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02 febrero, 2007

Resoluciones de José para el 2007

1. Nadar con tiburones en el Acuario de Sentosa (Singapur).

2. Ruborizarme con los lady boys de Bangkok mientras me tomo una Tiger.

3. Ver una película en un cine de Yangon (Myanmar).

4. Guardar respetuoso silencio por las víctimas de Pol Pot en Phnom Penh (Camboya).

5. No insensibilizarme por la repetida visión de mutilados en las calles de Ho Chi Min City (Vietnam).

6. Conseguir la certificación de buceo PADI en un lugar bonito, Y barato.

7. Pase lo que pase, no imitar las costumbres locales y escupir ruidosamente en China.

8. Hacer trekking por el Himalaya.

9. Confirmar que Australia es más que sol, playas, coral y tiburones.

10. Buscar Hobbiton en Nueva Zelanda. Preferiblemente mientras hago paracaidismo.

11. Afrontar la muerte de mi padre.

12. Descubrir si ella es Ella y si yo soy Él.

12 + 1. Volver al reformado piso de mi madre habiendo aprendido algo sobre el mundo y sobre mí.


(Escrito por él desde Castellón de la Plana, 10/01/2007)

Resoluciones de Isa para el 2007

1. Leer la Biblia, de cabo a rabo

2. Escribir un diario de viaje

3. Presenciar un ritual "caodaista" en Vietnam

4. Presenciar un ritual funerario en Benarés/Varanasi (India)

5. Asistir a las celebraciones del Pimai en Luang Prabang (Laos)

6. Visitar el vertedero de basuras de Phnom Penh (Camboya)

7. Hacer un "trek" en Nepal (aunque sea uno cortito)

8. Viajar en autocaravana, ya sea en Australia o Nueva Zelanda

9. Tomarme un cafecito en casa de Sin, en Chiang Mai (Tailandia)

10. No matar a José (¡aunque me muera de calor, de agotamiento o de ganas!)


(Escrito por ella desde Castellón de la Plana, 01/01/2007)

La pregunta del millón

Dos de diciembre del 2006. Eran vísperas del viaje de José a Asturias, así que le había organizado una cenilla en casa invitando a sus amigos Siths, los del “lado oscuro”.

No recuerdo bien todos los detalles de la conversación que os relataré ahora, pero sí su detonante. Estando yo hablando con David, oí a José exclamar una de sus frases predilectas del último mes: “yo quiero nadar con tiburones”.

Se trata de una de las atracciones estrella del acuario de la isla de Sentosa, en Singapur. No conozco persona como José. Cuando le cae una guía Lonely Planet entre las manos, él se la lee de cabo a rabo. La desgrana completamente, sacándole todo el jugo. Así va formando su lista de cosas que debe hacer, probar o explorar. La lista es tan larga que un año no bastaría para escribirla. Entre nosotros, la verdad es que me da algo de envidia esa capacidad suya de entusiasmarse por todo como un guajín.

No podéis ni imaginar la de veces que le oigo decir “yo quiero“. Yo quiero nadar con tiburones. Yo quiero sacarme un certificado de buceo. Yo quiero lanzarme en paracaídas. Yo quiero hacer trekking por el Anapurna. Yo quiero dar la vuelta al mundo. Vais pillando la idea, ¿no?

Esto mismo andaba yo contando a David, cuando de repente me sorprendió con la siguiente pregunta: “bueno Isa, pero cuéntame: y tú, ¿qué es lo que quieres?”. La preguntita, sencilla, directa, a primera vista inocua. Vaya por Dios. Y yo, ¿qué es lo que quiero?

“Pues, la verdad …, no sé …” ¿Será posible? Cinco años ahorrando para el viaje, trazando rutas imaginarias con el dedo sobre el mapamundi, tragándome documentales del Discovery, soñando despierta con paisajes exóticos y remotos, ¡para quedarme en blanco ahora! No puede ser.
Piensa algo, rápido. “No sé, si te digo la verdad, lo que quiero es difícil de explicar, es algo más bien etéreo…” Hace dos días que me he despedido del curro, he vendido mi coche, puesto mi pisito en alquiler. Piensa boba, que no cunda el pánico. “Lo mío no son los deportes de riesgo, ni tan siquiera la marcha, ya sea diurna o nocturna, paso de las fiestas de luna llena y demás movidas, incluso lo de fotografiar templos y monumentos es algo que al final me harta …”
David me está mirando con sus ojos profundos, esperando. Este David es un tío muy majo, sin complicaciones, que vive su vida tranquilamente y sin juzgar la de los demás. Venga, pues me tiro de la moto, y le dejo entrever el bicho raro que llevo dentro. “A mí lo que me va es el tema espiritual, me emociona acercarme a culturas distintas, descubrir sus valores, sus creencias. Ahora mismo me estoy leyendo un libro sobre las mayores corrientes religiosas actuales y bla, bla, bla”. Ya no me acuerdo del rollo que le metí al bueno de David (seguro que él tampoco), pero sé que me salí por la tangente sin contestar a su pregunta.

Desde entonces he estado dándole vueltas, incluso he pasado alguna noche en blanco. Pero al final, he conseguido esbozar una respuesta. Con la agilidad y rapidez intelectual que me caracterizan, sólo he tardado 28 días en llegar a la siguiente perogrullada. David, ahí va.

Yo quiero viajar, porque viajando se conoce a gente que uno nunca hubiese conocido de haberse quedado en casa.

Me río mientras escribo esto, porque me estoy imaginando la reacción de Diego (más conocido como el Indio en el círculo Sith) si me leyese. Seguro que me diría algo así como: “Pucha, ¿y para eso os gastás dos millones de “pezetas” en ir a la otra punta del mundo? Si lo que querés es conocer a gente, ¡yo os llevo al pub de la esquiiiina!”

Tomo nota, pero no me vale. Además, con lo que me ha costado formular mi repuesta, ¡pienso defenderla a capa y espada! Las experiencias y encuentros que uno hace al viajar son distintos. El viajero está más abierto al mundo, su curiosidad es como un aura magnética que atrae a otros viajeros y paisanos. Incluso para una tipa inhibida como yo, la comunicación resulta sencilla, natural, espontánea. Otro factor importante es la ausencia de prisas. Cuando se tiene la suerte de viajar sin las exigencias de un itinerario u horario rígidos, uno tiene tiempo para regalar. Escuchas y compartes, te enfrascas en una conversación hasta perder la noción del tiempo. Te olvidas del reloj y del resto del mundo.

Por si aún no estáis convencidos, ahí van un par de ejemplos.

10 de agosto del 2004. En el tren nocturno que me llevaba desde Bangkok a Chiang Mai, en el norte de Tailandia, conocí a dos viajeros irreductibles: Roland y Sylvie. Mis héroes. Un francés de 75 años y su esposa, una belga de 76. Me podría haber pasado la noche entera escuchando a Roland, seducida por su espíritu joven a la par que sabio. Ellos trabajaron como tapiceros durante toda la vida. Ya jubilados y con sus tres hijos criados, vendieron la casa y compraron un velero. En él vivieron hasta que el Mediterráneo se les quedó pequeño. Distribuyeron sus pertenencias entre amigos y familiares, quedándose con lo mínimo para el viaje. Nada de maletas Samsonite con ruedecillas: con dos mochilas a cuestas, tiraron para Asia. En todo el sudeste asiático, se les conoce como “papa y mama“. Si vais por ahí, tal vez os los encontréis. Ellos pasan siete meses al año entre Tailandia, Laos y Vietnam. Algún escéptico estará pensando que éstos dos gozaban de una salud sobrehumana, pero no. Sobre el 2001 ó 2002, Roland sufrió un infarto en un lugar perdido en medio de la nada. Estado de alarma máximo, fue un milagro salvarse. Fue ingresado de urgencia en un hospital chino y luego, repatriado a Francia. Los médicos le prohibieron que volviese a subirse a un avión. Pasó un par de años mirando las fotos y los vídeos de sus viajes. Se sintió más muerto que vivo. Cuando yo di con ellos, Roland y Sylvie acababan de reanudar su vida nómada pese a todos los nefastos augurios. Para Roland, cada día es un regalo y cada hora ha de ser vivida como si fuese la última.

24 de diciembre del 2005. Mi mejor Noche Buena. Viajaba con Massimiliano, un budista siciliano que conocí en Pisco (Perú). Un tío genial, que ahora vive en Tanzania, trabajando para un orfanato hasta finales del 2008. Bajábamos por el Cañón del Colca desde Cabanaconde, por el camino largo, cuando nos pilló la lluvia. Paramos en San Juan de Chucho, una aldea de cinco casas que sirven de posada para los caminantes que toman el desvío. Siguiendo las flechas amarillas, se llega a casa de Roy. Llevando la posada está Domitila, esposa de Roy y madre de cinco. El jardín de Domitila se parece al del Edén, con sus flores, árboles y animalitos. Comimos cobijados bajo una marquesina, con vistas espectaculares al Cañón. Es un lugar absolutamente mágico, en el que sólo se respiran aire puro y serenidad. Sin apenas darnos cuenta, empezó a anochecer. Domitila nos trajo unos mates de coca y una vela. Se quedó hablando con nosotros, contándonos los avatares del pueblo y de la posada. Ellos habían sido los primeros en abrir sus puertas a los turistas. A la casa de Roy sólo acudían viajeros independientes. Ellos no trabajaban con guías locales ya que Roy siempre se había negado a cobrarles recargo a sus huéspedes. Roy seguía el precepto de no robar a pies juntillas. Le enseñó a Domitila que no debía tomar nada ajeno, ni siquiera la fruta del árbol vecino. Con esfuerzo y trabajo honesto habían logrado prosperar. Ahora estaban instalando unos baños, ¡con agua caliente! Muchos soles les estaba costando, bajando los materiales de construcción a lomo de mulas. Mientras Domitila nos contaba éstas y otras historias, la noche se hizo densa y oscura. Nos envolvió su negro manto, salpicado de lentejuelas brillantes y verdes, como luces de neón oscilantes. Una constelación de luciérnagas.

Cada persona tiene una historia y cada historia es un tesoro. Piezas únicas de un rompecabezas infinito. Éstas son las experiencias que yo quiero.

Encuentros mágicos. Huellas indelebles. Momentos eternos.


(Escrito por ella desde Castellón de la Plana, 30/12/06)

Esto no es un arrebato

Definirse es tremendamente difícil. Encontrar el término medio entre ser pedante o simple, engreído o demasiado humilde es obra poco menos que imposible...o por lo menos difícil para mí. Así que sin definiciones, allá vamos...

Esto no es un arrebato.

A mí no se me había pasado nunca por la cabeza tamaño despropósito. La increíble idea nunca se había pronunciado en voz alta en mi casa (es decir, la de mis padres), en mi edificio (aquella casa al lado del cementerio), en ningún centro (teóricamente) educativo al que hubiera acudido, en mi bar (nunca tuve uno especial, aparte de aquéllos en los que ocasionalmente trabajaba algún conocido, ¿por qué limitarse a un local cuando había tantos en Sabugo, Mon o Fomento?), sala de juegos (ah, la de las Meanas, cuántas horas de clase allí disfrutadas), círculo de amigos (los estacionales, circunstanciales, y los permanentes), o en el trabajo (cualquiera de ellos, por cuenta ajena o propia).

No, no era algo habitual ni en mi ciudad norteña ni en la provincia de la que ésta formaba parte. Pero las circunstancias de mi vida cambiaron (renovarse o morir) hace ahora algo más de tres años y con ese cambio llegó también otra forma de pensar y la apertura a nuevas (y antes inconcebibles) ideas.

Primero David, al que apenas conocía entonces y que hoy es un gran amigo, lo hizo. Después, Sergi (ascendido inexorablemente a la misma categoría), que, además, con sus emails alimentaba en mí (y seguro que en más de uno) el secreto deseo de emularle. Luego, los tardíos viajes por Sudamérica, siempre pocos, siempre demasiado breves. Y, finalmente, yo mismo me decidí a hacerlo.

El 21 de Enero, volar a Singapur, como primera etapa de un viaje casi alrededor del mundo. Digo casi porque el grueso del mismo se desarrollará en el Sudeste Asiático (Singapur, Malasia, Tailandia, Camboya, Vietnam, Laos, Myanmar, India, Nepal, China, Mongolia, Australia, Nueva Zelanda, Japón) siendo Sudamérica (de Ushuaia a Iguazú) sólo una opción y porque no pretendemos ceñirnos a un estándar no escrito: visitar por lo menos dos continentes y hacerlo en un único sentido (Este – Oeste o bien Oeste – Este).

A mediados de Octubre confirmé (con seis semanas de antelación) en Accenture que me iba y que el viernes 17, no hace ni siquiera un mes, sería el último día de trabajo. A mi madre se lo dije unas semanas después y, creedme, fue mucho más difícil explicárselo a ella. En Dublín mi decisión generó comprensión y sana envida. En Asturias, estupefacción e incredulidad cuando menos.

¿Qué es esta locura? Siempre me gustó viajar pero cuando trabajaba no tenía tiempo, cuando tenía tiempo no tenía dinero, cuando era (¿aún?) joven era… ¿menos atrevido? No lo sé, y no me atrevo a decir ahora que sea más valiente (¡por lo menos con las chicas!, bueno, antes de mi novia) pero, como el poso que lenta pero inexorablemente se asienta en el fondo de la botella, en mí ha calado el ansia por viajar y conocer otras gentes, otras calles, otros paisajes.

Cuando miro atrás sólo veo columnas de humo. Cuando miro adelante, jungla. Las naves ya se han quemado y no podemos volver. Sólo queda erguirse y levantar orgullosamente la cabeza para continuar caminando.

Ya lo había advertido al principio, “Encontrar el término medio entre ser pedante o simple, engreído o demasiado humilde…” etc, etc.

Aclaro que la idea que preside este blog es transcribir algunos de los detalles de nuestros viajes por Asia. Y digo algunos porque ninguno de nosotros es un reportero profesional ni planeamos ganarnos la vida como redactor de noticias de viajes. Nos centraremos en la experiencia de viajar a través de un medio ambiente completamente ajeno para la mayoría de los occidentales con idiomas de grafía diferente, paisajes exóticos, comida sorprendente y, esperamos, amables nativos.

Pero no os creáis que le pondrán nuestros nombres a ríos y valles o que las tribus relatarán a la luz de las hogueras historias sobre los viajeros de piel pálida que llegaron de un país desconocido más allá de los confines de la jungla. No seremos los primeros en llegar a ningún poblado porque Lonely Planet, Rough Guides y otras casas editoriales tienen ya en el mercado suficientes libros como para hacer relativamente fácil para el viajero el seguir una ruta e ir tras los pasos de los que iniciaron la senda.

Además, ver el otro párrafo, nosotros no trabajamos para National Geographic.

Pero viajar es una experiencia en sí misma. Los conceptos de tiempo y distancia se desvanecerán en la mayor parte de los países que visitemos y no será nada extraño encontrarnos con retrasos de varias horas en trenes y autobuses, festividades locales o nacionales que paralizan una zona o país, averías con las que no se cuenta y otras circunstancias que harán variar nuestros planes. Dice un adagio militar que el mejor plan de batalla dura hasta que se dispara la primera bala…después todo es improvisación.

Flexibilidad y tener la mente abierta son las claves, y las herramientas más importantes, para convertir un viaje en una experiencia y hacerla inolvidable.


(Escrito por él en Dublín, Irlanda, el 14/12/06 y revisado en Avilés, España, el 27/12/06)