20 abril, 2007

De Saigon a Sapa (V): Hanoi 2a. parte

De Museos

Después de que Jonatan y yo diéramos por zanjado el tema de la momia de Ho Chi Minh, nos pusimos nuestros cascos (creedme, los necesitáis, aunque sólo sea por sentiros más seguros, si conducís por Vietnam ), subimos a nuestra moto alquilada y atravesamos Hanoi hacia el Sur, en busca del Museo de Etnología. Obviamente, nos perdimos. Bueno, en realidad no fue asi sino que el mapa que teníamos y la dirección que aparecía en la Lonely Planet no coincidían. Como preguntando se va a Roma (y todo el mundo sabe que desde Roma es sencillísimo llegar al Museo de Etnología de Vietnam) me acerqué a un nativo y le expliqué la dirección que buscábamos. Nos comprendimos mutuamente (mi capacidad para la mímica ha mejorado enormemente durante el viaje) y se ofreció a acompañarnos en su moto hacia la intersección clave que habíamos pasado a la ida. El viaje fue agradable, tranquilo y lleno de peligros, siendo el primero su insistencia en ¡ponerse en paralelo nuestro para charlar!. Había visto ese comportamiento en otros motociclistas pero Jonatan y yo soltamos una carcajada después de que el tío nos hiciera una señal para que nos situáramos a su lado (pensamos que para darnos más instrucciones) y nos dice “¿De donde sois?”)



Una vez lo encuentras, el Museo cuenta en su patio con una muestra, a escala real, de viviendas de distintas etnias (Mong, Yao, Cham, Ede, Viet, Tay, Bhanar, Giarai y Hanhi) presentes a lo largo del territorio vietnamita. Si el visitante sólo puede centrarse en Hanoi, Hue, Nha Trang y Saigon, esto es lo más parecido a la realidad que podrá encontrar. En el interior, la primera planta y la mayor parte de la planta baja albergan vestidos y utensilios de uso diario de todas las etnias del país. Hay también dioramas con casas, talleres y escenas de los pueblos, junto con un mínimo porcentaje de despliegue audiovisual. En una exposición temporal, se presenta la dura vida del vietnamita medio entre los años 1975 y 1986, cuando no había negocios privados y la economía estaba por completo en manos del Estado que repartía frugalmente bienes y comidas conforme al rango y ocupación de los ciudadanos. Las cartillas de racionamiento, la escasez y el ingenio para sobrevivir son las tres cicatrices que quedan en la memoria individual y colectiva de aquellos duros tiempos. Los afortunados que iban a la URSS o Europa del Este enviados por el Partido a estudiar traían lo que se consideraban lujosas máquinas de coser o cazadoras. A los que se les enviaba a Cuba no traían nada. Lo curioso es que en toda la exposición no hay ni una sola palabra contra el sistema comunista que, aparte de la posguerra y el consiguiente embargo (en realidad llevado a cabo solo por EEUU y un puñado más de países porque la URSS y Europa del Este se dedicaron a enviar ayuda alegre y nada desinteresadamente), fue el principal motivo de esa miseria. Pese a todo ello, fue interesante ver como ellos, al igual que los habitantes de nuestra España de postguerra, lograron sobrevivir a tiempos tan duros, aunque nosotros teníamos la ventaja de que si existía el comercio privado.


Cuando dimos por zanjado el tema étnico, volvimos a la moto para ir en dirección al Museo de la Fuerza Aérea, mejor señalizado en el mapa y que no nos costó encontrar. En un recinto vallado se encuentra el edificio en cuestión, delante de una enorme explanada en la que se muestran a un lado reactores vietnamitas de la época (Migs 15, 17, 19 y 21 de fabricación rusa) y el helicóptero que transportaba ocasionalmente a Ho Chi Minh, y al otro lado una pequeña muestra de vehículos y cañones antiaéreos de pequeño calibre. A su lado, los restos de un Phantom de la US Navy reposan sobre motores y restos de otros aviones americanos y franceses (difíciles de identificar). La exposición al aire libre continúa presentando otros aparatos en perfecto estado de revista. De fabricación estadounidense, un avión de ataque al suelo, un F-5, un helicóptero UH-1 Huey (el “caballo de batalla” del conflicto). De fabricación soviética, un helicóptero naval Kamaz, un helicóptero de ataque Mil Mi-24 Hind A (que no participó en el conflicto), y un enorme helicóptero de carga y transporte Mil, el equivalente soviético del Chinook estadounidense.

Flanquean el edificio principal un caza Mig y un sistema de radar y misil tierra-aire como los que tantas bajas les costaron a la US Air Force. Dentro nos recibe una enorme estatua de Ho Chi Minh y nos esperan dos pisos que desgranan la historia de la fuerza aérea vietnamita desde su lucha contra los franceses (básicamente dotadas con armamento antiaéreo soviético y chino), su creación oficial tras la retirada colonial y el ascenso comunista en el Norte, la lucha contra los estadounidenses, y la postguerra. No he visto que se mencione ni la breve guerra contra China a finales de los setenta ni su participación en la invasión y posterior ocupación de Camboya en 1979.

Una vez mas se nos muestran fotos con los campesinos, los obreros y los miembros del Partido luchando sonrientes contra el imperialismo. La propaganda no desmerece la importancia histórica de los artefactos y restos que se muestran aunque a veces rozan el ridículo, como cuando nos encontramos con una vitrina en la que hay un machete…usado por un campesino para derribar una valla en sus tierras y así permitir el paso de una unidad de misiles antiaéreos para la defensa de Hanoi. Héroe del Pueblo, por supuesto. Como en tantos otros museos a lo largo y ancho de esta tierra de conflictos, se mezcla el legítimo orgullo de haber vencido militar y políticamente a la mayor potencia del siglo XX con la propaganda más descarada y manipuladora.

Una curiosidad: ¡hay una capsula espacial rusa!


Cajas y cosas

Después de once semanas de viaje, he hecho el primer envío a casa, por vía marítima y que navegará durante tres meses antes de atracar en Avilés. Una caja de 11 Kilos y otra de 7. Y ha sido una odisea, por una cuestión de siete centímetros, casi nada ¿eh chicas?. Mi súbita afición a los objetos tribales y los artículos de chamán han desembocado en una serie de compras que incluyen dos preciosas ballestas Gharai, una túnica de chamán Cao Lan, unas pequeñas cestas Ko tu, artículos Yao y unos cojines H´Mong, Dao, Nung y Muong…

Mi intención era mandarlo todo en una sola caja pero las dimensiones de las ballestas lo hicieron imposible así que compré una caja de cartón en la que meter el resto mientras, ayudado por las buenas labores de Vincent, pensábamos como enviar las ballestas. La oficina de correos impone un límite a las medidas de cualquier paquete que se envíe, la suma de todas ellas no puede ser superior a tres metros. Asi que encargamos una caja de madera a medida a un carpintero local pero cuando llegamos, la medición del empleado postal dio más de tres metros. Hubo que llevar la caja de vuelta, recortarla a la medida adecuada y redistribuir las ballestas en su interior. Y después de eso llegó el viaje más aterrador de mi vida.

Hasta entonces me había estado desplazando en taxi y cyclo pero no conseguía encontrar ninguno que me llevara por 12000 dongs (la media de lo que había estado pagando) desde la carpintería a la oficina de correos. La dueña de la tienda le dio un orden a uno de los empleados y este se puso a buscarme una motocicleta que me llevara. Y la encontró. Así que imaginaos la escena. Una moto. Un viejo conductor. A su espalda, una caja de madera de unos tres metros. Y detrás, yo, con el culo casi fuera del asiento, agarrando la caja por los bordes para que no se cayera mientras sólo encontraba apoyo en la moto para uno de mis pies. Yo iba completamente a ciegas, no sabia en que dirección giraba la moto y por lo tanto hacia que lado inclinarme. No sabía cuando iba a frenar y por ende no podía anticipar la brusca reducción de velocidad. No sabia si teníamos más o menos trafico a los lados y no podía inclinar la caja ligeramente en uno u otro sentido para facilitar nuestra marcha. Todo lo que podía hacer era mirar de lado y ver mi cara de pánico reflejada en los cristales de las tiendas frente a las que pasábamos como un rayo.

La imagen de una caída con posterior atropello de cualquiera de la veintena de vehículos que nos seguían cruzaba por mi mente. La piel desgarrada, los pantalones rotos, sangrando por las piernas y la cabeza como resultado del golpe. Me veía en el suelo y luego postrado en una camilla de un hospital vietnamita para extranjeros durante varios días. Si tenía suerte. Vosotros, que no habéis visto como conducen aquí, no os podéis ni imaginar el miedo que pasé durante los escasos minutos del trayecto. Afortunadamente, o en su caso Isa hubiera dado todo lujo de detalles, llegué sano y salvo y lo que le dije al conductor según me bajé fue “Ha sido increíble, acojonante y divertido a la vez”.

Mamá, si estás leyendo esto, puedo explicar todas las compras y lo haré la semana que viene, cuando te llame desde Laos. Tú sólo necesitarás que alguien (fuerte) te eche una mano para subir las cajas, luego déjalas en mi habitación, que hay sitio entre la pared y la cama. Tú ya verás que bonito queda todo en el salón. Claro que habrá que quitar uno de los sofás para hacer sitio. Bueno, en Diciembre o Enero ya veremos como se hace.
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(Subido desde Chiang Mai, Tailandia. Recopilado por él en Luang Prabang, Laos, el 19 de abril de 2007 a partir de distintos textos escritos en Saigón, Kon Tum, Hoi An y Hue por él entre el 21 de marzo y el 5 de abril de 2007)