02 octubre, 2007

El Palacio de Verano

A las afueras de Beijing, en dirección noroeste, se encuentra el Palacio de Verano, enmarcado por 290 hectáreas de jardines y lago.
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El parque y su palacio fueron incendiados en 1850, a manos de las fuerzas aliadas anglo-francesas. En 1888, la emperatriz Cixi ordenó su restauración con fondos de la Marina Imperial, estableciendo allí su residencia secundaria un año más tarde.
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Los fondos de la Marina fueron usados para la reconstrucción del Palacio, en 1888, pretextando el uso del lago Kunming para fines de entrenamiento naval. Un barco militar fue atracado en dicho lago, en el corazón del parque. La visión del mismo molestó a su Excelencia, la emperatriz Cixi, quien lo hizo retirar inmendiatamente. Este barco de mármol fue construido y colocado en lugar de aquél.
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Durante los años de su reinado, el palacio conoció su época de mayor fasto. Se cuenta que cientos de cocineros se afanaban día y noche por crear los más exquisitos y sofisticados manjares para su Alteza. Nunca se apagaban los fogones ni descansaba la servidumbre, pues en cualquier momento podía antojársele un plato a la emperatriz. Por supuesto, éste debía ser cocinado en su punto y servido dentro del minuto siguiente al encargo. En un solo banquete, se servían hasta 150 platos distintos. La mayoría eran rechazados por la emperatriz con un gesto de desdén y, del resto, apenas probaba uno o dos bocados.

En 1900, las fuerzas aliadas occidentales volvieron a atacar Pekín, destrozando de nuevo el palacio. La emperatriz se encontraba en el Palacio Imperial de la Ciudad Prohibida, cuando empezaron a tronar los disparos. Sin perder un segundo, se organizó un plan para su huída. Disfrazada de campesina y a bordo de un humilde carro tirado por mulas, salió de la ciudad imperial en dirección a Xi’an, pero no sin antes dar un desvío hasta el Palacio de Verano para recuperar sus joyas. Tiempo perdido en vano, pues el estruendo cada vez más cercano de la pólvora disuadió a la emperatriz nada más alcanzar su palacio veraniego. En su precipitación, ni siquiera tuvo tiempo de coger víveres para la ruta.

Viajó sin pausa durante todo el día, bambaleada por los baches de la carretera y a merced del frío y de la lluvia. Llegados a la provincia de Shanxi, divisó una cabaña humeante al pie de la montaña y allí mandó detener el carro. Con piernas trémulas por el frío, la fatiga y el desmayo, Cixi entró en la casa.

Estaba humildemente amueblada. La cama estaba hecha de ladrillos, cubiertos por una esterilla. Sobre ella se encontraba un cesto de costura y una almohada forrada de paja. Al pie de la cama, sentada en el suelo, una anciana avivaba el fuego de su hoguera. Mirando hacia arriba vio a la emperatriz tiritando de frío y, confundiéndola con una vieja vagabunda, la invitó a acercarse.

“Es duro recorrer carreteras con esta lluvia y este viento. Ven, acércate y toma asiento en esta cama de cálidos ladrillos”. Apenas hubo terminado de hablar, le ofreció unos bollos recién hechos. “Come mientras aún están calientes”.

La emperatriz se llevó un bollo a la boca. Estaba tierno y esponjoso. Sintió su reconfortante calor llenarle el estómago. Nunca había probado nada tan delicioso. Se sirvió un segundo bollo. Y un tercero. Aún deseaba más.

“Señora, qué ricos están estos bollos dorados, ¿con qué están hechos?”

“Una pobre anciana como yo no tiene mucho con que cocinar. Estos bollos no son más que maicena amasada con agua. Es todo lo que tengo para comer, tanto en invierno como en verano”.

“Vaya”, dijo la emperatriz para sus adentros, “estos pobres sí saben lo que es vivir, todo el año gozan de estos exquisitos bollos y yo, la emperatriz, ¡sin haberlos probado hasta ahora! En cuanto vuelva a palacio, me van a oír los inútiles de mis cocineros”.

Antes de marchar, la emperatriz quiso donar una recompensa a la anciana, pero recordó que no llevaba consigo dinero ni joyas. Pasándose la mano por el pelo, encontró una horquilla de oro.

“Tenga señora, acepte este pequeño regalo en agradecimiento por su hospitalidad”.

Sorprendida ante el inesperado y generoso pago, la anciana correspondió al gesto de la emperatriz con una sonrisa emaciada y agradecidas palabras: “Gracias querida, pero no puedo aceptar un obsequio tan valioso. Mejor quédatelo. Nosotros, los pobres, no somos avariciosos. Aunque me falte para mi sustento, yo nunca le negaría un bocado a un transeúnte en apuros. No me pagues con oro ni con plata, pero si confías en mí, dime quién eres”.

“¿Cómo?” pensó Cixi, “Pese a su miseria, esta vieja prefiere la verdad al oro. ¿Por qué querrá saber quién soy? No puedo arriesgarme a desvelarle mi identidad”.

“Soy sólo una mujer en apuros”. Sin más explicaciones ni moratorias, se despidió de la anciana y desapareció con su secreto en el silencio de la noche.

Mientras esto sucedía, las fuerzas aliadas habían tomado Pekín y sofocado la rebelión de los boxeadores. El tratado de Shimonoseki puso fin a las hostilidades, a cambio de numerosas concesiones por parte de los conservadores manchús. La misma emperatriz Cixi, tras su regreso a la corte, se vio forzada a doblegar su voluntad y ejecutar reformas de espíritu capitalista, contra las que tan virulentamente se había opuesto en el pasado.

Si bien la emperatriz perdió poder en la esfera pública, no así en la privada. Más que nunca, los cocineros palaciegos se afanaban por complacer los deseos de su Majestad. Pero todos sus esfuerzos eran vanos. La emperatriz, cada día más exigente, devolvía los platos a cocina sin apenas dignarse a mirarlos. Nada le parecía comparable a aquellos bollos dorados que había probado durante su fuga, y se lamentaba de la incompetencia de sus cocineros para reproducirlos.

Tras numerosos fracasos, por fin uno de los cocineros dio con el ingrediente secreto de los bollos dorados: “Claro, ¿cómo no nos dimos cuenta antes? ¡La clave de los bollos está en el hambre! El empachado come con desgana y nada le está bueno. Sin embargo, al que tiene hambre, un mendrugo seco le sabe a miel”.
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Así pues, el cocinero avispado mandó dar el siguiente recado a la emperatriz: “Alteza, este humilde súbdito posee la receta de los bollos dorados, que le ha sido transmitida por un sabio monje de las montañas. Estos bollos tienen poderes mágicos, pues aumentan la longevidad del que los prueba. Sin embargo, para que sus poderes surtan efecto, es preciso prepararse para recibirlos, meditando en ayunas durante todo un día”.
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Entusiasmada ante la prometedora noticia, la emperatriz ordenó a sus eunucos que dispusieran un lugar tranquilo en el jardín donde meditar sin ser molestada, mientras el cocinero preparaba sus bollos.


.........................................................................................El famoso puente de los 17 arcos, en el Lago Kunming

Así pues, desde los primeros rayos del amanecer hasta los de la puesta de sol, la emperatriz permaneció en ayunas. Cada hora transcurrida era un suplicio, pronto los gruñidos de su estómago vacío se transformaron en rugidos que le impedían meditar. Se le hacía la boca agua imaginando el dulce aroma de los bollos humeantes, tan vívido era su recuerdo que casi podía saborearlos.

Con los últimos rayos del atardecer, la emperatriz fue servida su ansiada bandeja de aromáticos bollitos dorados, de forma cónica y del tamaño de una almendra. La emperatriz mordió un primer bollo, suave, esponjoso y fragrante. Acto seguido, cogió un puñado y se los llevó a la boca, devorándolos con gula, mientras exclamaba:

“¡Éstos, sí, éstos son los bollos que probé mientras huía del peligro! ¡Por fin he vuelto a degustar el exquisito manjar de los pobres, que durante tantos años se me había ocultado! ¿Quién dice que el populacho vive en penuria? ¡Los bollos de la anciana eran mucho más grandes que los míos!”.


Nota: el restaurante Fangshan, en el parque Beihai, durante décadas sirvió de cocina imperial a la dinastía Chin. Los bollitos dorados de la emperatriz, llamados “wowotou”, todavía hoy pueden comprarse allí.

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La emperatriz Cixi, durante sus últimos años en el poder, se vio obligada a realizar reformas sociales que marcarían el fin de la era imperial. Esta foto de la emperatriz fue tomada en 1903, cinco años antes de su fallecimiento.

(Escrito por ella desde las Tres Gargantas del río Yangtzé, provincia de Hubei, China, 29/09/07)

20 septiembre, 2007

Reloj Biológico

Tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac, toc.

¡Anda! Se me paró el reloj antes de que sonase la alarma...


(Escrito por ella desde Xi´an, provincia de Shanxi, China, en el día de su trigésimo sexto cumpleaños, 20/09/2007)

19 septiembre, 2007

La Ciudad y la Plaza Prohibidas

Dos de los lugares que uno no puede dejar de visitar en Beijing se encuentran, afortunadamente en una urbe de gigantescas proporciones que cuenta con mas de 14 millones de habitantes, muy cerca el uno del otro. Se trata de la Plaza de Tiananamen y de la Ciudad Prohibida.

La segunda, es un refugio de exclusividad imperial, con un acceso vedado durante siglos a los extranjeros y a la mayor parte de los chinos. En esta jaula dorada residieron los sucesivos monarcas que decidían (o eran utilizados para decidir) el destino del país. Emperadores de las dinastías Quing y Ming no abandonaban el gigantesco recinto salvo que no tuvieran más remedio y eso no ocurría demasiado a menudo, pues la Imperial Voluntad era casi todopoderosa.

El acceso a través de las dos primeras puertas es gratuito pero no hay nada que ver aparte de puestos de venta de recuerdos y bebidas. Traspasar la tercera, y entrar en el grueso del conjunto que alberga el mayor y mejor preservado grupo de edificios antiguos en China, tiene un precio claro, 60 yuanes. Si queréis contar con una audio-guía, su alquiler son 40 yuanes, dejando 100 de deposito.


Ni una hora, ni una mañana. Explorar la Ciudad Prohibida puede ser cosa de un día completo o, según el nivel de resistencia física y de soporte de desgaste intelectual (porque incluso la belleza, cuando es monótona, abundante y repetida puede llegar a aburrir), de varias jornadas. Una vez comprada la entrada y franqueado el paso a través de la Puerta del Meridiano, cruzamos el Arroyo Dorado (un canal de agua con forma de arco mongol y sobre el que se proyectan cinco puentes de mármol) y nos dirigimos a la Puerta de la Suprema Armonía. Al otro lado se nos presenta una enorme explanada que llegaba a albergar a decenas de miles de personas durante las audiencias imperiales. Si continuamos el recorrido linealmente, atravesando las distintas puertas, habremos visto las salas más importantes pero éstas solo representan un tercio del volúmen de las construcciones del recinto.

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A ambos lados de nuestra ruta principal, encontraremos un laberíntico complejo de edificios de proporciones más modestas que en su día albergaron bibliotecas, templos, residencias, teatros, jardines e incluso la pista de tenis de Pu Yi, El Último Emperador. Hoy en día albergan exposiciones, permanentes unas, temporales otras, que muestran desde armaduras hasta restos de piezas de cerámica. Yo he encontrado estas zonas, alejadas del grueso de la horda de turistas pero no por ello completamente solitarias, más placentera de recorrer y con más rincones que invitaban a sentarse en un banco y disfrutar de un merecido descanso. Dejando aparte un larguísimo muro interior que las separa de la zona principal, a mí me ha recordado al Monasterio de Santa Catalina, en Arequipa (Perú), por el trazado interior de sus callejuelas y que en cada recoveco puedas encontrar un rincón en el que disfrutar contemplando la belleza sencilla de un juego de luces y sombras o admirar su simplicidad estructural (en lo que no se parecen es que el Monasterio es un conjunto policromático - con unas viviendas de paredes azules, otras residencias verdes o rojas y plantas con flores de múltiples colores - mientras que la Ciudad Prohibida es monocromática, con el color rojo como el único presente en techos y paredes, punteado sólo por dorados detalles en sus puertas y dejando un pequeño respiro de azules y dorados en forma de decoración en algunas vigas y cerca de los techos).



Desandando mi sinuoso camino, abandono la Ciudad Prohibida saliendo por el acceso que está bajo el enorme retrato que todos conocéis y voy paseando, por un acceso peatonal subterraneo, los pocos metros que me separan de la Plaza de Tiananmen. Mao concibió la estructura actual de la misma como un medio para proyectar la enormidad del Partido Comunista, en un estilo grandioso y con reminiscencias imperiales, para darle un toque de tradicional sumisión y obediencia. Durante la Revolución Cultural, desfiles de hasta un millón de camaradas tuvieron lugar aquí, a los pies del Gran Timonel, con su conocido uniforme verde y un brazalete de la Guardia Roja. Otras tantas personas se congregaron en el mismo sitio, en 1976, para rendirle homenaje tras su muerte. Y en 1989 las brutales imágenes de lo que aquí ocurrió fueron portada de los periódicos en todo el mundo. Una manifestación pacífica de estudiantes fue reprimida por el Ejército usando, entre otros medios, carros de combate. No se sabe con certeza cuantos pagaron con sangre la osadía de querer ser libres, pero la represión consiguiente costó miles de vidas.

En un extremo de Tiananmen se encuentra la entrada a la Ciudad Prohibida, con el retrato de Mao colgando sobre la principal arcada, la que era uso exclusivo del emperador y por donde yo he salido del recinto. En medio de la plaza, el Monumento a los Héroes del Pueblo, un obelisco de estilo también grandioso y soviético, detrás el mausoleo de Mao (que durante mi estancia en Beijing se encontraba en obras y el camarada no recibiría más visitas hasta el 20 de Septiembre) y detrás de este, en linea y separadas ambas por una carretera, dos reconstruidas y altas puertas de una ya desaparecida muralla. El kilómetro 0 de las autopistas chinas e
stá precisamente a los pies de una de ellas.

Acabo de fotografiarlo y pasar bajo el arco (donde la gente se refugia masivamente del sol, sin distinción entre pequineses, turistas y policías) cuando hay un tumulto. Un hombre con un traje blanco se ha subido al muro, a unos treinta metros de altura. Grita algo en chino, extiende el brazo derecho y empiezan a revolotear ociosamente un puñado de octavillas. En unos segundos, la policía hace acto de presencia, las recoge y solo un par de ellas no caen en sus manos. Un centenar de turistas, con media docena de extranjeros, nos congregamos a los pies del desconocido. Naturalmente, le hago fotos.


Como en una escena de película o sacada del día a día de rodar en zonas conflictivas del mundo, se me acerca un policía uniformado de verde y me tapa el objetivo con la mano sin miramientos. Yo bajo la cámara y él se da la vuelta. Aprovecho que se aleja y vuelvo a hacer fotos pero no me ha quitado el ojo de encima así que vuelve a acercarse al ver que hago caso omiso de su no pronunciada orden. Yo retrocedo unos pasos dócilmente, pongo buena cara pero sin sonreír y extiendo los brazos paralelos al cuerpo, con la cámara apuntando al suelo, en un gesto del que no tiene nada que esconder. Parece que se da por satisfecho y se vuelve a marchar. Es el momento de apagar la cámara, apartarse un poco de la acción (como me aconseja con gestos una vendedora de botellas de agua) y dejar que la policía haga lo que previsiblemente va a hacer, detener al ¿infractor?.

Algo ha estallado dentro de mi cerebro. No se quien es el hombre de blanco ni que es lo que reclama (¿democracia? ¿libertad de expresión? ¿que el Ejercito Chino y el Partido Comunista abandonen el Tibet y cese la política de genocidio cultural?) pero quiero volver a fotografiarlo, quiero captar la imagen de quien se atreve a desafiar un sistema cruel y corrupto, viviendo rodeado de su hediondez. El título oficial de las fuerzas armadas chinas es ''Ejercito de Liberación del Pueblo'' pero a los chinos solo los liberan de la carga de pensar por si mismos y de tomar decisiones en libertad. Hipócrita y criminalmente, una minoría asentada en el trono dorado, amparados por Marx y Lenin, usando la figura de Mao y el nacionalismo, tiene a sus pies a mil millones de esclavos. Eso no es justo. En esta vida hay muchos tonos de gris y pocas cosas que sean solo blancas o negras. Pero el gobierno de China y su doble rasero son color ala de cuervo.

Como si yo no me hubiera enterado de nada, levanto la cámara para una foto más. El policía vuelve, acompañado de una colega de azul uniforme, y ella, con cara
de pocos amigos, me dice ''No pictures''.

Y entonces por fin me asalta la cordura y el razonamiento de que yo no soy ningún periodista ni tengo inmunidad diplomática y que esto, como Cuba o Corea del Norte, es un País Comunista, que si rascas la superficie (como yo estaba haciendo) encuentras la paranoia y actitudes fascistas que imperan desde que Lenin empezó a leer y que no tengo ganas de que mi cámara acabe en una comisaría china. Sobre todo, conmigo al otro lado de la correa. Así que me retiro para sacar fotos desde mas lejos.


Nunca sabré contra qué protestaba el hombre de blanco porque no habrá ningún articulo en los periódicos o mención en los programas de noticias. La ultima vez que le veo es cuando nueve uniformes del miedo le conducen a un coche de policía.



Nota: Recientemente los medios de comunicación se hicieron eco masivo de la retirada de juguetes, fabricados en China, de los mercados de varios países porque su pintura contenía plomo. No es un caso aislado. Varias personas me han comentado ya otros escándalos que reflejan la falta de escrúpulos, la corrupción, el favoritismo y el culto al dinero (bajo el paraguas de Marx para los dirigentes del Partido) que son endémicos en el país. Una dictadura con un barniz de ideología que justifica y ampara desigualdades como las que no hay en ningún país del criticado y demonizado Occidente.


Una serie de muertes por malnutrición llevo a descubrir que una fabrica de comida para bebes estaba distribuyendo un producto que carecía de valor nutricional alguno. Los pequeños eran alimentados con diligencia y regularidad por sus madres pero ellos, literalmente, se morían de hambre.


En el afán por dar cobijo a una población siempre creciente, la carrera por construir viviendas e infraestructuras tiene un perdedor claro, la seguridad. A veces los constructores usan cemento de baja calidad que convierten la probabilidad de un derrumbamiento en una certeza, siendo la única duda el número de años que tardará en producirse. Hace unas semanas, un puente nuevo se derrumbaba unos días antes de su inauguración mientras se retiraban los correspondientes andamios.

Lo peor del capitalismo y lo peor del comunismo imperan aquí, soportados por la tradicional estoicidad y vida sencilla de mucha gente, auqnue el descontento es patente en los campos.

He visto gente tocando la guitarra en el interior del metro. Hay pobres mendigando en las estaciones y los vagones. En todas partes verás a alguien apostado cerca de una papelera dispuesto a coger la botella de plástico que tú vas a tirar. La juntará con otras y las venderá después, ganando así un magro dinero. En los pasadizos peatonales subterráneos, hay gente que pasa la noche tumbada sobre unos cartones en el suelo por carecer de vivienda. Si estás enfermo y no tienes dinero, estás condenado a muerte, pero rodar una película propagandística (que no un documental) sobre esa tragedia no hace crecer aún más la cuenta corriente, el ego ni el diámetro de la barriga a nadie.


(Escrito por el desde Beijing, China, el 29 de agosto de 2007)

La cabeza que todo lo ve

El tren llega a Beijing y yo soy de los últimos en salir, para poder maniobrar con tranquilidad mi abultada mochila. Me lo dijo otro pasajero y me lo recuerda la azafata de mi vagón: no he de olvidar mi billete, pues me lo pedirán para poder salir de la estación, que me parece un caos de gente. La plaza enfrente de la misma es incluso peor pues pese a que aún no han dado las siete y media de la mañana, el calor ya es pegajoso y las multitudes que vagan a mi alrededor se me antojan agobiantes. Puede ser la primera y llena de prejuicios opinión sobre esta ciudad de quien se ha pasado las ultimas doce horas con solo otras tres personas y ahora comparte un metro cuadrado con el doble de gente.

Esquivando a los que combaten el calor subiéndose la camiseta hasta el pecho (y no son precisamente culturistas), busco el símbolo blanco sobre fondo azul y al cabo de unos segundos lo diviso al otro lado de la calle, y bajo él veo la parada del metro, enfrente de – pero sin comunicación directa con – la mas populosa, frecuentada y activa estación de tren del país. Para acceder al sistema de metro de solo tres lineas (y otras tantas en construcción) los billetes son de papel (aunque ahora están introduciendo un sistema de tarjeta plástica recargable, como la Optus de Hong Kong) y el precio es de 3 yuanes, independientemente del destino. Hay algunos carteles en inglés (para las taquillas, las entradas y salidas, la prohibición de fumar o de introducir explosivos...) y en cada andén se indica cuál es la siguiente parada en ese sentido, además de un cartel con la ruta completa. Parece que se están esforzando en prepararse para los JJOO y eso incluye que, contraviniendo milenarias tradiciones, empiezan a educar a sus compatriotas sobre como han de dejar salir a la gente del vagón del metro antes de que entren ellos (el mensaje se refuerza con la presencia de guardias de seguridad que con su boina y uniforme azul marino aseguran el orden frente a las puertas). En el exterior hay ya en algunas zonas carpas ambulantes de voluntarios para traducciones in situ. Lo que me sigue chocando, aquí como en Shanghai y en todo el país, es que haya señores con pantalón corto (de lo que sea, eso incluye ropa deportiva) y zapatos. Y calcetines blancos. Porque el calzado importa y da ese toque de seriedad y clase que todos buscamos, incluso con un polo Lacoste (falso) y unos pantalones de deporte Adidas.

Sólo cuatro paradas mas tarde me bajo en Dongzhimen, donde tengo una mejor perspectiva del cielo blanco de la ciudad, y allí (tras comprar una tarjeta telefónica para llamar a Stefi y confirmarle que estoy de camino) paro un taxi a cuyo conductor (encerrado en una cabina blindada) dejo estupefacto cuando, para mostrarle la dirección a la que deseo ir, le enseño en mi cámara una foto que le tome al plano enviado por Stefi. Reíros, reíros, pero intentad pronunciar San Yuan Da Sha, San Yuan Quiao, Guo Zhan Lu Kou You Guai, UHN Guo Ji Chun, Shu Guang Li...teniendo en cuenta que la entonación es la clave del mandarín y la misma palabra pronunciada de manera distinta tiene significados dispares. ‭¿‬Cómo le pediríais al camarero una botella de cerveza ''Tsing Tao'', si es lo que os apetece para acompañar vuestra comida? Pues el pobre hombre no os va a entender si lo que sale de vuestros labios no es algo similar a ''Chin Daou''. El conductor no habla ni una palabra de inglés, y eso será una constante en mis diarias experiencias con los de su gremio. A los taxistas les falta mucho por aprender, porque sin hablar inglés esta ciudad será un caos dentro de 353 días. Como más tarde me diría Stefi, ''los estadios estarán listos pero nadie podrá llegar a ellos''.

Por si acaso, al cabo de un rato de viaje, pongo en marcha el Plan B. Otra vez mi anonadado amigo tendrá una historia original que contar a sus compañeros mientras se echan un cigarrillo y comparten una taza de te de sus termos (con una tapa en la que juegan con las imágenes como en los brillantes cromos de mi infancia: según el ángulo con que la mires puedes ver las torres gemelas o una mezquita, la Ópera de Sidney o el Taj Mahal). Les podrá contar la anécdota del turista que saco su portátil y como fondo de pantalla tenía unas instrucciones, en chino e inglés, con un detallado plano a mano alzada para llegar a su destino.

Pero funciona. Al cabo de unos quince minutos llego a un vallado conjunto de edificios con cuatro guardias de seguridad en la puerta principal, en un puesto de control y enfrente del mismo, que me dirigen al bloque correspondiente. En cada portal hay una chica joven que franquea el paso a los inquilinos. Excepto a mí, claro, a quien no conoce. Llamo al portero automático pero no funciona y Stefi baja a abrirme. Ahora que la chica que ejerce de portera nos ha visto juntos, en lo sucesivo cada vez que me acerque al portal sera ella quien me abra sin que yo tenga que hacer ni siquiera el gesto de sacar la tarjeta que realiza la apertura automática.

Como no quiero caerme dormido y perder el día (son solo las...nueve y media de la mañana!), Stefi va a llevarme de paseo por Beijing. Compramos varios billetes de metro pues no caducan y son validos en cualquier trayecto así que te evitas las colas en la taquilla en hora punta. La primera parada es una calle peatonal en la que los nombres de los comercios inducirían a confusión al nada benigno Mao si este levantara la momificada cabeza en su pétreo mausoleo. KFC, McDonalds, Adidas, Nike, Rolex, Benetton...lo único que le queda de comunista a este país (como a Vietnam o Laos) es el nombre, el Partido aferrado al poder, y el control sobre sus ciudadanos, a los que privan de libertad de movimiento y expresión entre otras muchas y nada banales cosas. Cerca de esa calle hay un pequeño mercado nocturno que en realidad es frecuentado por turistas a todas horas. Si quieres un pincho de escorpiones o caballitos de mar, este es el lugar adecuado.


Me prometí a mi mismo que no me compraría nada en China hasta pocos días antes de abandonar el país, así que ya me he comprado algo. Si para los nazis su Libro Sagrado era ''Mein Kampf'', para los chinos es el pequeño Libro Rojo que tengo en mi bolsillo con citas de mensajes de Mao. Y en español. Me pedían originalmente 85 yuanes pero la regla aproximada (porque depende del producto y de la ubicación) es conseguir 1/3 del precio de salida y de esa manera, ni se tima al comprador ni se sangra al vendedor. Dos minutos y tres intentos por mi parte de abandonar el puesto callejero mas tarde, el precio que ambos acordábamos eran unos razonables 30 yuanes (aunque sospecho que pagué el doble de lo que deberia). Después Stefi me lleva (siempre en Metro, ésta es una gigantesca metrópolis donde no se puede ir andando a ningún sitio porque nada esta cerca) a la Plaza de Tiananmen, y, enfrente de ésta, el acceso a la imperial Ciudad Prohibida. Como una anacrónica reliquia de otros tiempos, un retrato del fallecido dictador despide sonriente a los que salen por la Puerta Norte. Me hago la inevitable foto con Mao a mis espaldas, compartiendo ese gesto con algunos turistas y muchos, muchísimos, chinos. Después cruzamos el paso subterráneo y salimos a un triste y maquillado símbolo de la libertad oprimida, la Plaza de Tiananmen.



Nota: El viaje desde Shanghai a la capital del Imperio es más cómodo que el tramo anterior, desde Hong Kong. Son cuatro las literas en lugar de seis en cada compartimento. Y la de arriba está a una altura que sería negociable incluso para un enano pequeño. Hay dos almohadas en lugar de una. Hay puerta corredera, con espejo en el lado interior. Las luces de lectura pueden encenderse en cualquier momento, sin que haya que esperar a que se apaguen las del techo. A la altura de la cabeza, encontramos una redecilla para depositar objetos y una percha(!) forrada de tela. Hay zapatillas gratis. Y cepillo de dientes. La jarra de agua caliente me parece más elegante. Y, desde esta altura, la mesita debe tener el doble de tamaño que en los vagones de esos que viajan con mochila y sin recursos. El uniforme de las azafatas es también distinto, aunque no sean más guapas. Se sustituye el pantalón azul marino y la camisa azul claro de revisor de RENFE por una falda gris, blusa blanca y chaleco granate, como camareras de cafetería. No hay minúsculas mesas en el pasillo y los asientos plegables son menos en número y más grandes en tamano. La temperatura en el interior del compartimento y el volumen de los altavoces (menos mal que ahora están poniendo música pop china en lugar de las noticias con fondo de marcha militar de antes) son ajustables por el usuario.

En los vagones de ricos también se fuma. Y el humo también llega a todas partes. Hay que joderse con el respeto a los demás. Con la inestimable
ayuda del ocupante de la litera de al lado (menos mal que ha ejercido de traductor) la camarera acaba de venderme un desayuno chino para mañana (me encontraré con que es una especie de sopa de arroz, un huevo duro, una mezcla de judías, guisantes y verdura, dos bollos dulces blancos, uno de ellos relleno, todo por 10 CNY). Hay que ser osado para desayunar como un chino, porque lo que he contado que traía la bandeja no lo he sabido hasta la mañana siguiente) que me traerá a las seis y media de la mañana, como un señor. Si no fuera por la hora, claro. El vagón restaurante estaba lleno de gente así que volví al compartimento y me venció el sueño a eso de las nueve. Si en el Hong Kong – Shanghai hubo una pareja que se levantó varias veces por la noche a mirar por la ventanilla del pasillo (!), aquí me ha tocado un señor aparentemente sexagenario que se ha levantado no menos de tres veces para ir al baño (por cierto, este si era de estilo occidental, pues tenia taza) y a prepararse un te. Debía estar acostumbrado a levantarse con el sol, porque se puso a desayunar a las cinco y media de la mañana.


Panorámica del vagón restaurante antes de que se me acercara la camarera y me impidiera, eso sí, con sonrisas, hacer una segunda foto.

(Escrito por él desde Beijing, China, el 28 de agosto de 2007 porque con un ataque de diarrea que me durará una semana, aquí no hay quien duerma)