30 junio, 2007

De bailes y museos

Cuando Sasha intenta moverse, sus brazos lo hacen espasmódicamente y sus piernas siguen un ritmo propio, independiente del tipo de música que suene en ese momento. Para el espectador casual, excepto por el hecho de que no hay temblores incontrolados de la cabeza, parecería un ataque epiléptico, pero como se mantiene tranquilamente en pie (no se sabe si con o sin esfuerzo) desaparecen las ganas de llamar a una ambulancia. O a la policía, porque en otras ocasiones lanza los puños hacia adelante y parece que amagara golpes, como si estuviera boxeando contra el resto de los bailarines. Además, el hierático gesto de su cara, que él quiere que parezca decir "la música fluye por mis venas", el resto lo podríamos interpretar como un "te voy a romper la cara, chaval".
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Stefan, en cambio, con su gorra ladeada y sus ademanes controlados, parece un príncipe del hip hop o como quiera que llamen a esa música que empieza con un ritmo, se detiene bruscamente, vuelve a repetirlo, vuelve a detenerse y luego continua como si aquí no hubiera pasado nada.
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Ya sabemos como bailan el ruso y el alemán, pero ¿como lo hace el español? Para los que no le hayan visto en acción, utilizando la fraseología de un bondadoso critico podríamos decir que "...intenta paliar con buena voluntad una patente ausencia de sentido del ritmo y un osado desconocimiento de las mas elementales técnicas de baile. Francamente, somos de la nada exagerada opinión de que un mapache moribundo, borracho, cojo y ciego seria un mejor remedo de Fred Astaire".
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En fin, a estas alturas de la vida uno no puede esperar milagros danzarines. No solo una, sino dos noches salí por Sídney con estos dos chicos que, junto con otros cinco, compartían conmigo las literas de la habitación 202 del "Hostel" (creo que la mejor forma de traducirlo al español es "Albergue" - una palabra que me recuerda a montañeros barbudos rodeados por la nieve en un refugio - mas que "Hostal" - termino que me hace imaginar pequeñas habitaciones individuales, un cuarto de baño al fondo del pasillo y una señora sesenteañera viuda de un maquinista de RENFE, que cocina con dedicación maternal para los siempre demasiado delgados solteros inquilinos).
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Eso era para que veáis que no todo lo que hice en Sydney fueron visitas a monumentos y museos: la Sydney Tower, el Museo de Arte Contemporáneo, la exposición World Press Photo 2007, la Galería de Arte de Nueva Gales del Sur, la visita guiada a la Opera House, la visita al Museo Marítimo Nacional, las visitas-paseos por el puente sobre la bahía y las continuadas incursiones por el delicioso Jardín Botánico. ¡Estoy agotado…pero encantado! Como he dicho en un post anterior, me ha gustado mucho Sídney y me gustaría volver aquí algún día.
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Así que si vais a Sídney y pasáis por "Kings Cross", si eso es lo que os gusta, meteos tranquilamente en "The World" (sobre todo si sois estudiantes veinteañeros) o daos una vuelta por "Showgirls" (para apreciar lo que jovencitas con poca ropa son capaces de hacer con una barra vertical, del techo al suelo del escenario). De hecho allí podréis encontrar trabajando (como camareras!) a dos inquilinas a largo plazo del albergue, una escocesa y una inglesa, que pretenden prolongar su estancia en tierras australianas todo lo posible (y para eso hace falta dinero).
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¿Más cosas sobre la que todo el mundo cree que es la capital de Australia? A título no turístico, después de unos dos años, volví a ver a Christine, que había trabajado unas semanas en Contracts & Rebates y que lo dejo para volverse a su Sídney natal. Con ella salí una tarde, que casi acaba en madrugada, y quedamos con su amiga Bernie, el novio de esta y su jefa, que estaban tomando unas copas después del trabajo. El ambiente en aquel pub del CBD (Central Business District, el distrito financiero) no era ajeno al de cualquier miércoles en Dublín, en el centro y rodeados de los trajes uniformados aunque sin corbata ya. Pasamos todos un rato muy agradable, acompañados de vinos del país y de unas estupendas pizzas, de elaboración artesanal en el local.
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Pero mi tiempo en Sydney se acababa y el viernes a las ocho de la mañana me presentaba en el aeropuerto, dispuesto a volar a Nueva Zelanda. Y entonces descubría que no iba a poder entrar en el país, pero eso es otra historia para otro post.

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(Escrito por el en Auckland, Nueva Zelanda, el 21 de mayo de 2007)