23 enero, 2008

¡Paella!

Un breve saludo desde casa, donde empezó ayer mi intensiva terapia arrocera contra la depresión post viaje.

Mi menú de ayer fue paella. El de hoy, sobras de la paella de ayer. Y a la pregunta materna de qué vas a querer comer mañana, tras pensármelo unos segundos, contesté: ¡arroz negro! (hombre, que no va a ser todo paella).

Pues sí, como si no hubiese comido suficiente arroz en Asia, aún voy y pido más (en realidad, estoy realizando un estudio experimental de caso único, sobre mi resistencia metabólica al estreñimiento auto inducido, una temática altamente escatológica, tan apasionante cuan delectable).
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Bueno, no os aburro más con mis elucubraciones gastronómicas e intestinales. Solamente deciros un par de cosas.

A mis amigos de Castellón, que me muero de ganas por veros. Eso sí, durante el próximo par de semanas, voy a optar por la reclusión voluntaria. No es que me dé miedo salir a la calle (aunque tal vez no me venga mal un tiempito de adaptación para hacerme a la idea de que se me acabaron los tuk tuks y los puestos de comida callejeros con brochetas de pollo a 40 céntimos la pieza), sino que estoy metida de lleno en mis libros. Como parte de mis resoluciones para el 2008, está el sacarme un par de asignaturas de primer año de Psicología (tomándomelo con mucha parsimonia, sólo me he matriculado a dos, la bonita y la maría). Así que estoy en plan empollona, como en lejanos tiempos (Cesítar, ¿te acuerdas de esos cafés eternos que eran nuestros “descansitos” en la biblioteca? Avísame si te apetece tomar uno ahora, ¡ya sabes que yo me apunto en un plas!).

A nuestros fieles lectores, que aunque el viaje haya terminado, todavía nos quedan unos cuantos textos por publicar para terminar de vaciar nuestros tinteros. Sobre todo por parte del Junior, que aún tiene pendiente el contarnos sus aventuras por tierras birmanas. Y en cuanto pasen mis exámenes, prometo contaros un par de historias yo también, ¡con confesiones incluidas! Con que no nos perdáis completamente de vista todavía, que aún tenemos un par de sorpresas en la manga para vosotros…

Muchos besos a todos y especialmente a mi Juni, que está ahora mismo pasando frío en Dublín. Te echo de menos, cielo.

(Escrito por ella desde casita, en Castellón de la Plana, 23/01/08)

21 enero, 2008

El último Sling

El último mes de mi viaje ha sido como una cuenta atrás, cada segundo acompañado de un recuerdo y una despedida. En un breve peregrinaje por mis rincones preferidos de Asia, he vuelto a recorrer, en orden inverso, los lugares que hace ya casi un año descubriera junto a Él.

Primero, Bangkok; luego, Chiang Mai, con una breve escala en Sukhothai; Luang Prabang, donde dimos la bienvenida al año nuevo laosiano; Siem Reap, donde esperamos un amanecer delante del milenario templo de Angkor; Koh Lipe, donde José se sumergió en el mar y yo en mí misma. Mi pequeña trayectoria circular concluye en Bangkok, donde hace cinco días, me reuní nuevamente con mi compañero de aventuras, recién regresado de Birmania.

Ayer, en Singapur, nos tomamos el último Sling. Nada menos que en el Raffles (el “Ruffles”, como lo llamamos nosotros), uno de los más prestigiosos y legendarios hoteles del sudeste asiático. Un año antes, nos habíamos conformado con tomarnos unas fotos en el patio, mientras turistas más adinerados se tomaban sus cócteles sentados en la barra del atrio. Esta vez, en cambio, veníamos decididos a brindar también nosotros, como diría el Junior, “throwing the house out of the window!” (21 dólares singapurenses por sling, 32 si te quieres quedar el vaso de recuerdo, más un 7% de recargo y un 10% de propina obligatoria, total: un auténtico atraco – por supuesto que nosotros, como recuerdo, con un par de posavasos ya nos dimos por sobrados).

Y ahora, exactamente un año después del comienzo de nuestro viaje, henos aquí, a más de 11.000 metros de altitud, encapsulados en un Boeing 747 de la British Airways. A mi izquierda, una rubia despampanante mira “Cuatro bodas y un funeral”. A mi derecha, el hombre del antifaz duerme para no pensar. Y ante mí, en mi pantallita individual, leo que ya sólo nos quedan dos horas para aterrizar en Londres, donde José y yo volveremos a separarnos. Él saldrá disparado para no perder su conexión a Dublín, mientras yo me quedaré matando horas en la Terminal 2 de Heathrow, a la espera de mi vuelo a Valencia.

Llevamos un par de días repitiéndonos como discos rallados: qué rápido se nos ha pasado el año, parece que fue ayer, no quiero que termine el viaje, qué duro es volver, quién iba a decirnos que esto nos iba a costar tanto... Hace cosa de seis meses, en un ataque de nostalgia, nos pusimos a hacer elenco de todas las pequeñas cosas con las que íbamos a regocijarnos de vuelta a casa. He de confesar que el órgano de la morriña no es el corazón, sino el estómago, por lo que en los primeros puestos de nuestra lista figuraban la fabada (para él) y la paella (para mí). Sin embargo, ahora que ya se nos acerca la hora de ponernos las botas con las delicias culinarias de nuestras respectivas mamás, ni poniéndonos delante una tortilla de patata lograríamos sacudirnos estas caras de sepultureros.

Como le decía ayer a José, me siento como el hombre de la cueva platónica que, temporalmente liberado de sus ataduras, ha salido a respirar el aire exterior y a mirar el mundo bajo la luz del Sol. Y ahora, después de un año de libertad, se le pide que regrese a la penumbra de su cueva, donde sólo podrá ver las sombras de objetos proyectadas en la pared. Así como él, durante un año entero, nosotros hemos probado la miel de una vida sin obligaciones y sin apenas restricciones, y ahora, muy a pesar nuestro, hemos de volver a una realidad hecha de horarios forzados, de términos impuestos, de objetivos ajenos y de mínimos momentos de libertad condicionada.

Por supuesto, soy consciente de que no tengo ningún derecho a quejarme. Al contrario, he de estar muy agradecida por la suerte extraordinaria que ha sido el poder realizar este sueño. Como dijera el multimillonario Warren Buffett, dirigiéndose a un aula de estudiantes de la Universidad de Nebraska: “We´ve had a lucky ticket” (nos ha tocado un billete afortunado) y continuaba diciendo, “Our ticket says White” (nuestro billete dice Blanco), “our ticket says Intelligent” (nuestro billete dice Inteligente).

Me atrevo a decir que, aunque más humildemente, a nosotros también nos ha tocado un billete afortunado. Hemos tenido el privilegio de nacer en países desarrollados, de recibir una educación, de conseguir buenos trabajos, de gozar de un buen nivel de vida, de prosperar y ahorrar sin excesivas privaciones, de permitirnos renunciar a nuestros empleos por un tiempo, de tener unos pasaportes y de que nadie nos impidiera usarlos.

Para muchos, lo que hemos vivido es una utopía, un sueño inasequible. Ahora mismo, no estoy ni tan siquiera pensando en el campesino birmano, el mendigo tibetano o la niña camboyana que se gana la vida en un vertedero de basuras, sino en el aburguesado taxista singapurense que anteayer nos conducía del aeropuerto a nuestro hotel. Nos comentaba que aunque a él también le encantaría viajar como nosotros, durante todo un año, eso es algo completamente inimaginable para él. Todos los días, salvo domingos, tiene que conducir su taxi desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde: “This is the asian life” (ésta es la vida asiática), nos decía con un tono mixto de aceptación resignada.

Así que tendremos que hacernos al ánimo nosotros también y aceptar nuestros destinos con alegría, sacando partido de los placeres más simples y sutiles de esta vida, sin dar nada por descontado y apreciando todo lo que tenemos.

Brindemos por un feliz regreso a nuestra “european life” y… ¡por nuevos comienzos!

José y yo, brindando en el bar terraza del Raffles Hotel. Más que un último sling, quiero pensar que éste será el primero de muchos (en esto estoy segura de que el Juni discrepará conmigo, ¡sobre todo si ha de ser él quien pague de nuevo la cuenta!).

(Escrito por ella desde el cielo, en algún punto entre Moscú y Londres, 21/01/08)

13 enero, 2008

Por el amor de una mujer

Por el amor de una mujer, un hombre es capaz de las mayores vilezas y los mayores sacrificios.

Puede robar a un mendigo, matar a un hombre santo, golpear a quien le dio la vida. Puede mentir y traicionar, engañar y chantajear. Puede escupir en la cara a su mejor amigo si este osa decir algo en contra de su amor.

Puede también dejar de beber si ella se lo pide, cambiar hábitos nocivos por otros más saludables, incluso puede cambiar las malas compañías por otras menos dañinas. Puede encaminarse por el recto camino del que se había apartado y abrazar una vida que antes rechazaba.

Porque al enamorarse uno pierde la noción del Bien y del Mal, o, mejor dicho, ya no se basan en la moralidad o las leyes, sino en lo que favorezca o perjudique a la mujer amada. La pasión nos arrastra como un caballo desbocado al que montamos mientras nos reímos a carcajadas.

Un hombre enamorado es un hombre invencible, no hay batalla grande o pequeña a la que no acuda confiado en la fortaleza de sus armas. No hay enemigo que le pueda hacer frente si cuenta con el respaldo de su amada.

Un hombre enamorado es también un loco, que desafía a la lógica y la cordura, a la seguridad de lo establecido y respetable. En su mente no hay convencionalismos ni reglas, escritas o no, que le repriman.

Por Ella se hace cualquier cosa. Y por su pérdida se llora de manera inconsolable.

Cuando uno tiene a su alcance todos los recursos de un Mahraja, un hombre enamorado es capaz de construir algo tan hermoso como es el Taj Mahal. Ha sido descrito como "Una lágrima en el rostro de la eternidad" (Rabindranath Tagore) o "La forma corporal de todas las cosas puras" (Rudyard Kypling)

El Taj fue construido por el Emperador Shah Jahan como un monumento funerario en memoria de su segunda esposa, Mumtaz Mahal, que murió al dar a luz a su catorceavo hijo, en 1631. Su muerte la partió el corazón de tal manera al emperador que se dice que su pelo se volvió gris de la noche a la mañana. Nada se dice de noches de insomnio o de llorar amargamente a escondidas, pero no hace falta que eso se escriba en los libros para saber que el monarca sufrió una pena infinita.

La construcción del monumento comenzó en ese mismo año de 1631 y no se completó hasta, aproximadamente, 22 años después. En total, unas 20.000 personas de India y Asia Central trabajaron en el edificio. Se trajeron especialistas, incluso de la lejana y exótica Europa, para trabajar en el mármol y los millares de piedras semi preciosas que se emplearon en la obra.

Pero el coste de tamaña declaración de amor fue tan excesivo que, poco tiempo después de terminado, Shah Jahan fue derrocado por su propio hijo Aurangzb, que le hizo encerrar en el Fuerte de Agra donde, por el resto de sus días, sólo podía atisbar su creación a través de una ventana.

Al morir en 1666, Shah Jahan fue enterrado aquí, al lado de Mumtaz, y sus cuerpos reposan juntos, para siempre, como, tal vez, ambos se encuentren juntos en el Paraíso del Profeta.



(Visitado el 15/12/2007; texto escrito por él en Bagan, Myanmar, el 03/01/2008)

Una hindú atípica

Ser mujer no es fácil o sencillo en ningún país del mundo, tal vez con la excepción del Norte de Europa. No estar casada a una edad en que la mayoría de tus compatriotas ya les han dado nietos a sus madres, ya te convierte en una excepción. Maldecir, fumar y beber como cualquier hombre y vestir de una manera occidental tampoco ayuda. Trabajar en una profesión como el periodismo, no es lo que se espera de una fémina en la India.

Esa es mi amiga Padmaparma Gosh, una hindú atípica.

Padma trabaja para el periódico económico "The Mint", en su sede de Delhi, muy cerca de Connaught Place. Todas las mañanas conduce al trabajo su propio coche, como hace cualquier hombre (frase con doble sentido que quien haya ido de copiloto o sentado en un taxi por cualquier ciudad asiática comprenderá perfectamente). Afortunadamente, atrás quedaron los tiempos en que tenía que desplazarse usando el transporte público metropolitano, siendo sometida casi a diario, como cualquier otra mujer, a tocamientos y roces nada accidentales. Alguna que otra vez tuvo que avergonzar en público, en voz alta, al acosador. Y alguna vez la mano que tocó carne fue la suya, en forma de sonora bofetada en la mejilla del sinvergüenza. Si en el avanzado Japón el Metro tiene vagones exclusivamente femeninos para evitar estas situaciones, aquí en los autobuses públicos las mujeres tienen reservados asientos, no por educación o deferencia, sino para agruparlas en una zona segura y protegerlas del acoso.

Desgraciadamente, en la India predomina la idea de la subordinación de la mujer frente al hombre, ya sea padre o, especialmente, marido. Es una sociedad mayoritariamente conservadora y machista, y una de las sorpresas más desagradables que se lleva uno es comprobar como los hombres miran lascivamente a las mujeres extranjeras, incluso a las que visten de manera más recatada y acorde a la moral del país. En unos pocos segundos les recorren el cuerpo con la mirada de una manera sencillamente asquerosa.

La situación de las mujeres en la capital, Delhi, es casi similar al de las europeas o estadounidenses, pero en el resto del país, ese gigantesco 99% del territorio y población, las cosas siguen como hace cien o doscientos años, sin ningún tipo de evolución hacia la igualdad, pese a las políticas de los sucesivos Gobiernos. Hay cosas que no han cambiado, sólo se han modernizado, desde antes de los tiempos en que la India era la perla de la corona.

Por ejemplo, en los periódicos hay una sección dedicada a buscar matrimonio. No es el típico "Divorciado, 40 años, sin hijos etc." sino que entre los datos que se proporcionan está la casta del novio o novia, y los anuncios los pone su familia. Porque una boda es una cosa muy seria que no se puede dejar al azar, y eso incluye la fecha de la celebración de la misma y la dote. Lo primero, que en Occidente depende de los meses más cálidos, aquí lo eligen las estrellas, pues es la conjunción de determinados planetas y la astrología las que dictan los días y semanas más propicios. Este año 2007 ha sido en Noviembre y desde que se supo, ha habido una carrera para conseguir restaurantes, pues llegan a haber cientos de bodas a diario, apurando los días más propicios del calendario.

Lo segundo, la dote, es causa de endeudamientos e incluso suicidios y asesinatos, en caso de que no se pueda conseguir una cantidad suficiente para el prestigio o nivel de la familia. El honor, como en una España profunda que aún repta bajo la superficie del talante, provoca derramamientos de sangre.

Donde no llega la sangre al río, y la picaresca es más latina que la de los latinos, es a la hora de conseguir una vivienda digna. El apartamento alquilado en que mi amiga vive con su madre (otra mujer atípica, pues es una divorciada en un país que se horroriza ante tal idea; y que, por cierto, cocina divinamente riquísimos platos bengalíes y me ha mimado con esmero durante mi estancia en su casa) es absolutamente ilegal. La licencia municipal para este edificio sólo permite una construcción de pisos determinada pero los del, teórico, último piso, los caseros que viven debajo de ella, han construido un piso en lo que debería ser, de acuerdo a planos y permisos, una terraza.

¿Cómo llega la electricidad? Pues es una derivación del cableado y consumo del piso de abajo, incorporando un contador para calcular y pagar correctamente los consumos.

¿Línea telefónica? No es ningún problema, sólo hay que pagarles una pequeña suma a los operarios, que no se llama nunca soborno, ni aunque se trate de un policía que nos vaya a "perdonar" una sanción de tráfico.

La situación no es nada excepcional en India, más bien al contrario y está relacionada con la discrepancia entre lo que calculan las autoridades como crecimiento de la población y el que realmente ocurre, consecuencia de inmigración interior y de la más que evidente superpoblación. Cuando los planificadores de una ciudad calculan las infraestructuras (por ejemplo electricidad o alcantarillado) de una determinada zona, lo hacen conforme a una determinada población. Pero ésta crece, generalmente sin control, y entonces se desbordan las previsiones y surge esa picaresca que sería envidiada por los italianos, maestros en las lides del timo al Estado.

Algún día, tal vez no muy lejano, Padma se casará pero estoy seguro de que por mucho tiempo seguirá fumando como un carretero, bebiendo como un cosaco, conduciendo como un hombre y, sobre todo, riéndose de los convencionalismos con los que la vida le quiere encorsetar.

Bien por tí, Padma.




(Escrito por él desde Myitkyina, Myanmar, el miércoles 9 de Enero de 2008)