19 julio, 2007

Hay que venir al Sur (para disfrutar bien de Nueva Zelanda)

Me niego a sufrir tamaño atropello en silencio, le pese a quien le pese. Vamos, hombre, ¡que me acusen a mí abierta e injustificadamente de demasiado detallista en mis textos del blog! ¡David, Manu, Mel, Diego, Sergi! Vosotros, que sabéis la verdad, defendedme a capa y espada desde Dublín. Bueno, no, mejor no os esforcéis demasiado, seguid, seguid con vuestros emails sobre fútbol y lo mal que lo hace la selección nacional… Sí, es cierto, a veces (algunas) escribo contándolo todo con pelos y señales pero es la forma de satisfacer el lado “reportero” del escritor, y la vertiente “diario” esa la selecciono un poco más. Pero no mucho más, a juzgar por todo lo que se publica. En fin, esta era la introducción para un resumen de la Isla Sur, al estilo de mi aventajada compañera de viaje que ya se ha ventilado de un plumazo las experiencias vividas durante varias (pocas) semanas recorriendo esa parte del país. Ahora es mi turno de contaros lo que no os podéis perder y lo que nosotros no dejamos pasar, para bien y para mal.




Los pueblos de carretera. ¿Habéis visto algún episodio de “Northern Exposure” (“Dr. En Alaska”)? Si os acordáis del aspecto de las casas y calles de la pequeña Cicely entonces tendréis una permanente sensación de “déjà vu” cuando recorráis muchos de los parajes neozelandeses. Atravesareis pueblos que constan de una calle principal, que es la carretera nacional por la que circulas en ese momento, un hotel, una tienda de ultramarinos, una iglesia y doscientos metros de casas. Eso en los sitios grandes, porque en muchos otros la iglesia, la tienda y el hotel están en el pueblo de al lado. Hay 60, 80 o 120 habitantes según aparece en la Guía de Viaje bajo el nombre de la población. Y sus casas se esparcen entre los límites de uno y otro pueblo. Antes de verlas, las adivinas por los blancos penachos de humo, enroscados como una serpiente en su madriguera, que se elevan entre los arboles. Porque es invierno y la madera cortada laboriosamente durante el verano se transmuta ahora en luz, calor y vida.



Los paisajes. Lake Rotoiri, los pancakes de punakiki, el Lago Mattheson (desde donde hay una perspectiva de postal con el Monte Cook al fondo)… Si no conocéis nada de Nueva Zelanda os encontrareis en cada recodo de la carretera con imágenes que se grabaran en vuestras retina como si se tratara de una película o un documental de la 2: una carretera por la falda de una montaña, un rio con extensas orillas pedregosas, montañas que contemplan el sinuoso paso del agua y cucuruchos blanquecinos que se niegan a derretirse en lo alto de los pétreos gigantes. A veces, la atmosfera nos presentaba tal claridad del aire que recuerdo especialmente una puesta de sol en la que parecía que líneas de pintura anaranjada caían del cielo y se derramaban sobre el horizonte.



Los museos. Para todos los gustos, colores y sabores: “NZ Fighter Pilots Museum” (con efectos personales de pilotos de la I y II Guerra Mundiales, centenares de maquetas, aviones Hawker Hurricane, Polikarpov Il, Tiger Moth, De Havilland Vampire y un segundo edificio para mantenimiento de estas y otras aeronaves), “Puzzling World” (no solo por el gigantesco y complicado laberinto al aire libre sino por la variedad de sus hologramas, lo curioso del efecto de las caras – una habitación enorme en la que te sentirás no solo observado sino seguido por la mirada de decenas de Einsteins, Churchills… - , el cuarto en que puedes ser gigante o enano según por que puerta entres o la curiosa habitación donde la gravedad funciona al revés) , “Transport and Toy Museum” (con miles de juguetes de todas las épocas – incluyendo, por supuesto, un apartado especial dedicado a Star Wars con ¡algunas figuras de 1977 aún en sus cajas! – y centenares de turismos, coches de bomberos, vehículos militares, carros de combate y varios aviones, incluyendo un MiG), “Shantytown” (la reconstrucción de un pueblecito minero australiano de mediados del siglo XIX con su tren de vapor – en el que obviamente nos dimos una vuelta – y todo), “Canterbury Museum” (donde a las tres y media tenemos el tour con una embarazadísima Rachel que espera el segundo hijo para Octubre), “Willowbank Wildlife and Maori Experience” (decidimos tirar la casa por la ventana y cogemos el paquete completo: espectáculo maorí, cena y visita a la reserva de vida salvaje. La cena nos hincha, el espectáculo no nos parece muy bueno a ambos y la buena noticia es que vemos hasta media docena de gordos kiwis. La nota surrealista y graciosa es que cuando volvemos en el taxi se recibe una llamada desde el centro y tenemos que dar la vuelta pues parece que nos hemos dejado a otros dos pasajeros atrás. Al llegar comprobamos que éramos nosotros…

Los glaciares. Hace dos años en el Sur de Chile, Renato, Mercedes, Sabine y yo pasamos cerca de uno, pero la traicionera niebla lo envolvió rápidamente con su gris manto y nos quedamos con las ganas de verlo. Esta vez no ocurrió lo mismo y pude disfrutar no de uno sino de dos glaciares que están bastante cerca el uno del otro, al principio de lo que se conoce como Southern Alps (Alpes del Sur). Al segundo, el Fox Glacier, nos pudimos acercar hasta unos cien metros. El primero lo vimos bastante más de cerca, Isabel optó por la vía CC (cómoda y cara) haciendo HeliTrekking y yo por la –CC (menos cómoda y menos cara), haciendo trekking hasta el principio del glaciar y sobre este para después hacer Ice Climbing
(escalada en hielo).

Un pequeño grupo compuesto por Beth, Tadhg, dos chinas quejicas y dos guias (Mickey y Ray) disfrutamos de un madrugador día de cielo azul paseando primero y escalando luego, por este viejo gigante. Hacia el final de la jornada, subir los verticales veinticinco metros de la última pared fue especialmente cansado y cada vez que se levantaba un brazo para clavar el pico en el costado del coloso, el esfuerzo era acompañado por un pequeño gruñido. A continuación, hacer fuerza para quitar el crampón de donde lo habíamos clavado, levantar el pie y volverlo a clavar más arriba, y repetir la operación con el otro pie sobre la milenaria blancura. Impulsar el cuerpo hacia la cima a regañadientes y volver a usar los brazos, uno primero y después el otro, para clavar más arriba aún los dos picos. Robarle segundos a la maniobra para girar la cabeza y mirar hacia abajo, sonriendo. Y en lo alto una merecida pausa para contemplar, a mis espaldas, una lengua blanca que se asomaba entre verdes montañas buscando un valle del que se alejaba lenta pero inexorablemente.


El clima. En las mismas fechas, invierno en Nueva Zelanda, verano en Europa, se puede tomar el sol en el Norte o esquiar en el Sur. Surf y bañadores en Raglan, guantes y gorros en Queenstown, donde en esas fechas comenzaban a celebrar el Winterfest y en el escenario coros y cantante estaban perfectamente arropados. Eso significa que, si te descuidas, viajando por el sur el frio se convierte en helada, la lluvia en nieve y el traicionero hielo cubre el asfalto. Llegas a un pueblo bajo un cielo despejado de nubes y con el sol relajándose en lo alto. Al día siguiente, hay varios centímetros de nieve en las calles, el blanco hielo cubre las cortadas carreteras. En Wanaka el 22 de junio entramos en un museo a las once de la mañana y cuando salimos una repentina nevada ha dejado blancos los campos y las carreteras, con lo que camiones y coches tienen problemas para recorrer los 9 km de vuelta al pueblo (nosotros, para no ser menos, nos vamos a la cuneta). Al día siguiente, Wanaka se despierta aislada con las carreteras cortadas y durante unos días la única manera de abandonar el pueblo será por alguna de las vías por las que se puede circular con cadenas. No llega el correo y se acaba el pan en los supermercados…




Si creéis que todas nuestras experiencias han sido maravillosas y perfectas, siempre hay pequeños tropiezos y complicaciones. A Haast: llegamos de noche, cerrado el único supermercado, la única gasolinera, y nos tenemos que alojar en la más barata de las más caras opciones. Incluso la gente que estaba allí cenando tenía aspecto de estar pasando los primeros días de una condena de 10 años en una penitenciaría del círculo polar. De hecho, tras abandonar el privilegio de esa compañía nos encontramos con la temperatura más baja de todo el viaje. Haast Pass ostenta el record de tener, con un cielo despejado y un sol maravilloso, dos grados bajo cero fuera del coche. Y os recuerdo que en Wanaka (población 3500 habitantes) nos quedamos forzosamente durante tres días.





Se hace raro mirar un mapa del mundo en que a la derecha está el continente americano y Europa (y bajo ella, África) no se encuentra en el centro, sino a la izquierda. Es básicamente el azul claro del Pacífico lo que ocupa la posición predominante y, muy debajo, Nueva Zelanda.

Otra peculiaridad. Las condiciones geográficas de aislamiento de este país y de Australia provocan restricciones en los productos que se pueden introducir y sacar del país, así que un par de días antes de irnos de Nueva Zelanda empezamos la operación “Sin Comida”, El objetivo es comernos todo lo que tenemos y vaciar nuestra despensa móvil. Hemos acabado con demasiados gramos de espagueti que he cocinado con una salsa con ajo, cebolla, atún, nata, y huevo revuelto pero una tortilla de una patata y ocho cebollas se descarta.

Dos cosas sobre autobuses y autobuseros. En NZ he visto que los vehículos fuera de servicio no solo tienen eso en el letrero de su frontal sino que, maravilla nunca vista, añaden una sorprendente palabra y lo que se puede leer es “Sorry, Out of Service””, ¡se disculpan!

En el viaje de Queenstown a Christchurch tanto John, el conductor del primer autobús, como Tofi, el del segundo no paran de coger el micrófono para contar cosas de los sitios por los que pasamos. Imaginaos si hicieran eso los del ALSA…estáis en el autobús que os lleva de Oviedo a Madrid, acabáis de salir de la capital asturiana y el conductor coge el micrófono y os dice “Buenos días, mi nombre es Mariano, y voy a llevarles hasta Madrid. Conforme pasemos cerca de algún monumento o paisaje singular les iré narrando alguna historia sobre ellos. Sin ir más lejos, a nuestra derecha se encuentra el monumento prerrománico de San Julián de los Prados…”







Nota: Nueva Zelanda es un país barato. La comida y el transporte están a niveles similares a los europeos, así que para los que vivimos en Irlanda no debería resultarnos excesivamente oneroso el día a día. Nueva Zelanda es un país caro. Sí, lo es para el alojamiento y las actividades pero ¿quién dijo que fuera barato hacer submarinismo, paracaidismo, descenso de ríos, escalada en glaciares o viajar en helicóptero?

Y cuando lleguéis al país aseguraos de tener un billete de salida del mismo para evitar que os hagan dar la vuelta en el mismo Aeropuerto.

(Escrito por él entre Adelaide y Emu Bay, Australia, 19 – 21 de julio de 2007)