24 julio, 2007

Great Ocean Road

140 kilómetros de carretera serpentina, la B100, mejor conocida como “Great Ocean Road”, bordea la costa del estado de Victoria, de Geelong a Warrnambool.

Alquilamos coche en Melbourne, para un total de cuatro días (que terminaron siendo cinco), con intención de devolverlo en Adelaida. Sin prisas. Y es que nosotros somos así: antes de coger la famosa carretera, ya paramos a descansar. Tras un breve garbeo por el paseo marítimo de Geelong, cuyos 104 coloridos bolardos no llegamos a fotografiar en su totalidad, decidimos hacer noche en el pueblo. En el “National Hotel”, nada menos (increíble pretensión la de este “hostelucho” para mochileros, antro apestoso a cerveza fermentada, poblado de caracteres barbudos y noctámbulos, cuyo emblemático nombre hace mofa del espíritu patrio).

Bolardos (Geelong)


Más afortunada fue nuestra segunda noche, en Port Campbell. Llegamos por los pelos, un minuto antes de la hora de cierre de recepción. Se nos presentaron dos alternativas. Por un lado, la glamorosa habitación doble por 90 dólares. Por el otro, a mitad de precio, el dormitorio de estilo marcial con literas. Ardua decisión, cuanto más por la urgencia. Un minuto para sopesar pros y contras. Romance o ahorro, ¿por cuál os hubieseis decantado vosotros? Nosotros, con un simple cruce de cómplices miradas, de inmediato resolvimos el dilema: ¡literas, por favor! Un acierto, pues tuvimos la suerte de no tener que compartir dormitorio con desconocidos. De hecho, ni dormitorio, ni cuarto de baño, ni cocina, ni sala de estar, ¡tuvimos el hostal entero para nosotros solos! ¡Y con vistas al mar! ¡Hurra por el invierno, el viento, la lluvia y la temporada baja!

Los dos tramos más populares de la gran carretera son los que llevan de la Bahía de Apollo al Cabo Otway y, un poco más lejos, del poblado de Princetown al de Port Campbell.

El primero atraviesa el parque nacional de Otway, en el que es fácil divisar koalas en su hábitat natural. El truco para encontrarlos consiste no tanto en mirar a lo alto de los eucaliptos, sino más bien en fijarse en los arcenes. Allá donde veáis una fila de coches indebidamente estacionados a ambos lados de la carretera, pisad el freno y buscad un hueco en el que aparcar igual de indebidamente. Apenas apeados del coche, divisaréis un grupito de maromos y chorbas, los unos apuntando al cielo con sus cámaras digitales, las otras formando un coro de “oooohs” y “aaaahs”. Os acercáis al grupo, miráis hacia arriba y… premio, ahí está, visión celestial, un osito de peluche vivo, qué bonito, qué monada, mira cómo duerme, anda pero si allí hay otro, mira, mira cómo come (dolor de cervicales garantizado al cabo de quince minutos de vuestro primer encuentro con el koala).

El segundo tramo pasa por el parque nacional de Port Campbell, cuyo atractivo número uno son sus acantilados, las formaciones rocosas de los Doce Apóstoles (de los que sólo se ven seis) y del Arco. Está bien, pero tampoco me da para más. Personalmente, prefiero los paisajes de Portland, aunque sólo sea porque nadie se detiene a contemplarlos. Nosotros lo hicimos. Es más, nos quedamos allí dos días, paseando por los acantilados del bosque de piedra (“Petrified Forest”), buscando tesoros bajo la roca amarilla (“Yellow Rock”) y elfos en el bosque encantado (“Enchanted Forest”).

Portland fue, para mí, la mejor parte del viaje. Como quien alcanza un extremo del arco iris y descubre allí el mítico caldero de oro, nosotros encontramos a Harold y Olive. A cinco kilómetros de Portland, de camino a “Yellow Rock”, esta pareja de adorables ancianos nos recibieron en su pequeño hostal, el “Bellevue Backpackers”. Siendo los únicos huéspedes, tuvimos derecho a la suite nupcial: una gran caravana aparcada en el jardín, equipada con todas las “modernidades” imaginables, desde el equipo de alta fidelidad de los años 70 y sus mega altavoces, hasta el televisor en blanco y negro. En cada armario y en cada cajón, encontré un pequeño tesoro: café, té y azúcar (cuya gratuidad José compensó olvidándose una botella de licor en la nevera), una baraja de naipes (que no usamos) y, lo mejor, un libro (que devoré en un par de tirones), auténtico bestseller de los 80. “All I really need to know I learned in Kindergarten”, de Robert Fulghum (“Todo lo que realmente necesito saber, lo aprendí en el jardín de infancia”, os lo recomiendo).

(Escrito por ella desde Kangaroo Island, Australia, 23/07/07)

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