19 julio, 2007

El Pequeño Gigante

Esta historia no ocurrió hace tanto tiempo, aunque por el reloj de los Hombres se hayan encendido y apagado varios soles desde entonces. Para los Gigantes fue sólo ayer, aunque ellos no se molestaran en recordar cosas tan diminutas para esa especie que hoy se esconde en los confines de una galaxia más allá del cinturón de Orión. No le tienen miedo a este pálido bípedo. Si se han ido tan lejos es porque les apetecía. La verdad es que nuestros asuntos, de interesarse por ellos, les parecerían mundanos. Ellos se entretienen con cosas de Gigantes, llenando el vacio cósmico y vaciando sistemas solares, lo que podríamos denominar ingeniería planetaria (aunque a ellos les haría gracia la arrogancia oculta tras el nombre y seguro que dirían que el término correcto es “Cosas de Gigantes Que Los Hombres No Entienden”).

Ha pasado en todas las familias, y en todas las épocas. Esta raza y tiempo no iban a ser una excepción. Al Pequeño gigante sus hermanos mayores no le permitían jugar con ellos. Mediano y Grande no estaban de acuerdo, como pretendía Mamá, con que los tres compartieran lo que entonces no era más que una bola de barro que giraba, acompañada por una bola de piedra más pequeña, en torno a una bola en llamas más grande. Que Pequeño se fuera con sus juegos infantiles a otro sitio, ellos no iban a compartir juguetes con él. Pero claro, Pequeño llamó a Mamá y ella llamó a Papá y alguien levantó la voz y alguien bajó la cabeza y alguien recibió un beso y alguien se fue a regañadientes acompañado de alguien que iba contento y sonriente.

Pero como ocurre siempre, una vez los mayores (y éstos lo eran más de lo que os podéis imaginar) se perdieron de vista, las cosas se torcieron levemente. “Las normas, que te quede claro, son tres”, le dijo el Mayor al Pequeño, “la primera es que no juegas con nosotros, así que no vengas a donde estemos. La segunda es que nosotros no jugamos contigo, así que no nos llames o hables con nosotros, ¿lo has entendido?”. El pequeño asintió mientras sus hermanos le daban la espalda y se alejaban. “Esperad, ¿cual es la tercera norma?”, les preguntó mientras aún podían oírlo. Sin girarse para contestar, el Mediano replicó “Tú te quedas aquí y no te mueves hasta que vengamos a buscarte. Y si Mamá te pregunta, te lo has pasado estupendamente con nosotros”. Soltando una carcajada, sus dos hermanos se alejaron con grandes zancadas.

Pequeño se quedó solo y miró a su alrededor, al gulag al que le habían desterrado. Al Norte divisaba una gran superficie de agua. Al Sur sus hermanos habían amontonado rocas y piedras hasta una altura que le impedía ver lo que había detrás. Esa cordillera se iba curvando y acercando paulatinamente por sus extremos hasta convertirse en una semi-elipse que le cercaba en la distancia. Agachó la cabeza y le dio una patada a una piedra, enfadado. ¿Qué podía hacer él? Suspirando, se arrodilló y sus manos cavaron varios agujeros donde había una llanura en las montañas y los llenó de agua. Parecían lagos, y le gustaron, aunque el vital líquido estaba casi helado. Decidió seguir jugando. Se mantuvo ocupado durante un buen rato mientras cambiaba para siempre la geografía de aquella área, Cuando terminó contempló el resultado de su obra: donde el mar (fértil con todo tipo de deliciosos habitantes de las profundidades) luchaba contra la tierra, había furiosos acantilados, donde la acariciaba, surgían preciosas playas. Las montañas estaban ahora cubiertas de nieve y las verdes colinas, pobladas de frondosos bosques con multitud de árboles de los que colgaban verdes manzanas, cubrían el resto del paisaje. Era Natural. Era un Paraíso.

Pero se le había quedado pequeño así que, contraviniendo las órdenes explícitas de sus hermanos se levantó y caminó un rato hasta encontrar otro sitio mas grande donde jugar y poder repetir esa belleza pero a mayor escala, con grandes volcanes, espectaculares glaciares, intrincados fiordos, bellísimas playas y bosques recorridos por animales peculiares no vistos en ningún otro lugar de ese joven mundo.

Cuando estaba terminando su obra, un rugido le sobresaltó y una conocida voz le hizo temblar “¿Qué haces aquí? ¿Por qué te has movido de la esquina en la que te dejamos?” Mediano y Grande le contemplaron cejijuntos y se acercaron furiosos al Pequeño que ahora amenazaba con romper a llorar por miedo a las represalias de sus hermanos. Cuando parecía que era inminente una pelea en la que volvería a perder el más débil, una sombra se cernió sobre ellos. Los tres miraron hacia arriba y vieron a Papá cruzado de brazos. “¿Qué está pasando aquí?”, les preguntó con voz suave pero cargada de autoridad.

Grande se aclaró la garganta y con temor le dijo que Mamá les había obligado a jugar con Pequeño así que decidieron, para que éste no se hiciera daño, protegerle detrás de un pequeño muro y dejarle con suficiente espacio para que se entretuviera mientras ellos…ellos…ummm…daban una vuelta explorando aquel mundo. Ahora ellos habían vuelto a buscarle y no le encontraron donde le habían dejado así que estaban preocupados por él, ya que no querían que le pasara nada. Papá les contempló con esa mirada que ponen los adultos y que los niños entienden como “esa es tu versión de la historia pero sé perfectamente que no lo estás contando todo”.

Papá miró lo que Pequeño había hecho y sonrió. “Bueno”, les preguntó a los otros, “¿Qué habéis hecho vosotros mientras vuestro hermano estaba tan ocupado?”. Ellos le guiaron hacia la zona en la que habían pasado el rato: los volcanes vomitaban lava, negras nubes cubrían el cielo y un olor a azufre lo impregnaba todo. No había vegetación más allá de arbustos de aspecto tan triste como la tierra en la que intentaban medrar. Los repugnantes animales que reptaban o se arrastraban entre las rocas no podrían nunca hacer reír a un niño ni mucho menos inspirar en él los deseos de abrazarlos. Nadie dijo nada y los dos hermanos no sabían como salir del apuro. Y no era la primera vez que su conducta con respecto a Pequeño dejaba mucho que desear aunque él, casi siempre alegre y saltarín, nunca hubiera osado comentarle nada a Papá y Mamá.

“Nos vamos de aquí”, les dijo Papá a los tres, “así que venid conmigo a recoger a Mamá. Pero id pensando en esto: lo que cada uno hace en el exterior sólo refleja lo que lleva en su interior. Vosotros dos aún estáis a tiempo de cambiar y en el siguiente sitio al que vayamos espero que Mediano y Grande crezcan no sólo por fuera sino también por dentro. Reflexionad sobre eso y tened en cuenta que incluso un Gigante puede aprender algo valioso de un Pequeño”. Y diciendo esto, cogió al Pequeño entre sus brazos y, seguido de Mediano y Grande, se fueron a buscar a Mamá.

A sus espaldas dejaron un mundo en formación en el que dos de sus zonas iban a seguir transformándose, mejorando lo que Pequeño había comenzado. Al mar que era frontera natural de la más pequeña de ellas lo iban a llamar Cantábrico y a sus altas montañas, los Picos de Europa. A la otra, compuesta de dos islas, la conocerían como Nueva Zelanda pero para el más joven de los gigantes era simplemente, su mejor zona de juegos.

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(Escrito por él - porque le apetecía intentar explicar torpe y humildemente que la belleza de Nueva Zelanda es más que humana, más que mágica - entre el Valle de Barossa y ese poblado minero mitad subterráneo en medio de la nada que es Coober Pedy, del 25 al 28 de julio de 2007)