22 junio, 2007

Atrapados

Mucho cuidado, hay que tener mucho cuidado con lo que uno desea, no vaya a ser que se te cumpla el deseo y luego ¿qué? A ver con qué cara de tonto le dices al de arriba que no lo decías en serio, ¿eh?

Y tras haberos dicho la moraleja, aquí viene la historia. Llevando yo un par de semanas en Nueva Zelanda y estando ya a punto de regresar a Australia, me lamentaba por no haber visto la nieve. Me hubiese hecho tanta ilusión hacer un angelito y ¡qué bien me lo hubiese pasado tirándole bolas de nieve al Junior! Mi gozo en un pozo. Dejamos los glaciares atrás y fuimos bajando hacia el Sur en dirección a los resorts de esquí, pero de nieve ni un copo. La veíamos siempre de lejos, prístina e inalcanzable, allá en lo alto de las cimas.

Mientras yo conducía y suspiraba, José también se lamentaba. Que si el tiempo pasa volando. Que si dos semanas no bastan para ver la Isla Sur. Que si esto es una pasada de bonito y aquí habrá que volver con tiempo y en verano. Que ojalá no tuviésemos que volar a Australia desde Christchurch el 24 de junio…

Pues sí señor, aquí estamos ahora en Wanaka, un pueblo de 3700 habitantes, a dos días de perder el avión y con todas las carreteras cortadas por la nieve. ¿Quién nos mandaría a nosotros abrir ese par de bocazas?

Llegamos a Wanaka anteayer por la tarde, con cielo azul y sol esplendoroso. Aunque eso sí, hacía bastante más frío que en los glaciares de dónde veníamos. Pasado Haast, la temperatura cayó a dos grados bajo cero. Mark, un amigo mío canadiense, me cuenta que en su provincia, Manitoba, pasan larguísimos inviernos a menos treinta grados centígrados (intento imaginármelo, pero no puedo, la mera idea me deja helada).

Ayer amaneció el día cubierto y blanquecino. José, que la víspera había programado una jornada intensiva de museos (empezando por el museo de los pilotos de caza neozelandeses, de las dos guerras mundiales… ¡genial!), no podía ser más feliz con el favorable giro de circunstancias: “Mira, Isa, qué tiempo más cojonudo para ir de museos”.

Tras pelarnos de frío en los hangares del museo de los pilotos, fuimos a terminar de pelarnos de frío en los hangares del museo del transporte y del juguete. Mientras José flipaba ante el descomunal despliegue de muñecos y maquetas de la Guerra de las Galaxias (que yo ni vi por perderme en el maravilloso mundo de Barbie y su colección de accesorios), logré escaquearme y esconderme delante de la única estufa del museo, sentada entre el celador, Truman y Roosevelt (sus dos perros labradores). No sé cómo lo hizo, pero el Junior tardó menos de quince minutos en localizarme. “Sabía que te encontraría aquí” (lince, que eres un lince), “venga, Isa, ven conmigo afuera, que nos quedan por ver tres hangares llenos de coches, aviones y artillería, y de paso me haces unas fotos con los tanques” (pero ¿por qué, por qué yo?), “y por cierto, no te asustes, pero está todo nevado” (¡hip, hip, hurraaaa!).

Qué espectáculo. En cuestión de minutos, todo quedó sepultado bajo un manto de finísima nieve polvo. El mundo, como una novia, se vistió de blanco. Cielo blanco, suelo blanco, árboles blancos, casas blancas, carreteras blancas. Qué bonito. Qué romántico. Tálamo virginal, divina quietud, níveo silencio. “¡Iiiiiisa, miiiiiira, un Centurión MK ciiiiiincoooooo!” (ya voy, ya voy).

..


La felicidad me duró lo que tardé en arrancar el coche. Apenas cogimos la carretera en dirección al pueblo, me percaté de la magnitud del problema. Incluso a 20 km/h, mis ruedas patinaron descontroladas, rebeldes a las órdenes del volante. Intenté recordar lejanas teorías de autoescuela. A ver, ¿qué decía el código para situaciones de conducción sobre nieve y hielo? Una, que viene de la huerta y de la Costa del Azahar, obviamente le prestó mucha atención a aquella lección. Me pareció recordar algo acerca de reducir marchas y no pisar el freno. Pero, ¿eso cómo se hace en un coche de marchas automáticas?

Al final, pasando de teorías, hice lo que el cuerpo me pedía. Podría haber sido peor. Podría haber pisado el acelerador en lugar del freno. Vale que termináramos en la cuneta, pero podríamos habérnosla pegado contra el poste. Conste.

Afortunadamente, fuimos remolcados fuera de la cuneta y, circulando a una velocidad que oscilaba entre los 5 y 10 km/h, logramos llegar sanos y salvos al hostal. En cuanto a lo de conducir hasta Christchurch (a más de seis horas de Wanaka en tiempo soleado), subiendo por un puerto de montaña, con la carretera helada, por la noche y sin cadenas, creo que va a ser que no.

A José le daba pena despedirse de Nueva Zelanda, pues que por mí no sea. Yo, si hace falta, espero aquí a la primavera.

PD: por cierto, con tanto jaleo, todavía no he hecho el angelito en la nieve. Pero eso sí, estoy rifando una bola de nieve y me sé de uno que tiene todos los números…

(Escrito por ella desde Wanaka, Nueva Zelanda, 22/06/07)