24 febrero, 2007

Ya no me pongo al día

Pues eso, así como suena. Estoy viendo que todos mis textos empiezan con el mismo título "Poniéndome al día" seguido de unos números romanos que no dejan de crecer. Pero como todos sabemos que voy con retraso, pues voy a dejar de hacerlo y me limitaré a ir poniendo los textos cronológicamente, conforme hayamos estado en los sitios.
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Update: Estamos en el Aeropuerto de Bangkok, a punto de embarcar para Siem Reap. Más noticias dentro de unos días desde Camboya. Hemos tenido el primer problema serio del viaje y por eso tomamos el vuelo de las 7 de la tarde en lugar del de las 8 de la mañana: de camino al aeropuerto en una furgoneta con otros viajeros, una de las mochilas aparentemente desapareció del techo. Y ha resultado ser la de Isa. Os podéis imaginar cómo está la pobre y el día (que empezó a las cuatro y cuarto de la mañana) que hemos pasado, pero será ella quien os dé detalles más adelante.
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(Escrito por él desde Bangkok, Tailandia, el 24 de Febrero de 2007)

23 febrero, 2007

Poniéndome al día (IV): La Jungla de Taman Negara

Una de las cosas más sensatas que se pueden hacer después de un par de días en Kuala Lumpur es irse de la ciudad. El caos, los gritos, la polución, las motocicletas que se cuelan por todos los rincones, el desorden, esa humanidad que pulula por las calles de una manera descontrolada pueden llegar a resultar abrumadoramente insoportables al cabo de un tiempo.

Taman Negara se nos antojaba suficientemente exótico, alejado y agreste como para ser una buena apuesta a la hora de encontrar la antítesis de KL. Se trata de un parque nacional (literalmente ésa es la traducción de su nombre malayo), el primero y más antiguo del país. Sus 4373 kilómetros cuadrados se encuentran repartidos en tres estados y se da la particularidad de que, pese a que animales y plantas dentro de sus confines se encuentran protegidos por ley, se permite la caza a los pocos centenares de pobladores indígenas, los Orang Asli (ese nombre significa "gente original") que mantienen su forma de vida ancestral con unas mínimas concesiones en lo que respecta a su ropa y utensilios de cocina.
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El viaje desde Kuala Lumpur lo hacemos en un cómodo y moderno autobús, con aire acondicionado (dada la temperatura media en esta zona del mundo, ése es un detalle que no me cansaré de repetir, o de criticar, si está ausente). Ante unas obras en la carretera, el conductor decide que los conos de plástico naranja son para pasarles por encima, a juzgar por lo que le pasa a uno de ellos. Imperturbable y, sin un solo comentario, él sigue a lo suyo (que afortunadamente es conducir y no leer un libro).
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Como en cualquier otro viaje, al cabo de unos 90 minutos, nuestras piernas disfrutan de una parada en una zona de descanso donde nos aprovisionamos para el resto del trayecto, comprando patatas fritas con sabor a alitas de pollo asadas (estilo chino) y tiras de plátano desecado y salado. La primera escala la hacemos en Kuala Tembeling, cuatro restaurantes, una tienda y varias casas que preceden al embarcadero fluvial y punto de acceso más común al parque. Allí comemos y después el “Jetty” (una canoa a motor de madera de unos diez metros de eslora y metro y medio de ancho en el centro, que acomodó por parejas o sentados solos a una decena de viajeros) nos lleva durante tres horas por los 68 kilómetros del río Tembeling que acaban en el poblado.
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El viaje, río arriba, es una experiencia exquisita en sí misma. La canoa está dotada de una cubierta para protegernos del sol, sólo los imprescindibles postes para la sujeción de la misma obstruyen mínimamente nuestra visión, pues los laterales están completamente abiertos. La exuberante y verde jungla desborda las riberas. El curso de este río es un machetazo en la selva que pugna por recuperar su forma original pero, si la intervención siempre ominosa del hombre no inclina la balanza, la batalla parece perdida para la vegetación.

No hay fotografía que pueda hacer justicia a la belleza que nos rodea durante horas, pero los disparadores de mi Samsung y la Canon de Isa son testigos de que nos esforzamos en intentarlo a sabiendas de que no lo lograremos. No hay una imagen ni mil palabras que puedan atinar a emular nuestras sensaciones durante ese tiempo en que invadíamos una escenografía que parecía especialmente dibujada por la mano de un Dios que quisiera recrear el Edén.

Como en su viaje en busca del Coronel Kurtz, nosotros emulamos a Martin Sheen subiendo en bote por un río desconocido de un país extraño. En lugar de un M16 nosotros vamos armados con cámaras fotográficas. Al final no nos encontraremos a Dennis Hopper ni a Brando pero nuestro viaje, lo tengo por seguro, ha sido muchísimo más placentero.

En el pueblo (que parecía sacado de una postal del Amazonas, con jungla bordeando casas flotantes y un constante tráfico de canoas por el río), mientras algunos viajeros se quedan en el restaurante flotante para ser acompañados a sus respectivos alojamientos, nosotros cruzamos en lancha al resort, que está al otro lado para disfrutar del “upgrade” que por RM 370 nos pone al lado de los ricos que se gastan 600 (aunque ellos duermen en chalets individuales con porche). Sorpresa agradable, estamos solos en la habitación de 8 literas, cada una con su mosquitera y, esto si que es un lujo, enorme taquilla y varios cajones individuales. Fuera, el sonido de grillos y saltamontes, además de pájaros y animales no identificados serán el telón de fondo de nuestras noches en el parque.
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Las actividades parten desde nuestro lado del río pero el desayuno, comida y cena se hacen en el opuesto, así que hay que usar los servicios de uno de los botes que transportan viajeros y mercancías desde una ribera a la otra (el precio es de 1 RM por persona, unos 18 céntimos, pero aseguraos de que está incluido en el coste del tour porque aunque la cantidad sea ridícula se trata de evitar molestias y malentendidos).
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Por carecer de tiempo, no nos apuntamos a ninguna de las actividades adicionales a lo contratado. Lo que nosotros habíamos acordado hacer fue:

Night Trekking and Hide. Un Trekking-Safari nocturno en el que, provistos de linternas, nuestro guía nos hizo un recorrido por la fauna que se agazapaba a pocos metros de nuestro resort. He de decir que el tío demostró tener un ojo de lince porque encontraba algo que enseñarnos hasta debajo de las piedras. Vimos insectos palo, escorpiones, saltamontes que triplican el tamaño de los que yo conocía, y atisbamos un "mouse deer", el ciervo más pequeño que se conoce. Además pasamos un rato en un "hide" o refugio que es una construcción de madera a una cierta altura y emplazada a la vista de una zona por la que circulan animales, ya sea una senda, un prado en el que pastan o la ribera de un río. Nosotros fuimos a uno enfrente del penúltimo escenario y pudimos ver, una vez debidamente iluminados por la potente linterna del guía, no menos de una docena de ciervos. He intentado usar un programa para aclarar/iluminar las fotos de esa noche pero hace falta un equipo del C.S.I. para sacar algo en claro.


Daylight Trekking. Sin necesidad de linternas, pero con las botellas de agua convertidas en elementos imprescindibles del equipo, recorrimos durante varias horas de escarpada subida los kilómetros que nos separaban de Bukit Terisek, un monte a unos (nadie lo diría, a juzgar por lo que había costado la ascensión) miserables 344 m de altitud que ofrecía unas buenas vistas de las inmediaciones.

Canopy Walk. Lo más divertido para mí, sin duda alguna. Inexplicablemente, la idea de recorrer 250 m a 40 m de altura sobre la jungla no le hizo ninguna gracia a Isa. Una estrecha plataforma (que se recorre individualmente pues no hay espacio a lo ancho para que se haga de otra manera) compuesta por una unión de tablones alargados se sostiene como un puente colgante y ofrece una experiencia no apta para los que sufren de vértigo ni los aquejados de enfermedades coronarias. He de aclarar que no es el Golden Gate y que "aquello" se mueve en todas direcciones. Desafortunadamente para mí (que no para Isa) había otros 250 m a los que no pudimos acceder pues se estaban realizando tareas de mantenimiento y ampliación.

Rápidos. "Os vais a mojar, todo el mundo se moja. Si lleváis cámaras, metedlas en bolsas de plástico para protegerlas" nos advirtió el guía. Bien, esto promete, pensé yo. A cambiarse de ropa. Un gorro de ala ancha para protegerme del sol, una camiseta, mi bolso bandolera "gay" para meter la cámara (en su funda y dentro de una bolsa de plástico), un bañador (porque ir con unos pantalones que se iban a mojar era absurdo), y unas sandalias…un momento, ¿dónde están mis sandalias? Sí, hombre, las que te compraste en Singapur. Maldita sea, me las había dejado junto con el 80% de mis cosas dentro de la mochila grande que esperaba pacientemente mi regreso en KL. ¿Y qué me pongo? Porque sólo me he traído las botas de trekking, porque a eso hemos venido a la jungla, ¿no? Pues como no hay otra cosa, tendrán que ser las botas, que ya que son de GoreTex aguantaran las salpicaduras sin problemas. La necesidad se impuso a la estética y de tal guisa cómica fui yo ataviado, a sabiendas de que Isa no es que me mirara de reojo, sino que hablaba conmigo con la cabeza girada en dirección opuesta o sin quitar su mirada de mis ojos. Como si me hubiera llevado los zapatos de claqué. Los rápidos, únicamente tres, fueron una decepción. Ni duraban más de unos pocos segundos, ni la canoa encontraba resistencia, ni fue emocionante, ni nada de nada. Incluso Isa, de naturaleza poco dada a experiencias arriesgadas, estuvo de acuerdo conmigo en que aquello había sido ridículo.

Orang Asli. Los nativos que viven en el parque son una atracción más del mismo. Yo esperaba que visitáramos uno de sus poblados, ellos hicieran algún baile típico y después hubiera una voluntaria donación de papel moneda de curso legal. Afortunadamente, las cosas no ocurrieron así. Nuestro grupo paseó entre sus tradicionales cabañas (aunque han incorporado el plástico en sus tejados como elemento protector frente a la lluvia), observó la timidez de sus niños y uno de los adultos nos hizo una doble exhibición de sus habilidades. Primero usó su arma tradicional, dos metros de cerbatana compuesta por la unión de dos cañas de bambú, para lanzar un estilizado dardo (que en su punta estaba impregnado de veneno lo suficientemente potente para matar un mono o pequeños mamíferos pero no a un ser humano, aunque mejor no probar). A instancias de nuestro guía, todos lo imitamos por turnos y he de decir que mis habilidades con la cerbatana consistieron en acertar la diana, un indefenso y atemorizado pingüino de peluche, sin mayor dificultad (pese a que admito que no tenía ni puñetera idea de a dónde estaba apuntando). Después de eso, el mismo Orang Asli nos presentó una demostración práctica de cómo hacer fuego en 30 segundos sin mechero, cerilla, ni lupa, sólo mediante la fricción de hojas de palmera dobladas y enrolladas contra un tronco de madera desprovisto de corteza. Esta vez nadie intentó repetir la hazaña.
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Una cosa bastante graciosa de nuestro resort de alto “standing” (lo de pagar 25,50 RM por una lata de cerveza Tiger y una lata de 7Up no es nada gracioso, pero las vistas y la tranquilidad desde la terraza del restaurante merecían la pena, aunque Isa me ganara al “Scrabble”) es que tenían un cartel en el que informaban a qué horas y en qué zonas de las instalaciones se podían ver determinados animales salvajes (o más o menos salvajes). Dado que están protegidos, campan a sus anchas sabedores de que nadie les va a hacer el menor daño y que los disparos, de haberlos, serán fotográficos (salvo que se acerquen a un poblado Orang Asli, claro está).

Así pudimos ver monos (haciendo un jaleo inmenso) enfrente de nuestro alojamiento y también, mientras permitía graciosamente que Isa sumara y sumara puntos al Scrabble, a pocos centímetros de nuestra mesa. Incluso llegamos a ver jabalíes salvajes, pero eran bastante confiados, la verdad sea dicha.

Cuando llegó el momento de irnos de Taman Negara ambos estábamos convencidos de que se merecía uno o dos días más para hacer algún trekking por la jungla más profunda, pero nuestro leve desánimo se compensaba con la satisfacción que nos daba pensar que teníamos por delante casi setenta kilómetros en canoa y que pensábamos disfrutar cada minuto del trayecto de vuelta.


(Escrito por él en Bangkok, Tailandia, el 21 de Febrero de 2007)

20 febrero, 2007

Taman Negara

Ayer nos dimos un buen tute visitando Bangkok, así que hoy me apetece tomarme el día con calma, disfrutar de la piscina (últimamente viajamos en plan VIP, pero pronto se nos va a terminar la buena vida), y cumplir con mi primera resolución del año nuevo chino.

Con este texto cierro el capítulo de Malasia, por la que viajamos del 26 de enero al 8 de Febrero, visitando Melaka, Kuala Lumpur, Taman Negara, Penang y Langkawi.
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Poco os contaré de KL, puesto que José ya se hizo cargo de esa ingrata labor. Digo ingrata, porque mi relación con la capital fue de odio a primera vista. Afortunadamente, con el paso de las horas y a medida que iban cayendo la noche y las altas temperaturas, me fui relajando e incluso llegué a apreciar el encanto de una ciudad esquizofrénica.
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Me limitaré a daros tres consejillos de nada, por si algún día os animáis a pisar suelo malayo:

  1. Incluid Kuala Lumpur en vuestro itinerario, pues ninguna opinión se merece más crédito que la vuestra.

  2. Dedicadle un par de días, cuestión de visitar las torres Petronas sin prisas.

  3. Ofreceos un alojamiento de categoría medio-alta, alejada de los barrios chinos/indios, que os permita olvidar momentáneamente la mediocridad que es vivir en una ciudad ruidosa, sucia y caótica.

Amén de subir a las torres gemelas, lo mejor que hicimos en KL fue contratar una excursión para Taman Negara, el parque nacional más grande de Malasia, cuyos 4343 kilómetros cuadrados de superficie se extienden mayormente sobre el estado de Pahang. La excursión era de tres días y dos noches, con el primer y último día dedicados a desplazarnos. La verdad, un día más en el parque no hubiese sobrado.

Mientras en Dublín sonaban cientos y miles de despertadores, nuestra barca se abría camino por la jungla, remontando el río Tembeling. Así de sutil es la línea que separa el sentimiento de estrés del de libertad. Las sensaciones que vivimos durante esas dos horas y media de viaje fluvial no se nos olvidarán nunca.

Cómodamente sentados en el suelo, la cabeza reclinada sobre el respaldo de madera, los pies descalzos y asomados fuera de la barca para recibir las salpicaduras del agua, los ojos intermitentemente cerrados, alternando entre la relajación más total y la visión hechizante de un horizonte de vegetación, y en la mente, no más de tres palabras: ¡esto es vida!

Nuestro destino, Kuala Tahan, era un pueblo de cabañas de madera, con cuatro o cinco restaurantes flotantes. Nosotros estábamos alojados en la ribera opuesta, en la zona pobre de un lujoso resort.

No habíamos contratado bungaló, sino un dormitorio en teoría compartido con otras seis personas. Encontramos el ala de dormitorios frente a la zona de lavandería del resort y, para nuestra gran sorpresa, sólo la compartimos con las decenas de monos que pululaban por esa zona. Lo mejor del dormitorio: cerrar los ojos y quedarte dormido mientras escuchas concentrado la sinfonía nocturna de grillos, geckos y demás residentes de la jungla.

Como cualquier tour organizado, el nuestro estuvo repleto de actividades:


  1. Paseo nocturno por la jungla. Impresionante la capacidad de nuestro guía para divisar animalitos que incluso de día son difíciles de encontrar, como el escorpión o el insecto palo.


  2. Paseo matutino por la jungla. El sendero está perfectamente señalizado, con lo que este paseo puede hacerse por libre. Sin embargo, merece la pena tener guía para aprender sobre las propiedades y usos de las plantas.


  3. "Canopy Walkway". Un puente de 530 metros de longitud, construido con madera y cuerda, y suspendido a 40 metros de altitud. No sé qué temblaba más, si el puente o mis piernas.


  4. Rafting por los rápidos. Lo único rápido de la actividad fue su duración, pues la diversión se acabó justo cuando pensábamos que lo "bueno" estaba empezando. Y para que yo lo diga…


  5. Visita de un poblado "Orang Asli". Fue la parte más interesante de la excursión, aunque el sentimiento de intrusión me resultó violento. Me sentí algo avergonzada de formar parte de esa horda de turistas que, armados con cámaras, de pronto irrumpieron en la intimidad de sus vidas, rompiendo el ritmo de una tarde apacible.

De los Orang Asli, aprendimos muchas cosas, como su habilidad para producir fuego, sus técnicas de caza, sus costumbres, creencias y ritos funerarios.

No practican ningún tipo de religión organizada, ni veneran a un Dios, pero sí creen en los espíritus. Cuando un miembro de la tribu muere, consideran que un espíritu maligno le ha quitado la vida y, rápidamente, migran a otro lugar para evitar que otros corran la misma suerte. Antes de marcharse, colocan al difunto en lo alto de un árbol, de manera a facilitar la ascensión de su espíritu al cielo. Esta costumbre también tiene una finalidad práctica: darle al muerto una oportunidad de volver a la vida, de la que carecería si fuese enterrado o incinerado.

En cuanto a las técnicas de caza, consisten en disparar dardos envenenados con la ayuda de una caña de bambú de unos tres metros de longitud. Se nos dio la oportunidad de practicar, apuntando a unos peluches. El Junior, como si llevase toda la vida ejerciendo de hombre primitivo, cogió el arma, apuntó, sopló y zas, ¡premio! Bueno es saber que, de haber sido Orang Asli, esa noche se hubiese cenado pingüino en mi casa.


Si bien mi hombre para la caza tiene puntería, para el vestir no siempre da en diana de mis deseos. Menudas pintas las del Junior cuando se cambió para la excursión a los rápidos. De pronto me lo vi llegar con sus botazas de trekking, sus calcetas de la mili, su bañador, su camiseta, su bolsito gay y su infame "bunny hat" (lean nota aclarativa a pie de página): un sombrero militar de colores kaki, marrón y negro, usado por las fuerzas armadas americanas para camuflarse en la jungla (porque de todos es sabido que uno de los objetivos principales de las excursiones organizadas por la jungla, es volverse invisible para el guía y el resto de excursionistas, por obra de las virtudes miméticas de un sombrero).

Cuando el amor no es ciego, a veces tiene que cerrar los ojos. Y mira que yo lo intenté, haciendo de todo para desterrar de mi mente esa visión del Junior en su "honey butt" (vuelvan a la nota aclarativa), tratando de focalizar mi atención sobre otras cosas: Isa, concéntrate, admira la vegetación, no dejes de mirar al río, fíjate en los rápidos, en la barca, en el guía… hasta que llegó él y, con una sola frase, echó por el suelo mis esfuerzos y vanas esperanzas de olvido:

"Isa, ¿me haces una foto?".


Nota aclarativa: ya sé que es "bonnie hat", pero la gracia está en vacilar al Junior.


(Escrito por ella desde Bangkok, Tailandia, 20/02/07)

19 febrero, 2007

Feliz Año Nuevo

No, no he pasado demasiado tiempo bajo el sol de Koh Lipeh. Ni llevo tal retraso con mis felicitaciones navideñas, que este año os envío mis deseos de salud, amor y prosperidad en febrero.

Por si el desfase horario no bastase para confundirme (siete horas más aquí en Bangkok con que, si no me equivoco, en España serán ahora las dos menos veinte de la mañana del domingo y debéis de estar dormiditos, o de juerga, mientras os escribo), en esta parte del mundo existe otro calendario, el chino, en el que hoy es año nuevo.

Por cierto, un año muy especial éste. Entramos en el año del cerdo, ¡nuestro año! José y yo, curiosamente, compartimos signo zodiacal tanto en casa (virgo) como aquí (ambos nacimos en el 71 y eso, por lo visto, nos convierte en un par de cerdos).

Ayer de madrugada, llegamos a Bangkok con la intención de respirar un poco el ambiente de fin de año. El año nuevo se celebra este año del 16 al 18 de Febrero (el calendario chino no es de 365 días, con lo que el año que viene empezará, creo, sobre el 8 de Febrero… mira que son complicados estos chinos) y eso genera muchos desplazamientos por todo el país. Muchos tailandeses han venido a pasar estas fechas con sus familias en Bangkok y me parece a mí que la fiesta verdadera sucede de puertas adentro.

Por la noche nos dimos una vueltecilla por el barrio chino y, a parte de mucho tráfico, vendedores ambulantes de dragones de papel, vendedores ambulantes de ropa, vendedores ambulantes de castañas, vendedores ambulantes de dulces, vendedores ambulantes de pollo, vendedores ambulantes de todo (¿os he comentado alguna vez que los chinos, a parte de ser muchos, son muy comerciantes?), mucho chino vestido de rojo y muchas decoraciones del mismo color, por lo demás no notamos nada demasiado festivo en el ambiente. Creo que la acción está reservada para esta noche. Según nuestra parejita de holandeses de Langkawi (que por pura casualidad encontramos ayer en medio de esa increíble pululación china), a media noche tirarán cohetes y desfilarán dragones.

Hablando de dragones, ¿sabíais que el dragón representa a oriente? ¿Y que la representación de occidente es el tigre? Bueno sabiondillos, pues yo no lo sabía, pero ya me voy enterando de algunas cosas. Ayer sin ir más lejos, después de comer, le eché un vistazo a una gacetilla tailandesa (encontramos periódicos locales escritos en inglés) y leí un artículo muy instructivo sobre astrología china.

Aprendí que el zodiaco chino consta, al igual que el occidental, de 12 signos. Estos signos están relacionados con los cinco elementos de Feng Shui: tierra, agua, fuego, madera y metal. El cerdo, que es el signo que aquí interesa, es un signo de agua.

Ya, ya sé que suena raro, yo también hubiese pensado en el cerdo como un signo de fango. Pero pese a la mala reputación que le hemos dado al cerdo, en su estado salvaje, es un animal muy limpio. Otras de sus características son la independencia, ya que come de todo (aunque de José y yo no pueda decirse lo mismo), la humildad y la bondad. Se dice de los cerdos que son buenos amigos y leales. Si es que no nos merecéis.

Este año se presenta más bien mal para los cerdos, ya que es un signo de agua y, paradójicamente, el 2007 es año de fuego. Se produce un choque de elementos y no se sabe si el agua conseguirá apagar el fuego. Se prevén disputas y conflictos. O sea, que el Junior y yo empezamos bien el viaje, pero no sabemos como lo acabaremos.

Para contrarrestar un poco la mala suerte, se nos recomienda que practiquemos los consejos del Feng Shui y que vistamos de colores que contrarresten nuestra naturaleza acuosa. Nada de azules (lo siento José), este año se llevarán el verde, el rojo y, mi color preferido, ¡el amarillo! Anda que vamos a parecer la trilogía del semáforo.

Bueno, no está todo perdido para los cerdos. Los lechoncillos que nazcan este año gozarán de muy buena estrella. Con esto no quiero decir nada ni asustar a nadie, pero bueno es saberlo por si acaso.

Me pregunto si los chinos tendrán costumbre de escribir sus resoluciones para el año nuevo. Para mí que me encanta hacer planes y escribir listas, es una tentación difícilmente resistible. Claro que viendo el éxito que de momento estoy teniendo con mis resoluciones de enero (mi Biblia se está dando un buen paseo este año, pero todavía no la he abierto ni una sola vez), no sé si será sensato añadir nuevas resoluciones a las viejas. Claro que el Junior hizo 12+1, ¿y porqué iba yo a ser menos?

Venga, resoluciones de año nuevo chino:

  1. La primera es una resolución pequeña y a corto plazo: poner al día el blog antes de irnos de Bangkok. Me prometí hacerlo en Koh Lipeh, pero la isla me sedujo con sus encantos. La culpa la tienen Xavi, Laia y Vanesa, un grupo de ibicencos majísimos, que me introdujeron a las maravillas del "snorkel".

  2. La segunda es más un deseo que una resolución: convencer a mis padres para que se apunten a un viaje desorganizado conmigo. Papá y mamá, he pensado mucho en vosotros desde Koh Lipeh. Me encantaría enseñaros una pequeña selección de los mejores rincones del mundo y volver a hacer un viaje juntos, como solíamos hace ya unos cuantos años.

  3. La tercera es un secreto.

(Escrito por ella desde Bangkok, Tailandia, 18/02/07)