19 abril, 2007

De Saigón a Sapa (II): Easy Riders

Para los mochileros (¡Dios mío! ¿somos mochileros? ¡Pero si casi todos los que nos encontramos por el camino tienen diez o quince años menos que nosotros!) la forma más conocida de viajar de Sur a Norte, o viceversa, es el Open Tour ticket o Sinh Café Ticket. Con ese billete decides que paradas quieres hacer entre Saigon y Hanoi y adquieres un billete de fechas abiertas para una serie de trayectos más cortos. Por ejemplo, Saigón – Dalat – NhaTrang - Hoi An – Hue - Hanoi. Cuando llegas al primer destino te quedas el tiempo que tú quieras y la víspera de tu partida te vas a la oficina de la agencia local y reservas el asiento para el siguiente trayecto, Dalat – Nha Trang. Cuando llegas allí, el mismo procedimiento. Esta manera es algo más económica que comprar los distintos billetes por separado según los necesites aunque tiene el inconveniente de que no puedes cambiar de opinión respecto a tu ruta porque no te devuelven el dinero.
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Y eso a nosotros nos afectó cuando nada más salir de nuestro hotel en Dalat, aún algo cansados por el viaje desde Saigón, nos tropezamos con los Easy Riders.
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Born to be Wild
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Había leído sobre ellos en nuestra guía pero no le había prestado demasiada atención. Básicamente los Easy Riders son un conjunto de una veintena de guías-motoristas o motoristas-guías que están basados en Dalat y que ofrecen viajes fuera de las rutas turísticas a puntos tan cercanos como Hoi An (cinco días) o lejanos como Hanoi (unos doce o catorce días), a grupas de su moto. Dos de ellos charlaron con nosotros y nos llevaron al centro de Dalat donde tras la cena discutimos precio, ruta y condiciones. El viaje a primera vista parece caro, 50$ por persona y día cubren transporte, guía y gasolina. El alojamiento y las comidas, en los mismos sitios que ellos (eso garantiza bajo precio y contacto con los locales) se lo paga cada uno de su bolsillo. Isabel y yo estábamos indecisos, acabábamos de llegar a Viet Nam, sólo llevábamos unos días en el país y el desembolso de 250$ parecía enorme. ¿Merecería la pena? Cinco días después, la respuesta era un “¡Sí!” rotundo.
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Acordamos con ellos que haríamos una ruta hasta Hoi An pero no por la costa, como hace el rápido autobús, sino por el interior, su especialidad, por las Tierras Altas Centrales. El primer día, además, le dedicamos unas horas a Dalat, que apenas habíamos tenido de ver, y comprobamos que le venía como anillo al dedo el apelativo de “la Suiza vietnamita” por el estilo de sus casas y la frescura de sus temperatura. Visitamos la que localmente se conoce como “Casa Loca” (Crazy House), que se gano tal apelativo, fruto de la incultura y del desconocimiento (aunque ha sido asumido perfectamente por su propietaria y artífice), porque sus habitaciones, muros y patios llevan el estilo que nosotros inmediatamente reconocemos como el de los geniales Gaudí o Dalí. Efectivamente, una arquitecto-diseñadora local ha plasmado sus ideas, que cualquiera de ambos maestros aplaudiría, en una casa que sirve también como pequeño y exclusivo hotel, con un reducido número de estancias habilitadas para el viajero que desee pasar la noche en tan particular entorno. Cada habitación cuenta con un diseño temático de mobiliario y paredes distinto y a nosotros nos hubiera encantado poder habernos alojado allí (el precio es el de un B&B en Irlanda). Ese estilo tan particular no es siempre bienvenido o comprendido por las rígidas mentes comunistas y una construcción de la artista fue demolida por orden de las autoridades locales, y si no ha habido mayores represalias se debe a que ella es hija de quien fuera segundo presidente del reunificado Viet Nam.



Durante cinco días nuestros conductores nos llevaron a visitar cascadas, templos y monumentos de la Guerra Americana. Salvamos puentes colgantes, de madera y de hierro. Paramos también en un invernadero, en campos donde se cultivaba café, en una granja en la que se especializaban en gusanos de seda y en una pequeña fábrica que los recibía y a partir de ellos creaban camisas, batas, etc. Vimos búfalos de agua a ambos lados de la carretera y haciéndonos reducir la velocidad para esquivarlos. Recorrimos a pie durante un rato varias porciones originales de la Ruta Ho Chi Minh, cruzamos puertos de montaña y bordeamos ríos. Vimos como se extraía la arcilla para fabricar ladrillos que se secaban al sol, el mismo que también caía sobre miles de fideos de arroz como parte de su elaboración. Pasamos por tantos campos de arroz que perdí la cuenta.

Observamos y probamos granos de pimienta aún en su planta e Isabel probó su destreza ayudando a pelar la tapioca. Cruzamos pueblos polvorientos con viejas casas de madera triste y nos detuvimos muchas veces en aldeas de minorías étnicas. Traspasamos los umbrales de las peculiares viviendas de Batan, Mong, H´Mong, Dzao y otras tribus. Con la limitada ayuda de nuestros interpretes, conversamos con hombres, mujeres y niños. Entramos, literalmente, hasta la cocina y vimos sus dormitorios, despensas, establos, y salones comunales. Fuimos, fugazmente, atracción para ellos tanto como ellos lo eran para nosotros. Visitamos orfelinatos que aceptaron encantados nuestros pequeños donativos porque atender al hambre intelectual es tan caro como hacerlo a la corporal (y eso me recordó mi breve experiencia con mis chicos peruanos allá en Lima, tan al otro lado del mundo como de aquí está Europa).
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Vimos como lloran los arboles en las plantaciones de caucho. Saludamos a los niños que, inevitable pañuelo rojo al cuello, iban y venían de la escuela, respondiendo a sus sonrientes “Hello!”. Desde la parte de atrás de la Honda, entre mi conductor, Xuan (como si su nombre fuera asturiano) y mis dos mochilas embutidas en grandes bolsas de plástico y perfectamente aseguradas con cintas elásticas, fui testigo del ir y venir de gentes, animales y exóticos medios de transporte por el Viet Nam que el turista no suele ver.


Recuerdo especialmente el penúltimo día con nuestros conductores, cuando hicimos noche en Kom Tum, donde los niños en particular y la gente en general eran todo “Hello”, sin pedirte que entraras en sus tiendas, solo saludando a este forastero de ojos azules que era algo exótico para ellos. Las madres salían con sus niños en brazos para verme y unos críos querían que fuera después a jugar al fútbol con ellos pero entre que soy malísimo y que mis botas de trekking no eran el calzado más adecuado, tuve que declinar su invitación.
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Preguntando cuanto costaba la conexión a Internet, me quedé media hora conversando con Phi, la señora propietaria del local (administrado por su hijo, que se encontraba ausente en una boda) y de una panadería. Hace unos años se cogió a su familia y se la trajo desde Hue, donde residían, hasta este pequeño pueblo donde poco a poco ha ido medianamente prosperando con mucho, mucho trabajo. A la mañana siguiente, un vecino de mesa en el local callejero en que desayunábamos, se presentó como Dan y se puso a entablar conversación con nosotros para practicar su pausado pero perfectamente comprensible inglés.
Este era el Vietnam que no habíamos conocido antes, donde un extranjero no es sólo un fajo de billetes andante y no corres el riesgo constante de que te estafen en cualquier transacción.



Nota: En todas partes hay imitadores y cuando algo funciona surgen como las setas tras la lluvia. Los Easy Riders de Dalat no son una excepción y os podréis encontrar con motoristas que aseguren serlo. Después de todo, son ellos los que os van a ir a buscar a vuestro hotel para proponeros el viaje y no tienen un local o sede al que podéis acudir. Para confirmar si el motorista es quien dice ser, pedid que os enseñen un carnet que es emitido por el Ministerio correspondiente y que les autoriza a ejercer como guías turísticos (y a vosotros como acompañantes suyos a pernoctar en aldeas normalmente no autorizadas a extranjeros) o también, y ellos serán los primeros en aludir, que os muestren las libretas que siempre llevan encima con los entusiastas testimonios de anteriores clientes. En inglés, francés y español encontrareis los nuestros.



(Recopilado por él en Luang Prabang, Laos, el 14 de abril de 2007 a partir de distintos textos escritos en Saigón, Kon Tum, Hoi An y Hue por él entre el 5 y el 21 de marzo de 2007)