño de sus fuerzas armadas, hasta llegar a 450.000 efectivos, incluyendo aproximadamente a 70.000 niños soldados. Ha destruido u obligado a abandonar más de 3000 pueblos en el este del país, más del doble de las que se han destruido en Darfur. Han provocado el éxodo de más de 1,5 millones de personas, refugiados en paises vecinos o escondidos en la jungla.

A cambio de su apoyo, activo y pasivo (la política de China en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas es negarse a cualquier resolución contra Birmania), se le ha vendido 180 mil millones de metros cúbicos de gas natural durante los próximos 20 años a un precio inferior al que ofertaba India y por debajo del de mercado. Mientras tanto, en el interior de Birmania se multiplicaba por cinco el precio del gas natural y se doblaba el precio de la gasolina y el diesel. Y más de la mitad de los birmanos sólo tiene un dólar al día para vivir.

La única forma de hacer negocios en Birmania es hacerlos con la Junta Militar. La Heritage Foundation, en su Índice de Libertad Económica de 2007, colocaba a Birmania como la quinta economía más represora del mundo, por detrás sólo de Corea del Norte, Libia, Cuba y Zimbawe. La economía centralizada y controlada, asegura que sólo los líderes militares y sus lacayos se beneficien del comercio y las inversiones (China representa el 31% de las importaciones de Birmania). China está involucrada en más de 62 proyectos hidráulicos, petrolíferos, de gas o mineros en el país, sin preocuparse por la destrucción de tierra, los trabajos forzados o las cuestiones medioambientales.

China es el único país del mundo que se niega a apoyar el llamamiento del Secretario General de la ONU para que se libere a Aung San Suu Kyi, ¡la única Premio Nobel de la Paz encarcelada!.

¿No te parece que hay suficientes razones?

¿A quién apoyas tú?

juegos sangrientos

Webs, US Campaign for Burma (inglés), Amnistía Internacional, sobre China (español)

10 diciembre, 2007

Nada es imposible

El lunes 15 de octubre, llegábamos al campamento base del Everest, por su vertiente tibetana, tras dos días de ruta en todoterreno.
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De derecha a izquierda: José, Isa , Clara y Nial, dando saltos de alegría ante nuestra primera visión del Himalaya.

Esperaba quedarme sin aliento y con dolor de cervicales, al pie de este gigante pétreo (8844 metros, según las últimas mediciones), desafío supremo de tantos alpinistas profesionales y aficionados. Sin embargo, el Everest no me causó mayor impresión.

"La verdad, me hizo más efecto el Mont Blanc" – le comenté desdeñosamente a José, mientras éste ametrallaba la nívea cima con mi cámara. Claro que en aquellas vacaciones de esquí en los Alpes, yo tendría a lo sumo siete u ocho años (unos cuantos menos que ahora), una edad mucho más impresionable.

La imagen colosal que yo me había creado del "techo del mundo" era puro producto de mi ingenuidad. Obviamente, el campamento base no está precisamente al nivel del mar, con lo que del Everest sólo percibimos los últimos 3000 y pico metros que llevan a su cima, trazando un perfil de ascendente verticalidad.

Si bien la visión del Everest no llegó a marcarme, no así la historia de estos tres alpinistas, cuyos nombres – Grania, Erik y Sabriye – quedarán para siempre inscritos en los anales montañeros del Himalaya. En común a todos ellos, un mismo lema: "nada es imposible".
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Tuve la suerte de escuchar en directo a Grania Willis en el 2005, elocuente y entretenida oradora, durante una conferencia celebrada en la sede dublinesa de Microsoft. Acababa de regresar de su increíble expedición por el Himalaya. En Junio de ese mismo año, Grania logró superar su desafío personal, demostrando ser la primera mujer irlandesa capaz de alcanzar la cima del Everest por su vertiente norte, técnicamente la más dura.

Imagino que estaréis pensando a santo de qué os vengo a contar la historia de la primera mujer irlandesa en escalar el Everest por su vertiente norte, ¿acaso no sería mejor narrar la hazaña de la primera mujer (la surafricana, Cathy O’Dowd) en alcanzar esa misma meta?

Cierto. Pero si he elegido hablaros de Grania, es por la peculiaridad de sus circunstancias personales, que hacen su desafío y proeza aún más espectaculares.

A saber:
- Grania W. cumplió su objetivo a la edad de 49 años
- Sufría graves secuelas físicas en la espalda, tras dos caídas a caballo que por poco le costaron la vida y…
- ¡Nunca había practicado alpinismo antes de proponerse escalar el Everest!

Como podréis suponer, muchos intentaron desanimarla de su despropósito. Pero Grania, fiel a su lema, no quiso darse por vencida antes de darlo todo en el intento.

Deja su trabajo como corresponsal ecuestre del Irish Times en septiembre del 2003 y, cinco meses más tarde, empieza su entrenamiento intensivo. En septiembre del 2004, se estrena como alpinista en el Himalaya, escalando Cho Oyu (8189 metros), la sexta cima más elevada del mundo.

Avalada por este primer éxito, Grania se siente preparada para el gran desafío. Empieza a ascender el Everest a principios de junio, algo tarde, pues acaba de terminarse la temporada de escalada. Pese a los fuertes vientos y otras inclemencias del tiempo, Grania alcanza la cumbre el domingo seis de junio del 2005, a las ocho de la mañana (hora nepalesa).

Nota: Tal vez os estéis preguntando qué reto puede quedarle a uno tras haber escalado el pico más alto del mundo. Tras lograr su objetivo, Grania ha puesto por escrito todos los detalles de su epopeya, en un libro publicado bajo el título de "Total High: my Everest challenge" (bastante difícil de conseguir en su versión original, dudo mucho que exista su traducción al castellano). Grania sigue escalando. En marzo de este año, haciendo equipo con otro irlandés, Ian McKeever, se ha convertido en la primera mujer irlandesa en alcanzar la cima de las pirámides Carstensz (4884 metros), en Indonesia. Una hazaña nada despreciable, aunque esta vez no haya hecho portada en la prensa celta.

Erik Weihenmayer, de nacionalidad norteamericana, perdió la vista a la edad de doce años. La desgracia a veces se ensaña injustamente sobre un mismo individuo. Al poco tiempo de quedarse ciego, Erik perdió a su madre en un trágico accidente de carretera. En un esfuerzo por levantar la moral de su reducida familia, el padre de Erik llevó a sus tres hijos adolescentes en expediciones montañeras por Suramérica, India y Nepal. Fue gracias a estos viajes que la autoestima, autoconfianza y espíritu de superación crecieron en Erik, empezando a retomar gusto por la vida.

Pese a su discapacidad, Erik logró superar dificultades y obstáculos, hasta convertirse en uno de los más afianzados atletas de nuestros días. Entusiasta y experto practicante de paracaidismo acrobático, delta plano, esquí, ciclismo y carrera de fondo, sus logros más extraordinarios se adscriben sin embargo a los grandes hitos de la escalada.

El 25 de mayo del 2001, Erik alcanzó la cima del Everest, siendo el primer hombre no vidente en lograr este reto.

El 5 de septiembre del 2002, al erguirse sobre la cumbre de Kosciusko, en Australia, Erik se unió a los 150 alpinistas cuyo record consiste en haber escalado la montaña más alta de cada continente, en total siete.

Mientras escribo esto, pese a que nos separen más de 600 kilómetros de distancia, me parece estar oyendo las quejas del Junior: "¿Cómo que siete continentes?". Aún recuerdo una discusión en el que él sostenía que los continentes, de toda la vida, habían sido sólo cinco, mientras yo me emperraba en que fuesen seis. Pues ya ves, Juni, "ni pa tí, ni pa mí", resulta que son siete.

Ahí van:
1. Asia (su cima más alta, con sus 8844 metros, como bien sabemos todos, es el Everest)
2. Suramérica (Aconcagua, 6961 metros)
3. Norteamérica (McKinley, 6193 metros)
4. África (Kilimanjaro, 5894 metros)
5. Europa (Elbrus, 5641 metros)
6. Antártica (Macizo Vinson, 4897 metros)
7. Oceanía (Kosciusko, 2230 metros)

La trayectoria de Sabriye Tenberken, de nacionalidad alemana, estaba destinada a convergir con la de Erik. Al igual que éste, Sabriye había perdido totalmente la vista con 12 años, a consecuencia de una enfermedad reticular, degenerativa e implacable.

Tras leer un artículo sobre las hazañas montañeras de Erik, Sabriye compartió el inspirador relato con sus alumnos de la escuela para ciegos, en Lhasa. Los niños quedaron tan impresionados que, durante semanas, no dejaron de hablar de su nuevo súper héroe.

Animada por el efecto que Erik producía en la autoestima de sus alumnos, Sabriye le escribió una larga carta, invitándole a visitar su escuela. Una invitación que no sólo fue inmediatamente aceptada, sino correspondida con otra más osada: ¿por qué no acompañarle en una de sus expediciones?

Así pues, Sabriye, guiada por Erik y acompañada por seis adolescentes, cuatro chicos (Gyenshen, Dachung, Tenzin y Tashi Pasang) y dos chicas (Sonam Bhumtso y Kyila), ciegos todos ellos, se aventuró a ascender, no el Everest, sino otro pico himalayo, Lhakpa-Ri, cuyo nombre traducido del tibetano significa "Montaña Tempestuosa". Con sus 7010 metros de altitud, la montaña tempestuosa es más elevada que cualquier otra cima fuera del Himalaya.

Nota 1: Para quién quiera ser testigo de esta increíble aventura, permaneced al acecho del estreno de la película "Blindsight", un galardonado documental que a pesar de haber sido rodado en el 2004, todavía no se ha estrenado en la gran pantalla española.

Nota 2: El ascenso de Sabriye por el monte Lharkpa-Ri, en la vertiente norte del Everest, no es ni de lejos su mayor logro. Dentro de unos días y en un texto aparte, os contaré la increíble odisea de esta mujer excepcional, tras haber tenido el placer y honor de entrevistarme personalmente con ella en Kerala.

Nota 3: Nada es imposible. Tampoco lo es morir en el intento de tocar nuestros sueños. El éxito de estos valientes aventureros, si bien debe inspirarnos a ensanchar nuestros límites, no debe hacernos olvidar los peligros que conlleva el ascenso a vertiginosas altitudes. La densidad de oxígeno en la cima del mundo es de 7,7% (al nivel del mar, 23% aproximadamente). El 20% de alpinistas que han intentado alcanzar dicha cumbre, han perecido en el camino, como atestiguan las lápidas encontradas en su campamento base.

Tal vez no tengáis en mente escalar el Everest, pero sí hacer senderismo en Nepal, como lo hicimos nosotros. Tampoco aquí os confiéis demasiado. Durante el breve periodo de tiempo en el que José se encaminaba hacia el paso de Thorung-La y yo llegaba a Jomsom, tres personas se dejaron la vida en el Anapurna. Un sherpa nepalés y dos turistas franceses.

Un hombre mayor, entre 70 y 78 años (según dos versiones distintas), empezó a manifestar síntomas del mal de altitud, en el ascenso que lleva de Manang a Thorung-La. Haciendo caso omiso a estos síntomas, siguió ascendiendo hasta desplomarse. Intentaron en vano organizar una operación de rescate por helicóptero. Tras tres horas de espera, el hombre expiró su último aliento.

Una mujer joven, de 28 años, viajaba con su pareja, curtido senderista. Se llamaba Olivia y se parecía a Cameron Díaz. Había superado el paso de Thorung-La y alcanzado Muktinath. No había manifestado ningún síntoma, ningún malestar. Sin embargo, por la mañana, su novio se despertó con el ruido de una respiración ahogada. Olivia estaba ya inconsciente, pero aún debatiéndose por arrancarle al aire una última bocanada de oxígeno. Ni siquiera con la intervención de un médico japonés, que la providencia había enviado a la habitación contigua, lograron reanimarla.

Sed valientes, pero nunca temerarios.



(Escrito por ella desde Delhi, India, 06/12/07)





28 octubre, 2007

El Embajador

Como si 25 kilos de mochila no fuesen carga suficiente, a José se le ha metido en la cabeza que también recaigan sobre sus hombros la dignidad y el honor patrios. Desde que pusimos pie en China, me viene machacando con el peso de nuestra responsabilidad cívica:

“Pichu, mientras sigamos caminando por tierras extranjeras, te recuerdo que somos embajadores de nuestro país y que como tales debemos comportarnos”.

Se ha tomado tan en serio su misión diplomática, que me temo que vaya a terminar en su currículum vitae – “Actividad laboral de enero del 2007 a enero del 2008: Embajador Honorario de España”. Como si lo viera.
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Esto de ser embajadores en un país de cultura y tradición tan dispares a las nuestras, no es moco de pavo. Y si no, que se lo pregunten a la ex candidata socialista a la presidencia francesa, Doña Ségolène, que cometió la “gaffe” de acudir a una ceremonia oficial china vestida enteramente de blanco, color funerario en Asia.

También los belgas supieron lucirse en su día. Esta anécdota nos fue contada por una señora del mismo país, periodista FreeLancer, que conocimos en Jiuzhaigou. Su abuelo, que ejercía el cargo de Senador, fue convidado, junto con una delegación diplomática belga, a una cena oficial celebrada en la casa del mismísimo Chiang Kai-Shek. Como obsequio a la anfitriona, los belgas llevaron un delicado pañuelo de encaje, muestra de su más fina artesanía textil. La señora de Chiang Kai-Shek recibió su regalo con expresión vacua, mezcla de sorpresa y despago, seguida de un gesto de agradecimiento ostensiblemente forzado. Pronto comprenderían el porqué. Abriéndose paso en el comedor donde tendría lugar la recepción, ante sus ojos desplegada, vieron una inmensa mesa recubierta de un no menos imponente mantel, todo él hecho de encaje. A su lado, el brocado belga parecía una mera servilleta a juego. Primer error de la noche.
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Los chinos, en buena tradición asiática, les agasajaron con un opíparo festín. Los belgas estaban ya a punto de estallar, sus tripas tensas a no dar más de sí, cuando se percataron de que una gran bandeja de arroz negro, situada delante de ellos, había quedado intacta. Breve intercambio de miradas y palabras neerlandesas, que probablemente pudieran traducirse así:

“¿Quién quiere arroz?”

“Estarás de broma, yo no puedo ni con mi alma: un grano más y te juro que me revienta el pantalón”.

“Pero no vamos a dejar ese arroz ahí, ¿qué van a pensar de nosotros? No podemos hacerles ese feo”.

“No me jodas, Jens, ¡ya te he dicho que no puedo más!”
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“Te recuerdo que tú eres el Embajador y que como tal debes…”

“Vale, vale, lo que sea con tal de que no vuelvas a meterme ese rollo… sírveme una cucharada, pero que sea pequeña, ¿eh?”

“Aquí tienes: una cucharada por Su Majestad el Rey, otra por Su Alteza la Reina, otra por la Gloriosa Región de Flandes, otra por…”

"¡EH, NO TE PASES! Que sea una por la Gran Nación Belga y ¡basta!”

Así pues, ante las miradas perplejas y horrorizadas de sus anfitriones, un sudoroso embajador belga, haciendo gala de heroico esfuerzo, se llevó a la boca una última cucharada de arroz. Segunda metedura de pata. Craso, crasísimo error: el arroz negro nunca debe de ser tocado. Probarlo implica que la comida ha sido insuficiente. Esto se considera un insulto para el cocinero y, por ende, para el anfitrión.

Si los profesionales de la diplomacia son capaces de cometer tales deslices, con más razón nosotros, humildes neófitos. Y es que comportarse dignamente en China conlleva echar por el suelo años de educación, negando los valores inculcados por nuestros padres desde la más tierna infancia. Así pues, los mandatos de “termina la comida”, “come con la boca cerrada”, “no sorbas la sopa” y “no te metas los dedos en las narices”, aquí, simple y llanamente, no sirven.

Terminarse la comida, por ejemplo, es de muy mal gusto. Mientras en occidente rebañamos el plato para indicar que estaba todo muy rico, esa misma actitud en oriente significa que nos hemos quedado con hambre. Eso explica que los chinos, a la hora de pedir la comida en los restaurantes, suelan encargar platos para el doble de comensales. No es nada insólito ver cómo abandonan la mesa dejando dos o más platos prácticamente sin tocar.

Nosotros, en este respecto, generalmente hemos quedado como unos auténticos muertos de hambre. En nuestro afán por reducir gastos, incluso hemos llegado a compartir un plato único (pero no os preocupéis, que el honor está a salvo: en tales ocasiones, nos hicimos pasar por belgas).

En China, para indicar que la cocinera se ha lucido, lo que procede es comer haciendo mucho ruido. Incluso cuando el manjar consiste en una sopa de fideos liofilizada, recurso gastronómico habitual en los trenes, lo suyo es pegar largos y sonoros sorbidos: “sluuuurp, sluuuuuuurp”. En esto, el Junior se ha convertido en un experto.

“Esto, Juni, perdona que te moleste… pero, ¿de verdad es necesario que hagas tanto ruido? Mira que estamos solos en el compartimento”.

“Slurp, slurp… sí, sí, sluuuurp… es justo y necesario, sluuuuurp… me sirve de entrenamiento, sluuuuuurp…”

La verdad es que yo, en esto de sorber la sopa, soy algo negada. Al aspirar los fideos, se me pone boca de piñón, y mi “slurp” acaba transformándose en un sonido bilabial oclusivo, algo así como un “bbbbbb”, que parece que voy repartiendo besos indiscriminadamente entre los pasajeros.
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Donde sí que he logrado integrarme a las usanzas locales, ha sido en lo de hurgarme las narices. Tanto en público como en privado, yo ya no me corto ni con un cristal. Con desastrosas consecuencias en alguna ocasión, como en Lhasa, donde mis vasos sanguíneos se hallaban fragilizados por la altitud. Estoy imaginando a más de uno con cara de disgusto y turbamiento. Permitidme que abra un paréntesis digresivo.

(Nota para los que se hayan escandalizado: ¡mira que sois hipócritas! ¿De verdad me queréis hacer creer que nunca os hurgáis las narices? Imposible, todo el mundo lo hace. Todos, salvo los mancos por partida doble, tal vez. Si no me creéis, fijaos en los conductores. Apenas salidos de la autoescuela, observaréis como rápidamente se relajan sus posturas. Las manos que firmemente sujetaban el volante a las tres menos cuarto – o dos menos diez – se deslizan hasta las seis y media. Pronto, una sola mano queda cansinamente apoyada sobre el volante, mientras la otra, cuando no está sujetando un teléfono móvil o paseando un cigarrillo de la ventanilla a la boca y de vuelta a la ventanilla, invariablemente se halla apuntando al hipotálamo, el índice profundamente encastrado en una de las fosas nasales. La cantidad de conductores que se creen invisibles en la semi intimidad de sus vehículos, es algo realmente gracioso).

Donde he de postrarme y reconocerle al Junior su gran valor y absoluta supremacía, ha sido en el tema de no rechazar ningún ofrecimiento de comida, por poco apetitosa que fuese. En más de una ocasión, confieso haber dejado solo al embajador.

De camino al lago Nam-Tso, por ejemplo, compartimos mesa y comida con nuestros compañeros de viaje chinos. Éstos, como es costumbre, encargaron el doble de comida necesaria (ese día, no íbamos de belgas, así que a todo dijimos que sí de buen rollito), incluidos varios platos “sichuaneses”. La tradición culinaria de Sichuan es famosa por ser endiabladamente picante. Los chinos, de ánimo jocoso, se iban riendo y gastando bromas, mientras hacían circular los platos por una bandeja central giratoria. Hasta que le llegó el turno de servirse al Junior que, dejándonos a todos alucinados, se llevó directamente a la boca una guindilla enterita.

Pero lo mejor fue en el monasterio de Drepung, a siete kilómetros en las afueras de Lhasa. Unos monjes nos invitaron a tomar el té con ellos en su habitación. Bueno, no sé si eran monjes realmente: su actitud jovial y desinhibida más bien me hace pensar que se trataba de estudiantes o novicios.

Era una habitación pequeña enmoquetada, con dos camas, una estantería y un pequeño baúl que les servía de mesa. Nos descalzamos antes de entrar y tomamos asiento en una de las camas. Tras ofrecernos unas tazas de té, para mi gran horror, sacaron una botella de plástico llena de mantequilla de yak.

Con tan sólo olerla se me revuelven las tripas: la mantequilla de yak desprende uno de los olores más pungentes y característicos del Tíbet. La usan para todo, no sólo para cocinar. Sirve como cera para alimentar el fuego de las velas y también como material decorativo, para modelar esculturas votivas. Una de las bebidas típicas locales es el “bö cha” – básicamente, un té enriquecido con dicha mantequilla. Puro veneno.

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En esta ocasión, los monjes usaron esta grasa para preparar “tsampa”: un par de cucharadas de mantequilla, azúcar al gusto del consumidor, unos buenos puñados de polvo de avena y agua caliente. Con los dedos fueron mezclando estos ingredientes hasta formar un mejunje de aspecto fangoso (por no decir algo soez). Le añadieron un poco más de polvos y siguieron mezclando, hasta conseguir una masa compacta. Algo parecido a un polvorón, pero sin sabor a almendras.
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El embajador, fiel a los gajes de su oficio, imitó a sus anfitriones con sonrisa impertérrita. Metió el dedo, removió el potingue, se lo chupó (el dedo), volvió a meterlo, siguió mezclando en vano, y por fin dejó que los monjes metiesen mano a su masa amorfa. En un par de minutos, le entregaron un pedazo de sustancia marrón apelmazada.

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Pobre Juni. Antes de realizar su supremo sacrificio por la Patria, me lanzó una de esas miradas tan suyas, ecléctica y llena de paradojismo. Una expresividad a medio camino entre el terror y la valentonada, el asco y la complacencia, el patetismo y el orgullo. Por un lado dice “¡ayúdame, te lo suplico, no me dejes solito en este embolado!” y por otro, “¡mira, mira de lo que soy capaz!”.

Le pegó un bocado. Con la boca todavía llena y haciendo una serie de ruiditos apreciativos, como queriendo decir “hummm, qué rico está esto”, me tendió el resto de su tsampa. Generoso ofrecimiento. No podía dejar pasar la oportunidad de ponerme en evidencia, el muy cabrón. Su mirada se mutó, mandándome un nuevo pero conocido mensaje: “Vamos, embajadora, ¡te toca!”

Un pellizquito. Una pizquita nomás del puto polvorón tibetano fue suficiente para que el sabor de la mantequilla me repitiese toda la noche.
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Nota para los lectores: aquellos que conocen a José de toda la vida, o por lo menos desde antes de su auto investidura como alto dignatario español, sabrán que esto de ingerir alegremente sustancias de aspecto, olor y/o textura repugnantes es algo bastante ajeno a su carácter. Algunos incluso se negarán a creer mi relato. Por este motivo y para que quede constancia gráfica del prodigioso acopio de valor desplegado por el embajador, tengo filmada la escena completa del tsampa. Un día de estos, igual me animo a subir el vídeo a YouTube.

Nota para el embajador: la próxima vez que vengas a comerte un arrocito a Castellón, aunque no estés en tierra foránea, podrías tratar de comportarte como digno plenipotenciario de tu Principado. Así pues, cuando mi padre te ofrezca una mandarina de la mejor selección de su huerta, a ver si te la comes sin escupir “disimuladamente” los gajos mascados en la servilleta. Mira, hete aquí una sugerencia: en febrero, cuando vuelvas a tu Carriona natal, tal vez puedas decirle a tu santa madre que deje de colarte tres veces el zumo de naranja. Para que te sirva de entrenamiento, sluuurp...

(Escrito por ella desde Katmandú, Nepal, 28/10/07)

24 octubre, 2007

"Chinglish"

Uno de los inconvenientes de viajar por China, indudablemente, es la barrera idiomática.

Bastante problemático cuando uno se encuentra en una comisaría, intentando explicarle a un par de pasmados polis que o bien has perdido tu cámara o bien te la han mangado en la estación (Xi’an) o, aún más difícil, que la recepcionista de tu hostal te ha timado 100 yuanes por la cara, cobrándote dos veces el depósito de las llaves (Lhasa). Todo ello con gran gestualidad, para mayor entretenimiento de nuestros amigos de la seguridad y orden público.

Mucho más divertido cuando uno se halla en un restaurante callejero, enfrentado a una carta de la que sólo los precios resultan inteligibles. Para tales ocasiones, hay que echar mano a la imaginación. Recursos no nos han faltado:

1. Cuando los ingredientes están a la vista del consumidor, basta apuntar con el dedo para lograr un plato aproximado a lo que uno tenía en mente.

2. Cuando no, te das un paseo por las mesas, husmeando lo que otros clientes están comiendo, hasta dar con un plato apetecible y, nuevamente, recurrir al viejo método de señalar con el dedo.

3. Si en ese momento eres el único cliente del establecimiento, la situación se te pone un poco más peliaguda, pero no por ello desesperada. Con un poco de suerte, la camarera te introduce en la cocina, donde vuelve a funcionar el primitivo método.

4. Si no cayó esa breva, no pasa nada. Un sistema que nos dio muy buen resultado fue sacar un pequeño bloc de notas y un boli, para dibujarle a la camarera nuestro plato deseado (obvio que uno se tiene que conformar con expresar conceptos básicos, tipo “pollo” o “ternera”, porque tampoco es plan de ponerse a dibujar una fabada asturiana). Por cierto, este método también contribuye a crear buen rollito con el personal: hasta el chef y sus pinches desertaron de su cocina para admirar nuestras creaciones artísticas.

5. Si no tienes ni bloc, ni boli, ni arte… bueno, todavía te queda la mímica. Parece difícil, pero da resultado y es divertido. No hace falta llamarse Marcel Marceau para hacerse entender. Estando en Güillín, conseguí llevarme un sándwich de jamón, tomate y pepino, tras pasar cinco minutos mimando el concepto de “bocata para llevar” (con prisas encima, porque se me iba el tren).
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Para bien o para mal, estas situaciones tan simpáticas se van haciendo cada día menos frecuentes. Gracias al fuerte influjo del turismo internacional, una nueva lengua está empezando a cobrar forma y fuerza.

Amigos de la filología moderna, permitidme que os haga una breve introducción a este fascinante y revolucionario idioma, que he bautizado con el nombre de “chinglish”, por ser puente vivo entre el pensamiento de Confucio y la lengua de Shakespeare.

El chinglish es indudablemente superior a todos los demás idiomas en cuanto a su flexibilidad creativa. Pongamos un ejemplo práctico. Supongamos que uno quiera producir un anuncio publicitario que haga elogio tanto del talento musical (“melody”) de su monarca, como de su olor corporal (“smell”), pero que se encuentre limitado por restricciones físicas de imprenta. Bien, gracias al chinglish, este problema queda rápidamente resuelto. En lugar de descartar uno de los atributos del monarca, a fin de ajustarse al espacio disponible del cartel, el chinglish ofrece el recurso creativo de la libre fusión semántica de palabras. Así pues, durante nuestra visita a los guerreros de terracota de Xi´An, nos encontramos con este mensaje: “Qin smelody”, en lugar de “Qin smell and melody”.

Traducción literal: “Olor y melodía de Qin”. Más claro, agua.


Otra ventaja del chinglish es su carácter altamente intuitivo. Las erratas no impiden la comprensión del texto. Ilustraré este concepto con otro ejemplo real. Durante nuestro crucero por el Yangtzé, fotografiamos este cartel: “CROW ROOM”.

Traducción literal: “Habitación de cuervos”. Obviamente, por “cuervos” se entiende la tripulación (“crew”). Chupado.


No me cansaré de recalcar las ventajas que representa el carácter intuitivo del chinglish. Gracias al mismo, la dislexia ya no supone ninguna traba para la comunicación. Vean si no este texto, encontrado en una agencia de viajes de Chongqing: “FANTSATIC MOUNPAINS AND WATERS”. La intención es obvia. Lo que se pretendía escribir era: “Fantastic mountains and waters ”.

Traducción literal: “Fantásticas montañas y aguas”. Ésta era facilona.


Por cierto, ya que estamos en el tema de las disfuncionalidades lingüísticas, una de las originalidades del chinglish consiste en que la tartamudez trasciende del nivel oral al escrito. Así lo demuestra este párrafo, tomado del folleto de nuestro hotel en Wuhan:

“Wanguo Hotel on No.297 youth road Hankow, distance Hankow train station only 5 minutes car distance, being apart from an an an an an an an an an an an a day river international airport only 30 minutes distance, travel for business guest and sightseeings provided to have most the geography environment of the advantage”.
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Me ahorro la traducción puesto que se trata de un texto de nivel avanzado. Si bien el chinglish permite la comprensión global del mensaje dentro de su contexto, lograr su entendimiento profundo y pormenorizado es algo más complejo, requiriendo, como en cualquier otro idioma, algo de estudio. A este respecto, el segundo párrafo del previamente mencionado folleto, resulta jugoso:

“The hotel presses star class standard to repair to reform, environment grace, gather the guest room, the meal drinks, amusement business in integral whole, 24 hours provide the thoughtful and small synthesizing the sex wine shop ministrantly for the guest”.

Si entre nuestros queridos lectores, alguien pudiese traducirnos estas últimas líneas, Junior y yo le quedaríamos profundamente agradecidos, pues nos hemos quedado con las ganas de saber qué es exactamente eso del “sex wine shop” (mira que buscamos la prometedora tienda, pero no la encontramos).

Traducción literal: “sexo vino tienda”.

Nota: Para aquellos que deseen profundizar sus conocimientos del chinglish, recomiendo las siguientes páginas web:

(Escrito por ella desde Gyantse, Tíbet, 13/10/07)

10 octubre, 2007

Sin Palabras















Porque una imagen vale más que mil palabras:

Fotos de la meseta tibetana, tomadas desde la ventanilla del tren.

(Publicado por ella, desde Lhasa, Tibet, el 10/10/2007)

Lhasa Express

No me lo puedo creer, pero parece que por fin nos sonríe la suerte. Lo que hace tan sólo un par de semanas nos parecía imposible, se acaba de cumplir. Es más, ¡superando nuestras expectativas!

Increíble pero cierto, estamos subidos a un tren en dirección a Lhasa. ¡Nos vamos al Tíbet! ¡Que sí! ¡Que nos vamos al Tíbeeeeeet!

Ya, ya imagino lo que estáis pensando. En esta era de globalización y comunicaciones, viajar ya no es ninguna aventura. Total, te compras un billete de avión para Beijing o dónde sea, luego un billete de tren para Lhasa y… ¡hala! Mira qué bonito, ya estás de camino para el Tíbet. Está tirado. Pan comido.

Eso pensábamos nosotros también, pero pronto se nos quitó la ilusión. Llegar a Lhasa es jodido, no sólo porque te cuesta una pasta (para estándares asiáticos), sino porque además no paran de ponerte trabas.

Para empezar, te piden que te saques un permiso que te sale más caro que un visado. Nosotros, lo tramitamos a través de nuestro hostal en Chengdu, el “Mix Backpackers Hostel”, por el razonable precio de 450 yuanes. Eso sí, para conseguir el permiso, primero teníamos que enseñarles nuestros billetes de tren. Así que nos fuimos directos a la estación.

Allí, el agobio de siempre. Infinitas colas delante de las taquillas, la peña empujándose y pegándole al cigarrillo, y todos los carteles en chino. Bueno, todos no. Todos, menos uno, que decía bien clarito: “No se venden billetes a Lhasa sin presentar permiso”. ¡Pues sí que nos la han hecho buena!
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Con más moral que el Alcoyano, nos pusimos a hacer cola. Cuando nos llegó el turno, casi provocamos una conmoción, con los chinos gritando que ya estaba bien de hacerles perder el tiempo, que a ver si comprábamos nuestros putos billetes de una puta vez y nos íbamos ya a tomar “pol culo” (hay que ver lo fácil que es traducir el chino cuando empiezas a pillarle el tonillo). Y es que nos llevó cosa de un cuarto de hora explicarle a la funcionaria que necesitábamos billetes para Lhasa y asimilar la información de vuelta (mucho menos explícita que la de los chinos que teníamos detrás).

A saber:

1. Que los únicos billetes disponible eran los de asiento duro (normalmente, no nos hacemos los remilgados a la hora de elegir medios de transporte, pero éste es un viaje de 46 horas, con sus dos noches, y habíamos decidido hacerlo con estilo, en clase “soft sleeper” o compartimento de litera blanda, un lujillo que queríamos ofrecernos como regalo póstumo de cumpleaños).

2. Que no, que no había ningún billete disponible para viajar tumbados, ni en litera blanda, ni en litera dura.

3. Que no habría billetes para viajar tumbados, ni para mañana, ni para pasado, ni para la semana siguiente, ni para el mes de octubre. Pero que volviésemos mañana, por si acaso.
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El tema de comprar billetes de tren es bastante más complicado en China que en otros países asiáticos, por los siguientes motivos:

1. No puedes comprarte un billete para ir de la ciudad “A” a la “B” desde la ciudad “C”. Para ir de “A” a “B” sólo te puedes comprar el billete en la ciudad “A”, ¿me explico?
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2. No puedes comprarte el billete con más de diez días de antelación.

3. Algunas agencias se dedican a comprar billetes al por mayor, agotando enseguida la disponibilidad de plazas, para luego sacarse una jugosa comisión en la reventa (actividad ilícita, como descubriríamos más tarde en Wuhan, a la vuelta de nuestro crucero por el Yangtzé).

Empezamos a barajar alternativas, que si hacer el recorrido en todoterreno (algo que queríamos hacer más adelante, para ir de Lhasa a Katmandú) o en avión (¿y perdernos la oportunidad de contemplar los desolados paisajes de la meseta tibetana? No way!). Al final, animados por los testimonios de otros viajeros, decidimos seguir intentándolo.

A unos cinco minutos del hostal, encontramos una pequeña oficina de la agencia de ferrocarriles. El tema era presentarse allí por la mañana y comprarse un billete para dentro de diez días, ganándoles por la mano a los compradores de billetes al por mayor. Y así fue como conseguimos nuestros billetes, a la tercera fue la vencida.

Curiosamente, ese día ni siquiera llegamos temprano a la oficina, con lo que no íbamos con demasiadas esperanzas. Sin embargo, de pronto, nos fue todo como una seda. No dábamos crédito. No sólo teníamos billete para el día dos de octubre, sino que además podíamos optar por litera dura o blanda, litera blanda de primera (compartimento para dos) o de segunda (para cuatro), litera blanda de arriba o de abajo (algo más cara). Apabullados, nos quedamos apabullados. No será broma, ¿verdad?

“Chinita, ¡pónganos dos de segunda, de litera blanda y que sea de arriba, por favor!”.

¡Marchando! Un par de minutos más tarde y tras desembolsar 1065 yuanes, más cinco de tasas, teníamos el valioso papelito en las manos. Nos fuimos pitando al hostal, a encargar nuestros permisos, que tardarían tres días laborables en tramitarse. Nosotros teníamos tiempo de sobra, nueve días por delante. Así que para matar el tiempo, nos fuimos a visitar el parque nacional de Jiuzhaigou (con esto liquidamos tres días, dos de ellos consumidos en el autobús) y encadenamos con el crucero de tres días por el Yangtzé, volviendo a Chengdu con el tiempo justo para comer, subir unos cuantos textos al blog y volver a la estación para pillar el tren T22.

Nos acompañó a la estación una señora, que se encargó de enseñarles nuestros permisos a las autoridades ferroviarias. Una vez a bordo, tuvimos que enseñar nuestros pasaportes, y ya no volveríamos a ser molestados hasta el día siguiente (hoy), para rellenar un formulario antes de hacer trasbordo, en Xining, al tren desde el que estoy escribiendo ahora.


Ya estábamos encantados en el T22, que nos llevó de Chengdu a Xining, pues viajábamos solos en el compartimento para cuatro, pero aún lo estamos más ahora. Este tren es el doble de lujoso que aquél. Compartimentos enmoquetados, zapatillas presentadas en bandejita de plástico, perchitas, espejo, termo y papelera de rigor, mesita con mantel y flores naturales, cuatro televisores de pantalla plana (al pie de cada litera), lámparas individuales, música ambiental, regulador de luz y de sonido, una toma eléctrica (sin la cual no estaríamos enganchados al portátil ahora mismo) y cuatro de oxígeno (para cuando nos encontremos a más de 5000 metros de altitud). ¡Y seguimos estando solos! (Algo totalmente insólito, sobre todo por estas fechas de fiesta nacional en China).

Pero lo mejor de todo son los paisajes, quisiéramos apearnos del tren cada cinco minutos. Impresionantes. Para cortársele a uno la respiración (a lo mejor, por eso nos han puesto las tomas de oxígeno).


Os dejo, que son las 20:17 y el restaurante deja de servir a y media. El Junior, con su habitual gentileza, se acaba de ir a encargar la cena, diciéndome al salir: “Pues tú quédate aquí si quieres, pero cuando nos sirvan los platos dentro de cinco minutos, yo no pienso venir a buscarte”.

Amén.


(Escrito por ella desde el tren, en dirección a Lhasa, Tíbet, 03/10/07)

02 octubre, 2007

Historias de un crucero

Tres días de crucero por las aguas del río rojo. Abordaron el “Queen Elizabeth” a media tarde, recibidos por un pequeño comité de bienvenida, cócteles y canapés. Subieron a su camarote, pequeño pero confortable, con su cama doble, su mini bar, su baño privado y, lo mejor de todo, acceso a un diminuto balcón. Con su segundo cóctel todavía en la mano, salieron a respirar unas bocanadas de brisa fluvial. Asomados a la barandilla, contemplaron los primeros atisbos de belleza kárstica a orillas del río. Ella suspiró. Él le pasó la mano alrededor de la cintura, se sonrieron en silencio durante breves segundos. Un beso. “Ven conmigo, cariño”, dijo él, “vamos a explorar el resto del barco”.

La recepción, una tienda de suvenires, un mirador interior con sofás, una cafetería, un amplio restaurante, una sala de baile con escenario, un mini cine, un área de recreo infantil. Salieron a cubierta. Una amplia terraza a popa y tres a proa, una por cada nivel del barco. Todas dispuestas con reclinables tumbonas. Mientras él se quedaba atrás observando la sala de máquinas, ella se dirigió a la proa del barco. Apoyada en la barandilla, cerró los ojos durante unos momentos, para memorizar mejor las imágenes de un mundo mágico en vías de desaparición, las tres gargantas del río Yangtzé.

Con música orquestal, fueron llamados a cenar. Dos cenas, tres comidas y un surtido desayuno buffet estaban incluidos en el precio del crucero, así como una excursión en barca por tres mini gargantas, una visita guiada a la mansión del gran poeta Qu Yuan, un espectáculo de Ópera y un tour por la presa más grande del mundo.

Enseguida se alegraron de haber optado por el régimen de pensión completa. Les ofrecieron un banquete digno de la emperatriz Cixi, tanto por la exquisitez, como por la variedad y abundancia de los manjares. El capitán y su tripulación vinieron a saludar a los pasajeros, asegurándose de que todo estuviese a su gusto.

Tras la cena, fueron agradablemente sorprendidos por una pequeña demostración de danza folklórica, que no recordaban haber leído en la programación del crucero. Tras el espectáculo, se abrió el baile. La orquesta tocó valses hasta pasada la media noche, siendo luego sustituida por un DJ que les pinchó una selección de música algo más moderna. Los grandes éxitos de los años ochenta y algunos de los noventa. Ella estaba encantada. Bailaron y bebieron hasta altas horas de la madrugada.

Por fin se rindieron extenuados. Fueron a cubierta, la terraza estaba vacía. Se derrumbaron en una de las tumbonas y, durante unos minutos, se quedaron ensimismados contemplando la luna llena, de color ámbar, reflejada en las aguas límpidas del Yangtzé. Los primeros rayos del sol empezaban a rasgar el manto de la noche. Un nuevo amanecer. A lo lejos, mezclado con el monótono murmullo de los motores, se oía una canción de Céline Dion. Ella volteó su rostro hacia él, su oscura melena despeinada por el viento. Entreabrió sus carnosos labios, encendidos por la pasión, y dijo: “Put your hands on me, Juni!”.


El tour a las tres gargantas del río Yangtzé empezó a las seis y media de la mañana, cuando un “pick up” vino a recogerles a su hostal de Chengdu. No para llevarles al barco, sino a un autobús. Tan sólo seis horas más tarde, llegaron a Chongqing, una ciudad de 32 millones de habitantes (siete veces la población de la República de Irlanda, casi nada), donde les dijeron: “Hala, a paseo hasta las 4:30 y ni se os ocurra volver tarde”. En “chinglish”, claro.

A dicha hora, salieron disparados hacia el muelle, donde les esperaba otro autobús. Cuatro horas después, “ensandwichados” entre dos chinos en los asientos de última fila, llegaron a Ychang. La luna llena, de color ámbar, brillaba en el firmamento. Él, destrozando música y letra de una canción de La Unión, le cantó al oído: “La luna llena sobre Chochín, ha transformado el barco en autobús, auuuuuuú”…

Por fin embarcaron en el “Yun Yang”. Mil chinos y su abuela empujándoles por las escaleras. A tropezones se abrieron paso entre la multitud, cruzaron una cortina de humo tan densa que impedía la visibilidad de los carteles de prohibido fumar, llegaron a un pasillo y se refugiaron en el camarote 302.

Dos literas, una mesita con termo y dos tazas, un taburete, un desvencijado televisor, un minúsculo baño con el lavabo roto y la ducha por encima del inodoro. “Bueno, por lo menos estamos solos, con un poco de suerte igual no viene nadie”, dijo ella sin terminar de creérselo.
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Cinco minutos más tarde, un chino aporreaba la puerta. No tenía la llave de su camarote, el 302. Entró con su mujer y saludó a la pareja de blancos. Éstos sólo hablaban dos palabras de chino (hola y gracias) y aquéllos, dos de inglés (hola y lo siento) y cero de español. Las dos parejas se sentaron en la cama inferior de las literas, frente a frente, en un incómodo radio de medio metro. Se miraron perplejos. Él le dijo a ella: “anda, saca el cuaderno y dibújales una conversación” (un método que había dado satisfactorios resultados a la hora de encargar comida en puestos callejeros). “Mejor ofréceles una chocolatina para romper el hielo”, contestó ella. Sonrisas.

Fueron a llenar el termo de agua caliente y se prepararon su sopita de fideos liofilizada para cenar. Enseguida se alegraron de haber aprovechado las cuatro horas libres en Chongqing para comprar algo de comida. No sólo les daba algo que hacer, sino que además les evitaba el tener que cenar en el restaurante de fumadores.

Ni la comida, ni la excursión en barca por las mini gargantas (150 yuanes), ni el acceso a la plataforma de observación (30 yuanes), ni el viaje de vuelta a Chengdu (130 yuanes de autobús, 60 yuanes p/p de hotel en Wuhan, y 322 yuanes de tren) estaban incluidos en el precio del crucero (770 yuanes). Sí lo estaban las entradas a la mansión del, para ellos, desconocido poeta Qu Yuan, la opereta que por poco les dejó sordos, y la visita a la presa más aburrida del mundo.

A las seis de la mañana, mediante gritos acompañados de aporreamiento a su puerta, se les informaba que el barco estaba a punto de penetrar la primera garganta. Tras hacer cola para el baño y llevarse a la boca una magra barrita de cereales, salieron a cubierta. Como se habían negado a pagar por el uso de la plataforma de observación, se dirigieron a la proa del barco, donde tropecientos chinos se peleaban por conseguir sus cincuenta centímetros cúbicos de espacio en una terraza de diez metros de largo por uno y medio de ancho. Ella se puso de puntillas, pero aún así no alcanzaba a ver más allá de la gran muralla humana. Él, cortésmente, le acercó una silla de plástico y le dijo: “anda, enano, súbete aquí”. Durante veinte minutos, la guía turística les taladró el oído con su megáfono. Increíble la cantidad de información que pudo llegar a dar sobre la topografía e historia de la garganta. Toda ella en chino.


Se fueron en busca de un rincón menos concurrido, lo encontraron en uno de los pasillos laterales del barco. Acababan de apoyarse en la barandilla, cuando una repentina cascada de fideos en su jugo (presuntamente gástrico) cayó del piso superior, salpicando a un metro de distancia. “Bien”, dijo ella, “mejor no nos asomemos demasiado”.

El barco surcaba lentamente las aguas pardas del Yangtzé, dispersando un islote de basura. Un bulto, de aspecto indefinido, flotaba en dirección a ellos. Él, con los ojos aún entornados para atisbar mejor el cuerpo misterioso, volteó su rostro hacia ella y, con voz animada por la excitación de su descubrimiento, dijo: “Mira, Pichu: ¡Un perro muerto!”


Nota 1: Dos de las fotos del texto han sido tomadas de internet, las otras dos son originales nuestras. Una de las historias es verídica, la otra un cuento chino. Quedaos con la que más os guste.

Nota 2: Por cierto, la historia de nuestro crucero no termina ahí. Dado que el final de nuestra peliculita va de polis y cacos, le he dejado al Juni el gusto de contároslo.

(Escrito por ella desde Wuhan, provincia de Hubei, China, 01/10/07)

Un ejército pacífico

Ni Indiana Jones ni Lara Croft, sino unos simples campesinos. Fue allá por 1974, un año antes de la muerte del Gran Timonel, cuando éstos humildes chinos descubrieron un secreto oculto desde hacía dos milenios. No buscaban gloria ni fortuna, sino agua, y al excavar un pozo para extraer el liquido y escondido elemento, sacaron a la superficie lo que se puede calificar como el mayor descubrimiento arqueológico del siglo XX. Sepultados bajo tierra yacían pacíficamente millares de arqueros, infantes, jinetes y oficiales como muestra del poderío militar de su fallecido monarca. Pero no eran huesos blanquecinos ni armaduras oxidadas. Eran los Guerreros de Terracota del Emperador Quin Shihuang, el primer Emperador de China.

Declarado Patrimonio de la Humanidad, el complejo se encuentra a unos 35 Km a las afueras de la ciudad de Xi'an. La forma más sencilla de acceder a él es acercarse a la estación de tren (la misma en la que, en un vagón, yo perdí una cámara de fotos, snif, snif) y, en el aparcamiento que se encuentra en el lado Este, tomar el verde autobús 306 (no os dejéis confundir por el ''5-'' delante) que por sólo 7 yuanes os dejará a las puertas del recinto tras un recorrido de unos 40 minutos (y unos cinco minutos después de pasar por delante de una incongruente pirámide montada sobre una esfinge).


El precio de la entrada es de 90 yuanes (una barbaridad) en temporada alta o de 65 yuanes (un atraco) en temporada baja. Opcionalmente, por 20 yuanes (y un depósito reembolsable de 200 yuanes) os podéis llevar una audio guia, cosa que nosotros hicimos pero que nos acabó cansando al cabo de un par de puntos de información, así que no lo recomendamos. También, por un precio que desconozco, podéis contratar a un/a guía que os acompañará durante el recorrido y os irá explicando los pormenores de este inmóvil desfile.

La primera parada es el Foso No. 1 (parece lógico, ¿verdad?), el más grande (230 x 62 m), fotografiado (portada de la penúltima edición de la Lonely Pedante
) y conocido de los tres que allí se han excavado. Con varios muros interiores que los separan en líneas uniformes, esperan pacientemente en orden de batalla 6000 estatuas de soldados y caballos. Las armas que portaban originalmente han sido retiradas y no se muestran al público pero estaban casi en perfecto estado de conservación. No así las piezas construidas en madera, como los carros que, tirados por un total de 36 caballos, transportaban a otros soldados de terracota. Siguiendo su ciclo natural, hace tiempo que esta materia se desintegró.


Todo el conjunto, de forma rectangular, es fácilmente accesible por los pasillos que lo bordean en toda su extensión. Hay que tener una buena dosis de paciencia para conseguir contemplar con detalle las figuras desde los mejores ángulos, pues la popularización de las cámaras digitales hace de cada comprador un futuro competidor al que no es educado recibir a codazos. La afluencia de público, como a la Gran Muralla o a la Ciudad Prohibida, es masiva: mas de 40.000.000 de visitantes (de los que un 10% hemos sido los extranjeros) desde que se abrieron las instalaciones.

Los Fosos 2 y 3 contienen un número bastante más reducido de piezas y el 2 en concreto está aún en proceso de excavación. De hecho, los arqueólogos sospechan que lo actualmente descubierto es solo una mínima parte de lo que aguarda enterrado en esta zona, a menos de 2 km del mausoleo del Emperador que no siguió la costumbre de enterrar vivos a esclavos y soldados en su tumba, pero sí lo hizo con los artesanos que la construyeron.

En todos los fosos y recintos interiores hay avisos para que no se use flas
h, ni trípode, ni se fume. Y en todos te encuentras con alguien fumando. O una pareja de turistas alemanes con un ostentoso trípode. O más destellos que en la alfombra roja de los Oscar. Pero las autoridades no vigilan el cumplimiento de sus propias prohibiciones, pese a la numerosa presencia de guardias de seguridad.


Nota: Si es espectacular el conjunto monumental, no lo es menos lo que durante mi visita era aún el embrión de una ciudad comercial. Durante el paseo de diez minutos hasta el aparcamiento, se camina por calles flanqueadas de edificios
de una sola planta, con bajos comerciales de los que el 99% aún no ha sido ocupado. Probablemente de aquí a Agosto del 2008 la situación será la opuesta, pues se espera que de la masiva afluencia de turistas, deportistas, diplomáticos y periodistas con destino a Beijing y las Olimpiadas, muchos de ellos acabarán desviándose para visitar Xi`an. Y los gritones vendedores de souvenirs les estarán esperando.


Para nuestro alojamiento en Xi'an, hicimos una reserva en Bob's Guesthouse, donde por 100 CNY al día, tuvimos una habitación doble con televisión (que no encendimos), baño (que sí que usamos) y un aire acondicionado que no hace falta en Septiembre. Si viajáis con portátil, hay WiFi y, en la sala de lectura, disponen de dos ordenadores con conexión a Internet. Ofrecen una recogida gratuita en la estación de tren, pero como sólo está a unos 500 metros, en lugar de coche, recorreréis esa distancia andando, acompañados de uno de los empleados. Tienen llamadas internacionales vía PC, aunque la calidad no es muy buena, a 1 RMB el minuto. Hay una sala con películas en DVD, intercambio de libros y un tranquilo patio. También servicio de lavandería. He de decir que el chico de recepción es muy majo, contestando a nuestras preguntas y llegando a salir a acompañarnos a un restaurante que está a unos metros para que pudiéramos pedir la cena (os lo he dicho, aquí no se habla inglés y son pocos los sitios con menú en ese idioma, McDonalds aparte).


(escrito por él desde Xi'an, el 19 de Septiembre de 2007 y corregido, también, en el tren a Lhasa el 4 de Octubre de 2007)

Del país de los Emperadores al de los Khanes

Algo que en Europa parece tan sencillo desde que la UE y el acuerdo Schengen suprimieron las fronteras interiores, es bastante más complicado cuando se trata de pasar de un país asiático a otro. Para poder visitar determinados países es necesario presentar una solicitud por adelantado en la que detallaremos nuestros principales datos vitales (he encontrado formularios que solicitan sin rubor la raza y el credo del interesado), en algún caso hemos de especificar la fecha exacta y lugar de entrada, entregaremos nuestro pasaporte, pagaremos una tasa relativamente alta (dado el coste de la vida en el país al que pretendemos dirigirnos) y esperaremos entre tres y cinco días laborables por la correspondiente autorización gubernamental. El preciado documento, con fecha de caducidad, se llama visado o visa y estará grapado o pegado a una de las hojas de nuestro pasaporte.

Para mi viaje a Mongolia me acerqué hasta su embajada en Beijing. Se encuentra al lado de la de Cuba y detrás de la de EEUU, en un laberíntico y vallado complejo de alta seguridad que alberga a esas y otras legaciones extranjeras, así como las viviendas de diplomáticos, funcionarios y periodistas foráneos. Por si no lo sabíais, era costumbre en los países comunistas que los occidentales solo pudieran residir o dentro de sus respectivas embajadas o en bloques de edificios habilitados por el Gobierno solamente para ellos, con un riguroso control de entradas y salidas (y los omnipresentes micrófonos ocultos) evitando de esta manera su contacto con la población civil (y viceversa). Hasta hace unos pocos años, esa era la moneda corriente en la capital china y son muchos los que aun viven en pisos de aquella época.

La sección de visas del país de Chinggis Khan sólo abre de 9 a 11 de la mañana, de lunes a viernes, así que como he llegado al mediodía, tendré que dejarlo para mañana. Por lo menos se soluciona lo de mi AMEX. Cuando llego a American Express (que tiene unas oficinas relativamente cerca del complejo diplomático) mi tarjeta de emergencia, con una caducidad de tres meses, me estaba esperando (llegó por servicio de mensajería desde Hong Kong).

Al día siguiente, vuelvo a pasar delante de los mismos jovencísimos centinelas. El tema del visado es sencillo y sin complicaciones. Rellenas un formulario (con instrucciones en inglés y chino), le pegas una fotografía y, junto con tu pasaporte, se lo entregas al funcionario en una ventanilla. El proceso normal dura 5 días y cuesta 270 RMB (más 10 RMB que se lleva de comisión por no hacer nada la sucursal del Banco de China). En la ventanilla de al lado te darán el resguardo y las instrucciones para llegar a la sucursal (no os creeríais que iba a estar puerta con puerta con la Embajada, ¿verdad?). En caso de que sea urgente, se puede tramitar el visado en un solo día pero el precio se multiplica por dos. Así que ahora solo me quedaba esperar hasta el día 28 por la mañana para recuperar mi precioso pasaporte con un nuevo visado.

La siguiente tarea para viajar a Mongolia era conseguir información y/o billete para el Trans-Mongolia, que hace el recorrido Beijing (China) – Ulaan Baatar (Mongolia) en 33 horas, atravesando el Desierto del Gobi. La lógica me llevó a la caótica y abarrotada estación de tren de Beijing. En medio de un calor propio del averno, la gente hacía cola delante de las ventanillas para comprar sus billetes. Mucha gente estaba tumbada durmiendo en los soportales, aunque la sombra protegía mas bien poco del calor. Había leído en la Lonely Pedante que se podía disfrutar de una zona exclusiva de venta de billetes para extranjeros, con unos cómodos sillones. Una vez mas, se equivocaba.

En el extremo derecho de la estación, en la planta baja, hay una ventanilla que tiene un cartel ''Billetes para extranjeros'' pero que eso no os engañe. Cuando intenté pronunciar ''Ulaan Bataar'' a la funcionaria de canino rostro, ella, con un gesto asqueado, me señaló hacia las alturas. No, no era cosa de que el camarada Mao bajara a interceder por mí sino que me despachaba hacia el primer piso. Busco un acceso desde el interior y no lo encuentro, así que salgo y veo a través de los cristales una escalera. Vuelvo a entrar y un mostrador situado perpendicularmente a unas taquillas es el único obstáculo a salvar. Como si supiera perfectamente a donde voy (pese a que no tengo ni idea) sonrío a las dos empleadas, paso por la puerta a sus espaldas y le interrumpo la comida (pollo del KFC) a un aburrido funcionario de ferrocarril.



En la primera planta hay una sala enorme y fresca, casi completamente despejada de mobiliario. Solo cuatro mesas, con cuatro sillas cada una, interrumpen la idea de una decoración inexistente. Unas 16 ventanillas (con azules cortinas bajadas en las que se lee VIP) se reparten simétricamente ambos lados de la estancia. Todos los letreros están en mandarín, pero veo que hasta la una no volverán a abrir, así que he de esperar, acompañado por media docena de chinos que parecen compradores-revendedores de billetes. Curioseando a traves de las persianas, veo que unos funcionarios trabajan en su ordenador, otros en pilas de papeles y no falta el que se ha desplomado sobre el teclado y duerme incomodamente.

Cuando llega la hora, la cara de susto de la funcionaria al acercarme a la ventanilla hubiera merecido una fotografía (''No, un extranjero a hacerme preguntas no, por la memoria del Gran Timonel, que se vaya a preguntarle a la de al lado, que es una bruja de mucho cuidado''). ''Ulaan Bataar'' y ''Beijing – Erehon/Erlian''. Ni mi mandarín va mas allá del ''ni hao'' (hola) y ''xie xie'' (gracias) ni su inglés supera lo que me dice repetidas veces, ''Hotel Intercontinental''. No consigo arrancarle mas información o detalles aparte de la impresión de que en los hoteles se venden billetes de tren.

Esto no se queda así, voy a esperar a que abran otra ventanilla para contrastar la desinformación. Un rato después hago cola y un chino me pregunta en inglés si me puede ayudar. Yo le digo que tengo el capricho de comprarme un billete para ir a Ulaan Bataar, en Mongolia. El me dice que allí no lo venden pero a través de una ventana me señala el blanco rascacielos del Hotel Intercontinental y me dice que allí puedo comprarlo. Moraleja: si queréis compraros un billete de tren en Beijing, no vayáis a la estación de ferrocarril porque allí no venden algo tan raro. Si es internacional, claro. Al cabo de un rato llego al Beijing International Hotel y en su primera planta encuentro las oficinas de CITS (China International Travel Services) donde me dicen que solo hay conexiones ferroviarias con la capital de Mongolia los lunes y martes a las 7.45 am. Y mi visado no estaría hasta las 9 am del martes. Algo no va a cuadrar.

Me siento en el vestíbulo, saco la LP y miro a ver si hay opciones de bus o tren local. A mi lado se sienta una señora china que hace algún tiempo que dejó atrás los treinta años. Me pregunta de donde soy, cuando llegué a Beijing, cuanto me voy a quedar en la ciudad, etc. Sin un cambio aparente en el tono de su voz, abre la boca, se la señala con el dedo índice de la mano derecha y me pregunta algo mas, ''Do you want a cock massage?''

No, no puedo deciros cuál es la tarifa habitual de una felación en Beijing porque decliné su oferta.

Como parece que no voy a poder hacerlo por la vía fácil, me preparo para iniciar el proceso de llegar a Ulaan Bataar por mi cuenta, usando una combinación de distintos medios locales. Después de investigar en Internet y en la estación de Dongzhimen (donde nadie habla o entiende nada de inglés pero se esfuerzan, sin gritarme, en ofrecerme su ayuda) averiguo que Muongshimen es la estación correcta (de entre la decena con que cuenta Beijing) para coger el autobús de largo recorrido a Erlian. Intento reservar allí billete para dos días después pero es inútil, no venden nada con antelación, así que tendré que madrugar y llegar temprano (para no arriesgarme a quedarme sin plaza) el mismo día en que inicio el viaje. Como de costumbre, en la taquilla no se habla otro idioma que no sea el chino, pero en el mostrador de información (su existencia y que sirva para algo es una novedad) una chica habla algo del idioma de Shakespeare y me ayuda a comprar el billete (y eso que una compañera de Stefi me había escrito en mandarín ''Erlian'' y ''billete de ida''). He llegado con varias horas de adelanto respecto a la salida del transporte pero finalmente tengo mi billete en el bolsillo. Con tiempo para derrochar, observo lo que sucede a mi alrededor, como viajero por tierras extranjeras que soy.


A mi las estaciones me parecen un microcosmos de un universo paralelo. Encuentras escenas de la vida que pertenecen al pasado o al surrealismo. Tengo una amiga a la que las estaciones de autobús le parecen tristes pero yo creo que es porque ella piensa en despedidas y lágrimas de tristeza mezcladas con el orbayo, no en reencuentros y cálidos abrazos. Aquí hay los habituales puestos de comida (de noodles a fruta) y bebida, así como una cesta con huevos duros de verdoso aspecto. Un militar, acompañado de su esposa e hijos, lleva en la mano una máquina de coser manual marca Singer que bien podía haber sido la que usaba mi madre cuando yo era pequeño. Tres hombres que ya no son jóvenes, cargan con pesados fardos sobre sus dobladas espaldas. A un niño inquieto le tranquilizan con el regalo de una fresca rodaja de sandía servida a modo de pincho moruno. Una joven no pierde de vista su maleta a lado de la cual ha depositado un ventilador que también forma parte de su equipaje. Los he visto transportados a mano, en bicicleta y en moto y siempre me ha parecido un paradigma del objeto funcional que, aislado de la vital electricidad, es tan inútil como una comba para un manco.

La pesada diarrea que me asaltó días atrás, y que ahora se viene conmigo a Mongolia junto con parte de mi equipaje, reclama mi atención y me acerco despacio al baño. En su interior, los compartimentos adecuados, una decena, están distribuidos en dos filas pegados a paredes opuestas, unos enfrente de los otros. Sin puertas. Algunos están ocupados y sus usuarios, frente a frente, están agachados, realizando aquello que les ha llevado allí. Creo que me voy a aguantar las ganas.


Busco mi autobús y me llevo una sorpresa. Nada de asientos reclinables, sino tres filas de literas dobles (la distribución seria litera, pasillo, litera, pasillo, litera). Es una novedad para mi. Me descalzo para entrar y me encuentro con que mi ''asiento'' es el último del todo, junto a la ventanilla del lado derecho. Mis 173 cm de estatura no me convirtieron en el tipo mas alto del barrio pero en esta cama no puedo estirarme por completo salvo que me ponga ligeramente en diagonal. Podría ser mucho peor. El autobús, medio vacío, sale con bastante puntualidad, a las cinco de la tarde, para detenerse al cabo de 500 metros en otro estacionamiento y quedarse allí hasta casi las seis. Por fin hemos emprendido la marcha y la carretera es bastante buena, con su asfalto y todo. A las diez de la noche se encienden las luces y se para en el patio trasero de un edificio bajo para cenar.

Hay dos establecimientos, probablemente del mismo dueño, a nuestra disposición para surtirnos de comida. Por un lado, fideos en sus recipientes de plástico (a los que solo hace falta echar agua caliente) y por otro un buffet para comidas ya cocinadas por el personal del restaurante, listas para ser servidas. A los veinte minutos, cumplido el rito de la cena, los ocupantes de mi autobús se unen a los que han llegado en otro vehículo y, todos juntos, pasean por la explanada (cubierta de botellas y bolsas de plástico que nadie recoge y se multiplican cada vez que llega un nuevo transporte de pasajeros) fumando obsesivamente y, lo que es casi peor, escupiendo ruidosa y profusamente. Casi se diría que lo hacen con coordinación, hombres y mujeres por igual. Se me revuelve el estomago.

También lo hacen mis intestinos, que llevan quejándose desde Beijing. El baño lo encuentro al fondo, es la ultima construcción en una línea en el que lo preceden corrales que albergan cerdos y ovejas que dormitan tranquilamente. El olor es espantoso y además no hay luz. No me quiero ni imaginar lo que podría pisar ahí dentro. Me alejo y busco un rincón solitario. Por unos minutos , vuelvo a un pueblo de Zamora (y a mis primeros años de correrías por este mundo), cuando allí no había retretes en las casas y la única opción para aliviarse era agacharse en el corral de las gallinas. La vida da muchas vueltas para acabar en el mismo sitio.

Después de que se cierre la veda de los escupitajos, retomamos la marcha pero las carreteras, a poco más de 300 km de la capital, ya no presentan tan buen estado. Obras de acondicionamiento vial y reparaciones provocan desvíos que nos llevan a caminos con baches. Me despierto varias veces por culpa de estos últimos y lo que veo por la ventanilla es un ojo que ilumina, pálido, campos y arboles en medio de ninguna parte. A las seis de la mañana, cuando hace una hora que ha amanecido, llegamos a Erlian, el pueblo fronterizo en el lado chino. Subo en furgoneta hasta la frontera, pero ésta no abre hasta las nueve así que me toca esperar. Saco de la mochila mi forro polar porque hace bastante frío. Llegan camiones y hacen cola. Llegan jeeps chinos cargados de mercancías y hacen cola.



Un guardia fronterizo (policía armada) chino que habla buen inglés me confirma que no esta permitido pasar la frontera a pie. Así que lo que procede es regatear con el conductor de algún vehículo, a sabiendas de que no hay forma de ganar y hacerlo después de pagar la tasa de 5 yuan por abandonar el país que el Gobierno Chino se ha sacado de la manga para conseguir un dinero extra. El precio oficial son 80 CNY por cruzar algo mas de 4 km de tierra de nadie entre Erlian (China) y Zamin Uud (Mongolia). Le dedico 20 minutos a intentar que un chino me rebaje la tarifa a 50 CNY pero él no cede y sabe perfectamente que tendré que aceptar su cifra, pues ningún conductor quiere romper el precio de mercado. Al final me subo en la parte de atrás de un todoterreno y soy uno de los dos pasajeros. El otro, sentado delante, se llama Edouard y me cambia de motu propio el sitio. Presumo que es mongol pero me equivoco, su país esta aún más al norte. Hablo con él en una mezcla de rudimentario inglés por su parte y ruso por el mio (tantos años de lectura de novelas de espías no fueron en vano, gracias Le Carre, Clancy, Wallace, Forsyth por proveerme de un limitado vocabulario bolchevique).

Las formalidades en el lado chino son bastante rápidas, aunque el funcionario de aduanas y sus compañeras de la policía armada me miran con curiosidad (yo creía que se verían mas extranjeros por aquí, pero me equivocaba y aquel día no vi a un solo occidental realizando los mismos trámites). Un funcionario me pregunta si mi nombre completo es José Ramón Pérez Fernández, tal y como pone en el pasaporte que le he entregado. Yo no hago ninguna broma y se lo confirmo educadamente. Un nuevo sello en una vieja página y solucionado. Edouard me ha estado esperando y juntos volvemos a subir al jeep en el que han aparecido por arte de magia dos nuevos pasajeros, chinos, y nos dirigimos al puesto fronterizo de Mongolia.

Una nueva cola, una nueva espera, un nuevo funcionario que necesita la presencia de una colega más experimentada para entenderse con esa máquina infernal que es el negro ordenador en el que ha de comprobar mi pasaporte. Solucionados los rígidos golpes contra el teclado, en mi visado de Mongolia ya me han puesto el sello, garantizando mi entrada legal en el país. Ahora toca esperar que se repita el mismo procedimiento con la mercancía de nuestro transportista y su sudorosa persona. Nos sentamos a la sombra, porque el sol no distingue de nacionalidades a la hora de castigar con sus rayos. Llegan vehículos (civiles y de procedencia ex-militar rusa) cargados de tal manera que las ruedas traseras van casi planas. Todos han de pasar una inspección, meramente visual en unos casos, algo mas profunda en otros. La gente fuma y no duda en tirar envoltorios y basuras al suelo. Es la tónica habitual de quien no ha sido educado de otra manera.

Por fin sale nuestro conductor, mete primera, segunda...y antes de que el vehículo salga por la puerta, nos paran en una caseta que debe ser el último punto de control. Mi chino no ha mejorado mucho desde que llegue a Erlian pero las caras del funcionario y del conductor eran reveladoras, alguien ha olvidado un papel o alguien necesita un sello adicional en el papel que está presentando. Una vez más, a esperar. Hace mas de tres horas que iniciamos todos los tramites en China, tenemos Zamin Uud a la vista y otra vez toca refugiarse del implacable que se ríe de nosotros desde las alturas. Al final, nos habrá llevado la friolera (es una irónica forma de hablar) de cuatro horas el cruzar la frontera y no llegaré a Ulaan Bataar hasta la mañana del día siguiente.

Nota: En Zamin Uud acompañaré a Edouard a dejar las maletas en una consigna de un hotel, a encargarse de que facturen correctamente la mercancía que traía
consigo (con la que compartíamos espacio en el Jeep) y después nos vamos a comprar mi billete de tren (sale por 18900 tugrish, unos 12 Eur) a Ulaan Bataar, la capital de Mongolia. El tren no saldrá hasta las seis menos diez de la tarde así que tenemos tiempo de sobra para ir a comer. Como dice el refran, ''De bien nacidos...'' así que le invito para agradecerle su ayuda y compañia. Elige el restaurante y entramos. Acabo probando la versión local del húngaro ghoulash y una cerveza también local porque ''Entradas'', ''Platos principales'' y ''Postres'' son las únicas palabras que aparecen en ingles en el menu...

Después, un paseo por la ciudad fronteriza donde la gente soporta estoicamente el calor y es capaz de pasar un rato jugando al billar en la plaza, al aire libre.




(Escrito por él, en su inseparable block de notas, en el interior de un ger en Gana's Guesthouse, Ulaan Bataar, Mongolia, el 31 de agosto de 2007)