12 julio, 2007

Isla Sur

Las 20:28, hace media hora que salimos de Melbourne a bordo del “Spirit of Tasmania”, una auténtica ciudad flotante con sus restaurantes, bares, discoteca, casino, sala de juegos, cine, guardería, oficina de turismo, tiendas y quioscos de internet. Para este exótico crucero nocturno por el estrecho de Bass, nosotros, por supuesto, hemos decidido viajar en clase Business. Como reyes, oiga.

Toda una vida esperando decir una frase así, pero para qué vamos a engañarnos. En este ferri, la clase Business es la de los pobres, la de los que han aprovechado la oferta de mitad precio, la de los que en caso de titánica emergencia no habrán visto el vídeo de procedimientos de evacuación, la de los que no usarán ninguna de las 222 cabinas disponibles y se autosatisfarán reclinando sus asientos. Comodísimos, eso sí.
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Aprovechando que la travesía es larga y que el Junior está aparentemente entretenido con su guía Lonely Planet, os contaré mis impresiones de la Isla Sur. Obviamente, no me refiero a Tasmania, que aún no conocemos, sino a Nueva Zelanda.

Contrariamente a José, que os rindió detallada cuenta de sus aventuras por la Isla Norte, yo voy a ser bastante más sucinta. Y es que si os contara todos los pormenores de nuestra ruta diaria, iba a repetirme mucho. Tres semanas de admirativas exclamaciones y silenciosos éxtasis. Cada día, un nuevo paisaje de infinita belleza. Carreteras zigzagueantes abriéndose camino entre gigantescos helechos, bosques en los que apenas se filtra la luz, ríos de agua cristalina, lagos como espejos en los que se admiran sus Altezas las montañas, arrecifes escarpados, infinitas llanuras de turba, infinitas llanuras de pasto, infinitas llanuras de arena y mar.

Sin lugar a dudas, lo mejor de Nueva Zelanda son sus paisajes. Amén de éstos, he aquí mi pequeña lista de favoritos, en el más espontáneo desorden:

1. Hostales, la mejor relación calidad precio que he visto hasta ahora. Con la excepción del hostal de Haast, en el que afortunadamente sólo dormimos una noche (por los pelos escapamos al temporal de nieve en Haast, de habernos quedado atrapados allí, eso sí que hubiese sido una tragedia), la mayoría de hostales son cómodos y acogedores. El precio medio de habitación doble con baño compartido es de unos 60 dólares locales (unos 15 euros por persona). Las zonas comunes suelen ser amplias y en ellas se encuentran la televisión, mullidos sofás, cojines y pufs, estufas de leña, libros de segunda mano y juegos de sociedad. Las cocinas también suelen ser espaciosas y están mejor equipadas que las del plató televisivo del Arguiñano. Algunos hostales ofrecen desayuno gratuito, sopa gratuita, té y café gratuitos, spa gratuito... Si la palabra “gratis” ejerce sobre vosotros el mismo magnetismo que sobre nosotros (José ha acuñado un nuevo lema, con el que ya llevamos varios días riéndonos: “cheap is good, free is the best!”), os alegrará saber que en muchos hostales incluso es posible pernoctar sin pagar. Sí, sí, habéis leído bien. A cambio de un par de horas de trabajo (pasar la aspiradora, fregar platos, hacer camas, tender toallas y poco más, vamos que no es como para herniarse), puedes conseguir alojamiento gratis.

2. Spas, el mejor invento después del colchón. Para los que no estéis familiarizados con este genial concepto, los spas son unas bañeras redondas con jacuzzi, agua súper caliente y capacidad para unas cuatro personas. Una de las ventajas de recorrer Nueva Zelanda en invierno es la posibilidad de disfrutar de estos baños calientes, burbujeantes y al aire libre, que además son (no me cansaré nunca de repetirlo) gratisssss… Uno de mis mejores recuerdos: tras una gélida tarde de caminatas por los alrededores del glaciar Franz Josef, el merecido descanso, mis fatigados músculos relajados por el cálido hidromasaje, mientras contemplo unos picos nevados y se me va abriendo el apetito, pensando en esa sabrosísima sopita gratisssss… Ah, si no fuera por estos pequeños placeres…

3. Azul, el de los glaciares. Mientras José escalaba paredes de hielo, yo, que soy poco adepta al esfuerzo físico (vaya, si no lo llego a decir, nunca lo hubieseis adivinado), opté por sobrevolar el glaciar Franz Josef en helicóptero y hacer un pequeño trek de dos horas por el hielo. La excursión es carilla (unos 170 euros), pero merece la pena. No me hubiese importado pagar un poco más por disfrutar de un vuelo escénico más largo, porque el paseo en helicóptero, valga la redundancia, se me pasó volando. No tengo palabras para describir la belleza de un paisaje de hielo, ni siquiera las fotos le hacen justicia.
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4. WOW, el mejor museo de Nelson. El “World Of Wearable Art Museum” ofrece dos exhibiciones permanentes, la de coches antiguos y la de extravagantes creaciones de alta costura. Un auténtico derroche de imaginación y genialidad. No paséis por Nelson sin visitar este museo.

5. Shantytown, la ciudad del pasado. Saliendo de Greymouth, fuimos a visitar esta reproducción de una ciudad minera del siglo XIX. Nos tiramos una mañana entera visitando sus instalaciones, las pequeñas boutiques, la oficina de correos y telégrafos, el banco, la barbería, la cárcel, el hospital, la iglesia, la estación… incluso hicimos un pequeño recorrido subidos a un tren de vapor. Lo pasamos como niños.

6. Puzzling World, el museo de las falsas impresiones. Aquí también lo pasamos como niños. De los tres museos que visitamos en Wanaka, éste, sin lugar a dudas, fue el más divertido. Sorprendente engaño de los sentidos, cuya percepción llega incluso a desafiar la ley de la gravedad. .

7. Las galletas Tim Tam, que son australianas, pero que descubrimos en Motueka. Estamos literalmente enganchados a las Tim Tam (y a todas las demás galletas de la casa Arnott´s), con un consumo medio de paquete diario. Y eso que no son gratisssss…

(Escrito por ella desde el “Espíritu de Tasmania”, Australia, 06/07/07)


Lo encontramos

Son solo 100 metros y tú puedes hacerlo, José. No es ni tan difícil ni durará tanto tiempo como para justificar que te eches atrás a estas alturas. No hay que llevar una capa, máscara o los calzoncillos por encima de los pantalones para superar ese obstáculo. Otra gente, aparentemente normal, ha sido capaz de hacerlo antes que tú y, peor todavía, hay otra gente haciéndolo mientras tú corrías en dirección contraria. Si otros antes que tú y otras (¡otras, José, otras!) son suficientemente hábiles como para encontrar la manera de vencer ese pánico, ¿cómo vas a poder mirarte al espejo si tú no lo logras? Además, no puedes echarte atrás porque sabes que no hay alternativa y cualquiera que te haya estado viendo se habrá reído a gusto así que, maldita sea, ¡vuelve a meterte en el agua!

Pero ¿por qué nuestra barca no se podía arrimar más a la orilla, como por ejemplo la de Caterina? Claro, ya os imagino a vosotros, mirando de refilón por la ventana de la oficina o de casa y viendo lucir el sol en España. Y miráis el calendario y comprobáis que, al igual que ayer y que mañana, seguimos en Junio, así que ¿dónde está el problema de este asturiano (que debería estar acostumbrado a las aguas del Cantábrico)?

El problema es que este asturiano emigrado a Irlanda se encuentra ahora en Nueva Zelanda, en las frías aguas de la Bahía de Tasman y Junio aquí es como Octubre en los canales de Estocolmo. Y la barca (que además está pagada, como aquella grúa de Belfast, ¿eh, Mel?) es la única manera de salir del Parque Nacional Abel Tasman, salvo que se quiera realizar una caminata de cuatro horas, una hora antes de que empiece a anochecer. Reuniendo todo mi valor, volví a meterme en el agua con los pantalones remangados hasta medio muslo y procedí a contar los pasos que daba, como forma de distraer mi cerebro de la baja temperatura del mar. Noventa pasos después, y adelantando a Isabel y Mariana, unos pies casi en el punto de congelación me proyectaban sobre la borda y me dejaban, por fin, sentado en la barca que nos devolvería a Marahau, nuestro punto de partida y lugar donde descansaba nuestro coche.

En Nelson habíamos aprovechado que el check out en invierno era a las once de la mañana, en lugar de a las habituales diez, para robarle unos minutos más al sueño, ese amigo al que los viajeros tratamos con tanto desdén. Y después fuimos a un aparentemente humilde local, en el centro de la ciudad a ver El Anillo.

Parecía a la vez insignificante y enorme. ¿Cómo algo tan pequeño y de diseño tan sencillo había podido levantar tantas pasiones, tumbar a gigantes y hacer crecer desmesuradamente a gente pequeña? Pero allí estaba, en una humilde caja de madera sin inscripción alguna que pudiera delatar el contenido. Con temor casi reverencial lo cogí en mi mano y un repentino impulso me llevó a introducir mi dedo en él. ¿Acaso no brillaba ahora de una manera especial? Ese refulgir del oro parecía mágico, como si hubiera estado esperando a que yo llegara a él. Después de todo, ¿por qué no iba a ser mío? ¿Es que yo no tenía derecho a llevarlo en mi mano? ¿Quién podía negármelo? ¡Pobre de quien osara! ¡Nada podía interponerse entre él y yo! ¡My precious! ¡Mi Tesoro!

“José, tenemos que irnos ya¨, me dijo Isa con un tono de preocupación en su voz. Y además estás saliendo en las fotos con una cara extraña, me das escalofríos… ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?


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El matrimonio de Arte y Moda sólo puede dar a luz hijos de efímera vida y la siguiente parada de nuestra ruta era un lugar en el que se preservaban estas creaciones, el WOW, “World of Wearable Arts & Classic Cars Museum” www.wowcars.co.nz, situado a las afueras de Nelson. Una de las exhibiciones es relativamente convencional, con coches clásicos desde los principios del automóvil. Pero junto a piezas obvias como un Ford T u otras que han salido de los talleres de Mercedes (y se cuenta como se añadió ese nombre a los de Daimler y Benz), Porsche o Cadillac, aparecen otras menos comunes, como un Cord Westchester Sedan de 1937, un Pierce Arrow, un Locomobile, un Stearms Knight…Yo me confieso un desconocedor del mundo del automóvil clásico (y de la mecánica del moderno) pero aún así lo encontré muy interesante. Si Fernando De La Hoz, al que conocí compartiendo sede social en la Calle Covadonga, que organiza el Certamen del Automóvil Clásico “Ciudad de Oviedo” hubiera estado aquí, habría disfrutado como un niño observando estos más de cincuenta vehículos allí expuestos.


La otra exhibición, la verdadera esencia del museo, es una serie de modelos presentados al festival anual WoW. Este evento que se gestó en Nelson en 1987, fue obra de la artista Suzie Moncrieff que quiso crear un concepto en el que no solo se diseñara una prenda o vestido sino que ésta fuera además, simple y llanamente arte. Tras sucesivos festivales, la idea fue tomando tales dimensiones que en 2005 el show, rebautizado “Montana World of Wearable Art Award Show” (Montana, el nuevo patrocinador, es uno de los mayores viñedos de Nueva Zelanda) fue trasladado a Wellington, donde la próxima edición se celebrara en Septiembre de 2007. En el museo de Nelson se han habilitado tres zonas, una audiovisual donde uno asiste asombrado y admirado (¡la imaginación y la creatividad al poder!) a la presentación en video de las obras que desfilaron en anteriores ediciones, otra para las creaciones de un apartado especial, las que cuentan con elementos fosforescentes o luminiscencias, solo apreciables en su totalidad a oscuras, con la ayuda de “luz negra”. En la última parte, o primera si seguimos el orden correcto para una mejor experiencia, nos encontramos una sala en la que se exponen estáticamente diferentes modelos que participaron en el festival y, en una pasarela por la que se desplazan una veintena de maniquíes con no menos majestuosidad que cuando lo hicieron vistiendo a modelos humanos, luciendo una serie de premiadas creaciones acompañados de una música propia de cualquier evento de moda.


Uno, que admite abiertamente que no entiende de moda más allá de unas simples reglas sobre como combinar colores y prendas de manera que uno no parezca un payaso de corbata en la oficina, se ha quedado asombrado ante la capacidad creadora de los diseñadores de todo el mundo que presentaron, y presentan, obras a este festival. Contrariamente a mis deseos, no hay fotos de los modelos por la presencia de cámaras de seguridad y la prohibición explícita de las mismas (sólo se autorizan en la zona de exposición de los coches, por eso he publicado varias de los vehículos acompañando el texto).



Después de tanta fascinación cinematográfica y cultura artística, en Rabbit Island descansamos de cultura y conocimiento y estuvimos un buen rato disfrutando de un sencillo paseo por la playa. La isla es una reserva forestal y no se puede pernoctar en ella (de hecho a la puesta de sol se cierra el único acceso por carretera) y está poblada por arboles que crecen sin intromisión o limitación humana alguna. Y lo hacen hasta el borde de una enorme y tranquila playa desde la que se observa una limpia perspectiva de la tranquila Nelson. El ruido del mar, las gaviotas y alguna ave que no acertábamos a identificar (la mejor descripción la hizo Isa, “Parece un pingüino con alas”) fueron prácticamente nuestra única compañía. De haber sido verano, seguro que neozelandeses y foráneos hubieran hecho masivo acto de presencia.




Motueka, donde estaría nuestro alojamiento en el Laughing Kiwi durante un par de noches, iba a ser nuestra base para descubrir el Parque Nacional Abel Tasman, así llamado en honor del explorador holandés (que también ha sido honrado con el bautizo de esa isla al Sur de Australia a la que se conoce como Tasmania), Pese a ser el parque más pequeño de Nueva Zelanda, conjuga dos hábitats muy peculiares, montaña y costa, con bosques que descienden hacia las playas, pues cuenta con numerosas calas de arena, y algunas de ellas son parte del recorrido de varios trekkings. Por cierto, lo que en español se conoce (creo) como senderismo, y en el mundo anglosajón como “trekking”, en Nueva Zelanda se llama “tramping” (y básicamente es todo lo mismo, caminar y caminar, por colinas y baja y alta montaña, disfrutando de los paisajes y la naturaleza).



Carlos y Mariana, una pareja de argentinos que también al dia siguiente planeaban esa excursión, pensaban madrugar para estar en Marahau (la base de la mayor parte de empresas) antes de las nueve y allí ver las opciones. Nosotros decidimos que también madrugaríamos y que levantarse a las siete y media, no era tanto sacrificio. Así que preparamos unos sándwiches y temprano, casi a la una de la mañana, nos acostamos, Cuando sonó el despertador, no le hicimos caso hasta las pasadas las ocho asi que al llegar a Marahau, descubrimos que la siguiente excursión de Abel Tasman Aquataxi no empezaba hasta las diez y media así que disfrutamos de unos cafés con leche para entretener la espera. Lo que contratamos fue un viaje en barco a lo largo de toda la costa del Parque que, a la vuelta, nos dejaría en Bark Bay, donde desembarcaríamos y haríamos un trek de unas horas hasta Anchorage, donde a las tres y media nos recogería otro barco.




Las vistas desde el barco eran espectaculares y el paseo por tierra fue también muy bonito pero ambos tenemos como queja que lo frondoso del bosque impedía ver, salvo en tramos puntuales, la zona de la costa y el mar. Es que había que quejarse de algo…




(Arriba) Senderos y caminos del Parque

Y después de la forzada inmersión en las gélidas aguas de Anchorage, la recompensa iba a estar muy cerca, a solo cien metros de nuestra habitación, porque hemos descubierto que en Nueva Zelanda la mayoría de los “Hostels” tienen SPA gratis…y el agua cálida y las burbujas eran una tentación en la que había que caer.

Son solo 100 metros y tú puedes hacerlo, José. No es ni tan difícil ni durará tanto tiempo como para justificar que te eches atrás a estas alturas. No hay que llevar una capa, máscara o los calzoncillos por encima de los pantalones para superar ese obstáculo. Otra gente, aparentemente normal, ha sido capaz de hacerlo antes que tú. Si otras antes que tú (¡otras, José, otras!, recuerda a las dos chicas chinas ayer por la noche) son suficientemente hábiles como para encontrar la manera de vencer ese pánico, ¿cómo vas a poder mirarte al espejo si tú no lo logras? Además, no puedes echarte atrás porque sabes que no hay alternativa y cualquiera que te haya estado viendo se habrá reído a gusto así que, maldita sea, aunque estés en bañador y cazadora ¡vuelve a salir al porche y camina esos cien metros por el patio hasta llegar al SPA al aire libre!.



(Arriba) Dentro del Parque Natural, esta es la isla en la que habitualmente podemos encontrar una apacible colonia de focas


(Debajo) La dura vida de las focas en el “Abel Tasman National Park
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Nota: En Marzo de 1999 el equipo artístico del neozelandés director Peter Jackson se dirigió al joyero Jens Hansen para que creara algunos diseños para El Anillo Único, la pieza central de su trilogía sobre la obra homónima de Tolkien, “El Señor de Los Anillos”. El anillo para la película fue elegido entre los 15 diseños presentados y aunque, por definición, Anillo sólo puede haber uno, se crearon hasta cuarenta versiones a diferentes escalas para adaptarse a determinadas escenas de la película, tan pequeños como para que incluso un hobbit pudiera ponerlo en su dedo, o tan grande como uno de ocho pulgadas (20,32 cm) de diámetro, que es el que se ve en el prologo de la primera película, girando y dando vueltas en el aire (que, obviamente no se podía hacer de oro, así que fue la ligeramente más humilde plata su materia prima) .

El prototipo original y el de ocho pulgadas de diámetro se exhiben en el estudio del joyero, en Nelson. Verlos no cuesta nada…y no tiene precio.


(Escrito por él desde Westport, Isla Sur, Nueva Zelanda, el jueves 14 de junio de 2007, intentando a la vez ver un episodio de “The Sopranos” en la televisión mientras a sus espaldas dos pesados franceses no han dejado de hablar la última hora, entre el final de un episodio de “Without a trace” y la mitad de la serie de mafiosos)

Al revés

Gafas de sol. Bikinis. Gorras. Protección solar. Bañadores. Toallas de playa. Sandalias. Colchonetas hinchables. Casi a mediados de Junio y eso es lo que se compra normalmente la gente por estas fechas. Unos guantes para la nieve y un gorro (“beenie”) térmico para el frio. Eso es lo que me compro yo (e Isa acapara jerséis y cazadoras). Si estamos en las antípodas, es lógico y normal que aquí se hagan las cosas al revés que en Europa. Porque a las cinco de la tarde llueve y hay 6 grados centígrados de temperatura en Picton, Malborough Sounds (¿fiordos?), el pueblo de la Isla Sur donde atraca el ferri de Interislander procedente de Wellington, en la Isla Norte. Y que ferri (acostumbrado a escribir esta palabra en inglés, “ferry”, más de una vez se me va a colar la “y” a lo largo de mis textos; además, ¡no me acostumbro a esa “i latina” al final!). Dos niveles para pasajeros, dos salas VIP, una tienda de regalos y prensa, una sala de máquinas (bueno, dos, la normal para el desplazamiento del barco…y una para que los pasajeros se entretengan con máquinas recreativas), una zona infantil, un restaurante-cafetería, un bar, una zona de trabajo en la que poder enchufar el portátil (y, más adelante, conectarlo a Internet), un buzón de correos…zonas de observación en cubierta, al aire libre y bajo techo, para los días con mal tiempo.


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Como este domingo, que nos ha pasado como en nuestro tour a Halong Bay, en Vietnam: tendremos que ver fotos de revistas para descubrir por donde habíamos pasado. En un viaje tan largo y por geografías tan variadas como el nuestro, nunca se puede ir a todas partes en las condiciones ideales. O, dicho de otro modo, habrá veces en que estaremos en el paisaje acertado con el tiempo equivocado. En nuestro trayecto en barco, fue la lluvia, el viento y los cielos nublados los culpables de que no disfrutáramos al cien por cien lo que, de haberlo hecho en verano, hubiera sido casi una hora (de las tres de duración del viaje) pasando por entre los recovecos de los Malborough Sounds, una preciosa zona de fiordos en la que la costa no es recta sino que, al igual que el muelle de un acordeón, una sucesión de entrantes y salientes la ha poblado de preciosas bahías y pequeñas calas.

En Picton no pensábamos demorarnos mucho, solo hacer compras por la tarde y alquilar un coche para recorrer la Isla Sur. El ferri no llegaba hasta las 13.35 (por cierto, la entrega y recogida del equipaje facturado fue como en un aeropuerto, con resguardos y cinta transportadora y todo, ¡que modernos ellos….y que de pueblo debo parecer yo cuando destaco estas cosas!), y nosotros no acabamos de instalarnos en el “Hostel” hasta las dos…y a las cinco cierra todo y se echa la noche encima. Tiempo para pasear bajo el orvallo en el puerto, hurgar encantados en una tienda de artículos de segunda mano y antigüedades (si no fuera por el peso, el bulto, y lo que me queda aún de viaje, me hubiera llevado un par de preciosas cámaras antiguas y una botella de cerámica que hace varias décadas contuvo whisky; Isa, menos escrupulosa, se llevó un detalle que ya os contará ella), picar algo (el café y los nuggets del ferri dejaron con razón a mi delgada acompañante con hambre) en un “fish and chips” como los de antaño en Irlanda y darle un meneo a la American Express en el Supervalue local donde nos aprovisionamos de comida para un par de días, así como de mi par de guantes y un gorro cada uno.

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Una noche de descanso y esta mañana nos decantábamos por un azul (mi color), pequeño (facilidad de aparcamiento para la conductora) y automático (novedad para ambos) Suzuki Swift, como el cuarto integrante (nosotros dos más Fede somos los tres restantes) de esta expedición por Nueva Zelanda. Y gracias a él y a la libertad de desplazamiento que nos otorga, en el trayecto de hoy entre Picton y Nelson, lo que más se ha oído en el habitáculo han sido los “¡oh!” y “¡ah!” que, sin connotaciones sexuales, proferíamos Isa y yo:


“Suspension bridge” (puente colgante) que nos encontramos en la zona de Pelorus mientras recorríamos un sendero por el bosque.



a) Entre Linkwater y Te Mahia, al recorrer una preciosa carretera costera, con el mar a un lado y las escarpadas montañas pobladas de bosques al otro.


b) En Havelock, cuando desde el mirador a las afueras se puede apreciar este pueblo y su pequeño puerto, a la entrada del Pelorus Sound.

c) En Pelorus Bridge, un idílico puente sobre un rio de montaña entre densos bosques con helechos que parecían haberse congelado en el tiempo, desde un remoto pasado en que los dinosaurios poblaban la Tierra.

d) Entre Rai Valley y Nelson, cuando la carretera nos ha dejado boquiabiertos al presentar a la salida de cada curva colores otoñales que convivían con los verdes oscuros en frondosos macizos donde los altos pinos se disputaban unos a otros el cotizado espacio.

e) A la entrada de Nelson, cuando tuvimos que detenernos a fotografiar (sin que el resultado haga otra cosa que palidecer ante la realidad que observamos) lo que era un auténtico y perfecto cielo al atardecer, con sus colores en un degradado sublime hasta acabar rozando el azul del agua de la Tasman Bay.




Nota: Alojamiento en Picton en Atlantis Backpackers, haciendo caso a Lonely Planet (una bonita y grande habitación doble por 50 AUD con desayuno gratis) y alquiler del Suzuki Swift en Thrifty por 29 + 6 AUD (insurance waiver) al dia durante diez días. Alojamiento en el Tasman Bay Backpackers en Nelson, habitación (preciosa) doble por 58 AUD con desayuno gratis (y película, “Babel”, con palomitas a las ocho de la tarde)

(Escrito por él desde Nelson, Nueva Zelanda, aprovechando que Isa ha dejado momentáneamente descuidado a Fede, el lunes 11 de Junio de 2007)

06 julio, 2007

¡Cumpleaños Feliz!

Happy birthday to you, Wichan!

Desde Melbourne, quiero felicitar a mi amigo Wichan, que hoy cumple la bonita edad de 30 años...
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(Comprobado está que nadie lo diría).
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Un besazo para mi angel.
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(Escrito por ella desde Melbourne, Australia, horas antes de embarcar hacia Tasmania, el viernes 6 de julio del 2007)