19 julio, 2007

Tasmania

Habiendo regresado de Nueva Zelanda pocos días antes, nos creíamos inmunes a la belleza de los paisajes australes. Aun así, Tasmania nos dejó boquiabiertos. Menos espectacular que aquélla, pero no por ello menos cautivante. La imagen de Tasmania que, como una postal, quedará para siempre impresa en mi memoria, es la de un paisaje austero bajo un cielo plomizo, árboles abigarrados, retorcidos como ánimas atormentadas, sus siluetas como sombras recortadas en el horizonte.

De cada cuatro kilómetros cuadrados de territorio, uno es parque nacional. La entrada a un parque, válida por 24 horas, cuesta 20 dólares por vehículo. La alternativa, por la que nos decantamos, es pagar 50 dólares por un pase de ocho semanas. Con él te regalan un pequeño pasaporte testimonial, en el que acumular sellos que den fe de tu paso por los siguientes parques: Freycinet, Strzelecki, Mount William, Rocky Cape, Maria Island, Mount Field, Douglas, Apsley, Tasman, Mole Creek Karst, Ben Lomond, Narawntapu, Franklin y Gordon Wild Rivers, Cradle Mountain, Lake Saint Clair, Southwest, South Bruny y Hartz Mountains. Nosotros, con nuestro precipitado itinerario de cinco días y cuatro noches, logramos coleccionar la friolera de DOS sellos (como siempre, amortizando la inversión).

Bueno, por lo menos conseguimos cumplir un objetivo: ver de cerca al demonio. El Diablo de Tasmania, con su poderosa mandíbula (cuatro veces más fuerte que la de un perro), es uno de los pocos marsupiales carnívoros todavía existentes, si no el único (el otro era el Tigre de Tasmania, cuyo último espécimen murió en cautividad en 1936).

Que el Diablo de Tasmania haya sobrevivido hasta hoy me parece un milagro.

Para empezar, la naturaleza no le ha dotado de demasiado talento para la caza. El pobre bicho no ve tres en un burro, apenas corre y es torpe como él solo. En el continente australiano, la proliferación de dingos (perros salvajes), mejores depredadores que el diablo, ha impedido la supervivencia de éste.

Por si esto fuera poco, el diablo tiene un ciclo procreador largo y poco eficiente. La hembra procrea una sola vez al año, produciendo hasta 50 embriones, de los que sólo cuatro tienen esperanza de vida. En libertad, la media de natalidad anual es de un diablillo por hembra. 50 embriones, cuatro tetillas y, obviamente, sobrevive el más mamón. Es ley de vida.

Su longevidad tampoco es como para tirar cohetes, con una media de cuatro a cinco años de vida. Hay que decir que el diablo es un animal de temperamento agresivo y cascarrabias: demostrado queda que la mala leche no contribuye a una larga y próspera existencia. Para colmo de males, a finales de los 90 la especie desarrolló un cáncer facial que ya ha costado la vida a dos tercios de su población, ¡pobres diablos!

Si el diablo no se luce ni por su destreza depredadora, ni por la afabilidad de su carácter, ni por su longevidad, ni por su capacidad reproductora… en cambio, en las artes amatorias, deja a más de uno con la boca abierta y la baba colgante. El diablillo, como si le hubiesen puesto las pilas del conejito duralex, dura, dura y dura (eso sí, a su ritmo, tumbado y sin prisas). José y yo, a riesgo de ser acusados de voyeristas, filmamos (para vosotros) parte del cortejo, preliminares y bueno, ya imagináis lo que viene después (a ver si un día de éstos subimos el vídeo a youtube).

Aparte del diablo de Tasmania, tuvimos la oportunidad de ver otros marsupiales autóctonos, tanto en cautividad como en su hábitat natural. Muchos de ellos, desgraciadamente, inertes en el arcén. Pero también vimos a unos cuantos canguros y “pademelons” (pronunciado “pedimélons”, el wallaby local) dando alegres brincos. En una ocasión, tuvimos que parar el coche para que un “wombat”, con toda su pachorra, se reuniese con su pareja al otro lado de la carretera.

Hablando de marsupiales y de cruzar carreteras, esto me recuerda una anécdota que nos contó la guía del parque histórico de Port Arthur, ubicado en una península al sureste de la isla. Port Arthur fue uno de los centros penitenciarios más severos de Tasmania hasta el año de su cierre, en 1877. William Hunt, uno de los presos de Port Arthur, todavía es recordado por su genial intento de huída. Consiguió escapar de la cárcel y llegar hasta el paso de “Eagelhawk Neck” (traducido como “cuello de águila”, pero más parecido al cuello de un embudo). Este estrecho paso es el único camino terrestre para salir de la península y, lógicamente, se hallaba bajo permanente vigilancia del ejército. William encontró un canguro muerto y. tras despellejarlo meticulosamente, caída la noche, se echó el apestoso pellejo a la espalda y, a grandes saltos, pasó por delante de los guardias. Desgraciadamente para él, uno de los soldados, que tenía hambre de carne de canguro, apuntó su arma hacia él. El susto fue mutuo, tanto de William como de los guardias al escuchar los gritos del primer canguro parlante: “¡NO disparen! ¡No disparen! ¡Soy yo, Billy!”.

La guía no nos contó el desenlace final de la historia, aunque no es difícil de imaginar. El valiente e ingenioso Billy volvería a ingresar en la penitenciaría de Port Arthur y, probablemente, pasaría algún tiempo en los calabozos de castigo. En éstos, no penetraba la luz, no se oía ruido alguno y existía prohibición absoluta de hablar, quedando privado de sus sentidos durante días, hasta el máximo de un mes. O hasta que se le pasaran las ganas de pegar brincos.


Nota: Port Arthur es también conocido trágicamente, por la masacre que allí tuvo desenlace el 28 de abril de 1996. La sanguinaria locura de un hombre armado se cobró las vidas de 35 personas e hirió a otras muchas. Era domingo. Bajo un cielo plomizo, árboles abigarrados, retorcidos como ánimas atormentadas, sus siluetas recortadas como sombras en el horizonte.

(Escrito por ella desde Adelaida, Australia, 18/07/07)