24 julio, 2007

Great Ocean Road

140 kilómetros de carretera serpentina, la B100, mejor conocida como “Great Ocean Road”, bordea la costa del estado de Victoria, de Geelong a Warrnambool.

Alquilamos coche en Melbourne, para un total de cuatro días (que terminaron siendo cinco), con intención de devolverlo en Adelaida. Sin prisas. Y es que nosotros somos así: antes de coger la famosa carretera, ya paramos a descansar. Tras un breve garbeo por el paseo marítimo de Geelong, cuyos 104 coloridos bolardos no llegamos a fotografiar en su totalidad, decidimos hacer noche en el pueblo. En el “National Hotel”, nada menos (increíble pretensión la de este “hostelucho” para mochileros, antro apestoso a cerveza fermentada, poblado de caracteres barbudos y noctámbulos, cuyo emblemático nombre hace mofa del espíritu patrio).

Bolardos (Geelong)


Más afortunada fue nuestra segunda noche, en Port Campbell. Llegamos por los pelos, un minuto antes de la hora de cierre de recepción. Se nos presentaron dos alternativas. Por un lado, la glamorosa habitación doble por 90 dólares. Por el otro, a mitad de precio, el dormitorio de estilo marcial con literas. Ardua decisión, cuanto más por la urgencia. Un minuto para sopesar pros y contras. Romance o ahorro, ¿por cuál os hubieseis decantado vosotros? Nosotros, con un simple cruce de cómplices miradas, de inmediato resolvimos el dilema: ¡literas, por favor! Un acierto, pues tuvimos la suerte de no tener que compartir dormitorio con desconocidos. De hecho, ni dormitorio, ni cuarto de baño, ni cocina, ni sala de estar, ¡tuvimos el hostal entero para nosotros solos! ¡Y con vistas al mar! ¡Hurra por el invierno, el viento, la lluvia y la temporada baja!

Los dos tramos más populares de la gran carretera son los que llevan de la Bahía de Apollo al Cabo Otway y, un poco más lejos, del poblado de Princetown al de Port Campbell.

El primero atraviesa el parque nacional de Otway, en el que es fácil divisar koalas en su hábitat natural. El truco para encontrarlos consiste no tanto en mirar a lo alto de los eucaliptos, sino más bien en fijarse en los arcenes. Allá donde veáis una fila de coches indebidamente estacionados a ambos lados de la carretera, pisad el freno y buscad un hueco en el que aparcar igual de indebidamente. Apenas apeados del coche, divisaréis un grupito de maromos y chorbas, los unos apuntando al cielo con sus cámaras digitales, las otras formando un coro de “oooohs” y “aaaahs”. Os acercáis al grupo, miráis hacia arriba y… premio, ahí está, visión celestial, un osito de peluche vivo, qué bonito, qué monada, mira cómo duerme, anda pero si allí hay otro, mira, mira cómo come (dolor de cervicales garantizado al cabo de quince minutos de vuestro primer encuentro con el koala).

El segundo tramo pasa por el parque nacional de Port Campbell, cuyo atractivo número uno son sus acantilados, las formaciones rocosas de los Doce Apóstoles (de los que sólo se ven seis) y del Arco. Está bien, pero tampoco me da para más. Personalmente, prefiero los paisajes de Portland, aunque sólo sea porque nadie se detiene a contemplarlos. Nosotros lo hicimos. Es más, nos quedamos allí dos días, paseando por los acantilados del bosque de piedra (“Petrified Forest”), buscando tesoros bajo la roca amarilla (“Yellow Rock”) y elfos en el bosque encantado (“Enchanted Forest”).

Portland fue, para mí, la mejor parte del viaje. Como quien alcanza un extremo del arco iris y descubre allí el mítico caldero de oro, nosotros encontramos a Harold y Olive. A cinco kilómetros de Portland, de camino a “Yellow Rock”, esta pareja de adorables ancianos nos recibieron en su pequeño hostal, el “Bellevue Backpackers”. Siendo los únicos huéspedes, tuvimos derecho a la suite nupcial: una gran caravana aparcada en el jardín, equipada con todas las “modernidades” imaginables, desde el equipo de alta fidelidad de los años 70 y sus mega altavoces, hasta el televisor en blanco y negro. En cada armario y en cada cajón, encontré un pequeño tesoro: café, té y azúcar (cuya gratuidad José compensó olvidándose una botella de licor en la nevera), una baraja de naipes (que no usamos) y, lo mejor, un libro (que devoré en un par de tirones), auténtico bestseller de los 80. “All I really need to know I learned in Kindergarten”, de Robert Fulghum (“Todo lo que realmente necesito saber, lo aprendí en el jardín de infancia”, os lo recomiendo).

(Escrito por ella desde Kangaroo Island, Australia, 23/07/07)

19 julio, 2007

Tasmania

Habiendo regresado de Nueva Zelanda pocos días antes, nos creíamos inmunes a la belleza de los paisajes australes. Aun así, Tasmania nos dejó boquiabiertos. Menos espectacular que aquélla, pero no por ello menos cautivante. La imagen de Tasmania que, como una postal, quedará para siempre impresa en mi memoria, es la de un paisaje austero bajo un cielo plomizo, árboles abigarrados, retorcidos como ánimas atormentadas, sus siluetas como sombras recortadas en el horizonte.

De cada cuatro kilómetros cuadrados de territorio, uno es parque nacional. La entrada a un parque, válida por 24 horas, cuesta 20 dólares por vehículo. La alternativa, por la que nos decantamos, es pagar 50 dólares por un pase de ocho semanas. Con él te regalan un pequeño pasaporte testimonial, en el que acumular sellos que den fe de tu paso por los siguientes parques: Freycinet, Strzelecki, Mount William, Rocky Cape, Maria Island, Mount Field, Douglas, Apsley, Tasman, Mole Creek Karst, Ben Lomond, Narawntapu, Franklin y Gordon Wild Rivers, Cradle Mountain, Lake Saint Clair, Southwest, South Bruny y Hartz Mountains. Nosotros, con nuestro precipitado itinerario de cinco días y cuatro noches, logramos coleccionar la friolera de DOS sellos (como siempre, amortizando la inversión).

Bueno, por lo menos conseguimos cumplir un objetivo: ver de cerca al demonio. El Diablo de Tasmania, con su poderosa mandíbula (cuatro veces más fuerte que la de un perro), es uno de los pocos marsupiales carnívoros todavía existentes, si no el único (el otro era el Tigre de Tasmania, cuyo último espécimen murió en cautividad en 1936).

Que el Diablo de Tasmania haya sobrevivido hasta hoy me parece un milagro.

Para empezar, la naturaleza no le ha dotado de demasiado talento para la caza. El pobre bicho no ve tres en un burro, apenas corre y es torpe como él solo. En el continente australiano, la proliferación de dingos (perros salvajes), mejores depredadores que el diablo, ha impedido la supervivencia de éste.

Por si esto fuera poco, el diablo tiene un ciclo procreador largo y poco eficiente. La hembra procrea una sola vez al año, produciendo hasta 50 embriones, de los que sólo cuatro tienen esperanza de vida. En libertad, la media de natalidad anual es de un diablillo por hembra. 50 embriones, cuatro tetillas y, obviamente, sobrevive el más mamón. Es ley de vida.

Su longevidad tampoco es como para tirar cohetes, con una media de cuatro a cinco años de vida. Hay que decir que el diablo es un animal de temperamento agresivo y cascarrabias: demostrado queda que la mala leche no contribuye a una larga y próspera existencia. Para colmo de males, a finales de los 90 la especie desarrolló un cáncer facial que ya ha costado la vida a dos tercios de su población, ¡pobres diablos!

Si el diablo no se luce ni por su destreza depredadora, ni por la afabilidad de su carácter, ni por su longevidad, ni por su capacidad reproductora… en cambio, en las artes amatorias, deja a más de uno con la boca abierta y la baba colgante. El diablillo, como si le hubiesen puesto las pilas del conejito duralex, dura, dura y dura (eso sí, a su ritmo, tumbado y sin prisas). José y yo, a riesgo de ser acusados de voyeristas, filmamos (para vosotros) parte del cortejo, preliminares y bueno, ya imagináis lo que viene después (a ver si un día de éstos subimos el vídeo a youtube).

Aparte del diablo de Tasmania, tuvimos la oportunidad de ver otros marsupiales autóctonos, tanto en cautividad como en su hábitat natural. Muchos de ellos, desgraciadamente, inertes en el arcén. Pero también vimos a unos cuantos canguros y “pademelons” (pronunciado “pedimélons”, el wallaby local) dando alegres brincos. En una ocasión, tuvimos que parar el coche para que un “wombat”, con toda su pachorra, se reuniese con su pareja al otro lado de la carretera.

Hablando de marsupiales y de cruzar carreteras, esto me recuerda una anécdota que nos contó la guía del parque histórico de Port Arthur, ubicado en una península al sureste de la isla. Port Arthur fue uno de los centros penitenciarios más severos de Tasmania hasta el año de su cierre, en 1877. William Hunt, uno de los presos de Port Arthur, todavía es recordado por su genial intento de huída. Consiguió escapar de la cárcel y llegar hasta el paso de “Eagelhawk Neck” (traducido como “cuello de águila”, pero más parecido al cuello de un embudo). Este estrecho paso es el único camino terrestre para salir de la península y, lógicamente, se hallaba bajo permanente vigilancia del ejército. William encontró un canguro muerto y. tras despellejarlo meticulosamente, caída la noche, se echó el apestoso pellejo a la espalda y, a grandes saltos, pasó por delante de los guardias. Desgraciadamente para él, uno de los soldados, que tenía hambre de carne de canguro, apuntó su arma hacia él. El susto fue mutuo, tanto de William como de los guardias al escuchar los gritos del primer canguro parlante: “¡NO disparen! ¡No disparen! ¡Soy yo, Billy!”.

La guía no nos contó el desenlace final de la historia, aunque no es difícil de imaginar. El valiente e ingenioso Billy volvería a ingresar en la penitenciaría de Port Arthur y, probablemente, pasaría algún tiempo en los calabozos de castigo. En éstos, no penetraba la luz, no se oía ruido alguno y existía prohibición absoluta de hablar, quedando privado de sus sentidos durante días, hasta el máximo de un mes. O hasta que se le pasaran las ganas de pegar brincos.


Nota: Port Arthur es también conocido trágicamente, por la masacre que allí tuvo desenlace el 28 de abril de 1996. La sanguinaria locura de un hombre armado se cobró las vidas de 35 personas e hirió a otras muchas. Era domingo. Bajo un cielo plomizo, árboles abigarrados, retorcidos como ánimas atormentadas, sus siluetas recortadas como sombras en el horizonte.

(Escrito por ella desde Adelaida, Australia, 18/07/07)




El Pequeño Gigante

Esta historia no ocurrió hace tanto tiempo, aunque por el reloj de los Hombres se hayan encendido y apagado varios soles desde entonces. Para los Gigantes fue sólo ayer, aunque ellos no se molestaran en recordar cosas tan diminutas para esa especie que hoy se esconde en los confines de una galaxia más allá del cinturón de Orión. No le tienen miedo a este pálido bípedo. Si se han ido tan lejos es porque les apetecía. La verdad es que nuestros asuntos, de interesarse por ellos, les parecerían mundanos. Ellos se entretienen con cosas de Gigantes, llenando el vacio cósmico y vaciando sistemas solares, lo que podríamos denominar ingeniería planetaria (aunque a ellos les haría gracia la arrogancia oculta tras el nombre y seguro que dirían que el término correcto es “Cosas de Gigantes Que Los Hombres No Entienden”).

Ha pasado en todas las familias, y en todas las épocas. Esta raza y tiempo no iban a ser una excepción. Al Pequeño gigante sus hermanos mayores no le permitían jugar con ellos. Mediano y Grande no estaban de acuerdo, como pretendía Mamá, con que los tres compartieran lo que entonces no era más que una bola de barro que giraba, acompañada por una bola de piedra más pequeña, en torno a una bola en llamas más grande. Que Pequeño se fuera con sus juegos infantiles a otro sitio, ellos no iban a compartir juguetes con él. Pero claro, Pequeño llamó a Mamá y ella llamó a Papá y alguien levantó la voz y alguien bajó la cabeza y alguien recibió un beso y alguien se fue a regañadientes acompañado de alguien que iba contento y sonriente.

Pero como ocurre siempre, una vez los mayores (y éstos lo eran más de lo que os podéis imaginar) se perdieron de vista, las cosas se torcieron levemente. “Las normas, que te quede claro, son tres”, le dijo el Mayor al Pequeño, “la primera es que no juegas con nosotros, así que no vengas a donde estemos. La segunda es que nosotros no jugamos contigo, así que no nos llames o hables con nosotros, ¿lo has entendido?”. El pequeño asintió mientras sus hermanos le daban la espalda y se alejaban. “Esperad, ¿cual es la tercera norma?”, les preguntó mientras aún podían oírlo. Sin girarse para contestar, el Mediano replicó “Tú te quedas aquí y no te mueves hasta que vengamos a buscarte. Y si Mamá te pregunta, te lo has pasado estupendamente con nosotros”. Soltando una carcajada, sus dos hermanos se alejaron con grandes zancadas.

Pequeño se quedó solo y miró a su alrededor, al gulag al que le habían desterrado. Al Norte divisaba una gran superficie de agua. Al Sur sus hermanos habían amontonado rocas y piedras hasta una altura que le impedía ver lo que había detrás. Esa cordillera se iba curvando y acercando paulatinamente por sus extremos hasta convertirse en una semi-elipse que le cercaba en la distancia. Agachó la cabeza y le dio una patada a una piedra, enfadado. ¿Qué podía hacer él? Suspirando, se arrodilló y sus manos cavaron varios agujeros donde había una llanura en las montañas y los llenó de agua. Parecían lagos, y le gustaron, aunque el vital líquido estaba casi helado. Decidió seguir jugando. Se mantuvo ocupado durante un buen rato mientras cambiaba para siempre la geografía de aquella área, Cuando terminó contempló el resultado de su obra: donde el mar (fértil con todo tipo de deliciosos habitantes de las profundidades) luchaba contra la tierra, había furiosos acantilados, donde la acariciaba, surgían preciosas playas. Las montañas estaban ahora cubiertas de nieve y las verdes colinas, pobladas de frondosos bosques con multitud de árboles de los que colgaban verdes manzanas, cubrían el resto del paisaje. Era Natural. Era un Paraíso.

Pero se le había quedado pequeño así que, contraviniendo las órdenes explícitas de sus hermanos se levantó y caminó un rato hasta encontrar otro sitio mas grande donde jugar y poder repetir esa belleza pero a mayor escala, con grandes volcanes, espectaculares glaciares, intrincados fiordos, bellísimas playas y bosques recorridos por animales peculiares no vistos en ningún otro lugar de ese joven mundo.

Cuando estaba terminando su obra, un rugido le sobresaltó y una conocida voz le hizo temblar “¿Qué haces aquí? ¿Por qué te has movido de la esquina en la que te dejamos?” Mediano y Grande le contemplaron cejijuntos y se acercaron furiosos al Pequeño que ahora amenazaba con romper a llorar por miedo a las represalias de sus hermanos. Cuando parecía que era inminente una pelea en la que volvería a perder el más débil, una sombra se cernió sobre ellos. Los tres miraron hacia arriba y vieron a Papá cruzado de brazos. “¿Qué está pasando aquí?”, les preguntó con voz suave pero cargada de autoridad.

Grande se aclaró la garganta y con temor le dijo que Mamá les había obligado a jugar con Pequeño así que decidieron, para que éste no se hiciera daño, protegerle detrás de un pequeño muro y dejarle con suficiente espacio para que se entretuviera mientras ellos…ellos…ummm…daban una vuelta explorando aquel mundo. Ahora ellos habían vuelto a buscarle y no le encontraron donde le habían dejado así que estaban preocupados por él, ya que no querían que le pasara nada. Papá les contempló con esa mirada que ponen los adultos y que los niños entienden como “esa es tu versión de la historia pero sé perfectamente que no lo estás contando todo”.

Papá miró lo que Pequeño había hecho y sonrió. “Bueno”, les preguntó a los otros, “¿Qué habéis hecho vosotros mientras vuestro hermano estaba tan ocupado?”. Ellos le guiaron hacia la zona en la que habían pasado el rato: los volcanes vomitaban lava, negras nubes cubrían el cielo y un olor a azufre lo impregnaba todo. No había vegetación más allá de arbustos de aspecto tan triste como la tierra en la que intentaban medrar. Los repugnantes animales que reptaban o se arrastraban entre las rocas no podrían nunca hacer reír a un niño ni mucho menos inspirar en él los deseos de abrazarlos. Nadie dijo nada y los dos hermanos no sabían como salir del apuro. Y no era la primera vez que su conducta con respecto a Pequeño dejaba mucho que desear aunque él, casi siempre alegre y saltarín, nunca hubiera osado comentarle nada a Papá y Mamá.

“Nos vamos de aquí”, les dijo Papá a los tres, “así que venid conmigo a recoger a Mamá. Pero id pensando en esto: lo que cada uno hace en el exterior sólo refleja lo que lleva en su interior. Vosotros dos aún estáis a tiempo de cambiar y en el siguiente sitio al que vayamos espero que Mediano y Grande crezcan no sólo por fuera sino también por dentro. Reflexionad sobre eso y tened en cuenta que incluso un Gigante puede aprender algo valioso de un Pequeño”. Y diciendo esto, cogió al Pequeño entre sus brazos y, seguido de Mediano y Grande, se fueron a buscar a Mamá.

A sus espaldas dejaron un mundo en formación en el que dos de sus zonas iban a seguir transformándose, mejorando lo que Pequeño había comenzado. Al mar que era frontera natural de la más pequeña de ellas lo iban a llamar Cantábrico y a sus altas montañas, los Picos de Europa. A la otra, compuesta de dos islas, la conocerían como Nueva Zelanda pero para el más joven de los gigantes era simplemente, su mejor zona de juegos.

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(Escrito por él - porque le apetecía intentar explicar torpe y humildemente que la belleza de Nueva Zelanda es más que humana, más que mágica - entre el Valle de Barossa y ese poblado minero mitad subterráneo en medio de la nada que es Coober Pedy, del 25 al 28 de julio de 2007)

Hay que venir al Sur (para disfrutar bien de Nueva Zelanda)

Me niego a sufrir tamaño atropello en silencio, le pese a quien le pese. Vamos, hombre, ¡que me acusen a mí abierta e injustificadamente de demasiado detallista en mis textos del blog! ¡David, Manu, Mel, Diego, Sergi! Vosotros, que sabéis la verdad, defendedme a capa y espada desde Dublín. Bueno, no, mejor no os esforcéis demasiado, seguid, seguid con vuestros emails sobre fútbol y lo mal que lo hace la selección nacional… Sí, es cierto, a veces (algunas) escribo contándolo todo con pelos y señales pero es la forma de satisfacer el lado “reportero” del escritor, y la vertiente “diario” esa la selecciono un poco más. Pero no mucho más, a juzgar por todo lo que se publica. En fin, esta era la introducción para un resumen de la Isla Sur, al estilo de mi aventajada compañera de viaje que ya se ha ventilado de un plumazo las experiencias vividas durante varias (pocas) semanas recorriendo esa parte del país. Ahora es mi turno de contaros lo que no os podéis perder y lo que nosotros no dejamos pasar, para bien y para mal.




Los pueblos de carretera. ¿Habéis visto algún episodio de “Northern Exposure” (“Dr. En Alaska”)? Si os acordáis del aspecto de las casas y calles de la pequeña Cicely entonces tendréis una permanente sensación de “déjà vu” cuando recorráis muchos de los parajes neozelandeses. Atravesareis pueblos que constan de una calle principal, que es la carretera nacional por la que circulas en ese momento, un hotel, una tienda de ultramarinos, una iglesia y doscientos metros de casas. Eso en los sitios grandes, porque en muchos otros la iglesia, la tienda y el hotel están en el pueblo de al lado. Hay 60, 80 o 120 habitantes según aparece en la Guía de Viaje bajo el nombre de la población. Y sus casas se esparcen entre los límites de uno y otro pueblo. Antes de verlas, las adivinas por los blancos penachos de humo, enroscados como una serpiente en su madriguera, que se elevan entre los arboles. Porque es invierno y la madera cortada laboriosamente durante el verano se transmuta ahora en luz, calor y vida.



Los paisajes. Lake Rotoiri, los pancakes de punakiki, el Lago Mattheson (desde donde hay una perspectiva de postal con el Monte Cook al fondo)… Si no conocéis nada de Nueva Zelanda os encontrareis en cada recodo de la carretera con imágenes que se grabaran en vuestras retina como si se tratara de una película o un documental de la 2: una carretera por la falda de una montaña, un rio con extensas orillas pedregosas, montañas que contemplan el sinuoso paso del agua y cucuruchos blanquecinos que se niegan a derretirse en lo alto de los pétreos gigantes. A veces, la atmosfera nos presentaba tal claridad del aire que recuerdo especialmente una puesta de sol en la que parecía que líneas de pintura anaranjada caían del cielo y se derramaban sobre el horizonte.



Los museos. Para todos los gustos, colores y sabores: “NZ Fighter Pilots Museum” (con efectos personales de pilotos de la I y II Guerra Mundiales, centenares de maquetas, aviones Hawker Hurricane, Polikarpov Il, Tiger Moth, De Havilland Vampire y un segundo edificio para mantenimiento de estas y otras aeronaves), “Puzzling World” (no solo por el gigantesco y complicado laberinto al aire libre sino por la variedad de sus hologramas, lo curioso del efecto de las caras – una habitación enorme en la que te sentirás no solo observado sino seguido por la mirada de decenas de Einsteins, Churchills… - , el cuarto en que puedes ser gigante o enano según por que puerta entres o la curiosa habitación donde la gravedad funciona al revés) , “Transport and Toy Museum” (con miles de juguetes de todas las épocas – incluyendo, por supuesto, un apartado especial dedicado a Star Wars con ¡algunas figuras de 1977 aún en sus cajas! – y centenares de turismos, coches de bomberos, vehículos militares, carros de combate y varios aviones, incluyendo un MiG), “Shantytown” (la reconstrucción de un pueblecito minero australiano de mediados del siglo XIX con su tren de vapor – en el que obviamente nos dimos una vuelta – y todo), “Canterbury Museum” (donde a las tres y media tenemos el tour con una embarazadísima Rachel que espera el segundo hijo para Octubre), “Willowbank Wildlife and Maori Experience” (decidimos tirar la casa por la ventana y cogemos el paquete completo: espectáculo maorí, cena y visita a la reserva de vida salvaje. La cena nos hincha, el espectáculo no nos parece muy bueno a ambos y la buena noticia es que vemos hasta media docena de gordos kiwis. La nota surrealista y graciosa es que cuando volvemos en el taxi se recibe una llamada desde el centro y tenemos que dar la vuelta pues parece que nos hemos dejado a otros dos pasajeros atrás. Al llegar comprobamos que éramos nosotros…

Los glaciares. Hace dos años en el Sur de Chile, Renato, Mercedes, Sabine y yo pasamos cerca de uno, pero la traicionera niebla lo envolvió rápidamente con su gris manto y nos quedamos con las ganas de verlo. Esta vez no ocurrió lo mismo y pude disfrutar no de uno sino de dos glaciares que están bastante cerca el uno del otro, al principio de lo que se conoce como Southern Alps (Alpes del Sur). Al segundo, el Fox Glacier, nos pudimos acercar hasta unos cien metros. El primero lo vimos bastante más de cerca, Isabel optó por la vía CC (cómoda y cara) haciendo HeliTrekking y yo por la –CC (menos cómoda y menos cara), haciendo trekking hasta el principio del glaciar y sobre este para después hacer Ice Climbing
(escalada en hielo).

Un pequeño grupo compuesto por Beth, Tadhg, dos chinas quejicas y dos guias (Mickey y Ray) disfrutamos de un madrugador día de cielo azul paseando primero y escalando luego, por este viejo gigante. Hacia el final de la jornada, subir los verticales veinticinco metros de la última pared fue especialmente cansado y cada vez que se levantaba un brazo para clavar el pico en el costado del coloso, el esfuerzo era acompañado por un pequeño gruñido. A continuación, hacer fuerza para quitar el crampón de donde lo habíamos clavado, levantar el pie y volverlo a clavar más arriba, y repetir la operación con el otro pie sobre la milenaria blancura. Impulsar el cuerpo hacia la cima a regañadientes y volver a usar los brazos, uno primero y después el otro, para clavar más arriba aún los dos picos. Robarle segundos a la maniobra para girar la cabeza y mirar hacia abajo, sonriendo. Y en lo alto una merecida pausa para contemplar, a mis espaldas, una lengua blanca que se asomaba entre verdes montañas buscando un valle del que se alejaba lenta pero inexorablemente.


El clima. En las mismas fechas, invierno en Nueva Zelanda, verano en Europa, se puede tomar el sol en el Norte o esquiar en el Sur. Surf y bañadores en Raglan, guantes y gorros en Queenstown, donde en esas fechas comenzaban a celebrar el Winterfest y en el escenario coros y cantante estaban perfectamente arropados. Eso significa que, si te descuidas, viajando por el sur el frio se convierte en helada, la lluvia en nieve y el traicionero hielo cubre el asfalto. Llegas a un pueblo bajo un cielo despejado de nubes y con el sol relajándose en lo alto. Al día siguiente, hay varios centímetros de nieve en las calles, el blanco hielo cubre las cortadas carreteras. En Wanaka el 22 de junio entramos en un museo a las once de la mañana y cuando salimos una repentina nevada ha dejado blancos los campos y las carreteras, con lo que camiones y coches tienen problemas para recorrer los 9 km de vuelta al pueblo (nosotros, para no ser menos, nos vamos a la cuneta). Al día siguiente, Wanaka se despierta aislada con las carreteras cortadas y durante unos días la única manera de abandonar el pueblo será por alguna de las vías por las que se puede circular con cadenas. No llega el correo y se acaba el pan en los supermercados…




Si creéis que todas nuestras experiencias han sido maravillosas y perfectas, siempre hay pequeños tropiezos y complicaciones. A Haast: llegamos de noche, cerrado el único supermercado, la única gasolinera, y nos tenemos que alojar en la más barata de las más caras opciones. Incluso la gente que estaba allí cenando tenía aspecto de estar pasando los primeros días de una condena de 10 años en una penitenciaría del círculo polar. De hecho, tras abandonar el privilegio de esa compañía nos encontramos con la temperatura más baja de todo el viaje. Haast Pass ostenta el record de tener, con un cielo despejado y un sol maravilloso, dos grados bajo cero fuera del coche. Y os recuerdo que en Wanaka (población 3500 habitantes) nos quedamos forzosamente durante tres días.





Se hace raro mirar un mapa del mundo en que a la derecha está el continente americano y Europa (y bajo ella, África) no se encuentra en el centro, sino a la izquierda. Es básicamente el azul claro del Pacífico lo que ocupa la posición predominante y, muy debajo, Nueva Zelanda.

Otra peculiaridad. Las condiciones geográficas de aislamiento de este país y de Australia provocan restricciones en los productos que se pueden introducir y sacar del país, así que un par de días antes de irnos de Nueva Zelanda empezamos la operación “Sin Comida”, El objetivo es comernos todo lo que tenemos y vaciar nuestra despensa móvil. Hemos acabado con demasiados gramos de espagueti que he cocinado con una salsa con ajo, cebolla, atún, nata, y huevo revuelto pero una tortilla de una patata y ocho cebollas se descarta.

Dos cosas sobre autobuses y autobuseros. En NZ he visto que los vehículos fuera de servicio no solo tienen eso en el letrero de su frontal sino que, maravilla nunca vista, añaden una sorprendente palabra y lo que se puede leer es “Sorry, Out of Service””, ¡se disculpan!

En el viaje de Queenstown a Christchurch tanto John, el conductor del primer autobús, como Tofi, el del segundo no paran de coger el micrófono para contar cosas de los sitios por los que pasamos. Imaginaos si hicieran eso los del ALSA…estáis en el autobús que os lleva de Oviedo a Madrid, acabáis de salir de la capital asturiana y el conductor coge el micrófono y os dice “Buenos días, mi nombre es Mariano, y voy a llevarles hasta Madrid. Conforme pasemos cerca de algún monumento o paisaje singular les iré narrando alguna historia sobre ellos. Sin ir más lejos, a nuestra derecha se encuentra el monumento prerrománico de San Julián de los Prados…”







Nota: Nueva Zelanda es un país barato. La comida y el transporte están a niveles similares a los europeos, así que para los que vivimos en Irlanda no debería resultarnos excesivamente oneroso el día a día. Nueva Zelanda es un país caro. Sí, lo es para el alojamiento y las actividades pero ¿quién dijo que fuera barato hacer submarinismo, paracaidismo, descenso de ríos, escalada en glaciares o viajar en helicóptero?

Y cuando lleguéis al país aseguraos de tener un billete de salida del mismo para evitar que os hagan dar la vuelta en el mismo Aeropuerto.

(Escrito por él entre Adelaide y Emu Bay, Australia, 19 – 21 de julio de 2007)