09 noviembre, 2007

Katmandú y Nepal

Esta mañana hemos ido a la Embajada de India, a solicitar el visado para ese país, lo cual no deja de ser curioso porque no llevamos en Nepal ni 24 horas aún y nos quedaremos aquí entre tres y cuatro semanas. El procedimiento es absolutamente tedioso. Rellenas un pequeño formulario (importante que sea con un bolígrafo de tinta negra) y lo presentas, tras hacer cola, en una ventanilla. Allí lo recogen, rellenan un recibo que te entregan junto con un formulario más grande, y te vas a hacer cola a otra ventanilla. Le das el recibo al funcionario, pagas 300 rupias y te entrega una copia con una fecha y hora: el día 23 por la mañana tendremos que ir a otra ventanilla con nuestro pasaporte, el formulario grande rellenado y adherida su correspondiente fotografía reciente (en mi caso, eso de "reciente" es un decir) y pagaremos 3050 rupias. Y nos darán hora para, esa misma tarde, recoger la visa estampada en el pasaporte. Valida durante 6 meses que cuentan desde ese momento. Sólo tardamos una hora en iniciar los trámites, pero Vincent estuvo ayer dos horas haciendo cola. Llevaros un libro. O a un amigo.

Volvemos a nuestro hostal a dejar el nuevo formulario y el recibo del pago y Vincent (que se mueve con la seguridad y familiaridad que le da el llevar aquí más de una semana) nos lleva a dar un paseo para que veamos un mundo físicamente cercano al Thamal, el equivalente del bangkokiano Khao San Road, pero sin embargo muy alejado de éste reducto de mochileros, turistas y voraces vendedores de productos fabricados en masa. Cinco metros de lado a lado de la calle en la que se apiñan personas en filas de siete yendo en direcciones opuestas. Por entre ellas se cuelan las Bajaj, Honda Hero y Escort, como si de ágiles pero estridentes peatones se tratara. Y cuando parece que se han agotado todos los huecos, un compacto Maruti Suzuki 800 surge de la nada e invade solidariamente la calle, con su conductor aplicado a la tarea de hacer sonar el claxon mientras maniobra el volante esquivando a los peatones. Pero alguien ha visto un hueco y uno de esos enormes trickshaws hace sonar su peculiar bocina y consigue, inexplicablemente, formar parte de la fauna que avanzamos por la estrecha callejuela en Kathmandú. Mujeres con saris de vistosos colores, hombres de pelo y tez morenos, chiquillos correteando en busca de un nuevo sitio para jugar, vendedores que ofrecen amuletos y collares, navajas suizas fabricadas en China y Bálsamo de Tigre (que sirve tanto para los resfriados como para evitar el mareo en los autobuses), "sadhues", hombres santos, vestidos con túnicas naranjas, cabeza cubierta por un turbante, y portando un cesto con flores y polvos de color rojizo que intentan aplicarte en la frente ("trae buena suerte", te dicen sonrientes) para luego solicitarte un donativo. Mercados en la plaza, con gallinas, patos y gallos asustados en sus cajas. Hileras de cabras en las aceras, a la venta para ser sacrificadas y consumidas esta semana, cuando se celebra la fiesta de Dashain. La noche del viernes se producirá una matanza de estos ovinos en la plaza de Durbar. Como en cualquier celebración, cristiana o no, en el macrocosmos, el mundo de la muerte y el festejo de la vida están entrelazados y son tan dependientes como la espiral de ese ADN microcósmico que todos portamos

Kathmandú. Me encanta. Me atrae. Me descoloca. Me impresiona.

Rompiendo el mágico hechizo de una cultura que mis ojos ven por primera vez, aparece a un lado de la plaza una manifestación de maoistas, con una conciencia política del color de las negras banderas que enarbolan, mientras gritan sus estruendosos eslóganes. No funcionó en la propia China de Mao y quieren que un ineficaz, trágico y asesino sistema triunfe en esta tierra. Los comunistas se niegan a aceptar las verdades de la Historia, y, como los imbéciles, se niegan a si mismos. Como crueles y tristes comparsas de un drama literario de Orwell, se obstinan en repetir sus errores una y otra vez.a costa de la sangre de otros. Pasando desafiantes ante los observadores ojos de la policía y los antidisturbios, desaparecen por una callejuela, seguidos de una camioneta en la que dos banderas con la hoz y el martillo, cuelgan flácidas ante la ausencia de viento.

Por la noche, y en algunas zonas a cualquier hora del día, son otras las palabras que se murmuran al oído del extranjero. "¿Fumas?" o "¿Masaje?" son las que suelen salir de los labios de los nepalíes que se dedican a publicitar esas mercancías del abandono y la miseria. No importa en que ciudad del mundo se encuentre uno o cual sea el sistema político o la dictadura que rija un país, que las drogas y el sexo siempre encuentran su hueco en el que hacerse presente. Y Nepal no iba a ser distinto en eso.


Google Maps de la zona

(Escrito por él desde su hostal en el barrio de Thamel, Katmandú, Nepal, el 18 de Octubre de 2007)

Bienvenidos a Nepal

"¿Es este su equipaje?" preguntó el funcionario de aduanas chino, "Sí, esta mochila, esa bolsa y aquella mochila que sale ahora del escanner" contesté yo. "Abra esta mochila, por favor". Mierda, pensé yo, la puñetera máquina ha encontrado algo raro...que tenía que haber metido en un bolsillo de mi cazadora de no haber sido un objeto tan pesado y voluminoso, claro está.

Katmandú. Su nombre evoca imágenes de altos picos de laderas nevadas y estrechos valles que conducen a las montañas más altas del planeta. Allí nos dirigíamos esa mañana. La noche anterior habíamos contratado, por 200 CNY por persona, el transporte desde Zhangmu (pueblo fronterizo en el lado chino) hasta la capital nepalí, en el mismo sitio en el que estábamos alojados, el Hotel Sherpa. Uno de los recepcionistas, Orson (o algo que suena vagamente similar), nos acompañó hasta inmigración (que no abría hasta las diez) y en el otro lado cogimos una pequeña furgoneta de las dimensiones más reducidas que os podáis imaginar, para salvar los ocho kilómetros de tierra de nadie hasta entrar en Nepal. Conforme nos acercábamos a la frontera administrativa, cambiaban los rasgos y vestimenta de aquellos con los que nos cruzábamos, sobre todo conductores de camiones (que tenían en los parachoques de sus multicolores Tata indios pegatinas o textos como "Good Boy", "No time for love", "Speed limit" o "Horn please"). De los ojos rasgados y la piel amarilla pasábamos a pieles cobrizas y caras de aspecto hindú. Y las gorras y uniformes verdes de paseo de la Policía Armada china se convertían en cascos y ropa de camuflaje, acompañados de antiguos fusiles de asalto alemanes y subfusiles ingleses, de los centinelas nepalíes.

En el puesto de inmigración, después de rellenar el correspondiente formulario y adjuntar una fotografía (en mi caso, una de las blanquecinas que me sobraron cuando me hice el carnet de los cines UGC) pagamos los 30 USD por el visado y diez minutos después estábamos autorizados a permanecer en el país durante un máximo de dos meses. Orson fue nuestro guía hasta el todoterreno en que nos instalamos cómodamente los cuatro viajeros, a los que nos esperaban aún unas cinco o seis horas por delante. Y que horas. Si bien nuestros cuerpos continuaron siendo vapuleados por el inestable firme del camino por el que circulábamos, nuestras aturdidas mentes iban a ser sometidas a una serie de chocantes estímulos.


Por un lado, el paisaje se convertía de pronto en un continuado vergel donde montañas vestidas de frondosos bosques se inclinaban sobre violentos ríos. Merced a los caprichos de la Naturaleza, que marcó los límites para que los ingenieros construyeran esta carretera, disfrutábamos aleatoriamente por la izquierda o por la derecha de la vista de salvajes cauces fluviales y escarpadas laderas pobladas de arboles que comenzaban a vestirse con los colores del otoño. Por otro, la vida al lado de la carretera se nos ofrecía fugazmente como algo distinto de lo que habíamos estado observando desde que llegáramos al Tibet. El Hinduismo tomaba el relevo del Budismo como religión mayoritaria. Los autobuses con los que nos cruz abamos, y por escasos milímetros no colisionábamos con ellos, tenían habilitado para el transporte de pasajeros hasta el techo, donde se apiñaban apenas menos pasajeros que bajo él. La gente cultivaba verduras, se sentaba a la sombra a la entrada de sus casas, jugaba al billar, guiaba sus cabras o simplemente caminaba al lado de ese otro río de vida que es la cinta de asfalto.


No hemos dejado de hacer fotos casi ni por un minuto, de la gente, de los animales, de los edificios, de los campos, de las tiendas. Para mí es reencontrarme con la Asia que yo quería ver y que apareció en Camboya o Laos. Después de la occidental pausa de Australia y Nueva Zelanda y las aspiraciones chinas, el curry y el incienso son un aroma fresco y deseado.

En Kathmandú, en "Iceland Guesthouse" hemos vuelto a encontrarnos con Vincent, nuestro amigo francés que es posible que se convierta en mi compañero de trekking por el Circuito del Anapurna, pero eso lo discutiremos más adelante.

"¿Y esto que es?" parecía decirme esa mañana con su mirada el funcionario de aduanas. En una bolsa y envuelto en papeles hay un objeto. Le quito los papeles y se lo doy. Una piedra cuasi rectangular de unos veinte centímetros de longitud y diez de ancho. Pesa. Bastante. Le explico que es un recuerdo que me traje del Everest. La cara de póquer del chino no tiene desperdicio. Llama a una compañera, le pasa la piedra y se miran. "No tiene fósiles, ni valor alguno" aclaro, y a punto estoy de decirles que no está hueca y en su interior no se esconden secretos sobre la represión en el Tibet. Cuando ya tengo la boca seca, ella se la devuelve a su compañero y me permiten que me la lleve. Menos mal.

Por cierto, mamá, desde Kathmandú voy a mandar a casa otra caja con objetos varios entre los que se incluye un genuino pisapapeles del Everest. Y pesa. Bastante.



Google Maps de la zona

(Escrito por él desde Kathmandu, Nepal, el 17 de Octubre de 2007)

28 octubre, 2007

El Embajador

Como si 25 kilos de mochila no fuesen carga suficiente, a José se le ha metido en la cabeza que también recaigan sobre sus hombros la dignidad y el honor patrios. Desde que pusimos pie en China, me viene machacando con el peso de nuestra responsabilidad cívica:

“Pichu, mientras sigamos caminando por tierras extranjeras, te recuerdo que somos embajadores de nuestro país y que como tales debemos comportarnos”.

Se ha tomado tan en serio su misión diplomática, que me temo que vaya a terminar en su currículum vitae – “Actividad laboral de enero del 2007 a enero del 2008: Embajador Honorario de España”. Como si lo viera.
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Esto de ser embajadores en un país de cultura y tradición tan dispares a las nuestras, no es moco de pavo. Y si no, que se lo pregunten a la ex candidata socialista a la presidencia francesa, Doña Ségolène, que cometió la “gaffe” de acudir a una ceremonia oficial china vestida enteramente de blanco, color funerario en Asia.

También los belgas supieron lucirse en su día. Esta anécdota nos fue contada por una señora del mismo país, periodista FreeLancer, que conocimos en Jiuzhaigou. Su abuelo, que ejercía el cargo de Senador, fue convidado, junto con una delegación diplomática belga, a una cena oficial celebrada en la casa del mismísimo Chiang Kai-Shek. Como obsequio a la anfitriona, los belgas llevaron un delicado pañuelo de encaje, muestra de su más fina artesanía textil. La señora de Chiang Kai-Shek recibió su regalo con expresión vacua, mezcla de sorpresa y despago, seguida de un gesto de agradecimiento ostensiblemente forzado. Pronto comprenderían el porqué. Abriéndose paso en el comedor donde tendría lugar la recepción, ante sus ojos desplegada, vieron una inmensa mesa recubierta de un no menos imponente mantel, todo él hecho de encaje. A su lado, el brocado belga parecía una mera servilleta a juego. Primer error de la noche.
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Los chinos, en buena tradición asiática, les agasajaron con un opíparo festín. Los belgas estaban ya a punto de estallar, sus tripas tensas a no dar más de sí, cuando se percataron de que una gran bandeja de arroz negro, situada delante de ellos, había quedado intacta. Breve intercambio de miradas y palabras neerlandesas, que probablemente pudieran traducirse así:

“¿Quién quiere arroz?”

“Estarás de broma, yo no puedo ni con mi alma: un grano más y te juro que me revienta el pantalón”.

“Pero no vamos a dejar ese arroz ahí, ¿qué van a pensar de nosotros? No podemos hacerles ese feo”.

“No me jodas, Jens, ¡ya te he dicho que no puedo más!”
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“Te recuerdo que tú eres el Embajador y que como tal debes…”

“Vale, vale, lo que sea con tal de que no vuelvas a meterme ese rollo… sírveme una cucharada, pero que sea pequeña, ¿eh?”

“Aquí tienes: una cucharada por Su Majestad el Rey, otra por Su Alteza la Reina, otra por la Gloriosa Región de Flandes, otra por…”

"¡EH, NO TE PASES! Que sea una por la Gran Nación Belga y ¡basta!”

Así pues, ante las miradas perplejas y horrorizadas de sus anfitriones, un sudoroso embajador belga, haciendo gala de heroico esfuerzo, se llevó a la boca una última cucharada de arroz. Segunda metedura de pata. Craso, crasísimo error: el arroz negro nunca debe de ser tocado. Probarlo implica que la comida ha sido insuficiente. Esto se considera un insulto para el cocinero y, por ende, para el anfitrión.

Si los profesionales de la diplomacia son capaces de cometer tales deslices, con más razón nosotros, humildes neófitos. Y es que comportarse dignamente en China conlleva echar por el suelo años de educación, negando los valores inculcados por nuestros padres desde la más tierna infancia. Así pues, los mandatos de “termina la comida”, “come con la boca cerrada”, “no sorbas la sopa” y “no te metas los dedos en las narices”, aquí, simple y llanamente, no sirven.

Terminarse la comida, por ejemplo, es de muy mal gusto. Mientras en occidente rebañamos el plato para indicar que estaba todo muy rico, esa misma actitud en oriente significa que nos hemos quedado con hambre. Eso explica que los chinos, a la hora de pedir la comida en los restaurantes, suelan encargar platos para el doble de comensales. No es nada insólito ver cómo abandonan la mesa dejando dos o más platos prácticamente sin tocar.

Nosotros, en este respecto, generalmente hemos quedado como unos auténticos muertos de hambre. En nuestro afán por reducir gastos, incluso hemos llegado a compartir un plato único (pero no os preocupéis, que el honor está a salvo: en tales ocasiones, nos hicimos pasar por belgas).

En China, para indicar que la cocinera se ha lucido, lo que procede es comer haciendo mucho ruido. Incluso cuando el manjar consiste en una sopa de fideos liofilizada, recurso gastronómico habitual en los trenes, lo suyo es pegar largos y sonoros sorbidos: “sluuuurp, sluuuuuuurp”. En esto, el Junior se ha convertido en un experto.

“Esto, Juni, perdona que te moleste… pero, ¿de verdad es necesario que hagas tanto ruido? Mira que estamos solos en el compartimento”.

“Slurp, slurp… sí, sí, sluuuurp… es justo y necesario, sluuuuurp… me sirve de entrenamiento, sluuuuuurp…”

La verdad es que yo, en esto de sorber la sopa, soy algo negada. Al aspirar los fideos, se me pone boca de piñón, y mi “slurp” acaba transformándose en un sonido bilabial oclusivo, algo así como un “bbbbbb”, que parece que voy repartiendo besos indiscriminadamente entre los pasajeros.
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Donde sí que he logrado integrarme a las usanzas locales, ha sido en lo de hurgarme las narices. Tanto en público como en privado, yo ya no me corto ni con un cristal. Con desastrosas consecuencias en alguna ocasión, como en Lhasa, donde mis vasos sanguíneos se hallaban fragilizados por la altitud. Estoy imaginando a más de uno con cara de disgusto y turbamiento. Permitidme que abra un paréntesis digresivo.

(Nota para los que se hayan escandalizado: ¡mira que sois hipócritas! ¿De verdad me queréis hacer creer que nunca os hurgáis las narices? Imposible, todo el mundo lo hace. Todos, salvo los mancos por partida doble, tal vez. Si no me creéis, fijaos en los conductores. Apenas salidos de la autoescuela, observaréis como rápidamente se relajan sus posturas. Las manos que firmemente sujetaban el volante a las tres menos cuarto – o dos menos diez – se deslizan hasta las seis y media. Pronto, una sola mano queda cansinamente apoyada sobre el volante, mientras la otra, cuando no está sujetando un teléfono móvil o paseando un cigarrillo de la ventanilla a la boca y de vuelta a la ventanilla, invariablemente se halla apuntando al hipotálamo, el índice profundamente encastrado en una de las fosas nasales. La cantidad de conductores que se creen invisibles en la semi intimidad de sus vehículos, es algo realmente gracioso).

Donde he de postrarme y reconocerle al Junior su gran valor y absoluta supremacía, ha sido en el tema de no rechazar ningún ofrecimiento de comida, por poco apetitosa que fuese. En más de una ocasión, confieso haber dejado solo al embajador.

De camino al lago Nam-Tso, por ejemplo, compartimos mesa y comida con nuestros compañeros de viaje chinos. Éstos, como es costumbre, encargaron el doble de comida necesaria (ese día, no íbamos de belgas, así que a todo dijimos que sí de buen rollito), incluidos varios platos “sichuaneses”. La tradición culinaria de Sichuan es famosa por ser endiabladamente picante. Los chinos, de ánimo jocoso, se iban riendo y gastando bromas, mientras hacían circular los platos por una bandeja central giratoria. Hasta que le llegó el turno de servirse al Junior que, dejándonos a todos alucinados, se llevó directamente a la boca una guindilla enterita.

Pero lo mejor fue en el monasterio de Drepung, a siete kilómetros en las afueras de Lhasa. Unos monjes nos invitaron a tomar el té con ellos en su habitación. Bueno, no sé si eran monjes realmente: su actitud jovial y desinhibida más bien me hace pensar que se trataba de estudiantes o novicios.

Era una habitación pequeña enmoquetada, con dos camas, una estantería y un pequeño baúl que les servía de mesa. Nos descalzamos antes de entrar y tomamos asiento en una de las camas. Tras ofrecernos unas tazas de té, para mi gran horror, sacaron una botella de plástico llena de mantequilla de yak.

Con tan sólo olerla se me revuelven las tripas: la mantequilla de yak desprende uno de los olores más pungentes y característicos del Tíbet. La usan para todo, no sólo para cocinar. Sirve como cera para alimentar el fuego de las velas y también como material decorativo, para modelar esculturas votivas. Una de las bebidas típicas locales es el “bö cha” – básicamente, un té enriquecido con dicha mantequilla. Puro veneno.

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En esta ocasión, los monjes usaron esta grasa para preparar “tsampa”: un par de cucharadas de mantequilla, azúcar al gusto del consumidor, unos buenos puñados de polvo de avena y agua caliente. Con los dedos fueron mezclando estos ingredientes hasta formar un mejunje de aspecto fangoso (por no decir algo soez). Le añadieron un poco más de polvos y siguieron mezclando, hasta conseguir una masa compacta. Algo parecido a un polvorón, pero sin sabor a almendras.
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El embajador, fiel a los gajes de su oficio, imitó a sus anfitriones con sonrisa impertérrita. Metió el dedo, removió el potingue, se lo chupó (el dedo), volvió a meterlo, siguió mezclando en vano, y por fin dejó que los monjes metiesen mano a su masa amorfa. En un par de minutos, le entregaron un pedazo de sustancia marrón apelmazada.

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Pobre Juni. Antes de realizar su supremo sacrificio por la Patria, me lanzó una de esas miradas tan suyas, ecléctica y llena de paradojismo. Una expresividad a medio camino entre el terror y la valentonada, el asco y la complacencia, el patetismo y el orgullo. Por un lado dice “¡ayúdame, te lo suplico, no me dejes solito en este embolado!” y por otro, “¡mira, mira de lo que soy capaz!”.

Le pegó un bocado. Con la boca todavía llena y haciendo una serie de ruiditos apreciativos, como queriendo decir “hummm, qué rico está esto”, me tendió el resto de su tsampa. Generoso ofrecimiento. No podía dejar pasar la oportunidad de ponerme en evidencia, el muy cabrón. Su mirada se mutó, mandándome un nuevo pero conocido mensaje: “Vamos, embajadora, ¡te toca!”

Un pellizquito. Una pizquita nomás del puto polvorón tibetano fue suficiente para que el sabor de la mantequilla me repitiese toda la noche.
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Nota para los lectores: aquellos que conocen a José de toda la vida, o por lo menos desde antes de su auto investidura como alto dignatario español, sabrán que esto de ingerir alegremente sustancias de aspecto, olor y/o textura repugnantes es algo bastante ajeno a su carácter. Algunos incluso se negarán a creer mi relato. Por este motivo y para que quede constancia gráfica del prodigioso acopio de valor desplegado por el embajador, tengo filmada la escena completa del tsampa. Un día de estos, igual me animo a subir el vídeo a YouTube.

Nota para el embajador: la próxima vez que vengas a comerte un arrocito a Castellón, aunque no estés en tierra foránea, podrías tratar de comportarte como digno plenipotenciario de tu Principado. Así pues, cuando mi padre te ofrezca una mandarina de la mejor selección de su huerta, a ver si te la comes sin escupir “disimuladamente” los gajos mascados en la servilleta. Mira, hete aquí una sugerencia: en febrero, cuando vuelvas a tu Carriona natal, tal vez puedas decirle a tu santa madre que deje de colarte tres veces el zumo de naranja. Para que te sirva de entrenamiento, sluuurp...

(Escrito por ella desde Katmandú, Nepal, 28/10/07)

24 octubre, 2007

"Chinglish"

Uno de los inconvenientes de viajar por China, indudablemente, es la barrera idiomática.

Bastante problemático cuando uno se encuentra en una comisaría, intentando explicarle a un par de pasmados polis que o bien has perdido tu cámara o bien te la han mangado en la estación (Xi’an) o, aún más difícil, que la recepcionista de tu hostal te ha timado 100 yuanes por la cara, cobrándote dos veces el depósito de las llaves (Lhasa). Todo ello con gran gestualidad, para mayor entretenimiento de nuestros amigos de la seguridad y orden público.

Mucho más divertido cuando uno se halla en un restaurante callejero, enfrentado a una carta de la que sólo los precios resultan inteligibles. Para tales ocasiones, hay que echar mano a la imaginación. Recursos no nos han faltado:

1. Cuando los ingredientes están a la vista del consumidor, basta apuntar con el dedo para lograr un plato aproximado a lo que uno tenía en mente.

2. Cuando no, te das un paseo por las mesas, husmeando lo que otros clientes están comiendo, hasta dar con un plato apetecible y, nuevamente, recurrir al viejo método de señalar con el dedo.

3. Si en ese momento eres el único cliente del establecimiento, la situación se te pone un poco más peliaguda, pero no por ello desesperada. Con un poco de suerte, la camarera te introduce en la cocina, donde vuelve a funcionar el primitivo método.

4. Si no cayó esa breva, no pasa nada. Un sistema que nos dio muy buen resultado fue sacar un pequeño bloc de notas y un boli, para dibujarle a la camarera nuestro plato deseado (obvio que uno se tiene que conformar con expresar conceptos básicos, tipo “pollo” o “ternera”, porque tampoco es plan de ponerse a dibujar una fabada asturiana). Por cierto, este método también contribuye a crear buen rollito con el personal: hasta el chef y sus pinches desertaron de su cocina para admirar nuestras creaciones artísticas.

5. Si no tienes ni bloc, ni boli, ni arte… bueno, todavía te queda la mímica. Parece difícil, pero da resultado y es divertido. No hace falta llamarse Marcel Marceau para hacerse entender. Estando en Güillín, conseguí llevarme un sándwich de jamón, tomate y pepino, tras pasar cinco minutos mimando el concepto de “bocata para llevar” (con prisas encima, porque se me iba el tren).
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Para bien o para mal, estas situaciones tan simpáticas se van haciendo cada día menos frecuentes. Gracias al fuerte influjo del turismo internacional, una nueva lengua está empezando a cobrar forma y fuerza.

Amigos de la filología moderna, permitidme que os haga una breve introducción a este fascinante y revolucionario idioma, que he bautizado con el nombre de “chinglish”, por ser puente vivo entre el pensamiento de Confucio y la lengua de Shakespeare.

El chinglish es indudablemente superior a todos los demás idiomas en cuanto a su flexibilidad creativa. Pongamos un ejemplo práctico. Supongamos que uno quiera producir un anuncio publicitario que haga elogio tanto del talento musical (“melody”) de su monarca, como de su olor corporal (“smell”), pero que se encuentre limitado por restricciones físicas de imprenta. Bien, gracias al chinglish, este problema queda rápidamente resuelto. En lugar de descartar uno de los atributos del monarca, a fin de ajustarse al espacio disponible del cartel, el chinglish ofrece el recurso creativo de la libre fusión semántica de palabras. Así pues, durante nuestra visita a los guerreros de terracota de Xi´An, nos encontramos con este mensaje: “Qin smelody”, en lugar de “Qin smell and melody”.

Traducción literal: “Olor y melodía de Qin”. Más claro, agua.


Otra ventaja del chinglish es su carácter altamente intuitivo. Las erratas no impiden la comprensión del texto. Ilustraré este concepto con otro ejemplo real. Durante nuestro crucero por el Yangtzé, fotografiamos este cartel: “CROW ROOM”.

Traducción literal: “Habitación de cuervos”. Obviamente, por “cuervos” se entiende la tripulación (“crew”). Chupado.


No me cansaré de recalcar las ventajas que representa el carácter intuitivo del chinglish. Gracias al mismo, la dislexia ya no supone ninguna traba para la comunicación. Vean si no este texto, encontrado en una agencia de viajes de Chongqing: “FANTSATIC MOUNPAINS AND WATERS”. La intención es obvia. Lo que se pretendía escribir era: “Fantastic mountains and waters ”.

Traducción literal: “Fantásticas montañas y aguas”. Ésta era facilona.


Por cierto, ya que estamos en el tema de las disfuncionalidades lingüísticas, una de las originalidades del chinglish consiste en que la tartamudez trasciende del nivel oral al escrito. Así lo demuestra este párrafo, tomado del folleto de nuestro hotel en Wuhan:

“Wanguo Hotel on No.297 youth road Hankow, distance Hankow train station only 5 minutes car distance, being apart from an an an an an an an an an an an a day river international airport only 30 minutes distance, travel for business guest and sightseeings provided to have most the geography environment of the advantage”.
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Me ahorro la traducción puesto que se trata de un texto de nivel avanzado. Si bien el chinglish permite la comprensión global del mensaje dentro de su contexto, lograr su entendimiento profundo y pormenorizado es algo más complejo, requiriendo, como en cualquier otro idioma, algo de estudio. A este respecto, el segundo párrafo del previamente mencionado folleto, resulta jugoso:

“The hotel presses star class standard to repair to reform, environment grace, gather the guest room, the meal drinks, amusement business in integral whole, 24 hours provide the thoughtful and small synthesizing the sex wine shop ministrantly for the guest”.

Si entre nuestros queridos lectores, alguien pudiese traducirnos estas últimas líneas, Junior y yo le quedaríamos profundamente agradecidos, pues nos hemos quedado con las ganas de saber qué es exactamente eso del “sex wine shop” (mira que buscamos la prometedora tienda, pero no la encontramos).

Traducción literal: “sexo vino tienda”.

Nota: Para aquellos que deseen profundizar sus conocimientos del chinglish, recomiendo las siguientes páginas web:

(Escrito por ella desde Gyantse, Tíbet, 13/10/07)