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23 abril, 2007

Feliz Año de Nuevo

La bella durmiente no se despierta con el tierno beso de un príncipe azul, sino puntualmente cada año, del 14 al 16 de abril, con un estallido de ruido, risas y agua.

La celebración del año nuevo o “Pimai” me hace pensar a la tomatina de Buñuel, solo que sustituyendo los tomates por agua y polvos de talco. El agua es un elemento simbólico de purificación, aunque la manera en que los laosianos se la echan encima unos a otros, de simbólica no tiene nada. Como de lo que se trata es de lavarse los pecados acumulados durante todo un año, que hay que ver cómo tienen de guarra la casa algunos, los laosianos no se andan ni con rodeos ni con remilgos. A barreños y pucherazos limpios, ¡agua va!

La ciudad entera se desata en una ola de histeria colectiva, por las calles zumban a todo volumen ritmos de rap y rock and roll, grupos de jóvenes ataviados con las camisetas distintivas de sus peñas bailan, beben birras y dan rienda suelta a su ebullición hormonal, lanzando cubos de agua a todo ciclista, motociclista, tuk-tuk, coche o viandante que se les cruce. Del remojón no se escapa nadie, ni niños, ni madres, ni ancianos, ni monjes, ni el mismísimo Buda (aunque a él lo bañen más delicadamente, con agua y pétalos de flor de loto), ni muchísimo menos los turistas y, si son mujeres, mejor que mejor. A mi paso, voy oyendo el grito de guerra, “FALANG, FALANG!”, que traducido al castellano significa “¡GUIRI, GUIRI!”, y en un plas tengo a cuatro o cinco maromos sonrientes rodeándome para que no escape a mi merecida ducha. “Happy Lao New Year, madame!” – gracias, gracias, ya me siento muchísimo mejor, de pronto tan purificada…

Este país me recuerda muchísimo a España. Y es que, como le decía a José, el mundo es redondo y en todas partes, los niños son niños; los adolescentes, adolescentes; y los adultos, como aquéllos. Lo mejor del Pimai es que te da la excusa perfecta para volver a ser guaje. Como una máquina del tiempo que te catapulta en el pasado. Me parecía estar de vuelta al año 1984, riéndome y gritando, jugando a guerrillas de agua con mis vecinitos de la plaza Escultor Adsuara, en Castellón.

Todos los días, he vuelto a mi habitación hecha un Cristo, para el gran deleite del personal del hostal. El primer día, me recibieron a carcajadas, y es que traía todo el aspecto de una merluza. Tanto del pez como del pescado, pues no solo iba completamente empapada, sino también rebozada con kilos de harina.

Y es que ese día, mientras José regresaba al hostal con indisposición de barriga, yo me aventuré a cruzar el Mekong. Iba a mezclarme con los miles de laosianos que armaban barullo en la otra orilla del río, donde habían montado chiringuitos, altavoces, pistas de baile, plataformas para el lanzamiento de cohetes: en breve, todo el meollo de la movida.

Cruzar el Mekong fue ya de por sí una aventura (presiento que esta historia va a encantar a mi madre, que después de leer esto ya no va a querer viajar conmigo a ningún sitio). Siguiendo un grupito de laosianos, me embarqué en un “speed boat” o embarcación rápida, que venía a ser algo así como la versión acuática de nuestro autobús vietnamita. Una barca de madera, estrecha, alargada y motorizada.

Me subí la primera y, detrás de mí, una docena de laosianos. Nada más ponerse en marcha el motor, comprendí el sentido de la palabra “speed”. Las cosas como son, vale que la barca no estuviese como para lucirse en la Copa América, pero rápida sí que era, eso sí que hay que reconocérselo. El problema es que no es que fuese rápida hacia delante, sino más bien en su moción hacia el fondo.

En cosa de ocho segundos, empecé a sospechar que algo no era del todo normal. La barca empezó a tambalearse, la gente se levantaba y gritaba haciendo señas a otras embarcaciones, miré a mis pies y de pronto vi mi querido Mekong más cerca que nunca. En breves segundos hice un repaso mental de la situación: el agua me llegaba a media pantorrilla, el nivel iba subiendo rápidamente y estábamos justo en la mitad del río. ¡Socorrooooo! Pero digo yo, ¿tan mala he sido yo este año que unas buenas duchas no basten para expiar mis culpas?

Lástima que el Junior no estuviese conmigo. No porque necesitase su protectora presencia en esos momentos de pánico, ni porque le desee la suerte de Leonardo en “Titanic”, sino más que nada porque de haber estado allí, ahora tendríamos todo un reportaje audiovisual del siniestro, de la operación de rescate y de la feliz llegada a tierra firme. En su lugar, tenemos una chapucilla de videoclip de catorce segundos que se corta justo cuando empieza a cundir el pánico (próximamente en sus pantallas, estén atentos al estreno de “Titanic” en la sección de vídeos del viaje). Y es que ante el peligro, cada uno responde a su modo. Yo opté por guardar la cámara y ayudar al barquero a devolverle sus aguas al río, como todo hijo de vecino laosiano.

Nada más desembarcar en la otra orilla (menudo alivio), me tuve que enfrentar a un nuevo peligro, el de las lluvias torrenciales de polvos de talco. Muchísimo peor que las de agua, porque el talco es tan fino que se te mete por todas partes. En pocos segundos, me dejaron más blanca que una estatua de yeso. Tenía talco en el pelo, en las pestañas, en los ojos (por cierto, eso duele), en el bolso, en la cámara, en las manos y hasta en las bragas. Una lástima, porque con todo ese pringue no pude hacer muchas fotos.

Algunos laosianos se dedicaban a construir “estupas” de arena, que luego adornaban con polvos de talco, banderas, cintas multicolores, flores y palillos de incienso. Otros se bañaban, intentando quitarse sus máscaras de harina con las aguas parduzcas del Mekong. Multitud de gente caminaba río abajo y río arriba, bebiendo, riendo, espolvoreando talco y deseándose un feliz año nuevo. Una hilera de personas se destacaba de esa gran masa humana, subiendo en procesión a los templos. Los seguí un rato y, cuando ya no quedaba de mí ni un centímetro cuadrado de piel visible, decidí que era hora de volver a coger el barco (optando por un modelo VIP esta vez).

En el segundo día del Pimai, asistimos al desfile de Miss Laos con su colorido cortejo de galanes y damiselas. Encabezando la procesión están unas figuras típicas del Pimai laosiano, unos cabezudos con máscaras rojas, conocidos como los “Pougneu Nagna Gneu”. También participan en el desfile músicos, grupos tribales, monjes, niños y niñas vestidos con trajes tradicionales, hombres con disfraces de mono, de pavo real, y hasta de “mujer liberada”. El sentido del humor es rey durante la fiesta y todo está permitido.

Terminada la procesión y ya de camino hacia el hostal, presenciamos y padecimos toda clase de asaltos. Perdí cuenta del número de cubos de agua que me echaron encima y acabamos no solamente calados, sino también pringados de harina y embadurnados de hollín.

Después de darnos una buena ducha en la que casi nos dejamos los cueros en carne viva, y tras vestirnos con las últimas prendas secas de nuestro escaso vestuario, decidimos quedarnos a cenar en el hotel, pues eso de salir a la calle por segunda vez en un solo día nos pareció demasiado temerario.

Yo, que soy más bien modosita, me había bajado un libro para relajarme leyendo mientras esperaba a que me sirvieran la cena. Mi plan era descansar un poco de tanta marcha y disfrutar de una velada tranquila. Así que os podéis imaginar la sorpresa que se llevó José al bajar de la habitación unos minutos después que yo, y al encontrarse con mi libro abandonado en una mesa y a mí bailando (o por lo menos haciendo el intento) con el personal de recepción. Y es que menuda marimorena habían montado: ¡música a tope, karaoke, baile y cerveza Lao a voluntad! Bueno, estaba claro que no iba a ser el tipo de velada que yo había planeado.

Despedimos el año viejo entre carcajadas y abrazos, que el alcohol desinhibe hasta al más tímido de los laosianos, bebiendo mucha cerveza y bailando al ritmo de canciones locales. El que más se desató fue el cocinero, no sólo porque se soltó el pelo (suele recogerse el flequillo en una especie de chufo que, sin querer ser cruel, me recuerda al peinado de los Yorkshire Terriers), sino porque durante un buen rato se convirtió en la estrella del karaoke (su habilidad como cantante era inversamente proporcional a la cantidad de cerveza Lao ingerida por el mismo), hasta que se cansó del micrófono y se lanzó a la pista de baile, amarrándose al Junior como un oso amoroso. Éste me hacía señas de que todo bien y aquí no pasa nada, en un esfuerzo por auto-convencerse de que dos hombres bailando abrazados es algo normal en latitudes laosianas, hasta que aquél empezó a darle besitos en el cuello, que sin duda eran otra expresión natural de fraternidad y cariño inter-étnico.

Afortunadamente, durante el parón de luz que duró menos de cinco minutos, yo estaba más cerca de José que el cocinero, así que por esta vez le gané la mano y aproveché para marcar territorio. A oscuras y al compás de ritmos laosianos, nos marcamos unas lentas, y así, bailando pegados y acarameladitos los dos, sellamos el año viejo con un penúltimo te quiero.

Digo “penúltimo” porque, aunque al espectador tales escenas puedan augurar un desenlace romántico, la realidad de la vida nunca es tan sencilla ni previsible como las películas de Hollywood. El año viejo se despide para dar paso a las promesas de año nuevo. Nosotros, cumpliendo con la tradición, hemos añadido una nueva resolución a nuestra ya larga lista: la de separarnos durante un tiempo.

Después de tres meses viajando juntos, y aunque sigamos llevándonos bien, los dos empezamos a sentir la necesidad de darnos un pequeño respiro. Aprovechando que los Siths estarán en Tailandia del 22 de abril al 6 de mayo, José y yo nos distanciaremos durante un par de semanas. Mientras él disfruta de la compañía de sus amigos (chicos, yo también espero veros en Bangkok antes de que os volváis a Dublín), yo me concentraré en realizar unos cuantos proyectos. Como hacer un cursillo de masaje tailandés, ponerme en contacto con viejos amigos y, si aún me queda tiempo, poner al día este blog con más textos y fotos.

Pequeñas resoluciones las del año nuevo laosiano, y es que todavía tengo muchas pendientes de mi lista de diciembre y febrero. Por cierto, a propósito de mis resoluciones, tengo una gran noticia. Y es que la más deseada de mis resoluciones de año nuevo chino está camino de cumplirse: ¡mis padres ya han reservado sus billetes para Bangkok! ¡Hurra! Estarán aquí del 18 de diciembre al 16 de enero y, aunque aún quede muy lejos, ya estoy haciendo un montón de planes para esas cuatro semanas. Van a ser unas navidades muy especiales.

Nota: tal vez os estéis preguntando el porqué de tantas celebraciones de año nuevo y en fechas tan dispares. El año nuevo de febrero es el chino, que corresponde al budismo “Mahayana” o “gran vehículo”. El budismo Mahayana se practica en China, Japón, Tíbet, Corea y Mongolia. Sin embargo, el año nuevo de esta corriente budista, también se celebra en el sudeste asiático, debido a la importancia de la comunidad china en estos países.

El Pimai o año nuevo laosiano se celebra en abril y corresponde a la otra corriente budista, llamada “Theravada” o, despectivamente, “Hinayana” (“pequeño vehículo”). El budismo Theravada es practicado en Birmania, Tailandia, Camboya, Laos y Sri Lanka.

La diferencia entre ambas corrientes estriba principalmente en el enfoque. El gran vehículo se concentra en el ejemplo de la vida de buda, exaltando la compasión como principal virtud. El pequeño vehículo pone mayor énfasis en las enseñanzas de buda, predicando un modo de vida más austero y buscando la iluminación por medio de la meditación.

(Escrito por ella desde Luang Prabang, Laos, 18/04/2007)

20 abril, 2007

De Saigon a Sapa (VI): Halong, Sapa y...a Vientiane

Halong Bay

Cerca de Hanoi, hay una excursión de dos o tres días que merece la pena. La magnifica Bahía de Halong es, sin lugar a dudas, la maravilla natural de Vietnam. Imaginaos más de 3000 islas surgiendo de las aguas esmeraldas del Golfo de Tonkín, muchas con playas y grutas creadas por el viento y las mareas. Además, algunas cuentan con cuevas de mayor tamaño, iluminadas artificialmente para facilitar la visita de los turistas.



Nosotros hicimos la excursión de una noche y dos días (ya sabéis, en el primero la mañana se consume con el viaje y en el segundo se sale después de comer), que incluía la romántica novedad de pernoctar en un barco. Cuando llegamos al embarcadero vimos no una docena, sino cientos de embarcaciones de madera de mediano tamaño, con capacidad cada una para unos veinte pasajeros, que se iban llenando y saliendo en orden hacia la bahía. A nosotros nos llegó el turno después de comer, cuando ya nos preguntábamos si la excursión consistía en estar fondeados a escasos metros del puerto.

Desgraciadamente no pudimos apreciar la belleza de las formaciones rocosas en todo su esplendor puesto que una neblina limitaba la visibilidad a unos centenares de metros. Bajo la niebla, solo se ven gigantescas formas que hubieran sido espectaculares de haber contado con un día más despejado. Al anochecer, todos los barcos fondeamos juntos, a los pies de la Tiptop Mountain para minimizar el riesgo de ¡un ataque por parte de los piratas!. No es broma, ha ocurrido en el pasado y las consecuencias pueden ser simplemente perder todas las posesiones o, no es descartable pues ya ha pasado, hasta perder la vida. Mecidos suavemente por las olas, pronto nos quedamos dormidos sin que ningún émulo de Jack Sparrow perturbara nuestro sueño.


Al día siguiente teníamos prevista una excursión en kayak y el barco nos llevó a un embarcadero flotante que, junto a unas casas también flotantes, albergaba las piraguas dobles en las que remaríamos por nuestra cuenta durante 15 o 50 minutos. Nunca quedó claro y ni una pareja de australianos ni otra de irlandeses se pusieron de acuerdo si el guía había dicho “fifty” o “fifteen”, pero seis personas acabamos perdiéndonos y llegando casi dos horas después. Claro, es que todas las islas tienen un tamaño similar y para volver en vez de retomar el camino decides rodear la siguiente isla para llegar por detrás. Pero resulta que eso no es el final de la isla, sino una pequeña cala, así que sigues rodeando. Y ves el final de la isla. Que resulta ser una playita. Y sigues rodeando hasta que te das cuenta de que estás cansado y el tiempo pasa…y decides dar la vuelta y retomar el camino original.


Y para colmo, cuando estamos en el barco de camino de vuelta, sale una espesa nube de humo del motor y el barco detiene su marcha por una avería. Paciencia, conversaciones y juegos de cartas hasta que, sin más novedad, otro barco nos rescata y nos lleva a puerto de manera que podamos llegar a Hanoi a tiempo para tomar nuestro tren nocturno a Sapa.


Sapa

La otra cita ineludible desde Hanoi era visitar Sapa, tan al Norte del país que era casi fronteriza con China. De hecho el tren nocturno llega ocho horas después de salir de Hanoi (y dormir en la litera de arriba de un compartimento para seis personas no es tan claustrofóbico como se puede imaginar a priori) hasta Lao Cai, ciudad fronteriza, a las seis de la mañana y desde allí un minibús (es decir, una furgoneta con más o menor antigüedad) te lleva por un camino que tiene más curvas que Pamela Anderson durante una hora de espectaculares paisajes hasta Sapa (o Sa pa).


Esta norteña ciudad es visitada por los turistas por dos razones principales, el arroz y las tribus, El primero se cultiva por toda la zona, con la particularidad de que, dado lo montañosa que es, sus habitantes han acudido en busca de espacio a las faldas de las colinas, donde aplican el cultivo en terrazas. Vistas desde cualquier parte del valle en plena época de faena en el campo, la perspectiva es espectacular. Respecto a la segunda razón, la zona está plagada de pueblos en que las etnias continúan con sus vestidos tradicionales y de esa guisa se les puede ver en el mercado de Sapa, pudiéndoseles identificar, si uno les conoce un poco, por su vestimenta como Xapho, Zao o Dao, Tay o H´mong.



Nuestra experiencia con los paisajes no fue demasiado buena porque por un lado llegamos en un momento en que la ciega niebla por las mañanas y (peor aún para las fotografías) una persistente neblina por las tardes, nos impidieron disfrutar de las vistas. Además, no era momento de que el arroz estuviera en su esplendor con lo que los colores que vimos no eran los más adecuados para la genuina reputación de esta zona. Pero uno no puede tenerlo siempre todo a su favor y hay que disfrutar cada momento, con lluvia o con sol, y eso hicimos.



Respecto a las tribus, por nuestra cuenta hicimos un trekking que nos llevo desde Sapa hasta Ta Van (Zay) pasando por Lau Chai (H´mong) y desde allí alquilamos dos mototaxis para ir a Ban Ho (Tay) y disfrutar de su rio y sus aguas termales, para luego volvernos a Sapa. El camino era muy bonito (pese a que la calidad de la luz no acompañaba) pero resultaba molesto convertirse continuamente en acosado objeto por parte de los habitantes, que no cesaban de insistir en que les compráramos bolsos, pulseras, gorros o cualesquiera mercancías que ellos llevaran encima. Lo mismo ocurría en Sapa continuamente. Iba a decirle a Isa que dentro de unos años andarían todos en camiseta cuando me di cuenta de que no sería así, porque si ya no llevan el traje tradicional nos privan del exotismo de su vestimenta y pasan a ser simples vendedores como tantos otros en Vietnam.


Pese a ello, el mejor recuerdo que nos llevamos de Sapa es el del viejo Thin y sus partidas de ajedrez. Una noche en la que buscábamos algo abierto para cenar (porque a la intempestiva hora de las nueve ya estaba todo cerrado) vimos el cartel del restaurante “SaPa Xann” (¨Green Sapa” o “Sapa Verde”), una mujer barriendo en la puerta y en la terraza en lo alto, un viejecito de boina. Mediante mímica y con la discreción de nuestros gritos, le preguntamos si estaba abierto para comer algo y nos dijo que sí. Y así encontramos nuestro restaurante favorito para comidas y cenas mientras estuvimos en Sapa. Básicamente, es su casa. La cocina es la de casa, la terraza, con sus pájaros y plantas, es la de su casa y la comida es deliciosamente casera. La cocinera (increíblemente diestra, todos los platos fueron deliciosos) es, obviamente, la esposa de Thin y son ellos los que, sobre un amplio menú, te aconsejan por señas que plato has de pedir. Y nunca se equivocan porque siempre hemos salido satisfechos. Pero no acaba ahí la cosa porque mientras se preparan los manjares, Thin sacará su ajedrez y te desafiará, sonriente y modesto, a una larga partida de ajedrez que tú perderás. Para compensarlo, luego te puede hacer probar su licor casero o degustar, mediante largas cañas, el típico licor de arroz. Y si después de cenar quieres que te vuelva a machacar, la cerveza corre de su cuenta. Y además, la comida es siempre barata.


V.I.P (Vaya Increíble Patata)

V.I.P era nuestro autocar desde Hanoi (Vietnam) hasta Vientiane (Laos), un trayecto de 23 horas que decidimos hacer de la manera más cómoda posible, dentro de un presupuesto de 25 dólares por persona porque el avión costaba 125 $. Vincent, que había hecho el trayecto un par de días antes nos escribió un email avisándonos “El autobús que cuesta 16$ es local, está lleno de vietnamitas, los asientos no se reclinan y son incómodos, el trayecto ha sido un asco”. Ni cortos ni perezosos volvimos a la agencia y preguntamos sobre otra opción, con menos ambiente local, para el viaje y la chica nos dijo que la Embajada de Laos organizaba varias veces a la semana un autobús pero que el siguiente no saldría hasta el miércoles. Horror, nuestro visado caducaba ese mismo día y nos exponíamos a pagar una multa o solicitar, a precio de oro, ipso facto una extensión del visado. Ella dijo que llamaría a la Embajada de Laos dentro de un rato, porque ahora estaban comiendo, y preguntaría si había alguna solución.

Y vaya si la hubo. Aparentemente, el autobús V.I.P. de la Embajada saldría también el martes así que pagamos los 9$ de diferencia y nos aseguramos plaza en tan cómodo transporte. Al día siguiente, a las seis de la tarde, dos motos nos llevaban a nosotros y nuestras mochilas hasta otra agencia a la que llegaría el autobús. A las seis y media, la señora de la agencia nos decía que por unos problemas que no entendimos, la montaña no vendría a Mahoma así que Mahoma iría en taxi a la montaña.

Cuando llegamos a la estación de autobús yo fui a asegurarme y vigilar cómo se metían las mochilas en el portaequipajes mientras Isabel subía a apropiarse de dos asientos contiguos. Cuando fui yo el que entró en el autobús, me quedé sorprendido porque parecía local, estaba lleno de vietnamitas, los asientos no estaba seguro de que se pudieran reclinar ni de que no fueran incómodos y el trayecto se me antojaba un asco. Y no había nadie que hablara inglés ni forma de hacernos entender. Encima, comprobé que a nuestro lado había aparcado otro autobús que parecía realmente V.I.P. con un vistoso cartel “Hanoi – Vientiane”. Le pregunté al conductor y lo único que me decía es que salía “mañana, mañana”. Isabel y yo atamos cabos, no había transporte de la Embajada el martes y una de las dos agencias o un funcionario laosiano nos habían timado dieciocho dólares.


¿Qué podíamos hacer? Si nos bajábamos del autobús para volver a la Agencia, perdíamos el transporte y teníamos que pagar bastante más del doble de lo que habíamos pagado ya para la extensión de la visa, aparte del tiempo y las molestias. Ya teníamos nuestras mochilas guardadas, eran casi las siete y nos resignamos a un viaje cuanto menos pintoresco (aunque, afortunadamente, los asientos se reclinaban parcialmente, la cortinilla que colgaba a mi lado presentaba un extraño degradado de colores, desde el amarillo chillón hasta el negro roña que no se me antojaba fuera cosa del diseño). A las siete de la negra tarde abandonábamos Hanoi y a las diez de la noche realizábamos la primera parada por avería.


Creo que fueron en total, unas tres paradas por recalentamiento del motor después de otras dos paradas por avería mecánica. Eso incluye detenerse tranquilamente en medio del carril, a la salida de una curva, en un puerto de montaña en el que nos rodeaba la niebla. También, una parada en un taller, despertar al mecánico y que durante una hora media docena de varones, entre pasajeros y conductores, se dedicaran a observar como el hombre luchaba por encajar artesanalmente una pieza recién soldada. Además, los pasajeros nos quedamos sin agua porque fueron recogiendo todas las botellas para apagar la sed del ardiente motor. Encima, nos hemos ido de un país de más de 80 millones de habitantes a otro de solo 6 y del que el 80 por ciento de las carreteras están sin asfaltar. Las averías y los problemas no impidieron que fuéramos parando para recoger a más pasajeros que, al imaginario grito de “al fondo hay sitio” lograron que la capacidad máxima del vehículo pasara de 40 a 60 personas sin que nadie se ruborizara. Después de todo, si pones unos taburetes en el pasillo, ¿Por qué no iba alguien a usarlo durante 20 horas?. Además, siempre queda el recurso usado por uno de los conductores de tumbarse en una hamaca…colgada sobre el abarrotado pasillo. Eso si, doy fe de que no transportamos cerdos o gallinas. ¿Tal vez en el viaje de vuelta?



(Subido desde Chiang Mai, Tailandia. Recopilado por él en Luang Prabang, Laos, el 20 de abril de 2007 a partir de distintos textos escritos en Saigón, Kon Tum, Hoi An y Hue por él entre el 21 de marzo y el 5 de abril de 2007)

18 abril, 2007

Karaoke

Una de las empleadas del hostal se acercó y depositó sobre la mesa el plato con la cena de Isabel (un lujo de patatas fritas que escoltaban merecidamente a un hermoso bistec poco hecho – aunque demasiado para su gusto, la señorita es sanguinariamente carnívora - con una salsa de bechamel y champiñones). Acompañó el gesto con una sonriente advertencia “Si no está rico es porque el cocinero está borracho”. Lo sorprendente hubiera sido que no lo estuviera y no porque el chaval fuera un adicto a la cerveza local, sino porque la familia dueña del establecimiento y los empleados estaban festejando el Año Nuevo recién estrenado. Si en Europa por esas fechas todos andamos más que abrigados, en Laos estamos en plena temporada seca y por encima (para no variar…) de los habituales treinta y pocos grados.

Yo acababa de sentarme enfrente de Isa para robarle alguna patata y al oír el comentario de la chica y ver al otro lado a casi una decena de laosianos bailando en torno a un karaoke, deduje que no nos esperaba mucho descanso. El principal acto del día (como de costumbre, no empezó hasta las dos de la tarde ¿para qué hacerlo a las nueve o diez de la mañana?, estos laosianos si que entienden las prioridades) había sido un desfile cívico religioso en el que la estrella principal era Miss Lao, acompañada de sus damas de honor y todas ellas subidas en una carroza con forma de pavo real, que había recorrido Luang Prabang desde el templo Wat Pha Mahathat, al comienzo de la villa hasta el Wat (templo) Xieng Thong .


El desfile no iba acompañado de una tregua, antes al contrario. Todos los participantes, policías que aseguraban el perímetro incluidos, se convirtieron en perfectos objetivos para recibir calderadas de agua y puñados de polvos de talco que eran arrojados desde aceras y terrazas
. Los espectadores tampoco nos libramos y todos, en mayor o menor medida, acabamos el desfile empapados y cubiertos de polvos de talco. Y para volver a las habitaciones tampoco hubo descanso, en todas las calles del pueblo había grupos de personas (como las peñas o cuadrillas que nosotros conocemos), uniformadas con camisetas del correspondiente establecimiento, que se dedicaban a continuar la faena con cubos y mangueras que no dudaban en introducirte por el cuello de la camiseta.

Nosotros nos habíamos cambiado ya de ropa y sólo pretendíamos descansar un rato pero eran poco más de las cuatro de la tarde y no íbamos a tener ocasión de hacerlo. Por cierto, asturianos, he descubierto que aquí hacen con la cerveza como nosotros con la sidra, una botella, un vaso…y se bebe de golpe. Efectivamente, pronto se me acercaron con una Beerlao (la famosa cerveza local), llenaron 2/5 de un vaso y me lo dieron a beber, mientras esperaban a que yo lo terminara para proceder con otra persona. Y así toda la tarde, y yo en mi segundo día de ayuno por problemas de estómago, y sin poder negarme, por aquello de la cortesía. En la mesa conocimos al matrimonio que hace ahora dos años abrió esta casa de huéspedes (guesthouse u hostal) y algunos familiares. La barrera idiomática, nosotros no hablábamos laosiano y ellos muy poco inglés y algo de francés, no impidió que, con mímica y buena voluntad, nos riéramos un rato.

Después, todos a bailar lo que parecía música pop laosiana (creedme, me puse a mirar los VCDs pero no recuerdo ninguno de los nombres de los artistas, como tampoco recuerdo los de los cinco o seis laosianos que me presentaron) y a hacer nuestros pinitos con unos movimientos lentos y acompasados pero no carentes de belleza. No los nuestros, claro, que parecía que estábamos bailando la Macarena. Y además, mal. (he grabado un par de vídeos, que subiré a YouTube aunque no va a ser precisamente “mañana”, sobre como bailaban ellos aunque no pude captar los mejores pasos…porque yo los estaba intentando). Como los laosianos no trasnochan, por cultura y por ley (en Vientiane sólo había dos locales con licencia de apertura hasta las 23.30), la fiesta acabó relativamente pronto según los estándares europeos, y nosotros nos retiramos a eso de las ocho y media (realmente huíamos de la Beerlao y de bailar con el cocinero, al que yo le caí especialmente bien) y dejamos de escuchar los desacordes de la música a eso de las nueve y media.

Los únicos que se levantaran temprano al día siguiente serán, como siempre, los monjes budistas, que también participaron en el desfile y fueron convenientemente remojados.


Nota: Los precios suben y las condiciones siempre empeoran pero la oferta suele aumentar. Es una regla de oro tanto para el alojamiento como para la comida. Por lo que a nosotros se refiere, como tantas veces, nos alojamos en un sitio que no aparece en la Lonely Planet. Es una guesthouse compuesta de dos edificios, a la entrada de Luang Prabang y a unos 100 metros del comienzo del Mercado H´Mong. Se llama Villa Philayack, no tienen página web, y están en Ban (calle) Wat That, localizada casi enfrente de las escaleras de acceso a ese templo. El precio que hemos conseguido para una habitación doble con baño es de 8 $ (de los 10 $ originales) para los días que no es Pi Mai y de 20 $ (aparentemente en otros sitios, en los que admiten reservas por adelantado al contrario que aquí, el precio es de 25 a 35 $) para los tres días oficiales de fiesta, en los que todos los hoteles y hostales suben exageradamente sus precios. Desayunar, comer y cenar lo estamos haciendo muchas veces aquí, no sólo por comodidad (ni por lo cariñoso que es el cocinero) sino porque la comida es abundante, muy buena y no más cara que en otros sitios más céntricos.

(Escrito por él en Luang Prabang, Laos, el Día de Año Nuevo Laosiano, 16 de abril de 2007)

17 abril, 2007

El país de la bella durmiente

Cuenta un dicho popular que en el comercio arrocero, el chino es quien aporta el dinero para comprar la semilla, el vietnamita es quien aporta su sudor, encargándose de su siembra y cosecha, mientras el camboyano se limita a observar como crece el arroz y el laosiano, a escucharlo crecer.


Como cualquier generalización, supongo que encierra una parte de verdad y otra de injusticia. En mi opinión y por lo que vengo observando desde que llegamos a Laos, el laosiano goza de un sentido plácido de la vida. Su espíritu tranquilo es contagioso y no me ha costado mucho adaptarme al estilo local. Camino sin prisas y arrastrando los pies, me dedico a comer, leer y honorar el rito ancestral de la siesta, al atardecer me doy otro paseo a orillas del Mekong, deteniéndome unos minutos para observar el universo paralelo de las hormigas, dedicadas a la logística de libélulas muertas.


Para mí, Laos ha sido el antídoto de Vietnam. Cansada de luchar contra el ruido, el tráfico y el acoso comercial constante de Hanoi, Vientiane (creo que la capital laosiana se transcribe como Vientián en castellano, pero ante la duda, seguiré refiriéndome a ella con su apelativo anglo-francés) representó para mí la llegada a un puerto de paz.


Desde el primer momento, José y yo coincidimos en pensar que la capital laosiana se parecía más a un pueblo que a una ciudad. A José, que durante todo el viaje no ha cesado de crear conexiones entre lo exótico y lo conocido, levantando puentes imaginarios que enlacen esta parte del mundo con su casa, le he oído repetir varias veces esta frase: “¡esto es como un pueblo de León!”. Nunca he estado en León, pero no me cuesta imaginar que en sus pueblos se respire la misma quietud que en Vientiane.


Por sus calles tranquilas pasea un monje, envuelto en su túnica de azafrán, caminando a paso manso y a la sombra de un paraguas. Otro monje desemboca de un wat vecino, se saludan y lentamente desaparecen a la vuelta de una esquina. La calle vuelve a quedarse vacía, inerte bajo el sol plomizo del mediodía. El silencio se ve interrumpido de vez en cuando por el pasar de una bicicleta. Un “tuk-tukero” dormido, presintiendo mi presencia, ha abierto un ojo en el preciso instante en el que yo pasaba de frente a su vehículo estacionado: “Tuk-tuk, madame?”. Ante mi negativa, vuelve a entregarse plácidamente al dulce abrazo de Morfeo.


Me encanta este lugar, me está devolviendo la vida y las ganas de continuar nuestro viaje. Por fin he dejado de sentirme como una diana humana, un fajo vivo de billetes, y puedo disfrutar de un paseo solitario, sin que termine en huída al hotel. Incluso en las tiendas nos dejan tranquilos. Anécdota tan verídica como inverosímil: entramos en una tienda para preguntar por el precio de unas camisetas, interrumpiendo a la vendedora que, sentada en el suelo, miraba su telenovela. Ésta nos contestó con una sonrisa y, sin inmutarse, de inmediato volvió felizmente a lo suyo, que era mirar la tele y no vendernos camisetas. Al salir de la tienda, seguía sin dar crédito a lo que acabábamos de presenciar. “¿Te has dado cuenta, José?”. “Sí, Isa, sí, me he percatado, me he percatado…”.


Durante los tres días transcurridos en Vientiane (cinco con el de llegada y partida, si contamos los días al estilo de la publicidad engañosa de viajes organizados), nos hemos pateado la arteria principal de la capital, visitando por este orden el arco de triunfo o “Patuxai”, el emblemático templo “Pha That Luang”, el Museo Nacional y el templo del bosque o “Wat Sok Pa Luang”.


Esta última visita fue la que más me gustó, por su carácter participativo. El templo está escondido en medio de un pequeño bosque, a dos kilómetros y medio de Vientiane. Todos los sábados, de cuatro a cinco de la tarde, ofrecen una lección gratuita de meditación Vipasana. Una señora británica nos explicó los métodos de la meditación sentada y ambulante. Empezamos y terminamos la sesión practicando el primer método, sentados en la posición del loto y enfocando toda nuestra atención sobre nuestra respiración, observando y alejando al mismo tiempo los pensamientos que venían a interrumpir nuestra concentración. En cuanto al segundo método, consiste en caminar lentamente, pensando en el movimiento rítmico y coordinado de los pies a cada paso.


Bueno, para ser totalmente sincera, la meditación Vipasana no es mi fuerte. Basta que me pidan no pensar en nada para que en mi mente fluyan las ideas a borbotones. Y en cuanto me exigen estar quieta en una postura, empieza a picarme todo el cuerpo, ni que me hubiese atacado una legión de mosquitos (claro que ahora que lo pienso, realmente sí que me estaban atacando unos cuantos mosquitos).


A mí, para relajarme, lo que me va son los masajes. Desde que llegamos a Laos, ya me he dado el gusto de regalarme tres. Uno de ellos fue precisamente en este templo del bosque. Primero utilizamos la sauna, después tomamos té y por fin, nos dieron una hora de masaje tradicional laosiano. Este masaje se realiza sobre la ropa y consiste en estiramientos musculares, crujir de huesos y presión sobre determinadas terminaciones nerviosas. De vez en cuando es un poco doloroso, pero en su conjunto me gustó mucho la experiencia. Dentro de ese marco rural y con una sinfonía de grillos como música de fondo, fue cayendo la noche mientras un laosiano hundía sus dedos en mi espalda y yo me abandonaba a sus diestras manos.


El domingo llegamos a Luang Prabang, después de un viaje en autobús VIP que no fue tan incómodo como temíamos. Es más, incluso me atrevo a decir que fue un viaje placentero, en el que disfrutamos mucho del paisaje. Nada que ver con la paliza que nos pegamos de Hanoi a Vientiane, un viaje de 23 horas en el que nos pasó de todo (mejor os lo cuento a pie de página, porque si me voy por ese vericueto, el desvío va a ser demasiado largo).


Luang Prabang, la antigua capital del hoy extinto reino, es conocida como la “bella durmiente”. Y es que aquí, la siesta dura todo el día. Enseguida hemos cogido el ritmo: pequeños paseos, grandes granizados, mucha lectura y, sobre todo, muchas compras.


En el mercado nocturno, ya somos populares. Nos conocen como los “locos de las colchas”, pues hechizados por la belleza de los bordados artesanales, de repente nos entró una fiebre consumista y en cuestión de minutos decidimos adquirir la friolera de… ¡veinte fundas nórdicas! ¡A Dios pongo por testigo de que nunca volveré a pasar frío!


Lo malo de los ataques de fiebre repentinos es que son agudos y fugaces. Así que pasada la calentura, te quedas sentado en la cama del hotel, observando el insólito espectáculo de veinte colchas perfectamente dobladas y apiladas en el suelo de tu habitación, rascándote la cabeza mientras te preguntas: uno, pero qué mosca te ha picado; dos, a saber cuánto te va a costar expedir las colchas desde Tailandia; y tres, cómo coño vas a cargar con tanto peso hasta allí…

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En fin, queridos amigos y almas caritativas, si deseáis ayudar a la realización de nuestros sueños, ahora ya podéis contribuir a la financiación de nuestro viaje mediante la simple compra de una estupenda funda nórdico-laosiana, hecha a mano por tribales artesanas, y todo ello por un módico precio, ¡bueno, bonito y barato! (también se aceptan donativos espontáneos).


Aparte de visitar el mercadillo nocturno, también hemos visitado… demoños, ¿qué hemos visitado? Ah sí, ya me acuerdo: hicimos una excursión a la cueva de los mil budas o “Pak Ou” y a las cascadas de “Kuang-Si”, muchísimo menos espectaculares de lo que prometían las fotos del folleto turístico. Aún así, me encantaría volver allí para pasar un día de picnic, leyendo y dándome chapuzones, como hacen los autóctonos.


La verdad, para los cinco días que ya llevamos aquí, en espera de que empiece el festival del año nuevo o “Pimai”, nuestra media de actividades turísticas ha sido tremendamente baja. A veces me entra un cierto sentimiento de culpabilidad, como si tuviese que justificar mi existencia aquí con la visita de algún monumento u otro sitio de interés cultural, pero creo que el que peor lo lleva es José.


De ello hablábamos mientras comíamos en la terracita de un restaurante, a orillas del Mekong (“a orillas del Mekong”, mi pedacito de frase preferido, ¿os habéis fijado?). Yo intento defender mi opinión (puro ejercicio de auto-persuasión) de que mi año sabático no sólo tiene por meta viajar, sino también vivir disfrutando de todo este tiempo libre.


“En Irlanda, me pasaba el día corriendo, del trabajo a casa, pasando por el supermercado. A veces el trabajo me preocupaba y me quedaba más tiempo en la oficina, incluso me traía documentos a casa para leerlos antes de dormirme. Nunca tenía tiempo de leer los libros que me compraba. Tampoco encontraba tiempo para ver a todos mis amigos, ni para escribir a los que quedaron lejanos. A menudo, me agobiaba ver el desorden que reinaba en la casa. ¿Y qué decir de los fines de semana? ¿Acaso a veces no pasábamos un domingo entero apalancados delante del televisor, sin más actividad que la de una comida opípara?”.


“Sí, pero acuérdate de que después de hacer el vago durante todo el día, nos sentíamos culpables”.


“Claro, pero eso pasaba porque el día siguiente era lunes y teníamos que esperar otros cinco días para gozar de un nuevo fin de semana, que también se nos pasaría volando, y volveríamos a lamentarnos, ya sea de no haber hecho nada o de haber descansado poco. Ahora todos los días son fin de semana y no tenemos porqué correr ni porqué sentirnos culpables”.


En fin, intento convencerme llevándole la contraria a José, pero soy tan esclava de mí misma como todos. Es realmente curioso, echo un montón de menos mi cocina. Ya sé que éste es un cliché tradicional y muy poco feminista (perdonadme hermanas), pero tal vez se deba a que a veces me apetece producir algo (aparte de estos textos) y sentirme útil. Me encantaría pasar aunque solo fuese un día en mi casita, cocinando las pechugas de pollo al curry que tanto gustan a José, para después descorchar una botella de rioja y disfrutar de una rica comida. Se me pasan por la cabeza los platos que solíamos guisar, hmmm, qué buenos los pimientos rellenos y el revuelto de gulas de mi José. Y qué lejos queda todo aquello.


Me pregunto porqué somos tan fieles a pensamientos que nos entristecen o malhumoran. ¿Por qué no somos capaces de gozarnos sencillamente un año de libertad?

Nota en la que se relata la infame odisea de Hanoi a Vientiane: todo empezó cuando recibí un email de mi amigo Vincent, escrito desde Vientiane después de recorrer la fatídica ruta en autobús: “Ni hartos de vino cojáis ese autobús, ha sido un viaje terrible, el autobús lleno a reventar de vietnamitas, sin aire, sin poder reclinar el asiento… hay un autobús VIP por 25 dólares en lugar de 14, creo que os merece la pena estirar un poco el presupuesto”.


Tomamos buena nota del consejo y fuimos inmediatamente a negociar un “upgrade” con la agencia de viajes. La señorita nos informó amablemente de que efectivamente existía un autobús VIP por 25 dólares, el de la embajada laosiana, pero que sólo salía los miércoles y sábados. Era preciso que saliésemos el martes, pues el jueves se agotaban nuestros visados y no íbamos a arriesgarnos a tener problemas con los aduaneros vietnamitas, bellísimas personas me imagino. Se me fue el alma al suelo. Tal debió de ser mi cara de decepción que la mujer enseguida se corrigió: “Voy a llamar a la embajada laosiana para comprobar, vuelva más tarde porque ahora estarán todos comiendo” (¿embajada laosiana? ¿Durmiendo la siesta querrá usted decir?).


Para nuestra gran alegría y posterior desconcierto, conseguimos cambiar nuestro billete por uno de categoría superior. ¡Pero qué suerte habíamos tenido de que justamente esta semana saliese un autobús VIP de la embajada laosiana, en un martes!


“En martes, ni te cases, ni te embarques”. Bien lo dice la sabiduría popular, ¿por qué no le haríamos caso al refrán? A las seis de la tarde nos vinieron a recoger al hostal en motocicleta, para dejarnos delante de la agencia de la embajada laosiana. Una señora nos contó no sé qué historia de que algo pasaba por lo que el autobús no podía recogernos hoy delante de la agencia, con lo cual nos iban a llevar en taxi a la estación de autobuses, todo gratis por supuesto. Muy bien, muy bien. Llegamos a la estación y ahí aparcados estaban dos autobuses: uno, flamante y moderno, con un cartel que rezaba “HANOI-VIENTIANE”; el otro, una pieza de museo, pura tartana, carcamal automovilístico de estilo soviético, completamente destartalado, lleno de gente y sin cartel que rezase el padre nuestro ni nada de nada.


Bueno, ¿y vosotros cuál de los dos creéis que era nuestro autob…? Pues sí, pues sí, el segundo… Caramba, sois unos linces, lo habéis adivinado antes de que pudiese terminar mi frase (lástima, porque de premio iba a entregar una colcha laosiana gratis, pero ya es demasiado tarde, así que no os va quedar más remedio que comprármela… ¿os he comentado ya lo chulas que son?).


A nosotros, en cambio, nos llevó algo más de tiempo adivinarlo. Intentamos explicar al chófer que ése no era nuestro autobús, que nosotros habíamos pagado 25 dólares por viajar en plan VIP, como dos señores oiga, que nos esperábamos un autobús turístico, etc., etc. Por supuesto, el chófer no tenía ni papa de inglés. Alguien nos dijo que el otro autobús no salía hasta el miércoles (vaya, vaya, eso me suena familiar, creo que ya vamos atando cabos).


Así que nos encontramos en la estación de autobús de Hanoi, de noche, con dos visados moribundos y sin más opción que subirnos a un vetusto autobús vietnamita y aceptar el gran engaño. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Maldito Vietnam.


Por supuesto, el autobús rebosaba de cajas, bolsas y gente. Todos vietnamitas, con la excepción de unos laosianos, unos tailandeses, un japonés y una pareja de servidores, que éramos los que ahí más pegaban el cante. Si la capacidad del autobús era de cuarenta personas, allí estábamos hacinados sesenta. Unas quince personas viajaron sentadas en el pasillo, incluso había una hamaca colgando por encima de sus cabezas en la que se acomodó un tío más. Im-pre-sio-nan-te.


Efectivamente, el autobús era VIP: Viejo, Incómodo y Parado. No sólo salimos de la estación con retraso, sino que tuvimos cuatro paradas técnicas por avería. Cada parón osciló entre media hora y una hora (eso sí, para recuperar tiempo, las paradas biológicas fueron cortísimas y ahí fue cuando yo de verdad que perdí los nervios y la compostura y me puse a despotricar como una auténtica verdulera contra el muy cabrón del chófer que se había puesto a aporrear la bocina como un loco mientras a mí no me había dado ni tiempo a bajarme las bragas, ¡aaaah, maldito Vietnam!). Para apaciguar el recalentamiento del motor, encima tuvimos que ceder nuestras preciosísimas botellas de agua. Esa mierda de cacharro se chupó litros y litros de agua mineral él solito, ¡qué canallada! (claro que hay que mirar el lado bueno de las cosas y cuanto menos agua nos quedase para beber, menos paradas biológicas íbamos a necesitar).


Por si todo ello fuese poco, José y yo tuvimos la genial ocurrencia de amenizar las largas horas de viaje… ¡listando las razones por las que tal vez debiéramos cortar! Eso sí, lo hicimos con gracia, cariño y sentido del humor, pero de verdad pensé que íbamos a dejarlo antes de salir de los atascos de Hanoi.


Bueno, por lo menos, nuestra relación ha sobrevivido a este horrible viaje y, lo que es más importante, nosotros también.


(Escrito por ella desde Luang Prabang, Laos, 13/04/07)

16 abril, 2007

Polvos de talco

No hay agua en el lavabo, ni en la ducha. No es que estemos alojados en un cuchitril, al contrario, los suelos son de una madera perfectamente barnizada y ese mismo material cubre el primer metro de altura de la pared. Nuestra habitación doble es amplia y el cuarto de baño limpio y suficiente. No, la culpa no es de las instalaciones sino de los festivos laosianos, porque estos días celebran el Año Nuevo como sólo en Luang Prabang saben hacerlo, arrojando agua a y desde vehículos y aceras, y hoy, como reza la tradición, ya la acompañan con polvos de talco. Obviamente, la red de abastecimiento local no soporta tal demanda para llenar cubos, palanganas, barreños, barriles y armas portátiles, así que el flujo es intermitente, más desaparecido que presente. Estamos, empapados sin embargo, en pleno Bun Pi Mai Lao (Año Nuevo Laosiano).


Llevamos aquí ya seis días, y nos dedicamos a la actividad principal en estos parajes que es, básicamente, no hacer nada, pasear y descansar. Ya os había comentado antes el espíritu laosiano y ese mismo virus se contagia, más rápido que una gripe (no, aviar, no, no mentemos la soga…) entre los turistas. Por un lado, la antigua villa colonial francesa se recorre cómodamente a pie, disfrutando de sus muchas casas magníficamente preservadas, y la tentación de irse deteniendo en locales en los que ir tomando café o batidos no es vencida por nadie. Luang Prabang sólo se abrió oficialmente al turismo después de la caída de la URSS (como un dominó, fue privando a otros gobiernos marxistas de los necesarios fondos para mantener artificialmente tan inútil, ineficaz e injusto sistema opresor) y para entonces cerca de 100.000 de sus habitantes (empresarios, aristócratas, intelectuales) habían huido en un éxodo que comenzó con la colectivización de las tierras y la confiscación de bienes e inmuebles privados y la abolición de la empresa privada, a partir de 1975.


En apenas una década, cuando los marxistas a regañadientes volvieron a permitir las actividades mercantiles privadas para seguir aferrándose al poder, la ciudad recuperó parte de su esplendor pasado y muchas tiendas fueron abiertas de nuevo, antiguas villas que habían sido abandonadas fueron restauradas y se abrieron nuevos negocios de cara al turismo. Ahora, desde aquí se pueden realizar todo tipo de visitas a atracciones naturales y artificiales a escasa distancia. Hemos ido, tras una travesía de una hora en bote, a la denominada “Cueva de los 1000 Budas” (su nombre correcto es Pak Ou), a unos 25 kilómetros del pueblo, y hemos visitado también unas preciosas cascadas con su correspondiente zona de picnic (para cuando el tiempo no esté tan nublado como estos días) que es muy frecuentada por los locales.




Y la otra actividad a la que nos dedicamos en cuerpo y alma es, invariablemente, a comprar en el mercado nocturno, con apagones esporádicos incluidos. De momento, ya hay varias unidades de algo que es un pequeño detalle (útil, no sólo de adorno) para nuestros amigos y vecinos aficionados a…bueno, no digo más porque hasta Diciembre de 2007 o Enero de 2008 no podré ir repartiéndolo (y que nadie se sienta ofendido si no he podido comprar para todos, pero el espacio en una mochila de 80 litros es, increíblemente, limitado).También hemos practicado, una vez más, nuestro limitada destreza en el arte del regateo a la hora de adquirir varias colchas hechas a mano por mujeres de un poblado cercano, pertenecientes a la tribu H´mong. En realidad son fundas de edredón nórdico (que la mayoría hicieron bajo pedido nuestro) pero si bien en Irlanda eso (llamado duvet) es habitual, en España no lo es tanto y seguimos apegados a sabanas, mantas, colchas y su elevado peso.



Lo de regatear es increíblemente laborioso y pesado, aunque ha de estar plagado de sonrisas pues no es un enfrentamiento sino la búsqueda de un entendimiento en que ambas partes salen ganando. Las vendedoras más que nosotros, creo yo. Acompañando a las fundas que mencionaba en el párrafo anterior, hemos encargado también, a las mismas mujeres H´Mong, varios cojines a juego. Explicar primero como los queríamos (la mayoría invertían los colores para evitar la monotonía) y después entender cuáles podían hacerse y cuales no (debido a que no habían trabajado nunca determinados tipos de tela) y redefinir nuestro pedido (no es pret-a-porter pero serán hechos a medida y el martes por la noche los recogemos) exigió la intervención de un voluntarioso y voluntario traductor local, entre nuestro inglés y el laosiano de las bordadoras. Y después, ya a solas con ellas, a negociar el precio, que no es tarea fácil. Por poner un ejemplo relacionado con la compra de nuestro dominó en Phnom Penh, si alguien te pide 20 y tú no pagarías más de 10, has de empezar ofreciendo 5 para que ellos bajen y tú subas…con cuidado de no acabar pagando 15. Ayer por la noche, nosotros dedicamos a todo el proceso ¡dos horas!.




Y no he mencionado cuando te acercas a un puesto, ves algo que te gusta, preguntas “¿Cuánto?” y te dicen “10 dólares”, para añadir a renglón seguido y sin que tú hayas tenido tiempo de hacer el cálculo en euros, “Pero para ti, con el descuento, son 8 dólares”…y a partir de ahí, a sentarte y negociar.


También está la picaresca y el doble precio, uno para el nativo y otro para el falang, el extranjero, ese billetero con patas que somos todos los que viajamos por Asia. En Laos, no hay demasiado doble rasero pero en Viet Nam era insultante. Un extranjero paga el doble, el triple o incluso diez veces más de lo que paga un local si no ha sido advertido del precio de referencia antes de empezar a negociar.



El único caso (anecdótico e infantil) que me he encontrado en Luang Prabang fue el de una pechuga de pollo a la parrilla, encajada entre dos palos que la mantienen sujeta y sirven para transportarla mientras la vas comiendo. Antes de ayer, Isa y yo compramos dos en un puestecito por 14000 Kips (aproximadamente 1,15 Eur) y ayer, al lado, yo pedí uno y la laosiana me dijo “8000 Kips”. Yo, sonriendo (eso siempre, recordadlo), le dije que ayer había pagado 7000 y ella me devolvió la sonrisa y dijo “Ok, 7000 Kips”. Así que desembolsé mis 0,57 Eur en moneda local y me fui comiendo la rica pechuga de camino al hostal.


En fin, termino ya porque necesito bajar a tomarme unas burbujas en forma de la aquí omnipresente Mirinda (chavales, si no conocéis esta bebida, popular en España hasta los 80, creo recordar, es que sois unos guajes) puesto que esta noche no he dormido bien, tengo el estómago en una permanente montaña rusa y he tenido que volverme a la guesthouse a descansar. Los dos crepes que, acompañados de abundante chocolate, me zampé ayer a medianoche parecen ser los culpables Así que me he perdido un par de aventuras de Isa, que ella os contará más adelante. La primera, como la rebozaron con polvos de talco, como a una croqueta, en la otra orilla del Mekong. La segunda, como cruzando en barco el río de vuelta a Luang Prabang se puso a grabar un vídeo que termina casi como el del Titanic.

Nota: Para viajar desde Vientiane hasta Luang Prabang se puede ir en avión (sólo 40 minutos de vuelo, pero un desembolso de un centenar de dólares) o diariamente en autobús “V.I.P.” (las horas de viaje suben a nueve para 384 km – calculad la media de velocidad – de distancia, el precio baja a 16 dólares), con aire acondicionado, la oportunidad de ser (otra vez) los únicos occidentales de todo el pasaje y (en nuestro caso), conductores que no fuman en cadena. La reputación de la peligrosa carretera, la ominosa Ruta 13, era hasta hace poco de “una máquina de vomitar” por sus constantes curvas, aunque, eso sí, el verde y frondoso paisaje era espectacular y se atraviesan multitud de poblados de minorías étnicas. En nuestro caso, no hubo ni un ápice de mareo y el viaje, con varias paradas para ir al baño, comprar aperitivos y comer, no tuvo mayor incidencia. Eso sí, después de salir de la capital y conforme nos adentrábamos en zonas montañosas, empezaron a aparecer las patrullas de militares (llegué a contar hasta 16, una cada par de kilómetros más o menos) que aseguraban la seguridad en la carretera (hace pocos años, un autobús fue ametrallado y además murieron dos ciclistas occidentales que pasaban por allí en ese momento; no se sabe si fue obra de bandidos o de guerrillas anticomunistas). Variaban en importancia y seriedad, desde el jeep acompañado por un blindado de reconocimiento hasta el adulto, sin uniforme, que estaba sentado al lado de la carretera con un fusil de asalto en el suelo. Lo que más me impactó fue ver a un grupo de cuatro adolescentes charlando al lado de una casa, construida peligrosamente cerca de la carretera (o viceversa) y que, al pasarlos el autobús, pude observar que a las espaldas de dos de ellos, con rasgos más infantiles que de futuros adultos, colgaban sendos Kalashnikov.




(Escrito por él, teatralmente postrado en la cama, en Luan Prabang, Laos, el 14 de abril de 2007)

10 abril, 2007

La capital tranquila

Ayer por la noche vimos, de cerca, la primera. Ya habíamos visto antes alguna pero por calles secundarias y sólo dónde no había luz, pero esta vez no estaba en el suelo, alejándose de nosotros. En aquel momento, en la televisión emitían una película, “The Island”, y ese era el telón de fondo mientras, tumbados en la cama, Isa y yo apuntábamos los gastos de los últimos días en su ordenador. De repente siento algo en mi hombro y cuando giro la cabeza veo una alargada cucaracha de unos seis centímetros y con largas antenas que se pasea tranquilamente por la piel de mi hombro en dirección a mi cuello. Con el salto que di, no se si se asustó más ella o el que escribe. Me la quité de encima como pude y volvió a refugiarse bajo la cama, en la seguridad de su oscuro nido. La siguiente media hora, Isa la pasó acurrucada en una silla mientras yo (que había tomado la precaución de protegerme mediante el ingenioso y comprobado método de ponerme los calcetines y la ropa interior) quitaba las sabanas y movía la cama de un lado a otro de la habitación para buscar al terrible insecto.

Finalmente, nuestro cobrizo y asustadizo amigo quedó expuesto a la luz sobre las desnudas baldosas. Unos segundos después, y merced a una serie de delicados (el objetivo era ahuyentarlo, no matarlo) empujones con un zapato, aceptaba la nada sutil invitación y salía disparado por la puerta que yo había abierto previsoramente. Realmente Vientiane es como un pueblo.

Ya lo había pensado el miércoles por la tarde, cuando viajábamos en Jumbo (no os imaginéis un reactor comercial 747 sino la versión local del tuk tuk tailandés al que han alargado para dar cabida a más pasajeros) desde la estación de autobuses al centro de la ciudad, donde buscaríamos alojamiento. La luz del día siguiente lo confirmó: Vientiane es diametralmente opuesto a Hanoi. Si no te gustan las aglomeraciones, los ruidos del tráfico y las prisas, aquí has encontrado tu paraíso. Aquí no hay urgencia por nada y el ritmo de la vida es lento, pausado, como parece ser la norma en todo Laos. A ese respecto, los amos franceses acuñaron un dicho que define perfectamente la idiosincrasia de los respectivos pueblos de sus colonias en Indochina: “El vietnamita planta el arroz, el camboyano lo ve crecer y el laosiano lo escucha crecer”.

Paseando por las calles de esta extraña capital, me parece estar más bien en una pequeña ciudad castellana antes que en la ciudad más poblada de un país asiático. Bajo un calor que lleva el termómetro apenas por debajo de los cuarenta grados, el tráfico es mínimo, tanto de coches como de motocicletas (no hay autobuses municipales) y ya no se oye la cacofonía incesante de pitidos que era la norma en Vietnam. Descubro, agradecido, que los pasos de peatones se respetan y, además, los semáforos son obedecidos.

Decido que la primera de las visitas, al Patuxay, la haré a pie y al cabo de un rato emboco una de las principales avenidas (que, lógicamente a tenor de lo ya escrito, para los ojos occidentales es una calle amplia, con tres carriles en cada sentido pero sin el tráfico que sería de temer) y al frente, como si me hallara otra vez en los Campos Elíseos, observo una familiar arquitectura, la del Arco de Triunfo. Pero mi mente no me ha jugado una mala pasada y las comparaciones no son odiosas. Efectivamente, los laosianos construyeron un edificio similar al del famoso monumento aunque adaptándolo al estilo local (lo corona una ornamentación y estructuras similares a las de un templo). Además, esta versión no tiene dos arcadas sino cuatro. No es un edificio antiguo sino que fue construido en los años 60…con cemento adquirido originalmente para su uso en el Aeropuerto de Vientiane.


Desembolso el equivalente de veinticinco céntimos y eso me da derecho a subir, atravesando dos niveles con miles de camisetas y recuerdos a la venta, hasta lo más alto del edificio. Contrariamente a lo que ocurre en París, ni se ven rascacielos ni edificios de viviendas y oficinas de varios pisos de altura. Con la excepción de un moderno hotel a las orillas del Mekong, la ciudad ofrece al voyeur de las alturas un perfil extraordinariamente bajo que, sin duda, cambiará a peor dentro de unos años. Por ahora, incluso los Ministerios y las Embajadas cuya situación aparece claramente especificada en mi mapa
local, no son más que construcciones de una o dos plantas a lo sumo. A pie de calle, y con la obvia excepción hotelera, los edificios no tienen más de cuatro alturas. Ciudad de provincias más que capital estatal. Y no es una queja, sino un halago, porque ya he visto demasiadas urbes ocultas bajo grises humos, grises mastodontes de acero y cristal y grises trajes y caras.

Reemprendo mi paseo bajo el sol en dirección al símbolo de este país, de hecho aparece en su bandera y en su papel moneda, y que es algo más que una construcción con finalidad religiosa, el Pha That Luang. Su colosal perfil se adivina monumental en la distancia y la espectacularidad de sus refulgentes torres deja atónito al visitante. En este estupa se dice que se guarda un pelo de Buda (al igual que ocurre en Occidente con los supuestos restos de la cruz de Jesús, os encontrareis por todo Asia templos, wats o stupas, en los que se asegura algo similar).

Cada nivel del dorado Pha That Luang posee diferentes características arquitectónicas que esconden un código de la doctrina Budista. Por ejemplo, en el segundo nivel hay 30 pequeños estupas que simbolizan las 30 perfecciones budistas, empezando con la caridad y terminando con la ecuanimidad. Así mismo, la espiral curvilínea de cuatro lados, recuerda a un alargado capullo de loto representando el nacimiento de esa flor de una semilla desde el fangoso fondo de un lago hasta brotar en la superficie con toda su belleza, como una metáfora del avance humano desde la ignorancia hasta el conocimiento en el Budismo.

La tercera visita a realizar en Vientiane (en realidad la cuarta, si consideramos el paseo a las orillas del Mekong como una, aunque su caudal era mínimo a principios de abril) es al Museo Nacional. El nombre es relativamente nuevo, antes era conocido como Museo de la Revolución, aunque en esto no se ponen de acuerdo nuestra guía Lonely Planet y la Guía 2007 de la Administración Nacional de Turismo de Laos. Para la primera, ese cambio se produjo hace unos años pero para la segunda, el nombre con el que figura entre la lista de monumentos a visitar sigue siendo “Museo de la Revolución”.

Después de visitarlo aún no me decido a definirlo como el Museo de la Revolución con tres exposiciones dedicadas a eventos no revolucionarios o si es el Museo Nacional con tres exposiciones dedicadas a eventos revolucionarios.

El grueso del material expuesto son fotografías y documentos (acompañados por armamento ligero) sobre la lucha primero contras los colonialistas franceses y después contra los imperialistas americanos. Hay multitud de cuadros en los que se muestra el trato brutal que supuestamente recibían los nativos por parte de los franceses (obviamente eso justificaría después la brutalidad comunista contra el enemigo, externo o interno). También vemos fotos en las que los sonrientes militares comunistas ayudan a sus hermanos campesinos a recoger la cosecha. El auténtico comunista ha de estar preparado tanto para empuñar un Kalashnikov como una guadaña, pero siempre vigilante ante los espías imperialistas.

El comunismo, que fracasó estrepitosamente en el plano industrial (sus productos eran de inferior calidad, mas burdos y propensos a estropearse que sus homólogos occidentales) y en el plano económico (Laos s vio obligado a reintroducir en la década de los 80 la propiedad privada y los permisos para establecer comercios y negocios; en la planta baja del Museo hay una exposición sobre los “logros” y el avance desde 1975 pero no se mencionan las generosas ayudas que se han recibido, y se siguen recibiendo, de las Naciones Unidas ni de entidades públicas y privadas del imperialista occidente) también lo ha hecho en el plano social. La sociedad sin clases que propugnaba Marx sólo trajo una nueva clase de ricos (los altos cargos del Partido y cualquier funcionario civil o militar en situación de pedir un soborno) que gozan de privilegios fuera del alcance del campesino al que supuestamente sirven.

¿Qué fue de aquellos que hasta 1975 (año de la toma del poder por parte de los comunistas) eran monárquicos, anticomunistas o, simplemente, asalariados del régimen anterior?

La historia oficial comunista dice que el rey, la reina y el príncipe heredero (al igual que decenas de miles de laosianos, antiguos militares, funcionarios, comerciantes, etc.) iban a ser internados en un campo de reeducación. En realidad en esos campos lo que les esperaba a los prisioneros eran una mezcla de trabajos forzados y tediosas sesiones de adoctrinamiento político comunista. Las condiciones eran tales que antes de cuatro años los integrantes de la familia real habían muerto de malnutrición y por falta de atención médica.

Según Amnistía Internacional, aún hay prisioneros políticos en Laos sufriendo una suerte similar. En 1992 tres altos miembros del Gobierno fueron sentenciados a 14 años en uno de esos campos. ¿Su delito? Haber abogado pacíficamente por un sistema político con múltiples partidos. Sin abogados defensores en su “juicio”, la condena era inevitable. Uno de ellos, anterior viceministro de Ciencia y Tecnología, murió al poco tiempo por malos tratos.

Solo en 1979, 30000 personas fueron internadas en campos de trabajo aunque el gobierno comunista de Laos nunca ha confirmado o negado la existencia de esos lugares de tortura y muerte.

Nota: Me queda pendiente la tarea de reunir los distintos textos que, sobre Viet Nam, he estado escribiendo durante el mes de estancia en ese país. Soy consciente de ello, pero no he querido retrasar mi primera crónica desde Laos a sabiendas de que eso provocaría un nuevo retraso acumulado. Por ello más adelante, y es una asignatura pendiente que espero aprobar pronto, me propongo solventar ese descuido y mientras tanto, para no guardar silencio durante más días, continúo con la más actual narración de nuestro recorrido por Laos.

(Escrito por él desde Vientiane, Laos, el 7 de abril de 2007)