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Stefan, en cambio, con su gorra ladeada y sus ademanes controlados, parece un príncipe del hip hop o como quiera que llamen a esa música que empieza con un ritmo, se detiene bruscamente, vuelve a repetirlo, vuelve a detenerse y luego continua como si aquí no hubiera pasado nada.
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Ya sabemos como bailan el ruso y el alemán, pero ¿como lo hace el español? Para los que no le hayan visto en acción, utilizando la fraseología de un bondadoso critico podríamos decir que "...intenta paliar con buena voluntad una patente ausencia de sentido del ritmo y un osado desconocimiento de las mas elementales técnicas de baile. Francamente, somos de la nada exagerada opinión de que un mapache moribundo, borracho, cojo y ciego seria un mejor remedo de Fred Astaire".
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En fin, a estas alturas de la vida uno no puede esperar milagros danzarines. No solo una, sino dos noches salí por Sídney con estos dos chicos que, junto con otros cinco, compartían conmigo las literas de la habitación 202 del "Hostel" (creo que la mejor forma de traducirlo al español es "Albergue" - una palabra que me recuerda a montañeros barbudos rodeados por la nieve en un refugio - mas que "Hostal" - termino que me hace imaginar pequeñas habitaciones individuales, un cuarto de baño al fondo del pasillo y una señora sesenteañera viuda de un maquinista de RENFE, que cocina con dedicación maternal para los siempre demasiado delgados solteros inquilinos).
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¿Más cosas sobre la que todo el mundo cree que es la capital de Australia? A título no turístico, después de unos dos años, volví a ver a Christine, que había trabajado unas semanas en Contracts & Rebates y que lo dejo para volverse a su Sídney natal. Con ella salí una tarde, que casi acaba en madrugada, y quedamos con su amiga Bernie, el novio de esta y su jefa, que estaban tomando unas copas después del trabajo. El ambiente en aquel pub del CBD (Central Business District, el distrito financiero) no era ajeno al de cualquier miércoles en Dublín, en el centro y rodeados de los trajes uniformados aunque sin corbata ya. Pasamos todos un rato muy agradable, acompañados de vinos del país y de unas estupendas pizzas, de elaboración artesanal en el local.
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Pero mi tiempo en Sydney se acababa y el viernes a las ocho de la mañana me presentaba en el aeropuerto, dispuesto a volar a Nueva Zelanda. Y entonces descubría que no iba a poder entrar en el país, pero eso es otra historia para otro post.
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(Escrito por el en Auckland, Nueva Zelanda, el 21 de mayo de 2007)
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