19 septiembre, 2007

La Ciudad Prohibida

Cuando paseéis por los parques y vericuetos de la Ciudad Prohibida, probablemente os asalten recuerdos e imágenes de la película de Federico Bertolucci, “El Último Emperador”.
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Mes de noviembre, año 1908. En medio de la noche, un niño en llanto era conducido a la Sala de la Suprema Armonía, el palacio ceremonial de la Ciudad Prohibida, para ser proclamado emperador. El nuevo y último emperador contaba con tan sólo tres años de edad. Su reinado sería breve, viéndose obligado a abdicar cuatro años más tarde.
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Otros emperadores e ilustres personajes habitaron por más tiempo entre las paredes de la Ciudad Prohibida. Tal fue el caso de una mujer singular, de reputación infame, cuya historia me propongo relatar ahora.

Se trata de la emperatriz Cixi. Sí, he dicho bien, la emperatriz Cixi, que no Sisí la emperatriz. Hasta hace poco, yo no sabía nada acerca de esta mujer, que sin embargo fue la más poderosa de su época. Se dice que su poder incluso excedía al de su contemporánea, la reina Victoria, cuyo nombre, en cambio, sí nos resulta familiar.

Erase una vez en Beijing, entonces Pekín, una joven llamada Xiao Lan (Pequeña Orquídea), hija de un capitán de la guardia imperial. Enamorada de un joven oficial, el comandante Jung Lu, Xiao Lan soñaba con el día de su boda.

En aquel tiempo reinaba el emperador Xianfeng, de la dinastía Chin. El emperador y sus esposas vivían en el palacio imperial de la Ciudad Prohibida, cuyas puertas custodiaba el padre de Xiao Lan.

Manda la tradición que la primera esposa del emperador fuese elegida por su virtud, mientras las demás lo fuesen por su belleza. Así pues, Cian, la emperatriz consorte, ocupaba un rango de honor entre las numerosas concubinas de Xianfeng.


Entrada meridional a la Ciudad Prohibida. La puerta central estaba reservada al uso exclusivo del emperador y, excepcionalmente, al de la emperatriz, en el día de su boda.
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Con su redondo y resplandeciente rostro de luna, la gracia y hermosura de Xiao Lan no pasaban fácilmente desapercibidos. Tanto es así, que no tardó en ser llamada ante la corte imperial.

El capitán no podría haber soñado con mayor prestigio y honor que el de entregar la mano de su hija al emperador, por lo que pronto quedaron rotos los sueños de Xiao Lan y de su prometido Jung Lu. Con dieciséis años y el corazón partido, Xiao Lan entró a vivir dentro del recinto amurallado de la Ciudad Prohibida.

Habitaba en una de las doce estancias que rodeaban el palacio imperial, junto con las demás concubinas y su séquito de eunucos. Todos los días, el emperador elegía la mujer en cuya compañía deseaba pasar la noche. Para impedir que una infeliz concubina pudiese introducir un arma con la que atentar contra la vida del emperador, la elegida era escoltada a sus aposentos por un eunuco y dejada desnuda al pie del tálamo imperial. Así perdió Xiao Lan su virginidad.
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...............................................................................................................................La Suite Imperial

Pronto quedó embarazada, dando al emperador su único hijo varón. Habiendo dado a luz al futuro heredero del trono, Xiao Lao ascendió a concubina de primer rango y su nombre fue cambiado por el de Cixi (Santa Madre). Sin embargo, nunca consiguió el afecto de su esposo, el cuál no manifestaba sentimientos más que por Li Fei, su predilecta concubina.

Xianfeng murió en 1861, a la edad de 30 años. Su hijo único, Tongzhi, tenía entonces cinco años. Cixi y Cian se aliaron para regentar juntas, dando órdenes a través del niño emperador. Durante las sesiones de gobierno, las emperatrices, escondidas tras una cortina de bambú, escuchaban los informes de los oficiales y, como apuntadores en una representación teatral, soplaban al niño sus decisiones, que él repetía palabra por palabra.
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El niño creció, convirtiéndose en un adolescente indisciplinado e inmaduro, despreocupado de los asuntos del Estado y adicto al sexo y al alcohol. Murió a los 19 años de una enfermedad venérea, aunque se sospecha que su madre Cixi pudo haber estado implicada en su muerte temprana. También se le achaca a Cixi la muerte de Alute, la esposa de Tongzhi, a la que supuestamente obligó a cometer suicidio, por ingestión de opio, tras la muerte de su marido.

Sea por la razón que fuere, el emperador murió sin dejar descendencia. Cixi nombró sucesor al trono a su sobrino por parte de hermana, Guangxu. Así pues, el nuevo emperador era ajeno a la línea dinástica de los Chin. El niño fue coronado con tres años de edad, lo que aseguraba a Cixi su permanencia en el gobierno. La madre de Guangxu falleció al poco tiempo. Cabe imaginar que Cixi estuviese relacionada con la muerte de su propia hermana. También se rumorea que asesinó a la emperatriz Cian en 1881, para quedar sola en el poder. Muchas son las acusaciones que recaen sobre la emperatriz Cixi, aunque nunca se ha podido comprobar su culpabilidad.

Lo que sí se sabe con certeza es que Cixi condujo una vida de opulencia y despilfarro, gastando fondos del Estado en suntuosos banquetes, joyas y excéntricos lujos. Comía con palillos de oro y bebía en copa de jade. Vestía medias bordadas de seda, hechas a medida, que sólo lucía una vez. Desfalcó a la Armada Imperial para construir su Palacio de Verano, en el que se retiró en 1889, tras cumplir 17 años su sobrino.

El emperador Guangxu había sido un niño débil y enfermizo, que creció atemorizado por su poderosa tía. Contrariamente a su antecesor, su degenerado primo hermano Tongzhi, el joven Guangxu tomó interés por las cuestiones de Estado e inició una serie de reformas para modernizar el imperio. Esto le costó la enemistad de su tía, de espíritu conservador, que no tardaría en regresar a la Ciudad Prohibida para abortar dichas reformas.

Cixi condenó a su sobrino al más total aislamiento, recluyéndolo hasta la muerte en la “Terraza del Océano”, un islote en el lago artificial del Palacio de Invierno, dentro de la Ciudad Prohibida. Sustituyó la guardia imperial de Guangxu por los hombres de su fiel amor, el capitán Jung Lu.

Pese a su mano de hierro, Cixi terminó cediendo a la presión de las fuerzas aliadas occidentales y aplicando medidas reformistas para la modernización china. Se construyeron líneas de ferrocarril y escuelas, se penalizó el consumo de opio, y se abolió la pena de muerte por desangramiento (la pena de los mil cortes), amén de otros profundos cambios sociales.

Mes de noviembre, año 1908. Sintiéndose morir tras un infarto seguido de disentería, Cixi rápidamente organizó la sucesión al trono, nombrando heredero al nieto de su amante, el pequeño Pu Yi, nacido de la unión de la hija de Jung Lu con el hermano del emperador, el príncipe Chun.

En medio de la noche, un niño en llanto era conducido a la Sala de la Suprema Armonía, el palacio ceremonial de la Ciudad Prohibida, para ser proclamado emperador. Al día siguiente, oportunamente moría con 37 años su tío Guangxu, el emperador aislado. Otro día más tarde, el 15 de noviembre de 1908, exhalaba su último aliento la emperatriz Cixi, a dos semanas de cumplir 74 años.

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Aquí, otra emperatriz, fotografiada bajo una pareja enamorada de árboles en la Ciudad Prohibida, abrazando a su imaginario príncipe azul (por lo visto, muy bajito).

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Nota: muchas son las historias, leyendas e intrigas de palacio que rodean la figura de la emperatriz Cixi. Si deseáis aprender sobre ella y sobre la vida dentro de la Ciudad Prohibida, os recomiendo el libro “Two years in the Forbidden City”, cuyo texto íntegro puede bajarse de internet. Su autora, la princesa Der Ling, fue cortesana durante el reinado de Cixi.
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(Escrito por ella desde Xi´an, provincia de Shanxi, China, 19/09/07)

09 septiembre, 2007

¿Ya...? ¿Cómo que ya...?

Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve. Diez. Once. Doce. Trece. Catorce. Quince. Dieciséis. Diecisiete. Dieciocho. Diecinueve. Veinte. Veintiuno. Veintidós. Veintitrés. Veinticuatro. Veinticinco. Veintiséis. Veintisiete. Veintiocho. Veintinueve. Treinta. Treinta y uno. Treinta y dos. Treinta y tres. Treinta y cuatro. Treinta y cinco. Treinta y seis.

¿Cómo que treinta y seis?




(Escrito por él desde Ulaan Baatar, Mongolia, el domingo 9 de Septiembre de 2007 - porque el jueves 6 estaba en Xongor, donde hay muchas dunas pero no ordenadores - después de que su trasero y huesos hayan sobrevivido a todos los baches imaginables en un desierto)

06 septiembre, 2007

Ruta Sur

El tiempo vuela. Ya han pasado tres semanas desde que dijera adiós a un Junior cargado de mochilas en la estación ferroviaria de Hong Kong. Mientras él emprendía su peregrinaje por las grandes urbes del Este, yo me adentraba en las provincias montañosas del Sur.

Mi primera parada fue en Güillín, localidad de 670.000 habitantes al norte de la provincia de Güangxí. Idolatrada musa de poetas y pintores durante generaciones, poco le queda a Güillín de su idílico pasado. La eterna armonía taoísta ha dejado paso a una ciudad moderna y bulliciosa. Lo mejor de Güillín es escapar de ella. Para ello, dos soluciones:

1. La opción más popular y menos económica consiste en deslizarse por las aguas del río Li, en dirección a Yangshuó. Por un precio oscilante entre 350 y 500 yuanes (de 35 a 50 euros, dependiendo de que el crucero incluya comida y guía angloparlante), puedes disfrutar de unas cuatro horas de belleza kárstica. Eso sí, prepárate para un buen madrugón.

2. La opción cutre, por la que me decanté, consiste en subirse a uno de los frecuentes autobuses locales que por el módico precio de 15 yuanes (1 euro y medio) te deja en el centro de Yangshuó en cosa de una hora. Una vez allí, puedes elegir entre varias excursiones fluviales por el río Yulong, ya sea en barco, kayak o balsa de bambú.


Yangshuó, con una población de 300.000 habitantes, se ha convertido en una de las principales mecas del mochilero. Numerosos cafés, pizzerías y bares, ofrecen diversión y descanso para el viajero cansado de comer arroz y sopa de fideos. Pese a que la globalización y el desarrollo turístico le hayan restado gran parte de su genuinidad, Yangshuó sigue ofreciendo innumerables encantos: puentes de piedra, parques, lagos recubiertos por flores de loto, montañas calizas, cuevas, búfalos de agua bañándose en el río, terrazas de arrozales...

No os despidáis de Yangshuó sin haber disfrutado de:

1. Sus aguas. Un paseo en barco os permitirá gozar de la belleza escénica del río, sin hacer el más mínimo esfuerzo.


2. Sus alrededores. Un paseo en bici por las afueras de la ciudad es rito obligatorio para todo viajero que se precie de explorador. Preparaos para sudar. De camino a “Moon Hill” (Colina de la Luna), podéis hacer paradas para visitar varias cuevas y un árbol centenario (“Big Banyan Tree”).

3. Su espectáculo de luz y sonido,“Impressions Liu Sanjie”. Impresionante. Todas las noches, de ocho a nueve, 600 artistas dirigidos por el cinematógrafo chino Zhang Yimou, interpretan piezas de ópera china sobre un escenario de agua, con doce picos iluminados como telón de fondo. No lo dejéis para el último día, ya que el espectáculo puede verse cancelado por inclemencias del tiempo. No vayáis a quedaros con la miel en la boca, como me pasó a mí. Quince minutos después de iniciarse el espectáculo, la música se detuvo y una voz anunció la mala noticia por megafonía. En chino, claro. Una estudiante, que estaba sentada a mi lado, me ofreció la traducción: el río Li, cuyo caudal lleva más de dos días nutriéndose de persistentes precipitaciones, fluye demasiado rápido para que pueda proseguir el espectáculo.

Afortunadamente, me devolvieron los 180 yuanes de la entrada. Si no fuera porque ya tenía comprado mi billete a Kunming para el día siguiente, hubiese prolongado mi estancia en Yangshuó con el solo fin de disfrutar de esta maravilla musical y escenográfica.
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Nota: en Yangshuó, preparaos para pasar calor. Estas fotos, tomadas sobre las nueve de la mañana, dan fe de su humedad atmosférica. El objetivo se quedaba empañado nada más encender la cámara.
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Tras 26 horas de tren, llegué a Kunming, mi primera parada en la provincia de Yunnan. La ciudad, con más de un millón de habitantes, se mueve a un ritmo frenético. En la estación de trenes, reina la confusión más absoluta. Cien chinos y su madre haciendo cola en las taquillas, ningún cartel en cristiano y, por supuesto, nadie que sepa hablar dos palabras de inglés. Al final conseguí comprar mi billete para la ciudad de Dali por mediación de un fulano que me presentó su tarjeta de visita: “David Smith, Business Manager and Interpreter, Department of Travel Information”. Por 30 yuanes de comisión, un tercio del precio de mi billete, el tal David me sacó de mi estado de desesperación y miseria.

Al noroeste de la provincia de Yunnan, empiezan las montañas y los colores del Tíbet. Os recomiendo que empecéis vuestro recorrido de Sur a Norte, y no al revés, pues la mayoría de viajeros que bajan de Lijiang a Dali suelen quedar decepcionados por ésta.

Dali, a 1900 metros de altitud, es la primera ciudad imperial del Yunnan. La ciudad cuenta con 110.000 habitantes, distribuidos entre la zona nueva (Xiaguán) y el antiguo casco amurallado. La estación de trenes se encuentra en Xiaguán y el taxi hasta el casco histórico viene a costar unos 30 ó 40 yuanes, según vuestras artes de regateo.

La ciudad amurallada se encuentra al sur del Erhai Hu, un lago alargado cuyas dimensiones exceden los 30 kilómetros de largo por seis de ancho. Mucho ánimo para aquellos que deseen circunvalarlo, aunque me consta que es posible. Conocí a un israelí, curtido ciclista, que se jactaba de haber superado el reto en aproximadamente seis horas (hago eco de sus palabras, pero no doy fe de su veracidad).

Junto a la puerta oeste de la muralla, se puede coger un autobús local que, por seis yuanes (curiosamente, la vuelta me costó sólo cinco), te lleva al pueblo de Shaping, en la ribera noroeste del lago. Todos los lunes tiene lugar allí un pequeño mercado, de las diez de la mañana hasta las dos y media de la tarde, en el que se venden principalmente comida, textiles y utensilios para la casa. Este mercado, auténtico punto de encuentro para la comunidad Bai (una de las 56 etnias minoritarias chinas) me gustó mucho por contar con poquísimos puestos para turistas y ofrecerte la oportunidad de fotografiar escenas de vida local.

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Nota: si decidís hacer compras allí, no dudéis en regatear ferozmente. Me pedían 80 yuanes por una chatarra que terminé comprando en el pueblo por tan sólo ocho yuanes.
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Una de las atracciones recomendadas por el Lonely Planet es la visita a las Tres Pagodas. En mi opinión, el precio de la entrada es excesivo (121 yuanes según mi recién editada guía), sobre todo teniendo en cuenta que no te da derecho a visitar el interior de las pagodas. Me di por contenta con fotografiarlas de lejos: la mejor panorámica se consigue desde el templo Zhonghe, en lo alto de la montaña.
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Para llegar al templo, podéis hacer uso de unas sillas teleféricas (60 yuanes ida y vuelta), cuyo lentísimo y placentero recorrido hasta la cumbre bien tarda unos 20 minutos; o bien subir a lomo de un caballo por 35 yuanes. Por supuesto, la opción más económica es la de vuestra propia fuerza motriz, en cuyo caso tan sólo tenéis que pagar la entrada al parque (30 yuanes). Las vistas desde la cima de Zhonghe son impresionantes y, si tenéis la suerte de contar con la bendición de un día soleado, podéis disfrutar de un largo paseo por el sendero empedrado que bordea la montaña.

Nota: los detractores de Dali os dirán que la ciudad ha perdido su encanto original debido al influjo del turismo chino, que ha propiciado la proliferación de tiendas de suvenires y guías disfrazados con atuendos tradicionales de la etnia Bai. Pese a ello, he disfrutado de mi estancia en Dali. En su favor diré que sus precios son más asequibles que los de su rival, Lijiang, y que su oferta gastronómica es, por ahora, la mejor que he tenido en China).

Mi siguiente escala en Yunnan, Lijiang, es fácilmente accesible desde Dali. El autobús VIP (65 yuanes) llega a su destino en apenas tres horas. Se puede hacer el mismo recorrido por 40 yuanes en autobús local, pero hay que apechugar con algunas desventajas: se tarda una hora más, no hay baño y no tienes más remedio que tragarte el humo de indeseables compañeros de viaje.

La ciudad de Lijiang (2.400 metros de altitud) es, para mi gusto, más atractiva que Dali, con sus estrechas y laberínticas calles de piedra y sus numerosos canales. La minoría étnica imperante en Lijiang es la comunidad Naxi, descendiente de tribus tibetanas.

Una de las particularidades de la sociedad Naxi consiste en su aceptación de las parejas de hecho. El sistema “azhu” (traducido como “amigo”) permite relaciones sexuales entre hombres y mujeres sin obligación a casarse ni a establecer una residencia común. Típicamente, la pareja mantiene relaciones sin abandonar el hogar parental. Los hijos nacidos de tales uniones pertenecen a la mujer. El hombre no tiene obligación de aportar su apoyo económico y, generalmente, lo hace sólo mientras perdure la relación.

Ahora mismo, me estoy imaginando a más de uno corriendo a rellenar formularios para ser nacionalizado Naxi (si tal cosa fuese posible), pero ojo, no vayáis a precipitaros: las mujeres son herederas únicas de la propiedad y sólo ellas pueden actuar como árbitros en caso de litigio.

Pese al carácter matriarcal de los Naxi, sólo los hombres ejercen como chamán o “Dongba”. Los Dongba custodian la tradición escrita Naxi, cuya milenaria escritura pictográfica sigue todavía en uso.

Nota: para aprender más acerca de la cultura Naxi, os recomiendo que visitéis el Instituto de Investigación Dongba, en el parque del “Black Dragon Pool” (30 yuanes).

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Lijiang es el punto de partida para la excursión al cañón del “Tiger Leaping Gorge”, cuya duración varía entre uno y tres días. Yo opté por la opción cómoda de un solo día, con tan mala suerte que la carretera estaba cortada por desprendimiento de rocas. Tuve que contentarme con hacer tan sólo dos kilómetros y medio del recorrido.

Nota: en Lijiang, os recomiendo que durmáis en uno de los tres hostales “Mama Naxi”. En el“Mama Naxi 3”, abierto hace tan sólo cuatro meses, mama Naxi ofrece suculentas y abundantes cenas por el módico precio de diez yuanes. La cena se sirve puntualmente a las seis de la tarde y sin pedidos “à la carte”.

Tras mi abreviada excursión al cañón del tigre, cogí un autobús local (con sus habituales fumadores) para mi siguiente destino: Shangri-La, también llamada Zhongdián.

En Shangri-La, a más de 3400 metros de altitud, se empieza a respirar el aire del Tíbet. Los arrozales han dejado paso a las montañas, los búfalos de agua a los yaks, los templos chinos a los monasterios tibetanos, los pueblos de piedra a los de madera, y el calor al frío.


Durante los tres días que he pasado aquí, no me he quitado el gorro más que para ducharme. Hace un frío que pela y, peor aún, no ha parado de llover (menos mal que el monzón terminó, teóricamente, el mes pasado). Otro detalle que me hace pensar que estoy más cerca del Tíbet que de China, es la ausencia de espíritu empresarial por parte de los “shangrileses”, a los que no se les ha ocurrido poner estufas en las habitaciones ni secadoras en las lavanderías. Y esto último sí que es un problema, porque a fuerza de pasearse (y dormir) con toda la ropa puesta, pronto se le acaban a uno las camisetas y calcetines limpios. Llegados a esta crítica coyuntura, uno se tiene que enfrentar con el siguiente dilema: volver a ponerse la ropa apestosa o darla a lavar, con el consiguiente riesgo de pasar el resto de la semana llevando ropa húmeda.

Yo he optado por compartir mi tufillo con el resto de la humanidad. Afortunadamente, en esto no estoy sola. Una de mis compañeras de viaje, Yael, sostiene la teoría de que la ropa sucia, dejada de lado durante unos días, vuelve a estar limpia como por arte de magia. Menudo notición. Tanta publicidad para vendernos polvos quita manchas y lavados ultra blancos, cuando resulta que la mierda y los malos olores, ¡con el tiempo se evaporan! (Junior, no te emociones, que te veo venir: no, insisto, no, Juni, no, los platos de la cena NO se friegan solos por mucho que los dejes a remojo).

Shangri-La es una ciudad de paso para la mayoría de viajeros, quedándose como media un par de días, el tiempo justo para descansar y visitar el tricentenario monasterio “Songzanlin Si”, actualmente habitado por unos 600 monjes. He oído decir que su visita es aún más interesante que la del famoso templo “Jokhang”, en Lhasa, por estar menos comercializado.

Nota: para llegar al monasterio, coged el autobús número tres desde el centro, hasta la última parada. La entrada cuesta 30 yuanes.



Para muchos, Shangri-La es punto de partida de la ruta hacia el Tíbet. La gestión de permisos para pasar la frontera por tierra puede llegar a tardar hasta once días (sólo tres si se hacen los trámites en Chengdu, según he oído decir a otros viajeros), de ahí que muchos terminen optando por volar a Lhasa.

Otros viajeros parten de Shangri-La hacia Chengdu, en lo que se conoce como la ruta de la “puerta trasera” o “back door”. Consiste en recorrer las carreteras de montaña en autobuses locales, durante cinco o seis días, haciendo escala en varios pueblos tibetanos: Xiangcheng, Litang y Kangding.

Yo vine a Shangri-La con esta idea, pero he tenido que cambiar de planes debido a la insistente lluvia. Tanta depresión meteorológica al final ha podido con mi ánimo. A las siete y media cojo el autobús nocturno, de vuelta a Kunming. Doce horas de viaje, tumbada en una estrechísima camilla, en compañía de chinos fumadores y, acabo de enterarme, sin baño abordo. Como para que le entre a una la diarrea... por si las moscas, hoy, mejor ni como ni bebo.

Nota para Junior, que hoy, día seis de Septiembre del 2007, cumple 36 añitos de nada (de acuerdo con su último email, que recibí hace cinco días, José está ahora recorriendo el desierto de Gobi en compañía de tres veinteañeras finlandesas, ¡el pobrecito!): JUNI, cuidadito con la leche de yegua fermentada, que me han dicho que produce tremendas resacas...
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¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS, O.P. y M. de mi corazón!!

(Escrito por ella desde Shangri-La, provincia de Yunnan, China, 06/09/07)

01 septiembre, 2007

Sin noticias de José

Un texto más bien cortito para dar un rápido parte de viaje y que toméis nota de un retraso (leve) por mi parte en publicar textos.

Si bien lo ultimo que publiqué era sobre Shanghai, después de esa ciudad visite Beijing, la Gran Muralla, la Ciudad Prohibida y la Plaza de Tiananmen (donde tuve un breve encuentro con la larga mano de la policía china).

La semana pasada, el miércoles, cogí un autobús nocturno a una ciudad fronteriza china (Erlian/Erenhot) a la que llegué a las 6 de la mañana. Tardé 4 horas en atravesar la frontera en un Jeep y, en el lado mongol, me tocó esperar en un pueblo hasta las seis de la tarde en que un tren nocturno me llevó a Ulaan Bataar, la capital de Mongolia, a donde llegué a las nueve de la mañana del viernes. Para que veais que lo del viaje complicado no era ninguna broma.

Mañana, domingo, madrugo para irme a recorrer, durante 7 dias/ 6 noches, el Desierto del Gobi. Obviamente no todo, claro, sino un circuito que (merced a una media de seis horas metido en un Jeep a diario) ofrece lo mejor de este paraje. E incluye cada noche dormir en un tradicional ger y disfrutar de una cena típica nómada (que ya me se los platos, porque los he probado en U.B. y no os imaginais lo que supone para un estomago delicado).

Pero todo es parte de la aventura...! Y eso incluye la diarrea que me atacó en Beijing y que sólo ahora empieza a remitir. O que mi cámara se haya estropeado. Otra vez.

Sergi, ya me dirás como hicisteis tu y Roisin para que no os pasara nada!!!! David, tu me dirás como hiciste para que en poco mas de cuatro meses te pasara de todo!!! Dani, ya me dirás como te lo estarás pasando en el veranito de España!!!

En fin, entre la ausencia de acceso a Internet a la sombra de las dunas, lo complicado de la vuelta a China (porque el Trans Mongolia no sale mas que los sábados), y lo cansado que voy a estar en Beijing, a lo mejor las siguientes noticias mías las escribo bajo la congelada mirada de los guerreros de terracota.

(escrito por él desde Ulaan Bataar - la capital mas fría del mundo -, Mongolia, el 1 de Septiembre de 2007...a 5 días de la fecha clave)