30 junio, 2007

Hacia el Norte

El primer día salimos de Auckland e hicimos varias paradas antes de llegar a Paihia, donde pernoctaríamos durante dos noches (tres en mi caso):

En un bosque donde todos los que viajábamos en la furgoneta intentamos abrazar un anciano Kauri…y fracasamos. Estos enormes arboles eran habituales en la Isla Norte, pero la facilidad con la que se podía trabajar su madera y, paradójicamente, la dureza o resistencia de la misma junto con su geométrica rectitud y ausencia de ramas bajas, los hicieron populares como mástiles para los buques de antaño al servicio de Su Graciosa Majestad. Un árbol adulto puede alcanzar los 60 m de altura y tener 5 m de diámetro. El mas anciano superviviente de esta estirpe que se mantiene hoy en pie, tiene unos 2000 años de existencia a sus espaldas (o en su tronco)



En la playa enfrente de Goat Island (la Isla de las Cabras) donde pudimos adivinar, aunque muy de lejos, una ballena (sperm whale), quedando todos pendientes de lo que acabo siendo un lejano puntito durante un buen rato (así que no esperéis una parrafada en la que se incluyan las palabras “belleza”, “espectacularidad”, “Naturaleza” o “salvaje”).



En Whangari, donde visitamos (auténticamente “off the beaten track”) el Centro de Recuperación de Aves
que Robert y Robyn Webb pusieron en marcha hace ya 12 años. Sin ningún tipo de subvenciones del gobierno, este matrimonio cuenta sólo con la ayuda de trabajadores voluntarios, donaciones y regalos para desempeñar su labor de dar cuidados médicos y alojamiento a todas las aves que pasan por sus manos. Había martines pescadores y un Tui (pájaro este que imitaba perfectamente la voz de Rob) y cuando ya nos íbamos trajeron a una preciosa águila con un ala dañada. Allí pudimos ver también el Kiwi, el querido símbolo de Nueva Zelanda que se ha convertido en el sobrenombre que se dan a sí mismos los ciudadanos de estas islas. A plena luz del día pudimos observar a uno de ellos al aire libre, separado de nosotros únicamente por una valla metálica que le protegía mientras buscaba tímidamente insectos entre la hierba. Pero nuestra sorpresa fue mayúscula cuando Rob nos dijo que tenían a un pequeño kiwi en el interior del edificio, reposando después de que unas inundaciones hubieran arrasado la zona en la que habitaba. No sólo pudimos verlo más de cerca que en ningún Zoológico sino que además pudimos tocarlo, algo que haría palidecer de envidia a muchos neozelandeses que nunca han tenido la ocasión de estar tan cerca de un Kiwi.

La tarde la pasamos en Paihia, la principal ciudad (aunque menos bonita que Russell, enfrente una de la otra y separadas por un brazo de mar) de la zona de “Bay of Islands”. En un cuadrado de 20 por 20 kilómetros se concentran unas 150 islas de variado tamaño rodeadas de claras aguas de tonalidades que van del turquesa al azul oscuro. La zona no es solo un foco de atracción turística estival (con sus playas y sus múltiples opciones para realizar deportes marinos) sino que tiene además importancia histórica puesto que fue aquí donde se acordó el Tratado de Waitangi, firmado entre Inglaterra y 46 jefes tribales maoríes en 1840 y que ha definido las relaciones entre colonizadores europeos y los nativos desde entonces.

Y algo más reciente, ¿os acordáis del “Rainbow Warrior”, el buque de Greenpeace que iba a protestar contras las pruebas nucleares en Mururoa y en el que los servicios secretos franceses pusieron una bomba y mataron a un fotógrafo? Pues el último lugar de reposo de este barco se encuentra por aquí cerca, y es uno de los destinos preferentes para realizar submarinismo (en verano, porque aunque lleve traje de neopreno yo no me metería ahora en el agua).
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Las actividades del día siguiente:


90 Mile Beach. Montados en un aparatoso pero manejable Mercedes Unimog íbamos a llegar al faro más septentrional de la Isla Norte, atravesando la conocida como 90 Mile Beach (Playa de las 90 Millas, aunque sería más correcto llamarla Playa de los 90 Kilómetros, ya que “sólo” tiene 69 millas de punta a punta). Comienza en el punto en que menos de 10 Km separan el lado occidental del oriental de ese alargado dedo que es la Aupori Peninsula (Te Hika o Te Hika a Maui para los maoríes). Conducir por su arena sólo está al alcance de vehículos bien preparados (en su contrato se prohíbe a los vehículos de alquiler intentarlo), porque ha ocurrido que algunos coches se han quedado atascados en la arena blanda y han sido tragados por la marea y sus restos aún son vagamente visibles.

Sandboarding. En uno de los extremos de la playa remontamos el curso del traicionero riachuelo de Te Paki hacia el interior y nos encontramos con unos 7 Km cuadrados de gigantescas dunas. En el autobús disponemos de tablas de sandboarding (son como las de body board o Mauri, como las llaman en Uruguay) y nos preparamos para subir una casi vertical duna. Se puede subir y bajar varias veces si las desentrenadas piernas soportan la dura subida…yo conseguí hacerlo dos veces. En la primera ocasión en que me tumbé boca abajo sobre la tabla, agarrándola firmemente y usando los pies a modo de freno y simultáneo timón, logré llegar a tremenda velocidad (todo el día había estado lloviznando y la arena estaba más que húmeda con lo cual se iba más rápido) hasta la mitad del riachuelo en la base de la duna. Una mala maniobra me hizo comenzar a girar hasta que, como cualquier conductor de rally, di varias vueltas sobre mí mismo. Intacto mi orgullo merced a la distancia alcanzada, volví a castigarme subiendo la cuesta y lanzándome de nuevo a velocidad de vértigo sin mayores consecuencias que una mayor mojadura (nada que ver con la experiencia de sandboarding en Perú: en Huacachina acabé con un dedo vendado, pero no fracturado, durante diez días)


Cape Reinga. Con el suelo (y los ahora húmedos asientos) del autobús llenos de arena, llegamos al Cabo Reinga, donde se construyó el faro más septentrional de Nueva Zelanda y el punto en que, con más violencia que diplomacia, se encuentran dos colosos marinos, el Mar de Tasmania y el Oceano Pacífico, llegando a generarse olas de hasta 10 metros cuando el tiempo es tormentoso. Para la mitología del pueblo maorí, este punto se conoce como Te Rerenga – Wairua, donde los espíritus de los muertos abandonan la tierra para ir al submundo. Nos acercamos al faro cuando la tarde quiere dormirse y su lugar lo va a ocupar la noche y, con luz crepuscular, visitamos los alrededores de la estructura. Aquel día la relación entre ambos mares era casi amistosa y sólo la espuma superficial delataba el lugar en que ambos colisionaban.




Dos de las atracciones naturales del área nos esperaban a la mañana siguiente merced a una excursión en barco por Bay of Islands, con un objetivo seguro y otro probable. El primero, visitar la formación conocida como “Hole in the Rock” y el segundo, ver delfines y, tal vez, nadar con ellos. El cielo amaneció oculto bajo una espesa niebla que tampoco permitía distinguir los objetos (ya fueran postes de electricidad o edificios) a más de 100 metros. Afortunadamente, la luz ganó esa particular batalla y para cuando llegamos al “Agujero en la Roca” teníamos un estupendo día que casi parecía de verano. La atracción no dejaba de ser una elevada formación rocosa que se levantaba recta del mar y que en uno de sus costados tiene un arco que permite atravesarla, cosa que hicimos sin mayor emoción. Tal vez habíamos tenido ya bastante gracias a los delfines. Un rato antes nos .acercamos a la zona en la que se les ve frecuentemente y nos pusimos a buscarlos pero fueron ellos los que nos encontraron a nosotros. Como han hecho desde el hombre se lanzó a la aventura de navegar, se pusieron a proa, a los costados y a popa de los barcos, acunando nuestra ruta con su constante presencia. No pudimos nadar con ellos por la presencia de crías, ya que podíamos alterar los hábitos de las madres y el comportamiento hubiera sido desastroso para la alimentación y cuidado de los pequeños (y eso frustró enormemente a la holandesa Inga, “¿Qué ha sido bonito ver a los bebes? ¡Anda ya! ¡Yo lo que quería era nadar con los delfines!” repetía enfadada ella).



Mientras que el resto del grupo (los dos israelíes que daban la vuelta al mundo tras terminar sus casi tres años de servicio militar obligatorio, una irlandesa – Emma Jane - cuyo siguiente destino era Sudamérica, una inglesa, y Sancha, londinense con unos padres que le dieron un nombre español) volvería la mañana del viernes a Auckland, yo me quedaba en Saltwater Lodge una noche más, con la esperanza/temor de que al día siguiente volvería a hacer buen tiempo y pudiera saltar en paracaídas.

Pero eso es material para otro post.




(Escrito por él delante de una artesanal Sassy Red en el Brewery Bar and Restaurant, Wellington, Nueva Zelanda, el 5/6/2007)