09 noviembre, 2007

Caminando entre gigantes (II)

Entonces el camino da uno de esos giros malditos y me encuentro bajando la colina, llegando a un minúsculo puente de madera y teniendo que subir todo lo bajado pero al otro lado del río. Cuesta menos de lo que esperaba pero en lo alto me encuentro a un señor mayor que lo está pasando mal para caminar, precariamente apoyado en dos bastones. No me responde cuando le hablo, tan sólo me mira pero de una manera vaga y automática, casi se diría que sin verme. Su pareja y dos porteadores se ocupan de él y yo sigo adelante, por un camino que bordea la ladera de una montaña a la que un río y menos de 100 metros en línea recta separan de la serie de montañas que tengo a mi derecha. Y al salir de una curva, veo una serie de construcciones bajas de piedra, como hileras de garajes. Es Thorang Phedi, ya estoy a 4450 m de altitud y apenas es la una y media de la tarde.


Sería absurdo detenerme aquí, tan cerca de la cima, así que relleno la cantimplora y me preparo mentalmente para afrontar la subida a lo que es la puerta de acceso a Thorong La. Con sus 5416 m ese es el nombre del paso de montaña a mayor altitud del mundo y ecuador de esta ruta. Ahora se trata de recorrer dos kilómetros casi en vertical, salvando 500 metros de desnivel, en un sendero que se mueve sinuosamente de un lado a otro de la falda de la montaña. La primera parte de la subida es al sol, pero el viento es tan frío que su castigo anula por completo el efecto que pudiera tener el humillado astro. Esta cuesta requiere de toda mi fuerza de voluntad, sería absurdo detenerse a mitad del recorrido. Cuando llego a una zona en sombras, noto mis manos y cara caer presa de los mordiscos del viento. No se como sigo adelante, tal vez porque me repito en murmullos "Tú puedes, José" y "Where there is a will...". La visión de los primeros edificios del hotel, iluminados por el sol, es espectacular, como si de un oasis en medio del desierto se tratara. Una promesa de comida, techo y, en este caso, calor.


95 rupias nepalíes me alojan en una habitación de tres camas que compartiré con dos majísimos ingleses, Kieran Cunningham y Aidan Cunningham (no, no es una coincidencia la similitud de apellidos). El medio centenar de extranjeros que aquí nos alojamos espera impaciente la madrugada. A las cuatro de la mañana, sin que nadie haya dormido por el frío y los nervios (estábamos completamente vestidos, guantes, chaqueta y gorro incluidos, dentro de nuestros sacos de dormir) , el guía de mis amigos golpea la puerta para despertarlos. A las cuatro y media el desayuno, a las cinco emprendemos la marcha.



No somos los únicos, pues algunos grupos han subido desde Thorong Phedi y ya están de camino, al igual que otros de los que aquí nos hemos alojado. Salir tan temprano tiene un objetivo poético y otro más prosaico. El primero, observar la salida del sol a 5000 metros de altura, rodeados de nieve y montañas que aventajan en sólo 2000 metros nuestra situación y el segundo, evitar los fuertes vientos que azotan el paso de montaña y que convierten en peligroso el posterior descenso hacia Muktinath.


Hasta que salga el sol no habrá posibilidad de pérdida, pues pequeños y oscilantes puntos de luz señalan el sendero. Y que sendero. Primero por una desnuda montaña, después atravesando una zona nevada, resbaladiza pues la capa superficial era ya hielo. La linterna iluminaba un inclinado y peligroso descenso para el que tropezara y no pudiera asirse a una mano salvadora. Luego el camino volvía a ser tierra y piedras. Después, trescientos metros más de hielo en el que su estrechez sólo permitía poner los pies delante uno del otro, hubiera sido imposible quedarse quieto. La noche es clara, la atmósfera limpia y no hay contaminación lumínica de ciudades y pueblos, pero el frío empieza a ser preocupante, muerde mis extremidades como un perro rabioso. A la baja temperatura se une la brisa que aumenta la sensación térmica de tal manera que, sumado al continuo caminar sobre la nieve, pese a las botas y los guantes no siento las puntas de los dedos. Son sólo 4 Km hasta llegar al paso, subiendo perceptiblemente algo más de 550 m y van a ser duros, muy duros.

Caminamos, la mayoría en grupo, algunos solos, como débiles nonagenarios que se agarran más a los bastones que a la vida. Parecemos un reumático desfile de fantasmas, con encorvadas espaldas y cabezas que buscan casi besar papalmente el suelo. Desesperadamente despacio, avanzamos a pesar de nuestros cuerpos y nuestros pies, que se niegan a levantarse del suelo o ni siquiera arrastrarse un metro más. He perdido la cuenta de las veces que me paro, aferrándome a los bastones, apoyando mis axilas en ellos, respirando entrecortadamente. Mis jadeos, en este aire tan ligero y tan vacuo, buscan arrancar las escasas moléculas de oxígeno, pero sólo encuentran la mitad de las que podéis disfrutar inconscientemente a nivel del mar.

La salida del sol me sorprende rodeado de cumbres nevadas y ondulantes colinas cubiertas por el blanco manto. Los monstruos que me rodean (Yakawakang, 6482m, Khatung Kang, 6484m, Shya Gang, 6032m, Purkhung, 6120m) brillan por unos minutos como si hubieran vertido oro líquido sobre ellos. El espectáculo es breve pero reconfortante. Hay luz, hay esperanza, pero¿cuanto falta? ¿cuantos recodos más he de doblar? Parece que lleve caminando todo el día, que nunca haya dejado de caminar.


La interminable última media hora acaba abruptamente al rodear por la derecha una colina y divisar la parte final de una línea de banderas de oración budistas sobre una alfombra de recientemente hollada nieve. Hacia la mitad, casi cubierta de multicolores telas con inscripciones religiosas, hay una placa con sus letras amarillas formando palabras de aliento tan cálidas como si estuvieran en medio de una tropical playa.


Thank you for visiting Manang
Thorong-La Pass
5416 m
Congratulations for the success!!!
Hope you enjoyed the trek in Manang
See you again!!!

No puedo brindar con agua, no para evitar la mala suerte, sino porque el contenido de mi cantimplora, que llevaba colgada en el exterior de mi mochila, se ha convertido en un trozo de hielo durante el ascenso. Todavía me quedan seis días de camino para terminar el Circuito del Annapurna pero no puedo dejar de sonreír.


Nota: Una vez cruzado el paso hay un peligroso descenso salvando más de 1600 m de desnivel durante 10 Km que realicé en 4 horas. El sendero es tan vertical al bajar como lo era la subida en el lado contrario y la mayor parte del tiempo se pisa grava y piedrecillas que invitan a un resbalón. Desde ese momento hasta el final del trek en Tatopani o Beni, hay un 80% de camino cuesta abajo y un 20% cuesta arriba, pero ya nada será tan agotador, física y mentalmente, como lo vivido en días anteriores. No todo el mundo llega sano y salvo al final de este circuito. La misma mañana que yo crucé el paso, allí murió un sexagenario francés. Al día siguiente lo hizo una joven belga y unos días antes había muerto un porteador nepalí. La AMS (Acute Mountain Sickness, Mal de Altura) y sus peligrosos derivados, HACE y HAPE, pueden acabar provocando el coma y la muerte en unas pocas horas. Nunca toméis riesgos innecesarios y recordad que a esa altitud y en el Nepal las posibilidades de evacuación a un centro hospitalario son mínimas y generalmente tardías. Las montañas son bellas, pero también pueden ser mortales.

Google Maps de la zona

(Basado en lo escrito por él en su block de notas entre el 24 de Octubre y el de 7 Noviembre de 2007, entre Bhulbhule y Pokhara, Nepal)

Caminando entre gigantes (I)

Everest. Himalaya. Annapurna. Thorung La. De estos cuatro nombres, seguro que la mayoría de vosotros reconocéis los tres primeros inmediatamente y os evocan otros como Herzog, Hillary o Tenzing. Pero, ¿Thorung La?. Ese cuarto nombre a mí tampoco me decía nada hasta que el día 1 de Noviembre se convirtió en sinónimo de agotamiento, congelación y muerte pero también de esfuerzo, voluntad y, finalmente, triunfo.

Nepal en los tiempos modernos tiene una historia tan tumultuosa como gigantescas y escarpadas son sus montañas. Mientras escribo estas líneas en el portátil, el país atraviesa un nuevo periodo de inestabilidad: los comunistas/maoistas abandonan el gobierno y vuelven al robo y la extorsión para financiar sus asesinatos y bombas, el Rey ha anunciado públicamente su abdicación, la Monarquía se puede convertir en República en cualquier momento, las elecciones parece que están a la vuelta de la esquina.


Y pese a todos los peligros que nos creamos los humanos, de todos los rincones del globo seguimos viniendo los turistas y viajeros, jóvenes y pensionistas, con el nada secreto objetivo de caminar, subir, escalar, tocar y contemplar la inigualable belleza de sus cumbres nevadas, pese a que el peligro natural sea por lo menos tan mortal y cercano como el de la Mafia comunista.

"Quiero hacer trekking en Nepal" le dije con seriedad a mi amigo y trekker Enric "Aryu" Cardona, en una fiesta en casa de Mel, en el lejano Dublín en algún momento del 200
6. El me sonrió con el orgullo de quien ha estado allí en repetidas ocasiones y se ha dejado algo de piel y sangre y más de un suspiro por los senderos del Muktinath Himal. "¿Annapurna o Everest?" me ofreció él a modo de respuesta gallega de este internacional catalán.

Y cuando llegué a Nepal a mediados de Octubre de 2007, procedente del Tíbet bajo invasión China, tomé mi decisión: Annapurna y, concretamente, el "Annapurna Circuit", la opción más larga y más dura de la zona. Había sopesado hacer el recorrido al "Everest Base Camp" pero aparentemente está más orientado a montañeros y escaladores que a senderistas (¿es ese el termino correcto en castellano como traducción de "trekkers" - no, "trekkies" no, que esos son los de Mr. Spock y "Beam me up, Scottie" - y es "senderismo" el equivalente de "trekking"?), hay menos posibilidades de alojamiento y manutención en la zona (hay que llevarse comida y tienda de campaña para varias semanas, ergo es necesario contratar un sin número de porteadores) y casi no se ve a nepalís viviendo por allí. Además, ya había visto el Everest desde el lado tibetano, de pie frente a una veintena de tumbas vacías de expedicionarios que murieron intentando escalarlo o bajando, trágicamente con la miel del triunfo en su boca.


Con una mochila de 12 kilos a la espalda, que al día siguiente subieron a más de 14 por el añadido de un par de litros de agua y algo de bollería indonepalí, salí en compañía de mi francófono amigo Vincent, de Katmandú en dirección a Besisahar, donde hicimos noche. Al día siguiente nos subíamos en el autobús (y yo hacía el viaje en el techo, como tantos nativos) que dos horas después nos dejaba en Bhulbhule el punto en que apretamos las correas, desplegamos nuestros bastones y empezamos a caminar.


Diez minutos después yo me paraba presa del pánico. ¿Lo llevo todo? No, me falta algo relativamente importante: mi cinturón-monedero con 1400 dólares, 800 euros, 60 libras esterlinas, una tarjeta de crédito, mi DNI, mi libro de vacunas de la OMS y, sobre todo, mi tarjeta Iberia Plus. Una milésima de segundo basta para ubicarlo, debajo de mi almohada, en mi habitación del hotel de Besisahar. Así que a las 9 me subo en el mismo lento autobús para emprender, a la inversa, el sinuoso viaje que acabo de realizar. Cuando llego al hotel la cama está hecha, la habitación limpia y no hay nada debajo de la almohada.

Unos seg
undos de contenida respiración después compruebo que no he dormido sobre un finísimo colchón sino sobre dos y que entre ellos está el precioso contenedor de tan valiosos objetos. Aparentemente, porque me debió molestar durante el sueño, lo metí allí debajo y al levantarme, como no asomaba por debajo de la almohada, no lo eché en falta. Así que por tercera vez, ahora a las once de la mañana, vuelvo a coger el mismo autobús y a hacer la misma ruta. Y es por eso que el primer día no empecé a caminar realmente hasta la una de la tarde.

Vincent me había dicho que me esperaría en Chame (a dond
e él debería llegar pasado mañana), aunque tuviera que quedarse un día más, pero yo no estaba dispuesto a ello. Por primera y no última vez durante el trekking, mi voluntad iba a arrastrar a mi cuerpo más allá de sus límites naturales. Para su sorpresa aparecí seis horas y media después, a las siete y media de la tarde en su "Guesthouse" de Jagat, tras recorrer en solitario unos 16 km, subiendo desde los 840 hasta los 1300 metros de altitud y, lo más asombroso, caminando con la única luz de mi linterna durante la última hora y media del recorrido. Había cruzado riachuelos, subido laderas por senderos en ziz zag, peleado por mi derecho de paso con mulos cargados de mercancía, me había sentado varias veces en la oscuridad, preguntándome cuanto faltaría aún para llegar, con un creciente dolor en mi hombro derecho, donde la correa de mi mochila rozaba mi piel a través de la camiseta, pero había conseguido llegar y en mi primer día había superado todas mis expectativas.

Al día siguiente al mediodía nos topamos, después de una espectacular y sufrida subida por la ladera de una montaña, con tres ladrones mafiosos(=comunistas) que se amparaban en la bandera de la hoz y el martillo para robar impunemente ("solicitar una voluntaria donación" debería decir) a los turistas. Este episodio con esos hijos de Marx y Al Capone lo comentaré en un post aparte, no aquí.


Castigados por el sol y sudando el agua que repetidamente bebíamos, Vincent y yo llegamos a Tal donde mi amigo (que es un par de años más joven, me saca una cabeza y dos hombros) dijo "No aguanto más". La ruta era más dura de lo que él había esperado, no quería pasar sus vacaciones con dolor de espalda y este trazado infernal no era para él. La única solución que se le ofrecía (aparte de darse la vuelta) era obvia: contratar un porteador para que le llevara la mochila. De haberlo hecho con antelación, gestionándolo en Katmandú, le hubiera salido algo más barato, pero ya iniciada la ruta, fueron 700 rupias nepalís diarias el precio de su comodidad. Con eso se aseguraba que un simpático, atento y educado, Ming Rasi "Gurung" (el nombre de la etnia) cargara sobre sus espaldas con los 14 kilos de ropa y equipo de Vincent.

Por mi parte, yo seguí siendo mi propio portador y guía y me mantuve fiel a mi pensamiento original: si no eres demasiado viejo, débil o enfermo, lleva tu propia mochila.

¡Y lo que pesaba la condenada!



Hasta que llegamos a Manang (3540m), el quinto día, cada jornada era un madrugón, un desayuno rápido y una lenta caminata de 16 Km o más, ascendiendo lenta y trabajosamente por montañas pobladas de arboles, bosques en los que las agujas de pino crujían bajo mis pies y atravesando corrientes de agua, riachuelos unas veces (que obligaban a mojarse las botas y saltar de piedra en piedra), el poderoso río otras (para
esas ocasiones se contaba con puentes metálicos de algo más de metro y medio de anchura y hasta noventa de longitud). Acercándonos a este pueblo dejamos atrás la vida vegetal para atisbar que, después de aquel pueblo, las montañas sólo tendrían el color ocre de la tierra suelta o la roca, o bien el blanco de la nieve. Por prescripción facultativa (recomendada a TODOS los que hacen este circuito) nos quedamos un día adicional, aclimatándonos a la altura (lo que incluyó una subida - y bajada - adicionales de 500 verticales metros para visitar a un monje budista en su monasterio, colgado en la montaña, con espectaculares vistas sobre Manang, debajo, y enfrente los nevados Tarke Kang, 7202m, Singu Chuli, 6501m, Gangapurna, 7454m, Annapurna III, 7555m, Annapurna IV, 7525m y Annapurna II,7939m).

Al día siguiente me separo de Vincent, aunque salimos a la misma hora. Él quiere hacer noche en Letdar (4200m) y al día siguiente en Thorang Phedi (4450m) o High Camp (4850m) para acometer luego la subida al paso. Yo no tengo ningún síntoma del peligroso Mal de Altura (Acute Mountain Sickness o AMS en inglés) y después de estar un día sin avanzar, aunque no sin caminar, he decidido que si en Letdar me encuentro bien, intentaré llegar hasta Thorang Phedi, acortando de este modo en un día el recorrido. El trayecto hasta Letdar es básicamente una lenta e inclinada subida, sin mayores dificultades (dos días antes, entre Pisang y Manang, los continuados desprendimientos de tierra habían añadido una dificultad adicional al polvoriento sendero: había tramos en los que desaparecía bajo la avalancha de rocas) y cuando salgo del pueblo me detengo en una pequeña "teahouse" (pequeña construcción de piedra muy frecuente en la ruta y en la que se sirven bebidas frías y calientes y a veces algo de básica comida, como arroz y "dhal", una especie de sopa de lentejas) para saborear tranquilamente un te negro. La adolescente que me lo sirve sube a diario desde Letdar para atender el negocio. Me encuentro bien, aunque algo cansado, pero no parece que haya ingresado en ese Club del 60% de personas a las que les afecta en mayor o menor medida el AMS. Decido seguir adelante.



Google Maps de la zona

(Basado en lo escrito por él en su block de notas entre el 24 de Octubre y el de 7 Noviembre de 2007, entre Bhulbhule y Pokhara, Nepal)

Katmandú y Nepal

Esta mañana hemos ido a la Embajada de India, a solicitar el visado para ese país, lo cual no deja de ser curioso porque no llevamos en Nepal ni 24 horas aún y nos quedaremos aquí entre tres y cuatro semanas. El procedimiento es absolutamente tedioso. Rellenas un pequeño formulario (importante que sea con un bolígrafo de tinta negra) y lo presentas, tras hacer cola, en una ventanilla. Allí lo recogen, rellenan un recibo que te entregan junto con un formulario más grande, y te vas a hacer cola a otra ventanilla. Le das el recibo al funcionario, pagas 300 rupias y te entrega una copia con una fecha y hora: el día 23 por la mañana tendremos que ir a otra ventanilla con nuestro pasaporte, el formulario grande rellenado y adherida su correspondiente fotografía reciente (en mi caso, eso de "reciente" es un decir) y pagaremos 3050 rupias. Y nos darán hora para, esa misma tarde, recoger la visa estampada en el pasaporte. Valida durante 6 meses que cuentan desde ese momento. Sólo tardamos una hora en iniciar los trámites, pero Vincent estuvo ayer dos horas haciendo cola. Llevaros un libro. O a un amigo.

Volvemos a nuestro hostal a dejar el nuevo formulario y el recibo del pago y Vincent (que se mueve con la seguridad y familiaridad que le da el llevar aquí más de una semana) nos lleva a dar un paseo para que veamos un mundo físicamente cercano al Thamal, el equivalente del bangkokiano Khao San Road, pero sin embargo muy alejado de éste reducto de mochileros, turistas y voraces vendedores de productos fabricados en masa. Cinco metros de lado a lado de la calle en la que se apiñan personas en filas de siete yendo en direcciones opuestas. Por entre ellas se cuelan las Bajaj, Honda Hero y Escort, como si de ágiles pero estridentes peatones se tratara. Y cuando parece que se han agotado todos los huecos, un compacto Maruti Suzuki 800 surge de la nada e invade solidariamente la calle, con su conductor aplicado a la tarea de hacer sonar el claxon mientras maniobra el volante esquivando a los peatones. Pero alguien ha visto un hueco y uno de esos enormes trickshaws hace sonar su peculiar bocina y consigue, inexplicablemente, formar parte de la fauna que avanzamos por la estrecha callejuela en Kathmandú. Mujeres con saris de vistosos colores, hombres de pelo y tez morenos, chiquillos correteando en busca de un nuevo sitio para jugar, vendedores que ofrecen amuletos y collares, navajas suizas fabricadas en China y Bálsamo de Tigre (que sirve tanto para los resfriados como para evitar el mareo en los autobuses), "sadhues", hombres santos, vestidos con túnicas naranjas, cabeza cubierta por un turbante, y portando un cesto con flores y polvos de color rojizo que intentan aplicarte en la frente ("trae buena suerte", te dicen sonrientes) para luego solicitarte un donativo. Mercados en la plaza, con gallinas, patos y gallos asustados en sus cajas. Hileras de cabras en las aceras, a la venta para ser sacrificadas y consumidas esta semana, cuando se celebra la fiesta de Dashain. La noche del viernes se producirá una matanza de estos ovinos en la plaza de Durbar. Como en cualquier celebración, cristiana o no, en el macrocosmos, el mundo de la muerte y el festejo de la vida están entrelazados y son tan dependientes como la espiral de ese ADN microcósmico que todos portamos

Kathmandú. Me encanta. Me atrae. Me descoloca. Me impresiona.

Rompiendo el mágico hechizo de una cultura que mis ojos ven por primera vez, aparece a un lado de la plaza una manifestación de maoistas, con una conciencia política del color de las negras banderas que enarbolan, mientras gritan sus estruendosos eslóganes. No funcionó en la propia China de Mao y quieren que un ineficaz, trágico y asesino sistema triunfe en esta tierra. Los comunistas se niegan a aceptar las verdades de la Historia, y, como los imbéciles, se niegan a si mismos. Como crueles y tristes comparsas de un drama literario de Orwell, se obstinan en repetir sus errores una y otra vez.a costa de la sangre de otros. Pasando desafiantes ante los observadores ojos de la policía y los antidisturbios, desaparecen por una callejuela, seguidos de una camioneta en la que dos banderas con la hoz y el martillo, cuelgan flácidas ante la ausencia de viento.

Por la noche, y en algunas zonas a cualquier hora del día, son otras las palabras que se murmuran al oído del extranjero. "¿Fumas?" o "¿Masaje?" son las que suelen salir de los labios de los nepalíes que se dedican a publicitar esas mercancías del abandono y la miseria. No importa en que ciudad del mundo se encuentre uno o cual sea el sistema político o la dictadura que rija un país, que las drogas y el sexo siempre encuentran su hueco en el que hacerse presente. Y Nepal no iba a ser distinto en eso.


Google Maps de la zona

(Escrito por él desde su hostal en el barrio de Thamel, Katmandú, Nepal, el 18 de Octubre de 2007)

Bienvenidos a Nepal

"¿Es este su equipaje?" preguntó el funcionario de aduanas chino, "Sí, esta mochila, esa bolsa y aquella mochila que sale ahora del escanner" contesté yo. "Abra esta mochila, por favor". Mierda, pensé yo, la puñetera máquina ha encontrado algo raro...que tenía que haber metido en un bolsillo de mi cazadora de no haber sido un objeto tan pesado y voluminoso, claro está.

Katmandú. Su nombre evoca imágenes de altos picos de laderas nevadas y estrechos valles que conducen a las montañas más altas del planeta. Allí nos dirigíamos esa mañana. La noche anterior habíamos contratado, por 200 CNY por persona, el transporte desde Zhangmu (pueblo fronterizo en el lado chino) hasta la capital nepalí, en el mismo sitio en el que estábamos alojados, el Hotel Sherpa. Uno de los recepcionistas, Orson (o algo que suena vagamente similar), nos acompañó hasta inmigración (que no abría hasta las diez) y en el otro lado cogimos una pequeña furgoneta de las dimensiones más reducidas que os podáis imaginar, para salvar los ocho kilómetros de tierra de nadie hasta entrar en Nepal. Conforme nos acercábamos a la frontera administrativa, cambiaban los rasgos y vestimenta de aquellos con los que nos cruzábamos, sobre todo conductores de camiones (que tenían en los parachoques de sus multicolores Tata indios pegatinas o textos como "Good Boy", "No time for love", "Speed limit" o "Horn please"). De los ojos rasgados y la piel amarilla pasábamos a pieles cobrizas y caras de aspecto hindú. Y las gorras y uniformes verdes de paseo de la Policía Armada china se convertían en cascos y ropa de camuflaje, acompañados de antiguos fusiles de asalto alemanes y subfusiles ingleses, de los centinelas nepalíes.

En el puesto de inmigración, después de rellenar el correspondiente formulario y adjuntar una fotografía (en mi caso, una de las blanquecinas que me sobraron cuando me hice el carnet de los cines UGC) pagamos los 30 USD por el visado y diez minutos después estábamos autorizados a permanecer en el país durante un máximo de dos meses. Orson fue nuestro guía hasta el todoterreno en que nos instalamos cómodamente los cuatro viajeros, a los que nos esperaban aún unas cinco o seis horas por delante. Y que horas. Si bien nuestros cuerpos continuaron siendo vapuleados por el inestable firme del camino por el que circulábamos, nuestras aturdidas mentes iban a ser sometidas a una serie de chocantes estímulos.


Por un lado, el paisaje se convertía de pronto en un continuado vergel donde montañas vestidas de frondosos bosques se inclinaban sobre violentos ríos. Merced a los caprichos de la Naturaleza, que marcó los límites para que los ingenieros construyeran esta carretera, disfrutábamos aleatoriamente por la izquierda o por la derecha de la vista de salvajes cauces fluviales y escarpadas laderas pobladas de arboles que comenzaban a vestirse con los colores del otoño. Por otro, la vida al lado de la carretera se nos ofrecía fugazmente como algo distinto de lo que habíamos estado observando desde que llegáramos al Tibet. El Hinduismo tomaba el relevo del Budismo como religión mayoritaria. Los autobuses con los que nos cruz abamos, y por escasos milímetros no colisionábamos con ellos, tenían habilitado para el transporte de pasajeros hasta el techo, donde se apiñaban apenas menos pasajeros que bajo él. La gente cultivaba verduras, se sentaba a la sombra a la entrada de sus casas, jugaba al billar, guiaba sus cabras o simplemente caminaba al lado de ese otro río de vida que es la cinta de asfalto.


No hemos dejado de hacer fotos casi ni por un minuto, de la gente, de los animales, de los edificios, de los campos, de las tiendas. Para mí es reencontrarme con la Asia que yo quería ver y que apareció en Camboya o Laos. Después de la occidental pausa de Australia y Nueva Zelanda y las aspiraciones chinas, el curry y el incienso son un aroma fresco y deseado.

En Kathmandú, en "Iceland Guesthouse" hemos vuelto a encontrarnos con Vincent, nuestro amigo francés que es posible que se convierta en mi compañero de trekking por el Circuito del Anapurna, pero eso lo discutiremos más adelante.

"¿Y esto que es?" parecía decirme esa mañana con su mirada el funcionario de aduanas. En una bolsa y envuelto en papeles hay un objeto. Le quito los papeles y se lo doy. Una piedra cuasi rectangular de unos veinte centímetros de longitud y diez de ancho. Pesa. Bastante. Le explico que es un recuerdo que me traje del Everest. La cara de póquer del chino no tiene desperdicio. Llama a una compañera, le pasa la piedra y se miran. "No tiene fósiles, ni valor alguno" aclaro, y a punto estoy de decirles que no está hueca y en su interior no se esconden secretos sobre la represión en el Tibet. Cuando ya tengo la boca seca, ella se la devuelve a su compañero y me permiten que me la lleve. Menos mal.

Por cierto, mamá, desde Kathmandú voy a mandar a casa otra caja con objetos varios entre los que se incluye un genuino pisapapeles del Everest. Y pesa. Bastante.



Google Maps de la zona

(Escrito por él desde Kathmandu, Nepal, el 17 de Octubre de 2007)