23 abril, 2007

Feliz Año de Nuevo

La bella durmiente no se despierta con el tierno beso de un príncipe azul, sino puntualmente cada año, del 14 al 16 de abril, con un estallido de ruido, risas y agua.

La celebración del año nuevo o “Pimai” me hace pensar a la tomatina de Buñuel, solo que sustituyendo los tomates por agua y polvos de talco. El agua es un elemento simbólico de purificación, aunque la manera en que los laosianos se la echan encima unos a otros, de simbólica no tiene nada. Como de lo que se trata es de lavarse los pecados acumulados durante todo un año, que hay que ver cómo tienen de guarra la casa algunos, los laosianos no se andan ni con rodeos ni con remilgos. A barreños y pucherazos limpios, ¡agua va!

La ciudad entera se desata en una ola de histeria colectiva, por las calles zumban a todo volumen ritmos de rap y rock and roll, grupos de jóvenes ataviados con las camisetas distintivas de sus peñas bailan, beben birras y dan rienda suelta a su ebullición hormonal, lanzando cubos de agua a todo ciclista, motociclista, tuk-tuk, coche o viandante que se les cruce. Del remojón no se escapa nadie, ni niños, ni madres, ni ancianos, ni monjes, ni el mismísimo Buda (aunque a él lo bañen más delicadamente, con agua y pétalos de flor de loto), ni muchísimo menos los turistas y, si son mujeres, mejor que mejor. A mi paso, voy oyendo el grito de guerra, “FALANG, FALANG!”, que traducido al castellano significa “¡GUIRI, GUIRI!”, y en un plas tengo a cuatro o cinco maromos sonrientes rodeándome para que no escape a mi merecida ducha. “Happy Lao New Year, madame!” – gracias, gracias, ya me siento muchísimo mejor, de pronto tan purificada…

Este país me recuerda muchísimo a España. Y es que, como le decía a José, el mundo es redondo y en todas partes, los niños son niños; los adolescentes, adolescentes; y los adultos, como aquéllos. Lo mejor del Pimai es que te da la excusa perfecta para volver a ser guaje. Como una máquina del tiempo que te catapulta en el pasado. Me parecía estar de vuelta al año 1984, riéndome y gritando, jugando a guerrillas de agua con mis vecinitos de la plaza Escultor Adsuara, en Castellón.

Todos los días, he vuelto a mi habitación hecha un Cristo, para el gran deleite del personal del hostal. El primer día, me recibieron a carcajadas, y es que traía todo el aspecto de una merluza. Tanto del pez como del pescado, pues no solo iba completamente empapada, sino también rebozada con kilos de harina.

Y es que ese día, mientras José regresaba al hostal con indisposición de barriga, yo me aventuré a cruzar el Mekong. Iba a mezclarme con los miles de laosianos que armaban barullo en la otra orilla del río, donde habían montado chiringuitos, altavoces, pistas de baile, plataformas para el lanzamiento de cohetes: en breve, todo el meollo de la movida.

Cruzar el Mekong fue ya de por sí una aventura (presiento que esta historia va a encantar a mi madre, que después de leer esto ya no va a querer viajar conmigo a ningún sitio). Siguiendo un grupito de laosianos, me embarqué en un “speed boat” o embarcación rápida, que venía a ser algo así como la versión acuática de nuestro autobús vietnamita. Una barca de madera, estrecha, alargada y motorizada.

Me subí la primera y, detrás de mí, una docena de laosianos. Nada más ponerse en marcha el motor, comprendí el sentido de la palabra “speed”. Las cosas como son, vale que la barca no estuviese como para lucirse en la Copa América, pero rápida sí que era, eso sí que hay que reconocérselo. El problema es que no es que fuese rápida hacia delante, sino más bien en su moción hacia el fondo.

En cosa de ocho segundos, empecé a sospechar que algo no era del todo normal. La barca empezó a tambalearse, la gente se levantaba y gritaba haciendo señas a otras embarcaciones, miré a mis pies y de pronto vi mi querido Mekong más cerca que nunca. En breves segundos hice un repaso mental de la situación: el agua me llegaba a media pantorrilla, el nivel iba subiendo rápidamente y estábamos justo en la mitad del río. ¡Socorrooooo! Pero digo yo, ¿tan mala he sido yo este año que unas buenas duchas no basten para expiar mis culpas?

Lástima que el Junior no estuviese conmigo. No porque necesitase su protectora presencia en esos momentos de pánico, ni porque le desee la suerte de Leonardo en “Titanic”, sino más que nada porque de haber estado allí, ahora tendríamos todo un reportaje audiovisual del siniestro, de la operación de rescate y de la feliz llegada a tierra firme. En su lugar, tenemos una chapucilla de videoclip de catorce segundos que se corta justo cuando empieza a cundir el pánico (próximamente en sus pantallas, estén atentos al estreno de “Titanic” en la sección de vídeos del viaje). Y es que ante el peligro, cada uno responde a su modo. Yo opté por guardar la cámara y ayudar al barquero a devolverle sus aguas al río, como todo hijo de vecino laosiano.

Nada más desembarcar en la otra orilla (menudo alivio), me tuve que enfrentar a un nuevo peligro, el de las lluvias torrenciales de polvos de talco. Muchísimo peor que las de agua, porque el talco es tan fino que se te mete por todas partes. En pocos segundos, me dejaron más blanca que una estatua de yeso. Tenía talco en el pelo, en las pestañas, en los ojos (por cierto, eso duele), en el bolso, en la cámara, en las manos y hasta en las bragas. Una lástima, porque con todo ese pringue no pude hacer muchas fotos.

Algunos laosianos se dedicaban a construir “estupas” de arena, que luego adornaban con polvos de talco, banderas, cintas multicolores, flores y palillos de incienso. Otros se bañaban, intentando quitarse sus máscaras de harina con las aguas parduzcas del Mekong. Multitud de gente caminaba río abajo y río arriba, bebiendo, riendo, espolvoreando talco y deseándose un feliz año nuevo. Una hilera de personas se destacaba de esa gran masa humana, subiendo en procesión a los templos. Los seguí un rato y, cuando ya no quedaba de mí ni un centímetro cuadrado de piel visible, decidí que era hora de volver a coger el barco (optando por un modelo VIP esta vez).

En el segundo día del Pimai, asistimos al desfile de Miss Laos con su colorido cortejo de galanes y damiselas. Encabezando la procesión están unas figuras típicas del Pimai laosiano, unos cabezudos con máscaras rojas, conocidos como los “Pougneu Nagna Gneu”. También participan en el desfile músicos, grupos tribales, monjes, niños y niñas vestidos con trajes tradicionales, hombres con disfraces de mono, de pavo real, y hasta de “mujer liberada”. El sentido del humor es rey durante la fiesta y todo está permitido.

Terminada la procesión y ya de camino hacia el hostal, presenciamos y padecimos toda clase de asaltos. Perdí cuenta del número de cubos de agua que me echaron encima y acabamos no solamente calados, sino también pringados de harina y embadurnados de hollín.

Después de darnos una buena ducha en la que casi nos dejamos los cueros en carne viva, y tras vestirnos con las últimas prendas secas de nuestro escaso vestuario, decidimos quedarnos a cenar en el hotel, pues eso de salir a la calle por segunda vez en un solo día nos pareció demasiado temerario.

Yo, que soy más bien modosita, me había bajado un libro para relajarme leyendo mientras esperaba a que me sirvieran la cena. Mi plan era descansar un poco de tanta marcha y disfrutar de una velada tranquila. Así que os podéis imaginar la sorpresa que se llevó José al bajar de la habitación unos minutos después que yo, y al encontrarse con mi libro abandonado en una mesa y a mí bailando (o por lo menos haciendo el intento) con el personal de recepción. Y es que menuda marimorena habían montado: ¡música a tope, karaoke, baile y cerveza Lao a voluntad! Bueno, estaba claro que no iba a ser el tipo de velada que yo había planeado.

Despedimos el año viejo entre carcajadas y abrazos, que el alcohol desinhibe hasta al más tímido de los laosianos, bebiendo mucha cerveza y bailando al ritmo de canciones locales. El que más se desató fue el cocinero, no sólo porque se soltó el pelo (suele recogerse el flequillo en una especie de chufo que, sin querer ser cruel, me recuerda al peinado de los Yorkshire Terriers), sino porque durante un buen rato se convirtió en la estrella del karaoke (su habilidad como cantante era inversamente proporcional a la cantidad de cerveza Lao ingerida por el mismo), hasta que se cansó del micrófono y se lanzó a la pista de baile, amarrándose al Junior como un oso amoroso. Éste me hacía señas de que todo bien y aquí no pasa nada, en un esfuerzo por auto-convencerse de que dos hombres bailando abrazados es algo normal en latitudes laosianas, hasta que aquél empezó a darle besitos en el cuello, que sin duda eran otra expresión natural de fraternidad y cariño inter-étnico.

Afortunadamente, durante el parón de luz que duró menos de cinco minutos, yo estaba más cerca de José que el cocinero, así que por esta vez le gané la mano y aproveché para marcar territorio. A oscuras y al compás de ritmos laosianos, nos marcamos unas lentas, y así, bailando pegados y acarameladitos los dos, sellamos el año viejo con un penúltimo te quiero.

Digo “penúltimo” porque, aunque al espectador tales escenas puedan augurar un desenlace romántico, la realidad de la vida nunca es tan sencilla ni previsible como las películas de Hollywood. El año viejo se despide para dar paso a las promesas de año nuevo. Nosotros, cumpliendo con la tradición, hemos añadido una nueva resolución a nuestra ya larga lista: la de separarnos durante un tiempo.

Después de tres meses viajando juntos, y aunque sigamos llevándonos bien, los dos empezamos a sentir la necesidad de darnos un pequeño respiro. Aprovechando que los Siths estarán en Tailandia del 22 de abril al 6 de mayo, José y yo nos distanciaremos durante un par de semanas. Mientras él disfruta de la compañía de sus amigos (chicos, yo también espero veros en Bangkok antes de que os volváis a Dublín), yo me concentraré en realizar unos cuantos proyectos. Como hacer un cursillo de masaje tailandés, ponerme en contacto con viejos amigos y, si aún me queda tiempo, poner al día este blog con más textos y fotos.

Pequeñas resoluciones las del año nuevo laosiano, y es que todavía tengo muchas pendientes de mi lista de diciembre y febrero. Por cierto, a propósito de mis resoluciones, tengo una gran noticia. Y es que la más deseada de mis resoluciones de año nuevo chino está camino de cumplirse: ¡mis padres ya han reservado sus billetes para Bangkok! ¡Hurra! Estarán aquí del 18 de diciembre al 16 de enero y, aunque aún quede muy lejos, ya estoy haciendo un montón de planes para esas cuatro semanas. Van a ser unas navidades muy especiales.

Nota: tal vez os estéis preguntando el porqué de tantas celebraciones de año nuevo y en fechas tan dispares. El año nuevo de febrero es el chino, que corresponde al budismo “Mahayana” o “gran vehículo”. El budismo Mahayana se practica en China, Japón, Tíbet, Corea y Mongolia. Sin embargo, el año nuevo de esta corriente budista, también se celebra en el sudeste asiático, debido a la importancia de la comunidad china en estos países.

El Pimai o año nuevo laosiano se celebra en abril y corresponde a la otra corriente budista, llamada “Theravada” o, despectivamente, “Hinayana” (“pequeño vehículo”). El budismo Theravada es practicado en Birmania, Tailandia, Camboya, Laos y Sri Lanka.

La diferencia entre ambas corrientes estriba principalmente en el enfoque. El gran vehículo se concentra en el ejemplo de la vida de buda, exaltando la compasión como principal virtud. El pequeño vehículo pone mayor énfasis en las enseñanzas de buda, predicando un modo de vida más austero y buscando la iluminación por medio de la meditación.

(Escrito por ella desde Luang Prabang, Laos, 18/04/2007)

20 abril, 2007

De Saigon a Sapa (VI): Halong, Sapa y...a Vientiane

Halong Bay

Cerca de Hanoi, hay una excursión de dos o tres días que merece la pena. La magnifica Bahía de Halong es, sin lugar a dudas, la maravilla natural de Vietnam. Imaginaos más de 3000 islas surgiendo de las aguas esmeraldas del Golfo de Tonkín, muchas con playas y grutas creadas por el viento y las mareas. Además, algunas cuentan con cuevas de mayor tamaño, iluminadas artificialmente para facilitar la visita de los turistas.



Nosotros hicimos la excursión de una noche y dos días (ya sabéis, en el primero la mañana se consume con el viaje y en el segundo se sale después de comer), que incluía la romántica novedad de pernoctar en un barco. Cuando llegamos al embarcadero vimos no una docena, sino cientos de embarcaciones de madera de mediano tamaño, con capacidad cada una para unos veinte pasajeros, que se iban llenando y saliendo en orden hacia la bahía. A nosotros nos llegó el turno después de comer, cuando ya nos preguntábamos si la excursión consistía en estar fondeados a escasos metros del puerto.

Desgraciadamente no pudimos apreciar la belleza de las formaciones rocosas en todo su esplendor puesto que una neblina limitaba la visibilidad a unos centenares de metros. Bajo la niebla, solo se ven gigantescas formas que hubieran sido espectaculares de haber contado con un día más despejado. Al anochecer, todos los barcos fondeamos juntos, a los pies de la Tiptop Mountain para minimizar el riesgo de ¡un ataque por parte de los piratas!. No es broma, ha ocurrido en el pasado y las consecuencias pueden ser simplemente perder todas las posesiones o, no es descartable pues ya ha pasado, hasta perder la vida. Mecidos suavemente por las olas, pronto nos quedamos dormidos sin que ningún émulo de Jack Sparrow perturbara nuestro sueño.


Al día siguiente teníamos prevista una excursión en kayak y el barco nos llevó a un embarcadero flotante que, junto a unas casas también flotantes, albergaba las piraguas dobles en las que remaríamos por nuestra cuenta durante 15 o 50 minutos. Nunca quedó claro y ni una pareja de australianos ni otra de irlandeses se pusieron de acuerdo si el guía había dicho “fifty” o “fifteen”, pero seis personas acabamos perdiéndonos y llegando casi dos horas después. Claro, es que todas las islas tienen un tamaño similar y para volver en vez de retomar el camino decides rodear la siguiente isla para llegar por detrás. Pero resulta que eso no es el final de la isla, sino una pequeña cala, así que sigues rodeando. Y ves el final de la isla. Que resulta ser una playita. Y sigues rodeando hasta que te das cuenta de que estás cansado y el tiempo pasa…y decides dar la vuelta y retomar el camino original.


Y para colmo, cuando estamos en el barco de camino de vuelta, sale una espesa nube de humo del motor y el barco detiene su marcha por una avería. Paciencia, conversaciones y juegos de cartas hasta que, sin más novedad, otro barco nos rescata y nos lleva a puerto de manera que podamos llegar a Hanoi a tiempo para tomar nuestro tren nocturno a Sapa.


Sapa

La otra cita ineludible desde Hanoi era visitar Sapa, tan al Norte del país que era casi fronteriza con China. De hecho el tren nocturno llega ocho horas después de salir de Hanoi (y dormir en la litera de arriba de un compartimento para seis personas no es tan claustrofóbico como se puede imaginar a priori) hasta Lao Cai, ciudad fronteriza, a las seis de la mañana y desde allí un minibús (es decir, una furgoneta con más o menor antigüedad) te lleva por un camino que tiene más curvas que Pamela Anderson durante una hora de espectaculares paisajes hasta Sapa (o Sa pa).


Esta norteña ciudad es visitada por los turistas por dos razones principales, el arroz y las tribus, El primero se cultiva por toda la zona, con la particularidad de que, dado lo montañosa que es, sus habitantes han acudido en busca de espacio a las faldas de las colinas, donde aplican el cultivo en terrazas. Vistas desde cualquier parte del valle en plena época de faena en el campo, la perspectiva es espectacular. Respecto a la segunda razón, la zona está plagada de pueblos en que las etnias continúan con sus vestidos tradicionales y de esa guisa se les puede ver en el mercado de Sapa, pudiéndoseles identificar, si uno les conoce un poco, por su vestimenta como Xapho, Zao o Dao, Tay o H´mong.



Nuestra experiencia con los paisajes no fue demasiado buena porque por un lado llegamos en un momento en que la ciega niebla por las mañanas y (peor aún para las fotografías) una persistente neblina por las tardes, nos impidieron disfrutar de las vistas. Además, no era momento de que el arroz estuviera en su esplendor con lo que los colores que vimos no eran los más adecuados para la genuina reputación de esta zona. Pero uno no puede tenerlo siempre todo a su favor y hay que disfrutar cada momento, con lluvia o con sol, y eso hicimos.



Respecto a las tribus, por nuestra cuenta hicimos un trekking que nos llevo desde Sapa hasta Ta Van (Zay) pasando por Lau Chai (H´mong) y desde allí alquilamos dos mototaxis para ir a Ban Ho (Tay) y disfrutar de su rio y sus aguas termales, para luego volvernos a Sapa. El camino era muy bonito (pese a que la calidad de la luz no acompañaba) pero resultaba molesto convertirse continuamente en acosado objeto por parte de los habitantes, que no cesaban de insistir en que les compráramos bolsos, pulseras, gorros o cualesquiera mercancías que ellos llevaran encima. Lo mismo ocurría en Sapa continuamente. Iba a decirle a Isa que dentro de unos años andarían todos en camiseta cuando me di cuenta de que no sería así, porque si ya no llevan el traje tradicional nos privan del exotismo de su vestimenta y pasan a ser simples vendedores como tantos otros en Vietnam.


Pese a ello, el mejor recuerdo que nos llevamos de Sapa es el del viejo Thin y sus partidas de ajedrez. Una noche en la que buscábamos algo abierto para cenar (porque a la intempestiva hora de las nueve ya estaba todo cerrado) vimos el cartel del restaurante “SaPa Xann” (¨Green Sapa” o “Sapa Verde”), una mujer barriendo en la puerta y en la terraza en lo alto, un viejecito de boina. Mediante mímica y con la discreción de nuestros gritos, le preguntamos si estaba abierto para comer algo y nos dijo que sí. Y así encontramos nuestro restaurante favorito para comidas y cenas mientras estuvimos en Sapa. Básicamente, es su casa. La cocina es la de casa, la terraza, con sus pájaros y plantas, es la de su casa y la comida es deliciosamente casera. La cocinera (increíblemente diestra, todos los platos fueron deliciosos) es, obviamente, la esposa de Thin y son ellos los que, sobre un amplio menú, te aconsejan por señas que plato has de pedir. Y nunca se equivocan porque siempre hemos salido satisfechos. Pero no acaba ahí la cosa porque mientras se preparan los manjares, Thin sacará su ajedrez y te desafiará, sonriente y modesto, a una larga partida de ajedrez que tú perderás. Para compensarlo, luego te puede hacer probar su licor casero o degustar, mediante largas cañas, el típico licor de arroz. Y si después de cenar quieres que te vuelva a machacar, la cerveza corre de su cuenta. Y además, la comida es siempre barata.


V.I.P (Vaya Increíble Patata)

V.I.P era nuestro autocar desde Hanoi (Vietnam) hasta Vientiane (Laos), un trayecto de 23 horas que decidimos hacer de la manera más cómoda posible, dentro de un presupuesto de 25 dólares por persona porque el avión costaba 125 $. Vincent, que había hecho el trayecto un par de días antes nos escribió un email avisándonos “El autobús que cuesta 16$ es local, está lleno de vietnamitas, los asientos no se reclinan y son incómodos, el trayecto ha sido un asco”. Ni cortos ni perezosos volvimos a la agencia y preguntamos sobre otra opción, con menos ambiente local, para el viaje y la chica nos dijo que la Embajada de Laos organizaba varias veces a la semana un autobús pero que el siguiente no saldría hasta el miércoles. Horror, nuestro visado caducaba ese mismo día y nos exponíamos a pagar una multa o solicitar, a precio de oro, ipso facto una extensión del visado. Ella dijo que llamaría a la Embajada de Laos dentro de un rato, porque ahora estaban comiendo, y preguntaría si había alguna solución.

Y vaya si la hubo. Aparentemente, el autobús V.I.P. de la Embajada saldría también el martes así que pagamos los 9$ de diferencia y nos aseguramos plaza en tan cómodo transporte. Al día siguiente, a las seis de la tarde, dos motos nos llevaban a nosotros y nuestras mochilas hasta otra agencia a la que llegaría el autobús. A las seis y media, la señora de la agencia nos decía que por unos problemas que no entendimos, la montaña no vendría a Mahoma así que Mahoma iría en taxi a la montaña.

Cuando llegamos a la estación de autobús yo fui a asegurarme y vigilar cómo se metían las mochilas en el portaequipajes mientras Isabel subía a apropiarse de dos asientos contiguos. Cuando fui yo el que entró en el autobús, me quedé sorprendido porque parecía local, estaba lleno de vietnamitas, los asientos no estaba seguro de que se pudieran reclinar ni de que no fueran incómodos y el trayecto se me antojaba un asco. Y no había nadie que hablara inglés ni forma de hacernos entender. Encima, comprobé que a nuestro lado había aparcado otro autobús que parecía realmente V.I.P. con un vistoso cartel “Hanoi – Vientiane”. Le pregunté al conductor y lo único que me decía es que salía “mañana, mañana”. Isabel y yo atamos cabos, no había transporte de la Embajada el martes y una de las dos agencias o un funcionario laosiano nos habían timado dieciocho dólares.


¿Qué podíamos hacer? Si nos bajábamos del autobús para volver a la Agencia, perdíamos el transporte y teníamos que pagar bastante más del doble de lo que habíamos pagado ya para la extensión de la visa, aparte del tiempo y las molestias. Ya teníamos nuestras mochilas guardadas, eran casi las siete y nos resignamos a un viaje cuanto menos pintoresco (aunque, afortunadamente, los asientos se reclinaban parcialmente, la cortinilla que colgaba a mi lado presentaba un extraño degradado de colores, desde el amarillo chillón hasta el negro roña que no se me antojaba fuera cosa del diseño). A las siete de la negra tarde abandonábamos Hanoi y a las diez de la noche realizábamos la primera parada por avería.


Creo que fueron en total, unas tres paradas por recalentamiento del motor después de otras dos paradas por avería mecánica. Eso incluye detenerse tranquilamente en medio del carril, a la salida de una curva, en un puerto de montaña en el que nos rodeaba la niebla. También, una parada en un taller, despertar al mecánico y que durante una hora media docena de varones, entre pasajeros y conductores, se dedicaran a observar como el hombre luchaba por encajar artesanalmente una pieza recién soldada. Además, los pasajeros nos quedamos sin agua porque fueron recogiendo todas las botellas para apagar la sed del ardiente motor. Encima, nos hemos ido de un país de más de 80 millones de habitantes a otro de solo 6 y del que el 80 por ciento de las carreteras están sin asfaltar. Las averías y los problemas no impidieron que fuéramos parando para recoger a más pasajeros que, al imaginario grito de “al fondo hay sitio” lograron que la capacidad máxima del vehículo pasara de 40 a 60 personas sin que nadie se ruborizara. Después de todo, si pones unos taburetes en el pasillo, ¿Por qué no iba alguien a usarlo durante 20 horas?. Además, siempre queda el recurso usado por uno de los conductores de tumbarse en una hamaca…colgada sobre el abarrotado pasillo. Eso si, doy fe de que no transportamos cerdos o gallinas. ¿Tal vez en el viaje de vuelta?



(Subido desde Chiang Mai, Tailandia. Recopilado por él en Luang Prabang, Laos, el 20 de abril de 2007 a partir de distintos textos escritos en Saigón, Kon Tum, Hoi An y Hue por él entre el 21 de marzo y el 5 de abril de 2007)

De Saigon a Sapa (V): Hanoi 2a. parte

De Museos

Después de que Jonatan y yo diéramos por zanjado el tema de la momia de Ho Chi Minh, nos pusimos nuestros cascos (creedme, los necesitáis, aunque sólo sea por sentiros más seguros, si conducís por Vietnam ), subimos a nuestra moto alquilada y atravesamos Hanoi hacia el Sur, en busca del Museo de Etnología. Obviamente, nos perdimos. Bueno, en realidad no fue asi sino que el mapa que teníamos y la dirección que aparecía en la Lonely Planet no coincidían. Como preguntando se va a Roma (y todo el mundo sabe que desde Roma es sencillísimo llegar al Museo de Etnología de Vietnam) me acerqué a un nativo y le expliqué la dirección que buscábamos. Nos comprendimos mutuamente (mi capacidad para la mímica ha mejorado enormemente durante el viaje) y se ofreció a acompañarnos en su moto hacia la intersección clave que habíamos pasado a la ida. El viaje fue agradable, tranquilo y lleno de peligros, siendo el primero su insistencia en ¡ponerse en paralelo nuestro para charlar!. Había visto ese comportamiento en otros motociclistas pero Jonatan y yo soltamos una carcajada después de que el tío nos hiciera una señal para que nos situáramos a su lado (pensamos que para darnos más instrucciones) y nos dice “¿De donde sois?”)



Una vez lo encuentras, el Museo cuenta en su patio con una muestra, a escala real, de viviendas de distintas etnias (Mong, Yao, Cham, Ede, Viet, Tay, Bhanar, Giarai y Hanhi) presentes a lo largo del territorio vietnamita. Si el visitante sólo puede centrarse en Hanoi, Hue, Nha Trang y Saigon, esto es lo más parecido a la realidad que podrá encontrar. En el interior, la primera planta y la mayor parte de la planta baja albergan vestidos y utensilios de uso diario de todas las etnias del país. Hay también dioramas con casas, talleres y escenas de los pueblos, junto con un mínimo porcentaje de despliegue audiovisual. En una exposición temporal, se presenta la dura vida del vietnamita medio entre los años 1975 y 1986, cuando no había negocios privados y la economía estaba por completo en manos del Estado que repartía frugalmente bienes y comidas conforme al rango y ocupación de los ciudadanos. Las cartillas de racionamiento, la escasez y el ingenio para sobrevivir son las tres cicatrices que quedan en la memoria individual y colectiva de aquellos duros tiempos. Los afortunados que iban a la URSS o Europa del Este enviados por el Partido a estudiar traían lo que se consideraban lujosas máquinas de coser o cazadoras. A los que se les enviaba a Cuba no traían nada. Lo curioso es que en toda la exposición no hay ni una sola palabra contra el sistema comunista que, aparte de la posguerra y el consiguiente embargo (en realidad llevado a cabo solo por EEUU y un puñado más de países porque la URSS y Europa del Este se dedicaron a enviar ayuda alegre y nada desinteresadamente), fue el principal motivo de esa miseria. Pese a todo ello, fue interesante ver como ellos, al igual que los habitantes de nuestra España de postguerra, lograron sobrevivir a tiempos tan duros, aunque nosotros teníamos la ventaja de que si existía el comercio privado.


Cuando dimos por zanjado el tema étnico, volvimos a la moto para ir en dirección al Museo de la Fuerza Aérea, mejor señalizado en el mapa y que no nos costó encontrar. En un recinto vallado se encuentra el edificio en cuestión, delante de una enorme explanada en la que se muestran a un lado reactores vietnamitas de la época (Migs 15, 17, 19 y 21 de fabricación rusa) y el helicóptero que transportaba ocasionalmente a Ho Chi Minh, y al otro lado una pequeña muestra de vehículos y cañones antiaéreos de pequeño calibre. A su lado, los restos de un Phantom de la US Navy reposan sobre motores y restos de otros aviones americanos y franceses (difíciles de identificar). La exposición al aire libre continúa presentando otros aparatos en perfecto estado de revista. De fabricación estadounidense, un avión de ataque al suelo, un F-5, un helicóptero UH-1 Huey (el “caballo de batalla” del conflicto). De fabricación soviética, un helicóptero naval Kamaz, un helicóptero de ataque Mil Mi-24 Hind A (que no participó en el conflicto), y un enorme helicóptero de carga y transporte Mil, el equivalente soviético del Chinook estadounidense.

Flanquean el edificio principal un caza Mig y un sistema de radar y misil tierra-aire como los que tantas bajas les costaron a la US Air Force. Dentro nos recibe una enorme estatua de Ho Chi Minh y nos esperan dos pisos que desgranan la historia de la fuerza aérea vietnamita desde su lucha contra los franceses (básicamente dotadas con armamento antiaéreo soviético y chino), su creación oficial tras la retirada colonial y el ascenso comunista en el Norte, la lucha contra los estadounidenses, y la postguerra. No he visto que se mencione ni la breve guerra contra China a finales de los setenta ni su participación en la invasión y posterior ocupación de Camboya en 1979.

Una vez mas se nos muestran fotos con los campesinos, los obreros y los miembros del Partido luchando sonrientes contra el imperialismo. La propaganda no desmerece la importancia histórica de los artefactos y restos que se muestran aunque a veces rozan el ridículo, como cuando nos encontramos con una vitrina en la que hay un machete…usado por un campesino para derribar una valla en sus tierras y así permitir el paso de una unidad de misiles antiaéreos para la defensa de Hanoi. Héroe del Pueblo, por supuesto. Como en tantos otros museos a lo largo y ancho de esta tierra de conflictos, se mezcla el legítimo orgullo de haber vencido militar y políticamente a la mayor potencia del siglo XX con la propaganda más descarada y manipuladora.

Una curiosidad: ¡hay una capsula espacial rusa!


Cajas y cosas

Después de once semanas de viaje, he hecho el primer envío a casa, por vía marítima y que navegará durante tres meses antes de atracar en Avilés. Una caja de 11 Kilos y otra de 7. Y ha sido una odisea, por una cuestión de siete centímetros, casi nada ¿eh chicas?. Mi súbita afición a los objetos tribales y los artículos de chamán han desembocado en una serie de compras que incluyen dos preciosas ballestas Gharai, una túnica de chamán Cao Lan, unas pequeñas cestas Ko tu, artículos Yao y unos cojines H´Mong, Dao, Nung y Muong…

Mi intención era mandarlo todo en una sola caja pero las dimensiones de las ballestas lo hicieron imposible así que compré una caja de cartón en la que meter el resto mientras, ayudado por las buenas labores de Vincent, pensábamos como enviar las ballestas. La oficina de correos impone un límite a las medidas de cualquier paquete que se envíe, la suma de todas ellas no puede ser superior a tres metros. Asi que encargamos una caja de madera a medida a un carpintero local pero cuando llegamos, la medición del empleado postal dio más de tres metros. Hubo que llevar la caja de vuelta, recortarla a la medida adecuada y redistribuir las ballestas en su interior. Y después de eso llegó el viaje más aterrador de mi vida.

Hasta entonces me había estado desplazando en taxi y cyclo pero no conseguía encontrar ninguno que me llevara por 12000 dongs (la media de lo que había estado pagando) desde la carpintería a la oficina de correos. La dueña de la tienda le dio un orden a uno de los empleados y este se puso a buscarme una motocicleta que me llevara. Y la encontró. Así que imaginaos la escena. Una moto. Un viejo conductor. A su espalda, una caja de madera de unos tres metros. Y detrás, yo, con el culo casi fuera del asiento, agarrando la caja por los bordes para que no se cayera mientras sólo encontraba apoyo en la moto para uno de mis pies. Yo iba completamente a ciegas, no sabia en que dirección giraba la moto y por lo tanto hacia que lado inclinarme. No sabía cuando iba a frenar y por ende no podía anticipar la brusca reducción de velocidad. No sabia si teníamos más o menos trafico a los lados y no podía inclinar la caja ligeramente en uno u otro sentido para facilitar nuestra marcha. Todo lo que podía hacer era mirar de lado y ver mi cara de pánico reflejada en los cristales de las tiendas frente a las que pasábamos como un rayo.

La imagen de una caída con posterior atropello de cualquiera de la veintena de vehículos que nos seguían cruzaba por mi mente. La piel desgarrada, los pantalones rotos, sangrando por las piernas y la cabeza como resultado del golpe. Me veía en el suelo y luego postrado en una camilla de un hospital vietnamita para extranjeros durante varios días. Si tenía suerte. Vosotros, que no habéis visto como conducen aquí, no os podéis ni imaginar el miedo que pasé durante los escasos minutos del trayecto. Afortunadamente, o en su caso Isa hubiera dado todo lujo de detalles, llegué sano y salvo y lo que le dije al conductor según me bajé fue “Ha sido increíble, acojonante y divertido a la vez”.

Mamá, si estás leyendo esto, puedo explicar todas las compras y lo haré la semana que viene, cuando te llame desde Laos. Tú sólo necesitarás que alguien (fuerte) te eche una mano para subir las cajas, luego déjalas en mi habitación, que hay sitio entre la pared y la cama. Tú ya verás que bonito queda todo en el salón. Claro que habrá que quitar uno de los sofás para hacer sitio. Bueno, en Diciembre o Enero ya veremos como se hace.
.
.
(Subido desde Chiang Mai, Tailandia. Recopilado por él en Luang Prabang, Laos, el 19 de abril de 2007 a partir de distintos textos escritos en Saigón, Kon Tum, Hoi An y Hue por él entre el 21 de marzo y el 5 de abril de 2007)

De Saigon a Sapa (IV): Hanoi

Hanoi, la asiática ciudad europea


Obedeciendo a un desconocido impulso, el conductor del autobús que nos llevaba a Hanoi decidió que once horas de viaje no eran entretenidas si durante las primeras cinco no hacía ese mismo número de paradas. La más absurda fue a las doce menos cuarto de la noche, cuando paramos en una gasolinera durante unos minutos (y el personal de la gasolinera nos incitó a bajar del autobús y consumir por el expeditivo procedimiento de poner la música de los altavoces al máximo volumen). Vaciadas algunas vejigas, llenos de nicotina algunos pulmones, reemprendimos la marcha y volvimos a detenernos, media hora esta vez, a los pocos minutos, en una estación de autobuses en la que nos abandonaron algunos viajeros. Ya no hubo más paradas durante cuatro horas, y eso es de agradecer. Así como agradecimos las mantas que había en el respaldo de cada asiento porque en Asia si cuando hay música la ponen muy alta, cuando hay aire acondicionado, no lo dejan precisamente al mínimo.


Veinticinco de marzo de mil novecientos treinta. No, no me he equivocado de año aunque no sepa en que día vivo, ni de la semana ni del mes. Hoy hubiera sido el cumpleaños de mi padre. No había pensado en ello hasta que hablé con mi madre (intento telefonearla todas las semanas o por lo menos cada diez días aunque llamar a España desde la otra punta del planeta, sin que el coste sea escandaloso, puede exigir un paseo hasta encontrar el sitio adecuado) y me lo recordó. Un nudo en la garganta, ojos vidriosos amenazados por tormenta, carraspeo silencioso. Continúo la conversación y al cabo de unos segundos ya consigo agarrar el auricular con menos fuerza.



Cambio radical de tema (“Con la venia, Señoria”). Hanoi me encanta. Estamos alojados en una cueva con tres paredes de plástico pero tenemos televisión vía satélite (nuestro vietnamita no es suficientemente bueno para entender la programación local), baño (con auténtica agua caliente) y mini nevera (a la que no le estamos sacando partido alguno). Por ocho dólares al día no está mal, aunque carezca de encanto y no la podamos calificar como “amplia”.Pero nuestro hotel está situado a menos de cinco minutos de paseo del “Old Quarter” y las calles de los gremios donde cada vez que doblas una esquina te adentras en el particular mundo de una profesión. Portal tras portal se agrupan las mercancías de cada rama del comercio, exhibiéndose ante los peatones en busca de dueño. Hay establecimientos en los que comprar cualquier prenda de ropa y, si no nos gusta lo que vemos, un metro más allá tenemos más opciones. Hay calles en las que maestros carpinteros trabajan la madera sencillamente, creando cajas. Si el pino es demasiado caro o pesado, en otra calle encontraremos quien se ha especializado en el cartón, ya sea a medida o vendiendo cajas que antes contenían televisores, neveras o los pantalones y camisetas que se muestran al doblar la esquina.


Dejando al descubierto carcasas vacías, se afanan en torno a las desmontadas piezas los mecánicos de ciclomotor. Su taller se prolonga hasta la acera que comparten con los peatones y no interrumpen su trabajo pese al constante trasiego humano.



Los coches y ciclomotores se acompañan en la calzada con los omnipresentes cyclos ( medio de transporte similar a un triciclo, pero a la inversa ya que detrás hay una rueda y es delante donde hay dos, el pasajero se sitúa delante, cómodamente sentado con las dos ruedas a su lado y el conductor lo hace detrás, algo elevado, pedaleando), los peatones (que tenemos las aceras copadas por aparcadas motocicletas) y los vendedores ambulantes que llevan su mercancía al estilo tradicional vietnamita, con un palo alargado sobre el hombro del que cuelgan en equilibrio, ya sea en cajas, cestas o platos, aquello que venden. Las apretadas arterias de la ciudad tiene también el tapón de los árboles, otra vida que también mana de la acera y prolonga una alfombra verde sobre las cabezas de los apresurados habitantes. Hanoi es ruidoso, sus calles son estrechas, el movimiento humano y de mercancías es constante. Hanoi es una locura. Me gusta Hanoi. Me gusta el Hanoi que no tiene amplias avenidas, que no está vacio, poblado solo por mastodónticos edificios oficiales diseñados por arquitectos que obtuvieron su título cuando en la URSS aun se idolatraba a Stalin.


Visitando

En Hanoi visito una prisión, dos museos, una tumba, un puente, un teatro de marionetas y paseo, paseo, paseo, aunque respirar el trasiego constante de estas hormigas te sube la tensión (una negativa a comprar libros o bollos sólo significa que el vendedor se plante delante de ti durante un rato o que se ponga a caminar a tu lado insistiendo continuamente) y baja la capacidad pulmonar y auditiva (polución apenas perceptible la primera pero apreciable y bastante más que obvia la segunda
.
La prisión de Hoa Lo, que visito,albergó primero a los resistentes contra la ocupación francesa y después, durante casi una década, a pilotos americanos derribados (gracias a misiles e instructores soviéticos) mientras bombardeaban objetivos en Viet Nam del Norte y que le dieron el irónico apelativo de “Hanoi Hilton”. A juzgar por las fotografías que hay en las dos salas en que se les recuerda, gozabn de todas las comodidades: jugaban al ping pong y a las cartas, se les alimentaba abundantemente, recibían con regularidad paquetes de la Cruz Roja enviados desde sus hogares, estaban bien vestidos y tratados.
.
Claro que si uno lee los libros que muchos veteranos escribieron después de ser liberados resulta chocante que todo lo anterior destaque por su ausencia. Diarrea, malnutrición y falta de cuidados médicos eran la tónica habitual. Se les torturaba con regularidad para obtener detalles técnicos de los aparatos que pilotaban (principalmente bombarderos B52) y así buscar la manera de que los misiles soviéticos fueran más efectivos. En el afán de fingir que se les cuidaba bien, el celo de las autoridades vietnamitas de la época llega a extremos increíbles. Me llama la atención una foto en la que posan brindando para la cámara un prisionero y tres vietnamitas, supuestos periodistas que le estaban entrevistando. Sillones y habitación no parecen las propias de una prisión y en una mesa en estratégico primer plano hay una mesa con cervezas y repleta de bocadillos y comida. Han hecho moverse a dos de los vietnamitas para que se aprecie bien el festín, que en aquellos días sólo hubiera estado al alcance de fieles miembros del Partido, pero no del común de los campesinos y que nunca hubiera sido compartido con un americano “asesino de niños”.

Manipulación aparte, el resto de la prisión presenta las míseras condiciones en que los franceses mantenían a los reos e incluso una guillotina que fue utilizada para decapitar a varios de los condenados a muerte así como varias de las celdas en las que estaban encerrados. La vida de cualquier nativo arrestado en las colonias de ultramar de cualquier potencia occidental valía bien poco y nadie de la metrópoli tenía la menor consideración hacia ellos. Bajo el nombre de “La Célula del Partido de Hoa Lo y las actividades para ´convertir la prisión imperialista en una escuela de lecciones revolucionarias´ ” hay también dos salas dedicadas a los Héroes del Partido, aquellos comunistas que mientras estuvieron aquí detenidos mantuvieron viva la llama de Marx y continuaron con sus actividades políticas bajo la represión de sus guardianes coloniales.


Ho Chi Minh

Junto con Jonatan fui a visitar el mausoleo de Ho Chi Minh, el hombre que fundó el Partido Comunista de Vietnam en 1920, que logró humillar y expulsar a los franceses y que planeó la estrategia que permitió que el Norte comunista y sus aliados soviéticos derrotaran al Sur y sus aliados estadounidenses, aunque él falleciera en 1969 y nunca viera la bandera roja con la estrella dorada de cinco puntas ondeando sobre Saigón.
.
esde su fallecimiento hasta hoy, el popularmente conocido como Tio Ho, con su sonrisa afable enmarcada por una barba y bigotes canos, es el símbolo de Vietnam y del Partido Comunista. Contraviniendo los deseos del anciano, que no quería despliegues personalistas, Ho Chi Minh fue embalsamado y su cuerpo está expuesto en el Mausoleo del mismo nombre. El Gobierno de esta dictadura quiere identificarse con él, como su heredero, y pretender mantener, cuarenta años después la vigencia de una fallida doctrina política. En las calles se ven carteles comunistas y una de las imágenes más habituales en ellos (junto a obreros, campesinos, estudiantes y miembros del Partido frente a fábricas y campos de cultivo) es Ho Chi Minh y la paloma de la paz, porque fue el comunismo el que trajo la paz y la estabilidad, obviamente.

.
El Mausoleo sólo se puede visitar por la mañana, en una estrecha franja horaria que va desde las 8 a las 11. Se hace una larga pero fluida cola para dejar bolsos y mochilas (no están permitidas cámaras fotográficas ni teléfonos móviles) y luego otra cola para agrupar a los visitantes en una grupo de unas veinte personas que entran, en silencio, en el edificio. Pasamos por delante de varios guardias uniformados de blanco inmaculado que observan con atención todos nuestros movimientos (hay que llevar las manos fuera de los bolsillos) y están presentes cada pocos pasos durante todo el recorrido. Subimos unas escaleras a la izquierda, giramos a la derecha y entramos en la cámara, en forma de “U” invertida, que hemos venido a ver. El cadáver, a nuestra izquierda, dentro de una vitrina con paredes de cristal y techo de madera, está iluminado por una suave luz ambarina. Ho Chi Min tiene los brazos extendidos y paralelos al cuerpo. El ambiente es solemne y cuando una turista oriental le murmura unas palabras a su marido, rápidamente uno de los guardias la coge del brazo y la expulsa del recinto (es broma, en realidad sólo le indicó gestualmente que no hablara). Rodeamos el cadáver pasando frente a él y giramos a la izquierda para abandonar la estancia por una puerta similar a aquella por la que hemos entrado. El cadáver momificado sólo ha estado a nuestra vista por una escasa docena de segundos.
.
Si Ho Chi Minh levantara la cabeza, se sorprendería al ver lo que ocurre con el Vietnam del año 2007.
.

Estando al borde del abismo, en una huida hacia delante, a imagen y semejanza de lo que ocurre en China, a mediados de los 90 el gobierno comunista introdujo la empresa privada puesto que la colectivización, el aparato del Estado y el sistema comunista no eran capaces de vestir y alimentar a sus ciudadanos. La asistencia sanitaria es peor que la española o la tan denostada estadounidense. En palabras de una vietnamita, “si tienes dinero, te atienden, si no, te mueres”. Las pensiones son ridículas o inexistentes y por eso hay tanto mutilado pidiendo limosna por las calles. El país se ha convertido, por necesidad y porque funciona, en capitalista pero su sistema político sigue siendo de partido único, el comunista, y no se admiten disidencias. En un magistral juego de manos, tan propio de la izquierda, pretenden aferrarse al poder enarbolando la bandera roja mientras en los bancos crecen las cuentas en dólares. Es otra dictadura comunista más, sin el pueblo y para unos pocos.
.
.
(Subido desde Chiang Mai, Tailandia. Recopilado por él en Luang Prabang, Laos, el 18 de abril de 2007 a partir de distintos textos escritos en Saigón, Kon Tum, Hoi An y Hue por él entre el 21 de marzo y el 5 de abril de 2007)