19 abril, 2007

De Saigón a Sapa (I): HCMC

(Tal y como prometí hace unos días, aquí está el primero de los textos pendientes sobre Viet Nam)

Isa ha contado ya, mas o menos, lo que hemos recorrido de Vietnam así que yo, intentando no irme demasiado por las ramas, sólo hablaré un poco de las principales cosas que me han llamado la atención sin la ambición de dar un detallado recuento de nuestra ruta – ¡ni de extenderme demasiado dando clases de Historia y Política!.
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Ho Chi Minh City
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Cuando los comunistas tomaron la urbe y posteriormente el resto de Vietnam del Sur, una de las cosas que hicieron fue cambiarle el nombre en homenaje a su máxima figura política, el anciano Ho Chi Minh, fallecido de muerte natural en 1969 (otra fue detener y arrastrar a miles de sus habitantes, principalmente maestros – es curioso, sufren siempre bajo cualquier cambio de régimen – religiosos, intelectuales, empresarios, a campos de trabajos forzados). Bien poco tardaron sus habitantes en diferenciar con quien podían conversar sobre Saigón y con quien tenían que usar el nuevo nombre impuesto a su ciudad. Hoy en día conviven ambos nombres para beneficio de los turistas que encuentran más corto y sencillo el original que cualquiera de las dos variantes del segundo, HCMC u Ho Chi Minh City.

La impresión que me causó la antigua capital sureña es (y la palabra parece que va a ser una constante de Asia) “caótica”. Arquitectónicamente hablando, los edificios se pueden agrupar en tres grandes grupos: los pocos supervivientes de la época colonial francesa (como el edificio de Correos o el antiguo palacio del gobernador), los que fueron construidos entre 1954 y principios de los 90 (míseras construcciones abigarradas que luchan unas con otras por un rayo de luz) y las que se han ido construyendo desde que cayó el Muro de Berlín hasta hoy en día (aparentemente se ha bendecido oficialmente que los edificios contiguos en una misma calle han de ser altos, estrechos y de estilos arquitectónicos no relacionados entre sí y cuanto más llamativo el color, mejor). Así mismo, hay multitud de claustrofóbicas callejuelas comunicando las calles principales que contienen la mejor muestra de la pausada y tranquila vida de estas gentes que conviven codo con codo con sus vecinos.

¿El tráfico? Es otro caos. Hay una plaza en la que se juntan, sin orden ni concierto, no menos de seis calles distintas con varios semáforos (de los pocos que existen) cambiando a la vez al color verde con lo que se da simultáneamente la preferencia a tráfico que circula en direcciones opuestas. Los automóviles sólo están al alcance de unos pocos y no abundan por la carretera salvo que sea el omnipresente “pick up”. No hay cientos, sino miles de motocicletas. Comprar una de marca china cuesta unos 500 USD, si es japonesa el precio se dispara a los 1000 USD. Para conducirlas se necesita, teóricamente, un permiso pero es casi imposible hacer un control a los conductores puesto que sería más caótico aún y sólo un pequeño número de ellos podría ser inspeccionado. Así, no es de extrañar que en Saigón se produzcan unos 20 accidentes al día, algunos con consecuencias fatales puesto que nadie lleva casco.
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El que más me asustó fue precisamente uno sin mayores consecuencias, en el que dos ciclomotores que circulaban perpendicularmente el uno respecto al otro no se pusieron de acuerdo sobre quien tenía la preferencia y acabaron ambos en el suelo…a media docena de metros de donde yo cruzaba, con la máxima precaución, la calle.
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Túneles y Templos
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Desde Saigón se pueden hacer excursiones más al Sur, al precioso Delta del Mekong, que nosotros no hicimos por falta de tiempo pero que, a juzgar por los positivos comentarios de otros viajeros, hubiera merecido la pena. Lo que si hicimos fue un Tour de un día a un Templo Caodista y a los túneles de Cu Chi.
Los caodistas son una secta curiosa que ha conseguido sobrevivir en el competitivo mundo de las religiones organizadas gracias al original concepto de no imponer sus ideas sobre las otras, sino que las asimilan y las incorporan a sus preceptos, dando cabida a teorías budistas, cristianas, musulmanas. Ante tal batiburrillo, al observador no experto le parece que se les podría aplicar ese viejo dicho castellano de “Quien mucho abarca, poco aprieta”. Lo más llamativo de la ceremonia, cuyo principio pudimos presenciar, fue cuando los fieles entran, en una formación casi militar, en el templo y al sonido de la música, se sientan y se inclinan repetidas veces siguiendo una cadencia que obedece a la melodía, según unos cánones que desconozco. En los terrenos de los caodistas hay también escuelas, alojamientos, comedores y otros edificios de uso múltiple aunque la mayoría de sus bienes inmuebles fueron confiscados por los comunistas en 1975.
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Por la tarde nos llevaron a una extensa zona al Norte de Saigón conocida durante la Guerra de Vietnam (que aquí se llama “Guerra Americana”) como el “Triángulo de Hierro”. Allí, tan cerca de la capital, las guerrillas del Viet Cong operaban impunemente pese a que tanto el Ejército de Vietnam del Sur (ARVN) como el de los Estados Unidos no dudaban en descargar su tremenda potencia de fuego (aviones, artillería, carros de combate) ante cualquier movimiento sospechoso.
Bajo las narices de una de las más grandes bases militares de EEUU, los guerrilleros construyeron una serie de kilométricos túneles que incluían hospitales, aulas y talleres, dónde estaban a salvo de los ataque aéreos y terrestres a los que no eran inmunes y que enlazaban con otros túneles que eran parte de la Ruta Ho Chi Minh (una serie de senderos en la jungla, caminos y carreteras que permitían que llegaran armas, suministros y tropas regulares desde Vietnam del Norte, atravesando territorio no solo vietnamita sino también de Laos y Camboya, países que fueron así involucrados en la guerra por los comunistas). Para dificultar los movimientos de las tropas del gobierno y sus aliados sobre sus cabezas, el Viet Cong improvisaba elaboradas y crueles trampas, desde la más sencilla de un simple hoyo en cuyo fondo se habían clavado afiladas estacas de bambú impregnadas en excremento (para infectar y gangrenar la herida si se sobrevivía al empalamiento) a algunas más complejas como las que se ponían detrás de una puerta y, al abrir esta, desde el techo bajaba pendularmente una plataforma erizada de pinchos que golpeaba el pecho y los genitales del infortunado soldado.
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Estas trampas, y otras, se presentan en una exhibición especial y están acompañadas por los comentarios descriptivos y sorprendentemente jocosos (casi despectivos) del guía del gobierno. Desgraciadamente, uno de los aspectos más obvios para el turista es que mientras que en Estados Unidos se vivió una autocrítica sobre su actuación en el conflicto, durante y después de la guerra, y no se ocultaron los errores y masacres, en Vietnam no se ha hecho tan necesario, y doloroso, acto de examen de conciencia. Desde el vídeo propagandístico al que nos someten en un aula presidida por un retrato del Tío Ho y la bandera de Vietnam, hasta las explicaciones de los guías, todo está centrado en la lucha del Viet Cong y Vietnam del Norte, con el voluntario y masivo apoyo popular a ambos lados de la frontera, frente a las fuerzas imperialistas y al “gobierno títere” (textualmente, “marioneta”) de Vietnam del Sur. El Viet Cong ayudaba a los campesinos, los americanos los mataban. En Vietnam del Norte había una feliz democracia popular, en el Sur solo terror y asesinatos de inocentes.

Hay fotos, repetidas hasta la saciedad, sobre la conocida masacre de My Lai, donde tropas americanas mataron a los habitantes de una aldea. Pero no hay fotos, por ejemplo, sobre los más de 3000 vietnamitas encontrados en fosas comunes en Hué, cuando los americanos liberaron la ciudad que había estado durante 52 días bajo dominio de las guerrillas del Viet Cong y las tropas de Vietnam del Norte en 1968. Esas victimas tenían todos su nombre en unas listas elaboradas semanas y meses antes y en las que figuraban los enemigos de los comunistas: maestros, políticos locales, hombres de negocios, comerciantes, doctores, ingenieros…

Aunque la mentira y la propaganda están presentes por toda la instalación (y de manera más sutil, asociando comunismo a paz y gobierno comunista al respetado Ho Chi Minh, por todas las carrteras y pueblos de Vietnam), también es posible encontrar apartados interesantes, tanto para los aficionados a la Historia y la Militaria como al turista ocasional. Por ejemplo, en una exhibición se observa como el Viet Cong aprovechaba las municiones enemigas que no habían detonado para construir plantas caseras. En otra, como disimulaban el humo que se producía en el subsuelo al cocinar y que, mediante un ingenioso sistema de túneles de ventilación lo iban disipando en distintos puntos hasta que al salir a la superficie no sólo era imposible averiguar de donde procedía sino que era apenas visible.

El visitante también puede revivir la experiencia de un guerrillero vietnamita dentro de un túnel, y a tal fin se ha acondicionado un tramo de unos 20 metros que hemos de recorrer a gatas o en cuclillas. El túnel real sólo hubiera permito el desplazamiento tumbados y arrastrándonos, el pan de cada día para esos combatientes (y para algunos soldados norteamericanos, los llamados “ratas de túnel”, pertenecientes a una unidad de élite cuya misión era combatir al Viet Cong en estos oscuros, húmedos y agobiantes reductos, como no, infestados de trampas).


(la luz es del flash de la cámara de Isa puesto que, obviamente, no hay ningún tipo de iluminación)

En Cu Chi se encuentra también el National Defence Sports Shooting Range (“Campo de Tiro Deportivo de la Defensa Nacional”) y ahí, por unos pocos euros, podemos emular lo que hemos visto hacer tantas veces a Stallone o Schwarzenegger, disparar con un auténtico fusil de asalto contra unas cercanas dianas que no parecen fáciles de acertar (por seguridad los cañones de los fusiles están atados a un apoyo de cemento, lo cual limita los movimientos para apuntar correctamente, y tienes un militar, que no te quita la mano del hombro, constantemente supervisando tus disparos). Hay gente que a priori no lo encuentra precisamente divertido, pero he visto a familias a las que les picaba el gusanillo y acababan probando y la experiencia, una vez superado el susto ante el retroceso del arma y el sonido de los disparos, les dejaba un buen sabor de boca. Por el módico precio de un euro cada disparo, uno tiene a su disposición las principales armas de la guerra, el Kalashnikov (soviético, pero también fabricado en China y Vietnam) del Viet Cong y del Ejército de Vietnam del Norte, el M-16, la M-60, el M-1 (todos ellos usados por las tropas estadounidenses y por los militares del ARVN).

Si uno no está en el Ejército, es prácticamente imposible tener esta experiencia en Occidente.

Transporte y cultura callejeros

Dos cosas que os chocaran cuando lleguéis a Vietnam son dos oficios muy particulares aunque suenan conocidos, el vendedor ambulante de libros y el taxista.

Al primero no os lo imaginéis como un señor con un traje mas o menos barato y con un maletín en el que guarda un tomo de enciclopedia y un catálogo de publicaciones, lujosamente encuadernadas en piel, de no menos de 20 tomos mensuales y que abarcan materias tan imprescindibles en cualquier hogar como “Coleccionismo de relojes”, “Secretos de la II Guerra Mundial”, “Los animales de África” o “Bricolaje para el hombre moderno”. No, aquí pueden ser niños/as, adolescentes, jóvenes (lo siento, Presidente Rodriguez, me niego a decir “jóvenas”), adultos/as, y señoras de arrugada piel o señores con nevado pelo. Y de maletín nada. Coged 20 libros, ponedlos encima uno de otro, pasadles una cinta alrededor del montón para sostenerlos todos bien apretaditos y así tendréis una pequeña torre de babel de cultura. ¿La temática? La más obvia, las guías de viaje, siendo Lonely Planet la más fotocopiada (pero ¿de verdad os creíais que una guía que en Irlanda cuesta 25 Eur la vais a encontrar original en Asia por solo 4 o 5?) pero también novelas, como “El americano impasible” de Graham Greene y otras muchas, tanto en francés, como inglés o alemán.

Los taxistas en Vietnam son fáciles de reconocer, cualquier persona puede serlo. Los más obvios están dentro o apoyados en coches blancos con un cartel de “Taxi” o de “Taxi Meter” en el techo (luego es común que el taxímetro no funcione y lo que haces es, como siempre, acordar el precio de antemano). Después están los conductores de “cyclo” esa especie de bicicleta taxi en la que los turistas se sientan delante y detrás, algo más elevada, el sufridor que pedalea. Pero también, como en Camboya, están los moto taxistas. Es difícil de imaginar que en Oviedo o Madrid te hagas tramos urbanos (y menos urbanos) de paquete en un ciclomotor, yendo muchas veces dos personas (aunque hemos visto a familias enteras apretujadas entre la rueda trasera y el manillar). Aquí es más corriente y, salvo que lleves enormes mochilas o seas un turista de avanzada edad o VIP, no es habitual ir en taxi. Y no les busques, porque ellos son los primeros que se encargan de dirigirte a ti con un “¿taxi?” y llega un momento en que ves a la gente sentada en sus ciclomotores y ya no estás seguro de quien sólo tiene una moto y de quien te puede llevar, por una módica cantidad, a recorrer los principales puntos de la ciudad.


Nota: Ha noi, Sai gon…Viet Nam, son nombres que nosotros escribimos y pronunciamos juntos pero que los vietnamitas escriben y pronuncian separados y a lo largo de mis textos encontrareis indistintamente de una u otra manera. En vietnamita la entonación de una palabra, y eso afecta a lo anterior, decide el significado de la misma. Por poner un ejemplo, España es algo así como “Tay Ban Nha” pero si la pronuncias con la entonación errónea o con una pausa demasiado larga, lo que estás diciendo es “extranjero vende una propiedad”. Por cierto, fue un religioso occidental el primero que buscó (y encontró) la manera de poner por escrito en alfabeto latino o similar lo que parecía tan misterioso como el mandarín y a él le debemos que sea más sencillo de entender que el camboyano, laosiano o tailandés.


(Recopilado por él en Luang Prabang, Laos, el 11 de abril de 2007 a partir de distintos textos escritos en Saigón, Kon Tum, Hoi An y Hue por él entre el 5 y el 21 de marzo de 2007)