02 octubre, 2007

Juan Pablo

Tu espíritu es fuerte como el roble, dulce como la caña, perenne como la yuca cuya tierra te vio nacer. Así eres tú para mí, Juan Pablo.

Te quiero. Sin embargo, este texto no te está dedicado. Lo escribo para aquéllos que, como yo, lo necesitamos. Para los que nos ahogamos en un vaso de agua, para los que nos rendimos ante obstáculos imaginarios, para los que vivimos anclados en el recuerdo, aferrados a lo perdido. Para los que no estamos a tu altura, permíteme que cuente tu historia.

Hace tres años, Juan Pablo se lanzó de cabeza al abismo. Lo recibió un banco de arena. Un dolor mudo, un grito silenciado por el mar. Escuchó su pensamiento, la voz de una voluntad no correspondida por su cuerpo. “Rápido. Vuelve a la superficie. ¡Nada!”. Nada. Miró sus manos y vio que ya no eran suyas. Sus brazos, como algas, flotaban inertes ante su mirada aún incrédula, pronto consciente. “Me muero. Ahora. Ahogado”.

Se equivocaba. Otro hombre saltó al agua, uno de los “gringazos” invitados a la boda de su hermana. Tres segundos más tarde y no le hubiese salvado la vida.

Al principio, no podía respirar por sí mismo, no podía hablar, no podía mover ningún miembro de su cuerpo por debajo de sus rotas cervicales. Tres meses en cuidados intensivos, tres paros cardíacos y tres resucitaciones más tarde, Juan Pablo comenzó su nueva vida.

Su rehabilitación fue progresiva. Empezó primero en un centro sanitario de Bogotá, continuando luego en otro, mejor equipado, de Míchigan. Recuperó el movimiento de sus brazos, así como parcialmente su sensibilidad. Pero lo más asombroso de su recuperación, fue su motivación para seguir adelante, sus ganas de vivir. Subrayo la palabra “vivir”, para que no la confundamos con su hermana menor, que es “sobrevivir”. Porque Juan Pablo no es un superviviente, sino un vividor.

Nada más salir de los cuidados intensivos del hospital, se puso a escribir el guión de una comedia. Sobre el sistema sanitario y geriátrico colombianos. Con la ayuda de sus antiguos compañeros de trabajo (Juan Pablo, en su vida anterior, había sido publicista), consiguió producirla para la pequeña pantalla. No tuvo mucho éxito, pero eso no le importó. A estas alturas, ya habréis comprendido que Juan Pablo no es uno que se desanime fácilmente.

Tras una operación de médula y nueve meses de rehabilitación en Míchigan, emprendió nuevos proyectos.

Primero, su peregrinaje de agradecimiento. Cual odisea de Ulises, cruzó los Estados Unidos para estrechar la mano de su benefactor, en California, y regalarle una botella de buen whisky. “Porque eso es lo que vale mi vida”, me dijo entre risas.

Segundo, ayudar a los menos afortunados que no pueden costearse tratamientos adecuados. Compró los aparatos de rehabilitación de los que se había servido en Míchigan, y los llevó a Bogotá. Hoy en día, Juan Pablo subvenciona hasta el 60% de sus tratamientos a aquellas personas menos pudientes.

Tercero, crear una empresa que transmita su visión. Las personas físicamente discapacitadas son socialmente útiles y no deben basar su subsistencia en mecanismos de caridad. Así nació “Arcángeles”.

Su fundación no sólo garantiza cuidados de calidad para la rehabilitación de personas físicamente discapacitadas, sino que también ofrece un seguimiento psicológico, asesoría jurídica y un programa de reinserción laboral. Juan Pablo trabaja en la creación y desarrollo de proyectos rentables y sostenibles, sobre todo en medios rurales, para la ocupación de estas personas. Les ofrece formación profesional, promoción en el mundo empresarial y seguimiento laboral durante los seis primeros meses de su contratación.

Arcángeles todavía no ha cumplido su primer aniversario, que ya cuenta con tres sucursales en Colombia. Juan Pablo está ahora buscando financiamiento a través de organizaciones internacionales no gubernamentales, con el que espera, a medio plazo, desarrollar su empresa más allá de sus fronteras nacionales, con una visión latinoamericana.

Amén de su intensa agenda profesional, Juan Pablo no para quieto. Estudia, viaja, juega al rugby, sale de copas, canta, se ríe e irradia una tremenda energía con su buen humor. Cuando le conocí, se encontraba en Beijing, visitando la Ciudad Prohibida. Aprovechaba su viaje a China como representante de la delegación paraolímpica de Colombia, responsable de la organización y logística de los Juegos del 2008, para hacer un poco de turismo. Dos días más tarde se marchaba a Hong Kong y, cuatro después, a Japón, donde le habían otorgado una beca de dos meses para el estudio de la aplicación terapéutica del deporte a la rehabilitación de las personas discapacitadas. Allí se encuentra ahora.

Juan Pablo, gracias por tu encantadora compañía, por tu invitación a comer, y por compartir tu historia conmigo. También te doy las gracias por escucharme. Y por enseñarme, sin atisbo de condescendencia, una lección de vida que no olvidaré.

“Isabel, no dejes que nada te agobie y disfruta de cada momento. Uno tiene que saber vivir con lo que tiene y, a mí, esto* es lo que me ha tocado”.

Juan Pablo, en el Templo del Cielo, con 27 años y un prometedor futuro por delante. Su silla de ruedas le llevará tan lejos como él quiera.


*Nota 1: Con “esto”, creo que se refería a una inteligencia y un corazón infinitos.

Nota 2: Para saber más sobre la fundación, lee los siguientes artículos:
http://www.discapacidadcolombia.com/modules.php?name=News&file=article&sid=1622
http://www.lesionmedular.org/forum/viewtopic.php?p=10097
http://www.ladiscapacidad.com/colombiaaccesible/una_excelente_experiencia_de_integracion_laboral.html

(Escrito por ella desde Wuhan, provincia de Hubei, China, 30/09/07)



La Gran Muralla

Beijing puede visitarse, o por lo menos sus principales atracciones, en cuatro o cinco días. Vueltecilla por la inmensa plaza de Tiananmén (veinte minutos a paso marcial), seguido por una visita guiada al Palacio Imperial de la Ciudad Prohibida (un par de horas); visitas al Templo del Cielo (una hora para pasear por el parque), al Templo del Lama (media hora, más el tiempo de llegar hasta allí en metro) y al Palacio del Verano (un día completo y cuidadito con llegar a media tarde, que el parque es grande y el palacio cierra sus puertas a las cinco); un par de cervezas en la terracita de un café a orillas del lago Beihai, preferentemente de noche (tiempo ilimitado).

Facultativa, la visita al Mausoleo de Mao (cuando yo fui estaba cerrado por obras, pero hubiese pasado de todos modos). Obligatoria, la excursión a la Gran Muralla (uno o dos días, según cómo os planteéis la visita).
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Para llegar hasta la Gran Muralla, la diversidad de ofertas es amplia. Está bien comparar precios, pero no os lancéis a por el tour más barato. De 170 yuanes para abajo, podéis empezar a sospechar que hay gato encerrado. Algunos turistas me comentaron que su tour incluía varias paradas en establecimientos comerciales para la compra de jade, joyas, artesanía, productos medicinales, etc. No recomendable. El precio “normal” de una excursión, incluido el precio de las entradas, debería de rondar los 250 yuanes.

Uno de los tours más concurridos es el que lleva a la sección de Badaling, donde por lo visto se consiguen las panorámicas más serpenteantes de la muralla. Eso sí, no os esperéis a estar solos. El tramo de Badaling probablemente sea el más frecuentado de la muralla, no sólo por las hordas de turistas, sino también por los vendedores de refrescos, comida, postales, camisetas y demás suvenires. Sin embargo, la opción puede ser interesante en invierno, cuando Beijing recibe menos visitantes y la muralla se viste de un manto de nieve.

Otro tour muy popular es el que ofrece la posibilidad de hacer senderismo desde Jinshanling hasta Simatai, una caminata de aproximadamente cuatro horas. Junior, que se pegó la paliza, os lo podrá contar con lujo de detalles.

También es posible ir a la muralla por cuenta propia. No os saldrá mucho más barato (incluso puede que os salga más caro que el tour: yo fui en la agradable compañía de una parejita de franceses que conocí en el hostal y, dividiendo los gastos entre tres, la excursión me costó 266 yuanes, todo incluido), pero ganaréis en cuanto a libertad, sensación de aventura y personalización de la experiencia.

....................................................................................................................................Timothée y Marie Victoire

Para llegar hasta allí, fuimos en metro a la estación de autobuses Dongzhimén y allí cogimos el autobús que llevaba a Chengdé (ya no recuerdo el número del autobús), indicando al conductor que queríamos apearnos en Simatai. Llegados a nuestra parada, nos esperaba allí una furgoneta para llevarnos a la muralla (ahí fue donde se encareció nuestra pequeña aventura, pues pagamos 70 yuanes por cabeza sin negociar: fallo de novatos).

La señora conductora (que, por cierto, estaba hecha una “Fitipaldi” del adelantamiento temerario) nos dijo repetidamente: “no sleepo, no sleepo” (los chinos no consiguen pronunciar las palabras que se terminan en consonante oclusiva, así que dicen “sleepo” para dormir y “cheapo” para barato, me hacen un montón de gracia), indicándonos que estaba prohibido acampar en la muralla. Nosotros venga a decirle que no, que no pensábamos pasar la noche en la muralla, y ella venga a reiterar que “no sleepo”. No sé qué le haría sospechar que íbamos con intención de dormir en la muralla. Tal vez fuesen los sacos de dormir, tal vez la esterilla que Timothée llevaba atada a su mochila, o puede que nos delatase nuestra llegada a la hora de cierre (sí, otro fallo de pardillos, y es que salimos de Beijing después de comer, tras habernos pasado la mañana calibrando las probabilidades de un chaparrón sobre la muralla).


Efectivamente, íbamos con intención de pasar la noche de centinelas en una de las torres de guardia (conste que estábamos dispuestos a hacerlo desinteresadamente, por el bien de nuestros amigos de la República Popular China, que nunca son demasiadas las precauciones contra los temibles mongoles y la penetración de sus peligrosas ideas democráticas), pero al final tuvimos que conformarnos con hacer “sleepo” en un acogedor hostalito familiar, a pocos metros de la entrada.

Eso sí, a las seis de la mañana, ya estábamos en pie de guerra, ¡llegamos a la entrada incluso antes que los taquilleros! Afortunadamente, el guardián nos dejó pasar a cambio de 40 yuanes por cabeza (el precio estándar de la entrada, sin soborno ni prevaricación).
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Los vendedores y grupos de turistas no aparecieron hasta las diez de la mañana, así que tuvimos la muralla para nosotros solos durante cosa de cuatro horas. De haber tenido un cielo despejado y un amanecer de postal, hubiese sido el colmo de la suerte. Por supuesto, eso sólo les pasa a los fotógrafos del “National Geographic”. Nosotros tuvimos una niebla tan espesa que la muralla se perdía en ella a menos de cien metros de distancia. Lástima de fotos, pero podría haber sido peor. Gracias a Dios que no se nos puso a llover, que entonces seguro que nos hubiésemos descalabrado en una de esas bajadas súper deslizantes y escarpadas.

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Fuimos caminando sin prisa y haciendo muchas pausas (o sea, a mi ritmo, que una ya tiene 36 años y le falta entrenamiento para tantos trotes), así que sólo llegamos hasta la torre número doce. La verdad es que todas nos resultaban un poco iguales, con lo que llegados hasta allí, nos pareció que ya teníamos suficientes fotos como para hacernos un calendario y decidimos dar media vuelta.
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Otra posibilidad atractiva, probablemente la más económica, consiste en llegar a la muralla por Huanghuá (traducido como la “fortaleza de la flor amarilla”). Este tramo no restaurado de la muralla, se encuentra a tan sólo 60 kilómetros al norte de Beijing. El autobús (número 961) sale de la misma estación de Dongzhimén y, por 8 yuanes, os dejará cerca de la muralla en un par de horas (de acuerdo con la información del Lonely Planet). El último autobús de vuelta a Beijing sale de Huanghuá a las 2:30 de la tarde, con lo que os conviene, por si acaso, ir bien equipados de agua, comida y saco de dormir (ojo, porque el gobierno está empezando a poner controles contra la libre acampada, así que puede que os salga al encuentro un oficial con reluctancias a vuestro derecho de “sleepo”).

Según un viajero australiano que me crucé en Güillín, hace un año se podía acceder gratuitamente a la muralla a través de una escalerilla rústica, fabricada con ramas por los campesinos de la zona. Es posible que algún Lazarillo os pida que aflojéis un precio simbólico de peaje (mi guía comenta que te piden 1 yuan, o sea, 10 céntimos de euro, por los que, en esto estaremos todos de acuerdo, no vale la pena ponerse a malas con el paisano).

Con la debida autorización oficial, nada os impide pasar unos cuantos días y noches en la muralla. Me sé de dos que llevan ya tres años en ella, recorriéndola de punta a punta (total, unos 3000 kilómetros de nada). Podéis echarle un vistazo a su página web.

Desde luego, los hay que no saben cómo matar el tiempo…


Nota: por cierto, eso de que la Gran Muralla China se puede observar desde el espacio, sin material telescópico, es un gran mito propagandístico. Fue desmentido por Yang Liwei, el primer astronauta chino, en el año 2003 (el Juni, que no es astronauta, pero que se pasa la vida en la luna, también os lo podrá confirmar).

(Escrito por ella desde Wuhan, provincia de Hubei, China, 30/09/07)

La Gran Muralla (versión masculina)

´´Aquél que no ha escalado la Gran Muralla no es un hombre´´.
Mao Zedong


Tras un milenio de abandono y pillaje, los restos de la Gran Muralla se reducen a una fracción de lo que en otros tiempos fue una enorme, pero permeable, barrera que pretendía poner freno a las constantes invasiones de las tribus mongolas. Hoy es un tributo a la férrea voluntad de los emperadores que la construyeron, mantuvieron y ampliaron y a los centenares de miles de esclavos que dieron su esfuerzo, sudor y vida, trabajando bajo el sol más abrasador y el frío más mordiente. Actualmente, hay tramos en mejor o peor estado de conservación aún visibles o visitables desde Jiayuguan (Gansu) a Badaling, a sólo 70 km al noroeste de Beijing. Periódicamente, mediante la revisión de antiguos textos o el uso de modernas técnicas, como las imágenes obtenidas por satélites, los arqueólogos descubren nuevos tramos que habían permanecido sepultados bajo la arena, cubiertos por la vegetación o, simplemente, olvidados. El Gobierno Comunista ha ''restaurado'' (es decir, sustituido materiales viejos por nuevos) importantes tramos de la Gran Muralla, adecuándolos al enorme flujo de visitantes que soporta casi impertérrita esta colosal obra de manufactura humana. Tramos tan lisos como una autopista, y con tanto tráfico (humano en este caso) son los preferidos de las multitudes y, por ende, de los insistentes vendedores de bebida, postales y recuerdos. Para intentar proteger el ecosistema que la rodea, esta prohibido fumar y encender fuego. Por si alguien lo dudaba, el olor a cigarrillo nuncá esta ausente en ningún tramo.

Para visitar esta maravilla, Patrimonio de la Humanidad, decidí formar
parte de un pequeño tour (una veintena de turistas no chinos en un minibús) semi independiente. Es decir, los de la agencia se encargan de llevarte al sitio, te dan unas instrucciones y/o explicaciones y luego tú te haces el recorrido por tu cuenta, limitándote a llegar a la hora acordada al sitio en que te recogerá el autobús para ir de vuelta a Beijing. Contratado a través de un hostal, 150 yuanes incluían el transporte hasta un punto a unos 140 km al norte de la capital, un guía de habla inglesa, y una comida al final del recorrido. No se incluyen las entradas para las dos secciones que visitaremos en Simatai (una ''reconstruida'' y la otra original, un precio total de 90 CNY) ni para un puente colgante (5 CNY) que salva un río al final de nuestro recorrido.La zona a la que nos dirigíamos es mucho menos popular que la masificada Badaling, pero también más cansada y agotadora, y consta de dos tramos , uno parcialmente restaurado y el otro casi completamente respetado en su paulatino decaimiento, y son Jinshanling y Simatai.






Una peculiaridad que me encuentro al principio de la ruta, es este tramo en el que, dentro de la muralla, hay murallas perpendiculares interiores. Su finalidad es ofrecer un refugio a los defensores en el caso de que los atacantes hubieran conseguido acceder a la parte superior de la muralla. Como podéis observar en la fotografía adjunta, hay aspilleras para el lanzamiento de proyectiles y el disparo de armas de fuego. Como nota adicional, se encuentran cuesta arriba, para dificultar aun más el ataque.






A las siete empiezan a recoger gente de sus distintos hoteles y hostales, pero a mí, esperando cerca de casa de Stefi, a las puertas del Sheraton, no me llega el turno hasta las ocho de la mañana. Y no será hasta casi mediodía, con un cielo sin nubes y un sol digno de Sevilla en agosto, que empecemos a caminar. A los pocos minutos se presenta la opción de subir un tramo en teleférico para acortar la distancia y algunos deciden tomarlo (ma
riquitas, deberían haberse ido a Badaling).


Para los que queremos disfrutar de la experiencia como mandan los cánones (no sé quién los habrá e
scrito pero, ¡menudo sádico!), tenemos por delante cuatro horas de pronunciadas subidas y escasas pero empinadas bajadas que, combinadas con una temperatura que ronda los 35 grados centígrados, provocan un constante flujo de sudor en mi espalda. En casi cada recodo del camino alguien ofrece agua (a 4 yuanes la botella de 600 ml, el doble del precio en la Plaza de Tiananmen), coca cola, cerveza, gorras y camisetas. Y postales, claro.






En una parada del autobús, me había aprovisionado de una botella de 1,5 l de agua y galletas de chocolate para reponer energías durante la caminata, aunque ya en los primeros tramos me desaparece el apetito. Cuando leáis que ''la Gran Muralla sube y baja montañas'' no os podéis imaginar lo que eso significa. Tenéis que venir aquí para verlo, entenderlo y sufrirlo. En estas escarpadas cordilleras no hay un tramo recto, ya sea cuesta abajo o cuesta arriba, el camino no se nivela horizontalmente ni por un par de metros. Excepto, claro está, cuando llegamos a las torres que, a tramos regulares, son el único refugio que ofrece sombra y una agradecida pausa. Y donde os esperan los vendedores de bebidas, recuerdos y postales.









Durante cuatro interminables horas, todo lo que veo delante de mí es...más muralla, más camino, más recorrido por hacer. A veces lo que tengo enfrente parece una pared, pero no lo es, sólo es otro de esos tramos cuesta arriba, con unos casi verticales
70 grados de inclinación, que algunos no pueden salvar sin utilizar ocasionalmente las manos. Hay 16 torres en el recorrido y a partir de la número 12, el ascenso es, cuanto menos, precario.














Por fin, el tramo final del recorrido. A la derecha y abajo, el puente colgante que salva un río (la
muralla ha perdido ese tramo), otra subida pronunciada y a la derecha, la bajada al restaurante y el aparcamiento.










La botella de agua ha llegado vacía y por primera vez desde que llegamos a Simatai, he de ir al baño. El litro y medio lo he sudado por el camino, pero ha merecido la pena porque los paisajes han sido espectaculares. Es como cabalgar por el borde de las montañas, casi tocando las nubes.. .


Nota: El año pasado, Mongolia celebraba el 800 aniversario del Gran Estado Mongol, aquel que se extendía desde China hasta Europa. Como la venganza es un plato que se sirve frío, los chinos esperaron varios siglos pero finalmente les despojaron de una parte de su territorio que hoy conforma la provincia china de Mongolia Interior. Allí han aplicado un genocidio cultural similar al que llevan a cabo en el Tíbet desde los años 50, con el agravante de que es una zona menos conocida y menos visitada por los extranjeros.






Estatua de Chinggis Khan en la Plaza Sukhbaatar, Ulaan Bataar, Mongolia













(Escrito por él en Beijing, el 22 de agosto de 2007, después de llegar cansado del trekking, y corregido y ampliado en su litera del tren T22 Chengdu-Lhasa, el 3 de Octubre de 2007 - nunca es tarde...)

El Palacio de Verano

A las afueras de Beijing, en dirección noroeste, se encuentra el Palacio de Verano, enmarcado por 290 hectáreas de jardines y lago.
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El parque y su palacio fueron incendiados en 1850, a manos de las fuerzas aliadas anglo-francesas. En 1888, la emperatriz Cixi ordenó su restauración con fondos de la Marina Imperial, estableciendo allí su residencia secundaria un año más tarde.
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Los fondos de la Marina fueron usados para la reconstrucción del Palacio, en 1888, pretextando el uso del lago Kunming para fines de entrenamiento naval. Un barco militar fue atracado en dicho lago, en el corazón del parque. La visión del mismo molestó a su Excelencia, la emperatriz Cixi, quien lo hizo retirar inmendiatamente. Este barco de mármol fue construido y colocado en lugar de aquél.
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Durante los años de su reinado, el palacio conoció su época de mayor fasto. Se cuenta que cientos de cocineros se afanaban día y noche por crear los más exquisitos y sofisticados manjares para su Alteza. Nunca se apagaban los fogones ni descansaba la servidumbre, pues en cualquier momento podía antojársele un plato a la emperatriz. Por supuesto, éste debía ser cocinado en su punto y servido dentro del minuto siguiente al encargo. En un solo banquete, se servían hasta 150 platos distintos. La mayoría eran rechazados por la emperatriz con un gesto de desdén y, del resto, apenas probaba uno o dos bocados.

En 1900, las fuerzas aliadas occidentales volvieron a atacar Pekín, destrozando de nuevo el palacio. La emperatriz se encontraba en el Palacio Imperial de la Ciudad Prohibida, cuando empezaron a tronar los disparos. Sin perder un segundo, se organizó un plan para su huída. Disfrazada de campesina y a bordo de un humilde carro tirado por mulas, salió de la ciudad imperial en dirección a Xi’an, pero no sin antes dar un desvío hasta el Palacio de Verano para recuperar sus joyas. Tiempo perdido en vano, pues el estruendo cada vez más cercano de la pólvora disuadió a la emperatriz nada más alcanzar su palacio veraniego. En su precipitación, ni siquiera tuvo tiempo de coger víveres para la ruta.

Viajó sin pausa durante todo el día, bambaleada por los baches de la carretera y a merced del frío y de la lluvia. Llegados a la provincia de Shanxi, divisó una cabaña humeante al pie de la montaña y allí mandó detener el carro. Con piernas trémulas por el frío, la fatiga y el desmayo, Cixi entró en la casa.

Estaba humildemente amueblada. La cama estaba hecha de ladrillos, cubiertos por una esterilla. Sobre ella se encontraba un cesto de costura y una almohada forrada de paja. Al pie de la cama, sentada en el suelo, una anciana avivaba el fuego de su hoguera. Mirando hacia arriba vio a la emperatriz tiritando de frío y, confundiéndola con una vieja vagabunda, la invitó a acercarse.

“Es duro recorrer carreteras con esta lluvia y este viento. Ven, acércate y toma asiento en esta cama de cálidos ladrillos”. Apenas hubo terminado de hablar, le ofreció unos bollos recién hechos. “Come mientras aún están calientes”.

La emperatriz se llevó un bollo a la boca. Estaba tierno y esponjoso. Sintió su reconfortante calor llenarle el estómago. Nunca había probado nada tan delicioso. Se sirvió un segundo bollo. Y un tercero. Aún deseaba más.

“Señora, qué ricos están estos bollos dorados, ¿con qué están hechos?”

“Una pobre anciana como yo no tiene mucho con que cocinar. Estos bollos no son más que maicena amasada con agua. Es todo lo que tengo para comer, tanto en invierno como en verano”.

“Vaya”, dijo la emperatriz para sus adentros, “estos pobres sí saben lo que es vivir, todo el año gozan de estos exquisitos bollos y yo, la emperatriz, ¡sin haberlos probado hasta ahora! En cuanto vuelva a palacio, me van a oír los inútiles de mis cocineros”.

Antes de marchar, la emperatriz quiso donar una recompensa a la anciana, pero recordó que no llevaba consigo dinero ni joyas. Pasándose la mano por el pelo, encontró una horquilla de oro.

“Tenga señora, acepte este pequeño regalo en agradecimiento por su hospitalidad”.

Sorprendida ante el inesperado y generoso pago, la anciana correspondió al gesto de la emperatriz con una sonrisa emaciada y agradecidas palabras: “Gracias querida, pero no puedo aceptar un obsequio tan valioso. Mejor quédatelo. Nosotros, los pobres, no somos avariciosos. Aunque me falte para mi sustento, yo nunca le negaría un bocado a un transeúnte en apuros. No me pagues con oro ni con plata, pero si confías en mí, dime quién eres”.

“¿Cómo?” pensó Cixi, “Pese a su miseria, esta vieja prefiere la verdad al oro. ¿Por qué querrá saber quién soy? No puedo arriesgarme a desvelarle mi identidad”.

“Soy sólo una mujer en apuros”. Sin más explicaciones ni moratorias, se despidió de la anciana y desapareció con su secreto en el silencio de la noche.

Mientras esto sucedía, las fuerzas aliadas habían tomado Pekín y sofocado la rebelión de los boxeadores. El tratado de Shimonoseki puso fin a las hostilidades, a cambio de numerosas concesiones por parte de los conservadores manchús. La misma emperatriz Cixi, tras su regreso a la corte, se vio forzada a doblegar su voluntad y ejecutar reformas de espíritu capitalista, contra las que tan virulentamente se había opuesto en el pasado.

Si bien la emperatriz perdió poder en la esfera pública, no así en la privada. Más que nunca, los cocineros palaciegos se afanaban por complacer los deseos de su Majestad. Pero todos sus esfuerzos eran vanos. La emperatriz, cada día más exigente, devolvía los platos a cocina sin apenas dignarse a mirarlos. Nada le parecía comparable a aquellos bollos dorados que había probado durante su fuga, y se lamentaba de la incompetencia de sus cocineros para reproducirlos.

Tras numerosos fracasos, por fin uno de los cocineros dio con el ingrediente secreto de los bollos dorados: “Claro, ¿cómo no nos dimos cuenta antes? ¡La clave de los bollos está en el hambre! El empachado come con desgana y nada le está bueno. Sin embargo, al que tiene hambre, un mendrugo seco le sabe a miel”.
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Así pues, el cocinero avispado mandó dar el siguiente recado a la emperatriz: “Alteza, este humilde súbdito posee la receta de los bollos dorados, que le ha sido transmitida por un sabio monje de las montañas. Estos bollos tienen poderes mágicos, pues aumentan la longevidad del que los prueba. Sin embargo, para que sus poderes surtan efecto, es preciso prepararse para recibirlos, meditando en ayunas durante todo un día”.
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Entusiasmada ante la prometedora noticia, la emperatriz ordenó a sus eunucos que dispusieran un lugar tranquilo en el jardín donde meditar sin ser molestada, mientras el cocinero preparaba sus bollos.


.........................................................................................El famoso puente de los 17 arcos, en el Lago Kunming

Así pues, desde los primeros rayos del amanecer hasta los de la puesta de sol, la emperatriz permaneció en ayunas. Cada hora transcurrida era un suplicio, pronto los gruñidos de su estómago vacío se transformaron en rugidos que le impedían meditar. Se le hacía la boca agua imaginando el dulce aroma de los bollos humeantes, tan vívido era su recuerdo que casi podía saborearlos.

Con los últimos rayos del atardecer, la emperatriz fue servida su ansiada bandeja de aromáticos bollitos dorados, de forma cónica y del tamaño de una almendra. La emperatriz mordió un primer bollo, suave, esponjoso y fragrante. Acto seguido, cogió un puñado y se los llevó a la boca, devorándolos con gula, mientras exclamaba:

“¡Éstos, sí, éstos son los bollos que probé mientras huía del peligro! ¡Por fin he vuelto a degustar el exquisito manjar de los pobres, que durante tantos años se me había ocultado! ¿Quién dice que el populacho vive en penuria? ¡Los bollos de la anciana eran mucho más grandes que los míos!”.


Nota: el restaurante Fangshan, en el parque Beihai, durante décadas sirvió de cocina imperial a la dinastía Chin. Los bollitos dorados de la emperatriz, llamados “wowotou”, todavía hoy pueden comprarse allí.

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La emperatriz Cixi, durante sus últimos años en el poder, se vio obligada a realizar reformas sociales que marcarían el fin de la era imperial. Esta foto de la emperatriz fue tomada en 1903, cinco años antes de su fallecimiento.

(Escrito por ella desde las Tres Gargantas del río Yangtzé, provincia de Hubei, China, 29/09/07)