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17 marzo, 2007

Camboya, hoy

Mi último texto reflejaba una visión de la trágica Camboya de un sangriento pasado reciente. En la Camboya de hoy en día hay ilusión por el futuro y por competir con Tailandia en la recepción de turistas con abundantes dólares, aunque sigue presente la corrupción, que no es de extrañar dado los bajos sueldos de policías, militares y funcionarios. Sin ir más lejos, en frente de nuestro hostal ha hecho aparición repetidas veces la grúa para multar y llevarse los coches aparcados con la excusa de la menor infracción imaginable. Se acerca una época festiva en la que es tradicional hacer regalos y los policías necesitan más dinero, por eso el número de sanciones aumenta.

Como hace más de medio siglo en Europa, son los camiones los encargados de repartir hielo entre los comercios y los puestos ambulantes. Detrás de la cabina, tapadas con una lona, barras de dos metros esperan apiñadas a la siguiente parada en la que los expertos golpes de un operario seccionaran varios trozos que servirán para enfriar latas y botellas de bebida o para preparar batidos y cafés con hielo.

Los conductores de vehículos de dos y tres ruedas y sus pasajeros, mayoritariamente, llevan pequeñas máscaras de tela para proteger su boca y nariz frente al polvo y la masiva contaminación atmosférica. El calor es espantoso y el sudor mana por todos los poros de mi piel, incluso cuando parece que a mi cuerpo no le queda líquido. He llegado a beberme una botella de litro y medio de agua en un par de horas paseando y, después, mi vejiga ha tardado otro par de horas en reclamar mi atención.

Los semáforos tienen una pantalla adicional en la que, por medio de una cuenta atrás, se informa a los conductores del tiempo restante hasta que cambie de estado (de rojo a verde o viceversa), un detalle muy útil para evitar muchos frenazos y colisiones. En el lado negativo, en todo Phnom Penh sólo me he encontrado con media docena de cruces en los que hubiera semáforos. Donde no los hay, imperan una serie de normas no escritas que sustituyen a cualquier Código de la Circulación…exactamente igual que ocurre donde hay semáforos.

Constato que los intermitentes apenas se usan y que, aún más peligroso, la mayor parte de los ciclomotores carecen de espejos retrovisores. La presencia de otros vehículos se advierte con apenas anterioridad merced a una serie prolongada de pitidos que antecede (o es simultánea) a las maniobras de adelantamiento, incorporación a un carril o abandono del mismo. No hay líneas en la carretera, ni continuas ni discontinuas, así que técnicamente no se invade el carril contrario.

Ver el fluir del tráfico mientras se pasea tranquilamente por la calle, sorprende. Hacerlo desde la parte de atrás de un tuk tuk, da miedo. Estar sentado junto con Isa y el taxista-conductor en un ciclomotor es una experiencia no recomendable para los débiles de corazón ni para las personas sensatas. Cientos de motocicletas invaden la calzada y los vehículos se incorporan a un carril tras varios metros circulando por el opuesto. Pitando y avanzando despacio se puede cruzar cualquier avenida por ancha que sea ésta y denso el tráfico. Con un sexto sentido adquirido tras años en las calles, nuestro ciclomotor se mueve ágilmente por huecos entre los vehículos que yo ni siquiera veo. La distancia que nos separa lateralmente de otras motos disminuye cuando nos acercamos a una intersección, pero la velocidad no lo hace tan rápidamente. Más de una vez creo que embestiremos o seremos embestidos, pero conseguimos volver a nuestro hostal sin un solo rasguño.

Si ser conducido en un vehículo de dos ruedas es sencillamente temerario, intentar cruzar la calle es una verdadera odisea y el procedimiento es esencialmente contrario a lo que haríamos en Europa, donde correríamos rápidamente para estar el menos tiempo posible a merced de los coches que pasan por la carretera. En Camboya hay que tener nervios de acero porque la manera correcta, y más segura, de cruzar la calle es hacerlo despacio. De esta manera las motos pueden alterar su recorrido y esquivarte mientras, con los ojos bien abiertos, vas calculando cuando quedarte quieto y cuando dar un paso firme, pero no demasiado rápido, mientras te rebasan los vehículos por uno y otro lado. El objetivo, hasta ahora cumplido, no es llegar al otro lado, sino conseguir hacerlo indemne.

Podría ser una analogía de lo que ocurre con este país, intentando llegar a una acera en la que hay paz y prosperidad mientras esquiva residuos del pasado y de un cambio de sistema que no ha resultado favorable para todos.

A las afueras de Phnom Penh hay un gran vertedero de basura en el que los camiones de la ciudad dejan su carga de residuos y detritus, el subproducto de toda ciudad que se precie. Restos orgánicos, papeles, plásticos y cualquier objeto imaginable (y muchos en los que ni se nos ocurre pensar) son transportados hasta ese lugar. Pero no se acaba ahí su vida útil y nosotros, con nuestras máscaras y krama camboyano sobre la boca para protegernos del fuerte olor, fuimos a verlo.

Personas agrupadas en equipos de una docena o más se distribuyen alrededor de cada montón de basura buscando, hurgando, revolviendo, extrayendo con paciencia los pequeños tesoros (plásticos, vidrios, etc.) que yacen como joyas en un mar de inmundicias. El nauseabundo hedor se agarrará a nuestra ropa mientras paseamos, tímida y silenciosamente, entre esa gente y su mísero quehacer. Niños y adultos por igual, procedentes de todas partes de Camboya, atraídos por el neón de la ciudad, vinieron buscando una vida mejor y encontraron más miseria que en el abandonado campo.

Como una metáfora de la vida, incluso en algo malo, sucio o feo se encuentra algo bonito o práctico. Entre lo que unos desechan, otros encuentran el sustento, Y, ojalá, este país encuentre el camino fuera de su particular montaña.

Nota: Para realizar varias visitas en Phnom Penh y alrededores, nosotros contratamos los servicios de un joven conductor de Tuk Tuk (Mi Vasna, móvil 092 68323720) que nos transportaba a cada uno de los sitios acordados y esperaba tranquilamente a que termináramos. El primer día estuvimos en el Russian Market (donde se encuentra ropa de todas las primeras marcas imaginables pero “Made in Cambodia” así como antigüedades, películas, software y souvenirs), el Palacio Real, y la prisión S-21. El segundo día nos llevó primero al vertedero de basura y después a uno de los Campos de la Muerte. La tarifa negociada fue de 8 USD el primer día y 12 USD el segundo.

(Escrito por él en Hoi An, Vietnam, el jueves 15 de marzo de 2007)

11 marzo, 2007

Los campos de la muerte

(Aviso: este texto puede herir la sensibilidad del lector)

Decía irónicamente Einstein que le atraía más la estupidez que la inteligencia humana, pues mientras la última es limitada, la primera no conoce límites. Parafraseando al genial científico, podemos decir tristemente que la capacidad del ser humano para la bondad es enorme pero su capacidad para la maldad es ilimitada. Si alguien duda de esta aseveración, que repase la Historia más reciente. No tenemos que remontarnos a la Edad Media para nombrar unos pocos ejemplos: la Revolución Francesa devorando a sus hijos, los paranoicos jerarcas de la URSS asesinando a supuestos conspiradores por decenas de miles, los Nazis “limpiando” Europa de judíos, los japoneses esclavizando a coreanos y otros asiáticos, China enfrentada a una Revolución Cultural que desplazó y condenó a muerte a millones de sus ciudadanos, Yugoslavia desintegrándose en un mar de sangre, africanos masacrando a machetazos a otras etnias, por citar solo algunos. Pero al lado de Hitler y Stalin, en el despreciable ranking de los que han renegado de su Humanidad para cometer crímenes contra la misma, figura en un lugar destacado el sanguinario camboyano Pol Pot.

Tras el derrocamiento y exilio del rey Sihanouk, en 1970 llegó a Camboya la dictadura de Lon Nol que no sólo no eliminó los problemas de corrupción del régimen anterior sino que ésta floreció con más fuerza que antes. El principal enemigo del nuevo gobierno militar (respaldado por EEUU como parte de su política de negarle al Viet Cong y al Ejercito de Vietnam del Norte la impunidad de que gozaba en Camboya) fue un oscuro movimiento comunista bautizado en francés como “Khmer Rouge” (los Khmer Rojos) de los que se sabía bien poco pero de los que se hablaría mucho. En la posterior y lenta cuasi guerra civil que siguió al golpe de Estado, el apoyo de Vietnam y China logró superar en efectividad al masivo pero desencaminado esfuerzo de los EEUU para inclinar la balanza hacia el otro bando. Disciplina, fanatismo y mano de hierro se enfrentaron a la falta de organización, desmotivación y corrupción a alto nivel y lograron ganar la partida.

En 1975 las tropas comunistas tomaban Phnom Penh, la capital, y poco después toda Camboya estaba bajo el control de los Khmer Rouge. Durante los cuatro años siguientes, este país se convirtió en un infierno.

Los comunistas concibieron una agenda en la que la mejor solución para resolver los problemas endémicos de Camboya era convertir 1975 en el Año Cero y llevar al país a la Edad de Piedra. Había que erradicar industrias y comercios. Quemar los mercados. Destruir bibliotecas y universidades. Abolir la moneda, los salarios y los bancos. Asesinar a maestros, políticos, obreros, intelectuales, sindicalistas, religiosos. Evacuar las ciudades y arrastrar en condiciones miserables a millones de personas al campo para convertir Camboya en una utopía agrícola, aunque eso supusiera la muerte directa (tortura seguida de ejecución) o indirecta (por inanición) de uno de cada dos camboyanos. No era ya una guerra civil, no eran ejecuciones de guerrilleros, no eran prisioneros comunes sometidos a la pena máxima. Eran civiles, campesinos y habitantes de las ahora desoladas ciudades, los que fueron exterminados sin sentido. Desaparecieron las medicinas, se ejecutaron a los médicos, se abolió la propiedad privada y todas las libertades. El menor de los delitos era castigado con la muerte. La falta de alimentos llenó las cunetas de cadáveres. Machetazos, cuchilladas y bastonazos hicieron otro tanto en los campos. La falta de planificación, el reino de la improvisación, la crueldad gratuita y la ausencia de escrúpulos imperaban en las órdenes dictadas por “Angkar” (“la organización”) y el autodenominado “Hermano Número 1”, Pol Pot. Lo que Marx y Lenin habían escrito en fría tinta, Pol Pot lo interpretaba, bajo la perspectiva de sus aliados chinos, y lo traducía en la sangre de millones de camboyanos.

Irónicamente fue la invasión de otro país comunista, el reunificado Vietnam preocupado por la influencia china en su frontera suroccidental y por los ataques a pequeña escala que sufría por parte de los camboyanos, lo único que pudo poner freno a esta masacre en 1979.

No hay familia camboyana que no haya sido afectada por la barbarie. En el caso de Thai, nuestro guía en Angkor, de su padre, su madre y siete hermanos sólo sobrevivieron su padre, un hermano y él mismo.

Otra cita famosa “Una muerte es una tragedia. Un millón de muertes, una estadística”. ¿Autor? El carnicero Stalin. Decir que murió la mitad de la población es no decir nada. Por un lado, es inimaginable todo el dolor de cada una de las victimas y las condiciones que desembocaron en sus muertes. Por otro lado, no son números, son el hermano de alguien, la hija de alguien, el tío de alguien, el compañero de trabajo de alguien, el vendedor de un puesto en el mercado…alguien por el que unos padres se sacrificaron para darle estudios, alguien que se cayó de una motocicleta a los doce años y desde entonces le quedó una cicatriz en la rodilla izquierda, alguien que tenía sueños y esperanzas y al que el destino le deparaba una mortal pesadilla. Son personas, eran personas, como tú que lees este texto, como yo que lo estoy escribiendo.

Con el fin de recordar a las victimas y tener información de primera mano de las salvajadas cometidas por los comunistas, hay dos visitas obligadas para todo aquel que llega a Phnom Penh. Una es el conjunto de edificios conocido como S-21 y la otra es Choeung Ek, a las afueras de la capital.

En las instalaciones de lo que había sido un instituto, se creó en Mayo de 1976 S-21 o Tuol Sleng, la principal institución de seguridad del régimen Khmer con la función primordial de interrogar y torturar a los elementos anti-gobierno. Los guardias, especialmente seleccionados y entrenados para ser crueles, eran varones y hembras de entre 10 y 15 años. Los prisioneros, aunque hubo extranjeros e incluso europeos, eran mayoritariamente camboyanos: obreros, granjeros, religiosos, ingenieros, técnicos, intelectuales, profesores, estudiantes e incluso ministros y diplomáticos. Con frecuencia, también sufrían encarcelamiento las familias de los prisioneros, incluyendo recién nacidos, que eran allí llevados en masa para ser exterminados.

Existían edificios con celdas para el alojamiento individual o masivo de los presos y edificios cuyas habitaciones contenían herramientas para las sesiones de tortura. No había servicios médicos. Los prisioneros se mantenían en condiciones infrahumanas, con una alimentación mínima, con un acceso a veces quincenal a una breve ducha, usando cubos de plástico o metal en sus celdas para orinar y defecar. Si al dormir se cambiaban de postura sin pedir permiso, eran apaleados. Si lloraban o gritaban durante una sesión de tortura, eran apaleados. Si desobedecían algún punto de las normas, eran azotados o recibían descargas eléctricas.

Para interrogarlos, se les sometía a palizas, se les arrancaban los pezones, se les aplicaban descargas eléctricas, les ataban y colgaban boca abajo hasta que perdían el conocimiento y entonces les metían la cabeza en tinajas cuyo contenido procedía de las alcantarillas o se les ataba e introducía en una caja que llenaban de escorpiones.

Para ejecutarles en las instalaciones, se les cortaba el cuello, degollaba, se les golpeaba con una pala en la cabeza, se les estrangulaba o se les daba una paliza mortal. A los bebes, se les arrancaba de los brazos de sus madres y un guardia les cogía por los tobillos y les estrellaba la cabeza contra la pared.

Se calcula que unos 11.000 adultos y 2.000 niños fueron asesinados entre 1975 y 1978. De 1979 no hay datos.

No todos los prisioneros murieron en Tuol Sleng. Algunos eran conducidos, junto con otros presos, a campos de la muerte como el de Choeung Ek, a las afueras de la capital, donde se han encontrado 129 fosas comunes.

A este campo de la muerte llegaban dos o tres veces al mes camiones, cada uno con 20 o 30 asustados prisioneros, con los ojos vendados y en silencio. Normalmente se les ejecutaba inmediatamente pero no se usaban balas sino cuchillos, barras de hierro y palas. Excepto para asesinar a los bebes, pues dado que los huesos de su cráneo son aún blandos, lo que hacían era golpearles la cabeza contra un árbol hasta matarlos.

La insensata rutina se repetía noche y día pero conforme el número de prisioneros aumentaba, hasta más de 300 al día, no se les podía asesinar según llegaban y se les encerraba temporalmente, sabedores de su destino, en las mismas instalaciones hasta que les llegaba su turno. Después de matarlos, se esparcían sustancias sobre los cuerpos, para eliminar el olor a putrefacción y para rematar a los que eran enterrados vivos.

Únicamente en este campo se han encontrado los restos de 8.985 cadáveres.

Sus restos descansan juntos en el mismo sitio en el que vivieron los últimos instantes de esa tragedia, en una “estupa” (monumento funerario). Las cuencas vacías de sus cráneos te miran agónicamente y sus bocas sin lengua formulan una pregunta muda…

¿Por qué?

Nota: no estoy seguro del título de la película en español, tal vez “Los Campos de la Muerte”, pero en inglés es “The Killing Fields” y el actor que ganó el Oscar con el papel de Dith Pran no solo es camboyano como su personaje sino que el mismo sufrió las miserias y la brutalidad de Pol Pot. Ha escrito el libro que estoy acabando ahora mismo, “Survival in the Killing Fields” y recomiendo encarecidamente su lectura (desconozco si existe edición española)

(Escrito con dolor por él en Dalat, Vietnam, el viernes 9 de marzo de 2007)

La gloria del pasado

Después de la capital tailandesa, abandonamos este país y el siguiente destino era Camboya. Acordamos volar desde Bangkok para evitar las tristemente renombradas (por sus pésimas condiciones) carreteras camboyanas y ganar un día. O no perderlo en un viaje que empezaba temprano por la mañana y hubiera acabado llegando a Siam Reap bien entrada la noche de haber ido en autobús. Pero como ya sabéis, “el hombre propone y Dios dispone” y una de nuestras mochilas decidió quedarse en Tailandia. Eso sí, una vez en el avión el viaje fue tan rápido que apenas nos dio tiempo a rellenar los formularios de inmigración y a cenar, sin ocasión ni de ojear la revista de la línea aérea (para los que volamos mucho y barato, una cena por cuenta de la aerolínea es una grata novedad).

Cambiamos 20 Eur en el aeropuerto, (lo justo para pagar el taxi y la primera noche de alojamiento) y nos llevamos unos 95.000 Riels (desde que las pesetas desaparecieron de España no había vuelto a encontrarme con una moneda que se contara por miles para pequeños gastos). Casi mejor hubiera sido cambiar dólares, pues todos los precios, desde comida a viajes y alojamiento están en esa moneda. Cada vez que pagamos, hay que decir que nos vuelvan a traer la factura pero en rieles (1 Eur = 1,25 USD = 5000 Riels). Los exportadores de nuestro continente materno tienen otra opinión respecto a la fortaleza del Euro, pero para viajar la moneda de la Unión es muy ventajosa. Y creo que los rieles los usaremos en Phnom Penh, aunque veo que a partir de este momento, geográficamente van a coexistir la moneda oficial (riel, dong, kiep).y el omnipresente dólar.

¿Quieres sentirte millonario? Yo lo hice la mañana del domingo cuando salimos de una oficina de cambio con un fajo de un millón de rieles en billetes de 10000. De película de mafiosos verme con eso en la mano. ¿Será suficiente para desayunar? Cada vez que entramos en un país, y ésta es la cuarta en poco más de un mes, hay que reajustarse mentalmente para calcular no sólo cuanto es la moneda local en euros sino si ese precio es bueno o una estafa. Al principio siempre pagas más porque careces de un precio de referencia pero está el constante recurso a preguntar en la recepción del hotel, hostal o guesthouse cuanto habría que pagar para llegar a la zona por la que quieras moverte o algo similar. Va a ser en el transporte donde los primeros viajes te saldrán más caros. Lo sabes y lo asumes, aunque intentes regatear pero como careces de ese precio de referencia, el primer día te piden trescientos, tú regateas y lo bajas a doscientos. Y el segundo día ya sabes que no debes pagar más de 100.

Nadie viene a Siam Reap para ver Siam Reap sino porque está al lado de Angkor. La ciudad vive, se alimenta y ha crecido exponencialmente con la fama internacional de Angkor. Y allí sólo hay dos cosas, y en abundancia, monumentos del fabuloso imperio Khmer en variados grados de conservación y restauración, y gente vendiendo, en puestos, a pie, en bicicleta. Te asaltan fuera de las ruinas, en el camino a ellas, donde aparcan los autobuses, los coches y los moto tuk tuk. Te gritan suavemente con acento meloso “Sel, painapel jus? Banana? Coconut jus? Watel? Big? Small?” y también levantan la mano para atraer tu atención, cuando no se te acercan directa e invasivamente.

Los peores son los niños.

Es muy difícil decirles que no cuando, por ejemplo, te ofrecen 10 postales por un dólar. Pero la misma oferta se repite 30 veces en un día y ni con el mejor esfuerzo de memoria encuentras 100 personas (y recuerdas un centenar de direcciones) a las que mandárselas. Es complicado decidir a quien comprar algo e infinitamente más difícil decidir a quien das limosna y a quien no. No puedes darle dinero, aunque al cambio sólo sean unos céntimos, a todo el mundo y tampoco puedes caminar con una venda en los ojos. Son lástima encarnada en piel canela y grandes ojos almendrados. Tienes que sonreír para decir “no, gracias” porque tampoco puedes rechazarles con prepotencia de bien alimentado, tecnológicamente superior, bien educado occidental. Y al acercarte a un templo pasas delante de un grupo de hombres que tocan una suave melodía camboyana. En una mesa delante de ellos se venden CDs y DVDs de ese grupo cuyos integrantes tienen una característica común: a todos les falta por lo menos una pierna. Para las minas antipersonal, todo el que las pise es un combatiente.

Ese es el triste telón de fondo para un Angkor por otro lado sencillamente espectacular. La cuna del poderoso Imperio Khmer (que abarcaba Camboya, gran parte de Tailandia, Vietnam y Laos), es a Asia lo que Macchu Picchu a Sudamérica, aunque esta última era cien veces más pequeña y fue la tumba de la civilización inca mientras que Angkor nos muestra a otra civilización en todo su esplendor. Recuerdo la emoción que sentí al ver amanecer teniendo a mis pies la ciudad inca, bajo la imponente presencia del Huayna Picchu y es algo parecido a las emociones que te asaltan conforme cruzas el puente sobre la laguna, subes la escalera, atraviesas un oscuro corredor… y ves ante ti el camino de piedra que da acceso a Angkor Wat.

No sólo es el conjunto más conocido sino que además, como parte de la cuna y representación simbólica de Camboya, está presente en la bandera nacional. Podemos disfrutar de la visión de detallados altorrelieves, bajorrelieves, representaciones de Shiva, Vishnu, Krishna, garudas, nagas, makaras, estatuas de buda…la arquitectura, las torres, los pasillos, los muros, todo es digno de admiración.

Pero no sólo Angkor Wat, también Bayon, la Terraza de los Elefantes, la del Rey Leproso, Ta Prohm, Preah Khan, Ta Keo…no olvidemos que estamos, al contrario que en el Escorial, La Basílica de San Pedro o Notre Dame, no ante un monumento o conjunto de monumentos, sino ante la perspectiva de visitar toda una ciudad de la que sólo se conservan los edificios religiosos. Las casas de sus habitantes, sus talleres y locales administrativos eran de madera y no han resistido el paso del tiempo. La piedra se reservaba para los templos y es lo que ha permanecido en pie de todas las obras que se llevaron a cabo entre los años 790 y 1307 de nuestra era.

No puede uno irse sin, con un madrugón de por medio para estar allí a las cinco de la mañana, observar el amanecer frente a Angkor Wat o el Bayon. Es simplemente mágico.

Eso sí, si vais en la estación seca id preparados para pasar calor. En Angkor hemos alcanzado la temperatura record (hasta ahora) de nuestro viaje y también la mayor diferencia entre la mínima y la máxima. A eso de las diez de la mañana el termómetro marcaba 25º y a las tres de la tarde llegamos a los 42º de temperatura: subió ¡¡¡diecisiete grados en cinco horas!!!

Nota: la mejor manera de visitar Angkor desde Siem Reap es contratar los servicios de un guía que con su tuk tuk motorizado te recoge en el hotel por la mañana y te lleva de templo en templo, esperándote mientras tú los visitas, y por la tarde vuelve a llevarte a tu alojamiento. Dependiendo de si es temporada alta o baja, el precio ronda los 12-14 USD por día a los que hay que añadir el coste de nuestro pase a Angkor, de 1 día (20 USD), tres (40 USD) o una semana (60 USD).

(Escrito por él en Siam Reap, Camboya, el 26 de febrero de 2007)

09 marzo, 2007

Adiós Camboya

Las ruinas de Angkor, en Siem Reap, son símbolo del orgullo nacional camboyano y uno de los sitos arqueológicos más visitados del sudeste asiático. Pero aún más admirable que sus templos es el espíritu del pueblo de Camboya. Alegres y bromistas, los camboyanos sonríen pese a su miseria y sufrimiento.
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Si en Kanchanaburi vimos las tumbas y otras huellas inertes de la guerra, en Camboya, ésta es un recuerdo vivo, una herida abierta. Cada adulto de nuestra generación, o mayor que nosotros, es un sobreviviente, alguien que ha vivido o presenciado el éxodo, los campos de trabajo, la cárcel, las torturas, las muertes de sus familiares.
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Los cuatro años del régimen de Pol Pot diezmó la población de Camboya por la mitad. En Tuol Sleng, la prisión de seguridad conocida como S-21, fueron encarceladas y exterminadas 20000 personas. Sólo siete hombres sobrevivieron, tres de los cuales todavía pueden contarlo hoy.
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Las cifras son abrumadoras, pero no dicen mucho. Son meras estadísticas. La verdadera tragedia es la del hombre torturado, la del niño que pierde a sus padres, la de la madre que llora la muerte de sus hijos, la de los presos que desearían no haber nacido.
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Desde mi primera visita a Camboya, en 2005, he leído varios libros testimoniales sobre los horrores perpetrados por los Khmers Rouges*. Autobiografías aterradoras, cuya realidad no debe de distar mucho de las vidas de los cientos de personas que me he cruzado por las calles de Phnom Penh o Siem Reap. Me moría de ganas por hablar con ellos, por preguntarles acerca de sus vidas, por escuchar sus historias. Pero no es fácil hablar de la guerra, hurgando en la herida de un pasado demasiado reciente.
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Nuestro conductor de tuk tuk, en Siem Reap, contó a José que había perdido la mayor parte de su familia a manos de los comunistas. Eran siete hermanos y sólo quedaron en vida el padre y un hermano. Durante nuestra visita a S-21, pregunté a la guía cuantos años tenía cuando los Khmers Rouges entraron en Phnom Penh, el 17 de Abril de 1975. Tenía 14 años. Salió de la capital ese mismo día, siguiendo el flujo de la gran masa de deportados, en dirección a la frontera con Vietnam. Dos días más tarde, murieron sus padres. Los Khmers exterminaban a los intelectuales y su madre había sido profesora de francés. Se le empañaron los ojos mientras nos contaba estas cosas, así que no le hice más preguntas.
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La oportunidad de conversar sobre este tema llegó cuando menos la estaba buscando. Acababa de encargar la cena en el hostal cuando se me presentó un hombre mayor, Alain. Un antiguo piloto, oficial del ejército aéreo francés, retirado y residente en Sihanoukville, Camboya. Empezamos a conversar y a los pocos minutos se nos unió su mujer, Yin, mitad tailandesa, mitad camboyana. Yin también había sido militar, siguiendo los pasos de su padre, oficial del ejército de Lon Nol.
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Yin me enseñó sus heridas de guerra, unos balazos en el hombro y en la nalga. En un idioma que los franceses calificarían de “petit nègre” (mezcla de camboyano, inglés, francés y alemán) me contó algunos pasajes de su vida.
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Ella se encontraba en Battambang, en el noroeste del país, cuando Pol Pot subió al poder. Los Khmers Rouges obligaban a la población de las ciudades a abandonar sus casas y marchar hacia el campo. Disfrazaban sus órdenes como medida de seguridad, para proteger a los civiles de la supuesta amenaza de bombardeos americanos. El verdadero motivo era la depuración social: abolir el modelo de vida urbano, reformar a los ciudadanos dentro de las comunidades rurales, purgar los elementos sociales no reformables, intelectuales, políticos y militares del antiguo régimen.
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Antes de empezar con las deportaciones, los comunistas pedían a la población que se identificasen usando uno de los tres registros disponibles: el de los campesinos, el de los intelectuales y el de los oficiales del ejército. Estos últimos se alistaban engañados por los Khmers Rouges, que prometían una reinserción de los militares dentro del nuevo régimen. En realidad, los militares eran llevados en camiones a las afueras de la ciudad, donde eran ejecutados.
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El padre de Yin sobrevivió milagrosamente. Los Khmers Rouges lo maniataron a la espalda, sin advertir que escondía un cuchillo en el pantalón. Consiguió cortar sus cuerdas, desnucar a un guardián, arrebatarle el arma y matar con ella al resto de sus captores. De esta manera escapó a su ejecución y hoy sigue vivo en las cercanías de Poipet, en la frontera con Tailandia.
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Yin se hizo pasar por campesina. De los diez a los catorce años, sirvió como prisionera en el campo, realizando trabajos forzados para los comunistas. Todos los días debía cavar 35 metros de zanja, de lo contrario sería ejecutada. Un hombre mayor se apiadó de ella y la ayudaba a terminar su zanja. Un Khmer Rouge, advirtiendo este acto de compasión, mató al viejo de un garrotazo en el cráneo, ante los ojos de la niña. También vio morir a su hermano del mismo modo.
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El trabajo en los campos era extremadamente duro. Hombres y mujeres, ancianos y niños, cultivaban el campo sin descanso ni ayuda de animales de tiro o utensilios adecuados. No recibían atención médica y las porciones de comida eran mínimas. Sólo se les servía arroz aguado, dos veces al día. Las raciones eran escasas porque la producción de arroz se destinaba al trueque, para la compra de armas chinas.
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El odio de Yin por los comunistas es inmenso y todavía palpable. Cuando los vietnamitas derrocaron al gobierno de Pol Pot y se instalaron en Camboya, ella luchó en la guerrilla contra los hombres del Viet Cong. No mostró ninguna compasión por los hombres que cayeron en sus manos. Yin los sometía a torturas inhumanas. Les despellejaba los brazos y vertía sal sobre sus heridas en carne viva. Los enterraba, dejando al aire tan solo sus cabezas, que rodeaba con leña. Apoyaba una olla sobre la cabeza del vietnamita y la usaba como combustible para el fuego, mientras cocinaba la cena.
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Éstas son las cosas que no logro entender. Por mucho que uno odie a su enemigo, ¿cómo es posible para un ser humano no sentir empatía por el terror, la agonía y la desesperación de otro ser humano?
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Le hice esta pregunta a Alain. Me contestó que todas las guerras eran iguales, que en todas se cometían torturas, que el odio deshumanizaba. Su mujer torturó presos y él hizo lo mismo, aunque con otros medios, durante la guerra de Argelia. Los franceses usaban la electrocución para hacer hablar a sus presos. También los llevaban de paseo en helicóptero, abriendo la puerta de la cabina a 600 metros de altura. Si el preso no hablaba, se le “enseñaba a volar”.
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Alain me explicó que la compasión es un sentimiento inoportuno durante la guerra, pues vuelve vulnerables a los soldados. Un soldado que siente compasión por su enemigo, es un soldado muerto.
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No quiero entenderlo.
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*Si os interesa leer testimonios sobre el régimen comunista camboyano, de 1975 a 1979, os recomiendo estos libros: “D´abord, ils ont tué mon père” (“Primero, mataron a mi padre”) de Loung Ung y “Survival in the killing fields” (“Supervivencia en los campos de la muerte”) de Haing Ngor (no respondo de la traducción de los títulos al español).
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(Escrito por ella desde Saigón, Vietnam, 08/03/07)

08 marzo, 2007

Phnom Penh

“Phnom” se traduce como colina y “Penh” es el apellido de la anciana que, según cuenta la leyenda, encontró cuatro estatuillas de Buda en las orillas del río Mekong. Los colocó en lo alto de una colina, emplazamiento actual del templo Wat Phnom.

Phnom Penh fue creciendo alrededor de este lugar sagrado y hoy cuenta con más de un millón de habitantes (una décima parte de la población camboyana). Muchos dejaron atrás la aridez del campo para instalarse en la ciudad, con la vana ilusión de encontrar un trabajo menos duro y mejor remunerado. Aquí, el sueldo medio de un obrero es de 120000 rieles al mes (1 € = 5000 R) y el de un profesional de cuello blanco puede alcanzar hasta 400000 ó 450000 rieles, en el mejor de los casos.

A las afueras de la capital, a unos 12 kilómetros, se encuentra otra colina. La de los vertederos de basura, conocida como “garbage mountain”. Los que no encuentran trabajo vienen aquí a ganarse un sustento, recogiendo desechos reciclables entre las inmundicias. Niños y adultos se hacinan sobre los montones de basura en busca de objetos de plástico y aluminio. Por cada kilo recogido, el municipio les pagará 500 rieles.

Hacen falta diez kilos para recuperar la inversión inicial, ya que cada montón de basura cuesta 5000 rieles. Unas diez personas, familiares o amigos, juntan su dinero para comprar la basura. El vertedero no es lo suficientemente grande para absorber a todos los desempleados de Phnom Penh, de ahí que sea necesario imponer un sistema de territorialidad que limite el número de recogedores de basura. A los menos afortunados, sólo les queda la mendicidad.

De nuevo en el tuk tuk, salimos en dirección a los “killing fields” o campos de la muerte. En menos de media hora, dejábamos atrás la realidad mísera y hedionda del vertedero, llevándonos el recuerdo de la niña de la camiseta de Supermán y de todos los niños que seguirían recogiendo basura durante el resto del día. Y de nuevo al día siguiente. Y al otro. ¿Cuántos encontrarán la salida?

(Escrito por ella desde Saigón, Vietnam, 08/03/07)

01 marzo, 2007

Hola desde Phnom Penh

Éste será un saludo rápido, porque ya son casi las once y a mi lado yace un hombre que pretende dormir.

Simplemente deciros que hemos llegado bien a Phnom Penh, que el viaje en ferri por el Tonle Sap fue de lo más agradable, que en esta ocasión mi mochila no me ha abandonado, y que he vuelto a recuperar el ánimo.

Nos quedaremos aquí unos cuatro días antes de irnos a Vietnam, con lo que espero sacar algo de tiempo para daros noticias atrasadas de Bangkok y Kanchanaburi.

La verdad, es imposible escribiros nuestras vivencias en tiempo real. Aunque nos encantaría, al día le faltan horas. Mañana y pasado tenemos una agenda apretada. Hemos contratado un tuk tuk para que nos lleve al mercado ruso (a ver si me compro algo de ropa, para no tener que ir lavando a mano todos los días), a la cárcel S-21 y al Palacio Real. Pasado mañana, visitaremos los famosos "killing fields" y el vertedero de basuras a las afueras de la capital (por fin voy a cumplir una de mis resoluciones, ¡ya era hora!).

José se ha dado la vuelta. Todavía no ronca (perdón, lo que quería decir es que todavía no "respira fuerte"), está chascando la lengua y creo que dentro de unos sesenta segundos empezará a quejarse. Mejor apago la luz.

(Escrito por ella desde Phnom Penh, Camboya, 28/02/07)