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31 diciembre, 2007

La Factoría de los Sueños

En estas fechas de trajín y festejos, en las que todos andamos algo frenéticos, haciendo y deshaciendo planes, despidiendo el año viejo y acogiendo el nuevo con resaca de ilusiones, tengo la suerte de poder tomarme un respiro. Es hora de la siesta en Luang Prabang. La vida fluye como un río tranquilo, con tal sosiego que hasta el tiempo parece detenerse.

Aprovecho la calma para acercarme a vosotros y contaros un sueño. No el mío, sino el de Sabriye.

Sabriye Tenberken nació en Alemania el 19 de septiembre de 1970. Una enfermedad degenerativa de la retícula fue mermando su vista gradualmente, hasta dejarla en la oscuridad total con tan sólo doce años.

Mientras tú y yo entrábamos en la pubertad afrontando crisis existenciales tales como un desastroso corte de pelo, una inoportuna erupción de espinillas y ese primer amor platónico para nada correspondido, Sabriye aprendía a mirar con la yema de sus dedos, a comer a tientas, a visualizar con la memoria, a desplazarse a oscuras, a ubicarse dentro de un espacio sin referencias visuales.

Desde muy joven, su vida ha consistido en la superación de obstáculos. Físicos, obviamente, pero también psicológicos y sociales. Cuando, tras licenciarse en la carrera de estudios asiáticos, solicitó una beca para realizar un proyecto en el extranjero, se topó con un muro. Acudió a varias instituciones, pero en todas ellas la respuesta fue unánime: “No podemos enviar a una persona ciega sobre el terreno, ¿porqué no se conforma usted con trabajar en su proyecto desde Alemania, atendiendo llamadas telefónicas, por ejemplo?”.

¿Conformarse? Ella nunca lo había hecho. Cuando se matriculó en la carrera, eligió estudiar chino, mongol y tibetano, pese a la oposición del profesorado. Le desaconsejaron fuertemente el tomar esta última asignatura, no sólo por la extrema complejidad del idioma tibetano, sino sobre todo por la total ausencia de material pedagógico para no videntes en este campo. Sabriye no cejó ante este primer problema. Había decidido aprender tibetano y su determinación le llevó a crear, partiendo de cero, un código de escritura braille aplicado a este idioma. Para apoyar su estudio, trabajó en el diseño de un programa que permitiese la impresión de textos tibetanos en braille. También produjo el primer diccionario braille alemán-tibetano.

El sueño de Sabriye consistía en viajar al Tíbet y crear allí una escuela en la que enseñar su sistema braille. Todos la escuchaban con interés, pero nadie se atrevía a avalar su proyecto. Después de recibir innumerables negativas, Sabriye comprendió que su sueño estaba completa y exclusivamente en sus manos, que no debía esperar el apoyo de nadie para realizarlo. En 1996, preparó su equipaje y, sola, se echó a volar.

Lhasa, para cualquier viajero, es una de esas ciudades que te ponen a prueba en más de un sentido: altitud, idioma, caos callejero, contraste cultural, corrupción… Para una persona ciega, es además un nido de trampas, con aceras plagadas de agujeros, desniveles, porquería y obstáculos. Todos los días, Sabriye volvía a su habitación con el bastón cubierto de mierda. Pero lo peor no era esto, sino los insultos que recibía en la calle: “¡Eh, mirad a esa blanca estúpida y torpe! ¡Qué risa! ¡A ver cómo se la pega!”.

En cualquier lugar del mundo, sufrir una discapacidad, ya sea física o mental, es una prueba difícil. En el Tíbet, es aún peor. Debido a una concepción mal entendida del karma, despojada de la primordial virtud budista, que es la compasión, el ser ciego, tetrapléjico o tullido es un castigo merecido. Estás en esta vida para saldar una deuda, para limpiar un karma sucio, has de pagar por el mal que has perpetrado en otras vidas, y nadie se detiene a ayudarte.

Para colmo de males, la proporción de ciegos en el Tíbet es diez veces superior a la media en occidente. Debido a las austeras condiciones de vida, a la dureza del sol, al viento, a la suciedad y al uso de carbón para calentarse, muchos niños pierden totalmente la vista a una edad temprana.

Sabriye, que iba recorriendo pueblos y aldeas a caballo, en busca de niños ciegos para su escuela, se encontró con situaciones auténticamente desesperadas.

Un niño había permanecido atado a su cama, para que no se hiciese daño, con lo que no sólo no había aprendido a desplazarse autónomamente, sino que tampoco sabía caminar.

Una niña de cuatro años sufría abusos físicos por parte de su padre, mientras su madre la insultaba llamándola “bruja”.

Otro niño había sido vendido por sus padres a una familia de Lhasa, con el fin de explotarlo para la mendicidad. Cuando no traía suficiente dinero a casa, era brutalmente castigado, a golpes y latigazos.

La primera clase de Sabriye contaba con tan sólo seis alumnos. Usaban un aula prestada, fuera de las horas de colegio. Más adelante, logró comprar un terreno para edificar una escuela permanente.

La construcción de esa primera escuela fue una continua pesadilla, topándose con trabas administrativas, una orden de expulsión por parte del gobierno chino, un pleito sobre la propiedad del terreno comprado, oposición de vecinos, corrupción y robo de fondos. Una importante donación que le había sido enviada desde Alemania fue a terminar en los bolsillos de una organización tibetana sin escrúpulos.

En más de una ocasión, Sabriye se sintió a punto de tirar la toalla. Afortunadamente, en esos momentos, contó con el apoyo de su pareja, Paul Kronenberg, un atractivo viajero holandés que conoció en Lhasa, y que se unió definitivamente a ella en 1998.

Durante los tres primeros años de su convivencia, Sabriye y Paul compartieron una minúscula e insalubre habitación, en la que apenas tenían espacio para moverse alrededor de la cama. Aquello, más que habitación, era una celda infestada de ratas, pero no podían permitirse nada mejor.

Hoy en día, se acuerdan de esos sacrificios y tribulaciones con orgullo. Fue un camino largo y angosto, pero mereció la pena. La satisfacción de ver la felicidad impresa en el rostro de sus niños, a los que se negaba incluso el derecho de existencia, no tiene precio.

Una mañana, llegando al colegio, se encuentran a un pequeño sentado solo en el patio, mirando hacia el sol, con una sonrisa de oreja a oreja. Se acercan a preguntarle porqué se le ve tan contento. ¿Imagináis cuál fue su respuesta?

“Soy feliz porque soy ciego”.

Para este niño, la escuela supuso una transformación radical. Aprendió a leer, a escribir, geografía, tibetano, chino e inglés. Incluso aprendió a usar ordenadores. Nadie en su pueblo sabe hablar inglés. Nadie ha visto jamás un ordenador. De no haber sido ciego, él tampoco hubiese tenido acceso a todas estas cosas.

La niña “bruja” pasó dos años enteros en la escuela, sin volver a su pueblo. Cumplidos los seis años, quiso visitar a sus padres. Ella sola se fue a su casa, volviendo al cole una semana más tarde, de la mano de un padre y una madre orgullosos de su pequeña.

El niño vendido escapó de la familia que lo tiranizaba y también de una vida destinada a la mendicidad. Gracias a Sabriye, aprendió el oficio de masajista y es ahora empresario.

En la escuela, los niños son estimulados a soñar, a deshacerse de sus trabas, complejos y baja autoestima. Una de las actividades a la que se les invita a jugar es la “factoría de los sueños”. En este juego los niños deben pensar qué quieren ser de mayores. La única regla es no darse límites, no pensar en lo que pueden o no pueden hacer, sino en lo que realmente quieren.

Uno de los primeros sueños de la factoría fue el de este niño ciego que, poniéndose en pie, proclamó a gritos: “YO, de mayor, ¡quiero ser taxista!”. Su sueño fue respetado, nadie intentó disuadirlo o convencerlo de que eso era imposible. Dos años más tarde, le preguntaron si todavía quería ser taxista. El niño contestó que no, que había cambiado de idea: ya no quería ser taxista, ¡sino empresario de una compañía de taxis! ¿Quién se atreve a decir que los ciegos no tienen visión?

Al final, ni taxista, ni dueño de una empresa de taxis. Siendo mayor, decidió que su vocación no estaba en los automóviles, sino en la producción quesera. Fue el primer tibetano con pasaporte, viajando a los Países Bajos para aprender el oficio de quesero. De vuelta a su país, es ahora responsable de transmitir su conocimiento a aprendices ciegos, en la granja orgánica de Shigatse (otro sueño cumplido de Paul y Sabriye).

Ahora mismo, Sabriye y Paul están trabajando en la construcción de una nueva escuela, cerca de Trivandrum, la capital de Kerala, en el sur de la India. Junto a un lago y rodeada de cocoteros, esta escuela especial tiene por aspiración convertirse en un auténtico caldo de cultivo para sueños.


El “Instituto Internacional para Empresarios Sociales” abrirá sus puertas en enero del 2009, acogiendo alumnos de todo el mundo, con una motivación común, que es darlo todo por la realización de sus sueños, y bajo una sola condición: tener a la sociedad por beneficiaria.

La mayoría de estos alumnos tendrán otro punto común: ser total o parcialmente ciegos. En esta escuela, ser ciego no es considerado una discapacidad, sino un valor añadido. Los ciegos, por la fuerza de sus circunstancias, han tenido que desarrollar valor, perseverancia, autoconfianza, espíritu de superación, destreza para resolver problemas y superar obstáculos. Todas las capacidades necesarias para realizar sus sueños.

Conocer a Sabriye y Paul fue, sin lugar a dudas, uno de los momentos más emocionantes de mi viaje. Su testimonio es para mí un tesoro, que he querido compartir con vosotros para que os pueda servir de inspiración.


Mi deseo para todos, en el umbral de este nuevo año, es que demos crédito a nuestras ilusiones y seamos capaces de apostar por nuestros sueños.

No permitamos que nadie, ni nada, se interponga en nuestro camino. Seamos conscientes de que muchas veces somos nosotros mismos los primeros en ponernos la zancadilla, escondiendo nuestros miedos e incertidumbres tras el refugio de la excusa, de trabas reales o imaginarias.

No escuchemos esa pequeña voz que, sin duda con afán de protegernos, nos recomienda que no intentemos ningún cambio, que no probemos nada nuevo, que tal o tal idea es una locura o disparate, que pensar de manera diferente es peligroso, que dejarlo todo es suicida, que lo que anhelamos es imposible, que ya es demasiado tarde, que eso es para otros, para los más jóvenes, más fuertes, más valientes o menos condicionados.

Que no tengamos que ser ciegos para abrir los ojos.

Nota: Para saber más acerca de los proyectos sociales de Paul y Sabriye, podéis consultar la página web de su fundación – www.braillewithoutborders.org


(Escrito por ella desde Luang Prabang, Laos, 31/12/07)

10 diciembre, 2007

Nada es imposible

El lunes 15 de octubre, llegábamos al campamento base del Everest, por su vertiente tibetana, tras dos días de ruta en todoterreno.
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De derecha a izquierda: José, Isa , Clara y Nial, dando saltos de alegría ante nuestra primera visión del Himalaya.

Esperaba quedarme sin aliento y con dolor de cervicales, al pie de este gigante pétreo (8844 metros, según las últimas mediciones), desafío supremo de tantos alpinistas profesionales y aficionados. Sin embargo, el Everest no me causó mayor impresión.

"La verdad, me hizo más efecto el Mont Blanc" – le comenté desdeñosamente a José, mientras éste ametrallaba la nívea cima con mi cámara. Claro que en aquellas vacaciones de esquí en los Alpes, yo tendría a lo sumo siete u ocho años (unos cuantos menos que ahora), una edad mucho más impresionable.

La imagen colosal que yo me había creado del "techo del mundo" era puro producto de mi ingenuidad. Obviamente, el campamento base no está precisamente al nivel del mar, con lo que del Everest sólo percibimos los últimos 3000 y pico metros que llevan a su cima, trazando un perfil de ascendente verticalidad.

Si bien la visión del Everest no llegó a marcarme, no así la historia de estos tres alpinistas, cuyos nombres – Grania, Erik y Sabriye – quedarán para siempre inscritos en los anales montañeros del Himalaya. En común a todos ellos, un mismo lema: "nada es imposible".
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Tuve la suerte de escuchar en directo a Grania Willis en el 2005, elocuente y entretenida oradora, durante una conferencia celebrada en la sede dublinesa de Microsoft. Acababa de regresar de su increíble expedición por el Himalaya. En Junio de ese mismo año, Grania logró superar su desafío personal, demostrando ser la primera mujer irlandesa capaz de alcanzar la cima del Everest por su vertiente norte, técnicamente la más dura.

Imagino que estaréis pensando a santo de qué os vengo a contar la historia de la primera mujer irlandesa en escalar el Everest por su vertiente norte, ¿acaso no sería mejor narrar la hazaña de la primera mujer (la surafricana, Cathy O’Dowd) en alcanzar esa misma meta?

Cierto. Pero si he elegido hablaros de Grania, es por la peculiaridad de sus circunstancias personales, que hacen su desafío y proeza aún más espectaculares.

A saber:
- Grania W. cumplió su objetivo a la edad de 49 años
- Sufría graves secuelas físicas en la espalda, tras dos caídas a caballo que por poco le costaron la vida y…
- ¡Nunca había practicado alpinismo antes de proponerse escalar el Everest!

Como podréis suponer, muchos intentaron desanimarla de su despropósito. Pero Grania, fiel a su lema, no quiso darse por vencida antes de darlo todo en el intento.

Deja su trabajo como corresponsal ecuestre del Irish Times en septiembre del 2003 y, cinco meses más tarde, empieza su entrenamiento intensivo. En septiembre del 2004, se estrena como alpinista en el Himalaya, escalando Cho Oyu (8189 metros), la sexta cima más elevada del mundo.

Avalada por este primer éxito, Grania se siente preparada para el gran desafío. Empieza a ascender el Everest a principios de junio, algo tarde, pues acaba de terminarse la temporada de escalada. Pese a los fuertes vientos y otras inclemencias del tiempo, Grania alcanza la cumbre el domingo seis de junio del 2005, a las ocho de la mañana (hora nepalesa).

Nota: Tal vez os estéis preguntando qué reto puede quedarle a uno tras haber escalado el pico más alto del mundo. Tras lograr su objetivo, Grania ha puesto por escrito todos los detalles de su epopeya, en un libro publicado bajo el título de "Total High: my Everest challenge" (bastante difícil de conseguir en su versión original, dudo mucho que exista su traducción al castellano). Grania sigue escalando. En marzo de este año, haciendo equipo con otro irlandés, Ian McKeever, se ha convertido en la primera mujer irlandesa en alcanzar la cima de las pirámides Carstensz (4884 metros), en Indonesia. Una hazaña nada despreciable, aunque esta vez no haya hecho portada en la prensa celta.

Erik Weihenmayer, de nacionalidad norteamericana, perdió la vista a la edad de doce años. La desgracia a veces se ensaña injustamente sobre un mismo individuo. Al poco tiempo de quedarse ciego, Erik perdió a su madre en un trágico accidente de carretera. En un esfuerzo por levantar la moral de su reducida familia, el padre de Erik llevó a sus tres hijos adolescentes en expediciones montañeras por Suramérica, India y Nepal. Fue gracias a estos viajes que la autoestima, autoconfianza y espíritu de superación crecieron en Erik, empezando a retomar gusto por la vida.

Pese a su discapacidad, Erik logró superar dificultades y obstáculos, hasta convertirse en uno de los más afianzados atletas de nuestros días. Entusiasta y experto practicante de paracaidismo acrobático, delta plano, esquí, ciclismo y carrera de fondo, sus logros más extraordinarios se adscriben sin embargo a los grandes hitos de la escalada.

El 25 de mayo del 2001, Erik alcanzó la cima del Everest, siendo el primer hombre no vidente en lograr este reto.

El 5 de septiembre del 2002, al erguirse sobre la cumbre de Kosciusko, en Australia, Erik se unió a los 150 alpinistas cuyo record consiste en haber escalado la montaña más alta de cada continente, en total siete.

Mientras escribo esto, pese a que nos separen más de 600 kilómetros de distancia, me parece estar oyendo las quejas del Junior: "¿Cómo que siete continentes?". Aún recuerdo una discusión en el que él sostenía que los continentes, de toda la vida, habían sido sólo cinco, mientras yo me emperraba en que fuesen seis. Pues ya ves, Juni, "ni pa tí, ni pa mí", resulta que son siete.

Ahí van:
1. Asia (su cima más alta, con sus 8844 metros, como bien sabemos todos, es el Everest)
2. Suramérica (Aconcagua, 6961 metros)
3. Norteamérica (McKinley, 6193 metros)
4. África (Kilimanjaro, 5894 metros)
5. Europa (Elbrus, 5641 metros)
6. Antártica (Macizo Vinson, 4897 metros)
7. Oceanía (Kosciusko, 2230 metros)

La trayectoria de Sabriye Tenberken, de nacionalidad alemana, estaba destinada a convergir con la de Erik. Al igual que éste, Sabriye había perdido totalmente la vista con 12 años, a consecuencia de una enfermedad reticular, degenerativa e implacable.

Tras leer un artículo sobre las hazañas montañeras de Erik, Sabriye compartió el inspirador relato con sus alumnos de la escuela para ciegos, en Lhasa. Los niños quedaron tan impresionados que, durante semanas, no dejaron de hablar de su nuevo súper héroe.

Animada por el efecto que Erik producía en la autoestima de sus alumnos, Sabriye le escribió una larga carta, invitándole a visitar su escuela. Una invitación que no sólo fue inmediatamente aceptada, sino correspondida con otra más osada: ¿por qué no acompañarle en una de sus expediciones?

Así pues, Sabriye, guiada por Erik y acompañada por seis adolescentes, cuatro chicos (Gyenshen, Dachung, Tenzin y Tashi Pasang) y dos chicas (Sonam Bhumtso y Kyila), ciegos todos ellos, se aventuró a ascender, no el Everest, sino otro pico himalayo, Lhakpa-Ri, cuyo nombre traducido del tibetano significa "Montaña Tempestuosa". Con sus 7010 metros de altitud, la montaña tempestuosa es más elevada que cualquier otra cima fuera del Himalaya.

Nota 1: Para quién quiera ser testigo de esta increíble aventura, permaneced al acecho del estreno de la película "Blindsight", un galardonado documental que a pesar de haber sido rodado en el 2004, todavía no se ha estrenado en la gran pantalla española.

Nota 2: El ascenso de Sabriye por el monte Lharkpa-Ri, en la vertiente norte del Everest, no es ni de lejos su mayor logro. Dentro de unos días y en un texto aparte, os contaré la increíble odisea de esta mujer excepcional, tras haber tenido el placer y honor de entrevistarme personalmente con ella en Kerala.

Nota 3: Nada es imposible. Tampoco lo es morir en el intento de tocar nuestros sueños. El éxito de estos valientes aventureros, si bien debe inspirarnos a ensanchar nuestros límites, no debe hacernos olvidar los peligros que conlleva el ascenso a vertiginosas altitudes. La densidad de oxígeno en la cima del mundo es de 7,7% (al nivel del mar, 23% aproximadamente). El 20% de alpinistas que han intentado alcanzar dicha cumbre, han perecido en el camino, como atestiguan las lápidas encontradas en su campamento base.

Tal vez no tengáis en mente escalar el Everest, pero sí hacer senderismo en Nepal, como lo hicimos nosotros. Tampoco aquí os confiéis demasiado. Durante el breve periodo de tiempo en el que José se encaminaba hacia el paso de Thorung-La y yo llegaba a Jomsom, tres personas se dejaron la vida en el Anapurna. Un sherpa nepalés y dos turistas franceses.

Un hombre mayor, entre 70 y 78 años (según dos versiones distintas), empezó a manifestar síntomas del mal de altitud, en el ascenso que lleva de Manang a Thorung-La. Haciendo caso omiso a estos síntomas, siguió ascendiendo hasta desplomarse. Intentaron en vano organizar una operación de rescate por helicóptero. Tras tres horas de espera, el hombre expiró su último aliento.

Una mujer joven, de 28 años, viajaba con su pareja, curtido senderista. Se llamaba Olivia y se parecía a Cameron Díaz. Había superado el paso de Thorung-La y alcanzado Muktinath. No había manifestado ningún síntoma, ningún malestar. Sin embargo, por la mañana, su novio se despertó con el ruido de una respiración ahogada. Olivia estaba ya inconsciente, pero aún debatiéndose por arrancarle al aire una última bocanada de oxígeno. Ni siquiera con la intervención de un médico japonés, que la providencia había enviado a la habitación contigua, lograron reanimarla.

Sed valientes, pero nunca temerarios.



(Escrito por ella desde Delhi, India, 06/12/07)





28 octubre, 2007

El Embajador

Como si 25 kilos de mochila no fuesen carga suficiente, a José se le ha metido en la cabeza que también recaigan sobre sus hombros la dignidad y el honor patrios. Desde que pusimos pie en China, me viene machacando con el peso de nuestra responsabilidad cívica:

“Pichu, mientras sigamos caminando por tierras extranjeras, te recuerdo que somos embajadores de nuestro país y que como tales debemos comportarnos”.

Se ha tomado tan en serio su misión diplomática, que me temo que vaya a terminar en su currículum vitae – “Actividad laboral de enero del 2007 a enero del 2008: Embajador Honorario de España”. Como si lo viera.
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Esto de ser embajadores en un país de cultura y tradición tan dispares a las nuestras, no es moco de pavo. Y si no, que se lo pregunten a la ex candidata socialista a la presidencia francesa, Doña Ségolène, que cometió la “gaffe” de acudir a una ceremonia oficial china vestida enteramente de blanco, color funerario en Asia.

También los belgas supieron lucirse en su día. Esta anécdota nos fue contada por una señora del mismo país, periodista FreeLancer, que conocimos en Jiuzhaigou. Su abuelo, que ejercía el cargo de Senador, fue convidado, junto con una delegación diplomática belga, a una cena oficial celebrada en la casa del mismísimo Chiang Kai-Shek. Como obsequio a la anfitriona, los belgas llevaron un delicado pañuelo de encaje, muestra de su más fina artesanía textil. La señora de Chiang Kai-Shek recibió su regalo con expresión vacua, mezcla de sorpresa y despago, seguida de un gesto de agradecimiento ostensiblemente forzado. Pronto comprenderían el porqué. Abriéndose paso en el comedor donde tendría lugar la recepción, ante sus ojos desplegada, vieron una inmensa mesa recubierta de un no menos imponente mantel, todo él hecho de encaje. A su lado, el brocado belga parecía una mera servilleta a juego. Primer error de la noche.
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Los chinos, en buena tradición asiática, les agasajaron con un opíparo festín. Los belgas estaban ya a punto de estallar, sus tripas tensas a no dar más de sí, cuando se percataron de que una gran bandeja de arroz negro, situada delante de ellos, había quedado intacta. Breve intercambio de miradas y palabras neerlandesas, que probablemente pudieran traducirse así:

“¿Quién quiere arroz?”

“Estarás de broma, yo no puedo ni con mi alma: un grano más y te juro que me revienta el pantalón”.

“Pero no vamos a dejar ese arroz ahí, ¿qué van a pensar de nosotros? No podemos hacerles ese feo”.

“No me jodas, Jens, ¡ya te he dicho que no puedo más!”
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“Te recuerdo que tú eres el Embajador y que como tal debes…”

“Vale, vale, lo que sea con tal de que no vuelvas a meterme ese rollo… sírveme una cucharada, pero que sea pequeña, ¿eh?”

“Aquí tienes: una cucharada por Su Majestad el Rey, otra por Su Alteza la Reina, otra por la Gloriosa Región de Flandes, otra por…”

"¡EH, NO TE PASES! Que sea una por la Gran Nación Belga y ¡basta!”

Así pues, ante las miradas perplejas y horrorizadas de sus anfitriones, un sudoroso embajador belga, haciendo gala de heroico esfuerzo, se llevó a la boca una última cucharada de arroz. Segunda metedura de pata. Craso, crasísimo error: el arroz negro nunca debe de ser tocado. Probarlo implica que la comida ha sido insuficiente. Esto se considera un insulto para el cocinero y, por ende, para el anfitrión.

Si los profesionales de la diplomacia son capaces de cometer tales deslices, con más razón nosotros, humildes neófitos. Y es que comportarse dignamente en China conlleva echar por el suelo años de educación, negando los valores inculcados por nuestros padres desde la más tierna infancia. Así pues, los mandatos de “termina la comida”, “come con la boca cerrada”, “no sorbas la sopa” y “no te metas los dedos en las narices”, aquí, simple y llanamente, no sirven.

Terminarse la comida, por ejemplo, es de muy mal gusto. Mientras en occidente rebañamos el plato para indicar que estaba todo muy rico, esa misma actitud en oriente significa que nos hemos quedado con hambre. Eso explica que los chinos, a la hora de pedir la comida en los restaurantes, suelan encargar platos para el doble de comensales. No es nada insólito ver cómo abandonan la mesa dejando dos o más platos prácticamente sin tocar.

Nosotros, en este respecto, generalmente hemos quedado como unos auténticos muertos de hambre. En nuestro afán por reducir gastos, incluso hemos llegado a compartir un plato único (pero no os preocupéis, que el honor está a salvo: en tales ocasiones, nos hicimos pasar por belgas).

En China, para indicar que la cocinera se ha lucido, lo que procede es comer haciendo mucho ruido. Incluso cuando el manjar consiste en una sopa de fideos liofilizada, recurso gastronómico habitual en los trenes, lo suyo es pegar largos y sonoros sorbidos: “sluuuurp, sluuuuuuurp”. En esto, el Junior se ha convertido en un experto.

“Esto, Juni, perdona que te moleste… pero, ¿de verdad es necesario que hagas tanto ruido? Mira que estamos solos en el compartimento”.

“Slurp, slurp… sí, sí, sluuuurp… es justo y necesario, sluuuuurp… me sirve de entrenamiento, sluuuuuurp…”

La verdad es que yo, en esto de sorber la sopa, soy algo negada. Al aspirar los fideos, se me pone boca de piñón, y mi “slurp” acaba transformándose en un sonido bilabial oclusivo, algo así como un “bbbbbb”, que parece que voy repartiendo besos indiscriminadamente entre los pasajeros.
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Donde sí que he logrado integrarme a las usanzas locales, ha sido en lo de hurgarme las narices. Tanto en público como en privado, yo ya no me corto ni con un cristal. Con desastrosas consecuencias en alguna ocasión, como en Lhasa, donde mis vasos sanguíneos se hallaban fragilizados por la altitud. Estoy imaginando a más de uno con cara de disgusto y turbamiento. Permitidme que abra un paréntesis digresivo.

(Nota para los que se hayan escandalizado: ¡mira que sois hipócritas! ¿De verdad me queréis hacer creer que nunca os hurgáis las narices? Imposible, todo el mundo lo hace. Todos, salvo los mancos por partida doble, tal vez. Si no me creéis, fijaos en los conductores. Apenas salidos de la autoescuela, observaréis como rápidamente se relajan sus posturas. Las manos que firmemente sujetaban el volante a las tres menos cuarto – o dos menos diez – se deslizan hasta las seis y media. Pronto, una sola mano queda cansinamente apoyada sobre el volante, mientras la otra, cuando no está sujetando un teléfono móvil o paseando un cigarrillo de la ventanilla a la boca y de vuelta a la ventanilla, invariablemente se halla apuntando al hipotálamo, el índice profundamente encastrado en una de las fosas nasales. La cantidad de conductores que se creen invisibles en la semi intimidad de sus vehículos, es algo realmente gracioso).

Donde he de postrarme y reconocerle al Junior su gran valor y absoluta supremacía, ha sido en el tema de no rechazar ningún ofrecimiento de comida, por poco apetitosa que fuese. En más de una ocasión, confieso haber dejado solo al embajador.

De camino al lago Nam-Tso, por ejemplo, compartimos mesa y comida con nuestros compañeros de viaje chinos. Éstos, como es costumbre, encargaron el doble de comida necesaria (ese día, no íbamos de belgas, así que a todo dijimos que sí de buen rollito), incluidos varios platos “sichuaneses”. La tradición culinaria de Sichuan es famosa por ser endiabladamente picante. Los chinos, de ánimo jocoso, se iban riendo y gastando bromas, mientras hacían circular los platos por una bandeja central giratoria. Hasta que le llegó el turno de servirse al Junior que, dejándonos a todos alucinados, se llevó directamente a la boca una guindilla enterita.

Pero lo mejor fue en el monasterio de Drepung, a siete kilómetros en las afueras de Lhasa. Unos monjes nos invitaron a tomar el té con ellos en su habitación. Bueno, no sé si eran monjes realmente: su actitud jovial y desinhibida más bien me hace pensar que se trataba de estudiantes o novicios.

Era una habitación pequeña enmoquetada, con dos camas, una estantería y un pequeño baúl que les servía de mesa. Nos descalzamos antes de entrar y tomamos asiento en una de las camas. Tras ofrecernos unas tazas de té, para mi gran horror, sacaron una botella de plástico llena de mantequilla de yak.

Con tan sólo olerla se me revuelven las tripas: la mantequilla de yak desprende uno de los olores más pungentes y característicos del Tíbet. La usan para todo, no sólo para cocinar. Sirve como cera para alimentar el fuego de las velas y también como material decorativo, para modelar esculturas votivas. Una de las bebidas típicas locales es el “bö cha” – básicamente, un té enriquecido con dicha mantequilla. Puro veneno.

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En esta ocasión, los monjes usaron esta grasa para preparar “tsampa”: un par de cucharadas de mantequilla, azúcar al gusto del consumidor, unos buenos puñados de polvo de avena y agua caliente. Con los dedos fueron mezclando estos ingredientes hasta formar un mejunje de aspecto fangoso (por no decir algo soez). Le añadieron un poco más de polvos y siguieron mezclando, hasta conseguir una masa compacta. Algo parecido a un polvorón, pero sin sabor a almendras.
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El embajador, fiel a los gajes de su oficio, imitó a sus anfitriones con sonrisa impertérrita. Metió el dedo, removió el potingue, se lo chupó (el dedo), volvió a meterlo, siguió mezclando en vano, y por fin dejó que los monjes metiesen mano a su masa amorfa. En un par de minutos, le entregaron un pedazo de sustancia marrón apelmazada.

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Pobre Juni. Antes de realizar su supremo sacrificio por la Patria, me lanzó una de esas miradas tan suyas, ecléctica y llena de paradojismo. Una expresividad a medio camino entre el terror y la valentonada, el asco y la complacencia, el patetismo y el orgullo. Por un lado dice “¡ayúdame, te lo suplico, no me dejes solito en este embolado!” y por otro, “¡mira, mira de lo que soy capaz!”.

Le pegó un bocado. Con la boca todavía llena y haciendo una serie de ruiditos apreciativos, como queriendo decir “hummm, qué rico está esto”, me tendió el resto de su tsampa. Generoso ofrecimiento. No podía dejar pasar la oportunidad de ponerme en evidencia, el muy cabrón. Su mirada se mutó, mandándome un nuevo pero conocido mensaje: “Vamos, embajadora, ¡te toca!”

Un pellizquito. Una pizquita nomás del puto polvorón tibetano fue suficiente para que el sabor de la mantequilla me repitiese toda la noche.
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Nota para los lectores: aquellos que conocen a José de toda la vida, o por lo menos desde antes de su auto investidura como alto dignatario español, sabrán que esto de ingerir alegremente sustancias de aspecto, olor y/o textura repugnantes es algo bastante ajeno a su carácter. Algunos incluso se negarán a creer mi relato. Por este motivo y para que quede constancia gráfica del prodigioso acopio de valor desplegado por el embajador, tengo filmada la escena completa del tsampa. Un día de estos, igual me animo a subir el vídeo a YouTube.

Nota para el embajador: la próxima vez que vengas a comerte un arrocito a Castellón, aunque no estés en tierra foránea, podrías tratar de comportarte como digno plenipotenciario de tu Principado. Así pues, cuando mi padre te ofrezca una mandarina de la mejor selección de su huerta, a ver si te la comes sin escupir “disimuladamente” los gajos mascados en la servilleta. Mira, hete aquí una sugerencia: en febrero, cuando vuelvas a tu Carriona natal, tal vez puedas decirle a tu santa madre que deje de colarte tres veces el zumo de naranja. Para que te sirva de entrenamiento, sluuurp...

(Escrito por ella desde Katmandú, Nepal, 28/10/07)

24 octubre, 2007

"Chinglish"

Uno de los inconvenientes de viajar por China, indudablemente, es la barrera idiomática.

Bastante problemático cuando uno se encuentra en una comisaría, intentando explicarle a un par de pasmados polis que o bien has perdido tu cámara o bien te la han mangado en la estación (Xi’an) o, aún más difícil, que la recepcionista de tu hostal te ha timado 100 yuanes por la cara, cobrándote dos veces el depósito de las llaves (Lhasa). Todo ello con gran gestualidad, para mayor entretenimiento de nuestros amigos de la seguridad y orden público.

Mucho más divertido cuando uno se halla en un restaurante callejero, enfrentado a una carta de la que sólo los precios resultan inteligibles. Para tales ocasiones, hay que echar mano a la imaginación. Recursos no nos han faltado:

1. Cuando los ingredientes están a la vista del consumidor, basta apuntar con el dedo para lograr un plato aproximado a lo que uno tenía en mente.

2. Cuando no, te das un paseo por las mesas, husmeando lo que otros clientes están comiendo, hasta dar con un plato apetecible y, nuevamente, recurrir al viejo método de señalar con el dedo.

3. Si en ese momento eres el único cliente del establecimiento, la situación se te pone un poco más peliaguda, pero no por ello desesperada. Con un poco de suerte, la camarera te introduce en la cocina, donde vuelve a funcionar el primitivo método.

4. Si no cayó esa breva, no pasa nada. Un sistema que nos dio muy buen resultado fue sacar un pequeño bloc de notas y un boli, para dibujarle a la camarera nuestro plato deseado (obvio que uno se tiene que conformar con expresar conceptos básicos, tipo “pollo” o “ternera”, porque tampoco es plan de ponerse a dibujar una fabada asturiana). Por cierto, este método también contribuye a crear buen rollito con el personal: hasta el chef y sus pinches desertaron de su cocina para admirar nuestras creaciones artísticas.

5. Si no tienes ni bloc, ni boli, ni arte… bueno, todavía te queda la mímica. Parece difícil, pero da resultado y es divertido. No hace falta llamarse Marcel Marceau para hacerse entender. Estando en Güillín, conseguí llevarme un sándwich de jamón, tomate y pepino, tras pasar cinco minutos mimando el concepto de “bocata para llevar” (con prisas encima, porque se me iba el tren).
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Para bien o para mal, estas situaciones tan simpáticas se van haciendo cada día menos frecuentes. Gracias al fuerte influjo del turismo internacional, una nueva lengua está empezando a cobrar forma y fuerza.

Amigos de la filología moderna, permitidme que os haga una breve introducción a este fascinante y revolucionario idioma, que he bautizado con el nombre de “chinglish”, por ser puente vivo entre el pensamiento de Confucio y la lengua de Shakespeare.

El chinglish es indudablemente superior a todos los demás idiomas en cuanto a su flexibilidad creativa. Pongamos un ejemplo práctico. Supongamos que uno quiera producir un anuncio publicitario que haga elogio tanto del talento musical (“melody”) de su monarca, como de su olor corporal (“smell”), pero que se encuentre limitado por restricciones físicas de imprenta. Bien, gracias al chinglish, este problema queda rápidamente resuelto. En lugar de descartar uno de los atributos del monarca, a fin de ajustarse al espacio disponible del cartel, el chinglish ofrece el recurso creativo de la libre fusión semántica de palabras. Así pues, durante nuestra visita a los guerreros de terracota de Xi´An, nos encontramos con este mensaje: “Qin smelody”, en lugar de “Qin smell and melody”.

Traducción literal: “Olor y melodía de Qin”. Más claro, agua.


Otra ventaja del chinglish es su carácter altamente intuitivo. Las erratas no impiden la comprensión del texto. Ilustraré este concepto con otro ejemplo real. Durante nuestro crucero por el Yangtzé, fotografiamos este cartel: “CROW ROOM”.

Traducción literal: “Habitación de cuervos”. Obviamente, por “cuervos” se entiende la tripulación (“crew”). Chupado.


No me cansaré de recalcar las ventajas que representa el carácter intuitivo del chinglish. Gracias al mismo, la dislexia ya no supone ninguna traba para la comunicación. Vean si no este texto, encontrado en una agencia de viajes de Chongqing: “FANTSATIC MOUNPAINS AND WATERS”. La intención es obvia. Lo que se pretendía escribir era: “Fantastic mountains and waters ”.

Traducción literal: “Fantásticas montañas y aguas”. Ésta era facilona.


Por cierto, ya que estamos en el tema de las disfuncionalidades lingüísticas, una de las originalidades del chinglish consiste en que la tartamudez trasciende del nivel oral al escrito. Así lo demuestra este párrafo, tomado del folleto de nuestro hotel en Wuhan:

“Wanguo Hotel on No.297 youth road Hankow, distance Hankow train station only 5 minutes car distance, being apart from an an an an an an an an an an an a day river international airport only 30 minutes distance, travel for business guest and sightseeings provided to have most the geography environment of the advantage”.
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Me ahorro la traducción puesto que se trata de un texto de nivel avanzado. Si bien el chinglish permite la comprensión global del mensaje dentro de su contexto, lograr su entendimiento profundo y pormenorizado es algo más complejo, requiriendo, como en cualquier otro idioma, algo de estudio. A este respecto, el segundo párrafo del previamente mencionado folleto, resulta jugoso:

“The hotel presses star class standard to repair to reform, environment grace, gather the guest room, the meal drinks, amusement business in integral whole, 24 hours provide the thoughtful and small synthesizing the sex wine shop ministrantly for the guest”.

Si entre nuestros queridos lectores, alguien pudiese traducirnos estas últimas líneas, Junior y yo le quedaríamos profundamente agradecidos, pues nos hemos quedado con las ganas de saber qué es exactamente eso del “sex wine shop” (mira que buscamos la prometedora tienda, pero no la encontramos).

Traducción literal: “sexo vino tienda”.

Nota: Para aquellos que deseen profundizar sus conocimientos del chinglish, recomiendo las siguientes páginas web:

(Escrito por ella desde Gyantse, Tíbet, 13/10/07)

10 octubre, 2007

Sin Palabras















Porque una imagen vale más que mil palabras:

Fotos de la meseta tibetana, tomadas desde la ventanilla del tren.

(Publicado por ella, desde Lhasa, Tibet, el 10/10/2007)

Lhasa Express

No me lo puedo creer, pero parece que por fin nos sonríe la suerte. Lo que hace tan sólo un par de semanas nos parecía imposible, se acaba de cumplir. Es más, ¡superando nuestras expectativas!

Increíble pero cierto, estamos subidos a un tren en dirección a Lhasa. ¡Nos vamos al Tíbet! ¡Que sí! ¡Que nos vamos al Tíbeeeeeet!

Ya, ya imagino lo que estáis pensando. En esta era de globalización y comunicaciones, viajar ya no es ninguna aventura. Total, te compras un billete de avión para Beijing o dónde sea, luego un billete de tren para Lhasa y… ¡hala! Mira qué bonito, ya estás de camino para el Tíbet. Está tirado. Pan comido.

Eso pensábamos nosotros también, pero pronto se nos quitó la ilusión. Llegar a Lhasa es jodido, no sólo porque te cuesta una pasta (para estándares asiáticos), sino porque además no paran de ponerte trabas.

Para empezar, te piden que te saques un permiso que te sale más caro que un visado. Nosotros, lo tramitamos a través de nuestro hostal en Chengdu, el “Mix Backpackers Hostel”, por el razonable precio de 450 yuanes. Eso sí, para conseguir el permiso, primero teníamos que enseñarles nuestros billetes de tren. Así que nos fuimos directos a la estación.

Allí, el agobio de siempre. Infinitas colas delante de las taquillas, la peña empujándose y pegándole al cigarrillo, y todos los carteles en chino. Bueno, todos no. Todos, menos uno, que decía bien clarito: “No se venden billetes a Lhasa sin presentar permiso”. ¡Pues sí que nos la han hecho buena!
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Con más moral que el Alcoyano, nos pusimos a hacer cola. Cuando nos llegó el turno, casi provocamos una conmoción, con los chinos gritando que ya estaba bien de hacerles perder el tiempo, que a ver si comprábamos nuestros putos billetes de una puta vez y nos íbamos ya a tomar “pol culo” (hay que ver lo fácil que es traducir el chino cuando empiezas a pillarle el tonillo). Y es que nos llevó cosa de un cuarto de hora explicarle a la funcionaria que necesitábamos billetes para Lhasa y asimilar la información de vuelta (mucho menos explícita que la de los chinos que teníamos detrás).

A saber:

1. Que los únicos billetes disponible eran los de asiento duro (normalmente, no nos hacemos los remilgados a la hora de elegir medios de transporte, pero éste es un viaje de 46 horas, con sus dos noches, y habíamos decidido hacerlo con estilo, en clase “soft sleeper” o compartimento de litera blanda, un lujillo que queríamos ofrecernos como regalo póstumo de cumpleaños).

2. Que no, que no había ningún billete disponible para viajar tumbados, ni en litera blanda, ni en litera dura.

3. Que no habría billetes para viajar tumbados, ni para mañana, ni para pasado, ni para la semana siguiente, ni para el mes de octubre. Pero que volviésemos mañana, por si acaso.
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El tema de comprar billetes de tren es bastante más complicado en China que en otros países asiáticos, por los siguientes motivos:

1. No puedes comprarte un billete para ir de la ciudad “A” a la “B” desde la ciudad “C”. Para ir de “A” a “B” sólo te puedes comprar el billete en la ciudad “A”, ¿me explico?
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2. No puedes comprarte el billete con más de diez días de antelación.

3. Algunas agencias se dedican a comprar billetes al por mayor, agotando enseguida la disponibilidad de plazas, para luego sacarse una jugosa comisión en la reventa (actividad ilícita, como descubriríamos más tarde en Wuhan, a la vuelta de nuestro crucero por el Yangtzé).

Empezamos a barajar alternativas, que si hacer el recorrido en todoterreno (algo que queríamos hacer más adelante, para ir de Lhasa a Katmandú) o en avión (¿y perdernos la oportunidad de contemplar los desolados paisajes de la meseta tibetana? No way!). Al final, animados por los testimonios de otros viajeros, decidimos seguir intentándolo.

A unos cinco minutos del hostal, encontramos una pequeña oficina de la agencia de ferrocarriles. El tema era presentarse allí por la mañana y comprarse un billete para dentro de diez días, ganándoles por la mano a los compradores de billetes al por mayor. Y así fue como conseguimos nuestros billetes, a la tercera fue la vencida.

Curiosamente, ese día ni siquiera llegamos temprano a la oficina, con lo que no íbamos con demasiadas esperanzas. Sin embargo, de pronto, nos fue todo como una seda. No dábamos crédito. No sólo teníamos billete para el día dos de octubre, sino que además podíamos optar por litera dura o blanda, litera blanda de primera (compartimento para dos) o de segunda (para cuatro), litera blanda de arriba o de abajo (algo más cara). Apabullados, nos quedamos apabullados. No será broma, ¿verdad?

“Chinita, ¡pónganos dos de segunda, de litera blanda y que sea de arriba, por favor!”.

¡Marchando! Un par de minutos más tarde y tras desembolsar 1065 yuanes, más cinco de tasas, teníamos el valioso papelito en las manos. Nos fuimos pitando al hostal, a encargar nuestros permisos, que tardarían tres días laborables en tramitarse. Nosotros teníamos tiempo de sobra, nueve días por delante. Así que para matar el tiempo, nos fuimos a visitar el parque nacional de Jiuzhaigou (con esto liquidamos tres días, dos de ellos consumidos en el autobús) y encadenamos con el crucero de tres días por el Yangtzé, volviendo a Chengdu con el tiempo justo para comer, subir unos cuantos textos al blog y volver a la estación para pillar el tren T22.

Nos acompañó a la estación una señora, que se encargó de enseñarles nuestros permisos a las autoridades ferroviarias. Una vez a bordo, tuvimos que enseñar nuestros pasaportes, y ya no volveríamos a ser molestados hasta el día siguiente (hoy), para rellenar un formulario antes de hacer trasbordo, en Xining, al tren desde el que estoy escribiendo ahora.


Ya estábamos encantados en el T22, que nos llevó de Chengdu a Xining, pues viajábamos solos en el compartimento para cuatro, pero aún lo estamos más ahora. Este tren es el doble de lujoso que aquél. Compartimentos enmoquetados, zapatillas presentadas en bandejita de plástico, perchitas, espejo, termo y papelera de rigor, mesita con mantel y flores naturales, cuatro televisores de pantalla plana (al pie de cada litera), lámparas individuales, música ambiental, regulador de luz y de sonido, una toma eléctrica (sin la cual no estaríamos enganchados al portátil ahora mismo) y cuatro de oxígeno (para cuando nos encontremos a más de 5000 metros de altitud). ¡Y seguimos estando solos! (Algo totalmente insólito, sobre todo por estas fechas de fiesta nacional en China).

Pero lo mejor de todo son los paisajes, quisiéramos apearnos del tren cada cinco minutos. Impresionantes. Para cortársele a uno la respiración (a lo mejor, por eso nos han puesto las tomas de oxígeno).


Os dejo, que son las 20:17 y el restaurante deja de servir a y media. El Junior, con su habitual gentileza, se acaba de ir a encargar la cena, diciéndome al salir: “Pues tú quédate aquí si quieres, pero cuando nos sirvan los platos dentro de cinco minutos, yo no pienso venir a buscarte”.

Amén.


(Escrito por ella desde el tren, en dirección a Lhasa, Tíbet, 03/10/07)