19 febrero, 2007

De Love Lane a Porn Resort

He de confesar que ayer os dije una mentirijilla, o mejor llamémoslo licencia literaria.

No han sido tres islas, sino cinco. Claro que desde mi punto de vista enteramente subjetivo, es prácticamente imposible asociar Singapur y Sentosa con ese estereotipo cocotero y bananero que inmediatamente nos evoca la palabra "isla" (esto me recuerda que hace muchos, pero que muchos años, una vidente me vaticinó que un día habitaría en una isla, haciendo desbordar mi imaginación adolescente de visiones turquesa y granate; obviamente, no se me ocurrió pensar que la profecía se cumpliría en Irlanda, ¡ya podrían ser un poco más específicos estos videntes!).

Así que, con o sin vuestro beneplácito, solo os hablaré de tres islas: Penang, Langkawi y Koh Lipeh.

Penang, nuestra primera escala fuera de Malasia peninsular. Conocida como la "perla de oriente", Penang fue uno de los mayores enclaves de la ruta de las especias en el siglo XVIII y del comercio del Opio en el XIX. En este siglo, su economía depende mayormente del turismo.

Poco puedo contaros de esta isla, porque la nuestra fue una visita relámpago. Solo nos quedamos tres noches y no salimos de su capital, Georgetown. La ciudad no tiene mucho que ofrecer, a parte de Fort Cornwallis (si os gusta fotografiar murallas y cañones antiguos claro, menos mal que esta vez el Junior se portó y no sugirió entrar) y de la mansión de Cheong Fatt Tze (apodado "el Rockefeller de Oriente", el último mandarín y primer capitalista chino, que construyó su fortuna partiendo de la nada), más conocida como la "maison bleue".

La "maison bleue" nos encantó a la par que nos dejó frustrados. En primer lugar, porque está estrictamente prohibido hacer fotos al interior de la mansión (hasta yo he sufrido, con que imaginad cómo estaba el pobre Junior). En segundo lugar, porque durante la visita guiada, nos enteramos de que dos alas de la mansión estaban habilitadas para el hospedaje. Cada habitación con su estilo individual, mobiliario tradicional y baño privado, todo ello por 250 ringgits la noche (el equivalente a 55 euros). ¡Eso nos pasa por no leer la sección de gama alta del Lonely Planet!

La sección que sí leímos (la del bueno, bonito y barato) fue la que nos llevó a Love Lane, un nombre muy romántico para una calle bastante infame. Andábamos buscando el hostal recomendado por la guía, el "Harwich Backpackers´ Lodge" en el número 86 de la misma. Mientras José cuidaba las mochilas me fui a localizar el hostal e inspeccionar sus habitaciones. El dueño del Harwich insistía en alquilarme una de sus habitaciones que él describía como sencilla, pero que a mi más bien me parecía sencillamente cutre. Eso sí, para barato, el Harwich: 13 ringgits por noche, una ganga. De no haber sido por el ruido, tal vez hubiese aceptado, pero os prometo que era como estar metidos en el pub de abajo sin salir de la habitación. Al final, por 35 ringgits, nos alojamos un poco más abajo, en el 54, Love Lane Inn. Estaba bien, pero la habitación era un verdadero horno, incluso con el ventilador en marcha. Tal vez fuese por esa incomodidad y primera impresión negativa por lo que no nos demoramos mucho en Penang.

Durante el proceso de encontrar hostal, conocimos a un monje budista tibetano, de nombre Phurpa. Estaba con sus compañeros, una decena de monjes ataviados de azafrán y granate, sentados sobre un murillo. Al anochecer solían posarse ahí, como pájaros que al final del día descansan juntos sobre la misma rama. Observaban nuestro trajín con curiosidad y amplias sonrisas. Phurpa debía de ser el más veterano o el más atrevido, porque al final se bajó de su "rama" para presentarse. Mientras José me tomaba relevo en lo de buscar alojamiento, me entretuve hablando con él. Me ayudó a meter las mochilas al interior del templo, sacó un par de sillas de plástico, encendió el ventilador y se sentó a charlar conmigo. Me contó que era de Katmandú y que estaba de vacaciones con los monjes de su monasterio. Primero habían pasado un mes en Singapur, llevaban ya un mes en Penang y les quedaba otro antes de regresar a Nepal. Phurpa hablaba inglés con relativa soltura y sonriendo siempre. Llevaba gafas y su rostro afable me recordaba al del Dalai Lama, solo que mucho más joven. Le pregunté por su edad y me contestó que tenía 21 años. Sus padres lo habían metido en el monasterio cuando tenía 12, porque era un niño muy travieso. La educación monástica consiguió calmarle, fue tomándole gusto a la meditación y ahora ya es monje para toda la vida.

Al despedirse, Phurpa nos ofreció su tarjeta de visita para que le contactemos al llegar a Katmandú. Bueno, realmente no era su tarjeta de visita, sino la del monasterio. En ella escribió a mano su nombre, ¡y su número de móvil! Caramba, cómo cambian los tiempos… Según mi desfasadísimo libro de religión, las pertenencias de un monje budista se ciñen al traje, un cuenco, una hoja de afeitar, una aguja, un colador para filtrar el agua (evitando así matar insectos) y un collar de 108 cuentas. Para que veáis que la tecnología realmente está llegando a todas partes.

Mi última recomendación y advertencia sobre Penang. Os recomiendo lo de dar una vueltecita en "Trishaw", pero aclarad bien el precio antes de contratar el servicio. La tarifa es de 30 ringgits por hora y te enseñan un mapita con el recorrido que vas a hacer durante esa hora. Tú te subes al Trishaw asumiendo que la excursión va a durar una hora exacta y que no vas a pagar más de lo estipulado al final del viaje. La realidad es que el conductor se detiene en todas las mansiones y templos, prácticamente obligándote a visitarlos, mientras él te espera fuera. A ti te da pena ver al tío acalorado, cansado de pasar el día pedaleando bajo el sol, así que no se te ocurre decir que no. Te bajas del Trishaw y te tiras diez o más minutos tomando fotos, cuestión de darle un descanso al hombre. Después de llevarte a tres o cuatro atracciones, contarte muchas historias, ofrecerte un pastelito recién comprado a un coleguita hindú, el hombre te deja en la mismísima puerta de tu hostal. Tú estás encantado y dispuesto a pagar los treinta más propina. Mientras estás echando mano a la cartera, el amigo te anuncia que han sido dos horas, luego que tienes que pagar el doble de lo que tú esperabas. Su planteamiento tiene lógica, pero te sientes algo estúpido por no haber caído en la "letra pequeña" del contrato. Tras una breve discusión, ofrecimos 40 ringgits y el hombre aceptó. José me preguntó si había sido demasiado duro y yo consideré que no, pero creo que ambos nos quedamos con la duda. ¿Vosotros que opináis?

Langkawi, nuestra última escala en Malasia. Un grupo de 104 islas a 30 kilómetros del litoral. Tomamos un ferri desde Penang, que tardó un par de horas en dejarnos en Pulau Langkawi, la única isla habitada del grupo. Compartimos un taxi con una pareja de holandeses, hasta la playa de Pantai Cenang. En esta ocasión, y en vistas de nuestra reciente experiencia en Love Lane, nos olvidamos de las recomendaciones del Lonely Planet y nos dejamos guiar por el instinto. Nos alojamos en un adosado del "Amzar Motel". A primer vistazo, era el mejor alojamiento que habíamos tenido desde el comienzo del viaje: cama amplia, aire acondicionado, baño privado y televisión - un lujo algo estrafalario y superfluo para nosotros, ya que no había más de tres canales y malayos todos. El que sí disfrutó mucho del televisor, fue nuestro vecino chino. De confuciano tenía poco: a cualquier hora de la noche se ponía a mirar la tele y a hablar a grito pelado. Como las paredes eran literalmente de cartón, apenas pudimos pegar ojo. Menos mal que solo fueron dos noches.

Pese a dormir poco y mal, nos lo pasamos genial en Langkawi. Alquilamos una moto y nos pasamos el día explorando la isla. El lugar que más me gustó fue Telaga Tujuh. Subes unas escaleras que te llevan a lo alto de una colina, con jungla, río y cascadas. Te puedes bañar en el río, el agua está fresca y limpia. Después de subir todos esos peldaños con un calor que mata, se agradece la oportunidad de darse un pequeño chapuzón. El agua fluye por siete pozas, que son bañeras de hidromasaje naturales. La sensación es de lo más refrescante, con el agua de la cascada masajeando suavemente tus piernas cansadas.

A Telaga Tujuh no sólo se asciende para disfrutar del río, sino también para hacer senderismo por la jungla. El sendero es fácil, de recorrido circular y señalizado con flechas. Le dije a José: "Venga, vámonos a dar la vuelta". Él oyó: "Venga, vámonos al otro sitio". Así que una terminó en la jungla, y el otro en la cascada. No es la primera vez que nos pasa, a lo mejor es un tema de compresión y descompresión de oídos durante el vuelo, pero el caso es que ambos andamos con los sentidos abotagados.

Una situación similar nos volvió a suceder por la tarde, por lo que nos perdimos de vista brevemente (por cierto, en el mundo de José, el que él me pierda de vista equivale a que yo me haya perdido). Mientras él fotografiaba el horizonte desde un mirador, yo caminé hasta una casita de pescadores.

Pedí permiso para acercarme y el hombre de la casa me hizo señas afirmativas. Me recibieron un montón de niños. Estaban encantados de que les tomara fotos con la cámara digital y se reían mucho cuando se las enseñaba. La madre escribió su dirección en una hoja de papel, dándome a entender que les gustaría recibir las copias (otra cosa más en la agenda, para cuando estemos en Bangkok). Fue un momento bonito, en un día repleto de emociones.

No nos faltó de nada: vimos montaña, mar, jungla, río, cascadas, monos, muchos monos, ¡y hasta doce búfalos de agua! Volvimos al motel agotados, pero felices… hasta que el chino encendió la tele.

Koh Lipeh, primera parada en Tailandia. De las tres, ésta es la isla más pequeña y también en la que más tiempo vamos a pasar: ocho noches en total, que seguro nos van a saber a poco. Menos de cinco kilómetros cuadrados (a ojo de buen cubero) de puro paraíso: arena blanca y fina como polvos de talco, palmeras, aguas cristalinas, arrecifes de coral que desde la playa parecen islas sumergidas en el mar, pequeños islotes a los que puedes acceder andando en cuanto la marea baja, puestas de sol impresionantes, cenas románticas a la luz de las velas en la misma playa, un firmamento lleno de estrellas… Amigos míos de Sandyford Industrial Estate, si buscáis un lugar en el que olvidaros de "deadlines" y "go-lives", os recomiendo que vengáis a esta isla para una cura anti-stress. El resultado está garantizado y es prácticamente inmediato. Aquí están relajados hasta los perros, que se pasan el día tirados en la playa y no se molestan ni en ladrar.

Por cierto, la isla está llena de perros y gatos, la mayoría cachorros. No sé si esta información que me ha facilitado un turista habitual será cierta, pero al parecer, muchos de estos animalitos no verán más de una temporada turística. La isla cierra todos los años de mayo a noviembre, debido a los monzones. Los servicios de ferri se suspenden, con lo que la isla queda incomunicada del resto del mundo. Los 500 "chao náam" que la habitan deben de pasarlo bastante mal durante esos meses, alimentándose de la pesca (cuando el mar es lo suficientemente clemente para que salgan a pescar) y de sus cultivos. Obviamente, debe de ser difícil conseguir comida para alimentar a los animales domésticos… así que si el hombre no puede alimentar al perro, el perro termina alimentando al hombre. Es ley de vida.

Hablando de animales, en nuestro primer día de "orientación" por la isla (salimos por la mañana y tuvimos que usar las linternas para volver al bungaló, no porque nos hubiésemos perdido o porque la isla sea demasiado grande para recorrerla andando, sino porque a cada lugar que nos parecía paradisíaco, nos parábamos a tomar fotos o a darnos un baño; sobra decir que hicimos muchas paradas), descubrimos una fauna impresionante. Cada vez que divisábamos una especie nueva, nos embargaba la emoción y lanzábamos un grito como si de un gran descubrimiento se tratara: "¡Mira, un cangrejo!" y de repente, cien cangrejos más. "¡Mira, un erizo!" y cien más. Y así fuimos contando estrellas de mar, nemos, cangrejos ermitaños, águilas, geckos (unos lagartos extrañamente ruidosos)… ah, ¡y yo insisto en haber visto un dinosaurio chiquitín! José se burla de mí, dice que si me ha dado una insolación, pero yo insisto en que ese bípedo reptil que al verme se dio a la fuga, se parecía más a un dinosaurio en miniatura que a un lagarto grande.

No solo la fauna es variada. Aquí se junta gente de todas las nacionalidades, de todos los tamaños (Mel, nos hemos acordado mucho de ti) y para todos los gustos. Alemanes, suecos, ingleses, franceses, pero sobre todo, muchos italianos y españoles (ibicencos todos, vienen aquí a descansar de la temporada). Personajes que parecen salidos de una novela de Jack Keruack, tíos con un palmo de perilla, tatuajes, piercings, una niña rubísima cogida de la mano de su mamá rasta, congregaciones de jipis acampados en la playa, a algunos hasta les sobraba la tienda de campaña. Con una guitarra, un pareo, una esterilla, una hamaca, utensilios de cocina y mucha marihuana que fumar, se han apalancado debajo de un árbol al estilo Siddhartha Gautama y ahí esperan la iluminación (o el cierre de la isla, lo que llegue antes). Por encima de sus cabezas, cuelgan bolsas de plástico llenas de los víveres que compran en la isla, para protegerlos de las ratas (sí mamá, en el paraíso también hay ratas, pero no tengas miedo porque ellas ponen mucho cuidado en no dejarse ver). Como diría la ministra Trujillo, es otro estilo de vida…

No sólo de jipis vive la isla, también está la gente guapa. Cuerpos de acero, espaldas y glúteos que harían palidecer de envidia al Apolo de Belvedere. También hay materia para el disfrute masculino (indio, no te hagas ilusiones, que aquí solo se ejercita el nervio óptico, pues detrás de cada gran sueca se esconde un gran sueco), "toplesistas" rubias que de nórdicas ya sólo les queda el pelo (al parecer, gracias al milagroso aceite de coco, es posible cambiar de raza en un proceso similar pero inverso, al de Michael Jackson).

Pues sí, toda esta gente se encuentra en Koh Lipeh. Y luego estamos nosotros. Se nos ve a la legua, parece que llevamos un cartel escrito en letras fluorescentes: "no somos de aquí y ésta es nuestra primera vez". Anteayer me armé de valor y me probé el bikini verde que mi madre me había comprado (con amor de madre) en la mismísima Costa do Bahía en Brasil y que me deja más de "tres cuartos de luna" al descubierto. "José, José, ¿me queda bien?, ¿se me ve demasiado culo?, ¿se me ve algún grano?, ¿se me ve gorda?, ¿se me ve flaca?". A José se le pone esa cara de apabullamiento típicamente masculina, que una no sabe si es producto de mis preguntas múltiples o de la visión de mis nalgas en el bikini verde, y tras unos segundos eternos, contesta: "Tú siempre estás muy guapa, pichu". Pues estoy apañada con míster diplomático.

Bueno, el bikini no me queda tan mal como temía, sobre todo si me tapo un poco con el pareo rojo, ah, mira, si hasta le queda bien ("José, coño, ¡no me hagas ni una foto más, mira que pienso borrártelas todas!"), pero lo que no se puede esconder de ninguna manera es mi tez de Blanca Nieves salpicada de moratones, rasguños y picaduras de mosquito. Llegados a este punto, he de hacer una precisión importante.

Yo no me he puesto morena, lo que se dice verdaderamente morena, desde 1986. Este dato tan insólito probablemente se deba a una conjunción de factores, como que me he pasado mis últimos diez veranos en Irlanda, que uso protección solar de factor 60 y que siempre tomo el sol a la sombra. No sé si ocho días en Koh Lipeh serán suficientes para proporcionarme ese moreno dorado y uniforme que aquí lucen los turistas veteranos (lo de la uniformidad va a ser lo más jodido, porque mirándome al escote, ya tengo más tonos que capas la atmósfera terrestre, y eso por no comentar lo de mis pies, que parece que llevo pintadas las sandalias).

Bueno, corramos un tupido velo sobre mis paranoias playeras, y volvamos al tema de Koh Lipeh. Si os he convencido para venir a esta isla, he aquí un par de recomendaciones.

La primera, contratad alojamiento antes de llegar, a menos que vengáis en Noviembre (entonces sí que os podéis hacer los amos de la isla) o que no os importe dormir bajo un árbol (la idea es bonita, pero los mosquitos no respetan a los románticos). La isla es pequeña y puede darse una situación de "overbooking" (de hecho, ahora mismo están rechazando a turistas en la terminal de los ferris). Bueno, en el peor de los casos, podéis alquilar una tienda de campaña por 100 ó 150 bahts, dependiendo del tamaño.

Segundo consejo, contratad el alojamiento por una o dos noches como máximo, ya que siempre estaréis a tiempo de alargar vuestra estancia una vez allí. Eso os permitirá explorar la isla, descubrir qué playa os gusta más, comparar precios y tipos de alojamiento, ya os digo que aquí hay para todos los gustos). Cuando tengáis localizado el sitio, os plantáis allí a las nueve de la mañana y esperáis el "check out" de los turistas que cogerán el ferri de las diez. Yo, después de nuestro día de orientación, tenía mi corazón puesto en Porn Resort (malpensados, nota de página, etc., etc.), en Sunset Beach. Tenían unos bungalós de bambú muy sencillos (400 bahts los más grandes), en primera y segunda línea de playa, calitas pequeñas y un restaurante con música reggae, que servía el mejor granizado de limón de la isla. Desgraciadamente, a más de uno le gustó el sitio y de allí no se movía nadie.

Pero como no hay mal que por bien no venga, hemos terminado en este pequeño Nirvana del Forra Resort. Es un poco más caro (700 bahts, pero nos hacen 25% de descuento por cada día que José tiene inmersión), pero esa diferencia de precio queda ampliamente compensada por lo espaciosos y preciosos que son los bungalós. ¿Os he comentado ya lo bonito que es nuestro bungaló?

Por cierto, aunque parezca imposible, ya le he sacado un par de pegas al bungaló. El horario de suministro eléctrico es distinto en esta parte de la isla: aquí tienen electricidad de las 8 a las 10 de la mañana, y de las 5 de la tarde hasta medianoche. Esto no me molesta demasiado, lo que sí me da mal rollo es que el generador eléctrico está justo detrás de nuestro bungaló y su ruido fastidia bastante por la noche (me pregunto porqué no invierten más en energía solar, sobre todo considerando que la presa que suministra electricidad a Koh Lipeh ni siquiera está en la misma isla).

Mirando al lado positivo, hemos hecho unas cuantas mejoras en nuestro bungaló. Metiendo la mesita que teníamos en la terraza dentro de la casa, usando un cojín enorme como asiento, y proyectando el ventilador hacia él, hemos improvisado un pequeño despacho para el Fede. Ana y Diego, nuestros vecinos, se han marchado ayer, legándonos su hamaca y un espejito para el baño. El Junior ya no tiene excusa para no afeitarse…

*Nota del autor: lo del nombre del resort, no hay que tomárselo literalmente. También hay un resort que se llama "Pooh" y, hombre, no será tan chulo como el Forra, pero tampoco es como para llamarlo mierda…

(Escrito por ella desde Koh Lipeh, Tailandia, 12/02/07)

Tres

A las tres he terminado de comer (un suculento plato de "glass noodles" fritos, con pescado y gambas, acompañado de un refrescante granizado de limón natural, todo ello por 100 bahts, poco menos de 2 euros y medio, y es que en las islas siempre pegan clavadas) y he vuelto muy rápidamente a mi cabañita, no sólo porque afuera hace mucho calor, sino porque quiero disfrutar al máximo de mi actual coyuntura. ¡Me he quedado sola!

No es que no aprecie la compañía de mi José, no, no es eso. Pero hay momentos en los que realmente se agradece un poco de soledad e independencia. Además, aprovechando que José está metido en un barco durante la mayor parte del día (hoy es el primer día de su curso de buceo), por fin me puedo permitir echarle mano a Federico (los de siempre, por favor lean la nota a pie de página).

¡Ahora sí que puedo darle rienda suelta a mis ganas de escribir! Bueno, hasta que lo permita la batería, ya que en Koh Lipeh el suministro de electricidad está restringido. Por lo general, tenemos luz desde las 6 de la tarde hasta las 6 de la madrugada.

Durante estos días de soledad intercalados (José tiene programadas dos inmersiones diarias durante tres días, día sí, día no; los dos días restantes, deberá dedicarlos al estudio, para sacarse la certificación del PADI), aprovecharé para poner al día mi diario de viaje.

Y es que en estas tres semanas, hemos estado muy ajetreados y era difícil encontrar el tiempo y la energía necesarios para escribir los textos del blog (por no hablar de traducirlos al inglés, que tengo con José una lucha constante por poner al día las traducciones, a ver si en Bangkok ya estamos listos para publicar nuestro "spanglish" blog).

En tres semanas, hemos manejado tres divisas (dólar singapurense, ringgit y baht), añadido tres nuevos sellos a nuestros pasaportes (Singapur, Malasia y Tailandia), visitado los tres enclaves de la ruta de las especias (los estrechos de Singapur, Melaka y Penang), descansado en tres islas (Penang, Langkawi y Koh Lipeh). A esto hay que añadir nuestra breve estancia en Kuala Lumpur y excursión a la jungla de Taman Negara.

Son muchas cosas las que quedan por contar y empezaré por el final. Os hablaré primero sobre las islas, para ir luego remontándome retrospectivamente a nuestras experiencias en Taman Negara y Kuala Lumpur. Lo de Melaka, me lo saltaré porque me consta que José ya ha escrito un texto muy informativo (cuatro páginas y luego dice que yo me enrollo como una persiana) sobre el tema, así que va a ser realmente difícil que yo pueda añadirle nada. Ah, ya se me olvidaba que también tengo pendiente contaros lo del cursillo de cocina en Singapur (lo prometido es deuda), pero ese texto será muy cortito (y esto también es una promesa).

Hay faena. Pero sin prisas ni agobios, eh, que os recuerdo que estoy de vacaciones en una isla paradisíaca. Ya empezaré mañana. No es que quiera ir a darme un chapuzón ahora mismo, nooo quééé vaaa, sino es que le quedan menos de dos horas de vida a la batería y no veáis la rabia que me daría tener que dejar un texto a medias.

Pues eso, lo dicho, ¡hasta mañana amigos!

*Nota del autor para los malpensados: si pensáis que el título de este texto hace referencia a un sórdido "ménage à trois" en el que, inocente de mí, yo estuviera involucrada, volvéis a errar. Federico es el nombre con el que he bautizado a mi portátil, el Sony Vaio VGN-TX3HP. Pese a ser extremadamente pequeño y ligero, es un poco coñazo a la hora de desplazarnos (preguntadle al Junior, preguntadle). Aún así, ese inconveniente queda ampliamente compensado por la comodidad de poder descargar diariamente nuestras fotos y vídeos, llevar cuentas y escribir textos para enviar por email o publicar en el blog.

(Escrito por ella desde Koh Lipeh, Tailandia, 11/02/07)

Nirvana Style

Hoy se cumplen tres semanas desde que iniciamos nuestro viaje y, desde este preciso instante, acabo de penetrar en el paraíso. Esta mañana nos hemos mudado a este increíble bungaló. Atrás quedó la "abominable" playa de Pattaya (claramente el adjetivo es una exageración, porque comparada a playa de las Américas o a playa del Morro de Gos, la de Pattaya se merece una medalla) y el "Thai Style" bungaló del Lee Peah Resort. Por delante de nosotros, cinco días y cinco noches de puro goce (se ruega a aquéllos que hayan encontrado connotaciones eróticas a estas palabras, procedan a leer la nota del autor a pie de página) en Sunrise Beach y en el que yo he bautizado "Nirvana Style" bungaló, del Forra Resort (que no Farra, listillos).

Este bungaló se merece un texto para él solito. Me he gastado lo que me quedaba de batería tomando fotos de cada uno de sus rincones y desde todos los ángulos posibles, pero ninguna le rinde justicia.

Es un bungaló tradicional, construido al estilo de las casas del sudeste asiático. La casa está elevada, descansando sobre una estructura de doce pilares (para que los Astures me entiendan mejor, esto se parece mucho a un hórreo). El principal motivo para este tipo de construcciones es el de protección contra posibles inundaciones (aunque de poco serviría esta medida en caso de Tsunami y toco madera, porque la isla de Koh Lipeh no queda protegida por el escudo geográfico de Indonesia). La elevación ofrece ventajas adicionales, como la ventilación, ya que el aire circula por debajo de la vivienda, y en este caso concreto, las vistas al mar.

Se accede a la casa por una escalera de bambú. La primera estancia es la terraza. Esto también corresponde al estilo tradicional asiático: la terraza sirve para recibir visitas y es también una sala de estar al aire libre, donde las mujeres se pasan el día tejiendo y vigilando a la prole.

Desde la terraza pasamos a la habitación, de techo alto, con cuatro ventanas y dos puertas. El mobiliario es sencillo: un banquillo de bambú, una barra del mismo material con perchas (una comodidad nada común aquí y de la que nos hemos alegrado mucho), dos camas dobles superpuestas. La de abajo tiene mosquitera, mientras que la de arriba (desde la que os escribo) goza de mejores vistas y más aire. La segunda puerta da al baño, un anexo trasero en la planta baja.

El baño no tiene techo y en él hay otra barra de bambú y una cuerda, que se pueden usar para tender la ropa. Lo malo de esa falta de techo es que puede permitirle a algún aprovechado el colarse fácilmente en la casa mientras estamos fuera. La semana pasada se dio un robo, el primero en años (qué mala suerte para los pobres turistas que se quedaron sin tarjetas de crédito ni pasaporte) por lo que nos han recomendado que cerremos bien todas las puertas y ventanas antes de salir (estando yo aquí tumbada, vino un señor esta mañana a instalar pestillos).

Dejando al margen posibles cacos y catástrofes naturales, este lugar es perfecto. Y lo que más me gusta del bungaló, que todavía no he comentado pero que seguramente habréis intuido, es que está enteramente construido con materiales orgánicos: bambú y hojas de palmera. Una auténtica cabaña a lo Robinsón Crusoe.

Esta casa está viva. Respira. El aire entra por todos sus poros. No solo por las ventanas y puertas, que están abiertas a los cuatro puntos cardinales, sino también por el techo, las paredes, el suelo. Un paradigma de Feng Shui.

La verdad, si no fuese porque el hambre aprieta, me quedaría aquí toda la tarde. Mejor voy a comer algo, que pronto van a dar las dos. Eso sí, antes de irme, voy a tirarme media hora cerrando pestillos…

*Nota del autor para los malpensados: Junior está más rojo que una langosta, se queja de quemaduras en la espalda y en las rodillas, tiene un corte en la planta del pie y encima, esta noche volverá agotado de su primer día de inmersión. El que aún crea que mi goce está en el roce, que venga y lo vea.

(Escrito por ella desde Koh Lipeh, Tailandia, 11/02/07)

Poniéndome al día (III): Kuala Lumpur

De KL (como la llaman abreviadamente los lugareños) no estábamos muy seguros de qué podíamos esperar. Singapur había dejado el listón muy alto como ciudad, superando a muchas occidentales, aunque cuando miro los países que nos quedan por recorrer se confirma mi impresión de que este viaje no es sólo en círculos, abarcando un continente, sino también en línea temporal inversa, desde el siglo XXI vamos a ir retrocediendo en el tiempo: las carreteras serán senderos; los autobuses, camiones; los cuartos de baño, agujeros en el suelo; las hormigas en la habitación se convertirán en cucarachas; la suciedad en las calles crecerá conforme cambiemos de países. Ante nuestros ojos se abrirá la bella y atrasada, la salvaje y exótica, la verdadera y milenaria Asia, y será mucho antes de llegar a India y China.
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De Malacca salimos desde su moderna estación de autobuses para líneas de largo recorrido, y ni en función de sus servicios ni de su arquitectura tiene nada que envidiar a ninguna europea. Se diferencia, eso sí, en que tiene una zona de oración específica para musulmanes, no multiconfesional. Con la compañía "Transnational" pagamos 19,50 RM por nuestros dos billetes. El autobús, moderno y con aire acondicionado que funcionaba, iba lleno al 80% principalmente con viajeros de etnia china. Tenía un curioso sistema de altavoces en el que era imposible que los delanteros y los laterales funcionaran al mismo tiempo: se turnaban para emitir música.
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Desconozco dónde se habría sacado el carnet el conductor, pero estoy convencido de que las lecciones prácticas las hizo con Dublín Bus, a juzgar por su forma de frenar. Afortunadamente, los asientos (de los que sólo había tres en cada fila, uno individual al lado izquierdo, a continuación el pasillo y después, los otros dos) eran cómodos y perfectamente reclinables, con lo que las dos horas de viaje no fueron nada molestas.
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Cuando llegamos a KL, el autobús no nos deja en la estación sino que se detiene en plena Jalan Puduraya, unos metros antes de la rampa de bajada a los andenes subterráneos, y ésa parece ser una práctica común en otras empresas, y luego, vacío ya, baja a la estación. Nos rodea un caos de vehículos y ruido, mucho ruido. Esquivando a docenas de taxistas que nos ofrecen sus servicios, buscamos respiro en la acera para consultar nuestro destino. Según habíamos visto en la Lonely, el Hostal "Pudu" estaba justo frente a la estación y era barato y bueno. Nos asaltan dos jóvenes que nos ofrecen alojamiento, cada uno en un sitio distinto y uno de ellos en el que estábamos decididos a probar suerte. Isa y yo hablamos en español sopesando ambas opciones, mientras ellos charlan sonriendo y luego descubro porqué. Nos atenemos a nuestra decisión original y uno de ellos nos acompaña, mientras el otro nos dice que si no nos gusta el Pudu nos vayamos luego al suyo, como segunda opción, que está allí al lado (al día siguiente pasamos por delante y resulta que "allí al lado" son diez minutos de paseo y el estado de la fachada es pésimo).
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Nuestra primera impresión de la ciudad, alrededor de nuestro hostal, en Puduraya, en Masjid Jamek, Dataran Merdaka, es que esta ciudad es un "quiero y no puedo". Parece que intenta huir de los estigmas de una urbe asiática sin perder su espíritu mientras se moderniza, pero aún se parece más a lo que uno se imagina como es Delhi o Calcuta que lo que ha visto en Singapur. Tal vez sea que hemos llegado demasiado pronto. Nos cuesta encontrar motivos que fotografiar, estamos cerca de Chinatown y rodeados de calles de hindúes, tal vez sea por eso. Salimos del paso con perspectivas de monorraíles y rascacielos. Veremos en la zona de las Petronas. Aquí nos quedamos con calles sucias, gente fumando, polución y ruido, mucho ruido. Caos, caos, caos.
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La primera impresión del Pudu, su recepción, fue buena. Sofás amplios, gente viendo una película en una pantalla gigante, varias mesas donde se sirven desayunos, comidas y cenas, todo está limpio y recogido. Sin embargo, resulta ser un edificio práctico y sin encanto, con varios pisos de filas de habitaciones en corredores, al principio los baños y duchas. Allí tendré mi primera experiencia "light" con un baño a lo asiático, es decir, con manguera para limpiarse aunque por ser un hostal para turistas extranjeros, acostumbrados a otras comodidades y prácticas, se han instalado tazas en los baños y también hay papel (que nunca se debe tirar por el desagüe).
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Dormir se presenta como una actividad complicada por varias circunstancias. Entre el cubre colchón y el somier hay una funda de plástico con lo que prevemos chorros de sudor por la espalda, ya que además el aire acondicionado es un mini chorro testimonial justo encima de la puerta y a suficiente distancia de las dos camas como para resultar prácticamente inútil. Por lo menos tenemos ventana y estamos al lado de los baños (lo cual es también un inconveniente porque todo el que tenga una urgencia, a cualquier hora, pasará por delante de nuestra puerta, y con lo ligero que tengo yo el sueño…). Vistas las fachadas de otros sitios, esto es de lujo.
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Isa se ha adjudicado rápidamente la cama que no está al pie de la ventana, así que a mí me toca el ruido. No hay armarios y ésa parece la tónica habitual desde que hemos llegado a Asia. En Singapur había una cómoda larga con cuatro cajones. En Malacca, un cajón en un escritorio/tocador de tamaño infantil. Aquí no ha crecido aún.
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En nuestra habitación ninguno de los tres enchufes funciona. La batería del portátil tiene para ocho horas, lo que no es problema pero ¿y las cámaras?. En recepción dicen que pasa en muchas habitaciones, porque los huéspedes trastean con ellos y los estropean. Si quieren que carguemos algo, se lo llevamos y ellos lo enchufan al otro lado del mostrador.
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En Malacca la hora de Internet nos costaba 1 RM, en el mismo edificio en que nos alojamos hay un Ciber del mismo dueño en el que cuesta 3 RM la hora de Internet, por ser huéspedes (si no, serían 4). Son ya precios de capital. En recepción veo que ofrecen información sobre viajes a Taman Negara, el Parque Natural por antonomasia de Malasia (anda, ¡una rima!), así que lo discutimos y ya tenemos nuestro siguiente destino (y, además, el tiempo que le vamos a dedicar a Kuala Lumpur: la tarde del lunes en que llegamos, el martes completo, la tarde del día que volvamos de Taman Negara y la mañana siguiente: dos días y medio, que van a resultar más que suficientes).
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La mañana siguiente, martes ya, nos dedicamos al cambio de dinero (1 euro = 4.48 RM) y las compras, dos camisas de manga larga en preparación de las caminatas por una jungla que se prevé atestada de mosquitos. No encuentro nada de mi talla, la "M" me viene enana, algo llamado "L-72", también. Si los asiáticos son más bajitos y menos corpulentos es obvio que eso también se tenía que reflejar en las tallas. En la sección de lo que parece ser ropa de trabajo encuentro una camisa azul (¡cómo no!) con un "AMANO" bordado en hilo dorado sobre el bolsillo izquierdo del pecho. La talla y las instrucciones de lavado y mantenimiento están en chino. La que más me gustaba, de conductor de autobús del "Nippon Express" dejaba el puño de la camisa a la altura de mi codo. Isa encuentra una camisa que no sólo le queda bien y le favorece, sino que además hace juego con sus pantalones "de paracaidista" (yo los llamo así por la cantidad de bolsillos, tiras y cierres que tienen). Pagamos los RM 5 que nos cuesta cada camisa y con 2 eur osmenos en el bolsillo, volvemos al hostal y cambiamos de habitación, a una con cama doble que ya no da a la parte de atrás del hostal, sino a la fachada principal de la estación de autobuses de Puduraya y sobre Jalan Puduraya (Calle Puduraya). Ahora sí que vamos a saber lo que es el ruido.
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Buena noticia: aquí los enchufes sí funcionan. Aparentemente, ningún inquilino ha trasteado con la toma de tierra de los enchufes para meter una clavija de 2 puntas redondas europea en un tres puntas rectangulares y verticales malayo. El portátil ("Federico") y las cámaras baten palmas de alegría.
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Pasamos la tarde buscando las Petronas. Dado que son enormes y se ven desde casi cualquier parte de KL parece una tarea fácil. Sin embargo, no es así. En cualquier parte la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta, pero aquí han decidido que eso es demasiado fácil, así que resulta prácticamente imposible llegar a un punto que tienes justo enfrente (como es el caso, de camino a las Petronas, de la altísima torre de televisión). O bien hay un paso elevado, o una carretera que no se puede cruzar, o está cerrado el acceso a peatones, o el tren pasa justo delante… el caso es que en Kuala Lumpur la única manera de llegar a un sitio es dando un rodeo.
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Nos acercamos al distrito financiero y la perspectiva cambia. Rascacielos en construcción, gente mejor vestida, incluso el tráfico parece más ordenado. Vemos la parte superior de las Petronas y, obviamente, descubrimos que tenemos que dar un rodeo para llegar a ellas. La tarde se ha ido disolviendo lentamente y, para cuando llegamos a una distancia que nos permite fotografiarlas en toda su magnitud, ya las envuelve el manto de la noche. Pero ellas refulgen como adornadas con diamantes. La vista es espectacular.
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Enfrente de las torres, ubicadas en el KLCC (Kuala Lumpur Convention Centre) se ha construido un bonito parque y, bajo ellas, como no podía ser menos en un país que se precia de su rápido avance tecnológico y crecimiento económico, un gran centro comercial, aunque la mitad de sus seis plantas son subterráneas para no quitarle protagonismo a las torres. Esto ya no parece subdesarrollo y polución, las vistas desde el parque son edificios modernos y rascacielos por todos lados, como en un pequeño Central Park.
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Descubrimos un lago con una cortina de agua que cae desde una elevación y que se puede pasar por detrás de la misma. Lo hago. Descubrimos también que eso no está permitido en cuanto oímos el fastidioso silbato de un guardia. Nos dirigimos hacia él para excusarnos ("que no me corten la mano, que no me corten la mano") y nos despide con gesto de pocos amigos y un explícito "Go! Go! Go!".

Nos queda pendiente subir a las Petronas o, más precisamente, a esa característica arquitectónica suya que es el "Skybridge", el pasillo que une ambas torres a una altura de 170 m sobre el suelo (bastante lejos de los casi 452 m de altura de cada torre), en los pisos 41 y 42 (como los autobuses de dos pisos, este puente también lo es). Eso será cuando volvamos de Taman Negara, pero me tomo la licencia de contarlo ahora, pues para eso soy yo el que decide cuando hablo de qué ¿verdad?

La visita es gratuita pero se dan un número limitado de pases al día, 1200, así que es conveniente llegar temprano, a eso de las ocho y media, para que el grupo que te corresponda no sea uno demasiado tardío (aunque con el centro comercial al lado seguro que se os ocurre como entretener la espera). Como allí mismo hay una estación de tren LRT, nosotros caminamos los 10 minutos que separaban el hostal de la más cercana y nos fuimos cómodamente hasta allí. Cuando llegamos ya había unas doscientas personas haciendo cola ante la aún cerrada oficina y varios centenares más fueron llegando. Europeos blancos, hindúes, chinos, japoneses, malayos… un crisol de razas provisto de paciencia para esperar a conseguir su ticket.

Eva, hemos visto a tu hermana gemela en esa cola. Obviamente es hindú, algo más bajita que tú pero con los mismos ojazos enormes y el pelo también negro como ala de cuervo (y antes de que Isa me de una colleja, con algo más de pecho… ¡ay!).
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A nosotros nos tocó en el grupo de las 09.30, y nos dieron un pase de color rojo para identificarnos. Con el ticket accedimos a una pequeña sala de exposiciones en la que se mostraban datos y cifras sobre la construcción de los edificios (como que la planta de los mismos representa los cinco pilares del Islam) y un curioso sensor que medía tu estatura y decía cuántas veces equivalían las torres a la misma (hay 263 veces mi altura y 281 Isas, me recuerda ella). Después, para crear más expectación, te llaman… para que pases a una sala en la que se proyecta un documental sobre cómo se fueron construyendo. Cuando por fin llega la hora, unas 16 personas nos apelotonamos en un ascensor que tarda 41 segundos en llevarnos al piso 41, ¿adivináis a qué velocidad íbamos?
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El Skybridge tiene básicamente tres usos:

  • En caso de emergencia en una de las torres, para ayudar a la evacuación a la otra torre
  • Como atajo si se necesita ir a la otra torre, para no bajar 88 pisos, ir a otro ascensor y subir otra vez…
  • Para enseñar a los turistas lo moderna que se ve Kuala Lumpur desde lo alto, sin contaminación, caos, ni ruido.


Como ya he comentado antes, hay un número limitado de visitas diarias así que podéis permanecer en el Skybridge unos 10 minutos haciendo fotografías antes de que los guías introduzcan al siguiente grupo. Aprovechadlos.

Antes de que se me olvide, ¿sabéis porqué sonreían y se llevaban tan bien los dos que nos ofrecían alojamientos distintos cuando llegamos a KL? Al segundo, del otro sitio, lo volvimos a ver…en el Pudu, con un manojo de folletos en la mano. Aparentemente ambos hostales son del mismo dueño así que, elijas lo que elijas, tu dinero siempre va al mismo bolsillo.


(Escrito por él en Koh Lipeh, Tailandia, el jueves 15 de febrero de 2007)