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20 abril, 2007

De Saigon a Sapa (VI): Halong, Sapa y...a Vientiane

Halong Bay

Cerca de Hanoi, hay una excursión de dos o tres días que merece la pena. La magnifica Bahía de Halong es, sin lugar a dudas, la maravilla natural de Vietnam. Imaginaos más de 3000 islas surgiendo de las aguas esmeraldas del Golfo de Tonkín, muchas con playas y grutas creadas por el viento y las mareas. Además, algunas cuentan con cuevas de mayor tamaño, iluminadas artificialmente para facilitar la visita de los turistas.



Nosotros hicimos la excursión de una noche y dos días (ya sabéis, en el primero la mañana se consume con el viaje y en el segundo se sale después de comer), que incluía la romántica novedad de pernoctar en un barco. Cuando llegamos al embarcadero vimos no una docena, sino cientos de embarcaciones de madera de mediano tamaño, con capacidad cada una para unos veinte pasajeros, que se iban llenando y saliendo en orden hacia la bahía. A nosotros nos llegó el turno después de comer, cuando ya nos preguntábamos si la excursión consistía en estar fondeados a escasos metros del puerto.

Desgraciadamente no pudimos apreciar la belleza de las formaciones rocosas en todo su esplendor puesto que una neblina limitaba la visibilidad a unos centenares de metros. Bajo la niebla, solo se ven gigantescas formas que hubieran sido espectaculares de haber contado con un día más despejado. Al anochecer, todos los barcos fondeamos juntos, a los pies de la Tiptop Mountain para minimizar el riesgo de ¡un ataque por parte de los piratas!. No es broma, ha ocurrido en el pasado y las consecuencias pueden ser simplemente perder todas las posesiones o, no es descartable pues ya ha pasado, hasta perder la vida. Mecidos suavemente por las olas, pronto nos quedamos dormidos sin que ningún émulo de Jack Sparrow perturbara nuestro sueño.


Al día siguiente teníamos prevista una excursión en kayak y el barco nos llevó a un embarcadero flotante que, junto a unas casas también flotantes, albergaba las piraguas dobles en las que remaríamos por nuestra cuenta durante 15 o 50 minutos. Nunca quedó claro y ni una pareja de australianos ni otra de irlandeses se pusieron de acuerdo si el guía había dicho “fifty” o “fifteen”, pero seis personas acabamos perdiéndonos y llegando casi dos horas después. Claro, es que todas las islas tienen un tamaño similar y para volver en vez de retomar el camino decides rodear la siguiente isla para llegar por detrás. Pero resulta que eso no es el final de la isla, sino una pequeña cala, así que sigues rodeando. Y ves el final de la isla. Que resulta ser una playita. Y sigues rodeando hasta que te das cuenta de que estás cansado y el tiempo pasa…y decides dar la vuelta y retomar el camino original.


Y para colmo, cuando estamos en el barco de camino de vuelta, sale una espesa nube de humo del motor y el barco detiene su marcha por una avería. Paciencia, conversaciones y juegos de cartas hasta que, sin más novedad, otro barco nos rescata y nos lleva a puerto de manera que podamos llegar a Hanoi a tiempo para tomar nuestro tren nocturno a Sapa.


Sapa

La otra cita ineludible desde Hanoi era visitar Sapa, tan al Norte del país que era casi fronteriza con China. De hecho el tren nocturno llega ocho horas después de salir de Hanoi (y dormir en la litera de arriba de un compartimento para seis personas no es tan claustrofóbico como se puede imaginar a priori) hasta Lao Cai, ciudad fronteriza, a las seis de la mañana y desde allí un minibús (es decir, una furgoneta con más o menor antigüedad) te lleva por un camino que tiene más curvas que Pamela Anderson durante una hora de espectaculares paisajes hasta Sapa (o Sa pa).


Esta norteña ciudad es visitada por los turistas por dos razones principales, el arroz y las tribus, El primero se cultiva por toda la zona, con la particularidad de que, dado lo montañosa que es, sus habitantes han acudido en busca de espacio a las faldas de las colinas, donde aplican el cultivo en terrazas. Vistas desde cualquier parte del valle en plena época de faena en el campo, la perspectiva es espectacular. Respecto a la segunda razón, la zona está plagada de pueblos en que las etnias continúan con sus vestidos tradicionales y de esa guisa se les puede ver en el mercado de Sapa, pudiéndoseles identificar, si uno les conoce un poco, por su vestimenta como Xapho, Zao o Dao, Tay o H´mong.



Nuestra experiencia con los paisajes no fue demasiado buena porque por un lado llegamos en un momento en que la ciega niebla por las mañanas y (peor aún para las fotografías) una persistente neblina por las tardes, nos impidieron disfrutar de las vistas. Además, no era momento de que el arroz estuviera en su esplendor con lo que los colores que vimos no eran los más adecuados para la genuina reputación de esta zona. Pero uno no puede tenerlo siempre todo a su favor y hay que disfrutar cada momento, con lluvia o con sol, y eso hicimos.



Respecto a las tribus, por nuestra cuenta hicimos un trekking que nos llevo desde Sapa hasta Ta Van (Zay) pasando por Lau Chai (H´mong) y desde allí alquilamos dos mototaxis para ir a Ban Ho (Tay) y disfrutar de su rio y sus aguas termales, para luego volvernos a Sapa. El camino era muy bonito (pese a que la calidad de la luz no acompañaba) pero resultaba molesto convertirse continuamente en acosado objeto por parte de los habitantes, que no cesaban de insistir en que les compráramos bolsos, pulseras, gorros o cualesquiera mercancías que ellos llevaran encima. Lo mismo ocurría en Sapa continuamente. Iba a decirle a Isa que dentro de unos años andarían todos en camiseta cuando me di cuenta de que no sería así, porque si ya no llevan el traje tradicional nos privan del exotismo de su vestimenta y pasan a ser simples vendedores como tantos otros en Vietnam.


Pese a ello, el mejor recuerdo que nos llevamos de Sapa es el del viejo Thin y sus partidas de ajedrez. Una noche en la que buscábamos algo abierto para cenar (porque a la intempestiva hora de las nueve ya estaba todo cerrado) vimos el cartel del restaurante “SaPa Xann” (¨Green Sapa” o “Sapa Verde”), una mujer barriendo en la puerta y en la terraza en lo alto, un viejecito de boina. Mediante mímica y con la discreción de nuestros gritos, le preguntamos si estaba abierto para comer algo y nos dijo que sí. Y así encontramos nuestro restaurante favorito para comidas y cenas mientras estuvimos en Sapa. Básicamente, es su casa. La cocina es la de casa, la terraza, con sus pájaros y plantas, es la de su casa y la comida es deliciosamente casera. La cocinera (increíblemente diestra, todos los platos fueron deliciosos) es, obviamente, la esposa de Thin y son ellos los que, sobre un amplio menú, te aconsejan por señas que plato has de pedir. Y nunca se equivocan porque siempre hemos salido satisfechos. Pero no acaba ahí la cosa porque mientras se preparan los manjares, Thin sacará su ajedrez y te desafiará, sonriente y modesto, a una larga partida de ajedrez que tú perderás. Para compensarlo, luego te puede hacer probar su licor casero o degustar, mediante largas cañas, el típico licor de arroz. Y si después de cenar quieres que te vuelva a machacar, la cerveza corre de su cuenta. Y además, la comida es siempre barata.


V.I.P (Vaya Increíble Patata)

V.I.P era nuestro autocar desde Hanoi (Vietnam) hasta Vientiane (Laos), un trayecto de 23 horas que decidimos hacer de la manera más cómoda posible, dentro de un presupuesto de 25 dólares por persona porque el avión costaba 125 $. Vincent, que había hecho el trayecto un par de días antes nos escribió un email avisándonos “El autobús que cuesta 16$ es local, está lleno de vietnamitas, los asientos no se reclinan y son incómodos, el trayecto ha sido un asco”. Ni cortos ni perezosos volvimos a la agencia y preguntamos sobre otra opción, con menos ambiente local, para el viaje y la chica nos dijo que la Embajada de Laos organizaba varias veces a la semana un autobús pero que el siguiente no saldría hasta el miércoles. Horror, nuestro visado caducaba ese mismo día y nos exponíamos a pagar una multa o solicitar, a precio de oro, ipso facto una extensión del visado. Ella dijo que llamaría a la Embajada de Laos dentro de un rato, porque ahora estaban comiendo, y preguntaría si había alguna solución.

Y vaya si la hubo. Aparentemente, el autobús V.I.P. de la Embajada saldría también el martes así que pagamos los 9$ de diferencia y nos aseguramos plaza en tan cómodo transporte. Al día siguiente, a las seis de la tarde, dos motos nos llevaban a nosotros y nuestras mochilas hasta otra agencia a la que llegaría el autobús. A las seis y media, la señora de la agencia nos decía que por unos problemas que no entendimos, la montaña no vendría a Mahoma así que Mahoma iría en taxi a la montaña.

Cuando llegamos a la estación de autobús yo fui a asegurarme y vigilar cómo se metían las mochilas en el portaequipajes mientras Isabel subía a apropiarse de dos asientos contiguos. Cuando fui yo el que entró en el autobús, me quedé sorprendido porque parecía local, estaba lleno de vietnamitas, los asientos no estaba seguro de que se pudieran reclinar ni de que no fueran incómodos y el trayecto se me antojaba un asco. Y no había nadie que hablara inglés ni forma de hacernos entender. Encima, comprobé que a nuestro lado había aparcado otro autobús que parecía realmente V.I.P. con un vistoso cartel “Hanoi – Vientiane”. Le pregunté al conductor y lo único que me decía es que salía “mañana, mañana”. Isabel y yo atamos cabos, no había transporte de la Embajada el martes y una de las dos agencias o un funcionario laosiano nos habían timado dieciocho dólares.


¿Qué podíamos hacer? Si nos bajábamos del autobús para volver a la Agencia, perdíamos el transporte y teníamos que pagar bastante más del doble de lo que habíamos pagado ya para la extensión de la visa, aparte del tiempo y las molestias. Ya teníamos nuestras mochilas guardadas, eran casi las siete y nos resignamos a un viaje cuanto menos pintoresco (aunque, afortunadamente, los asientos se reclinaban parcialmente, la cortinilla que colgaba a mi lado presentaba un extraño degradado de colores, desde el amarillo chillón hasta el negro roña que no se me antojaba fuera cosa del diseño). A las siete de la negra tarde abandonábamos Hanoi y a las diez de la noche realizábamos la primera parada por avería.


Creo que fueron en total, unas tres paradas por recalentamiento del motor después de otras dos paradas por avería mecánica. Eso incluye detenerse tranquilamente en medio del carril, a la salida de una curva, en un puerto de montaña en el que nos rodeaba la niebla. También, una parada en un taller, despertar al mecánico y que durante una hora media docena de varones, entre pasajeros y conductores, se dedicaran a observar como el hombre luchaba por encajar artesanalmente una pieza recién soldada. Además, los pasajeros nos quedamos sin agua porque fueron recogiendo todas las botellas para apagar la sed del ardiente motor. Encima, nos hemos ido de un país de más de 80 millones de habitantes a otro de solo 6 y del que el 80 por ciento de las carreteras están sin asfaltar. Las averías y los problemas no impidieron que fuéramos parando para recoger a más pasajeros que, al imaginario grito de “al fondo hay sitio” lograron que la capacidad máxima del vehículo pasara de 40 a 60 personas sin que nadie se ruborizara. Después de todo, si pones unos taburetes en el pasillo, ¿Por qué no iba alguien a usarlo durante 20 horas?. Además, siempre queda el recurso usado por uno de los conductores de tumbarse en una hamaca…colgada sobre el abarrotado pasillo. Eso si, doy fe de que no transportamos cerdos o gallinas. ¿Tal vez en el viaje de vuelta?



(Subido desde Chiang Mai, Tailandia. Recopilado por él en Luang Prabang, Laos, el 20 de abril de 2007 a partir de distintos textos escritos en Saigón, Kon Tum, Hoi An y Hue por él entre el 21 de marzo y el 5 de abril de 2007)

De Saigon a Sapa (V): Hanoi 2a. parte

De Museos

Después de que Jonatan y yo diéramos por zanjado el tema de la momia de Ho Chi Minh, nos pusimos nuestros cascos (creedme, los necesitáis, aunque sólo sea por sentiros más seguros, si conducís por Vietnam ), subimos a nuestra moto alquilada y atravesamos Hanoi hacia el Sur, en busca del Museo de Etnología. Obviamente, nos perdimos. Bueno, en realidad no fue asi sino que el mapa que teníamos y la dirección que aparecía en la Lonely Planet no coincidían. Como preguntando se va a Roma (y todo el mundo sabe que desde Roma es sencillísimo llegar al Museo de Etnología de Vietnam) me acerqué a un nativo y le expliqué la dirección que buscábamos. Nos comprendimos mutuamente (mi capacidad para la mímica ha mejorado enormemente durante el viaje) y se ofreció a acompañarnos en su moto hacia la intersección clave que habíamos pasado a la ida. El viaje fue agradable, tranquilo y lleno de peligros, siendo el primero su insistencia en ¡ponerse en paralelo nuestro para charlar!. Había visto ese comportamiento en otros motociclistas pero Jonatan y yo soltamos una carcajada después de que el tío nos hiciera una señal para que nos situáramos a su lado (pensamos que para darnos más instrucciones) y nos dice “¿De donde sois?”)



Una vez lo encuentras, el Museo cuenta en su patio con una muestra, a escala real, de viviendas de distintas etnias (Mong, Yao, Cham, Ede, Viet, Tay, Bhanar, Giarai y Hanhi) presentes a lo largo del territorio vietnamita. Si el visitante sólo puede centrarse en Hanoi, Hue, Nha Trang y Saigon, esto es lo más parecido a la realidad que podrá encontrar. En el interior, la primera planta y la mayor parte de la planta baja albergan vestidos y utensilios de uso diario de todas las etnias del país. Hay también dioramas con casas, talleres y escenas de los pueblos, junto con un mínimo porcentaje de despliegue audiovisual. En una exposición temporal, se presenta la dura vida del vietnamita medio entre los años 1975 y 1986, cuando no había negocios privados y la economía estaba por completo en manos del Estado que repartía frugalmente bienes y comidas conforme al rango y ocupación de los ciudadanos. Las cartillas de racionamiento, la escasez y el ingenio para sobrevivir son las tres cicatrices que quedan en la memoria individual y colectiva de aquellos duros tiempos. Los afortunados que iban a la URSS o Europa del Este enviados por el Partido a estudiar traían lo que se consideraban lujosas máquinas de coser o cazadoras. A los que se les enviaba a Cuba no traían nada. Lo curioso es que en toda la exposición no hay ni una sola palabra contra el sistema comunista que, aparte de la posguerra y el consiguiente embargo (en realidad llevado a cabo solo por EEUU y un puñado más de países porque la URSS y Europa del Este se dedicaron a enviar ayuda alegre y nada desinteresadamente), fue el principal motivo de esa miseria. Pese a todo ello, fue interesante ver como ellos, al igual que los habitantes de nuestra España de postguerra, lograron sobrevivir a tiempos tan duros, aunque nosotros teníamos la ventaja de que si existía el comercio privado.


Cuando dimos por zanjado el tema étnico, volvimos a la moto para ir en dirección al Museo de la Fuerza Aérea, mejor señalizado en el mapa y que no nos costó encontrar. En un recinto vallado se encuentra el edificio en cuestión, delante de una enorme explanada en la que se muestran a un lado reactores vietnamitas de la época (Migs 15, 17, 19 y 21 de fabricación rusa) y el helicóptero que transportaba ocasionalmente a Ho Chi Minh, y al otro lado una pequeña muestra de vehículos y cañones antiaéreos de pequeño calibre. A su lado, los restos de un Phantom de la US Navy reposan sobre motores y restos de otros aviones americanos y franceses (difíciles de identificar). La exposición al aire libre continúa presentando otros aparatos en perfecto estado de revista. De fabricación estadounidense, un avión de ataque al suelo, un F-5, un helicóptero UH-1 Huey (el “caballo de batalla” del conflicto). De fabricación soviética, un helicóptero naval Kamaz, un helicóptero de ataque Mil Mi-24 Hind A (que no participó en el conflicto), y un enorme helicóptero de carga y transporte Mil, el equivalente soviético del Chinook estadounidense.

Flanquean el edificio principal un caza Mig y un sistema de radar y misil tierra-aire como los que tantas bajas les costaron a la US Air Force. Dentro nos recibe una enorme estatua de Ho Chi Minh y nos esperan dos pisos que desgranan la historia de la fuerza aérea vietnamita desde su lucha contra los franceses (básicamente dotadas con armamento antiaéreo soviético y chino), su creación oficial tras la retirada colonial y el ascenso comunista en el Norte, la lucha contra los estadounidenses, y la postguerra. No he visto que se mencione ni la breve guerra contra China a finales de los setenta ni su participación en la invasión y posterior ocupación de Camboya en 1979.

Una vez mas se nos muestran fotos con los campesinos, los obreros y los miembros del Partido luchando sonrientes contra el imperialismo. La propaganda no desmerece la importancia histórica de los artefactos y restos que se muestran aunque a veces rozan el ridículo, como cuando nos encontramos con una vitrina en la que hay un machete…usado por un campesino para derribar una valla en sus tierras y así permitir el paso de una unidad de misiles antiaéreos para la defensa de Hanoi. Héroe del Pueblo, por supuesto. Como en tantos otros museos a lo largo y ancho de esta tierra de conflictos, se mezcla el legítimo orgullo de haber vencido militar y políticamente a la mayor potencia del siglo XX con la propaganda más descarada y manipuladora.

Una curiosidad: ¡hay una capsula espacial rusa!


Cajas y cosas

Después de once semanas de viaje, he hecho el primer envío a casa, por vía marítima y que navegará durante tres meses antes de atracar en Avilés. Una caja de 11 Kilos y otra de 7. Y ha sido una odisea, por una cuestión de siete centímetros, casi nada ¿eh chicas?. Mi súbita afición a los objetos tribales y los artículos de chamán han desembocado en una serie de compras que incluyen dos preciosas ballestas Gharai, una túnica de chamán Cao Lan, unas pequeñas cestas Ko tu, artículos Yao y unos cojines H´Mong, Dao, Nung y Muong…

Mi intención era mandarlo todo en una sola caja pero las dimensiones de las ballestas lo hicieron imposible así que compré una caja de cartón en la que meter el resto mientras, ayudado por las buenas labores de Vincent, pensábamos como enviar las ballestas. La oficina de correos impone un límite a las medidas de cualquier paquete que se envíe, la suma de todas ellas no puede ser superior a tres metros. Asi que encargamos una caja de madera a medida a un carpintero local pero cuando llegamos, la medición del empleado postal dio más de tres metros. Hubo que llevar la caja de vuelta, recortarla a la medida adecuada y redistribuir las ballestas en su interior. Y después de eso llegó el viaje más aterrador de mi vida.

Hasta entonces me había estado desplazando en taxi y cyclo pero no conseguía encontrar ninguno que me llevara por 12000 dongs (la media de lo que había estado pagando) desde la carpintería a la oficina de correos. La dueña de la tienda le dio un orden a uno de los empleados y este se puso a buscarme una motocicleta que me llevara. Y la encontró. Así que imaginaos la escena. Una moto. Un viejo conductor. A su espalda, una caja de madera de unos tres metros. Y detrás, yo, con el culo casi fuera del asiento, agarrando la caja por los bordes para que no se cayera mientras sólo encontraba apoyo en la moto para uno de mis pies. Yo iba completamente a ciegas, no sabia en que dirección giraba la moto y por lo tanto hacia que lado inclinarme. No sabía cuando iba a frenar y por ende no podía anticipar la brusca reducción de velocidad. No sabia si teníamos más o menos trafico a los lados y no podía inclinar la caja ligeramente en uno u otro sentido para facilitar nuestra marcha. Todo lo que podía hacer era mirar de lado y ver mi cara de pánico reflejada en los cristales de las tiendas frente a las que pasábamos como un rayo.

La imagen de una caída con posterior atropello de cualquiera de la veintena de vehículos que nos seguían cruzaba por mi mente. La piel desgarrada, los pantalones rotos, sangrando por las piernas y la cabeza como resultado del golpe. Me veía en el suelo y luego postrado en una camilla de un hospital vietnamita para extranjeros durante varios días. Si tenía suerte. Vosotros, que no habéis visto como conducen aquí, no os podéis ni imaginar el miedo que pasé durante los escasos minutos del trayecto. Afortunadamente, o en su caso Isa hubiera dado todo lujo de detalles, llegué sano y salvo y lo que le dije al conductor según me bajé fue “Ha sido increíble, acojonante y divertido a la vez”.

Mamá, si estás leyendo esto, puedo explicar todas las compras y lo haré la semana que viene, cuando te llame desde Laos. Tú sólo necesitarás que alguien (fuerte) te eche una mano para subir las cajas, luego déjalas en mi habitación, que hay sitio entre la pared y la cama. Tú ya verás que bonito queda todo en el salón. Claro que habrá que quitar uno de los sofás para hacer sitio. Bueno, en Diciembre o Enero ya veremos como se hace.
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(Subido desde Chiang Mai, Tailandia. Recopilado por él en Luang Prabang, Laos, el 19 de abril de 2007 a partir de distintos textos escritos en Saigón, Kon Tum, Hoi An y Hue por él entre el 21 de marzo y el 5 de abril de 2007)

De Saigon a Sapa (IV): Hanoi

Hanoi, la asiática ciudad europea


Obedeciendo a un desconocido impulso, el conductor del autobús que nos llevaba a Hanoi decidió que once horas de viaje no eran entretenidas si durante las primeras cinco no hacía ese mismo número de paradas. La más absurda fue a las doce menos cuarto de la noche, cuando paramos en una gasolinera durante unos minutos (y el personal de la gasolinera nos incitó a bajar del autobús y consumir por el expeditivo procedimiento de poner la música de los altavoces al máximo volumen). Vaciadas algunas vejigas, llenos de nicotina algunos pulmones, reemprendimos la marcha y volvimos a detenernos, media hora esta vez, a los pocos minutos, en una estación de autobuses en la que nos abandonaron algunos viajeros. Ya no hubo más paradas durante cuatro horas, y eso es de agradecer. Así como agradecimos las mantas que había en el respaldo de cada asiento porque en Asia si cuando hay música la ponen muy alta, cuando hay aire acondicionado, no lo dejan precisamente al mínimo.


Veinticinco de marzo de mil novecientos treinta. No, no me he equivocado de año aunque no sepa en que día vivo, ni de la semana ni del mes. Hoy hubiera sido el cumpleaños de mi padre. No había pensado en ello hasta que hablé con mi madre (intento telefonearla todas las semanas o por lo menos cada diez días aunque llamar a España desde la otra punta del planeta, sin que el coste sea escandaloso, puede exigir un paseo hasta encontrar el sitio adecuado) y me lo recordó. Un nudo en la garganta, ojos vidriosos amenazados por tormenta, carraspeo silencioso. Continúo la conversación y al cabo de unos segundos ya consigo agarrar el auricular con menos fuerza.



Cambio radical de tema (“Con la venia, Señoria”). Hanoi me encanta. Estamos alojados en una cueva con tres paredes de plástico pero tenemos televisión vía satélite (nuestro vietnamita no es suficientemente bueno para entender la programación local), baño (con auténtica agua caliente) y mini nevera (a la que no le estamos sacando partido alguno). Por ocho dólares al día no está mal, aunque carezca de encanto y no la podamos calificar como “amplia”.Pero nuestro hotel está situado a menos de cinco minutos de paseo del “Old Quarter” y las calles de los gremios donde cada vez que doblas una esquina te adentras en el particular mundo de una profesión. Portal tras portal se agrupan las mercancías de cada rama del comercio, exhibiéndose ante los peatones en busca de dueño. Hay establecimientos en los que comprar cualquier prenda de ropa y, si no nos gusta lo que vemos, un metro más allá tenemos más opciones. Hay calles en las que maestros carpinteros trabajan la madera sencillamente, creando cajas. Si el pino es demasiado caro o pesado, en otra calle encontraremos quien se ha especializado en el cartón, ya sea a medida o vendiendo cajas que antes contenían televisores, neveras o los pantalones y camisetas que se muestran al doblar la esquina.


Dejando al descubierto carcasas vacías, se afanan en torno a las desmontadas piezas los mecánicos de ciclomotor. Su taller se prolonga hasta la acera que comparten con los peatones y no interrumpen su trabajo pese al constante trasiego humano.



Los coches y ciclomotores se acompañan en la calzada con los omnipresentes cyclos ( medio de transporte similar a un triciclo, pero a la inversa ya que detrás hay una rueda y es delante donde hay dos, el pasajero se sitúa delante, cómodamente sentado con las dos ruedas a su lado y el conductor lo hace detrás, algo elevado, pedaleando), los peatones (que tenemos las aceras copadas por aparcadas motocicletas) y los vendedores ambulantes que llevan su mercancía al estilo tradicional vietnamita, con un palo alargado sobre el hombro del que cuelgan en equilibrio, ya sea en cajas, cestas o platos, aquello que venden. Las apretadas arterias de la ciudad tiene también el tapón de los árboles, otra vida que también mana de la acera y prolonga una alfombra verde sobre las cabezas de los apresurados habitantes. Hanoi es ruidoso, sus calles son estrechas, el movimiento humano y de mercancías es constante. Hanoi es una locura. Me gusta Hanoi. Me gusta el Hanoi que no tiene amplias avenidas, que no está vacio, poblado solo por mastodónticos edificios oficiales diseñados por arquitectos que obtuvieron su título cuando en la URSS aun se idolatraba a Stalin.


Visitando

En Hanoi visito una prisión, dos museos, una tumba, un puente, un teatro de marionetas y paseo, paseo, paseo, aunque respirar el trasiego constante de estas hormigas te sube la tensión (una negativa a comprar libros o bollos sólo significa que el vendedor se plante delante de ti durante un rato o que se ponga a caminar a tu lado insistiendo continuamente) y baja la capacidad pulmonar y auditiva (polución apenas perceptible la primera pero apreciable y bastante más que obvia la segunda
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La prisión de Hoa Lo, que visito,albergó primero a los resistentes contra la ocupación francesa y después, durante casi una década, a pilotos americanos derribados (gracias a misiles e instructores soviéticos) mientras bombardeaban objetivos en Viet Nam del Norte y que le dieron el irónico apelativo de “Hanoi Hilton”. A juzgar por las fotografías que hay en las dos salas en que se les recuerda, gozabn de todas las comodidades: jugaban al ping pong y a las cartas, se les alimentaba abundantemente, recibían con regularidad paquetes de la Cruz Roja enviados desde sus hogares, estaban bien vestidos y tratados.
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Claro que si uno lee los libros que muchos veteranos escribieron después de ser liberados resulta chocante que todo lo anterior destaque por su ausencia. Diarrea, malnutrición y falta de cuidados médicos eran la tónica habitual. Se les torturaba con regularidad para obtener detalles técnicos de los aparatos que pilotaban (principalmente bombarderos B52) y así buscar la manera de que los misiles soviéticos fueran más efectivos. En el afán de fingir que se les cuidaba bien, el celo de las autoridades vietnamitas de la época llega a extremos increíbles. Me llama la atención una foto en la que posan brindando para la cámara un prisionero y tres vietnamitas, supuestos periodistas que le estaban entrevistando. Sillones y habitación no parecen las propias de una prisión y en una mesa en estratégico primer plano hay una mesa con cervezas y repleta de bocadillos y comida. Han hecho moverse a dos de los vietnamitas para que se aprecie bien el festín, que en aquellos días sólo hubiera estado al alcance de fieles miembros del Partido, pero no del común de los campesinos y que nunca hubiera sido compartido con un americano “asesino de niños”.

Manipulación aparte, el resto de la prisión presenta las míseras condiciones en que los franceses mantenían a los reos e incluso una guillotina que fue utilizada para decapitar a varios de los condenados a muerte así como varias de las celdas en las que estaban encerrados. La vida de cualquier nativo arrestado en las colonias de ultramar de cualquier potencia occidental valía bien poco y nadie de la metrópoli tenía la menor consideración hacia ellos. Bajo el nombre de “La Célula del Partido de Hoa Lo y las actividades para ´convertir la prisión imperialista en una escuela de lecciones revolucionarias´ ” hay también dos salas dedicadas a los Héroes del Partido, aquellos comunistas que mientras estuvieron aquí detenidos mantuvieron viva la llama de Marx y continuaron con sus actividades políticas bajo la represión de sus guardianes coloniales.


Ho Chi Minh

Junto con Jonatan fui a visitar el mausoleo de Ho Chi Minh, el hombre que fundó el Partido Comunista de Vietnam en 1920, que logró humillar y expulsar a los franceses y que planeó la estrategia que permitió que el Norte comunista y sus aliados soviéticos derrotaran al Sur y sus aliados estadounidenses, aunque él falleciera en 1969 y nunca viera la bandera roja con la estrella dorada de cinco puntas ondeando sobre Saigón.
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esde su fallecimiento hasta hoy, el popularmente conocido como Tio Ho, con su sonrisa afable enmarcada por una barba y bigotes canos, es el símbolo de Vietnam y del Partido Comunista. Contraviniendo los deseos del anciano, que no quería despliegues personalistas, Ho Chi Minh fue embalsamado y su cuerpo está expuesto en el Mausoleo del mismo nombre. El Gobierno de esta dictadura quiere identificarse con él, como su heredero, y pretender mantener, cuarenta años después la vigencia de una fallida doctrina política. En las calles se ven carteles comunistas y una de las imágenes más habituales en ellos (junto a obreros, campesinos, estudiantes y miembros del Partido frente a fábricas y campos de cultivo) es Ho Chi Minh y la paloma de la paz, porque fue el comunismo el que trajo la paz y la estabilidad, obviamente.

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El Mausoleo sólo se puede visitar por la mañana, en una estrecha franja horaria que va desde las 8 a las 11. Se hace una larga pero fluida cola para dejar bolsos y mochilas (no están permitidas cámaras fotográficas ni teléfonos móviles) y luego otra cola para agrupar a los visitantes en una grupo de unas veinte personas que entran, en silencio, en el edificio. Pasamos por delante de varios guardias uniformados de blanco inmaculado que observan con atención todos nuestros movimientos (hay que llevar las manos fuera de los bolsillos) y están presentes cada pocos pasos durante todo el recorrido. Subimos unas escaleras a la izquierda, giramos a la derecha y entramos en la cámara, en forma de “U” invertida, que hemos venido a ver. El cadáver, a nuestra izquierda, dentro de una vitrina con paredes de cristal y techo de madera, está iluminado por una suave luz ambarina. Ho Chi Min tiene los brazos extendidos y paralelos al cuerpo. El ambiente es solemne y cuando una turista oriental le murmura unas palabras a su marido, rápidamente uno de los guardias la coge del brazo y la expulsa del recinto (es broma, en realidad sólo le indicó gestualmente que no hablara). Rodeamos el cadáver pasando frente a él y giramos a la izquierda para abandonar la estancia por una puerta similar a aquella por la que hemos entrado. El cadáver momificado sólo ha estado a nuestra vista por una escasa docena de segundos.
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Si Ho Chi Minh levantara la cabeza, se sorprendería al ver lo que ocurre con el Vietnam del año 2007.
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Estando al borde del abismo, en una huida hacia delante, a imagen y semejanza de lo que ocurre en China, a mediados de los 90 el gobierno comunista introdujo la empresa privada puesto que la colectivización, el aparato del Estado y el sistema comunista no eran capaces de vestir y alimentar a sus ciudadanos. La asistencia sanitaria es peor que la española o la tan denostada estadounidense. En palabras de una vietnamita, “si tienes dinero, te atienden, si no, te mueres”. Las pensiones son ridículas o inexistentes y por eso hay tanto mutilado pidiendo limosna por las calles. El país se ha convertido, por necesidad y porque funciona, en capitalista pero su sistema político sigue siendo de partido único, el comunista, y no se admiten disidencias. En un magistral juego de manos, tan propio de la izquierda, pretenden aferrarse al poder enarbolando la bandera roja mientras en los bancos crecen las cuentas en dólares. Es otra dictadura comunista más, sin el pueblo y para unos pocos.
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(Subido desde Chiang Mai, Tailandia. Recopilado por él en Luang Prabang, Laos, el 18 de abril de 2007 a partir de distintos textos escritos en Saigón, Kon Tum, Hoi An y Hue por él entre el 21 de marzo y el 5 de abril de 2007)

De Saigón a Sapa (III): Hoi An - Hue

(tercer texto, retrasado, sobre Vietnam, pero ya estoy acabando con el país…)
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Como habíamos acordado con ellos, Peter y Xuan, nuestros Easy Riders, nos dejaron en Hoi An cinco rápidos días después de recogernos a la puerta de nuestro hotel no sin que antes hubiéramos dejado nuestras convencidas y animadas palabras en sus respectivos diarios. Después de tantos kilómetros recorridos juntos, un abrazo ocultó la tristeza que sentía al verlos partir de vuelta a Dalat.

Hilando espero
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Hoi An es una ciudad conocida por la calidad y rapidez con que sus sastres trabajan la tela, cualquier tela, ya sea vaquera, satén, pana, o seda. Uno llega a la tienda (de las que hay un centenar), elige el tejido, mira las revistas de moda para indicar el estilo, explica los detalles, regatea el precio, le toman la medida y le dan hora para que al día siguiente vuelva y se encuentre con la prenda hecha y lista. Te la pruebas y aún estás a tiempo de corregir algunos aspectos si así lo deseas. Por el precio de un traje de tu talla en El Corte Inglés, aquí tienes cuatro hechos con tus medidas.

No íbamos a ser menos que los demás así que Isabel sucumbió a un irresistible impulso femenino y se compró chaquetas, blusas, abrigos, faldas y pantalones. Mirando las revistas y apreciando el tacto de los distintos géneros repetía incansable “Esto me vendría estupendo para un training…con esto no paso frío en Irlanda…esto es muy elegante”. Yo, que hace años que en mi trabajo no se me exige ir vestido como si fuera a una boda, fui más práctico y me limité a unos vaqueros y un par de prácticos pantalones que me estoy poniendo durante el viaje (y que, para ser sinceros, no se si llegaran a aguantar hasta volver a Europa).

Aparte de las sastrerías, Hoi An es una ciudad plácida que se recorre fácilmente caminando y resultó ser menos bonita de lo que esperaba con la excepción de la calle antes y después del Puente cubierto japonés y algunas casas junto al río. De todos modos, es otro de esos sitios que cuando los buscas figuran en el mapa con el seudónimo de “ven para no hacer nada”.

Hue

El autobús turístico nos llevó rápidamente a Hue, la ciudad imperial, donde pensábamos quedarnos sólo dos o tres días y acabamos estando casi una semana. ¿Por su belleza? ¿Por sus vistas? ¿Por sus mercados? No, por la lluvia. Continua y molesta, fue constante desde el segundo día hasta el final. El cielo cubierto y la capa intermitente que se precipitaba al suelo desde las alturas no dejaban lugar no ya a hacer buenas fotos sino solamente a visitar con calma y apreciación cualquier monumento.



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Tuvimos un respiro de un soleado día que aprovechamos para, junto con Jonatan (zaragozano afincado en tierras francófonas que está disfrutando de 6 meses sabáticos porque en su empresa si cuidan al empleado) alquilar un par de motocicletas e irnos a las afueras a visitar distintas tumbas de antiguos emperadores. No os las imaginéis como panteones, ni siquiera como el espectacular monumento que contiene la tumba de Napoleón en París. En primer lugar, la estructura es lineal, avanzando sin desviarnos atravesamos varios edificios comunicados por paseos al aire libre, y finalmente se encuentra el lugar en el que reposa el difunto monarca. Además, aquí muchas de las tumbas, o mejor dicho, los edificios adyacentes, se disfrutan en vida y todas las construcciones ocupan el área de varias mansiones. En una había residencias para los criados, establos, lagos, puentes, templos, teatro. En otra había varios templos y residencias y luego, en una colina amurallada, la tumba propiamente dicha, y todo rodeado de jardines y estanques. Al contrario que las pirámides o que el concepto occidental, las tumbas que hemos visitado son sitios donde se respira la vida.
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La otra atracción de Hue es su ciudadela imperial, pero ahí no tuvimos tanta suerte y la vimos bajo la lluvia. Guerras hace siglos y otras hace décadas, han arrasado la mayor parte de sus edificios y lo que hoy queda en pie en esa casi desolada extensión es sólo un pálido reflejo de lo que en su día fue una gran y bella ciudad de templos y palacios.

Si al tiempo añadimos además que los apagones eran diarios y prolongados, comprenderéis que no derroche entusiasmo a la hora de hablar de Hue.





(Subido desde Chiang Mai, Tailandia. Recopilado por él en Luang Prabang, Laos, el 17 de abril de 2007 a partir de distintos textos escritos en Saigón, Kon Tum, Hoi An y Hue por él entre el 21 de marzo y el 5 de abril de 2007)

19 abril, 2007

De Saigón a Sapa (II): Easy Riders

Para los mochileros (¡Dios mío! ¿somos mochileros? ¡Pero si casi todos los que nos encontramos por el camino tienen diez o quince años menos que nosotros!) la forma más conocida de viajar de Sur a Norte, o viceversa, es el Open Tour ticket o Sinh Café Ticket. Con ese billete decides que paradas quieres hacer entre Saigon y Hanoi y adquieres un billete de fechas abiertas para una serie de trayectos más cortos. Por ejemplo, Saigón – Dalat – NhaTrang - Hoi An – Hue - Hanoi. Cuando llegas al primer destino te quedas el tiempo que tú quieras y la víspera de tu partida te vas a la oficina de la agencia local y reservas el asiento para el siguiente trayecto, Dalat – Nha Trang. Cuando llegas allí, el mismo procedimiento. Esta manera es algo más económica que comprar los distintos billetes por separado según los necesites aunque tiene el inconveniente de que no puedes cambiar de opinión respecto a tu ruta porque no te devuelven el dinero.
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Y eso a nosotros nos afectó cuando nada más salir de nuestro hotel en Dalat, aún algo cansados por el viaje desde Saigón, nos tropezamos con los Easy Riders.
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Born to be Wild
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Había leído sobre ellos en nuestra guía pero no le había prestado demasiada atención. Básicamente los Easy Riders son un conjunto de una veintena de guías-motoristas o motoristas-guías que están basados en Dalat y que ofrecen viajes fuera de las rutas turísticas a puntos tan cercanos como Hoi An (cinco días) o lejanos como Hanoi (unos doce o catorce días), a grupas de su moto. Dos de ellos charlaron con nosotros y nos llevaron al centro de Dalat donde tras la cena discutimos precio, ruta y condiciones. El viaje a primera vista parece caro, 50$ por persona y día cubren transporte, guía y gasolina. El alojamiento y las comidas, en los mismos sitios que ellos (eso garantiza bajo precio y contacto con los locales) se lo paga cada uno de su bolsillo. Isabel y yo estábamos indecisos, acabábamos de llegar a Viet Nam, sólo llevábamos unos días en el país y el desembolso de 250$ parecía enorme. ¿Merecería la pena? Cinco días después, la respuesta era un “¡Sí!” rotundo.
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Acordamos con ellos que haríamos una ruta hasta Hoi An pero no por la costa, como hace el rápido autobús, sino por el interior, su especialidad, por las Tierras Altas Centrales. El primer día, además, le dedicamos unas horas a Dalat, que apenas habíamos tenido de ver, y comprobamos que le venía como anillo al dedo el apelativo de “la Suiza vietnamita” por el estilo de sus casas y la frescura de sus temperatura. Visitamos la que localmente se conoce como “Casa Loca” (Crazy House), que se gano tal apelativo, fruto de la incultura y del desconocimiento (aunque ha sido asumido perfectamente por su propietaria y artífice), porque sus habitaciones, muros y patios llevan el estilo que nosotros inmediatamente reconocemos como el de los geniales Gaudí o Dalí. Efectivamente, una arquitecto-diseñadora local ha plasmado sus ideas, que cualquiera de ambos maestros aplaudiría, en una casa que sirve también como pequeño y exclusivo hotel, con un reducido número de estancias habilitadas para el viajero que desee pasar la noche en tan particular entorno. Cada habitación cuenta con un diseño temático de mobiliario y paredes distinto y a nosotros nos hubiera encantado poder habernos alojado allí (el precio es el de un B&B en Irlanda). Ese estilo tan particular no es siempre bienvenido o comprendido por las rígidas mentes comunistas y una construcción de la artista fue demolida por orden de las autoridades locales, y si no ha habido mayores represalias se debe a que ella es hija de quien fuera segundo presidente del reunificado Viet Nam.



Durante cinco días nuestros conductores nos llevaron a visitar cascadas, templos y monumentos de la Guerra Americana. Salvamos puentes colgantes, de madera y de hierro. Paramos también en un invernadero, en campos donde se cultivaba café, en una granja en la que se especializaban en gusanos de seda y en una pequeña fábrica que los recibía y a partir de ellos creaban camisas, batas, etc. Vimos búfalos de agua a ambos lados de la carretera y haciéndonos reducir la velocidad para esquivarlos. Recorrimos a pie durante un rato varias porciones originales de la Ruta Ho Chi Minh, cruzamos puertos de montaña y bordeamos ríos. Vimos como se extraía la arcilla para fabricar ladrillos que se secaban al sol, el mismo que también caía sobre miles de fideos de arroz como parte de su elaboración. Pasamos por tantos campos de arroz que perdí la cuenta.

Observamos y probamos granos de pimienta aún en su planta e Isabel probó su destreza ayudando a pelar la tapioca. Cruzamos pueblos polvorientos con viejas casas de madera triste y nos detuvimos muchas veces en aldeas de minorías étnicas. Traspasamos los umbrales de las peculiares viviendas de Batan, Mong, H´Mong, Dzao y otras tribus. Con la limitada ayuda de nuestros interpretes, conversamos con hombres, mujeres y niños. Entramos, literalmente, hasta la cocina y vimos sus dormitorios, despensas, establos, y salones comunales. Fuimos, fugazmente, atracción para ellos tanto como ellos lo eran para nosotros. Visitamos orfelinatos que aceptaron encantados nuestros pequeños donativos porque atender al hambre intelectual es tan caro como hacerlo a la corporal (y eso me recordó mi breve experiencia con mis chicos peruanos allá en Lima, tan al otro lado del mundo como de aquí está Europa).
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Vimos como lloran los arboles en las plantaciones de caucho. Saludamos a los niños que, inevitable pañuelo rojo al cuello, iban y venían de la escuela, respondiendo a sus sonrientes “Hello!”. Desde la parte de atrás de la Honda, entre mi conductor, Xuan (como si su nombre fuera asturiano) y mis dos mochilas embutidas en grandes bolsas de plástico y perfectamente aseguradas con cintas elásticas, fui testigo del ir y venir de gentes, animales y exóticos medios de transporte por el Viet Nam que el turista no suele ver.


Recuerdo especialmente el penúltimo día con nuestros conductores, cuando hicimos noche en Kom Tum, donde los niños en particular y la gente en general eran todo “Hello”, sin pedirte que entraras en sus tiendas, solo saludando a este forastero de ojos azules que era algo exótico para ellos. Las madres salían con sus niños en brazos para verme y unos críos querían que fuera después a jugar al fútbol con ellos pero entre que soy malísimo y que mis botas de trekking no eran el calzado más adecuado, tuve que declinar su invitación.
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Preguntando cuanto costaba la conexión a Internet, me quedé media hora conversando con Phi, la señora propietaria del local (administrado por su hijo, que se encontraba ausente en una boda) y de una panadería. Hace unos años se cogió a su familia y se la trajo desde Hue, donde residían, hasta este pequeño pueblo donde poco a poco ha ido medianamente prosperando con mucho, mucho trabajo. A la mañana siguiente, un vecino de mesa en el local callejero en que desayunábamos, se presentó como Dan y se puso a entablar conversación con nosotros para practicar su pausado pero perfectamente comprensible inglés.
Este era el Vietnam que no habíamos conocido antes, donde un extranjero no es sólo un fajo de billetes andante y no corres el riesgo constante de que te estafen en cualquier transacción.



Nota: En todas partes hay imitadores y cuando algo funciona surgen como las setas tras la lluvia. Los Easy Riders de Dalat no son una excepción y os podréis encontrar con motoristas que aseguren serlo. Después de todo, son ellos los que os van a ir a buscar a vuestro hotel para proponeros el viaje y no tienen un local o sede al que podéis acudir. Para confirmar si el motorista es quien dice ser, pedid que os enseñen un carnet que es emitido por el Ministerio correspondiente y que les autoriza a ejercer como guías turísticos (y a vosotros como acompañantes suyos a pernoctar en aldeas normalmente no autorizadas a extranjeros) o también, y ellos serán los primeros en aludir, que os muestren las libretas que siempre llevan encima con los entusiastas testimonios de anteriores clientes. En inglés, francés y español encontrareis los nuestros.



(Recopilado por él en Luang Prabang, Laos, el 14 de abril de 2007 a partir de distintos textos escritos en Saigón, Kon Tum, Hoi An y Hue por él entre el 5 y el 21 de marzo de 2007)

De Saigón a Sapa (I): HCMC

(Tal y como prometí hace unos días, aquí está el primero de los textos pendientes sobre Viet Nam)

Isa ha contado ya, mas o menos, lo que hemos recorrido de Vietnam así que yo, intentando no irme demasiado por las ramas, sólo hablaré un poco de las principales cosas que me han llamado la atención sin la ambición de dar un detallado recuento de nuestra ruta – ¡ni de extenderme demasiado dando clases de Historia y Política!.
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Ho Chi Minh City
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Cuando los comunistas tomaron la urbe y posteriormente el resto de Vietnam del Sur, una de las cosas que hicieron fue cambiarle el nombre en homenaje a su máxima figura política, el anciano Ho Chi Minh, fallecido de muerte natural en 1969 (otra fue detener y arrastrar a miles de sus habitantes, principalmente maestros – es curioso, sufren siempre bajo cualquier cambio de régimen – religiosos, intelectuales, empresarios, a campos de trabajos forzados). Bien poco tardaron sus habitantes en diferenciar con quien podían conversar sobre Saigón y con quien tenían que usar el nuevo nombre impuesto a su ciudad. Hoy en día conviven ambos nombres para beneficio de los turistas que encuentran más corto y sencillo el original que cualquiera de las dos variantes del segundo, HCMC u Ho Chi Minh City.

La impresión que me causó la antigua capital sureña es (y la palabra parece que va a ser una constante de Asia) “caótica”. Arquitectónicamente hablando, los edificios se pueden agrupar en tres grandes grupos: los pocos supervivientes de la época colonial francesa (como el edificio de Correos o el antiguo palacio del gobernador), los que fueron construidos entre 1954 y principios de los 90 (míseras construcciones abigarradas que luchan unas con otras por un rayo de luz) y las que se han ido construyendo desde que cayó el Muro de Berlín hasta hoy en día (aparentemente se ha bendecido oficialmente que los edificios contiguos en una misma calle han de ser altos, estrechos y de estilos arquitectónicos no relacionados entre sí y cuanto más llamativo el color, mejor). Así mismo, hay multitud de claustrofóbicas callejuelas comunicando las calles principales que contienen la mejor muestra de la pausada y tranquila vida de estas gentes que conviven codo con codo con sus vecinos.

¿El tráfico? Es otro caos. Hay una plaza en la que se juntan, sin orden ni concierto, no menos de seis calles distintas con varios semáforos (de los pocos que existen) cambiando a la vez al color verde con lo que se da simultáneamente la preferencia a tráfico que circula en direcciones opuestas. Los automóviles sólo están al alcance de unos pocos y no abundan por la carretera salvo que sea el omnipresente “pick up”. No hay cientos, sino miles de motocicletas. Comprar una de marca china cuesta unos 500 USD, si es japonesa el precio se dispara a los 1000 USD. Para conducirlas se necesita, teóricamente, un permiso pero es casi imposible hacer un control a los conductores puesto que sería más caótico aún y sólo un pequeño número de ellos podría ser inspeccionado. Así, no es de extrañar que en Saigón se produzcan unos 20 accidentes al día, algunos con consecuencias fatales puesto que nadie lleva casco.
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El que más me asustó fue precisamente uno sin mayores consecuencias, en el que dos ciclomotores que circulaban perpendicularmente el uno respecto al otro no se pusieron de acuerdo sobre quien tenía la preferencia y acabaron ambos en el suelo…a media docena de metros de donde yo cruzaba, con la máxima precaución, la calle.
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Túneles y Templos
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Desde Saigón se pueden hacer excursiones más al Sur, al precioso Delta del Mekong, que nosotros no hicimos por falta de tiempo pero que, a juzgar por los positivos comentarios de otros viajeros, hubiera merecido la pena. Lo que si hicimos fue un Tour de un día a un Templo Caodista y a los túneles de Cu Chi.
Los caodistas son una secta curiosa que ha conseguido sobrevivir en el competitivo mundo de las religiones organizadas gracias al original concepto de no imponer sus ideas sobre las otras, sino que las asimilan y las incorporan a sus preceptos, dando cabida a teorías budistas, cristianas, musulmanas. Ante tal batiburrillo, al observador no experto le parece que se les podría aplicar ese viejo dicho castellano de “Quien mucho abarca, poco aprieta”. Lo más llamativo de la ceremonia, cuyo principio pudimos presenciar, fue cuando los fieles entran, en una formación casi militar, en el templo y al sonido de la música, se sientan y se inclinan repetidas veces siguiendo una cadencia que obedece a la melodía, según unos cánones que desconozco. En los terrenos de los caodistas hay también escuelas, alojamientos, comedores y otros edificios de uso múltiple aunque la mayoría de sus bienes inmuebles fueron confiscados por los comunistas en 1975.
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Por la tarde nos llevaron a una extensa zona al Norte de Saigón conocida durante la Guerra de Vietnam (que aquí se llama “Guerra Americana”) como el “Triángulo de Hierro”. Allí, tan cerca de la capital, las guerrillas del Viet Cong operaban impunemente pese a que tanto el Ejército de Vietnam del Sur (ARVN) como el de los Estados Unidos no dudaban en descargar su tremenda potencia de fuego (aviones, artillería, carros de combate) ante cualquier movimiento sospechoso.
Bajo las narices de una de las más grandes bases militares de EEUU, los guerrilleros construyeron una serie de kilométricos túneles que incluían hospitales, aulas y talleres, dónde estaban a salvo de los ataque aéreos y terrestres a los que no eran inmunes y que enlazaban con otros túneles que eran parte de la Ruta Ho Chi Minh (una serie de senderos en la jungla, caminos y carreteras que permitían que llegaran armas, suministros y tropas regulares desde Vietnam del Norte, atravesando territorio no solo vietnamita sino también de Laos y Camboya, países que fueron así involucrados en la guerra por los comunistas). Para dificultar los movimientos de las tropas del gobierno y sus aliados sobre sus cabezas, el Viet Cong improvisaba elaboradas y crueles trampas, desde la más sencilla de un simple hoyo en cuyo fondo se habían clavado afiladas estacas de bambú impregnadas en excremento (para infectar y gangrenar la herida si se sobrevivía al empalamiento) a algunas más complejas como las que se ponían detrás de una puerta y, al abrir esta, desde el techo bajaba pendularmente una plataforma erizada de pinchos que golpeaba el pecho y los genitales del infortunado soldado.
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Estas trampas, y otras, se presentan en una exhibición especial y están acompañadas por los comentarios descriptivos y sorprendentemente jocosos (casi despectivos) del guía del gobierno. Desgraciadamente, uno de los aspectos más obvios para el turista es que mientras que en Estados Unidos se vivió una autocrítica sobre su actuación en el conflicto, durante y después de la guerra, y no se ocultaron los errores y masacres, en Vietnam no se ha hecho tan necesario, y doloroso, acto de examen de conciencia. Desde el vídeo propagandístico al que nos someten en un aula presidida por un retrato del Tío Ho y la bandera de Vietnam, hasta las explicaciones de los guías, todo está centrado en la lucha del Viet Cong y Vietnam del Norte, con el voluntario y masivo apoyo popular a ambos lados de la frontera, frente a las fuerzas imperialistas y al “gobierno títere” (textualmente, “marioneta”) de Vietnam del Sur. El Viet Cong ayudaba a los campesinos, los americanos los mataban. En Vietnam del Norte había una feliz democracia popular, en el Sur solo terror y asesinatos de inocentes.

Hay fotos, repetidas hasta la saciedad, sobre la conocida masacre de My Lai, donde tropas americanas mataron a los habitantes de una aldea. Pero no hay fotos, por ejemplo, sobre los más de 3000 vietnamitas encontrados en fosas comunes en Hué, cuando los americanos liberaron la ciudad que había estado durante 52 días bajo dominio de las guerrillas del Viet Cong y las tropas de Vietnam del Norte en 1968. Esas victimas tenían todos su nombre en unas listas elaboradas semanas y meses antes y en las que figuraban los enemigos de los comunistas: maestros, políticos locales, hombres de negocios, comerciantes, doctores, ingenieros…

Aunque la mentira y la propaganda están presentes por toda la instalación (y de manera más sutil, asociando comunismo a paz y gobierno comunista al respetado Ho Chi Minh, por todas las carrteras y pueblos de Vietnam), también es posible encontrar apartados interesantes, tanto para los aficionados a la Historia y la Militaria como al turista ocasional. Por ejemplo, en una exhibición se observa como el Viet Cong aprovechaba las municiones enemigas que no habían detonado para construir plantas caseras. En otra, como disimulaban el humo que se producía en el subsuelo al cocinar y que, mediante un ingenioso sistema de túneles de ventilación lo iban disipando en distintos puntos hasta que al salir a la superficie no sólo era imposible averiguar de donde procedía sino que era apenas visible.

El visitante también puede revivir la experiencia de un guerrillero vietnamita dentro de un túnel, y a tal fin se ha acondicionado un tramo de unos 20 metros que hemos de recorrer a gatas o en cuclillas. El túnel real sólo hubiera permito el desplazamiento tumbados y arrastrándonos, el pan de cada día para esos combatientes (y para algunos soldados norteamericanos, los llamados “ratas de túnel”, pertenecientes a una unidad de élite cuya misión era combatir al Viet Cong en estos oscuros, húmedos y agobiantes reductos, como no, infestados de trampas).


(la luz es del flash de la cámara de Isa puesto que, obviamente, no hay ningún tipo de iluminación)

En Cu Chi se encuentra también el National Defence Sports Shooting Range (“Campo de Tiro Deportivo de la Defensa Nacional”) y ahí, por unos pocos euros, podemos emular lo que hemos visto hacer tantas veces a Stallone o Schwarzenegger, disparar con un auténtico fusil de asalto contra unas cercanas dianas que no parecen fáciles de acertar (por seguridad los cañones de los fusiles están atados a un apoyo de cemento, lo cual limita los movimientos para apuntar correctamente, y tienes un militar, que no te quita la mano del hombro, constantemente supervisando tus disparos). Hay gente que a priori no lo encuentra precisamente divertido, pero he visto a familias a las que les picaba el gusanillo y acababan probando y la experiencia, una vez superado el susto ante el retroceso del arma y el sonido de los disparos, les dejaba un buen sabor de boca. Por el módico precio de un euro cada disparo, uno tiene a su disposición las principales armas de la guerra, el Kalashnikov (soviético, pero también fabricado en China y Vietnam) del Viet Cong y del Ejército de Vietnam del Norte, el M-16, la M-60, el M-1 (todos ellos usados por las tropas estadounidenses y por los militares del ARVN).

Si uno no está en el Ejército, es prácticamente imposible tener esta experiencia en Occidente.

Transporte y cultura callejeros

Dos cosas que os chocaran cuando lleguéis a Vietnam son dos oficios muy particulares aunque suenan conocidos, el vendedor ambulante de libros y el taxista.

Al primero no os lo imaginéis como un señor con un traje mas o menos barato y con un maletín en el que guarda un tomo de enciclopedia y un catálogo de publicaciones, lujosamente encuadernadas en piel, de no menos de 20 tomos mensuales y que abarcan materias tan imprescindibles en cualquier hogar como “Coleccionismo de relojes”, “Secretos de la II Guerra Mundial”, “Los animales de África” o “Bricolaje para el hombre moderno”. No, aquí pueden ser niños/as, adolescentes, jóvenes (lo siento, Presidente Rodriguez, me niego a decir “jóvenas”), adultos/as, y señoras de arrugada piel o señores con nevado pelo. Y de maletín nada. Coged 20 libros, ponedlos encima uno de otro, pasadles una cinta alrededor del montón para sostenerlos todos bien apretaditos y así tendréis una pequeña torre de babel de cultura. ¿La temática? La más obvia, las guías de viaje, siendo Lonely Planet la más fotocopiada (pero ¿de verdad os creíais que una guía que en Irlanda cuesta 25 Eur la vais a encontrar original en Asia por solo 4 o 5?) pero también novelas, como “El americano impasible” de Graham Greene y otras muchas, tanto en francés, como inglés o alemán.

Los taxistas en Vietnam son fáciles de reconocer, cualquier persona puede serlo. Los más obvios están dentro o apoyados en coches blancos con un cartel de “Taxi” o de “Taxi Meter” en el techo (luego es común que el taxímetro no funcione y lo que haces es, como siempre, acordar el precio de antemano). Después están los conductores de “cyclo” esa especie de bicicleta taxi en la que los turistas se sientan delante y detrás, algo más elevada, el sufridor que pedalea. Pero también, como en Camboya, están los moto taxistas. Es difícil de imaginar que en Oviedo o Madrid te hagas tramos urbanos (y menos urbanos) de paquete en un ciclomotor, yendo muchas veces dos personas (aunque hemos visto a familias enteras apretujadas entre la rueda trasera y el manillar). Aquí es más corriente y, salvo que lleves enormes mochilas o seas un turista de avanzada edad o VIP, no es habitual ir en taxi. Y no les busques, porque ellos son los primeros que se encargan de dirigirte a ti con un “¿taxi?” y llega un momento en que ves a la gente sentada en sus ciclomotores y ya no estás seguro de quien sólo tiene una moto y de quien te puede llevar, por una módica cantidad, a recorrer los principales puntos de la ciudad.


Nota: Ha noi, Sai gon…Viet Nam, son nombres que nosotros escribimos y pronunciamos juntos pero que los vietnamitas escriben y pronuncian separados y a lo largo de mis textos encontrareis indistintamente de una u otra manera. En vietnamita la entonación de una palabra, y eso afecta a lo anterior, decide el significado de la misma. Por poner un ejemplo, España es algo así como “Tay Ban Nha” pero si la pronuncias con la entonación errónea o con una pausa demasiado larga, lo que estás diciendo es “extranjero vende una propiedad”. Por cierto, fue un religioso occidental el primero que buscó (y encontró) la manera de poner por escrito en alfabeto latino o similar lo que parecía tan misterioso como el mandarín y a él le debemos que sea más sencillo de entender que el camboyano, laosiano o tailandés.


(Recopilado por él en Luang Prabang, Laos, el 11 de abril de 2007 a partir de distintos textos escritos en Saigón, Kon Tum, Hoi An y Hue por él entre el 5 y el 21 de marzo de 2007)

13 abril, 2007

Bye bye Vietnam

Por fin ha llegado nuestra hora de decir adiós a la bulliciosa Hanoi, cada uno a su modo. José se levantó temprano para hacer una última maratón de museos, empezando por el mausoleo de Ho Chi Minh. Yo me hice la remolona, pues no me moría precisamente de ganas por presentar mis respetos a la momia disecada del tío Ho y aún menos por visitar el museo del Ejército y de las Fuerzas Aéreas.

A las once de la mañana hice el check out y salí a comprar unos “pains au chocolat” y otras delicias de la pequeña “boulangerie” del lago. Cada bollo cuesta entre 9.000 y 10.000 dongs (menos de 50 céntimos de euro) y en esta ocasión me he dejado la golosa cifra de… ¡55.000 dongs! Pensé en Christelle, la chica francesa que conocí en el tren. Ayer, mientras cenaba con ella, me comentaba lo extraño que debe de resultarle nuestro comportamiento a los asiáticos, cuando somos capaces de tirarnos media hora regateando el precio de un viaje en motocicleta por ahorrarnos un dólar, que luego gastamos alegremente en una chuchería de chocolate, sin regateos ni remordimientos…

Busqué un banco alejado de los vendedores de libros y postales, para sentarme a desayunar tranquilamente. El cielo estaba plomizo y el aire fresco. Cayeron cuatro gotas sobre el lago y, por unos segundos, me sentí serena en mi burbuja. Incluso conseguí olvidarme del ruido de las motocicletas. Tras comerme mi bollito de chocolate y disfrutar de unos minutos de ensimismamiento, me levanté a continuar mi paseo alrededor del lago.

Caminaba perdida en mis pensamientos, cuando me sorprendió una nueva faceta de Hanoi que todavía no había descubierto. Ahí, a orillas del lago y a la vista de todos los transeúntes, una señora anciana en cuclillas, con la falda levantada y el pandero al aire, defecaba. Adiós burbuja.

Tras esta inesperada revelación, me encaminé hacia la calle Hang Bé donde nos alojamos. Pasando de largo el hotel, me fui a la tienda de Hanh para llevarle unos bollitos. Hanh es una vietnamita de 36 años, madre de dos hijos, guapísima, con la que hemos simpatizado después de numerosas compras (sobre todo por parte de Junior, que se ha animado a iniciar una colección de ballestas, cuchillos y objetos ceremoniales chamánicos, que seguro alegrarán mucho a su madre cuando reciba las dos cajas enormes en las que fueron expedidos la semana pasada). Dentro de un rato me volveré a pasar por su tienda con José, para despedirnos antes de coger el autobús para Laos. Con esto daré por concluido mi viaje por Vietnam.

Me despido de este país con un sentimiento ambiguo. Me pregunto si algún día volveré a este lugar. Paradójicamente, hace unas semanas, cuando viajaba por tierras interiores con los Easy Riders, estaba convencida de que tendría que volver. Me prometí una segunda oportunidad para pasar más tiempo en Dalat y en Kontum, para visitar Hué bajo el sol (si eso es posible), y para recorrer el tramo costero de Muiné y Nha Trang, al que tuvimos que renunciar en esta ocasión.

Sin embargo, después de estas últimas dos semanas en el norte, ya no lo tengo tan claro. Como ya habréis notado por el tono de mi texto de ayer, estoy un poco harta de ser turista en Vietnam.

Muchos viajeros me habían advertido del carácter singular del pueblo vietnamita, mucho más agresivo y hostil que el de sus vecinos del sudeste asiático. Ahora comprendo a lo que aludían, aunque sigo albergando algunas dudas. Después de un mes recorriendo el país, tengo la impresión de apenas haber rozado superficialmente su cultura. Es difícil cernir el verdadero carácter del vietnamita.

Para empezar, los vietnamitas son un poco latinos en cuanto suelen hablar a gritos. Pero a diferencia de los idiomas romance, la lengua vietnamita es brusca, cortante y estridente. De ahí que uno pueda malinterpretar su tono, tomando una conversación normal por una de enfado.

Por otro lado, uno vive aquí con la perenne impresión de estar siendo timado. El regateo es práctica habitual en muchos países, una especie de juego ritual al que uno se entrega con ánimo lúdico. Sin embargo, en Vietnam, por lo menos en el norte, es otra cosa. Para empezar, el precio de partida para turistas suele ser veinte veces superior al que pagaría un vietnamita. Recuerdo una vendedora de dulces que me quería vender un bollito por 20.000 dongs. Yo sabía, porque me lo había dicho Hanh, que esos bollitos sólo costaban 1.000 dongs por unidad. Se lo dije a la vendedora, que me miró con auténtico asco. Se dio la vuelta y me dejó ahí plantada. La seguí con el rabillo del ojo y vi que no se alejaba. Tras un par de minutos, volvió a la carga, aunque esta vez se contentaba con pedirme 2.000 dongs. Decidí acceder a su oferta, aún sabiendo que estaba pagando el doble del precio real. Así se cerró el trato, sin juego, sin sonrisas y con desprecio mutuo.

Escenas como ésta y peores son las que nos inducen a pensar en el vietnamita como un pueblo materialista, rapaz y agresivo. Sin embargo, también cabe preguntarse cómo nos perciben ellos a nosotros, los turistas occidentales. Supongo que como ricos avariciosos y prepotentes. En parte, por ser ésta la imagen que de nosotros les ha vendido el partido. En parte, por nuestra propia culpa. Intentaré explicar tanto lo primero como lo segundo.

Dos veces al día, temprano por la mañana y a la caída de la tarde, las voces del partido retumban por las calles de Hanoi. Una pequeña liturgia diaria de adoctrinamiento político y exhortaciones varias, difundida por megafonía y altavoces. Me contaron por ejemplo que una mañana el partido amonestó a los ciudadanos por la suciedad de las calles. Por la tarde, las ciudadanas de Hanoi se afanaban a barrer y a quemar basura. Otro día, el partido adoctrinó a los ciudadanos sobre la apariencia engañosa de los turistas blancos, que tras sus hábitos desvaídos de mochileros, escondían auténticas fortunas. Para dar mayor fuerza a sus argumentos, la voz recitó los salarios que los occidentales acostumbran a percibir en Europa y exhortó a la población vietnamita a no tener reparos en multiplicar sus precios por diez o más cuando trataban con nosotros, los nuevos imperialistas. Palabra de Dios. Este mandamiento debió de calar hondo, sin duda es el nuevo credo de los vendedores de dulces... Como última anécdota sobre el tema, otro mensaje del partido, desconcertante a la par de gracioso, fue el de que “hay que ser más simpáticos con los turistas”, pues aunque son muchos los que vienen, pocos son los que vuelven. Ahora sí que ya no sé qué pensar. Me quedaré con la duda de si las sonrisas y saludos de cuantos cruzamos en la carretera fueron sinceros o postizos.

Si bien la propaganda del partido tiene un peso innegable sobre la conducta de los vietnamitas, me pregunto hasta qué punto no somos nosotros también responsables de la misma. Para protegernos del acoso comercial constante, acabamos por crearnos una máscara hermética y aislante. Blindados tras un escudo de indiferencia, pasamos de largo, evitamos el contacto visual, giramos desdeñosamente la cabeza hacia otro lado, ignoramos saludos e invitaciones, a lo sumo contestamos con un cansino “no, thank you”. Tantos gestos que son mecanismos de autodefensa pero que pueden ser leídos como altivos y arrogantes. Cual ricos avariciosos y prepotentes.

Confieso que, en más de una ocasión, yo también he perdido la sonrisa. Mea culpa.

(Escrito por ella desde Hanoi, Vietnam, 03/04/07)

Noticias con retraso

¡Hola! Perdonad por el retraso, esta vez inexcusable. Llevamos un par de semanas en estado de vagancia total, en las que no nos apetecía ni escribir, ni pegarnos madrugones, ni visitar templos, ni nada de nada… incluso nuestra media diaria de fotos ha caído en picado, ¿qué nos está pasando?

Creo que el “mal del viajero” está empezando a afectarnos y no me refiero a los típicos desajustes gastrointestinales, que se solucionan fácilmente a base de Motilium e Imodium, sino a ese estado de semiapatía que se manifiesta tras una sobredosis de museos, autobuses, tours organizados, regateos, comidas de restaurante y camas de hotel. Por lo visto, es algo inevitable. Como la depresión postcoital, un pequeño mal que por bien viene.

Justamente de este tema he estado hablando últimamente, con un par de viajeras solitarias que conocí en el tren nocturno que nos llevaba de ida a Lao Cai (Sapa) y de vuelta a Hanoi. Yi, de Shanghái, me comentaba en perfectísimo inglés y con gran agudeza descriptiva, que el viajar te transforma en espectador de vidas ajenas. Durante semanas o meses te complaces observando, pero tarde o temprano empieza a faltarte algo: algo que te has dejado en casa y que es tu propia vida. Parecida, aunque más rotunda y escueta, fue la respuesta de Christelle, una francesa que lleva ya cinco meses dando vueltas por Asia. Le pregunté cómo se sentía después de tanto tiempo fuera de casa, a lo que me contestó que “aburrida” y “cansada”. Su vida es una rutina de búsqueda de habitación, organización de logística y carga de mochila.

La verdad, no imaginaba que fuese para menos, pero tampoco pensaba que a los dos meses y medio de viaje empezara ya a notar los primeros síntomas de hastío. Y todavía me quedan diez meses por delante, casi nada.

Bueno, corramos un tupido velo sobre mis elucubraciones, y vayamos al grano, que os debo dos semanas de noticias atrasadas. Hemos pasado este tiempo principalmente en Hanoi, ciudad que usamos como base para una serie de excursiones: Tam Coc, bahía de Ha Long y Sapa.

Hanoi, la capital política del país, nos gustó más que su rival Saigón. Nos ha parecido más bonita, con su lago, sus avenidas arboladas y su arquitectura ecléctica, alternando casas de estilo clásico chino con edificios coloniales.

Una de las atracciones más populares consiste en recorrer el casco antiguo de la ciudad, el entramado de calles gremiales adyacente al lago, cómodamente sentado en un ciclo (una vuelta de una hora cuesta unos cinco dólares regateables, yo pagué tres). La experiencia suena mejor de lo que realmente es, pues el tráfico caótico, el ruido infernal y el bullicio callejero constante no te permiten disfrutar plenamente del paseo. Como peatón, lo tienes aún peor. Los comercios invaden las aceras con sus mercancías, obligándote a caminar por la calzada, salteando motocicletas aparcadas y mirando para todos lados para evitar que te embistan las que circulan en todas direcciones. Por si eso fuera poco, no puedes dar dos pasos sin ser acosado por vendedores ambulantes y moto taxis. Estos son los más recalcitrantes y pegajosos, a la par que estúpidos, pues son capaces de proponerte sus servicios un segundo después de haberte visto pagar a otro motociclista (no exagero, esto lo he vivido en carne propia, y José también os podrá contar anécdotas parecidas). Claro, así a cualquiera le apetece salir del hotel a dar una vuelta…

Después de unos días sometidos a este estrés, decides apuntarte a un tour y huir de Hanoi. Sales con la esperanza de disfrutar de un poco de quietud y sosiego, de gozar de unos momentos de recogimiento, de sintonizar con la serena harmonía de la naturaleza, o dicho de otro modo, de que te dejen en paz de una puta vez. Desgraciadamente, los días de espiritualidad taoísta quedaron desplazados por el espíritu lucrativo de explotación turística largo tiempo ha.

Ya sea en Tam Coc o en la bahía de Ha Long, te espera el “comité de bienvenida” habitual, con su arsenal de productos para la venta. La excursión a Tam Coc fue todo lo indeseable que se podía esperar de un tour operador vietnamita: la guía no explicaba nada (claro, estaba demasiado ocupada mascando chicle con la boca abierta), la comida no valía nada (estuve por pedirle un chicle a la guía para engañar el hambre), y el paseo en barco por medio de los arrozales ni siquiera te permitía gozar del espectacular paisaje.

Las barcas se siguen en estrecha fila india, a pocos metros de distancia, cruzándose con las de los turistas que realizan el trayecto de vuelta. Más que un río, aquello se parece a una cinta transportadora, por la que íbamos deslizándonos lentamente hasta pasar por caja. Nos tendieron una auténtica emboscada comercial: tras pasar por una serie de cuevas, llegamos hasta un ensanchamiento del río donde nos esperaban unas barcas cargadas de bebidas, comida, camisetas y demás suvenires. Ahí se para tu barca durante unos cinco minutos, en los que te sientes atrapado, obligado a repetir cien veces que no, que no tienes sed, que no quieres comprar una lata de coca cola, y que no, que tampoco vas a comprar unas latas de coca cola para ofrecérselas a la pareja de remeros que te acompañan en la barca (puro chantaje emocional, algunos turistas que picaron a ese cebo se quedaron a cuadros cuando sus remeros aceptaron la bebida para luego vendérsela inmediatamente al mismo vendedor, por la mitad de precio). Por si todavía no estabas ya asqueado, en el viaje de vuelta, tus “amigos” remeros empiezan a sacar camisetas y manteles bordados de una caja de metal, para que les ayudes comprando un recuerdo. Una pesadilla por la que esperan ser recompensados con propina al final del circuito.

Algo más agradable fue la excursión a la bahía de Ha Long, en la que dormimos una noche en barco. Por fin gozamos de un poco de tranquilidad, aunque eso sí, ya desde las siete de la mañana te abordan algunas barquitas con mercancías. También nos volvió a llamar la atención la falta de educación, profesionalismo y atención al cliente de los vietnamitas. Después de comer, el capitán del barco se puso a recoger nuestra mesa, con el pitillo en la boca y vestido con camiseta interior manchada de vino. Vale que no me esperara a ser atendida por la tripulación de “Vacaciones en el Mar”, pero hombre, un poquito de por favor…

En el segundo día, cuando regresábamos al puerto, tuvimos una avería. De pronto empezó a salir un montón de humo de la popa del barco, se paró el motor y nos quedamos literalmente empantanados. Me pregunté si nos iban a pedir que volviésemos a nado (en la agencia nos habían dicho que nos llevásemos el bañador, sin embargo todavía no habíamos tenido ocasión de usarlo), pero afortunadamente no fue así. No nos ofrecieron ningún tipo de explicación o disculpa, tipo “sentimos mucho este pequeño contratiempo técnico, no se preocupen por su seguridad, otro barco vendrá a recogerles dentro de media hora, disculpen por la demora, etc.”. Nada de nada. Como si estuviesen transportando un cargamento bovino. En el fondo, no somos más que ganado para ellos.

El relato de otros turistas no ha hecho más que confirmar mi impresión. En otro barco se produjo una situación de overbooking. La tripulación pretendió resolver el problema obligando a cuatro turistas a apearse para esperar otro barco. Los cuatro elegidos se opusieron a aceptar este trato pues habían venido en un grupo de siete amigos y obviamente no querían ser separados. Al final tuvieron que pagar 30 dólares adicionales para quedarse en el barco y alguno de ellos tuvo que dormir en cubierta. Peor aún el relato de otra turista. En este caso obligaron a todos los pasajeros a apearse del barco bajo pretexto de avería. Tras alojarlos en un hotel sobre la isla, observaron como volvían a cargar el barco con otro grupo de turistas. Probablemente éstos habían pagado un suplemento para dormir abordo.

Bueno, después de estas experiencias, yo estaba lo bastante quemada como para no querer meterme en otro tour organizado. Así que a Sapa fuimos por cuenta propia, comprando solo el billete de ida y vuelta en tren nocturno.

Sapa es una región montañosa en el noroeste de Vietnam, colindante con China, famosa por sus terrazas de arrozales y por sus poblados de minorías étnicas. Nos encontramos principalmente con campesinos de las tribus H´Mong y Dzao. Se distinguen por su vestimenta tradicional, aunque su estilo de vida ha evolucionado mucho en las últimas décadas, especialmente con la llegada del turismo. Nada más llegar a la ciudad de Sapa, se nos acercaron dos mujeres H´Mong, Cha y Shi. Nos preguntaron en inglés de dónde éramos. En cuanto les dijimos que veníamos de España, nos saludaron en un castellano casi perfecto: “Hola, ¿cómo estás? ¿Cómo te llamas? ¿Comprar a mí?”. Me dejaron de piedra.

Durante los dos días en que fuimos a recorrer pueblos y caminos, primero a pie y luego en moto con guías, fuimos asaltados durante cientos de veces por mujeres y niñas, dedicadas a la venta de sus bordados. Hasta en las tribus montañeras ha llegado el concepto de explotación turística. Desgraciadamente, con la mejora de las comunicaciones y la globalización se están extinguiendo culturas ancestrales y formas de vida tradicionales.

No todo ha sido negativo en estas últimas semanas. El mejor recuerdo del Vietnam nos lo ha regalado el señor Nguyen The Thinh, un hombre mayor que solía ejercer la medicina tradicional en Hanoi y que ahora se dedica a la restauración en Sapa. Thinh fue uno de los pocos vietnamitas que no sólo nos ha tratado como personas, sino como amigos. Fue una bendición conocerle.

Íbamos algo desesperados buscando un restaurante (después de dormir la siesta, como buenos españoles, nos animamos a salir a cenar pasadas las nueve de la noche), pero ya estaban todos cerrando. Fue entonces cuando Thinh salió a nuestro encuentro, haciendo señas desde su terraza para que subiésemos a su restaurante, que en realidad era su casa. En la misma sala se encontraban unas cuatro mesas, una cama, una televisión, y un par de puertas que daban a la cocina y al baño.

Thinh nos ofreció la carta y nos recomendó unos platos tradicionales. Mientras su mujer se afanaba en la cocina, él sacó un tablero de ajedrez y desafió a José a una partida. Así empezó a ganarse nuestra simpatía, jugando con nosotros, sonriéndonos amablemente y agasajándonos con infinitas muestras de hospitalidad.

En los tres días que pasamos en Sapa, nos convertimos en asiduos de su restaurante. La comida era suculenta, abundante y económica. Además Thinh siempre nos invitaba a algo, ya sea una coca cola, una cerveza, fruta, o cafés. La segunda noche, sacó su alcohol de arroz, macerado en una jarra, y nos invitó a beberlo de forma tradicional, usando unas largas cañas de bambú como pajas. También nos ofreció algo de picoteo para acompañar el alcohol, unas tiras de carne de buey seca y macerada en salsa de chili. Fue un momento realmente íntimo y un auténtico privilegio, pues me consta que según la tradición asiática el alcohol de arroz se comparte sólo con amigos y en ocasiones festivas especiales.

Después de varias comidas deliciosas y de muchas derrotas ajedrecísticas, nos despedimos de este anciano entrañable. Una vez más nos volvió a obsequiar con su eterna sonrisa, un cálido apretón de manos y una colección de postales de Sapa como recuerdo. Divino tesoro.

Nota para viajeros: la mejor dirección no la encontraréis en el Lonely Planet sino en este blog. Sa Pa Xanh restaurant – Nguyen The Thinh - So nha 17 Duong Muong Hoa Huyen Sa Pa – Lao Cai – Viet Nam / Tel: 020-871972.

(Escrito por ella desde Hanoi, Vietnam, 02/04/07)