30 junio, 2007

No te vayas de Australia, por favor

Tres horas antes de que despegara el avión, había que presentarse en el aeropuerto, y eso que era solo un vuelo Sidney-Auckland, algo casi domestico. Luego me entere de que la ciudad neozelandesa que muchos creen su capital, era solo una escala de una hora y de que el destino final de muchos de los pasajeros era Santiago de Chile. Pero eso no lo sabia aun cuando, con apenas cuatro horas de sueño (claro, era mi ultima noche en Sídney, no iba a decirles que no a Sasha y Stefan) luchaba por levantarme de la cama para colgarme a la espalda una mochila que, según la báscula del mostrador de facturación de LAN, pesaba ya sus buenos 19,5 Kg, apenas 500 gr menos de lo estipulado por la aerolínea como peso máximo. Y eso que no contenía el cargador del móvil que iba a quedarse en Sídney, con su enchufe de tres tomas irlandesas - incompatible con las tres tomas australianas-, mi segundo olvido del viaje (preguntadle a Isa donde se quedo su pinza del pelo, "en una cortina en Dalat" os responderá ella).

"¿Tiene usted billete de salida de Nueva Zelanda?" me pregunto el australiano empleado de facturación. "No", le explique, "aun no se en que fecha voy a salir de la isla ni si volare desde Wellington o Christchurch". El hombre no se tomó la respuesta como una muestra de chulería, pero me devolvió el pasaporte y, con la paciencia que da el no ser la primera vez que se encuentra con un caso similar, me explico que “…las autoridades neozelandesas no le van a pedir un visado, pero nosotros no le podemos dejar embarcar sin tener un billete de salida de la isla, porque eso es algo que ellos sí que le van a exigir". Me quedé de piedra. O sea, que tengo que coger un avión a las 11.10, son las ocho y veinte y r¿esulta que tengo que comprarme un billete de salida de Nueva Zelanda? Pero, coño, ¿como hago yo eso?. "¿En el aeropuerto hay Internet?" le pregunte yo, buscando la opción mas barata, sin darme cuenta de que los habituales kioscos que ofrecen servicio de conexión a la Red no disponen de facilidades para imprimir. "Lo que yo haría", dijo tras contestar negativamente y sin ganas de entrar en detalles, "seria irme al mostrador de reservas de Quantas, que esta a 50 metros a su espalda, y comprar un billete reembolsable. Después ya podría usted con mas calma decidir en que fecha y desde donde quiere volar y así cambiar el billete".

Así que treinta minutos después volvía a estar delante del mismo empleado, pero esta vez me presentaba con dos billetes de avión. Uno, el original, de Sídney a Auckland con LAN Chile y en el bolsillo un billete de Quantas, de Auckland a Sídney para el 18/06/07 que me había costado 633 AUD, con una inmisericorde penalización de 55 AUD si decidía cancelar (¡cómo no!, en cuanto tenga en mis manos uno más barato) mi vuelo. Sin duda, el billete no intercontinental más caro que he comprado nunca.

Por lo menos conseguí embarcar conforme a lo inicialmente previsto y aterricé en Auckland a las cuatro y cuarto de la tarde, hora local (o sea que ahora me encuentro a diez horas de diferencia con España y once con Irlanda...y a pocos kilómetros de la Línea Internacional de Cambio de Fecha que, toco madera, no me toca cruzar en este viaje).


¿Cual es la capital de Nueva Zelanda? Vamos, vamos, ¿donde están esos conocimientos de Geografía aprendidos con tanto esfuerzo en la E.G.B.? Os daré una pista, esta en la Isla Norte. Los segundos pasan y el público murmura posibles respuestas. El gong suena y es el momento de responder. Para los que habéis contestado Queenstown, Christchurch o New Zealand Capital, un suspenso y castigados a buscarlo en la wikipedia. Y también para los que habéis dicho Auckland porque en realidad la respuesta correcta es...Wellington. Aparentemente el error es bastante común por mucho que les pese a los Wellingtonianos (ocurre lo mismo con Australia, ¿cual es su capital? Sídney? Como que Sídney? Si es que...). Por cierto que Auckland parece una reproducción a pequeña escala de Sídney pero con muchísimo menos encanto: las dos ciudades cuentan con un puente sobre la correspondiente bahía (desde el que se puede hacer bungee jumping), con una torre de telecomunicaciones (que funciona también como visitable atracción turística), con vocación marítima, con puertos comerciales y deportivos...aunque solo una de ellas tiene un teatro de la Opera mundialmente reconocido y reconocible.

Por cierto, he recorrido 12000 millas desde Dublín para descubrir que no me he movido del sitio: la Isla Norte es como Irlanda, con sus verdes praderas, sus vacas rumiando, sus hermosos paisajes costeros... (un momento, en realidad ¡estoy en Asturias! ¿dónde está la fabada y la sidra?). Nueva Zelanda, como Irlanda tiene algo mas de cuatro millones de habitantes, y aproximadamente el veinticinco por ciento de la población se concentra en una zona determinada, Dublín en el caso del país de la Guinness y Auckland en el del país de las ovejas y el vino (hay casi 40.000.000 de esos peludos animales, casi diez por cada habitante, y unos 500 empresas vitivinícolas en un país apenas mayor que el Reino Unido. Después de este modesto despliegue de cifras que demuestra una vez más mi habilidad para recordar datos curiosos (o eso o que tengo la Lonely Planet abierta al lado del bloc de notas), vayamos a la parte personal, mi experiencia en Auckland.

Todo el mundo me había dicho que a esta ciudad le dedicara dos días a lo sumo, basándose en que lo que hay que hacer en Nueva Zelanda no es ver sus ciudades sino admirar sus paisajes y realizar actividades en el exterior (no puedo traducir “outdoor activities” como actividades de puertas afuera”). Al final le dediqué tres días a mi llegada, pero uno de ellos no fue por gusto sino para solventar un problema de transporte o más bien de falta del mismo. El sábado y el domingo los dediqué a pasear por el puerto (bajo un frio que me ha hecho borrar de un plumazo el record de pasar cuatro meses seguidos vistiendo ropa de verano) , subir a la Sky Tower (ahí si, Linda, que lo hice a la hora adecuada), realizar una visita por las salas de los dos edificios que albergan el Museo de Arte (y constatar que el Arte Moderno o me lo explican o no lo entiendo – por eso tanto aquí como en Sídney me apunté a la visita guiada). El resto del tiempo, en mi cabeza seguía sopesando las diferentes opciones que se me ofrecían para viajar por la Isla Norte, a la espera de la llegada de Isa y con ella recorrer la Isla Sur:

a) El transporte público (autobús)
b) Alquilar un coche
c) Alquilar una auto caravana (una campervan o camper como aquí las llaman)
d) Un servicio de autobús orientado a backpackers

Mi primera opción era buscar una compañía local y alquilar un vehículo, Gracias a los buenos oficios de los chicos de la recepción del Surf´n´Snow
(la canadiense Jen, el japonés Kazu, el mexicano Carlos) me encontraron una oferta de 25 NZD por día…que no pude disfrutar por la última pregunta de la chica de la agencia, “¿tiene usted el correspondiente permiso de conducción en inglés?”. Ummm, vamos a ver, lo había renovado en el 2002…pues va a ser que no. Pues va a ser que no vamos a poder alquilarle un coche.

Como era domingo, no se podía hacer nada más que esperar hasta que el lunes abriera sus puertas la oficina de la AA (Automobile Association) y consultar allí las dos únicas soluciones posibles para solventar el inconveniente, la expedición in situ de un permiso de conducir internacional o la traducción al inglés de mi permiso español. La primera opción resultó ser inviable pues ellos sólo lo tramitaban para los poseedores de un carnet de conducir neozelandés (el hecho de que este españolito lo hubiera tramitado sin problemas hace dos años en Irlanda con ocasión de un viaje a Chile y Argentina, se explica aparentemente por la pertenencia del país de expedición, España, y del país de residencia, Irlanda, a la UE). La segunda opción, la traducción del documento del idioma de Cervantes al de Shakespeare, presentaba el inconveniente de unos costes exhorbitados, 100 NZD por una traducción en 24 horas o morirme de aburrimiento durante 4 días y esperar a una traducción más lenta que solo me costaría 46 AUD.

Como Auckland estaba agotado para mí como destino turístico y tampoco quería gastarme el equivalente a 4 días de alquiler del coche (más cuatro noches de alojamiento) decidí ponerme en manos de los chicos de Stray
para, como test, ver como funcionaba el viaje a Northlands y Bay of Islands, el Norte de la Isla Norte.

Para los que no los sepáis, existen aquí una serie de empresas de transporte que se dedican a hacer rutas por ambas islas y que incluyen actividades gratuitas o alternativas de pago, con descuento. El conductor ejerce a la vez de guía (más bien el guía-monitor ejerce de conductor), realizando paradas para que los pasajeros puedan hacer una visita o realizar una actividad. Uno puede apuntarse a una ruta que recomiendan se haga en un mínimo de 6 días y, si lo desea, permanecer en cualquier punto varios días mas, subiéndose al cabo de ese tiempo a otro autobús de la misma empresa que hace la misma ruta y así ir viajando hasta el destino. En la cantidad que se paga por una determinada ruta o pase no está incluido el alojamiento (unos 25 NZD por noche) o la comida (de cada uno depende si cocina – la opción mayoritaria - o come fuera) Es lo que los que vivimos en países anglosajones conocemos tan bien, el concepto ¨hop on, hop off¨. En Nueva Zelanda son tres las principales empresas del ramo, ¨Kiwi Experience¨,
¨Stray¨ y “Magic”.



Sentado con Jen, discutimos cada una de las tres y, dado que yo quería realizar bastantes actividades al aire libre y que ya no soy un adolescente, la mejor opción era Stray (que, por cierto, fue fundada hace unos pocos años por un ex socio de Kiwi Experience) así que me decanté por ellos, Pagué mis 180 NZD y el martes por la mañana empezaba el recorrido que partía de Auckland, a través de Paihia en Bay of Islands, en dirección a Cape Reinga (Cabo Reinga), el faro situado en el punto más septentrional de Nueva Zelanda. Se recomendaba hacer este trayecto y sus correspondientes actividades en un mínimo de 3 días pero yo lo hice en 4, dejando un día de descanso, y en vez del jueves, volvería el viernes.

Y entonces no lo sabía, pero iba a disfrutar mi bautismo como paracaidista.



Nota: Creo que no he coincidido con ningún viajero de Magic pero los que he visto de Kiwi confirmaron la opinión original, son gente entre 18 y veintipocos años en un 99,99% con una mentalidad, y no es una acusación, perfectamente acorde con esa edad. En Stray, había más gente de más de 25 años por lo menos aunque, y tampoco es una acusación, a veces las diferencias entre un grupo y otro eran bastante más que sutiles. C´est la vie!


(Escrito por el en Rotorua, Nueva Zelanda, en el best hostel ever, el Treks
, el 31 de mayo de 2007)

De bailes y museos

Cuando Sasha intenta moverse, sus brazos lo hacen espasmódicamente y sus piernas siguen un ritmo propio, independiente del tipo de música que suene en ese momento. Para el espectador casual, excepto por el hecho de que no hay temblores incontrolados de la cabeza, parecería un ataque epiléptico, pero como se mantiene tranquilamente en pie (no se sabe si con o sin esfuerzo) desaparecen las ganas de llamar a una ambulancia. O a la policía, porque en otras ocasiones lanza los puños hacia adelante y parece que amagara golpes, como si estuviera boxeando contra el resto de los bailarines. Además, el hierático gesto de su cara, que él quiere que parezca decir "la música fluye por mis venas", el resto lo podríamos interpretar como un "te voy a romper la cara, chaval".
.
Stefan, en cambio, con su gorra ladeada y sus ademanes controlados, parece un príncipe del hip hop o como quiera que llamen a esa música que empieza con un ritmo, se detiene bruscamente, vuelve a repetirlo, vuelve a detenerse y luego continua como si aquí no hubiera pasado nada.
.
Ya sabemos como bailan el ruso y el alemán, pero ¿como lo hace el español? Para los que no le hayan visto en acción, utilizando la fraseología de un bondadoso critico podríamos decir que "...intenta paliar con buena voluntad una patente ausencia de sentido del ritmo y un osado desconocimiento de las mas elementales técnicas de baile. Francamente, somos de la nada exagerada opinión de que un mapache moribundo, borracho, cojo y ciego seria un mejor remedo de Fred Astaire".
.
En fin, a estas alturas de la vida uno no puede esperar milagros danzarines. No solo una, sino dos noches salí por Sídney con estos dos chicos que, junto con otros cinco, compartían conmigo las literas de la habitación 202 del "Hostel" (creo que la mejor forma de traducirlo al español es "Albergue" - una palabra que me recuerda a montañeros barbudos rodeados por la nieve en un refugio - mas que "Hostal" - termino que me hace imaginar pequeñas habitaciones individuales, un cuarto de baño al fondo del pasillo y una señora sesenteañera viuda de un maquinista de RENFE, que cocina con dedicación maternal para los siempre demasiado delgados solteros inquilinos).
.
Eso era para que veáis que no todo lo que hice en Sydney fueron visitas a monumentos y museos: la Sydney Tower, el Museo de Arte Contemporáneo, la exposición World Press Photo 2007, la Galería de Arte de Nueva Gales del Sur, la visita guiada a la Opera House, la visita al Museo Marítimo Nacional, las visitas-paseos por el puente sobre la bahía y las continuadas incursiones por el delicioso Jardín Botánico. ¡Estoy agotado…pero encantado! Como he dicho en un post anterior, me ha gustado mucho Sídney y me gustaría volver aquí algún día.
.
Así que si vais a Sídney y pasáis por "Kings Cross", si eso es lo que os gusta, meteos tranquilamente en "The World" (sobre todo si sois estudiantes veinteañeros) o daos una vuelta por "Showgirls" (para apreciar lo que jovencitas con poca ropa son capaces de hacer con una barra vertical, del techo al suelo del escenario). De hecho allí podréis encontrar trabajando (como camareras!) a dos inquilinas a largo plazo del albergue, una escocesa y una inglesa, que pretenden prolongar su estancia en tierras australianas todo lo posible (y para eso hace falta dinero).
.
¿Más cosas sobre la que todo el mundo cree que es la capital de Australia? A título no turístico, después de unos dos años, volví a ver a Christine, que había trabajado unas semanas en Contracts & Rebates y que lo dejo para volverse a su Sídney natal. Con ella salí una tarde, que casi acaba en madrugada, y quedamos con su amiga Bernie, el novio de esta y su jefa, que estaban tomando unas copas después del trabajo. El ambiente en aquel pub del CBD (Central Business District, el distrito financiero) no era ajeno al de cualquier miércoles en Dublín, en el centro y rodeados de los trajes uniformados aunque sin corbata ya. Pasamos todos un rato muy agradable, acompañados de vinos del país y de unas estupendas pizzas, de elaboración artesanal en el local.
.
Pero mi tiempo en Sydney se acababa y el viernes a las ocho de la mañana me presentaba en el aeropuerto, dispuesto a volar a Nueva Zelanda. Y entonces descubría que no iba a poder entrar en el país, pero eso es otra historia para otro post.

.

(Escrito por el en Auckland, Nueva Zelanda, el 21 de mayo de 2007)

23 junio, 2007

Viven

Confirmado, nos quedamos en Nueva Zelanda. Es más, a este paso, nos compramos una casa en Wanaka...

Ayer cancelamos nuestro vuelo a Christchurch, pues estaba cada vez más claro que ni de milagro íbamos a llegar al aeropuerto para las 7:00 am de mañana. Las carreteras siguen cortadas y, aunque algunos tramos van siendo despejados e intermitentemente abiertos, nos han recomendado no ir a ninguna parte “durante un par de días” (esperamos que un par de días sean dos días y no una forma de hablar).

Bueno, al mal tiempo, buena cara. Para subirnos un poco la moral después de una pésima noche (los mochileros con los que compartíamos pasillo, baño y cocina optaron por subirse la moral a base de cervezas, con lo que la noche fue ruidosa y meona… y nosotros, por supuesto, en la habitación número uno, ésa que se encuentra pegada a los servicios y que no está insonorizada), decidimos ofrecernos un pequeño lujo. Dejamos el albergue de mochileros por el motelito de enfrente, tan cerquita que ahora mismo, desde donde estoy sentada, alcanzo a ver las juveniles espinillas de sus caras resacosas (juventud, juventud, divino incordio).

Por cinco euros más cada uno, estamos como reyes. Habitación con tele, nevera y cuarto de baño privado (detalle importante, porque en el hostal mochilero teníamos que salir a la calle para llegar a las duchas, cosa que por supuesto no hicimos… creo que si llegamos a quedarnos allí un día más, la dirección hubiese tenido que llamar a los bomberos por aquello del dudoso tufillo que empezaba a irradiar la habitación número uno, ya sabéis, ésa que se encuentra pegada a los servicios y que no está insonorizada). ¿Por dónde iba? Ah sí, baño privado, inmensa cocina prácticamente para nosotros solos y, lo mejor, una “sunroom” (sala con amplios ventanales en tres laterales) transformada en acogedora salita. José está ahora mismo tumbado en el sofá, junto a la estufita, mirando la tele. Como Perico por su casa.

Así que no nos vamos a quejar, peor podríamos estar. Claro que como no abran pronto las carreteras, la cosa puede ponerse fea. Hoy en el súper, vimos cómo los artículos de primera necesidad empezaban a agotarse. Se nos han acabado el pan y las cebollas. Bueno, mientras haya carne, todo va bien… pero como empiece a escasear, no sé yo qué va a pasar aquí… que yo soy muy carnívora y, según palabras textuales del Junior, tengo “la boca llena de dientes”. Creo que sospecha, dice que le miro raro, así como con deseo, la mirada ardiente, los colmillos largos y afilados…

..

PD: José está aprovechando nuestra desesperada coyuntura para “ponerse al día”, como a él gusta decir. Creo que ya lleva algo así como cinco textos escritos sobre Nueva Zelanda, con el habitual lujo de detalles. Los subirá al blog próximamente, todos juntos y de golpe. Con que estad preparados, que de repente os va a caer encima una avalancha de texto.

(Escrito por ella desde Wanaka, Nueva Zelanda, 23/06/07)

22 junio, 2007

Atrapados

Mucho cuidado, hay que tener mucho cuidado con lo que uno desea, no vaya a ser que se te cumpla el deseo y luego ¿qué? A ver con qué cara de tonto le dices al de arriba que no lo decías en serio, ¿eh?

Y tras haberos dicho la moraleja, aquí viene la historia. Llevando yo un par de semanas en Nueva Zelanda y estando ya a punto de regresar a Australia, me lamentaba por no haber visto la nieve. Me hubiese hecho tanta ilusión hacer un angelito y ¡qué bien me lo hubiese pasado tirándole bolas de nieve al Junior! Mi gozo en un pozo. Dejamos los glaciares atrás y fuimos bajando hacia el Sur en dirección a los resorts de esquí, pero de nieve ni un copo. La veíamos siempre de lejos, prístina e inalcanzable, allá en lo alto de las cimas.

Mientras yo conducía y suspiraba, José también se lamentaba. Que si el tiempo pasa volando. Que si dos semanas no bastan para ver la Isla Sur. Que si esto es una pasada de bonito y aquí habrá que volver con tiempo y en verano. Que ojalá no tuviésemos que volar a Australia desde Christchurch el 24 de junio…

Pues sí señor, aquí estamos ahora en Wanaka, un pueblo de 3700 habitantes, a dos días de perder el avión y con todas las carreteras cortadas por la nieve. ¿Quién nos mandaría a nosotros abrir ese par de bocazas?

Llegamos a Wanaka anteayer por la tarde, con cielo azul y sol esplendoroso. Aunque eso sí, hacía bastante más frío que en los glaciares de dónde veníamos. Pasado Haast, la temperatura cayó a dos grados bajo cero. Mark, un amigo mío canadiense, me cuenta que en su provincia, Manitoba, pasan larguísimos inviernos a menos treinta grados centígrados (intento imaginármelo, pero no puedo, la mera idea me deja helada).

Ayer amaneció el día cubierto y blanquecino. José, que la víspera había programado una jornada intensiva de museos (empezando por el museo de los pilotos de caza neozelandeses, de las dos guerras mundiales… ¡genial!), no podía ser más feliz con el favorable giro de circunstancias: “Mira, Isa, qué tiempo más cojonudo para ir de museos”.

Tras pelarnos de frío en los hangares del museo de los pilotos, fuimos a terminar de pelarnos de frío en los hangares del museo del transporte y del juguete. Mientras José flipaba ante el descomunal despliegue de muñecos y maquetas de la Guerra de las Galaxias (que yo ni vi por perderme en el maravilloso mundo de Barbie y su colección de accesorios), logré escaquearme y esconderme delante de la única estufa del museo, sentada entre el celador, Truman y Roosevelt (sus dos perros labradores). No sé cómo lo hizo, pero el Junior tardó menos de quince minutos en localizarme. “Sabía que te encontraría aquí” (lince, que eres un lince), “venga, Isa, ven conmigo afuera, que nos quedan por ver tres hangares llenos de coches, aviones y artillería, y de paso me haces unas fotos con los tanques” (pero ¿por qué, por qué yo?), “y por cierto, no te asustes, pero está todo nevado” (¡hip, hip, hurraaaa!).

Qué espectáculo. En cuestión de minutos, todo quedó sepultado bajo un manto de finísima nieve polvo. El mundo, como una novia, se vistió de blanco. Cielo blanco, suelo blanco, árboles blancos, casas blancas, carreteras blancas. Qué bonito. Qué romántico. Tálamo virginal, divina quietud, níveo silencio. “¡Iiiiiisa, miiiiiira, un Centurión MK ciiiiiincoooooo!” (ya voy, ya voy).

..


La felicidad me duró lo que tardé en arrancar el coche. Apenas cogimos la carretera en dirección al pueblo, me percaté de la magnitud del problema. Incluso a 20 km/h, mis ruedas patinaron descontroladas, rebeldes a las órdenes del volante. Intenté recordar lejanas teorías de autoescuela. A ver, ¿qué decía el código para situaciones de conducción sobre nieve y hielo? Una, que viene de la huerta y de la Costa del Azahar, obviamente le prestó mucha atención a aquella lección. Me pareció recordar algo acerca de reducir marchas y no pisar el freno. Pero, ¿eso cómo se hace en un coche de marchas automáticas?

Al final, pasando de teorías, hice lo que el cuerpo me pedía. Podría haber sido peor. Podría haber pisado el acelerador en lugar del freno. Vale que termináramos en la cuneta, pero podríamos habérnosla pegado contra el poste. Conste.

Afortunadamente, fuimos remolcados fuera de la cuneta y, circulando a una velocidad que oscilaba entre los 5 y 10 km/h, logramos llegar sanos y salvos al hostal. En cuanto a lo de conducir hasta Christchurch (a más de seis horas de Wanaka en tiempo soleado), subiendo por un puerto de montaña, con la carretera helada, por la noche y sin cadenas, creo que va a ser que no.

A José le daba pena despedirse de Nueva Zelanda, pues que por mí no sea. Yo, si hace falta, espero aquí a la primavera.

PD: por cierto, con tanto jaleo, todavía no he hecho el angelito en la nieve. Pero eso sí, estoy rifando una bola de nieve y me sé de uno que tiene todos los números…

(Escrito por ella desde Wanaka, Nueva Zelanda, 22/06/07)