12 julio, 2007

Lo encontramos

Son solo 100 metros y tú puedes hacerlo, José. No es ni tan difícil ni durará tanto tiempo como para justificar que te eches atrás a estas alturas. No hay que llevar una capa, máscara o los calzoncillos por encima de los pantalones para superar ese obstáculo. Otra gente, aparentemente normal, ha sido capaz de hacerlo antes que tú y, peor todavía, hay otra gente haciéndolo mientras tú corrías en dirección contraria. Si otros antes que tú y otras (¡otras, José, otras!) son suficientemente hábiles como para encontrar la manera de vencer ese pánico, ¿cómo vas a poder mirarte al espejo si tú no lo logras? Además, no puedes echarte atrás porque sabes que no hay alternativa y cualquiera que te haya estado viendo se habrá reído a gusto así que, maldita sea, ¡vuelve a meterte en el agua!

Pero ¿por qué nuestra barca no se podía arrimar más a la orilla, como por ejemplo la de Caterina? Claro, ya os imagino a vosotros, mirando de refilón por la ventana de la oficina o de casa y viendo lucir el sol en España. Y miráis el calendario y comprobáis que, al igual que ayer y que mañana, seguimos en Junio, así que ¿dónde está el problema de este asturiano (que debería estar acostumbrado a las aguas del Cantábrico)?

El problema es que este asturiano emigrado a Irlanda se encuentra ahora en Nueva Zelanda, en las frías aguas de la Bahía de Tasman y Junio aquí es como Octubre en los canales de Estocolmo. Y la barca (que además está pagada, como aquella grúa de Belfast, ¿eh, Mel?) es la única manera de salir del Parque Nacional Abel Tasman, salvo que se quiera realizar una caminata de cuatro horas, una hora antes de que empiece a anochecer. Reuniendo todo mi valor, volví a meterme en el agua con los pantalones remangados hasta medio muslo y procedí a contar los pasos que daba, como forma de distraer mi cerebro de la baja temperatura del mar. Noventa pasos después, y adelantando a Isabel y Mariana, unos pies casi en el punto de congelación me proyectaban sobre la borda y me dejaban, por fin, sentado en la barca que nos devolvería a Marahau, nuestro punto de partida y lugar donde descansaba nuestro coche.

En Nelson habíamos aprovechado que el check out en invierno era a las once de la mañana, en lugar de a las habituales diez, para robarle unos minutos más al sueño, ese amigo al que los viajeros tratamos con tanto desdén. Y después fuimos a un aparentemente humilde local, en el centro de la ciudad a ver El Anillo.

Parecía a la vez insignificante y enorme. ¿Cómo algo tan pequeño y de diseño tan sencillo había podido levantar tantas pasiones, tumbar a gigantes y hacer crecer desmesuradamente a gente pequeña? Pero allí estaba, en una humilde caja de madera sin inscripción alguna que pudiera delatar el contenido. Con temor casi reverencial lo cogí en mi mano y un repentino impulso me llevó a introducir mi dedo en él. ¿Acaso no brillaba ahora de una manera especial? Ese refulgir del oro parecía mágico, como si hubiera estado esperando a que yo llegara a él. Después de todo, ¿por qué no iba a ser mío? ¿Es que yo no tenía derecho a llevarlo en mi mano? ¿Quién podía negármelo? ¡Pobre de quien osara! ¡Nada podía interponerse entre él y yo! ¡My precious! ¡Mi Tesoro!

“José, tenemos que irnos ya¨, me dijo Isa con un tono de preocupación en su voz. Y además estás saliendo en las fotos con una cara extraña, me das escalofríos… ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?


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El matrimonio de Arte y Moda sólo puede dar a luz hijos de efímera vida y la siguiente parada de nuestra ruta era un lugar en el que se preservaban estas creaciones, el WOW, “World of Wearable Arts & Classic Cars Museum” www.wowcars.co.nz, situado a las afueras de Nelson. Una de las exhibiciones es relativamente convencional, con coches clásicos desde los principios del automóvil. Pero junto a piezas obvias como un Ford T u otras que han salido de los talleres de Mercedes (y se cuenta como se añadió ese nombre a los de Daimler y Benz), Porsche o Cadillac, aparecen otras menos comunes, como un Cord Westchester Sedan de 1937, un Pierce Arrow, un Locomobile, un Stearms Knight…Yo me confieso un desconocedor del mundo del automóvil clásico (y de la mecánica del moderno) pero aún así lo encontré muy interesante. Si Fernando De La Hoz, al que conocí compartiendo sede social en la Calle Covadonga, que organiza el Certamen del Automóvil Clásico “Ciudad de Oviedo” hubiera estado aquí, habría disfrutado como un niño observando estos más de cincuenta vehículos allí expuestos.


La otra exhibición, la verdadera esencia del museo, es una serie de modelos presentados al festival anual WoW. Este evento que se gestó en Nelson en 1987, fue obra de la artista Suzie Moncrieff que quiso crear un concepto en el que no solo se diseñara una prenda o vestido sino que ésta fuera además, simple y llanamente arte. Tras sucesivos festivales, la idea fue tomando tales dimensiones que en 2005 el show, rebautizado “Montana World of Wearable Art Award Show” (Montana, el nuevo patrocinador, es uno de los mayores viñedos de Nueva Zelanda) fue trasladado a Wellington, donde la próxima edición se celebrara en Septiembre de 2007. En el museo de Nelson se han habilitado tres zonas, una audiovisual donde uno asiste asombrado y admirado (¡la imaginación y la creatividad al poder!) a la presentación en video de las obras que desfilaron en anteriores ediciones, otra para las creaciones de un apartado especial, las que cuentan con elementos fosforescentes o luminiscencias, solo apreciables en su totalidad a oscuras, con la ayuda de “luz negra”. En la última parte, o primera si seguimos el orden correcto para una mejor experiencia, nos encontramos una sala en la que se exponen estáticamente diferentes modelos que participaron en el festival y, en una pasarela por la que se desplazan una veintena de maniquíes con no menos majestuosidad que cuando lo hicieron vistiendo a modelos humanos, luciendo una serie de premiadas creaciones acompañados de una música propia de cualquier evento de moda.


Uno, que admite abiertamente que no entiende de moda más allá de unas simples reglas sobre como combinar colores y prendas de manera que uno no parezca un payaso de corbata en la oficina, se ha quedado asombrado ante la capacidad creadora de los diseñadores de todo el mundo que presentaron, y presentan, obras a este festival. Contrariamente a mis deseos, no hay fotos de los modelos por la presencia de cámaras de seguridad y la prohibición explícita de las mismas (sólo se autorizan en la zona de exposición de los coches, por eso he publicado varias de los vehículos acompañando el texto).



Después de tanta fascinación cinematográfica y cultura artística, en Rabbit Island descansamos de cultura y conocimiento y estuvimos un buen rato disfrutando de un sencillo paseo por la playa. La isla es una reserva forestal y no se puede pernoctar en ella (de hecho a la puesta de sol se cierra el único acceso por carretera) y está poblada por arboles que crecen sin intromisión o limitación humana alguna. Y lo hacen hasta el borde de una enorme y tranquila playa desde la que se observa una limpia perspectiva de la tranquila Nelson. El ruido del mar, las gaviotas y alguna ave que no acertábamos a identificar (la mejor descripción la hizo Isa, “Parece un pingüino con alas”) fueron prácticamente nuestra única compañía. De haber sido verano, seguro que neozelandeses y foráneos hubieran hecho masivo acto de presencia.




Motueka, donde estaría nuestro alojamiento en el Laughing Kiwi durante un par de noches, iba a ser nuestra base para descubrir el Parque Nacional Abel Tasman, así llamado en honor del explorador holandés (que también ha sido honrado con el bautizo de esa isla al Sur de Australia a la que se conoce como Tasmania), Pese a ser el parque más pequeño de Nueva Zelanda, conjuga dos hábitats muy peculiares, montaña y costa, con bosques que descienden hacia las playas, pues cuenta con numerosas calas de arena, y algunas de ellas son parte del recorrido de varios trekkings. Por cierto, lo que en español se conoce (creo) como senderismo, y en el mundo anglosajón como “trekking”, en Nueva Zelanda se llama “tramping” (y básicamente es todo lo mismo, caminar y caminar, por colinas y baja y alta montaña, disfrutando de los paisajes y la naturaleza).



Carlos y Mariana, una pareja de argentinos que también al dia siguiente planeaban esa excursión, pensaban madrugar para estar en Marahau (la base de la mayor parte de empresas) antes de las nueve y allí ver las opciones. Nosotros decidimos que también madrugaríamos y que levantarse a las siete y media, no era tanto sacrificio. Así que preparamos unos sándwiches y temprano, casi a la una de la mañana, nos acostamos, Cuando sonó el despertador, no le hicimos caso hasta las pasadas las ocho asi que al llegar a Marahau, descubrimos que la siguiente excursión de Abel Tasman Aquataxi no empezaba hasta las diez y media así que disfrutamos de unos cafés con leche para entretener la espera. Lo que contratamos fue un viaje en barco a lo largo de toda la costa del Parque que, a la vuelta, nos dejaría en Bark Bay, donde desembarcaríamos y haríamos un trek de unas horas hasta Anchorage, donde a las tres y media nos recogería otro barco.




Las vistas desde el barco eran espectaculares y el paseo por tierra fue también muy bonito pero ambos tenemos como queja que lo frondoso del bosque impedía ver, salvo en tramos puntuales, la zona de la costa y el mar. Es que había que quejarse de algo…




(Arriba) Senderos y caminos del Parque

Y después de la forzada inmersión en las gélidas aguas de Anchorage, la recompensa iba a estar muy cerca, a solo cien metros de nuestra habitación, porque hemos descubierto que en Nueva Zelanda la mayoría de los “Hostels” tienen SPA gratis…y el agua cálida y las burbujas eran una tentación en la que había que caer.

Son solo 100 metros y tú puedes hacerlo, José. No es ni tan difícil ni durará tanto tiempo como para justificar que te eches atrás a estas alturas. No hay que llevar una capa, máscara o los calzoncillos por encima de los pantalones para superar ese obstáculo. Otra gente, aparentemente normal, ha sido capaz de hacerlo antes que tú. Si otras antes que tú (¡otras, José, otras!, recuerda a las dos chicas chinas ayer por la noche) son suficientemente hábiles como para encontrar la manera de vencer ese pánico, ¿cómo vas a poder mirarte al espejo si tú no lo logras? Además, no puedes echarte atrás porque sabes que no hay alternativa y cualquiera que te haya estado viendo se habrá reído a gusto así que, maldita sea, aunque estés en bañador y cazadora ¡vuelve a salir al porche y camina esos cien metros por el patio hasta llegar al SPA al aire libre!.



(Arriba) Dentro del Parque Natural, esta es la isla en la que habitualmente podemos encontrar una apacible colonia de focas


(Debajo) La dura vida de las focas en el “Abel Tasman National Park



Nota: En Marzo de 1999 el equipo artístico del neozelandés director Peter Jackson se dirigió al joyero Jens Hansen para que creara algunos diseños para El Anillo Único, la pieza central de su trilogía sobre la obra homónima de Tolkien, “El Señor de Los Anillos”. El anillo para la película fue elegido entre los 15 diseños presentados y aunque, por definición, Anillo sólo puede haber uno, se crearon hasta cuarenta versiones a diferentes escalas para adaptarse a determinadas escenas de la película, tan pequeños como para que incluso un hobbit pudiera ponerlo en su dedo, o tan grande como uno de ocho pulgadas (20,32 cm) de diámetro, que es el que se ve en el prologo de la primera película, girando y dando vueltas en el aire (que, obviamente no se podía hacer de oro, así que fue la ligeramente más humilde plata su materia prima) .

El prototipo original y el de ocho pulgadas de diámetro se exhiben en el estudio del joyero, en Nelson. Verlos no cuesta nada…y no tiene precio.


(Escrito por él desde Westport, Isla Sur, Nueva Zelanda, el jueves 14 de junio de 2007, intentando a la vez ver un episodio de “The Sopranos” en la televisión mientras a sus espaldas dos pesados franceses no han dejado de hablar la última hora, entre el final de un episodio de “Without a trace” y la mitad de la serie de mafiosos)