30 noviembre, 2007

Un beso desde Jaipur

Fue mi madre la primera en poner el grito en el cielo. “¡Cuánto tiempo sin subir nada en el blog!”, así se despedía en su email fechado de ayer.

Como siempre, razón no le falta. Un mes ha pasado, fugaz como un solo día, desde que desertara de mis deberes de narradora (afortunadamente, uno de los coautores de este blog ha seguido fiel a su puesto). En el tintero han quedado historias de dos lamas, lugares santos, devociones tibetanas, Shigatse, impresiones del Everest, cuatro días en todoterreno por el Tíbet, y un país entero, Nepal.

Ahora, a medio camino de mi trayectoria por la India, ya va siendo hora de ponerme las pilas. Esta noche nos despedimos de Jaipur, capital del Rajastán. Mañana, amaneceremos en Jaisalmer, donde pasaremos cinco días. Aprovechando la parquedad de estímulos que espero nos ofrezca el desierto, cuento con disfrutar de mis ratos perdidos para rescataros algún pequeño relato.

Hasta entonces, un beso.

(Escrito por ella desde Jaipur, India, 30/11/07)

Living la vida loca

Barra del bar en "The Foreign Correspondents Club of South Asia" ("Club de Corresponsales Extranjeros del Sur de Asia"), viernes de noche, conversación de este periodista itinerante de "Él y ella on the trail" con un enturbatado camarero.

"¿El Sr. desea comer algo?"


"Sí, un sandwich de atún, por favor. Cuando esté listo, ¿me lo pueden llevar a mi mesa, a la
terraza?"


"Naturalmente, Sr."


Porque no todo va a ser visitar museos y monumentos, el viernes pasado salí con mi amiga Padma y algunos de sus amigos y compañeros, como en cualquier ciudad del mundo en la que, tras la jornada laboral, semanal (para los que la tienen de cinco días, cosa nada común en India y que la gente que nos juntamos esa tarde no disfrutaba) te reunes con una buena compañía anticipando pasar un buen rato. Rodeados de una clientela mixta de indios y extranjeros, nos tomamos unas Fosters de fabricación local bajo licencia en T.G.I. Fridays, aprovechando ese curioso y nunca suficientemente alabado invento de "la hora feliz", para exprimir al máximo nuestras rupias.


Pero la estrella de la noche era el sitio al que nos dirigimos a continuación (curiosamente coincidiendo con el final de "la hora feliz" en T.G.I. Fridays), de rimbombante y exclusivista nombre y que generaba imágenes de decadencia, y agudas frases llenas de ironía: "The Foreign Correspondents Club of South Asia" ("Club de Corresponsales Extranjeros del Sur de Asia"). Imaginaba que me encontraría con una tribu de calvos Malkovitchs, melenudos Redfords y Washingtons de ébano, sentados en butacas de piel, reliquias de la época colonial, bebiendo cerveza tras cerveza y diciendo en voz alta, de una forma curiosamente disipada y alcoholicamente cargada de emoción, todo lo que no podían publicar en sus respectivos periódicos. Efectivamente, la realidad no tenía nada que ver con lo anticipado y, salvo un par de excepciones, todos los admiradores de Kingfisher y Fosters que allí estaban, no habían llegado aún a la treintena y parecían lo que eran hasta hace poco, un grupo de chavales majetes recién graduados.

Eso sí, todos jugaban al ping pong casi tan mal como yo, y nadie mejoraba su estilo conforme avanzaba la noche o disminuían las cervezas en el bar. Acabamos tarde, bastante tarde para lo que yo estoy acostumbrado, pero me fuí de allí contento, tras unas buenas conversaciones con americanos, indios e ingleses por igual.


La noche
siguiente, para darnos un descanso (y no levantarnos con resaca a horas escandalosas el domingo), Padma, su madre y yo nos fuimos...¡al cine!. Sí, amiguitos y amiguitas del "Séptimo Arte", ya que estaba en la India, el país con la mayor producción cinematográfica del mundo ¿qué hay más propio que sentarse en una confortable butaca a disfrutar del último y exitoso producto de Bollywood, la aclamada "Om Shanti Om"?

Cualquier país tiene sus peculiaridades a la hora de ver una película. En Delhi, en los cines, como en las estaciones de Metro, la necesaria seguridad ha llevado a instalar detectores de metal a la entrada y realizar cacheos. Las mujeres, en una cola aparte, muestran el contenido de sus bolsos. Supongo que este tipo de medidas podrían inspirar a la SGAE algunas sugerencias al Gobierno, pero aquí no se hace pare evitar la piratería, sino las bombas en los cines. Ni se os ocurra acercaros con una mochila...

Hay distintas clases de butacas y nosotros hemos pagado la entrada que nos sienta en las más baratas, que resultan ser reclinables. No lo hacemos en cuanto entramos por dos razones, una es que hay que comprar palomitas y Pepsi (y nada de hamburguesas vegetarianas u otros productos locales) y la otra es que alguien se ha confundido de sitio y hasta que el acomodador aclara la situación, hay que levantar a toda la fila.

Antes de la película, los inevitables anuncios, y antes de estos, el certificado de que han pasado la correspondiente censura. Como en todos partes, la publicidad se hace interminable, pero como en todas partes eso permite a los retrasados llegar antes de que empiece la película. ¿Conocéis una marca de cassettes y CDs que se llama Dyc, como nuestro whisky?¿y una de paquetes de vacaciones que opera con el nombre de White Mischief? No os molestéis en abrir una nueva pestaña en el navegador y buscarlas en Google, porque no existen. O si que existen, pero no se ganan la vida con las vacaciones y la música. Son marcas de bebidas alcohólicas (White Mischief es un vodka) pero conforme a la ley india, está prohibida la publicidad de esos productos así que los fabricantes tienen anuncios en los que hay música, caras guapas, baile...pero no sale ni una botella. Ahora bien, como con lo que se queda la gente es con la repetición de un nombre que asocia a lo que aparece en el anuncio, esas cualidades se asocian al producto. Que todo el mundo sabe que se introduce en un vaso, y no en el reproductor de CDs del coche.

Y, por fin, empieza "Om Shanti Om". El "Brad Pitt" local, Shah Rukh Khan, y la guapísima "Inés Sastre" convertida en actriz de turno, Deepika Padukone, son los protagonistas de esta entretenida película que, en la primera parte, parodia las producciones cinematográficas indias de los 70 y 80 (que, por cierto, emiten frecuentemente en televisión) y en la segunda tiene un giro más moderno. Como no podía ser menos, tiene prácticamente una docena de números musicales, algunos de ellos bastante largos pero casi todos entretenidos. No os preocupéis, porque a mitad de la película hay un descanso, para que podáis reponer fuerzas, o tomaros una pausa de tanto baile. El argumento gira en torno al amor, su pérdida, la tragedia, la reencarnación (algo aparentemente bastante frecuente como parte de los argumentos por aquí) y, naturalmente, la venganza. No os cuento el final, por supuesto, ya que a lo mejor en una noche ebria buscáis el bittorrent adecuado o tecleáis el nombre de la película en el emule... Eso sí, por si no os lo habíais imaginado, la película que se proyecta en los cines está íntegramente en hindi y no tiene subtítulos en inglés, pero seguro que alguien la ha subtitulado ya y subido a Internet. ¿Otra ayudita? Pues aquí la página sobre ella en Wikipedia...donde sí se desvela el final, así que evitad leer el último párrafo.



Barra del bar en "The Foreign Correspondents Club of South Asia" ("Club de Corresponsales Extranjeros del Sur de Asia"), viernes casi a media noche, conversación de este hambriento periodista itinerante de "Él y ella on the trail" con un enturbatado camarero.

"¿Disculpe?"

"¿El Sr. desea alguna cosa?"

"Sí, el sandwich de atún que encargué hace 90 minutos..."

"Un momento, Sr. que ahora mismo lo compruebo... ¿Sr.? Parece ser que en la cocina se les ha acabado el pan."

"¿¿¿¿Y eso no me lo podían haber dicho hace hora y media????"




Nota: El Dios de la Tecnología, si existe una deidad similar en el Panteón de la mitología Helena, ha decidido reírse de mi durante el viaje. Ya sabéis que mi cámara se había estropeado (otra vez) en Mongolia, pero lo nuevo es que mi nada flamante portátil decidió hace unos días que no quería seguir viviendo y no iba a aceptar mas energía eléctrica. Para solucionarlo, lo lleve a una tienda en “Nehru Place” el mayor complejo de oficinas y pequeños negocios de Delhi. La visión de averiadas impresoras, monitores y CPUs alineados en pasillos y corredores de edificios o en la cercanía de bajos comerciales, peleándose unos con otros por el casi inexistente espacio para ser exhibidos con prioridad, era familiar: al norte de Kowloon, encontré el mismo afán por reciclar, reparar y dar nueva vida a viejos productos. Y dentro de unos días sabré cual es el veredicto del técnico sobre este portátil de segunda mano y unos cinco años de vida a sus espaldas, que me compré en agosto, por menos de 300 Eur,en un Hong Kong que se preparaba para recibir al F.C. Barcelona y a Pabuk.

La cámara, una fuente de dolores de cabeza desde Vietnam, tardará más. En el Samsung Service Center (¡por fin una ciudad con uno!) me han dicho que tienen que pedir la pieza, el Sensor CCD creo, ni mas ni menos que a Corea, con lo que la reparación podría tardar hasta 25 días, como máximo. La buena noticia, que la hay, es que la garantía lo cubre (pese a que el uso continuado durante nueve meses había borrado varios de los números de serie – ¿cómo se les ocurre ponerlos en el exterior? – y no tenía la factura original – pero si mi copia del pago con tarjeta de crédito de los 650 SGD de mi alma – y aparentemente no han descubierto que la cámara pasó por las manos de dos “reparadores” de pacotilla en Saigon y Beijing). Si bien tuve que discutirlo con la empleada que me atendió originalmente, la paciencia, la cara de extranjero serio y la buena voluntad hindú (nada que ver con la actitud china de negarse, por estar comprado fuera de China, a reparar el producto...salvo que pagara unos 900 RMB/90 Eur, claro) obraron el milagro.

El largo plazo para la reparación ha alterado mis planes. Nada de Delhi-Rajastan-Agra-Varanasi-Calcuta para desde alli volar a Rangoon. Ahora me ceñiré a la zona Norte/Noroeste de India, con excursión a Agra, por supuesto, y Delhi sera mi punto de partida y ciudad de despedida del país. “Flexibilidad” había apuntado yo, al principio de mi periplo asiático, como una característica vital en un viaje como el mio…

(Escrito por él desde Delhi, India, el Lunes, 19 de Noviembre de 2007)

17 noviembre, 2007

La ciudad y los perros

Es difícil huir de los estereotipos cuando te miran desde cada carretera, se agarran a tu camiseta en cada esquina e intentan hablar contigo a cada instante. Apenas tres días en una ciudad de más de doce millones de habitantes y solo uno más en un país de mil trescientos millones no es tiempo suficiente para opinar y comentar, aunque sí para sorprenderse, otra vez, gracias a Dios, por la diversidad de eso que llamamos la “fauna humana” .

Algo que todos los turistas esperan ver por todos lados cuando llegan a la India, con curiosidad no exenta de soberbia y una nada disimulada dosis de prepotencia occidental, son vacas deambulando sin ser molestadas. Gozando de mayor libertad que los bípedos que las rodean, se las puede encontrar tumbadas en las aceras, cruzando con parsimonia congestionadas carreteras, paradas en las medianas de las mismas, o, simplemente, rumiando lentamente mientras, a paso de vaca sagrada recorren ciudades y pueblos que han hecho suyos. No son tan patentes en Delhi como en otras partes menos desarrolladas, urbanas o de negocios pero no hay viaje en autobús o paseo por el campo en que no nos tropecemos con ellas. En el trayecto desde la fronteriza Sunauli a Gorakhpur, a donde me llevo un matutino y nada turístico autobús, no ví muchas pero en cuanto llegué a destino, me las encontré incluso dentro de la estación de ferrocarril (de unas dimensiones acordes a la ciudad de seiscientos veinticinco mil habitantes en la que está emplazada) y paseando por las vías. No se si esta sería la causa de que cuatro de cada cinco trenes, incluido el mío a Delhi, llegaran con retraso, pero su estatus sagrado les priva de cualquier castigo o maltrato.

Tal y como cuentan en Wikipedia, el hinduismo, religión observada por más del 80% de la población del país, prohibe sacrificar y comer la carne de los bovinos. La vaca se considera como la representación divina de Prithivi Mata (la Madre Tierra). Para algunos hindúes una vaca es la reencarnación directa anterior antes de ser un humano, por lo que si se sacrifica a una vaca se retroceden 87 escalones de reencarnación. Se considera sagrada no sólo la vaca sino también la leche y cualquier producto del bovino. Eso sí, la veneración de los hindúes por las vacas difiere bastante según las regiones. Por ejemplo, en el norte de la India existe una relación religiosa y casi emocional con las vacas, pero sin embargo en el sur de Kerala se ofrecen para el sacrificio los ejemplares más viejos a carniceros cristianos o musulmanes; la ternera se come en ciertas cantidades en esta zona. Para la mayoría de los hindúes la ingesta de carne de ternera es sin embargo un tabú.

La otra cosa que todos los turistas esperan, pero con temor y previsto cansancio, es ser objeto de miradas y lastimeros asaltos verbales con el objeto de conseguir unas preciadas rupias. No hay manera de evitar el acoso y, si no vives aquí y eres capaz de sorprenderles con alguna frase en hindi, no hay escapatoria posible. Intentas negociar el precio de una botella de agua en un puesto callejero mientras a tu izquierda un vendedor de gafas te ofrece unas copias baratas de una conocida marca americana (la misma que ha fabricado el modelo, original, que tu llevas en ese momento) y a la derecha un niño, de un grupo de tres que te contemplan inmóviles, te extiende su mano de mendigo. Al final, acosado por todos lados y sediento, no pagas las 20 rupias que te pedían por el agua, pero tampoco las 10 o 12 que le cuestan a un local, sino 15, porque los ojos azules y la tez blanca (aunque ahora morena por el sol de las montañas de Nepal) aquí tienen recargo.

Connaught Place, Old Fort, India Gate…en todos los lugares donde se reunen los turistas aparecen también vendedores y mendigos. Sentado en una zona verde de Connaught, pasé un par de horas disfrutando del sol, la lectura de mi libro y rechazando las ofertas para que me limpiaran los oídos (9 veces), comprar plátanos (2 veces), que me limpiaran/arreglaran los zapatos (4/2 veces), comprar palomitas de maíz (3 veces), ofrecimientos para acompañarme a la Oficina de Información Turística (1 vez en la plaza y 1 vez paseando, y en ambos casos las direcciones no coincidían con la de la auténtica sino con “clones” gestionados por agencias de viajes), y, simple y llanamente para pedirme limosna (2 veces).

Y, pese a todo, me han dicho que Delhi es una ciudad más avanzada y menos problemática que, por ejemplo, la anárquica Calcuta…


Nota: Una de las cosas que no esperaba ver era la gran cantidad de perros, sueltos, abandonados, por las calles. Esqueléticos, asustadizos o simplemente pasivos, asumen su triste suerte dejándose caer donde buenamente pueden. No he observado que los aparten a patadas (lo cual no seria nada extraño en la civilizada Europa) sino que, al igual que ocurre con las vacas, gestos y voces bastan para quitarlos de en medio cuando estorban.

Los mendigos, no tantos como imagináis pero demasiados para una potencia que rivaliza con China, son, sin embargo, más difíciles de tratar. Soy un negado a la hora de hacer lo más recomendable: ignorarles. Siempre que consigo apartarme de ellos lo hago con mala conciencia pese a que sé que la mejor manera de ayudarlos no es darles dinero a ellos sino a cualquiera de las organizaciones que, sobre el terreno, intentan aliviar la mala fortuna de estos pobres seres. Los trabajadores en esos centros saben mejor que los que solo estamos “de paso” cuales son las necesidades más acuciantes y como beneficiar al mayor numero posible de indigentes.

Porque tú no puedes ayudar a todo el mundo ni aunque vacíes tu monedero una y mil veces.


Google Maps de la zona

(Escrito por él desde Delhi, India, el viernes 16 de Noviembre de 2007)

09 noviembre, 2007

Mulas humanas

En el 99% del recorrido no hay carreteras, sólo caminos y senderos. Pero todos los años llegan decenas de miles de turistas y además aquí vive gente, cuidando sus animales y cultivando los campos, que necesitan pilas y ropa, cerveza y arroz, papel higiénico y café, dentífrico y bombillas. así que ¿cómo hacerles llegar las mercancías?. Solo hay dos formas, una es con mulas de cuatro patas, la otra con mulas humanas.

Durante el Circuito os cruzareis continuamente con ambos. También estos porteadores transportarán las mochilas, tiendas de campaña y utensilios de cocina de los grupos de turistas o individuos que prefieren cargar en espaldas ajenas el sudor y esfuerzo de hacer trekking en Nepal. Como mudo homenaje a estos sufridos hombres, aquí os presento algunas fotos de ellos (no muy buenas, pero mi cámara nueva estaba estropeada y la vieja que me prestaron no reaccionó demasiado bien a la altitud y el frío).

No ha habido día en que no se me pasara por la cabeza que el peso que llevo
a mis espaldas es por elección propia y forma parte de algo que yo hago por ocio. Apenas visibles bajo sus cestos, bolsas o jaulas metálicas, ellos hacen lo mismo por pura y simple supervivencia.















Google Maps de la zona

(Escrito por él desde la Kiwi Guesthouse, Lakeside, Pokhara, Nepal, el 09 de Noviembre de 2007)