20 abril, 2007

De Saigon a Sapa (IV): Hanoi

Hanoi, la asiática ciudad europea


Obedeciendo a un desconocido impulso, el conductor del autobús que nos llevaba a Hanoi decidió que once horas de viaje no eran entretenidas si durante las primeras cinco no hacía ese mismo número de paradas. La más absurda fue a las doce menos cuarto de la noche, cuando paramos en una gasolinera durante unos minutos (y el personal de la gasolinera nos incitó a bajar del autobús y consumir por el expeditivo procedimiento de poner la música de los altavoces al máximo volumen). Vaciadas algunas vejigas, llenos de nicotina algunos pulmones, reemprendimos la marcha y volvimos a detenernos, media hora esta vez, a los pocos minutos, en una estación de autobuses en la que nos abandonaron algunos viajeros. Ya no hubo más paradas durante cuatro horas, y eso es de agradecer. Así como agradecimos las mantas que había en el respaldo de cada asiento porque en Asia si cuando hay música la ponen muy alta, cuando hay aire acondicionado, no lo dejan precisamente al mínimo.


Veinticinco de marzo de mil novecientos treinta. No, no me he equivocado de año aunque no sepa en que día vivo, ni de la semana ni del mes. Hoy hubiera sido el cumpleaños de mi padre. No había pensado en ello hasta que hablé con mi madre (intento telefonearla todas las semanas o por lo menos cada diez días aunque llamar a España desde la otra punta del planeta, sin que el coste sea escandaloso, puede exigir un paseo hasta encontrar el sitio adecuado) y me lo recordó. Un nudo en la garganta, ojos vidriosos amenazados por tormenta, carraspeo silencioso. Continúo la conversación y al cabo de unos segundos ya consigo agarrar el auricular con menos fuerza.



Cambio radical de tema (“Con la venia, Señoria”). Hanoi me encanta. Estamos alojados en una cueva con tres paredes de plástico pero tenemos televisión vía satélite (nuestro vietnamita no es suficientemente bueno para entender la programación local), baño (con auténtica agua caliente) y mini nevera (a la que no le estamos sacando partido alguno). Por ocho dólares al día no está mal, aunque carezca de encanto y no la podamos calificar como “amplia”.Pero nuestro hotel está situado a menos de cinco minutos de paseo del “Old Quarter” y las calles de los gremios donde cada vez que doblas una esquina te adentras en el particular mundo de una profesión. Portal tras portal se agrupan las mercancías de cada rama del comercio, exhibiéndose ante los peatones en busca de dueño. Hay establecimientos en los que comprar cualquier prenda de ropa y, si no nos gusta lo que vemos, un metro más allá tenemos más opciones. Hay calles en las que maestros carpinteros trabajan la madera sencillamente, creando cajas. Si el pino es demasiado caro o pesado, en otra calle encontraremos quien se ha especializado en el cartón, ya sea a medida o vendiendo cajas que antes contenían televisores, neveras o los pantalones y camisetas que se muestran al doblar la esquina.


Dejando al descubierto carcasas vacías, se afanan en torno a las desmontadas piezas los mecánicos de ciclomotor. Su taller se prolonga hasta la acera que comparten con los peatones y no interrumpen su trabajo pese al constante trasiego humano.



Los coches y ciclomotores se acompañan en la calzada con los omnipresentes cyclos ( medio de transporte similar a un triciclo, pero a la inversa ya que detrás hay una rueda y es delante donde hay dos, el pasajero se sitúa delante, cómodamente sentado con las dos ruedas a su lado y el conductor lo hace detrás, algo elevado, pedaleando), los peatones (que tenemos las aceras copadas por aparcadas motocicletas) y los vendedores ambulantes que llevan su mercancía al estilo tradicional vietnamita, con un palo alargado sobre el hombro del que cuelgan en equilibrio, ya sea en cajas, cestas o platos, aquello que venden. Las apretadas arterias de la ciudad tiene también el tapón de los árboles, otra vida que también mana de la acera y prolonga una alfombra verde sobre las cabezas de los apresurados habitantes. Hanoi es ruidoso, sus calles son estrechas, el movimiento humano y de mercancías es constante. Hanoi es una locura. Me gusta Hanoi. Me gusta el Hanoi que no tiene amplias avenidas, que no está vacio, poblado solo por mastodónticos edificios oficiales diseñados por arquitectos que obtuvieron su título cuando en la URSS aun se idolatraba a Stalin.


Visitando

En Hanoi visito una prisión, dos museos, una tumba, un puente, un teatro de marionetas y paseo, paseo, paseo, aunque respirar el trasiego constante de estas hormigas te sube la tensión (una negativa a comprar libros o bollos sólo significa que el vendedor se plante delante de ti durante un rato o que se ponga a caminar a tu lado insistiendo continuamente) y baja la capacidad pulmonar y auditiva (polución apenas perceptible la primera pero apreciable y bastante más que obvia la segunda
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La prisión de Hoa Lo, que visito,albergó primero a los resistentes contra la ocupación francesa y después, durante casi una década, a pilotos americanos derribados (gracias a misiles e instructores soviéticos) mientras bombardeaban objetivos en Viet Nam del Norte y que le dieron el irónico apelativo de “Hanoi Hilton”. A juzgar por las fotografías que hay en las dos salas en que se les recuerda, gozabn de todas las comodidades: jugaban al ping pong y a las cartas, se les alimentaba abundantemente, recibían con regularidad paquetes de la Cruz Roja enviados desde sus hogares, estaban bien vestidos y tratados.
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Claro que si uno lee los libros que muchos veteranos escribieron después de ser liberados resulta chocante que todo lo anterior destaque por su ausencia. Diarrea, malnutrición y falta de cuidados médicos eran la tónica habitual. Se les torturaba con regularidad para obtener detalles técnicos de los aparatos que pilotaban (principalmente bombarderos B52) y así buscar la manera de que los misiles soviéticos fueran más efectivos. En el afán de fingir que se les cuidaba bien, el celo de las autoridades vietnamitas de la época llega a extremos increíbles. Me llama la atención una foto en la que posan brindando para la cámara un prisionero y tres vietnamitas, supuestos periodistas que le estaban entrevistando. Sillones y habitación no parecen las propias de una prisión y en una mesa en estratégico primer plano hay una mesa con cervezas y repleta de bocadillos y comida. Han hecho moverse a dos de los vietnamitas para que se aprecie bien el festín, que en aquellos días sólo hubiera estado al alcance de fieles miembros del Partido, pero no del común de los campesinos y que nunca hubiera sido compartido con un americano “asesino de niños”.

Manipulación aparte, el resto de la prisión presenta las míseras condiciones en que los franceses mantenían a los reos e incluso una guillotina que fue utilizada para decapitar a varios de los condenados a muerte así como varias de las celdas en las que estaban encerrados. La vida de cualquier nativo arrestado en las colonias de ultramar de cualquier potencia occidental valía bien poco y nadie de la metrópoli tenía la menor consideración hacia ellos. Bajo el nombre de “La Célula del Partido de Hoa Lo y las actividades para ´convertir la prisión imperialista en una escuela de lecciones revolucionarias´ ” hay también dos salas dedicadas a los Héroes del Partido, aquellos comunistas que mientras estuvieron aquí detenidos mantuvieron viva la llama de Marx y continuaron con sus actividades políticas bajo la represión de sus guardianes coloniales.


Ho Chi Minh

Junto con Jonatan fui a visitar el mausoleo de Ho Chi Minh, el hombre que fundó el Partido Comunista de Vietnam en 1920, que logró humillar y expulsar a los franceses y que planeó la estrategia que permitió que el Norte comunista y sus aliados soviéticos derrotaran al Sur y sus aliados estadounidenses, aunque él falleciera en 1969 y nunca viera la bandera roja con la estrella dorada de cinco puntas ondeando sobre Saigón.
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esde su fallecimiento hasta hoy, el popularmente conocido como Tio Ho, con su sonrisa afable enmarcada por una barba y bigotes canos, es el símbolo de Vietnam y del Partido Comunista. Contraviniendo los deseos del anciano, que no quería despliegues personalistas, Ho Chi Minh fue embalsamado y su cuerpo está expuesto en el Mausoleo del mismo nombre. El Gobierno de esta dictadura quiere identificarse con él, como su heredero, y pretender mantener, cuarenta años después la vigencia de una fallida doctrina política. En las calles se ven carteles comunistas y una de las imágenes más habituales en ellos (junto a obreros, campesinos, estudiantes y miembros del Partido frente a fábricas y campos de cultivo) es Ho Chi Minh y la paloma de la paz, porque fue el comunismo el que trajo la paz y la estabilidad, obviamente.

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El Mausoleo sólo se puede visitar por la mañana, en una estrecha franja horaria que va desde las 8 a las 11. Se hace una larga pero fluida cola para dejar bolsos y mochilas (no están permitidas cámaras fotográficas ni teléfonos móviles) y luego otra cola para agrupar a los visitantes en una grupo de unas veinte personas que entran, en silencio, en el edificio. Pasamos por delante de varios guardias uniformados de blanco inmaculado que observan con atención todos nuestros movimientos (hay que llevar las manos fuera de los bolsillos) y están presentes cada pocos pasos durante todo el recorrido. Subimos unas escaleras a la izquierda, giramos a la derecha y entramos en la cámara, en forma de “U” invertida, que hemos venido a ver. El cadáver, a nuestra izquierda, dentro de una vitrina con paredes de cristal y techo de madera, está iluminado por una suave luz ambarina. Ho Chi Min tiene los brazos extendidos y paralelos al cuerpo. El ambiente es solemne y cuando una turista oriental le murmura unas palabras a su marido, rápidamente uno de los guardias la coge del brazo y la expulsa del recinto (es broma, en realidad sólo le indicó gestualmente que no hablara). Rodeamos el cadáver pasando frente a él y giramos a la izquierda para abandonar la estancia por una puerta similar a aquella por la que hemos entrado. El cadáver momificado sólo ha estado a nuestra vista por una escasa docena de segundos.
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Si Ho Chi Minh levantara la cabeza, se sorprendería al ver lo que ocurre con el Vietnam del año 2007.
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Estando al borde del abismo, en una huida hacia delante, a imagen y semejanza de lo que ocurre en China, a mediados de los 90 el gobierno comunista introdujo la empresa privada puesto que la colectivización, el aparato del Estado y el sistema comunista no eran capaces de vestir y alimentar a sus ciudadanos. La asistencia sanitaria es peor que la española o la tan denostada estadounidense. En palabras de una vietnamita, “si tienes dinero, te atienden, si no, te mueres”. Las pensiones son ridículas o inexistentes y por eso hay tanto mutilado pidiendo limosna por las calles. El país se ha convertido, por necesidad y porque funciona, en capitalista pero su sistema político sigue siendo de partido único, el comunista, y no se admiten disidencias. En un magistral juego de manos, tan propio de la izquierda, pretenden aferrarse al poder enarbolando la bandera roja mientras en los bancos crecen las cuentas en dólares. Es otra dictadura comunista más, sin el pueblo y para unos pocos.
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(Subido desde Chiang Mai, Tailandia. Recopilado por él en Luang Prabang, Laos, el 18 de abril de 2007 a partir de distintos textos escritos en Saigón, Kon Tum, Hoi An y Hue por él entre el 21 de marzo y el 5 de abril de 2007)